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LA LIBERTAD, SANCHO, ES UNO DE LOS MÁS PRECIOSOS DONES QUE A LOS HOMBRES DIERON LOS CIELOS; CON ELLA NO PUEDEN IGUALARSE LOS TESOROS QUE ENCIERRAN LA TIERRA Y EL MAR: POR LA LIBERTAD, ASÍ COMO POR LA HONRA, SE PUEDE Y DEBE AVENTURAR LA VIDA. (MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA) ¡VENEZUELA SOMOS TODOS! NO DEFENDEMOS POSICIONES PARTIDISTAS. ESTAMOS CON LA AUTENTICA UNIDAD DE LA ALTERNATIVA DEMOCRATICA
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lunes, 16 de febrero de 2015

ELÍAS PINO ITURRIETA, COMPRA Y VENTA DE PERIÓDICOS

El asunto de la libertad de expresión merece un tratamiento cuidadoso, a través del cual se contemplen los matices que lo distinguen. No es tema que se deba tratar en sentido panorámico, debido a las maneras que han caracterizado su ataque en Venezuela desde el advenimiento del chavismo. ¿Por qué la preocupación? En atención a la trascendencia del problema, desde luego, vital para la preservación de la democracia que todavía nos queda; pero también debido a cómo ha sido examinado por los periodistas, es decir, por las personas involucradas directamente con un oficio que experimenta limitaciones capaces de estorbar su trabajo en términos particulares.
Hace ocho días, en una primera reunión con los expresidentes Pastrana y Piñera, los periodistas insistieron en denuncias sobre el caso Globovisión, mientras los enigmáticos tratos sobre la compra y venta de periódicos ocuparon segundo plano. No caben reproches sobre la conducta de quienes se han sentido lesionados por las modificaciones ocurridas en un canal de televisión como consecuencia del cambio de patrón, pero conviene distinguir entre los manejos que produjeron el cambio y los trajines relacionados con lo que se ha visto en el escandaloso caso de los impresos que estrenan propietarios flamantes.
¿Cuál es la diferencia? El canal fue adquirido por un señor con nombre y apellido que, con el derecho que legítimamente asiste a quien tiene la sartén por el mango porque guardaba dinero para hacerla suya, modifica la orientación de su nuevo predio, la anuncia y la convierte en realidad. Estamos ante un caso como el de don Guido, ese caballero andaluz de Antonio Machado que quiere sentar cabeza de una manera española y olvida las francachelas y las manzanillas para dedicarse a los altares y a las cofradías hasta cuando doblan las campanas por su beatífica muerte. Tal vez este don Guido de nuestras cercanías (a quien no conozco personalmente ni está en la libreta de mis citas próximas) buscó una metamorfosis drástica de sus vivencias y le dio por informar a su modo desde la pantalla chica. No deja de ser una maroma curiosa, una cabriola de las más llamativas, pero capaz de resistir objeciones debido a que se llevó a cabo sin ocultamiento para que los habitantes de la casa y los espectadores asumieran las consecuencias. Como sucedió, en efecto: muchos renunciaron a su trabajo, mientras centenares de destinatarios cambiaban de canal. Fue el precio que debió pagar nuestro tropical y adinerado don Guido para hacer realidad un anhelo secreto, o un capricho personal, o un trato que fue de su conveniencia.
La diferencia con el caso de la adquisición de impresos es ostensible, y grave de veras, por el simple hecho de que no sabemos a ciencia cierta quién los compró. Sabemos quién los vendió, operación que no es digna de la vuelta al ruedo en medio de ovaciones, pero obedece a una voluntad personal en torno a la cual apenas es permisible una irritación por el hecho de que permite el ocultamiento de la identidad de los compradores. Después de la operación los impresos cambiaron drásticamente el rumbo para producir informaciones, o para ocultarlas, sin que sepamos a quién criticar por una nueva y deplorable navegación que no solo se ha ocupado de cambiar la imagen de las publicaciones, sino también la esencia de sus contenidos. ¿Quién es el responsable de la metamorfosis? ¿Quién quita y pone ahora informaciones y opiniones en términos sectarios y autoritarios? ¿Quiénes nos ponen a leer solamente lo que ellos quieren? ¿Quiénes censuran y expulsan periodistas o columnistas, sin tomarse la molestia de una explicación decente? ¿Quiénes manejan ahora un proyecto que es lo más parecido a una patente extendida a corsarios anónimos y tendenciosos? Misterio bolivariano.
La poca atención que se prestó a estas criticables operaciones de compra-venta de periódicos en la primera reunión llevada a cabo entre dolientes y expresidentes aconseja un tratamiento realmente equilibrado del asunto de la libertad de expresión, en el cual se eviten las generalizaciones para poner el ojo en lo que más importa sin detenerse demasiado en consideraciones o agravios personales. Yo contemplo todos esos negocios con el pañuelo en la nariz, pero, si tengo que escoger a la fuerza, me quedo con don Guido.
Elías Pino Iturrieta
eliaspinoitu@gmail.com
@eliaspino

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miércoles, 8 de octubre de 2014

ELÍAS PINO ITURRIETA, LA PROEZA DEL HUMORISMO

Cuando se habla de las luchas contra las dictaduras, se privilegia a los políticos y a los hombres de armas. Es habitual pensar que sean ellos los únicos que meten la carne en el asador. Apreciación injusta, no en balde las autocracias de toda laya que han existido en Venezuela se han desplomado o han iniciado su declive gracias al trabajo de los humoristas. 

La copla envenenada contra los detentadores del poder, las burlas de los autores desde las páginas de la prensa, los dibujos creados por el talento de los artífices de sucesivas generaciones han estado en la vanguardia de los combates por la libertad. Hoy, cuando se estrecha el cerco contra esas manifestaciones fundamentales de la sensibilidad republicana, el escribidor cumple la obligación de enaltecerlas.     

La primera caricatura contra un régimen oprobioso aparece en los tiempos de José Tadeo Monagas, pero también la primera persecución. El mandón no encuentra manera adecuada de reaccionar ante un arma desconocida hasta entonces y capaz de cortar como las espadas más afiladas, razón por la cual ordena la prisión de unos pioneros de lo que será vehículo fundamental para el establecimiento de una convivencia civilizada. Trabajo vano el de Monagas. La posteridad habrá de celebrar en el encierro de los domicilios, en el sigilo de las murmuraciones y en los rincones de las plazas públicas la intrepidez de quienes se alzan contra la injusticia sin disparar un tiro.

Es infinita la lista de las proezas del humorismo venezolano, así como la gozosa aceptación de sus producciones, pero quizá baste ahora para su apología la memoria de una de las obras superiores del ingenio aguzado contra la pedantería y la corruptela de los gobernantes. Hablamos de La Delpiniada, gigantesca burla llevada a cabo por los estudiantes de la Universidad Central en uno de los teatros más importantes de Caracas contra la dictadura de Guzmán Blanco. Sin nombrar al envanecido autócrata ni a los miembros de su corte –más todavía, en presencia de las autoridades de la ciudad– los bachilleres se regodean en la crítica de las ínfulas y las desvergüenzas del régimen. Solo los mandones, en su evidente estupidez, no advierten la riqueza de la orfebrería preparada para desnudarlos. El resto del público y los que se enteran del espectáculo más tarde se felicitan por la existencia de un elenco de valientes que han hecho lo que los generalotes de entonces, guarnecidos de fusiles y machetes, no se atreven a llevar a cabo. Nace entonces una generación de campeadores contra las depredaciones del Liberalismo Amarillo.

Pero no solo la sociedad tiene deudas con un hecho estelar como La Delpiniada, sino también con periódicos de humor en cuyas páginas se mantiene la esperanza de una vida más hospitalaria. El Palo Ensebado, El Cabeza de Mochila, El Diablo Asmodeo, La Charanga y El Jején son, entre muchos otros, los títulos de los impresos que se valen de la mordacidad para anunciar un mundo mejor en el siglo XIX. Después, en la perspectiva de nuestros días, publicaciones de extraordinaria trascendencia como Pitorreos, Fantoches, El Morrocoy Azul, Dominguito, El Sádico Ilustrado, El Camaleón y El Chigüire Bipolar. ¿No han sido más importantes y profundas que las proclamas, las conspiraciones, las algaradas y las guarimbas?


Imposible intentar ahora la nómina de sus autores, pero para muestra un botón capaz de convocar el respeto de la sociedad: Rafael Arvelo y Tomás Potentini, paladines decimonónicos; Leoncio Martínez, un gigante escarnecido; Francisco Pimentel, Andrés Eloy Blanco, Miguel Otero Silva, Paco Vera, Kotepa Delgado, Aquiles Nazoa, Aníbal Nazoa, el excepcional Pedro León Zapata, Luis Muñoz Tébar, Salvador Garmendia, Elisa Lerner, Rubén Monasterios, José Ignacio Cabrujas, Abilio Padrón, Régulo Pérez, Luis Britto
García, Manuel Graterol, Jaime Ballestas, Jorge Blanco, Laureano Márquez, Emilio Lovera, Mara Comerlatti, Cayito Aponte, Claudio Nazoa, Eneko Las Heras, Roberto Weil, Eduardo Sanabria y otras personalidades esclarecidas entre quienes hoy destaca, por la brillantez de su imaginación y por la inicua zancadilla que han querido propinarle, Rayma Suprani. Mucho debe la patria a sus dones, a su sensibilidad sin cartabones, a la salvación de la risa que han ofrecido.



Elías Pino Iturrieta
eliaspinoitu@gmail.com
@eliaspino

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domingo, 23 de junio de 2013

ELÍAS PINO ITURRIETA, LAS VELAS DEL ENTIERRO, CONFLICTO UNIVERSITARIO

Las opiniones sobre el conflicto universitario están sujetas a restricción, según Maduro. Ni siquiera quienes tienen autoridad para llamar la atención sobre el entuerto pueden intervenir, de acuerdo con lo que dijo sobre unas declaraciones del rector de la UCAB en torno a los problemas de la educación superior. 

“Los ucabistas no tienen vela en este entierro”, sentenció, como si pudiera establecer una prohibición relativa a un asunto que debe no sólo provocar la preocupación de cualquier ciudadano, sino especialmente de quienes lo conocen desde su intimidad por razones de experiencia y oficio. Estamos frente a un juicio temerario, pero también explicable, si consideramos otra opinión que no ha dejado de repetir.

En efecto, se ha atrevido a hablar de las “universidades de derecha” que han torcido el conflicto de las altas casas de estudio para convertirlo en un propósito político. Es lo más peregrino que pudo manejar en sus declaraciones sobre un asunto crucial para la sociedad. Las universidades venezolanas, pero también las otras del exterior en la mayoría de los casos, son todo lo contrario. Lugares de debate y regazos de la libre expresión de las ideas, sólo mediante la negación de su esencia pueden convertirse en expresiones de una orientación que, según se considera generalmente, pretende evitar la metamorfosis del entorno que las rodea. Apenas un vistazo de la rutina de cualquiera de las universidades autónomas, pero también de las privadas, demostraría la evidente enormidad de una declaración que las identifica como promotoras de la petrificación de una colectividad a la que se deben y por cuyo desarrollo se han batido desde sus orígenes. Son demasiadas las luchas, las algaradas, los gritos atronadores, las publicaciones, los sacrificios, las creaciones científicas, humanísticas y artísticas de las universidades venezolanas, para que ahora, porque no tiene mejor argumento que el habitual cliché, alguien las quiera exhibir como heraldos del conservadurismo.

Lo cual no quiere decir que desde esta columna se nieguen los derechos que el conservadurismo tiene para señalar lo que le conviene a la sociedad. Todo lo contrario, desde luego, pero ahora sólo es aconsejable detenerse en lo que Maduro dispara como una descalificación cuya meta es el ocultamiento de un objetivo buscado por el régimen en la última década: la negación de la actividad intelectual que lo adversa, la guerra contra las personas que piensan con cabeza propia, el miedo a una “artillería del pensamiento” formada con método y disciplina para dar en el blanco. Como esa “artillería del pensamiento” se fortalece en la cátedra universitaria y se convierte en arma temible poco a poco en los pupitres, ¿por qué no desacreditar a quienes la crean y a sus discípulos?, ¿por qué no exhibirlos como representantes de la reacción frente a las intrépidas novedades de la “revolución”? No debe olvidarse que, tras el pretendido descrédito, se oculta un plan para intervenir los hábitos más respetados del claustro con el objeto de convertirlos en un revoltillo movido por individuos y asociaciones incompetentes para la función, pero orientados a la anulación del peligro que supone un sector intelectual formado por individuos a quienes difícilmente se les puede meter gato por liebre. Mientras el Gobierno regatea los salarios de los profesores, también busca la forma de que los empleados y los obreros de las instituciones, y además los representantes de asociaciones comunitarias sin nexos con la educación superior, ni con otro tipo de educaciones, les digan qué hacer y qué no hacer en su trabajo.

De allí su ataque al rector de la UCAB, como si a un investigador de trayectoria le estuviera vedado hablar de lo que sabe. Lo mismo dirá de otra autoridad que ejerza funciones en instituciones “de derecha”. Tiene la necesidad de negar unas cualidades relativas a la formación profesional y al entendimiento no ideologizado de la realidad, que estorban sus designios de intervención de la actividad universitaria. Por eso habló de “este entierro”, sin caer en cuenta de lo que decía. En el fondo los quiere sepultar, a ellos y a lo que representan, con velas y todo. Su pelea es con las luces.

eliaspinoitu@hotmail.com

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viernes, 21 de junio de 2013

ELÍAS PINO ITURRIETA, LA DIFÍCIL LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Persistimos como viajeros de un camino que comenzamos a hacer desde el principio del siglo XIX

En sus inicios, la república dependió de la comunicación de ideas. Sólo circulaban unas pocas hacia finales del siglo XVIII, las permitidas por el absolutismo, pero hasta el mismo absolutismo había consentido la ruta de las reformas y permitía posibilidades de expresión que jamás se habían intentado en la provincia. Sin embargo, era entonces tan novedoso el camino que se ofrecía, tan lleno de espinas, que fue lento el aprendizaje de decir las cosas que se tenían en la cabeza frente a una sociedad desacostumbrada a saber de su existencia. El cambio del régimen dependía de plantear los planes con comedimiento, si se estaba ya seguro de su contenido en un teatro lleno de vacilaciones, no fuera a ser que el pueblo, tanto el que sabía leer como el que estaba pendiente de las comidillas usuales, se alarmara más de la cuenta ante unas palabras que se estrenaban como letra de molde. Fue una faena trabajosa y riesgosa, a partir del 19 de abril de 1810, pero fundamental para concretar el anhelo fundamental de los líderes de la época.

La Gaceta de Caracas inauguró el itinerario, como se sabe, pero lo hizo con las precauciones del caso. Nada de hablar de Independencia desde el principio. Apenas sugerencias que no provocaran temor. Al rey ni con el pétalo de una rosa, en las primeras entregas del periódico. Los impresos que la siguieron, como el Mercurio Venezolano y el Semanario de Caracas, hicieron lo mismo hasta cuando consideraron oportuno. La mostración de ideas modernas fue progresiva, así como el descubrimiento de un proyecto cabal de Independencia, exhibidos sin cortapisas solamente en la hora señalada por las circunstancias. Después la guerra abrió senderos más expeditos para la libertad de expresión, no en balde la gente se fue acostumbrando poco a poco a las sugestiones de la modernidad y a las invitaciones de la república, pero todavía ante el riesgo del escándalo y aún frente al desafío supremo de la pérdida de la vida mientras se mantuvieran las hostilidades. Sin embargo, fue mucho lo que se avanzó en una década de papeles memorables.

Gracias a ese primer capítulo puede ocurrir un vigoroso proceso de críticas a Colombia y al autoritarismo de Bolívar, llevado a cabo a través de la prensa entre 1824 y 1830. Unos veinte periódicos ventilan ahora con ardor la situación de Venezuela después de una guerra calamitosa, levantan las banderas perdidas de la civilidad y analizan la situación desde una perspectiva inédita que conduce a la fundación de la autonomía nacional. Textos valientes, análisis descarnados, debates como jamás habían sucedido desde 1810, capaces de tener eco en Bogotá y en Quito y de alimentar un sentimiento de peculiaridad que dio fundamento a un nuevo proceso histórico, marcan ahora la pauta de la sociedad. No dejan de faltar las amenazas, desde los cuarteles suenan los sables y en ocasiones la tinta prefiere descansar un tiempito, pero no tarda en volver por sus fueros. Se han dado trancos desde el comedimiento de 1810, se ha crecido en ideas y en medios de expresarlas, debido a la atención que ponen los voceros de la segregación en la importancia de una prensa bien pensada y bien escrita que se convierte, ahora sí, aunque todavía con trabas, en brújula de la colectividad.

A partir de 1830 se vive el período estelar de la libertad de expresión, una época dorada de la deliberación de los grupos dirigentes en la cual circulan los periódicos fundamentales de nuestra historia, pero también los pensadores y opinadores esenciales: Fermín Toro, Antonio Leocadio Guzmán, Tomás Lander, Juan Vicente González, Cecilio Acosta, Rafael María Baralt, Francisco Javier Yanes y muchos otros. Pero no es sencilla su tarea. No sólo se pelean entre ellos, sino que también sienten cómo se les van cerrando lentamente las puertas de la imprenta a través de presiones sutiles y groseras, de juicios amañados, de leyes en defensa de la reputación personal, de dinero para acallar conciencias, de amenazas de alzamientos armados y aun de los silencios que el pueblo impone desde cuando se involucra de veras en los asuntos que antes eran monopolio de la gente de levita y corbatín. El proceso se clausura a la fuerza, debido al advenimiento de la autocracia de los Monagas, para que la prensa y los escritores de la prensa guarden silencio, salgan al destierro o esperen con paciencia la buena nueva de otro amanecer a partir del cual puedan otra vez trajinar sus plomos.

A partir de la Guerra Federal se advierte un proceso diverso, sin la profundidad del período fundacional, sin la deliberación abierta de la víspera y ante la influencia de los caudillismos y de la dictadura surgidos del campo de batalla. No son tiempos brillantes para la libertad de expresión, si se comparan con el capítulo iniciado en 1824 y concluido en 1848, pero siguen presentes la prensa de batalla, el periodiquito clandestino de oposición, algunos debates dignos de memoria, el humor como arma capaz de hacer mucha sangre y el milagro de un impreso de la categoría de El Cojo Ilustrado. Después vienen las oscuranas del castrismo y del gomecismo, tiempos de vergüenza para la libertad de expresión, pero también de anuncio de un renacimiento sucedido entre 1937 y 1948. Después nuevas luchas, desairadas y victoriosas, que no caben en el aprieto de estas líneas, pero en las que persistimos como viajeros de un camino que comenzamos a hacer entre trancas y barrancas desde el principio del siglo XIX. Por eso somos y queremos ser republicanos, aquí y ahora.

domingo 2 de junio de 2013  12:00 AM

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lunes, 7 de enero de 2013

ELÍAS PINO ITURRIETA CHAVISMO SIN CHÁVEZ, AHORA SI ES VERDAD QUE "INVENTAMOS O ERRAMOS" EN LAS FILAS DE LA OPOSICIÓN

No hay duda de que existirá el chavismo sin Chávez. Dejará de ser lo que es ahora, desde luego, debido a que la ausencia de una figura tan presente e influyente en los últimos años, en caso de que desaparezca físicamente como anuncian las noticias y los rumores sobre su enfermedad, obligará a una transformación del juego político, a un cambio que no se limitará a los maquillajes, pero se ha edificado una estructura de poder y se han fomentado unos intereses cuyo desmantelamiento solo puede ser esperado por la ingenuidad. Pero ingenuidad es lo que sobra, razón por la cual tal vez convenga, sin la esperanza de lograr demasiados entusiasmos, escribir lo que viene de seguidas.

Solamente la miopía más pronunciada puede negarse a observar la trascendencia de hombre cuya muerte o cuya incapacidad para el ejercicio de un nuevo mandato parecen inminentes. Su tránsito de catorce años no puede pasar en vano. Su vínculo con capas amplias de la población es un hecho indiscutible. Los afectos y los rencores que ha concitado mueven a la sociedad, sin que exista la posibilidad de ignorarlos. Su discurso, pese a lo que ha tenido de superficial y de previsible, forma parte de un entendimiento del país que ni siquiera pueden borrar las escandalosas limitaciones intelectuales de quien lo pronunció, los estereotipos y las simplezas que lo han caracterizado. El eco de sus sonidos ha llegado a todos los rincones de la sociedad, pese a que muchos no quieren escucharlo. No toda su retórica fue un galimatías, debido a que no dejó de sazonarla con verdades innegables, con acusaciones irrebatibles y con la denuncia de injusticias que claman al cielo. Si se considera la insistencia de esas palabras, nadie puede esperar que el viento se las lleve mañana.

En especial porque, partiendo de tal discurso y de poses orientadas a sembrar sensaciones de innovación, se ha establecido una cúpula cuya vocación es la permanencia por sobre todas las cosas. No se trata de un par de periodos constitucionales como los de antes. No es asunto de cambiar un partido por otro en el ejercicio del gobierno. No se trata de vivir tranquilos porque el que viene se parece al anterior, o no es en realidad amenazante. No es el juego viejo, ni nada por el estilo. El líder no pensó su proyecto como una situación pasajera, como un capítulo al que seguirían otros con republicana naturalidad, sino como la fundación de una era dorada que se debe prolongar a través del tiempo sin el incordio de la alternabilidad a la que nos habíamos acostumbrado desde la segunda mitad del siglo XX. Reino de largo plazo, utopía que no quiere ver el fin sino cuando haya cumplido una tarea histórica, mandato sin alternativa de variación, imperio indefinido sin que nadie lo deba interrumpir, dispone el testamento que deja el comandante a sus albaceas.

Los últimos procesos electorales dan cuenta de cómo se ha empeñado el régimen en garantizar su continuismo. Hechos con una misma estrategia "corazonada" para convertir en un solo episodio la elección presidencial y la elección de los gobernadores, prevista la segunda como corolario de la primera después de ocultar la gravedad de las dolencias del candidato principal, corazón que desfallece sin anuncio público, pero que será reemplazado por los ventrílocuos de sus procónsules, indica la desfachatada puesta en escena de un plan concebido tras el objeto de permanecer en las alturas a toda costa. Si se agregan el uso irrefrenable del erario, el ventajismo ejercido sin recato, la complicidad de las autoridades electorales y de las fuerzas armadas, es evidente que los recientes meses exhiben en todo su esplendor una voluntad de permanencia cuyos testimonios parecían perdidos en la calculada frialdad del gomecismo, que no congeniaba con las elecciones pero que manejaba a su antojo la vida de los venezolanos como solo ahora se siente y se padece. No parece accesible la lucha victoriosa contra un designio de tal magnitud, tan apoyado por la plata y tan distanciado de los escrúpulos, en especial si comenzamos a imaginar los ritos de canonización, las vestiduras rasgadas a juro, las analogías con el Libertador, las letanías lloronas, los sollozos en diversas latitudes de América y Europa, los ditirambos de cualquier especie que se fomentarán cuando el Presidente repose en su última morada dentro de poco, como parece probable.

Pero conviene detenerse en otro factor, debido a cuya inconsistencia se puede apostar por el chavismo sin Chávez: la debilidad de una oposición que no ha encontrado la fórmula capaz de ofrecer a la sociedad una referencia digna de confianza, o una propuesta capaz de entusiasmar de veras. Ha hecho lo que ha podido, pero con más pena que gloria. Se ha fajado como los buenos gladiadores, pero sin aproximarse siquiera a una medalla de plata, esperando una nueva olimpiada a ver si, por lo menos, puede desfilar en la ceremonia de inauguración. Ha asomado caras nuevas y ha repetido caras viejas que llaman la atención y merecen respeto, pero sin acercarse a la popularidad y a la pasión del hombre que, según parece, está a punto de despedirse. Las armas afiladas y certeras que se requieren para lidiar con un antagonista formidable todavía no se advierten en las trincheras de la otra orilla. Ahora si es verdad que "inventamos o erramos" en las filas de la oposición, como sugiere el maestro Simón Rodríguez, uno de los abonadores del frondoso árbol de las tres raíces, mientras las señales de un movimiento sin cabeza, pero con agallas y con ganas de seguir en el candelero, nos ayudan a ensayar un camino.

eliaspinoitu@hotmail.com

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viernes, 28 de septiembre de 2012

ELÍAS PINO ITURRIETA, ¿EL TIEMPO HA LLEGADO?

En realidad estamos frente a un régimen exhausto, independientemente de lo que pensemos sobre su lamentable administración de la sociedad. Es un régimen que no tiene nada que ofrecer, después de catorce años de desengaños. Es un régimen minado por la corrupción, que no combate ni para lavarse la cara de vez en cuando. Es un régimen con una sola cabeza que ha demostrado su incapacidad para arreglar problemas. 

El vaticinio no es trabajo fácil. Los riesgos de equivocación son numerosos, en especial cuando uno está metido en el revoltillo de un tiempo que le parece lamentable y del cual quiere salir a como dé lugar. Las señales que se pueden manejar sobre las alternativas de cambio, o sobre las posibilidades de permanencia de una determinada situación histórica, suelen ser engañosas. Pueden aconsejarnos la apuesta del cambio, pero también la idea de que no juguemos todas las fichas a un número que no sale sino cuando va a salir, es decir, cuando están dadas las condiciones para que la ruleta traiga la fortuna del entusiasta apostador mientras produce la bancarrota del tallador. Tal vez la comparación con un juego de azar no sea adecuada, pero es evidente que muchos factores imponderables, propios de los casinos, no dejan de influir en los entornos que buscan unas mudanzas que en ocasiones no dependen sólo de la voluntad de los actores, sino también de sus idioteces y sus fantasías. 

No se trata de cuidar las espaldas temprano frente a los enigmas del porvenir en términos generales, sino de mirar sin estridencias lo que puede suceder el 7 de octubre, cuando debamos asistir a un acto electoral que, como se ha dicho hasta la fatiga, no es una elección común y corriente. Ese día se profundiza la imposición de una forma de vida reñida con los principios democráticos, según entendemos esos principios desde los orígenes de la república, o se recobra la ruta extraviada en catorce años de ensayo dictatorial. Se vuelve a los valores de estirpe liberal que han animado los mejores tiempos de nuestra historia, o se impone de plano una autocracia cuyo dominio se ha incubado poco a poco y apenas necesita un parpadeo de la sociedad para entronizarse del todo. Pero, ¿eso lo sabemos de veras?, ¿nadie ignora que estamos ante una decisión primordial, de la cual depende la sobrevivencia de la democracia o su veloz viaje hacia el cementerio? No, por supuesto. Si se tuviera claridad frente a la encrucijada, no existiera sino un cálculo preciso sobre lo que puede suceder. Buena parte de la sociedad no advierte la situación según la venimos comentando, piensa que no pasará mayor cosa o siente que no es imperiosa la necesidad de una metamorfosis. De allí las posibilidades que tiene el continuismo, aunque no tantas como presume. De allí que no funcionen las bolas de cristal, pese a la insistencia de sus manipuladores. 

En realidad estamos frente a un régimen exhausto, independientemente de lo que pensemos sobre su lamentable administración de la sociedad. Es un régimen que no tiene nada que ofrecer, después de catorce años de desengaños. Es un régimen minado por la corrupción, que no combate ni para lavarse la cara de vez en cuando. Es un régimen con una sola cabeza que ha demostrado con creces su incapacidad para el arreglo de los problemas, pero también su ceguera ante el hastío que puede producir a los electores cuando se retoca de una juventud y de un vigor físico que no puede exhibir sin caer en el ridículo. La decrepitud del régimen y la estampa deplorable de su candidato son una misma cosa. Sin embargo, estamos ante un régimen y ante un candidato a los cuales no les faltan seguidores. Cada vez menos, según puede comprobarse del empeño de ciertas encuestadoras en inflarlos y en multiplicarlos de manera estrambótica, pero existen y votarán por el continuismo. Los cálculos que ignoren estas presencias están condenados al fracaso. 

Pero, ¿son mayoría frente a los que procuramos un cambio? La candidatura Capriles ha logrado un cúmulo de adhesiones inimaginable en la víspera. Tras la nominación de un joven luchador crecido ante las dificultades se ha despertado un ímpetu de cambio que parece incontenible, tanto en las ciudades como en los campos. La representación de una sociedad esperanzada recorre los rincones del mapa, para dejar a su paso un entusiasmo que no se percibía en el pasado reciente, ni siquiera durante el predominio de los liderazgos carismáticos de la segunda mitad del siglo XX. El trabajo de una campaña casi impecable que cada día obtiene mayores beneficios se apunta con seguridad en la letra azul de todos los inventarios. La sensación de que una generación flamante ha llegado para sacarnos del atolladero se palpa en todas partes. La analogía de esa generación con los burócratas ineptos y cansados del gobierno aumenta los dividendos electorales. El contraste del candidato de la oposición con el candidato del continuismo remite a una sensación de nacimiento de una esperanza y entierro de una pesadilla que sólo se da en situaciones excepcionales. Son las señales del nuevo tiempo anunciando su advenimiento. 

De que ese tiempo está a punto de llegar se encuentra testimonio en las zancadillas recientes del Gobierno. La distorsión del mensaje oposicionista, la falsificación de documentos para causar confusión, el regreso de la cámara escondida y el recorte de los tramos de la talanquera para el acarreo de dirigentes otrora descalificados por el Gobierno, pero ahora colocados en el trono de la santidad, parecen parapetos hechos a la carrera ante la proximidad de una tormenta arrolladora. Si el candidato del continuismo tuviera los votos que pregonan sus encuestadoras nos ahorraría estos bochornos. Por consiguiente, y pese a las prevenciones anunciadas al principio, es probable que el tiempo de las grandes transformaciones pueda comenzar en breve. 

eliaspinoitu@hotmail.com

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