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lunes, 22 de junio de 2015

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, PAÍS “FUERA DE SERVICIO” PIDO LA PALABRA, VENTANA DE PAPEL, GATO ENCERRADO, EL MIEDO,

La movilidad de un país es producto de la dinámica que logre su economía en virtud de las variables que sus factores lleguen a pulsar e impulsar.

PAÍS “FUERA DE SERVICIO”

La movilidad de un país no se mide por el tamaño de sus organizaciones. Tampoco se infiere por su música, Menos, por el proceso de elaboración y toma de decisiones que sigue el alto gobierno para demostrar su fuerza y grado de injerencia. Mucho menos, por la envergadura que alcanza la sociedad que lo configura. O por alguna otra manifestación propia de su contextura meramente social o cultural. Incluso, geográfica. La movilidad de un país es producto de la dinámica que logre su economía en virtud de las variables que sus factores lleguen a pulsar e impulsar. Tanto que, mientras su desarrollo económico tienda a rezagarse se verá impedido de enfrentar los más acuciosos desafíos que pueda plantearle la competitividad que los países tienen por delante en términos de su significación como razón de acicate y de aliciente ante realidades de naturaleza tanto exógena como endógena. De situaciones así, surgen los principales obstáculos para organizarse de cara a las necesidades de crecimiento, así como para articular sus expectativas desde el diseños de acertadas políticas públicas que conduzcan a prácticas consistentes dirigidas a fomentar un desarrollo económico coherente y sólido.

El dinamismo de una nación se encuentra marcado por causales determinadas por la sofisticación del mercado financiero y la consistencia que resulta del comportamiento macroeconómico. Al mismo tiempo, cabe considerar la eficiencia del mercado de bienes y del mercado laboral. Asimismo, la educación en todos sus niveles, tanto como la preparación tecnológica que reposa en manos de su sector industrial. Y por supuesto, la salud necesaria que estimule en su población la creatividad y la innovación como elementos de alzada de la economía de un país. De lo contrario, no vale discurso que pretenda vender una imagen de país que diste de sus realidades.

Venezuela, ya no es el país que una vez fue: un país reconocido y referido internacionalmente por organizaciones e instituciones dedicadas a observar actuaciones coincidentes o aproximadas a valores aceptados por niveladores de desarrollo económico. El socialismo intentado como sistema político y económico, condujo a agravar problemas, potenciarlos, encubrirlos y hasta distorsionarlos mediante insubstanciales cambios de denominación que sólo llevaron a obscurecer posibilidades y alternativas que pudieron servir a los fines de revertir el deterioro causado a consecuencia de las improvisaciones asumidas como criterio de gobierno.

El alto gobierno ha querido valerse de confusas excusas, con infundados argumentos, para fundamentar sus hipótesis elaboradas alrededor de una absurda “guerra económica” que ni siquiera alcanzó la categoría de “guerrilla” por lo trivial de su explicación. Siempre, elucubrada mediáticamente. Todo ello incitó a que la crisis se metiera, sin permiso alguno, en el hogar del venezolano. Indistintamente de su posición ideológica o del tamaño o forma de la vivienda.

A decir por investigaciones académicas, la población nunca ha creído que el tormentoso desabastecimiento, la vulgarizada inflación o la palpable escasez, son recursos de la oposición para derrocar al gobierno. Por lo contrario, ha comprendido que la causa de tal desastre es el modelo económico empleado bajo el mantra de la maltrecha “revolución bolivariana”. El ajado control de cambios, sólo ha sido útil para asfixiar a la economía nacional. Al extremo que el esquema cambiario establecido por el régimen a manera de solapada intervención, además aducido como única fórmula de finanzas pública capaz de seguir permitiendo la preservación del poder, devino en el mayor obstáculo al funcionamiento equilibrado de la economía nacional. En consecuencia, el ingreso de la población se redujo con tal grosería, que la calidad de vida pasó a ser un problema de cruenta factura, cuya repercusión comenzó a demoler libertades y derechos humanos. Las fallas de una economía deprimida emergen por todos lados. Hoy, no queda un ápice de las realidades sin verse imbuido en la crisis que consume abominablemente a Venezuela. Por tal razón, puede decirse que ahora los venezolanos viven en un país “fuera de servicio”.

VENTANA DE PAPEL

ACÁ HAY “GATO ENCERRADO”

Cuando escucha decirse eso de que hay “gato encerrado”, es porque se sospecha de que algo turbio está sucediendo. Aunque la expresión es bastante coloquial y su origen se remonta a los siglos XVI y XVII, hoy igualmente vale su utilización pues en verdad, en el siglo XXI venezolano, hay muchas razones que animan la desconfianza en el venezolano a decir por lo que está aconteciendo en el ámbito político nacional.
No es difícil inferir que el alto gobierno busca esconder algún secreto o no quiere que se sepa algo que le preocupa y ocupa su tiempo. Sin embargo, todo se sabe. El oído popular es muy fino y capta casi todo a pesar de lo encerrada que pueda estar la información a la que tanto le teme el gobernante. Desde los chanchullos que realiza el régimen por algún oculto interés, hasta los guisos que se cocinan en los fogones de las trastiendas de ministerios y oficinas gubernamentales, todo se cuela y llega a parar en el consciente del venezolano.

Esto hizo que el miedo paralizara al gobierno socialista pues sabe lo que se le viene encima. Nada más que un enorme chaparrón del cual ni el propio Mandrake el mago, en persona, podrá librarlo. Tampoco podría salvarlo de las sanciones que sobre sus responsables recaerá toda vez que los delitos cometidos no expiran ante el castigo que las leyes le asignan. Así pues, es inaceptable e injustificable, que el régimen pretenda excusarse de todo las equivocaciones que su ineptitud, ligereza o indiferencia, ha permitido. Sobre todo, luego de haber percibido el mayor ingreso en toda la historia republicana venezolana.

Actualmente, el país está literalmente moribundo. Todo ha desaparecido por obra y gracia de la corrupción, la indolencia populista, la improvisación que dominó la toma de decisiones y el intento por elevar la popularidad del régimen comprando lo posible afuera y adentro del país con dineros del Tesoro Nacional. Por tanto, luce absurdo que sigan tomándose determinaciones que dejan mal parado al pueblo. Tanto que en los corrillos rueda la especie de que “ministros abandonan en desbandada sus cargos” pues resulta insólito que la necedad y la obstinación de altos funcionarios quieran pasar por encima del sentido común que debe tenerse para gobernar de cara a la crisis que agobia al país. Así que hoy más que nunca podrá decirse que: aquí hay “gato encerrado”.

“¿QUIÉN DIJO MIEDO?”

El XI Festival de Cine venezolano logró su objetivo central. Reunir once largometrajes no fue tarea sencilla por cuanto la industria cinematográfica nacional no es tan boyante como pudiera pensarse. Además, los cortometrajes constituyeron también un capítulo que reunió mucho público.

El jurado, encabezado por Rodolfo Izaguirre, hombre de intenso e inmenso recorrido por la cultura nacional, tuvo una delicada y acuciosa labor comparativa y de análisis. Aunque a juicio de algunos críticos de tan contagioso arte, tanto como para los consecuentes cinéfilos, la premiación no fue del todo justa. Sin embargo, es válida toda disconformidad que tenga como escenario la moralidad, el respeto y la buena educación.

Cabe este exordio a manera de honrar la realización del largometraje “¿Quién dijo miedo?”, del cineasta y brillante ingeniero de computación José Miguel Vásquez cuya filmación precisó de locaciones en Francia, Inglaterra, España y Venezuela.

Debe reconocerse que uno de los méritos a destacar de su ópera prima, fue el carácter independiente de su financiamiento cuya característica principal fue el modesto presupuesto con el cual se realizó. Otro mérito significativo que la diferenció de otra película en competencia, fue el bien logrado trabajo de cámara, arte y dirección de fotografía cuya responsabilidad recayó en la persona de Andrés Javier Monagas Oronoz, Licenciado en Comunicación Social. Su desempeño audiovisual le ha permitido alcanzar relevantes posiciones en la fotografía artística que tiene como epicentro a Caracas. Asimismo, vale destacar la condición histriónica de actores como Marcela Girón y Alejandro Mata cuyos protagonismos destacan otro mérito que igualmente pareció no ser debidamente advertido o considerado.

Posiblemente el valor que mejor da cuenta del esfuerzo que requirió ser considerado en la producción de esta película, estuvo centrado en la abnegación que llevó a conciliar el guión trazado con el esquema de trabajo realizado lo cual fue demostrativo del talante, dignidad y perseverancia del equipo humano que dio forma y sentido a tan reflexiva comedia romántica. Entonces, “¿Quién dijo miedo?”

“Si el ejercicio de gobierno desatiende la demanda de factores políticos asociados a la dinámica de la economía nacional, corre el grave riesgo de distanciarse de objetivos encaminados a cimentar la gestión pública sobre fundamentos capaces de lidiar con la agobiante y aviesa incertidumbre causante de serios golpes contra la gobernabilidad” AJMonagas

Antonio José Monagas
antoniomonagas@gmail.com
@ajmonagas

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jueves, 15 de enero de 2015

PACIANO PADRON, QUE MUERA EL MIEDO

PACIANO PADRON
La siembra de miedo es arma utilizada por los gobiernos despóticos y dictatoriales para mantenerse en el poder, por cuanto el miedo suele impedir que la indignación tome la calle y la protesta produzca el cambio deseado. El miedo inhibe a los molestos, frena el reproche en la calle y permite al régimen ganar tiempo. Que muera el miedo.

En el caso cubano, ya van 56 años de dictadura cruel y asesina, de paredón, muerte y persecución contra la divergencia, y de hambre pareja para todos. El miedo sigue frenando a un pueblo que pareciera ya no tener sangre en las venas, donde muy pocos han dejado oír su voz. En Venezuela ya van 16 años de siembra de miedo bajo la conducción cubana, un proceso iniciado en tiempo de Chávez y acrecentado en el podrido lapso de Nicolás, dócil a los Castro y a las instrucciones y enseñanzas de estos. Que muera el miedo, que se escuche la protesta en la calle.

         Es consustancial a la dictadura sembrar miedo, como lo hizo Hitler con el pueblo alemán y con los otros pueblos que fue sometiendo; como ha ocurrido con todas las dictaduras en América Latina y, por supuesto, con las de Gómez y Pérez Jiménez. En el caso de Gómez -quien muere en el poder sin que hubiese tomado cuerpo la protesta popular- la reacción masiva de alegría por haber concluido la pesadilla, no se produce sino varios días luego de anunciada su muerte, ya que había miedo del muerto, algunos en medio de su terror pensaban que estaba vivo, que solo habían anunciado su desaparición física para ver quién montaba fiesta y castigarlo luego con la severidad que sabía hacerlo el Benemérito. En el caso de Pérez Jiménez, el miedo fue desafiado cuando la gente entendió que ya no podía seguir aguantando atropellos a sus derechos fundamentales, y llegó el 23 de Enero.

         A un buen amigo de Guarenas -cuando hablamos de atropellos, no solo en el plano político sino igualmente en la relación interpersonal- suele decir “Si me ofendes callo, si me persigues corro y si me acorralas me defiendo”. Allí estamos, en ese tercer supuesto, en el acorralamiento. Defendernos es la salida si nos queda sangre en las venas, como ciertamente nos queda. Vamos a defendernos denunciando al opresor, develando la corrupción y la ineficiencia del régimen y exigiendo cambio. Quedarnos callados, seguirnos calando la situación actual del país sin respuesta eficiente, es una torpeza y el dictador apretaría la mano.

         Por ser harto conocida, no es necesario que ahora dibuje la crisis que nos subyuga, donde el desabastecimiento ocupa la escena y la llenaría por largo tiempo si no hay un cambio radical de política o de gobierno. El pueblo está bravo y a esta hora el gobierno desgastado echa sus últimos tiros y amenaza y persigue, llegando al colmo de poner preso a quienes protestan por el desabastecimiento o a quienes toman fotografías de anaqueles vacíos. Es hora de protesta, tenemos que echarnos el miedo a la espalda, reclamar y exigir cambio. En este momento el pueblo chavista acompaña el reclamo, porque el hambre es pareja y en las colas nos encontramos todos. Rechazamos a la indeseable Ministra del Interior, quien burlándose de la necesidad de la gente dijo que quien hace cola desde las dos de la madrugada es porque le da la gana, mientras el Gobernador de Yaracuy prohíbe que los ciudadanos pernocten a las puertas de los supermercados, en intento de ser los primeros en hacer compras al día siguiente.

         El pueblo debe encontrarse en la protesta convocada por él mismo, y no en aquellas que surgen de los laboratorios del régimen, como fue el caso del paro extemporáneo convocado para el pasado lunes 12 de enero. El paro cívico es un arma democrática y puede y debe ser utilizado, pero tiene su hora, y el tiempo no nos lo va a marcar el gobierno.

         Matemos el miedo y que nazca una hora nueva. No más silencio, no sigamos aguantando a quien se burla del pueblo, a quien es capaz en esta hora de penuria de gastar, en un viaje al exterior, un millón 200 mil dólares en disfrute con sus amigos y  familiares y con allegados de la primera combatiente. Ya basta. Que muera el miedo.

Paciano José Padrón Valladares
pacianopadron@gmail.com
@padronpaciano

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viernes, 1 de noviembre de 2013

AMÉRICO MARTÍN, SU MAJESTAD, EL MIEDO., DESDE LA CIMA DEL ÁVILA

 “La vida es maravillosa si se la disfruta sin miedo” Chaplin
Hasta donde alcanza la vista la economía de Venezuela no tiene remedio. En términos de crecimiento del PIB a precios constantes –para hablar nada más que de esa variable, a sabiendas del sombrío panorama de las demás- nuestro país, que según el Banco Mundial venía saliendo de dos siniestros años de decrecimiento real (-3.2 en 2009 y -1.5 en 2010) volvió a caer estrepitosamente en el año en curso, esta vez con efectos desastrosos. Y por lo que se avizora, el venidero podría ser letal, si no hay cambios. Hasta el gobierno sabe que en 2013 (Año 14 de la “revolución”) el ruidoso proceso está en trance de zozobrar en medio de explosivas protestas sociales y cambios políticos muy profundos. 
En el nudo de semejante crisis está una fecha fija que arde como una antorcha: el 8 de diciembre. Esa nueva confrontación electoral dará salida al anhelo de cambio que recorre el país como río de azogue encendido, aunque el poder trate infructuosamente de desnaturalizarla o eludirla.
Desde que me conozco y muy especialmente en el ámbito de los intelectuales de la izquierda, escuché el apotegma que luego expliqué y amplié y documenté en muchas ocasiones: la economía más sana es la que tiene como centro al hombre. Si lo sacrifica en nombre de cifras abstractas, estará dominada por una perversidad básica, salvo que para rehabilitarla haya que pasar por momentos dolorosos de ajuste. Pero incluso esos períodos exigentes serán consecuencia de gestiones inhumanas acumuladas en el tiempo o de catástrofes naturales o sociales fácilmente identificables.
El Indice de Desarrollo Humano (IDH) creado por el PNUD,  permite medir sin dudas el efecto de los sistemas ensayados sobre los seres humanos en todos los aspectos relacionados con –préstame tu atrabiliario sentido de humor, Nicolás- la Suprema Felicidad Social. Y para no extenderme mucho, del fracaso del socialismo real o el del siglo XXI hablan las cifras con una silenciosa y demoledora elocuencia. 

Los diez países con mayor IDH son, todos ellos, modelos tradicionales nada revolucionarios. Noruega, Australia y EEUU son los tres primeros. China no figura en el lote, pese a su despliegue económico porque “no solo de pan vive el hombre”, dicho sea con palabras del escritor ruso post y antiestaliniano Vladimir Dudintseva 

Varios de los dirigentes que acompañaron al caudillo Chávez en su hora estelar y habían sido pregoneros entusiastas del mencionado apotegma, hoy ya no cuentan. Con el tiempo su voz fue desapareciendo en la bruma y ellos fueron reducidos a condición muy subalterna. Una mano invisible los ha desplazado para colocar en las posiciones influyentes a militares activos y en menor medida a “cuadros partidistas”, cuyo único combustible es la lealtad incondicional al mandamás de turno, a Maduro, quien pareciera más bien un “mandamenos” dado el incremento de los uniformados en la estructura nacional y regional del  régimen.
Es una degradación continua y amplia. No se trata, como en China, de negarle a sus súbditos derechos humanos elementales a cambio de elevarles el nivel de vida material, pari passu con su acelerado crecimiento en el marco del mercado. Se trata, como en Cuba, de algo peor: reducirles los derechos a su mínima expresión y condenarlos a la decadencia acelerada de su condición de vida.
El pregonado modelo socialista no funciona ni tiene la menor posibilidad de hacerlo. Chávez podía preservar la unidad y en alto la emoción de sus seguidores por su indudable ascendiente, pero lo de Maduro ha sido lamentable. Podría decirse que perdió todas las cartas. No tiene resultados que exhibir, su estilo es deplorable, su aislamiento es sobrecogedor. Si la alternativa democrática hubiera sido más eficaz en convencer a la parte del país que sigue apegada al poder, que el cambio abriría un ancho cauce al reencuentro y la reconciliación, las dudas sobre la competencia de Maduro hubiesen tal vez encontrado una salida pacífica y sin el temor a la retaliación, que el fallecido caudillo sembró en el país.
Por desgracia lo que queda en el arsenal del régimen es eso: el miedo. El arma del miedo es proteica. Se ha intensificado tendenciosamente el rumor sobre desestabilización, conspiraciones y preparativos criminales que van desde el magnicidio a la invasión extranjera. Maduro y Diosdado –los directores de la ruidosa orquesta- amenazan abiertamente con cárcel y dura represión a pacíficos dirigentes democráticos, y tienen el descaro de señalarlos por sus nombres sin presentar pruebas, indicios ni nada parecido. La justicia ha retornado a tiempos del absolutismo monárquico, sin debido proceso, derecho a la defensa ni obligación de fundamentar la acusación con medios de prueba. Se ha deshumanizado el aparato judicial. El bárbaro retroceso es de más de doscientos años.
Maduro no es un hombre informado. Sus desarticuladas emociones no le permiten aprovechar la experiencia histórica. Sintiendo el malestar del país y de la Fuerza Armada, ha querido calmarla entregándole más y más parcelas del gobierno. Trece gobernadores militares y cientos de colegas de uniforme tienen las riendas del poder.
Imposible olvidar la tragedia del presidente Allende. Preocupado porque el orden público se le iba de las manos, se lo entregó al generalato. En el último desfile popular de respaldo al gobierno, Allende saludaba a la multitud desde el balcón presidencial. A su lado, en silencio, Augusto Pinochet, a la sazón el máximo líder militar.
El miedo como política es contraproducente. Se vuelve contra sus autores. Es irrisorio y está condenado a la derrota.
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin

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