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viernes, 18 de septiembre de 2015

GUSTAVO BRICEÑO VIVAS, POBRE JUEZA

La gente en general no se acaba de responder a una pregunta esencial y mortificante hoy día: ¿Cómo es posible que un juez de la república pueda condenar a una persona sin pruebas en un juicio, y a sabiendas muy particularmente de que el procesado está allí en el proceso solo por consideraciones única y exclusivamente políticas? En puridad de conceptos, esta pregunta puede abarcar varias respuestas que a mi entender todas podrían ser útilmente valederas. Concedamos para la discusión solo una. 

Es cierto, que un juez (en materia jurídica) debe dictar su sentencia de conformidad con lo aprobado y argumentado por las partes en el expediente. Pero, por otra parte, existen consideraciones o modalidades exteriores al proceso judicial que, aunque jurídicamente no se puedan sobreponer al juicio en sí mismo, el juez puede ser perfectamente instado o intrigado por terceros a tomar una decisión final, solo con elementos de convicción fuera del proceso estrictamente jurídico. Aquí influye un elemento fundamental: son los valores éticos y morales que el juez tenga al decidir tomar su decisión. Y estos valores que llamamos “éticos y morales” dependen, a su vez, de la fragilidad o fortaleza emocional del juez y de la influencia que tenga de sí mismo y de su relación con los demás. En fin, es un problema de cultura circundante, de vulnerabilidad social y de emocionalidad individual que vive ese juez durante el proceso judicial y fuera de él.

La jueza que tomó la decisión contra Leopoldo López –a todas luces arbitrarias y en violación de todos los derechos del encausado y de las normas jurídicas más elementales del proceso– responde, sin temor a equivocarme, a las consideraciones exteriores de ella misma considerada. Es una persona joven, muy joven, que es posible que su vivencia personal y social sea en un ambiente político determinado y disminuido, donde el sabor por la autoridad del presidente “que nunca se murió” –Hugo Chávez– sea para ella la mejor referencia a su vida como juez y como persona. Es o evidencia el desarrollo de su cultura o su pensamiento estrictamente personal. El chavismo para ella es o debe ser su religión, lo inmaculado y endiosado y sobre lo puesto por consecuencia para tomar cualquier decisión en su vida profesional. Me explico, para esta “funcionaria judicial” el Estado de Derecho es un problema ajeno y segundario a su conducción como juez y como persona, incluso, pienso que la premisa esencial –donde toda conducción de un juez debe someterse a las leyes y a la Constitución– no lo entiende, ni lo digiere, ni le importa. Y, a estos efectos, se le suma el hecho objetivo y real de que frente a ella y con ella, existe un conjunto de personas inescrupulosas que sí entienden todo, y la instan a violar la ley, solo por consideraciones de resentimiento, de revanchismo y de envidia social. ¿Un juez muy joven que ha tenido poca experiencia en vivir en una democracia es posible que dicte una sentencia ajustada a derecho? Claro por Dios que no generalizo, sin embargo, me viene a mi pensamiento el hecho de que una jueza provisoria dependiente de una posible figuración monetaria o patrimonial, un determinado premio en dinero, es factible que pueda surgir en ella la posibilidad real de violar inmensamente un derecho como desafortunadamente lo hizo en contra de Leopoldo López.

Su debilidad como ser humano y como juez lo manifiesta justamente en el dictado de la decisión “jurisdiccional” cuando admite y expresa con evidente desparpajo imponer una pena de casi 14 años a otro ser humano sin pruebas ni justificada argumentación jurídica. En palabras sencillas pero mortificantes, es la manifestación triste de un Poder Judicial que en la práctica no existe, donde los jueces son utilizados por consideraciones de venganzas personales y donde las circunstancias actuales perpetúan manifestaciones extrañas que determinan pensamientos imposibles de imaginar. Esta opinión la escribo con cierta desesperanza y segura argumentación que creo entender con plena conciencia. La jueza que dictó la sentencia es el símbolo personificado y actual del presente régimen: la existencia de un solo y alocado poder que intenta regir los destinos de toda una sociedad que le es adversa. Lo más lamentable es la escogencia de una jueza con esas características personales y sociales para cometer tan semejante atropello. Así lo creo.

Gustavo Briceño Vivas
gbricenovivas@gmail.com        
@gbricenovivas

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