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viernes, 4 de septiembre de 2015

ENRIQUE PRIETO SILVA, LA CULTURA MILITAR SOCIALISTA

El concepto de cultura lo manejaremos con el significado más idóneo y precario que se nos ocurre. Así decimos, que la agricultura es el cultivo del campo, o la cunicultura el cultivo del conejo; esto referido al sujeto cultivado. Pero cuando nos referimos al ser humano queremos cambiar la connotación del verbo para definir a la cultura, no como el cultivo del hombre, sino el modelo de sociedad o el hacer de una sociedad; pero de cualquier forma, un hombre culto es un hombre cultivado. Sin embargo, no podemos cerrar el criterio con el simple enunciado de que la cultura es parte del quehacer de un pueblo, porque así como lo vemos en el cultivo de plantas y animales, también el hombre se cultiva en diferentes áreas del quehacer y del pensar; siendo aquí, donde encontramos la cultura militar o del militar. La que a su vez podemos ubicar en tiempo y en espacio, para abarcar estadios del quehacer y del pensar, a fin de compatibilizar la cultura de la sociedad y la de sus integrantes sociales, por lo que uno de ellos es el sector militar.

Cabe entender, que el concepto militar hoy día es muy preciso. Pudiéramos decir, que muy legal y legalizado. En Venezuela, es creado constitucionalmente y regulado por la misma constitución y por su ley específica, que a su vez es constitucional y a nadie le es dado complementarlo, regularlo y mucho menos extinguirlo, toda vez que se le establece como órgano constituido, estableciéndose como una ficción jurídica, parecida o similar a otras organizaciones,  pero nunca igual, ya que en lo intrínseco tendrá un fin totalmente diferente, tanto como son los fines del Estado que lo crea. Quisiéramos entonces de hablar de una cultura militar, ordenada y regida por una legislación derivada del concepto constitucional, pero no es así hoy; cuando se le ha colocado como el pivote de un llamado socialismo, que a más de vergüenza da risa.

Ocupó centimetrajes en la prensa el discurso del coronel Raga, quien como el sonero que rompe el cuero del tambor, reclama a sus congéneres el haberse desviado de la línea socialista para afiliarse en la corrupción; e insiste, en que él es socialista convencido, como lo declaró el “comandante eterno” y no quiere continuar en la lucha por otra vía. Obviamente, este coronel Raga, no solo equivocó su rol, sino que perdió el rumbo de su carrera, como lo perdió el esperpento insepulto, que creyéndose “salvador”, nos hundió hasta la coronilla. Su  slogan: “el hombre nuevo”. Ese que vemos en la frontera con maquina derribando casas, mientras que otros escalan los puentes para “coronar” y los más duermen apacibles su desesperanza y se afligen. Sin dudas, la cultura militar ha cambiado de rumbo; es otra. Es triste decirlo, pero el cultivo del hombre y la mujer de uniformes no saben para que existen. Hablar de socialismo, como la carta escondida, es la mejor demostración del equívoco generacional, cuya cultura se perdió. Dice Raga: “no se puede ser un mono que aplauda cada discurso” y cuando lo seguimos en su discurso captamos con desesperanza un contra porvenir, “¿Cómo un coronel sale 20 veces para Estados Unidos?”. “¿Por qué Barroso es ahora general?”. “Carlos Barroso pareciera que fuera ministro de Uruguay”. “La solución no es votar por el contrario que es peor”. ¡No, no hay dudas, se perdió esta generación militar!; y ojalá no hablemos de cultura, porque si así piensa un militar de esta generación, tenemos que remitirnos a lo que hablamos del cultivo.

Es preferible eliminar la cosecha que pensar que la “revolución” ha logrado el hombre nuevo, porque pareciera preferible regresar al homo sapiens, que cultivar este militar “socialista”. Por fortuna. Los hombres pasan y las instituciones siguen existiendo, mientras persistan los fines que indujeron a crearla. Malo sería, que persistieran los hombres confundidos capaces de violar las reglas, siguiendo a un demente engreído y petulante, quien creyendo hacer patria perdió el país.

Enrique Prieto Silva,
eprieto@cantv.net
@Enriqueprietos

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domingo, 12 de octubre de 2014

TULIO HERNÁNDEZ, EL MÉRITO DE LA IGNORANCIA

Es como si al momento del despegue el piloto designado para conducir, digamos, un Airbus le informara a los centenares de pasajeros ya instalados en cabina que desconoce de esos aviones, que no ha sido entrenado para manejarlos y, peor aún, nada sabe de aviación.

Algo análogo acaba de ocurrir en Venezuela con el ministro de Cultura. Dos semanas después de su nombramiento, Fernando Iturriza, el nuevo ministro, se deja entrevistar en Últimas Noticias y declara que pensó: “Yo no sé nada de cultura, por qué me van a poner ahí”.

Las consecuencias de esta confesión no serán ni han sido las mismas que tendrían la del piloto. No ha habido ni habrá escenas de pánico. Artesanos recogiendo su equipaje de mano y huyendo. Ni músicos renunciando a su cuota anual en el programa de Cultura Popular, solo porque el nuevo ministro confiesa su ignorancia plena de la materia en la que ahora es máxima autoridad.

Pero, desde el punto de vista ético, político y gerencial, ambas confesiones tienen el mismo significado. Si una persona acepta pilotar un avión sin conocer el oficio, y otra, conducir un ministerio sin saber de la materia ni tener experiencia alguna en el campo que administrará, pues, estamos ante dos irresponsabilidades, dos formas de irrespetar las trayectorias profesionales del área y a los ciudadanos a los que se supone deben servir. 

Pero la declaración del pasado 21 de septiembre, en la entrevista firmada por Víctor Amaya, también pone en evidencia a quien tomó la decisión. Porque al nombrar como ministro a alguien que confiesa desconocer el campo, y tampoco es un destacado gerente con trayectoria en la gestión pública, el presidente espurio demuestra su desprecio profundo por una comunidad y por una dimensión de la vida social contemporánea –la de la cultura y las políticas culturales–, cuya importancia para el desarrollo humano es cada vez más reconocida por los países y gobiernos contemporáneos. Subestimación pura: Nicolás no ha puesto al frente de Salud a alguien que no sea médico.

En la actualidad la gestión cultural ha adquirido tal importancia que es objeto de doctorados y maestrías. Quien escribe estas líneas ha sido profesor por largos años en muchas de ellas en América Latina y Europa. Y sabe bien que en los países que tienen gobiernos con vocación de servicio se le entregan estas responsabilidades a gente con formación especializada.

Miremos por ejemplo a Brasil, Lula –quien se supone es admirado por los rojos– tuvo como ministro de Cultura al músico y activista cultural Gilberto Gil, quien hizo una brillante gestión convertida en ejemplo internacional. Colombia, luego de la Constitución de 1991, a un experto hombre de teatro, Ramiro Osorio, quien al terminar su gobierno fue invitado a México a dirigir el Festival Cervantino. Y en Cuba el ministro Abel Prieto, aunque sirva a una tiranía, es un poeta que hizo previamente una larga carrera como gerente cultural.

Sin ir muy lejos. En Venezuela el primer departamento de Cultura a escala nacional lo creó Luis Beltrán Prieto Figueroa, maestro y poeta, cuando fue ministro de educación en 1948. El Inciba, el primer instituto autónomo de la democracia dedicado a la cultura, fue concebido por ese brillante escritor del continente llamado Mariano Picón Salas, quien murió cuando se disponía a dirigirlo. Y cuando a José Antonio Abreu, tan respetado por Hugo Chávez, le correspondió ser presidente del Conac, en el segundo gobierno de Pérez, ya había sido Premio Nacional de Música y creado y dirigido durante catorce años el Sistema Nacional de Orquestas, experiencia que le permitió hacer también una gestión memorable.
Ojalá a Iturriza no le ocurra algo similar a aquella ministra de cultura española en un gobierno de Aznar, escogida por similares razones de la ignorancia como mérito, quien en plena Feria del Libro de Guadalajara declaró a los medios estar muy emocionada porque aquel día iba a conocer “a esa brillante escritora portuguesa llamada Sara Mago”.

Tulio Hernandez
hernandezmontenegro@cantv.net
@tulioehernandez

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jueves, 31 de julio de 2014

MARIO VARGAS LLOSA, EL PASADO IMPERFECTO, PIEDRA DE TOQUE.

Los grandes fastos de la inteligencia en el París posterior a la II Guerra Mundial fueron, más bien, los estertores de la figura del intelectual y los últimos destellos de una cultura volcada en la calle

Se acaba de reeditar en Estados Unidos un libro de Tony Judt que apareció por primera vez en 1992 y que yo no conocía: Past imperfect: french intellectuals, 1944-1956. Me ha impresionado mucho porque yo viví en Francia unos siete años, en un período, 1959-1966, aún impregnado por la atmósfera y los prejuicios, acrobacias y desvaríos ideológicos que el gran ensayista británico describe en su ensayo con tanta severidad como erudición.

El libro quiere responder a esta pregunta: ¿por qué, en los años de la posguerra europea y más o menos hasta mediados de los sesenta, los intelectuales franceses, de Louis Aragon a Sartre, de Emmanuel Mounier a Paul Éluard, de Julien Benda a Simone de Beauvoir, de Claude Bourdet a Jean-Marie Doménach, de Maurice Merleau-Ponty a Pierre Emmanuel, etcétera, fueron prosoviéticos, marxistas y compañeros de viaje del comunismo? ¿Por qué resultaron los últimos escritores y pensadores europeos en reconocer la existencia del Gulag, la injusticia brutal de los juicios estalinistas en Praga, Budapest, Varsovia y Moscú que mandaron al paredón a probados revolucionarios? Hubo excepciones ilustres, desde luego, Albert Camus, Raymond Aron, François Mauriac, André Breton entre ellos, pero escasas y poco influyentes en un medio cultural en el que las opiniones y tomas de posición de los primeros prevalecían de manera arrolladora.

Judt traza un fresco de gran rigor y amenidad del renacer de la vida cultural en Francia luego de la liberación, una época en la que el debate político impregna todo el quehacer filosófico, literario y artístico y abraza los medios académicos, los cafés literarios y revistas como Les Temps Modernes, Esprit, Les Lettres Françaises o Témoignage Chrétien, que pasan de mano en mano y alcanzan notables tirajes. Comunistas o socialistas, existencialistas o cristianos de izquierda, sus colaboradores discrepan sobre muchas cosas pero el denominador común es un antinorteamericanismo sistemático, la convicción de que entre Washington y Moscú aquél representa la incultura, la injusticia, el imperialismo y la explotación y éste el progreso, la igualdad, el fin de la lucha de clases y la verdadera fraternidad. No todos llegan a los extremos de un Sartre, que, en 1954, luego de su primer viaje a la URSS, afirma, sin que se le caiga la cara de vergüenza: “El ciudadano soviético es completamente libre para criticar el sistema”.

Sartre aseguró sin vergüenza que en la URSS había completa libertad para criticar al sistema

No se trata siempre de una ceguera involuntaria, derivada de la ignorancia o la mera ingenuidad. Tony Judt muestra cómo ser un aliado de los comunistas era la mejor manera de limpiar un pasado contaminado de colaboración con el régimen de Vichy. Es el caso, por ejemplo, del filósofo cristiano Emmanuel Mounier y algunos de sus colaboradores de Esprit, quienes, en los comienzos de la ocupación, habían sido seducidos por el llamado experimento de nacionalismo cultural Uriage, patrocinado por el Gobierno, hasta que, advertidos de que era manipulado por las fuerzas nazis de ocupación, se apartaron de él. Y yo recuerdo que, a comienzos de los años sesenta, ante unos manifestantes universitarios que querían impedirle hablar y le citaban a Sartre, André Malraux les respondió: “¿Sartre? Lo conozco. Hacía representar sus obras de teatro en París, aprobadas por la censura alemana, al mismo tiempo que a mí me torturaba la Gestapo”.

Tony Judt dice que, además de la necesidad de hacer olvidar un pasado políticamente impuro, detrás del izquierdismo dogmático de estos intelectuales, había un complejo de inferioridad del medio intelectual, por la facilidad con que Francia se rindió ante los nazis y aceptó el régimen pelele del mariscal Pétain, y fue liberada de manera decisiva por las fuerzas aliadas encabezadas por Estados Unidos y Gran Bretaña. Aunque existió, desde luego, una resistencia local y una participación militar (gaullista y comunista) en la lucha contra el nazismo, Francia sola no hubiera alcanzado jamás su propia liberación. Esto, sumado a la cuantiosa ayuda que recibía de Estados Unidos, a través del Plan Marshall, en sus trabajos de reconstrucción, habría diseminado un resentimiento que explicaría, según Judt, esa enfermedad infantil del izquierdismo proestalinista que signó su vida intelectual entre 1945 y los años sesenta.

En el polo opuesto, destaca la figura de Albert Camus. No sólo lucidez hacía falta, en los años cincuenta, para condenar los campos soviéticos de exterminio y los juicios trucados; también un gran coraje para enfrentar una opinión pública sesgada, la satanización de una izquierda que tenía el control de la vida cultural y una ruptura con sus antiguos compañeros de la resistencia. Pero el autor de El hombre rebelde no vaciló, afirmando, contra viento y marea, que disociar la moral de la ideología, como hacía Sartre, era abrir las puertas de la vida política al crimen y a las peores injusticias. El tiempo le ha dado la razón y por eso las nuevas generaciones lo siguen leyendo, en tanto que a la mayor parte de quienes entonces eran los dómines de la vida intelectual francesa, se los ha tragado el olvido.

Camus no vaciló en condenar los campos de exterminio soviéticos y los juicios trucados

Un caso muy interesante, que Tony Judt analiza con detalle, es el de François Mauriac. Resistente desde el primer momento contra los nazis y Vichy, sus credenciales democráticas eran impecables a la hora de la liberación. Eso le permitió enfrentarse, con argumentos sólidos, a la marea proestalinista y, sobre todo, como católico, a los progresistas de Esprit y Témoignage Chrétien, que en muchas ocasiones, como durante las polémicas sobre el Gulag que desataron los testimonios de Víktor Kravchenko y de David Rousset, hicieron de meros rapsodas de las mentiras que fabricaba el Partido Comunista francés. Por otra parte, tanto en sus memorias como en sus ensayos y columnas periodísticas se adelantó a todos sus colegas en iniciar una profunda autocrítica de los delirios de grandeza de la cultura francesa, en una época en la que —aunque muy pocos lo percibieran entonces además de él— precisamente entraba en una declinación de la que hasta ahora no ha vuelto a salir. Nunca me gustaron las novelas de Mauriac y por eso descarté sus ensayos; pero el Past imperfect de Judt me ha convencido de que fue un error.

Sin embargo, no todo es convincente en el libro. Es imperdonable que, además de Camus, Aron y otros, no mencione siquiera a Jean-François Revel que, desde fines de los años cincuenta, libraba también una batalla muy intensa contra los fetiches del estalinismo, y que no resalte bastante la denuncia del colonialismo y el apoyo a las luchas del Tercer Mundo por librarse de las dictaduras y la explotación imperial, que fue uno de los caballos de batalla y quizá el aporte más positivo de Sartre y muchos de sus seguidores de entonces.

De otro lado, aunque la dura crítica de Tony Judt a lo que llama la “anestesia moral colectiva” de los intelectuales franceses sea, hechas las sumas y las restas, justa, omite algo que, quienes de alguna manera vivimos aquellos años, difícilmente podríamos olvidar: la vigencia de las ideas, la creencia —acaso exagerada— de que la cultura en general, y la literatura en particular, desempeñarían un papel de primer plano en la construcción de esa futura sociedad en que libertad y justicia se fundirían por fin de manera indisoluble. Las polémicas, las conferencias, las mesas redondas en el escenario atestado de la Mutualité, el público ávido, sobre todo de jóvenes, que seguía todo aquello con fervor y prolongaba los debates en los bistrots del Barrio Latino y de Saint Germain: imposible no recordarlo sin nostalgia. Pero es verdad que fue bastante efímero, menos trascendente de lo que creímos, y que lo que entonces nos parecían los grandes fastos de la inteligencia eran, más bien, los estertores de la figura del intelectual y los últimos destellos de una cultura de ideas y palabras, no recluida en los seminarios de la academia, sino volcada sobre los hombres y mujeres de la calle.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.
© Mario Vargas Llosa, 2014.
Mario Vargas Llosa
@vargas_llosa

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lunes, 28 de abril de 2014

NELSON CASTELLANO HERNÁNDEZ, ¿FUERA DE CONTROL?

La realidad social venezolana esta fuera de control, el Gobierno ha perdido la capacidad de seguir engañando a los ciudadanos.

La gran pregunta que se plantea el régimen es ¿cómo aplastar la reacción popular, sin perder la poca credibilidad internacional que le queda?

El descontento se propagó cual virus cibernético, cayó la gota que rebasó el vaso y el mensaje de "la salida" apareció oportunamente. En ese instante se escuchó un llamado, que sintonizó con un pueblo y prendió una chispa de libertad.

Los estudiantes son producto de una cultura de redes sociales, reaccionaron, se conectaron y supieron organizar su propio sistema de lucha.

Los Castro y sus cónsules venezolanos no lo han comprendido, poseen una praxis política sobrepasada en el tiempo.

La represión brutal, emprendida por la Guarda Nacional y los colectivos del régimen, es la respuesta típica de otras épocas. Posible en los años duros de Fidel, de Pinochet, Hussein‎, Stalin y tanto "bicho con uña" que quedaron desprestigiados por la historia contemporánea. Son métodos difícilmente sostenibles en la realidad internacional actual, cada día más democrática.

En este escenario los jóvenes venezolanos desarrollan una línea auto gobernada de conducta.

Kevin Kelly en su libro "Out of Control" analiza la relación de la cibernética, la organización de sistemas complejos y la teoría del caos, aplicado  tanto a los computadores como al cerebro humano. En él explica como la auto-organización es la esencia de la innovación, del progreso y de la vida misma.

Es por ello que ese enjambre de estudiantes y de pueblo, aparentemente en caos, sin jefe visible, actúa sin detenerse e interconectado.

Cual un panal de abejas atacado, reacciona unido para defenderse, pareciera girar sobre sí mismo, pero avanza. Han decido paralizar "la producción de miel" momentáneamente y utilizar su aguijón, aún a costa de su vida, para hacer huir al que los quiere destruir.

Es a ese inconsciente colectivo de relevo, que se enfrenta el gobierno. Sin estar preparado para hacerlo, con sus movimientos previsibles está destinado a perder, frente a las modernas reacciones sociales contemporáneas.

No existen balas, celdas, policías o matones, capaces de enfrentar con éxito un ejército cibernético, las redes sociales han multiplicado la denuncia. El mundo sabe lo que aquí sucede.

La muerte, la violencia y la inseguridad jurídica, aunque siembran horror, no paralizan a los jóvenes, al contrario generan una energía que no se agotará hasta que se haga ¡justicia!

La valentía y el coraje de la población están potencializados, una frase de Kelly en su libro lo explica: "En un ambiente turbulento el cambio está tan ampliamente extendido que impide toda acción realizada por una autoridad centralizada. Lo mejor pues, es gestionar el cambio de abajo hacia arriba más que forzar lo inverso" y asegura que cambios de arriba hacia abajo solo funcionan en situaciones estables.

El régimen se cae, es inconsistente por retrogrado, es producto de sentimientos antinaturales. El odio y la venganza si bien pueden causar mucho daño, no sustituyen la noción de evolución inscrita en la esencia humana.

Nacemos, crecemos y elaboramos nuestro desarrollo personal, de la misma manera la sociedad aspira a su propia evolución, en condiciones de justicia, paz y libertad. Hasta que no lo consiga, tal como está sensibilizada, ella misma generará las fuerzas propicias al cambio.

El régimen no supo detectar el cambio que se producía en su entorno, la soberbia, la riqueza súbita y las mieles del poder, envilecieron a los que en un momento dado interpretaron el malestar social y el deterioro de los partidos políticos.

Traicionar las promesas, arruinar la economía del país, regalar nuestros recursos, dejar el país en manos del hampa, cercenar los derechos humanos, es intolerable.

Las víctimas y los caídos, son los héroes de la batalla. Esta generación ha comprendido por sí sola, que lo que ellos no hagan, nadie lo realizará en su lugar.

Nelson Castellano-Hernandez
nelsoncastellano@hotmail.com

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viernes, 6 de septiembre de 2013

HUMBERTO RUIZ, LOS TICOS, EL EJÉRCITO Y LA CULTURA, CASO COSTA RICA

Costa Rica se ha convertido en un emporio turístico sustentable.

Extraño título y quizás poco entendido.

El año pasado Costa Rica fue el tercer destino en los viajes de luna de miel del mundo, precedido por París y Roma.

¿Cómo lo han logrado los ticos?

Pues entre otras cosas al tener casi una tercera parte de su territorio como zona ecológicamente protegida y contar con una gran diversidad biológica que le hace un destino único. El turismo supera a las exportaciones de café, que es sin duda alguna, uno de los mejores del mundo, ahora con la etiqueta de ser ecológicamente sustentable su producción.

Para nosotros los venezolanos, cansados del culto a la personalidad -del innombrarle- y a la exagerada incidencia del estamento militar en la vida política,  visitar el Cuartel Bella Vista en San José de Costa Rica es grato y además nos llena de envidia. En diciembre de 1948, el gobierno del presidente de ese entonces, José Figueres, eliminó el ejército y dedicó el lugar al Museo Nacional de Costa Rica. La justificación no requiere mucha explicación. Lo que se dedicaba del menguado presupuesto público de Costa Rica al ejército, se invertiría desde ese momento en educación. Y ademas, no se convertirían esos servidores públicos en hegemones de la vida política del hermoso país.  Actualmente, Costa Rica tiene una de las poblaciones más educadas de América Latina y una verdadera vocación civilista es parte de su cultura ciudadana. Por ello, no es de extrañar tampoco que su principal rublo de exportación sean las tecnológicas y se ha convertido en el país que  produce mayor cantidad de chip, ese adminiculo tan importante hoy en el mundo.

El Museo Nacional de Costa Rica, que ocupa el antiguo Cuartel Bella Vista comienza con un hermoso mariposario que permite al visitante ser cubierto prácticamente por cientos de mariposas de la inmensa cantidad de variedades que existen en ese país. Luego hay una larga sala que explica el origen del edificio y la razón por la cual ahora, en vez de un cuartel, es un museo. Muy orgullosos están los ticos de esta decisión y creo que los demócratas del mundo les acompañarán en esto. 

Los calabozos para castigar a los soldados y apresar a la disidencia política, ahora son la muestra de una época que ningún país debe tener. Los venezolanos debemos soñar e impulsar que los calabozos del Helicoide se conviertan en museo cuando salgamos de esta pesadilla que comenzó en 1999.

La siguiente zona del Museo Nacional de Costa Rica lo ocupan varias salas que muestra el orgullo por los ancestros prehispánicos de los ticos. Nunca, por supuesto, con la historia y complejidad de las culturas Azteca, Maya o Inca, pero igualmente fue una época rica y compleja en una zona que logró nutrirse y relacionarse con las grandes sociedad prehispánicas, del norte y del sur del continente.

Finalmente, para nuestros lectores, queremos destacar que en estos últimos meses, el Museo Nacional de Costa Rica, ha tenido una importante exposición sobre los estudios de la biodiversidad del trópico. Tal como ocurre en buena parte de las universidades latinoamericanas, estas han sido y son el centro del esfuerzo por conocer y preservar lo mucho e importante que tenemos como pueblos y regiones geográficas en nuestras sociedades.  

En el caso que nos ocupa, la exposición ha sido la organizada por la Universidad de Costa Rica y el Centro de Estudios Tropicales.  A cuatro investigadores, tantos costarricense  como extranjeros, se les rinde homenaje y se muestran muchos de los logros obtenido a lo largo de varias décadas de investigación sobre los trópicos y su diversidad, fundamental biológica. Da pena saber que, en el caso venezolano, no se entienda la función que estas instituciones cumplen y se les someta a una crisis presupuestaria como la que viven actualmente. Y que además, se deje que paralicen sus actividades sin asomo de preocupación, por parte del gobierno nacional, por el deterioro que ello genera para las instituciones y sus estudiantes. Pero además, sin entender la importantísima función de investigación que ellas realizan, pese a las lamentables condiciones de existencia institucional.

Sirvan estas reflexiones sobre los ticos, su hermoso país, su decisión civilista y ciudadana de  no contar con ejército y por ser un país que resolvió vivir en paz entre ellos y con el resto de la humanidad, para soñar los venezolanos con un país de respeto  y progreso, sin confrontaciones, sin creernos el centro de la revolución internacional del siglo XXI, en donde no hay comida, ni energía eléctrica, ni tan siquiera papel higiénico. 

Dentro de la sencillez de un país pequeño y que en el pasado se pudo catalogar de pobre, han logrado construir una sociedad justa, que progresa y se siente responsable por el destino de la humanidad con su aporte cultural por preservar e incrementar una riqueza que mucho continúan sin entender, la diversidad biológica. 

Como ellos dicen de seguido: PURA VIDA.

hruizc2@hotmail.com

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domingo, 7 de julio de 2013

TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ, DE LA POLÍTICA COMO CULTURA


Es obvia la relación entre política y conflicto. Cuando hemos abordado el tema hemos procurado obviar, en la manera de lo posible,  la doctrina filosófica y jurídica que viene desde los tiempos más antiguos. Nuestro conflicto es uno que denominamos “perverso”, por su grado de intensidad en cuanto a efectos disociatorios.

En efecto, la perversidad alcanza hasta plantearse en términos decisivos, pues afecta la unidad e identidad del cuerpo social mismo. Estamos en el caso de una acción de poder que pretende eternizarse sobre la base de una imposición de términos no consensuales. Ello implica desde el cambio del relato histórico aceptado hasta un trastocar vengativo de los términos de la represión. Es decir, estamos sembrados en una irracionalidad que afecta la amalgama social misma.

Para lograr sus objetivos el conflicto procura hacerse permanente, sin un respiro, cuestión de cada día, ataque permanente a la otra mitad del cuerpo social. La rivalidad con el “enemigo” alcanza términos patológicos. Ello conlleva a una polarización entre quienes se aferran al esfuerzo hegemónico y quienes pretenden sustituirlo por un retorno a un marco institucional de democracia clásica.


La experiencia histórica es abundante en cuanto a casos consecuenciales de tragedia, pero también ha asomado posibilidades de surgimiento de nuevas formas, instituciones y procedimientos y, fundamentalmente, a la conformación de nuevos sentidos. Para que esto último se haga factible es menester someter el conflicto, no eliminarlo, pues la conflictividad le es inherente. Es obvio que contra la conformación de nuevos sentidos conspira la realidad de odio y el estancamiento en las pasiones derivadas de las pretensiones de los “enemigos”. La mediocridad de los factores actuantes es un elemento que torna imposible, desde la visión interna del conflicto mismo, objetivar el desbordamiento que pasa por encima de los bordes del cauce.

Se debe comenzar por dejar de lado toda pretensión de “instituido” para aceptar que todo el proceso de la rivalidad política debe ser una permanente construcción de lo social.  De esta manera vuelve a aparecer el concepto de incertidumbre como a uno a ser gestionado, tal como se gestiona un déficit, en este caso uno de consensos, propósito lograble mediante una normativa reguladora que haga de lo agonístico una manifestación natural del cambio social.

Debemos aprender que las elecciones no son la democracia, no más que una forma adicional de expresión. La verdadera democracia es una forma cultural y, en consecuencia, un relato multisignificante que alcanza su poder creador asentado sobre una normativa que rige al domeñar la incertidumbre a términos manejables mientras autoriza todas las significaciones que permitirán la adecuación más aproximada a la justicia.

La cultura democrática se genera en la interacción social. Muchas sociedades acostumbran dormir en la indiferencia dejando a los actores políticos sin control, sin manifestar algún interés por los asuntos colectivos y encerrándose en sus propios intereses. Hasta que el conflicto emerge, y/o por la caída del establecimiento y la aparición de una fuerza desafiante que pretende trastocar hasta los elementos básicos en que esa sociedad estaba establecida. En su defensa sólo alcanzan a rememorar las formas anteriores que le otorgaban tranquilidad y sosiego.

Frente al conflicto hay que inventar respuestas nuevas. Es lo que denominaremos el desarrollo de una nueva cultura política. Ella es pensamiento y acción. La cultura política no es una entelequia. Es al mismo tiempo pensamiento que conlleva a los nuevos sentidos y los nuevos sentidos que no se pueden generar sin pensamiento.

Pareciera estamos inmersos en una cultura de legitimación del conflicto “perverso”, mediante una aceptación de los términos de su desarrollo, dado que los actores se visten con las cargas simbólicas de su curso. 

Debemos asumir una cultura de cambio que debe aceptarse como modificaciones sustanciales en todos los órdenes de la vida social y que permita un reconocimiento tal capaz de generar de nuevo identidad y reconocimiento mutuo.

tlopezmelendez@cantv.net

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lunes, 29 de abril de 2013

LUIS DANIEL ÁLVAREZ V., SE DISEÑA UNA CULTURA DE DELACIÓN EN LA QUE SE TEME ABORDAR LA REALIDAD, DE PELÍCULA

Todos los dirigentes mostraban sin ruborizarse el brazalete que los unía. Los símbolos del partido adornaban los recintos públicos y la confusión amarga entre Estado y partido era dramática. Las banderas de otros países se erigen en el suelo patrio ante la mirada complaciente de unas autoridades que aplauden la injerencia foránea y las fuerzas militares no dudan en saludar marcialmente a oficiales de otros Estados.
Existe el silencio de muchos, que si bien no comparten lo que pasa, prefieren no levantar su voz de reclamo para evitar represalias. Rimbombantes discursos de los dirigentes oficialistas que ofrecen una nueva era y culpan a la oposición de lo que pase. Unido a esto, los ciudadanos son obligados a participar en las actividades del partido de gobierno. No hacerlo genera un estado de sospecha.
Se diseña una cultura de delación en la que en los círculos más íntimos se teme abordar la realidad, por temor a recibir la visita de los violentos. El legado: familias y amores destruidos por la tenebrosa intención de establecer un sistema totalitario.
Esta es la realidad en la que se desarrolla "La Novicia Rebelde", una joya cinematográfica en la que Christopher Plummer y Julie Andrews dan vida a una pareja que prefiere huir con sus hijos, antes que servir al partido nazi y ver a su querida Austria anexada y ultrajada por los alemanes.
El final de la cinta es feliz. Existen otras películas que debido a su cotidianidad pueden parecer aterradoras. Sin embargo, en cambio de guardar silencio o escapar, la ciudadanía debe asumir las banderas de la democracia y la libertad, para hacer que episodios como el vivido por la familia Von Trapp solo sean cosa del pasado y que para ser recordadas no haga falta vivirlas, sino simplemente ver una película.
luisdalvarezva@hotmail.com

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martes, 12 de marzo de 2013

CARLOS SCHULMAISTER, “DEBEMOS RECUPERAR LA CULTURA DEL ESFUERZO”. O EL DISCURSO VS. LA PRÁCTICA.

Entre nosotros la cultura del esfuerzo la trajeron los históricos inmigrantes europeos plasmada en su conducta, en sus principios y en sus frutos, transformando así nuestro país desde el siglo XIX. 
Sus valores fueron el esfuerzo, el sacrificio, el ahorro, la austeridad, el entusiasmo, la esperanza, las ilusiones, y muchos más que en gran medida se transmitieron a las costumbres de los argentinos en general durante un siglo y medio. En suma, todos distintas formas del bien y del amor.  
No se puede negar que aquella cultura nacía del hambre, de la vergüenza, del perfecto conocimiento de lo que estaba bien y lo que estaba mal, y de la fe ciega en esa distinción; por consiguiente, de la voluntad de millones de personas libradas a las decisiones de su conciencia moral.
Eran tiempos en los cuales ni el hambre ni el desempleo se subsidiaban por los gobiernos, y cuando la vida les hacía tomar conciencia de la humillación que la pobreza conlleva aquellos pobres no se victimizaban ni se vestían de pobres ni en la religión ni en las ideologías pues éstas los instaban a luchar contra la pobreza empezando por casa, es decir, por ellos mismos. Eran pobres y no querían serlo, eran por lo tanto inmensos en su dignidad. Por eso la pobreza los indignaba y generaba en ellos sentimientos profundos de rebeldía.  Es sabido que la solidaridad nace del amor, pero también de la rebeldía.
Los inmigrantes dieron el ejemplo a los nativos. Pero no todos lo tomaron. Peor aún, muchos se abroquelaron en un resentimiento social sin salida real, que se volvió egocentrista, y que muchas veces se disfrazó de solidaridad. La historia nos enseñó y nos sigue enseñando que cuando ésta nace del resentimiento no es solidaridad ni sirve para construir sino para destruir.
La historia y la política real nos enseñaron que el resentimiento es una formidable usina de energía fácil de conducir por los genios inmorales. Por eso, toda vez que lo veamos actuar es mejor que huyamos de sus promotores, pues esa “solidaridad” sólo conduce al agravamiento de todos los males.
Hace unos años venían trabajadores extranjeros de países vecinos a ocupar los puestos vacantes dejados por quienes prefieren ser mantenidos por las políticas asistencialistas (clientelistas es lo correcto). Hoy siguen viniendo más trabajadores de esos lugares pero para integrar nóminas clientelares de políticos y autoridades provinciales y nacionales y ser mantenidos por ello, pero sin siquiera trabajar.
Hoy la pobreza no genera solidaridad y mucho menos piedad entre los propios pobres, que terminan matándose entre sí. Ya la pobreza se ha naturalizado y se ha legitimado como dato concreto de una realidad tremendamente inmoral. Pero entre nosotros ella existe no porque constituya una esencia perversa del sistema capitalista, como mienten y mistifican tantos estúpidos que creen esa tremenda mentira del universo mítico de las ideas llamadas de izquierda. Es más, entre nosotros existe cada vez menos capitalismo y en consecuencia más pobreza.
De modo que los pobres de hoy, convertidos en iconos imprescindibles para los gobiernos para “justificar” el seudo “socialismo del siglo XXI”, compensan su condena social y política mirándose en los espejos oficialistas, de donde terminan sintiéndose próceres, combatientes históricos del presente, en tanto los malvados de la película son  para ellos quienes trabajan, ganan, prosperan y disfrutan de sus esfuerzos… como si alguien les prohibiera a ellos tomar una pala y agacharse sobre la tierra.
Estas representaciones emocionales son asumidas y reproducidas con vehemencia por las cada vez más nutridas comparsas de bufones y “combatientes” de retaguardia. Obviamente, a sus contenidos no los inventan ellos mismos sino los escribas y amanuenses del poder, vendidos por un plato de lentejas hasta completar los años requeridos para el retiro, la meta de todo intelectual mediocre pues -piensan- ¡si tantos Montoneros supérstites se acomodaron espléndidamente en el gobierno cómo  ellos no habrían de hacer lo mismo, con toda la preparación que tienen! ¡Cómo no van a merecer alguna gratificación suculenta si gracias a ellos son llevadas  a cabo todas las manipulaciones que necesita el gobierno, tanto por izquierda como  por derecha.
La frase que encabeza esta nota es una clara convocatoria a trabajar más, a no conformarse con lo obtenido cuando no es suficiente para nuestras necesidades, a no resignarnos a la mediocridad y por ende a fortalecer la voluntad como reaseguro para enfrentar las adversidades.
Pero en la práctica no pasa de ser una frase hecha, un mero enunciado para latinoamericanos, constantemente boicoteada por aquellos mismos que la instalan y la predican desde los estamentos dirigenciales de la política, de los sindicatos y de la escuela en las últimas décadas, increíblemente coincidentes en esta cuestión de no transpirar demasiado.
De hecho, aunque las más altas autoridades políticas la repitan a intervalos regulares (y por cierto así ha ocurrido en todos los tiempos y por todos los partidos políticos) en la realidad vivimos la cultura del menor esfuerzo, o mejor dicho la cultura del facilismo.
Entonces cabe preguntarse cómo se sale de este estado ominoso. ¿Acaso con decretos del tipo “a partir de mañana somos una potencia”? Perdón, de pasado mañana… mañana hay que festejar.
Todos saben, aunque a algunos no les convenga, cómo se sale de esto. No es una cuestión política, ni ideológica por cierto. Es de otro tipo. Y por obvia no la mencionaré. De paso, por las dudas… si alguno no entiende… que piense un poco…
Carlos Schulmaister
carlos@schulmaister.com

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martes, 11 de diciembre de 2012

MILAGROS SOCORRO, LA CULTURA BAJO ACOSO, MARIA ELENA RAMOS,

A caba de aparecer un libro fundamental. Se trata de La cultura bajo acoso, de María Elena Ramos (Artesano Editores, 2012), un tratado pormenorizado acerca de los procedimientos autoritarios del "régimen chavista" y la manera como ha impactado la cultura venezolana no sólo en el ámbito institucional, sino también en el de las mentalidades.

Debido a que María Elena Ramos es crítico de arte y se desempeñó por tres décadas como directiva de museos nacionales, su mirada se emplaza en la crítica cultural, perspectiva desde la cual contempla todos los aspectos del país con excepcional penetración y discernimiento. La cultura bajo acoso es, desde el momento de su aparición, un texto indispensable para comprender qué ha pasado en Venezuela desde la llegada al poder de Chávez, quien, por cierto, es mencionado muy pocas veces, de manera que el desastre que el libro documenta no es atribuido a una sola persona cuya desaparición conllevará la suspensión de las responsabilidades, sino que éstas están repartidas en un amplio entramado de complicidades y esparcidas por toda la sociedad.

El libro compendia textos escritos a lo largo de la etapa inventariada: desde finales de los años noventa hasta mediados de 2012, todos los cuales apuntan a consignar la creciente pérdida de autonomía de las instituciones culturales como correlato de la supresión de libertades en el país, con la connivencia de muchos sectores e individuos.

Ramos explica para qué sirven los museos y por qué son tan fundamentales en la vida contemporánea; entrega una cronología de la gestión del régimen en materia cultural, que ilustra su programa de destrucción; y dedica su gran talento, pasión y conocimientos a explicar cuál es la función de un curador. Pero su hazaña ha consistido en impregnar estos asuntos de una honda visión política y social, de manera que cuando habla de los salones de un museo está refiriéndose a los cimientos de un país; y cuando alude a colecciones, nos habla de valores nacionales y del patrimonio físico y mental que nos define como pueblo.

Hay una idea que cruza este libro, desde ya imprescindible para quien quiera pensar a Venezuela: Ramos advierte que "sin abandonar el campo personal de estudio", todos estamos comprometidos a ver "los reales riesgos y peligros de este ahora social: el miedo, la insensible pero progresiva pérdida de autonomía profesional y de conciencia, la resignación, la aceptación de lo no aceptable o, peor aún, la tolerancia de lo intolerable, la censura y la autocensura, el autoacallamiento". Ella no duda que vivimos "lo que la historia universal registra como constante en momentos autoritarios".

La escritora, con prosa soberbia, da ejemplo de "necesidad de dejar testimonio", y denuncia "el régimen de Hugo Chávez" como un "periodo de agresión a valores y desmontaje de instituciones que ya resulta demasiado largo".

Como comunicadores y trabajadores intelectuales ­nos conmina Ramos­ tenemos la obligación, profesional y ética, primero de darnos cuenta, lo que es exigido por nuestra inteligencia; y, segundo, de dar cuenta, lo que exige nuestra responsabilidad en la comunicación social. Y nos preguntaremos: ¿cuándo la palabra "verdad" se enuncia precisamente para encubrir una farsa?, ¿cuándo la palabra "libertad" es un camelo mientras su ejercicio real se va reduciendo?, ¿cuándo la palabra "transparencia", dicha por ciertos hablantes, anuncia más bien ocultamiento?, ¿cuándo las palabras "educación, alfabetización" deben leerse más bien como adoctrinamiento, ideologización?, ¿cuándo la palabra "inclusión" lo que realmente incorpora es una profunda exclusión? Pero para decir y dar cuenta hace falta sacudirse la pereza intelectual, que desemboca en pereza moral. (...) Para ver la diferencia entre el sueño y la dramática realidad en proceso hace falta la vigilia: la del país, la de sus intelectuales, la de sus comunicadores.

Una vigilia conceptual y ética que sepa nutrirse en las enseñanzas de la historia.

Sin mencionarlo en ningún momento, María Elena Ramos ha hecho una descarnada anatomía de la neutralidad como sinónimo de ceguera (no darse cuenta), mudez (no dar cuenta), oportunismo (calcular, y a ver qué saco de esto) y, en suma, lo contrario de lo que implica la cultura: libertad, heterogeneidad, espontaneidad.

Belleza.

Estamos ante un libro esclarecedor, destinado a convertirse en clásico.

socorromilagros@gmail.com

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domingo, 22 de abril de 2012

CARLOS SCHULMAISTER, LA PIEL DE LA HUMANIDAD

El autor estudia las formas en las que se presenta la humanidad de los hombres, representada por la encarnación de la cultura en los sujetos, y a las que llama pieles por su semejanza con el calce estrecho de la piel natural sobre el cuerpo físico. Para ello analiza los principales moldes en los que se expresan los contenidos simbólicos más constrictores de la subjetividad, desglosándolos con fines pedagógico didácticos.

INTRODUCCIÓN

La realidad no existe sin el género humano ni éste sin aquella. Ambos términos se referencian,  definen y concretan mutuamente en los incontables actos de conciencia de los seres humanos. La totalidad de estos actos a lo largo del tiempo constituyen la historia, o lo que es lo mismo, la historia de la producción de lo humano, de la humanidad de los hombres, de aquello que demuestra su singularidad frente a todos los demás seres vivientes, de aquello que hace a los hombres humanos.

Puesto que lo humano se construye en procesos históricos que tienen causas, fines, ritmos y modalidades históricamente cambiantes se encuentra en un constante ir siendo que otorga provisoriedad  a toda definición, a toda afirmación. En consecuencia, la realidad también cambia históricamente, es decir, situadamente, en coordenadas espacio-temporales concretas y en todas las escalas que se consideren.

Lo dicho hasta aquí implica (más allá de la obvia nota de diversidad y cambio constante de los hombres y de la condición humana) la necesaria admisión de que la esencia de lo humano nunca puede ser definida de una vez y para siempre. De ahí que en base a lo ya conocido (en tiempo pasado) no pueda determinarse lo humano en el futuro, por más que los hombres lo sueñen, imaginen y deseen a la medida de sus expectativas presentes, puesto que el mundo de la cultura es el mundo de la libertad, no de la necesidad.

Lo humano, la cultura lato sensu, aquello de lo cual podemos decir algo, ha sido y es observado, puesto a prueba, interpretado, explicado y conocido, tanto intuitiva como científicamente, para  reducir el campo de lo incógnito. Consecuencia de esas actividades y de esa actitud plenamente humanas es la de facilitar las interacciones humanas, es decir, la producción y reproducción de la realidad.

A esos efectos el conocimiento es el camino indicado toda vez que permite articular los elementos de la realidad –desde las unidades hasta la totalidad- en nociones, ideas, categorías, teorías, estructuras, sistemas y paradigmas explicativos de crecientes niveles de complejidad e integración, de tal modo que desde ambos extremos de esa serie se puede, por un lado, dar cuenta de la totalidad en las partes y partículas, y a la inversa dar cuenta de éstas por su pertenencia a la totalidad.

Del análisis de la realidad se obtiene aquella serie instrumental de significantes y significados, serie que condensa la complejidad de las relaciones entre los infinitos elementos componentes del sistema de signos, significados y sentidos. Remontando esos peldaños se llegará luego a las síntesis explicativas finales.

No obstante, cada una de ellas, resultante de la analítica de división y subdivisión cognitiva de los fenómenos de la realidad, es simultáneamente síntesis de elementos concernidos dentro de ella, tanto teórica como aplicadamente.

Conocer implica tanto una suerte de fijación y condensación de significados como una producción de otros nuevos. Dicho de otro modo, el pensamiento abate significados tanto como los instala y conserva provisoriamente. De modo que todo cambia, aunque no cambie al mismo tiempo.

Una forma de reducir la complejidad cognitiva de lo humano es estudiar en qué moldes se expresa, o lo que es lo mismo, reconocer modelos de comportamiento colectivos, formas en las que se vuelca la complejidad y la magnitud desmesurada de lo humano, tal como si fueran ropajes o vestimentas al uso de carácter general, es decir, comunes a las sociedades de todo el mundo en todos los tiempos, aunque en algunos momentos alguno de ellos haya tenido mayor o menor predominio.

En esta ocasión voy a utilizar el término piel en el sentido de vestiduras simbólicas que todos los hombres llevan puestas y de las que no pueden desprenderse una vez puestas sobre su naturaleza, salvo excepcionalmente, tanto así que algunas parecen corsets que comprimen y rigidizan sus concepciones básicas en múltiples fenómenos sociales como la etnia, la cultura de base, las creencias religiosas, la política y eso llamado Patria. 

LA PRIMERA PIEL
Si bien la piel que cubre nuestro cuerpo es “la piel”, una piel real, material y visible, de orden biológico, que habitualmente damos en considerar como naturaleza, ella es mucho más que naturaleza pues es también cultura, y por ende sociedad.

Dicho así, trasciende el lugar que a primera vista se le atribuye, o sea el de la parte externa de nuestra dotación física. Es decir, esa piel también  es el lugar donde nuestro yo (el de cada uno) tiene su habitat, y donde el complejo naturaleza/cultura se halla situado, representado y referenciado en cada ejemplar particular del género humano. La antropología del comportamiento humano ha mostrado acabadamente las estrechas relaciones entre naturaleza y cultura en el equipaje físico de los humanos, en aspectos como la fonación, la tonada, las formas de caminar, de sentarse, de saludar, de mirar, etc.

También la piel aloja y oculta el núcleo de lo íntimo, de lo personal, tanto lo visible como lo invisible de cada uno ante los ojos de los otros que pueden mirarnos o leernos. La piel es la primera frontera, o la frontera por antonomasia de nuestros respectivos yoes porque nos contiene, nos limita y nos expresa, especialmente en tanto conciencia alojada en ese sustrato físico al que a su vez trasciende y es trascendida.

En la piel, por encima y por debajo de ella, se inscribe y se referencia lo particular, lo propio de cada uno, por más que en rigor de verdad nada nos sea originariamente propio. Aquí digo propio en tanto construcción consciente e inconsciente del propio ser (lo que deseo ser, lo que soy y lo que aparento ser) alojado en su correspondiente unidad o ejemplar corpóreo. En este sentido, la piel dice y nos dice que somos lo que vivimos. Lo que vivimos socioculturalmente.

La conciencia no nace en el cuerpo sino con el cuerpo, a partir de estímulos y reacciones originados dentro y fuera de éste, en contacto con el medio y con los demás humanos, transformándose constantemente en relación con los desarrollos biológico, psíquico, intelectual, moral y espiritual tanto particulares como colectivos.

El cuerpo, originariamente soma, será también gradualmente conciencia. Ésta opera con contenidos de ideas y representaciones resultantes de los procesos de interacción del complejo humano de cada individuo, entre el adentro y el afuera de la piel, en orden a los merecimientos, cuidados, deseos y gratificaciones que ellos mismos o los demás conceden o niegan a esas dos dimensiones encarnadas en un individuo para configurar su yo. Algunos individuos crecen en una o ambas direcciones, otros clausuran por si o por voluntad ajena alguna de ellas, o ambas… como  viene sucediendo desde que se convirtieron precisamente en humanos, o sea en animales “inteligentes”.

Esta condición, fruto de ese inefable atributo que es la inteligencia, se forjó a través de los intercambios que metafóricamente permearon el reducto corporal y psíquico de los humanos, desde la hominización hasta hoy, suscitados por fenómenos envueltos en términos hoy comunes y hasta con cierta opacidad, pero siempre trascendentales, como son los de necesidad, atracción, incitación, desafío, curiosidad, respuesta, deseo, adaptación, etc, como podrá verse, a título de ejemplo, si intentamos responder sencillamente cómo se originó el perfume. ¿Acaso en una bella flor que estaba fuera de la piel de un circunstancial humano?, ¿o en sus órganos del olfato? Obviamente, en ambas.

Lo cierto es que desde la primera vez que ello ocurrió los humanos experimentaron el placer de los aromas agradables y cuidaron y cultivaron las flores aromáticas, sin olvidar el desarrollo consiguiente en el campo cognitivo al ser capaces de crear ideas y palabras, inmateriales, para aludir a ellas, seguidos más tarde por la producción de los perfumes, o sea contenidos y envases materiales, y también por los descubrimientos y transformaciones sensitivas y emocionales que en ellos encarnaban a través de la experiencia. 

Así, de a poco, a lo largo de su parábola histórica, los humanos se convirtieron en sujetos mientras construían y modificaban su conciencia en punto a sus contenidos, sus implicancias y las consecuencias de su gravitación o peso real en sus vidas.

En tanto aumentaba el espesor y la densidad de sus conciencias como equipamiento genérico  también aumentaba y se ampliaba la representación de lo externo, descubriendo, concibiendo y conquistando crecientes espacios de acción real y virtual a los que fueron llenando de infinidad de prótesis, consistentes en objetos, designaciones y vínculos, es decir, más contenidos y más envases que a su vez alojaban más significados y más sentidos. Éstos se fueron articulando en redes de significación sencilla, luego en teorías y sistemas, que no son otra cosa que pensamientos y creencias, mezclados en un amasijo nunca separable totalmente, y que constituye la expresión de lo que en nuestro planeta y desde nuestra condición se da en llamar creación inteligente.

Resumiendo, la primera piel es nuestra referencia individual material y simbólica en lo corporal, sensorial, intelectual, espiritual, emocional y actitudinal en tanto que individuos y sujetos. Es la referencia que nos devuelve el espejo y la que en conformidad o a despecho de ella nos forjamos en nuestra conciencia respecto de nosotros mismos individualmente considerados, y la que sintéticamente exponen hacia adentro y hacia fuera de cada uno las respectivas denominaciones con las que somos conocidos por los demás, a saber nuestros nombres y apodos particulares.

De modo que esa primera piel es, en sentido simbólico, límite o referencia individual del yo en tanto sujeto y objeto de actos inteligentes. Cuerpo, mente y espíritu en una trabazón particular, singular y cambiante, resultante de la conexión dinámica con lo externo, es decir, fruto de toda clase de intercambios con sentido y simultáneamente objeto de ellos.

Esta primera piel es la que ciñe el cuerpo de cada ejemplar humano, la que lo acota primariamente como tal. Por tanto, es la menos lábil de todas las pieles que los hombres se calzan en esta etapa de la historia de su especie, o bien es lábil hasta cierto punto y no mucho más allá.

Sin embargo, esta piel se muda. Cambia permanentemente sin que lo veamos, al compás de los intercambios que los humanos realizan tanto genérica como particularmente en contextos donde la dinámica del cambio es la regla. No obstante, la percepción del cambio de esa piel es más fácil de realizar desde un punto de vista situado fuera de uno mismo que dentro un si mismo.

LA SEGUNDA PIEL
Lo de afuera, eso que cada vez se va ampliando más a lo largo de cada existencia humana y, obviamente, de la historia de la humanidad, eso que se llama cultura, constituye la segunda piel: un infinito complejo material y simbólico que habrá de generar nuevos y más refinados objetos y métodos para producir renovados estímulos para la afirmación del yo individual.

La cultura produce también la conducta social, que funciona como patrón, molde y modelo de participación a la vez que como disciplinadora y como modo de control social en relación a la distinción, consolidación y definición de lo que es, lo que no es, de lo que debe ser y lo que no debe ser un ser humano en ese infinito espacio de la conciencia individual en interacción no con una conciencia colectiva, inexistente por lo demás, sino con muchas otras conciencias individuales en torno a objetos de toda clase y a consideraciones múltiples, diversas, similares, opuestas, contradictorias.

De ahí que, en algún momento, la conciencia y la conducta individuales no sólo se distinguirán de las conductas colectivas por mera comparación. Todo fenómeno expresa lo que denota, pero también lo que connota en las percepciones individuales dinámicas de los integrantes de una sociedad. Individuo y sociedad, que marchan siempre juntos, cada vez más se confrontan a lo largo de la vida individual y de la historia indagando lo que cada uno tiene del otro.

Ese mundo humano que es la cultura y que inicialmente está afuera de cada sujeto pero se infiltra en su intimidad, es internalizado en el yo, convirtiendo cada vez más en imprecisos e inestables los límites entre éste y aquella.

Esa internalización simbólica o socialización se realiza básicamente mediante el lenguaje, el cual no es sólo un vehículo de significantes y significados, sino también un procedimiento y una forma particular de producción del pensamiento que caracteriza, distingue, forma e informa la percepción, la comprensión y la expresión del mundo en el espacio de encarnación de lo social y lo particular de cada sujeto.

Esta segunda piel representada por lo cultural en sentido amplio marca en el individuo espacios, delimitando un interior y un exterior que lo trascienden en relación a los grupos de pertenencia que integra, lo cual se repite en cada uno configurando lo mío y lo tuyo, lo nuestro y lo vuestro, lo propio y lo ajeno, nosotros y ellos, pero sobre todo, configurando su subjetividad.

Así, el lenguaje estaría en una zona fronteriza entre la primera y la segunda piel, estrechamente ajustado entre el psiquismo, la conciencia y el mundo.

Esa segunda piel posee muchos elementos en común con los de otras culturas, así como también singularidades o colores locales, que se repiten  al interior de grupos de dimensiones variables como el clan, la tribu, la aldea, la nación, la humanidad, etc.

En tanto ella representa lo cultural en sentido amplio marca en el individuo espacios simbólicos, delimitando un interior y un exterior que lo trascienden en relación a los grupos de pertenencia que integra, lo cual se repite en cada uno configurando lo mío y lo tuyo, lo nuestro y lo vuestro, lo propio y lo ajeno, nosotros y ellos, pero sobre todo, configurando su subjetividad.

En tanto que frontera, la cultura no sólo configura espacios geográficos sino sociales y políticos con formas y colores determinados. A partir de ellos gravitará crecientemente sobre la primera piel el peso de esta segunda piel cada vez más inmanejable desde el lugar de la primera. Y ello debido al creciente peso del complejo normativo heterónomo con su consiguiente poder coercitivo y disciplinador sobre individuos y grupos.

Cultura tradicional o  moderna, creencias, supersticiones, religiones, usos y costumbres, modas, snobismos, políticas culturales, ideologías, etc, han tenido y tienen un creciente peso en la configuración de la conciencia y los comportamientos individuales a tenor de sus particulares preferencias, inclinaciones, devociones, opciones y determinaciones externas a ellos mismos

Esta piel cada uno la ciñe en forma genérica pero también personalizada, es decir, con adecuación a los alcances y características de su primera piel en lo que de más particular posee. No obstante, puede resultar de ello que la segunda le resulte exigua, o por el contrario demasiado amplia,  independientemente de sus vivencias particulares, por lo cual puede sentirla como un ropaje opresivo que lo aprieta, sofoca o asfixia –incluso hasta puede ocasionarle su fin- o por lo contrario, puede ser tan holgado que pudiera parecer que no se lo lleva puesto.

Lo que nunca podrá ocurrir es que alguien carezca de ella, pues siendo así tampoco existiría la primera piel con la significación y simbolismo que su desarrollo normal permite alcanzar a cada individuo. Esto último -lo digo rápidamente- se produce cuando existe libertad real en el individuo, lo que equivale a capacidad y libertad de pensamiento y de acción, o sea, cuando la voluntad individual está viva, cuando no es meramente virtual.

Finalmente, la diversidad ínsita de la cultura se relaciona con la constante dinámica del cambio. Todo cambia, lo de afuera y lo de adentro, y no es que una parte desaparezca mientras otra se conserva. No sólo lo presente, lo que aparece, es lo que define algo; también se define por lo ausente, por lo que no aparece. De ahí que lo correcto es reconocer que todo se transforma, parcial o totalmente, pero aún en este último caso siempre es posible rastrear los elementos residuales de lo anterior. Tanto en el exterior como en el interior de cada subjetividad.

Transitivamente, la encarnación de la segunda piel conlleva también el cambio del individuo, no sólo como reflejo sino como voluntad de cambio subjetiva.

Con todo, las mudas de esta piel, para ser estables y auténticas, requieren de contextos socioculturales con esas mismas características. En contextos impropios, las mudas pueden no ser tales sino desvestimientos forzados.

LA TERCERA PIEL
Hasta aquí hemos puesto de relieve que todo mundo tiene una segunda piel cuyos contenidos generales y particulares son tanto similares como diferentes a tenor de las particularidades culturales a que se refieran, pero todos la tienen, es decir, nadie escapa a sus influencias de diverso tipo, peso y densidad. Dicho de otro modo, la cultura está en nosotros y nosotros estamos en la cultura.

Lo que sí es posible distinguir a lo largo del tiempo y del espacio es la existencia de determinados campos de una cultura concreta ejerciendo una hegemonía destacada sobre otros. Tal el caso de las culturas de fuerte raíz étnica, religioso confesional, y político ideológica, entre las más destacadas. En estos casos el peso de cada una de ellas sobre la identidad individual, o la construcción de la subjetividad, suele tener un carácter determinante que puede ir de lo invisible, normal y correcto hasta resultar opresivo, represivo y asfixiante para los sujetos.

Por caso, culturas étnicas tanto paleolíticas como neolíticas, endógamas, cerradas, conservadoras, jerárquicas, uniformizadoras y  represivas. Ello así tanto en el pasado como en el presente más actual, tanto en sociedades tribales como nacionales. Ejemplo clásico es el de la mayoría de los pueblos originarios o autóctonos de América, África, Asia y Oceanía; amén de los semitas, los gitanos, los anglosajones y los caucásicos en general.

En el aspecto religioso confesional tenemos culturas pasadas y presentes, tanto tribales como civilizaciones, con ciertas características similares a las de las culturas étnicas. Por caso el cristianismo y el catolicismo durante dos mil años –no sólo en la Edad Media- con notas muy conservadoras, rígidas y autoritarias; también los fundamentalismos religiosos islámicos y ciertas comunidades religiosas de base cristiana y no cristiana que bien pueden ser consideradas como ejemplo de fundamentalismo, como es el caso de los menonitas y los mormones.

Se incluyen aquí no sólo prácticas populares, o la historia de los aparatos eclesiásticos respectivos sino también consideraciones teológicas del judaísmo, el cristianismo, el catolicismo o el islamismo, el budismo, el hinduismo y otros  signados por elementos reacios al cambio e inclusive a la discrepancia individual íntima. También muchas otras concepciones, doctrinas y confesiones de todos los tiempos, aún admitiendo a priori que algunas escapan a esta caracterización, como por ejemplo, la famosa mitología griega y su rol en la sociedad de Grecia antigua. 

Por último, en lo político ideológico contamos con ciertas experiencias históricas destacadas por lo ominosas, como las de los países comunistas, el nazismo y el fascismo, actualmente ya casi desaparecidas, o en profunda transformación salvo la excepción de Cuba y Corea del Norte, en tanto el omnipresente populismo latinoamericano actual goza de gran vitalidad.

Estos tres sistemas culturales dominantes (él étnico, el religioso y el político) se distinguen por su  carácter totalizador y totalitario, basado en el peso de dogmas y relatos y de las más sofisticadas modalidades de manipulación, disciplinamiento y control de los comportamientos y las mentalidades de los individuos, buscando destruir su subjetividad para adocenarlos en calidad de masa robotizada.

De modo que cada uno de ellos puede constituir una suerte de tercera piel por la preeminencia que ocupa al interior de los condicionamientos culturales en general, es decir, los de la aquí considerada como segunda piel.

Vale aclarar que decimos “tercera” en relación con nuestro trayecto de explicación a los lectores, siendo en realidad contemporánea de la anterior en cuanto a su formación, al punto de que cualquiera de ellas puede ser considerada como una subparte de la cultura global correspondiente.

No obstante, es frecuente y hasta lógico que los tres subsistemas se presenten conjuntamente, articulados y hasta fusionados en un único complejo hegemónico como ha sido el caso de la sociedad católica medieval y de los actuales países con fundamentalismos islámicos. 

Los he considerado como una tercera piel, ya sea privilegiando alguno de ellos o bien en su conjunto, en tanto su concreto poder constrictor sobre la configuración de la subjetividad es superior al ejercido por la segunda piel, es decir, por la cultura (lato sensu) que los contiene. 

Resaltan en esta tercera piel  su carácter ideal, su inmaterialidad originaria, especialmente en la religiosa, ya que el principio generatriz más importante es la idea de Dios, una idea tan poderosa que configurará impresionantes transformaciones históricas en la cultura material y en los comportamientos objetivables, así como en el campo de las ideas y las prácticas individuales y sociales, privadas, públicas e institucionales que le  dan sustento. Pero que sin embargo, lo más poderoso y constrictor que posee es el vínculo personal de subordinación que establece entre Dios y cada uno de los humanos.

Vínculo que tradicionalmente suele denominarse como “fe”, desde una lógica legitimista, pero que aún admitiendo este supuesto carácter puede agregársele otro de no menor importancia y presencia real en el fenómeno vincular religioso, como es el temor, el miedo a lo desconocido. Aquí es dable observar el carácter constrictor u opresivo de dicho vínculo y en  consecuencia el poder coercitivo de las organizaciones religiosas creadas a su servicio.

El vínculo entre la idea de Dios y la conciencia individual generalmente es presentado por los creyentes como de origen autónomo, pero un estudio imparcial revela fácilmente su carácter heterónomo y unidireccional proveniente fundamentalmente de la educación religiosa previa, a lo cual se añade, por el carácter abstracto de la idea de Dios el miedo a lo desconocido, incluyendo el miedo a los relatos míticos acerca del principio y del fin de la humanidad. En tanto que los vínculos generados entre los aparatos religiosos y sus correspondientes feligresías puede ser analizado no sólo desde lo religioso, sino también desde lo sociológico, lo político, y hasta lo económico.

Otra característica del peso e importancia de la religión sobre las conciencias de los creyentes es su gran perdurabilidad en condiciones de casi ausencia de cambios. Así, todo aquello que originariamente pudo haber sido mito, pasó a ser más tarde religión, a tener teología y doctrina y organización social al servicio de ese vínculo personal y social del individuo y de los grupos con el Dios de que se trate. De modo que se pasó de las incertezas al dogma, congelándose en este punto.

Como ya dije, si bien es posible reconocer actualmente sociedades donde el tradicional peso en la construcción del yo por parte de esta tercera piel se encuentra en retirada, también es posible hallar simultáneamente otras en las que predominan fundamentalismos religiosos que controlan no sólo partes sino la totalidad del poder social en sentido amplio.

En consecuencia, es difícil escapar totalmente a los influjos de estas pieles, la étnica, la religiosa y la política. En nombre de alguna de ellas, o de las tres, los humanos matan y ofrendan sus vidas a entelequias de tremenda gravitación como han sido y son la tribu, la nación, la confesión religiosa o el partido político. Y en nombre de ellas transmiten sus amores, sus agravios y sus odios a  sus descendientes y a sus prójimos.

Liberarse de estas pieles a conciencia es muy difícil. Sólo muy pocos son capaces de hacerlo Las sensaciones y sentimientos de culpa y temor por dejar de  pertenecer, de ser y de parecer a lo que con esas pieles supuestamente se adscribe, se es y se parece pesan mucho en la conciencia de los individuos, sobre todo cuando las características de la segunda piel en general se corresponden con sociedades cerradas, poco proclives al cambio y a las libertades individuales en el más amplio sentido.

LA CUARTA PIEL
Voy a referirme a otra piel, a otra coraza o ropaje simbólico que determina o condiciona fuertemente, según los casos, la constitución de la identidad individual con acentuados rasgos totalizantes y autoritarios, tanto o más -según sean las concepciones al respecto- que las que he desglosado precedentemente y clasificado como tercera piel. El orden en que las he presentado obedece exclusivamente a los fines educativos, y no porque se hallen jerárquicamente ubicadas de esa manera. Por lo tanto, bien vale reiterar que constituyen desgloses de la segunda piel.

Se trata de las ideas de patria y patriotismo, tal como se conocen en lo que damos en llamar la concepción metafísica de la patria. Por razones prácticas recurro me refiero a esta concepción escribiendo Patria con mayúscula, como hacen quienes la personifican.

Si bien esta idea ya se conocía en la Roma antigua, donde es claramente denunciada como un instrumento de dominación de los ricos y poderosos sobre las clases sometidas, la mejor versión legitimadora de esta concepción es la que proviene de la alianza ideológica entre el acervo teológico del catolicismo, el tradicionalismo monárquico, el nacionalismo, los estados sacerdotal y militar y el Estado-Nación. Alianza que llegó a la cima de su poder de dominación sobre las multitudes durante los siglos XIX y XX.

El resultado ha sido una concepción etérea de Patria que se exhibe literariamente como expresión adventicia de Dios en la tierra.

De ahí que esta piel particularísima tiene un estrecho vínculo con la piel representada por las creencias y prácticas religiosas, en Occidente las de la Iglesia Católica. Asimismo es causa y efecto del surgimiento y vigencia de las ideas nacionalistas, las cuales hallan de este modo una filiación de procedencia celestial. En este sentido la lucha política del buen cristiano en la tierra es considerada por sus sostenedores como reflejo de la lucha entre Miguel y Satanás, o sea entre los ángeles buenos y los ángeles malos.

También puede considerarse como la que mejor representa lo que mencionamos como tercera piel. Pongo como ejemplo las exaltaciones patriotistas (permítaseme el término) llamadas fascismo y  falangismo en el mundo español, las de los sectores conservadores de derecha de los EE.UU. con su exclusivismo racial blanco, sus odios raciales y sus metas de dominación mundial. Asimismo pertenecen a ella el nazismo alemán y sus derivas contemporáneas y posteriores a su caída en la Europa eslava.

A mi juicio esta piel constituye la peor de todas al concebir la condigna conducta política del cristiano de esta versión como un patriotismo nacido de un supuesto mandato divino de un Dios que antes de “volverse” universal fue un dios local o nacional.

Patriotismo de mandato es vínculo vertical descendente. Sin embargo, puede concebirse –y de hecho así ocurre- otro patriotismo, horizontal, basado no en mandatos ni miedos sino en el amor al prójimo descubierto por los propios hombres. Un patriotismo cotidiano de la convivencia práctica que supere las fronteras territoriales, los ejércitos y todo tipo de exclusas que impidan el objetivo más humanista de tener una patria mundial de paz.

En suma, una irracionalidad monumental y monstruosa con una estética que ha llegado a alturas sublimes para justificar las peores aberraciones, como ha sucedido largamente en la historia, y con una parafernalia de ritos y fetiches para extender más su influencia y su gravitación conceptual pero fundamentalmente emocional y sentimental en la constitución del yo de millones de robots despersonalizados, o masas, que en cada experiencia histórica de este tipo fungen de rebaños, de claques o de guardias imperiales del César de turno, siempre con supuesto agrado de un Dios paternal que supuestamente se regocija  con esos delirios en realidad simplemente humanos, demasiado humanos.

CONCLUSIÓN
Los humanos estamos siempre vestidos aun cuando estemos desnudos. Todo nos viene de afuera -y de arriba según algunos-. Pero todo se encarna en la piel primera, y lo hace personalizadamente, no estandarizadamente.

Cada individuo es un interior para si, pero es un exterior para los demás. De modo que la primera piel es primera para uno mismo pero es segunda para los demás.

La primera piel representa la piel individual con su capacidad de reflejar lo externo como si fuera un espejo, pero también con la capacidad de rechazarlo. Aceptar y rechazar como ejercicio de la voluntad individual libre, sin coerción ni trampas, pero también aceptar y rechazar por errores de conocimiento, por miedo, por cálculo y por engaños.

De alguna manera esa piel evidencia las posibilidades y los obstáculos personales para conocer la verdad y la libertad de obrar en consecuencia, y simultáneamente las características del sistema en que cada individuo vive en sentido humano.

La segunda piel es la de la cultura preexistente a la llegada de cada nuevo ser humano al mundo, especialmente la de la cultura contextualizadora de cada existencia individual.

Las terceras pieles y aún la cuarta son desgloses analíticos de la segunda que se destacan por su desarrollo histórico y su tremendo poder modelador sobre los individuos en los aspectos antes mencionados.

Sin embargo, la condición de individuos en el mundo actual no atribuye ni representa un estado de autonomía y auto soberanía, sino espacios residuales de  libertad que todavía no han sido expropiados por la cultura, ni por la vida colectiva, ni por los mitos, las creencias y las supersticiones, ni por el Estado, valiéndose del ejercicio del poder, la fuerza, la violencia, el engaño, la mentira, el temor, etc, ni tampoco concedidos desde el individuo cuando la fuerza, la violencia, la mentira y el engaño han sido internalizados y legitimados por éste en su conciencia o sedimentados en su inconciente.

Para terminar, parece que nada cambia y todo cambia. Lo social es esencialmente cambiante, de ahí que la segunda piel registra los cambios producidos fuera de cada uno y sus encarnaciones en cada uno.

Los ritmos de los cambios son particulares y situados, por lo tanto variables y fluctuantes. Pero no todos pueden ver los cambios en la realidad total ni todos los cambios en todos los campos de la realidad total son necesariamente visibles ni perceptibles.

Algunas personas pueden disociar los comportamientos correspondientes a las pieles particulares de la cultura o segunda piel, y hasta pueden percibirlas analíticamente posicionándose frente a ellas en forma conciente. Pero no es lo habitual. Lo más frecuente es que todas ellas sean percibidas y vividas como un entramado indisoluble, o al menos de difícil separación.

Precisamente los que hemos clasificado como representativos de la tercera y cuarta pieles suelen ser muy notorios y visibles en los momentos y coyunturas que llevan a su aparición, crecimiento e instalación. Cuando se presentan situaciones de interpelación o impugnación de aquellas los sistemas sociopolíticos existentes se resienten en muchos niveles y lugares con grados de riesgo y peligros muy diversos. La historia lo demuestra acabadamente.

Inexorablemente más tarde o más temprano, en forma imperceptible o evidente, para unos sí y para otros no, lo conocido se vuelve extraño y la verdad deja de serlo. Pero una vez lograda una nueva situación de estabilidad lo novedoso se torna paisaje habitual, se naturaliza, y aquello que pudo haberse percibido como pesado, gravoso, rígido, sofocante y temible puede dejar de ser percibido de esa manera.

En estas condiciones todo el campo de la segunda piel como producto y espacio simbólico se torna natural para el sujeto pues la lleva tan adherida a si mismo que se vuelve una única piel. Y así, la condición de humanidad se define desde las circunstancias particulares vividas, porque ya es imposible la conciencia de sujeto frente al mundo. Ya es imposible abstraer lo humano. Y lo humano sólo puede entenderse completamente, como todas las cosas desde si mismo y desde afuera, nunca por separado.

Por lo tanto, si esto está sucediendo constantemente en la realidad hay que indagar constantemente la misma si se quiere conocer algo que ya no es lo que fue hasta hace un rato atrás. Para eso hay que rescatar una y otra vez el sentido profundo del conocer, consistente en destapar lo tapado, abrir lo que estaba encerrado, nombrar lo innombrado, exhibirlo, desmontarlo, desconectarlo y luego volver a armarlo y contextualizarlo.

Al hacerlo estaremos mudando nuestras pieles, perdiendo las viejas y vistiendo las nuevas, aunque puedan ser nuevas sólo para uno mismo.

carlos@schulmaister.com

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