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miércoles, 28 de enero de 2015

CARLOS VILCHEZ NAVAMUEL, INCREÍBLE, GOBIERNO VENEZOLANO IMPIDIÓ VISITA DE EXPRESIDENTES PASTRANA Y PIÑERA PARA VER A LEOPOLDO LÓPEZ

Como se sabe, el 08-10-14  la ONU emanó una resolución  en la que decretó que “El Estado venezolano debe liberar de inmediato a Leopoldo López, el coordinador nacional de Voluntad Popular, tras determinar luego de una exhaustiva investigación que al líder político se le detuvo arbitrariamente y se le violentaron varios de sus derechos civiles, políticos y constitucionales. El dictamen fue emanado del Grupo de Trabajo de Detenciones Arbitrarias del Consejo de Derechos Humanos de la ONU con sede en Ginebra luego de un proceso de investigación adelantado desde el mes de febrero en el que participó activamente el Estado venezolano. En el mismo expresa “la detención del señor Leopoldo López constituye una detención arbitraria (…) Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela disponga la inmediata libertad del Sr. Leopoldo López”.  

http://www.unidadvenezuela.org/2014/10/onu-dictamino-que-leopoldo-lopez-debe-ser-liberado/

Este año, los expresidentes  Enrique Piñera de Chile y Andrés Pastrana de Colombia decidieron visitar al líder  de la oposición, Leopoldo López, en la cárcel donde lo tienen preso, el domingo 25 de enero los dos expresidentes intentaron ver a López en el reclusorio donde se encuentra detenido, pero el gobierno venezolano lo impidió, algunas fuentes afirmaron que la orden la tomó el vicepresidente Jorge Arreaza, decisión que  nos resultó verdaderamente increíble ver hasta dónde ha llegado este gobierno.

Antes de la visita el expresidente colombiano había manifestado “Creo que el mínimo acto de respeto a los DD. HH. es poder visitar a un preso político. Por eso vamos a ir a visitar a Leopoldo”. Al conocer el impedimento el expresidente Pastrana comentó: “Ningún presidente necesita permiso para visitar a un preso político”. También apuntó “Para quienes somos demócratas esto es un gesto que no entendemos. Jamás pensé que no nos iban a dejar entrar a Ramo Verde a ver a Leopoldo López”, dijo a las afueras de la cárcel militar el expresidente colombiano Andrés Pastrana. Y añadió  “Le dijimos al vicepresidente ejecutivo (Arreaza) que el único documento que se requiere es nuestra identificación para poder entrar, pero eso nos fue negado”.              

Por su parte el expresidente chileno Sebastián  Piñera  había dicho: “Yo le diría al presidente Maduro: si usted quiere ser respetado entonces tiene que aprender a respetar”. Y añadió: “Venimos a pedir la libertad de Leopoldo López, un hombre que lleva casi un año preso y de acuerdo a comisiones de Naciones Unidas no hay justificación para esa privación de libertad (…) Venimos a reflexionar sobre la democracia, la libertad y la ciudadanía en Venezuela. Esperamos que el pueblo venezolano encuentre los caminos en el marco del Estado de derecho”.  

Su esposa Lina Tintori  expresó en la entrada del reclusorio que  “En Venezuela se violan derechos fundamentales, no solo se lo hacen a Leopoldo, sino a todos los venezolanos”, dijo además que “Hoy toda Latinoamérica sabe que Leopoldo López está aislado, que es un preso político y esto tiene que cambiar. Quieren doblegar a Leopoldo y no lo van a lograr. Tiene un compromiso por Venezuela”.  Y en su cuenta de Twitter escribió  “Queda demostrado que está secuestrado por Maduro”. 

http://www.maduradas.com/claro-y-raspao-lilian-tintori-leopoldo-lopez-esta-secuestrado-por-maduro/

Henrique Capriles, el gobernador del Estado de Miranda y excandidato de la oposición al conocer el impedimento que le hicieron a los expresidentes para visitar a López dijo en su cuenta en Twitter “Con la misma vara que midas, serás medido Nicolás. Dios juzgará de la misma manera. Nuestros compañeros presos tienen derecho a visita de quien sea” y añadió “Los enchufados embriagados de poder y dinero creen que la justicia nunca les llegará, no será venganza si justicia”. 

http://www.noticiasaldiayalahora.co/exploto-capriles-y-se-pronuncia-luego-que-negaran-visita-a-lopez-de-pastrana-y-pinera/

Carlos Vilchez Navamuel
carlosvilcheznavamuel@gmail.com
@carlosvilchezn

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domingo, 26 de junio de 2011

CHILE: PIÑERA PIDE A EEUU RATIFICACION DEL TLC CON PANAMA Y COLOMBIA

El presidente chileno, Sebastián Piñera, pidió el lunes a su homólogo estadounidense, Barack Obama, la ratificación de los tratados de libre comercio (TLC) suscritos por EEUU con Colombia y Panamá y la ampliación del acuerdo que tiene vigente con Chile.
“Quisiera levantar nuestra voz para pedirle que países como Colombia y Panamá también puedan tener un TLC con su país y puedan incorporarse a esta iniciativa del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP)”, afirmó Piñera a Obama durante una comparecencia de prensa conjunta en el Palacio de la Moneda.
El TLC de Estados Unidos con Colombia fue suscrito en el 2006 y el de Panamá en el 2007, pero aún no han sido presentados al Congreso para su ratificación y entrada en vigor.
Barack Obama, que llegó el lunes a Santiago en la segunda parada de su gira latinoamericana, evitó pronunciarse sobre los acuerdos con Panamá y Colombia, pero sí manifestó su voluntad de llegar “a fines de año” a un acuerdo sobre el marco para el TPP.
Este acuerdo, que negocian EEUU, Chile, Australia, Brunei, Nueva Zelanda, Perú, Malasia, Singapur y Vietnam, busca crear en el futuro una zona de libre comercio interregional entre las dos orillas del Pacífico.
Piñera también pidió a EEUU “acelerar y perfeccionar” el tratado de libre comercio con Chile, vigente desde el 2004 y que forma parte de los veintiún acuerdos comerciales que el país sudamericano mantiene con 57 naciones.
Obama recogió el guante y recordó que el comercio bilateral entre ambos países se ha duplicado desde que se comenzó a aplicar ese TLC.
“Pero creo que hay mucho que podemos hacer para seguir expandiendo esta cooperación económica, de modo que hoy nos hemos vuelto a dedicar a implementar plenamente nuestro acuerdo de libre comercio e incluir la protección de la propiedad intelectual”, señaló.
La protección de la propiedad intelectual en Chile, que Estados Unidos considera poco firme, es precisamente el principal escollo para profundizar en la relación comercial.
Piñera también manifestó su preocupación “por los retrasos de la Ronda de Doha” en su camino para liberalizar el comercio agrícola, aunque se mostró seguro de que “EEUU va a hacer un esfuerzo por que finalmente se destrabe”.
Tras esta comparecencia de prensa, se dirigió al aledaño Centro Cultural Palacio de la Moneda para pronunciar un discurso sobre la región.
Fuente: El Nuevo Herald


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lunes, 11 de abril de 2011

PIÑERA AL ABORDAJE DEL ABORTO Y EL MATRIMONIO GAY. EN CHILE LIBERAL



En el próximo discurso del 21 de mayo Piñera debe responder no sólo a sus promesas de campaña, sino a las expectativas que despertó en sus votantes
¡Al abordaje muchachos!
Nuestro sitio se arriesgó cuando invitamos, hace un par de años, a darle créditoal candidato Sebastián Piñera, y luego consideramos necesario votar por él en segunda vuelta porque, uno, la Concertación estaba exangüe y cumplió un ciclo, y dos, porque Piñera prometía una moderación centrista alejada de los conservadores ultramontanos de la UDI (sus "aliados"). En su campaña nos mostró dos jóvenes homosexuales, y nos ha dicho que él en lo personal se opone al aborto (lo que es razonable), pero esto no impide que se termine de una vez con la penalización del aborto en todo momento.

El país avanza hacia el crecimiento económico y exhibe indicadores saludables. De alcanzar un 6% anual lógicamente se crearán puestos de trabajo, si bien consideramos de tonto creer que tendremos un millón de nuevos empleos. Digamos que fue uno de los muchos exabruptos del actual mandatario el ser tan categórico en cuanto a cifras, pero lo tomamos en sentido metafísico. Interesante además la guerra frontal que el gobierno le ha declarado a la ineficiencia y el despilfarro, y elogiable el intento por reducir los trámites de iniciación de actividades a 1 día (al nivel de Nueva Zelandia, país paradigmático para Chile).

Pero el crecimiento y la prosperidad llega a un punto muerto cuando no va acompañada de reformas sociales, y acá es donde aún Chile exhibe falencias.

En la campaña electoral todos vimos a Sebastián Piñera al lado de dos jóvenes homosexuales (foto abajo), lo que interpretamos como el deseo del mandatario de abordar esta materia, hasta hace muy poco considerada tabú. Lo que Chile Liberal sostiene es que el tema deben zanjarlo quienes están en edad de casarse, y no es necesario ser adivino para notar que el matrimonio igualitario —que no discrimine entre hetero u homosexual— es un concepto añorado en este grupo etáreo, es decir, si los más jóvenes son quienes desean casarse y son quienes contraerán matrimonio, es a ellos a quienes corresponde en primer término dirimir el asunto. ¿Por qué la nueva generación, que no tuvo ni culpa en el descalabro de 1973 ni en la pobreza heredada en 1990, debe más encima someterse a las reglas moralistas de la agotada generación anterior? Es hora de reclamar por el fin del absolutismo moral, paradójicamente vociferado por la institución más escandalosamente inmoral que conocemos, y empezar luego a legislar en el Parlamento sobre el matrimonio homosexual.

Piñera, ¿y... ? ¿En qué quedamos?

Sebastián Piñera ya tuvo un año para instalarse en el gobierno y es este el momento de comenzar a pronunciarse sobre este tema, y debe hacerlo ahora, en el discurso del 21 de mayo, que fija la agenda para el período legislativo ordinario.

El segundo tema que planteamos es el aborto. Ya hemos visto la debilidad del sector pro-vida que considera un continuo ininterrumpible "desde la concepción hasta la "muerte natural". Si así fuese, en casos en que la madre está en riesgo vital y es imprescindible un aborto, resulta que los más recalcitrantes insisten en que la mujer deba morir, lo que es aberrante, pero la mayoría piensa que causarle indirectamente la muerte al feto no constituye un "aborto": un mero juego semántico. La necesidad de reinstalar el aborto terapéutico se ha visto asfixiada simplemente porque el mismo sector pro-vida sabe que tácitamente está reconociendo que hay momentos en que debe destruirse el feto, lo que al final abre la puerta al aborto a voluntad.

La postura de Chile Liberal es clara: médicos, eticistas y juristas deben establecer el momento en que el feto ya es viable por sí mismo, y hasta ese momento el aborto queda como decisión que compete a la mujer y que ella debe decidir a conciencia en su fuero interno. Tal decisión personal no admite penalización, justamente por ser una cuestión de conciencia. Los mismos inmorales de siempre deben mejor preocuparse de sus propios asuntos y dejar que la gente por sí misma aprenda a decidir.

Por supuesto que cuando Piñera plantee estos dos temas lo más seguro es que sus "aliados" le volverán la espalda, pero el presidente no tiene nada que temer porque él ganó las elecciones a pesar de ellos, no gracias a ellos. Lo concreto es que al final se impondrá, como siempre, la lógica, y el país recordará a Piñera como un gran reformista que supo recoger el sentir nacional y actuó acorde a ello, como un servidor público, no como un santón moralista que le dice al resto lo que se puede y lo que no se puede hacer.

Confiamos en que este 21 de mayo el país verá a un presidente que ha aprendido las lecciones y que está dispuesto a garantizar las libertades individuales, empezado por devolver a las mujeres la capacidad de decidir algo tan básico como cuándo terminar su embarazo, o dejando que la gente forme los matrimonios que estima conveniente. Ambos serán señales inequívocas de que el país marcha firme hacia el el progreso material y ético, y un gobierno con tal visión merecerá nuestro apoyo.

Chile Liberal <
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miércoles, 6 de abril de 2011

EL SECRETO DE CHILE. CARLOS ALBERTO MONTANER

Obama está a punto de llegar a Chile. Hace bien. Chile se ha puesto a la cabeza de América Latina. Es probable que la próxima generación viva en un país del primer mundo, en el que los niveles sociales medios alcancen al setenta por ciento del censo. ¿Cómo lo logró? ¿Qué ocurrió en ese país? Hablemos de eso.

Hace un año Sebastián Piñera llegó a la presidencia de Chile saludado por un terremoto devastador cuyos daños fueron calculados en treinta mil millones de dólares. No obstante, el balance objetivo de esos 12 meses es razonablemente bueno. Veamos los números: crecimiento del PIB de un 5.2%, ligero aumento de la productividad, reducción de la inflación en un 25% (de 4 pasó a 3), disminución de la delincuencia y un clima social relativamente sosegado, pese a que cierta izquierda rabiosa intentó presentar al nuevo gobierno como el retorno del pinochetismo, lo que presagiaba una atmósfera conflictiva.

En todo caso, más importante que los logros de Piñera o que sus fallos --subió inesperadamente los impuestos, evitó la creación de una necesaria central eléctrica a carbón por presión de los ambientalistas-- es la continuidad sin sobresaltos de su obra de gobierno. De la misma manera que en 1989, presididos por el democristiano Patricio Aylwin, una coalición de centroizquierda sustituyó a la dictadura de Pinochet tras una reñidas elecciones, pero no renunció a los aspectos positivos que dejaba el general, sino se dedicó a edificar una democracia moderna regida en lo económico por el mercado y la empresa privada, Piñera ha hecho exactamente lo mismo: asume el poder tras la socialista Michelle Bachelet y no destruye absolutamente nada. Sencillamente, continúa la marcha, propone ciertas medidas de gobierno que a él y a sus expertos les parecen más eficaces, rectifica o revoca otras, y todos permanecen sometidos a la autoridad de la ley y al amparo de las instituciones.

Por eso Chile es hoy la nación más exitosa de América Latina. La inmensa mayoría de la sociedad está de acuerdo en que el mejor modelo de convivencia es el que se encuentra dentro del paradigma político de la democracia liberal y en los fundamentos económicos del mercado y la supremacía de la sociedad civil. En consecuencia, la clase política se mueve pacífica y cívicamente dentro de ese espectro, que es, además, el de las veintisiete naciones de la Unión Europea, y de otra docena de países triunfadores del primer mundo: Estados Unidos, Canadá, Suiza, Israel, Japón, Australia, Corea del Sur y un breve etcétera.

Finalmente, quienes componen el abanico de la democracia liberal chilena --democristianos, socialdemócratas, liberales y conservadores, cualesquiera que sean sus denominaciones oficiales-- han entendido que no son enemigos irreconciliables, sino miembros de una misma familia política, capaces de hacer coaliciones, apenas diferenciados por matices que no cuestionan el sistema en el que viven, sino el estilo de la gerencia. Lo que se discute con pasión es el monto de la presión fiscal, las prioridades en los gastos públicos y las normas sociales: aborto, preferencias sexuales, posición frente al consumo de drogas y el resto de los habituales reñideros morales.

Esa es la madurez. Así se comportan las naciones serias. Sin sobresaltos, sin delirios revolucionarios encaminados a refundar la nación de acuerdo con las fantasías del caudillo de turno.

Es verdad que en las sociedades triunfadoras los héroes no suelen ser los políticos, sino los empresarios destacados que generan riqueza, los científicos que han logrado grandes descubrimientos, los atletas que han conseguido romper marcas olímpicas o los intelectuales y artistas universalmente admirados. En estos países las sociedades no se sacrifican para glorificar a sus gobernantes, sino sucede a la inversa: los gobernantes se sacrifican para gloria de las sociedades a las que sirven. No llegan al poder para mandar, sino para obedecer y servir.

Eso es lo que Chile viene haciendo desde hace más de veinte años. No hay más secreto.

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martes, 19 de octubre de 2010

"CHILE SERÁ RECORDADO Y RECONOCIDO NO POR PINOCHET, SINO COMO UN EJEMPLO DE UNIDAD, LIDERAZGO Y CORAJE, FE Y ÉXITO", SEBASTIÁN PIÑERA A "THE TIMES"

Chile tiene, o tenía, un grave problema de imagen internacional. Es que nos conocen poco, los productos de nuestra industria no portan el signo de pretigio de un "Made in Japan" o "Fabriquée en France". En los Juegos Olímpicos nuestro país no demuestran excelencia ya que los atletas chilenos nunca reciben preseas en en podio, salvo excepciones, que son más bien por coraje individual que como resultado de trabajo a nivel país. En los Mundiales de fútbol sólo jugamos bonito. Nuestros científicos y literatos rara vez reciben premios nobel.

Para colmo, de lo poco que se sabe, es que vivimos bajo una dictadura brutal, encabezada por un oscuro y corrupto militar golpista latinoamericano. Una sufrida república bananera, no pasamos de eso. Se sabe, eso sí, que somos un país de una geografía extraordinaria, pero eso no es resultado de nuestro trabajo, sino mero accidente, y peor aún, hemos devastado nuestros propios recursos y boicoteado nuestro potencial turístico con una infraestructura deplorable. A diferencia de Perú, no tenemos culturas precolombinas ricas que mostrar. No tenemos la cultura urbana y cosmopolita de Argentina. No tenemos ninguna weá.

Aparte del triste episodio dictatorial, lo paradójico es que exhibimos una de las tradiciones republicanas más extensas del mundo, pero sólo somos conocidos por el exabrupto inaceptable e injustificable de la tiranía pinochetera y el deplorable espectáculo de sus apologistas, y aún sufrimos de un brutal ultra-conservadurismo social producto de la derecha ultraconservadora y ultramontana que, en los aciagos días de la década 70 y 80, en vez de exigir el inmediato retorno a la democracia, sólo se dedicó a justificar atrocidades, práctica que aún persiste hasta hoy.

Otra paradoja es que nuestra transición fue tortuosa pero ha llegado a buen puerto, un logro opacado por el recuerdo imborrable de la pesadilla dictatorial.

La última vez que Chile fue el epicentro de todas las noticias fue la devastación del terremoto de este año, y anteriormente, la detención de Pinochet en Londres ante el pedido de extradición requerido por varios países, principalmente España. A Chile le han negado extradiciones en Suiza y Argentina, y nosotros la hemos negado a todos los que han requerido que investiguemos y sancionemos los crímenes perpetrados bajo el gobierno de facto de Pinochet. Ese sujeto, también conocido por su nombre de chapa "Daniel López", se instaló durante la transición en la comandancia de nuestro ejército, y luego, se inventó el cargo de senador para seguir en la impunidad, como lo hizo hasta su infantil error de viajar a Londres.

En una jugada riesgosa, y como lo sugirió Chile Liberal para afianzar nuestra democracia, consideramos necesario poner a prueba a la derecha e instalarla en el poder. La Concertación, ex bloque de Oposición a Pinochet, quedó exangüe luego de 20 años ininterrumpidos en el poder. La idea era jugar a que somos una democracia consolidada y creer que nuestros conservadores están a la altura de un David Cameron o un Nicolas Sarkozy. Los electores hacemos como que elegimos conservadores serios, y los conservadores hacen como que son demócratas. Desde la irresponsabilidad de estar amurrada en la Oposición sin posibilidad alguna de llegar al poder, el sector Conservador se pasó 20 años sin una agenda que ofrecer al país.

Hasta que, después de un intento fallido, aparece Sebastián Piñera, un díscolo de la derecha, y Chile Liberal insta al electorado a darle crédito e instalarlo en palacio.

El mundo vio con inquietud la movida chilena. ¿Chile volvía a clamar por el golpismo? Pocos entendieron que Piñera es un Conservador moderado, y que agobiados por el paso cansino de la Concertación en cuanto a crecimiento económico, Chile le daba una oportunidad a un líder de derecha que, por contradictorio que parezca, abjuraba del gobierno sanguinario, cleptocrático, autoritario y ultramontano que vio el colapso de la banca en 1982, nos arrojó a una recesión feroz, en vez de privatizar organizó repartijas con los amigotes, y entregó un país con cinco millones de pobres y, peor aún, xon su tejido social completamente violentado.

Chile Liberal ha evaluado bien a la gestión de Piñera en su instalación y arranque. El crecimiento ha vuelto y bordea el 6%. Piñera le ha declarado la guerra total a la ineficiencia y el despilfarro. Lejos de ser un líder latinoamericano divisorio, ha estrechado relaciones con Correa en Ecuador luego de la intentona golpista, y ha estrechado lazos con Evo Morales luego del rescate del minero boliviano atrapado en la ya infame mina San José. Con Crisrina Kirchner ha expresado su desazón pero la relación es firme, pero cordial. Con Hugo Chávez ha mantenido una prudente distancia, como el transeúnte que se siente importunado por un payaso callejero. Nadie puede decir que el gobierno de Chile lo ha hecho mal internamente, o ha jibarizado la posición de Chile en el continente y en el mundo (como país exportador y comerciante, no podemos cometer ese error). La tarea pendiente que señalamos a Piñera fue la regeneración que necesita su sector.

El golpe anímico del rescate de los mineros ha sido extraordinario. Piñera ha declarado que el plan se hizo "a la chilena". Desde hoy, que hacer algo "a la chilena" sea sinónimo de determinación y excelencia. Como si fuese poco, justo comienza la gira presidencial del mandatario chileno a Europa, y Sky News, principal cadena de noticias del Reino Unido y con el fresco recuerdo del rescate, transmite en directo la llegada del presidente de Chile: Piñera se ha ganado sus cinco minutos de fama. Ha dicho, en el mismo aeropuerto internacional de Heathrow, que admira a David Cameron y su modernización del Partido Conservador, y la forma en que logró formar un gobierno de mayoría. Piñera ha añadido que el gobierno encabezado por Cameron será beneficioso para aquel país.

Es exactamente lo que queríamos escuchar del presidente chileno.

David Cameron asumió el mando del Partido Conservador con la frase célebre: reformarse o morir. Sepultado por la popularidad del neo-laborismo de Tony Blair, y bajo el controversial espectro de Margaret Tatcher, el partido Tory, como les llaman a los conservadores británicos, corrió la misma suerte de la derecha chilena: ser completamente inelegibles y no aptos para volver al poder. Esto es preocupante en una democracia sólida como la británica, pero mortífero en una democracia convalenciente como la chilena, donde la nostalgia por el hombre fuerte, el autoritarismo y las "agendas valóricas" siguen secuestrando el espíritu reformista que necesitamos para comenzar nuestra modernización.

Luego que Piñera visite el Museo Británico y el Memorial de Winston Churchill, esperamos que se impregne del espíritu democrático de aquella insigne nación que desde el siglo XII, con la Magna Carta, sólo ha visto la suspensión del habeas corpus durante la II Guerra Mundial, cuando un extraño grupo de fascistas británicos fue detenido, ante el temor de que Hitler lograse penetrar la isla. Culminada la guerra, el propio Churchill expresó su horror al ver la suspensión del habeas corpus, piedra angular de la limitación que exigen los gobernados al poder del gobernante, y se eliminó, además, el carné de identidad.

Necesitamos que Piñera ahora comience una nueva etapa de su mandato, ahora que el personaje cuya voz escuchamos en la radio Kioto y que vimos multado por "insider trading" ha sido revestido del prestigio internacional sólo concedido a los presidentes de la Concertación. Recordemos que cuando en Europa vieron, en 1998, que la democracia chilena comenzaba a echar raíces, el Viejo Continente decidió no exigir visas a la entrada de chilenos, uno de los muchos gestos de la comunidad internacional hacia nuestro país. Faltaba que ahora la derecha se ganase la legitimidad internacional que nuestro país tanto añora.

Hoy en 10 Downing Street Piñera ha tomado el té con David Cameron, y esperamos que el joven líder británico le explique a su par chileno cómo logró la ardua tarea de volver a convertir al Partido Conservador en una opción válida. Aparte de eso, ojalá el presidente le cuente lo conmovedor que es ver todas las joyas del arte y cultura universal perfectamente conservadas en el British Museum, lo que demuestra el espíritu universalista y solidario de los ingleses. Sebastián Piñera lleva algunos obsequios, no sólo los restos de roca de la mina San José, sino que recuerdos del barco Beagle, en que el mítico Charles Darwin visitó nuestro país en el siglo XIX.

Cuando Piñera vuelva de su triunfal gira en Europa es hora de dejar que los sicólogos traten a los mineros, y ojalá expertos los asesores en cómo lidiar con la prensa sensacionalista chilena, mientras el presidente comienza la segunda etapa de su periodo: cómo asegurar la continuidad de su mandato. Está claro que las posibilidades de que su gestión económicas sean buenas. Si logra, además, asegurar en términos políticos la continuidad de gestión, es algo que sólo podrá conseguir si redescubre los fundamentos ideológicos del conservadurismo moderado, y no de la versión sanguinolenta, irracional y homofóbicca, cuyos patéticos espectáculos en Chile ya deben empezar a desaparecer bajo el mando de Sebastián Piñera.

La izquierda chilena en los años 80 vio el fin de la Unión Soviética y rápidamente cambió la "vía chilena al socialismo" y los rimbombantes discursos del hombre nuevo en la gran alameda por un enfoque social-demócrata pragmático proveniente de un Bill Clinton o un Tony Blair. Cosechó resultados positivos por dos décadas, y le dio una paliza monumental a la derecha en todas y cada una de las elecciones, sean presidenciales, parlamentarias o municipales.

La derecha debe haberse dado cuenta que llegó a La Moneda más por hartazgo con la Concertación que por otra cosa. Ahora que tienen un líder que puede codearse de igual a igual con conservadores como un Cameron o un Sarkozy, esta es la última oportunidad que tiene el sector conservador de volver a su sustrato pelucón, y no a sus desvaríos dictatoriales, que tanto daño causaron.

Es hora, además, que la Concertación de despabile y nos presente un nuevo líder opositor que desafíe a Locomotora, y no a una Bachelet recauchada (el fiasco de Frei recauchado fue advertido por nuestro sitio). Nos preguntamos por qué Carolina Tohá no asume ya el papel protagónico en la tienda opositora.

Piñera tiene como misión de fondo atraer más inversionistas europeos y para ello es primordial que mostremos un país en permanente reforma, y no a punto de que estalle una revolución. Necesitamos un país ágil donde abrir una empresa, pagar impuestos, contratar o despedir trabajadores sea hecho con celeridad. Un país donde los inversionistas puedan mandar a sus empleados y estos quieran venir a Chile, y no tengan inconveniente en tomar un taxi en cualquier parte, salir de noche con seguridad y mandar sus hijos al colegio sin miedo. Un país donde se respeten los derechos de propiedad con el mismo celo con que el gobierno destinó recursos pasa rescatar a nuestros mineros. Un país donde reine la confianza, y que con el mismo espíritu que nos metimos la mano al bolsillo para la Teletón después del 27-F (o esta nueva Teletón), comencemos a repensar las condiciones de seguridad y productividad con que se trabaja en Chile.

Todo esto se logra en democracia, y con una política de calidad. Alianza y Concertación deben estar a la altura que las circunstancias exigen. Si los mismos que estuvieron detrás del rescate de los mineros son los que estarán estos cuatro años detrás de la administración del país, entonces también necesitamos que la Oposición responda.

Está claro es que hemos exorcizado al fantasma de la dictadura. Ya era hora.

Chile Liberal

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viernes, 6 de agosto de 2010

EL PRESIDENTE PIÑERA NO HA QUERIDO O NO HA PODIDO ASUMIR UN LIDERAZGO REGIONAL, PESE A REUNIR TODAS LAS CONDICIONES NATURALES PARA HACERLO., A SOTO

Mañana, Juan Manuel Santos asume como el nuevo Presidente de Colombia, sucediendo a Alvaro Uribe, quien termina su gobierno con un apoyo superior al 78%. El desafío para el nuevo mandatario será arduo: consolidar la gobernabilidad democrática, fortalecer la economía, asegurar la paz, pero también asumir un protagonismo latinoamericano que pueda hacer frente a la "revolución castro-chavista".

Más allá de resolver la tensión entre Venezuela y Colombia, Santos puede tomar un liderazgo que a comienzos de 2010 se esperaba asumiría Sebastián Piñera. El entonces Presidente electo chileno se alzó como un líder capaz de hacer frente a las ideas del socialismo del siglo XXI. Su debut en sociedad en Cancún, Buenos Aires y Brasilia creó expectativas a ese nivel, evidenciando un liderazgo nuevo y natural.

El tiempo pasa y la timidez se apoderó de las relaciones exteriores chilenas, provocando un desencanto regional que ensombrece el liderazgo de Piñera. El tardío reconocimiento del gobierno de Honduras no despeja las dudas ni la frustración que incuban quienes vieron con alegría su llegada como una esperanza para reforzar su defensa democrática y sentirse que no estaban solos.

Los errores en materia internacional unen a partidarios y detractores en la crítica, evidenciando la falta de identidad en su política latinoamericana, pues no se condice con las ideas que su gobierno representa. Las relaciones exteriores son una política de Estado, pero el gobierno debe darles una orientación. Piñera entró dispuesto a golpear la mesa a Chávez, pero éste gritó más fuerte y el chileno no insistió. Ahora toma palco frente al deseo de parlamentarios chilenos de ir como observadores a las elecciones en Venezuela. Sorprende apoyando sin cuestionarlo el nombramiento de Néstor Kirchner como secretario general de Unasur, sabiendo que a éste poco le importa el continente, como lo demostró su ausencia en la reciente reunión de cancilleres con motivo del conflicto Colombia-Venezuela.

Los países -como Chile- que han alcanzado un cierto nivel de desarrollo tienen una responsabilidad con sus vecinos inmediatos y continentales. Su posición, considerada un ejemplo en el vecindario, lo sitúa en un papel con legitimidad para compartir el modelo de desarrollo exitoso que combina la libertad política con la económica, pues debemos entender que la superación de la pobreza sólo llegará cuando comprendamos que el desarrollo es regional y no particular de cada país.

Es de esperar que el nuevo Presidente colombiano -quien ha reconocido los éxitos chilenos- siga el camino de su antecesor, a quien no le tembló la mano para denunciar las amenazas a la democracia y que, de esa manera, Santos asuma este liderazgo que Piñera no ha querido o no ha podido encabezar, pese a reunir todas las condiciones naturales para hacerlo. Su programa de gobierno contiene ese principio articulador y conceptual que debiera conducir el cambio. ¿Qué espera para aplicarlo?

La canción de Los Prisioneros que dice "nunca quedas mal con nadie" no puede ser la guía de la política exterior chilena, especialmente cuando Latinoamérica no puede seguir esperando ni mucho menos seguir expuesta a los caudillos populistas.

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jueves, 8 de julio de 2010

CHILE, EL PODER DE UNA IDEA, JOSE PIÑERA, PUBLICADO POR RICARDO VALENZUELA EN EL REFUGIO LIBERAL

Cuando Chile celebre su bicentenario como nación independiente el año 2010, es muy posible que ya sea un país desarrollado. Algún historiador, economista o político se preguntará: ¿Cuándo se salvó Chile? Una pregunta quizás menos dramática pero, sin duda, tan importante como la del personaje de Mario Vargas Llosa que se interroga al comenzar su novela Conversación en la Catedral: “¿Cuándo se jodió el Perú?”

Chile se salvó durante la tormentosa década de los años 70. En el futuro esta respuesta estará mucho más clara que ahora. Superadas las terribles pasiones que marcaron ese periodo y el dolor que causaron, será transparente que en esos años Chile convirtió su mayor crisis del siglo XX en la oportunidad de realizar una verdadera revolución por la libertad.

Es posible que 1973 sea visto, con la perspectiva de la historia, como el comienzo del final de una época-a nivel mundial- caracterizada por el avance del comunismo y de las fórmulas económicas estatistas. En Chile ese año, el comunismo sufrió su primera derrota de la guerra fría y así demostró que existía en el mundo occidental la voluntad de detener lo que, hasta entonces, parecía el avance incontenible del socialismo marxista. También en Chile-modelo de las estrategias de crecimiento basadas en la sustitución artificial de importaciones y en el intervencionismo estatal- se inicia en 1973 una liberalización radical de la economía y la sociedad. Años después Margaret Thatcher en Gran Bretaña, Ronald Reagan en EE.UU. y Felipe González en España profundizarían en sus países estas “megatendencias” liberalizadoras que hoy recorren el mundo entero.

Un nuevo Chile ha surgido como consecuencia de las múltiples, profundas y coherentes reformas de signo liberal que se llevaron a cabo entre 1974 y 1989. Fueron reformas que atacaron las raíces de los problemas que tenía el país. Se abrió la economía a la competencia internacional; se privatizaron la mayoría de las empresas estatales; se eliminaron los monopolios empresariales y sindicales; se flexibilizó el mercado del trabajo; se creó un sistema privado de pensiones y de salud; se abrieron sectores enteros como el transporte, la energía, las telecomunicaciones y la minería a la competencia y la iniciativa privada; se descentralizó la administración educacional y de salud; en fin se realizó una amplia tarea de desregulación y perfeccionamiento de los mercados así como de apertura de áreas a la inversión privada.

Una vez que maduraron estas reformas y restablecidos los equilibrios macroeconómicos tras la crisis de la deuda externa que sufrió América Latina entre 1982 y 1984, el país creció a una tasa promedio anual de 6,3% en el quinquenio 1985-89, con un aumento de la inversión a una tasa de 13,8%, las exportaciones al ritmo de 9 % y el empleo al 4,6 % anual en ese período. Incluso estos excelentes resultados no traslucen el mayor mérito de esta nueva estrategia de desarrollo el cual consiste en haber creado las condiciones para que el país pueda crecer durante toda la década de los años 90 a estas altas tasas, o incluso a ritmos superiores si se dan escenarios internacionales favorables.

La revolución liberal ha hecho posible que Chile se convierta en un país desarrollado en la primera década del siglo XXI. Ahora será responsabilidad de los que gobiernen Chile en los próximos años convertir esta clara posibilidad en una realidad y será culpa de ellos dejar escapar esta oportunidad histórica.


Al mismo tiempo, se formulaba un nuevo enfoque tecnificado para detectar y combatir la extrema pobreza, a través de la identificación de los más necesitados a nivel comunal con fichas basadas en encuestas individuales y en el otorgamiento de una batería de subsidios focalizados en los más pobres según el perfil individual de necesidades. Como lo han destacado estudios de organismos internacionales como el Banco Mundial y el PNUD, esta estrategia es la correcta para enfrentar este grave problema de nuestras sociedades y mejoró notablemente la calidad de vida de los pobres de Chile.

Por último, el proyecto liberal fue la causa más importante del retorno de Chile a la democracia . A nivel teórico podrá discutirse mucho sobre la correlación funcional entre democracia y desarrollo, pero lo que no admite dudas a estas alturas es que la libertad económica y social es un complemento indispensable de la libertad política para que una democracia sea exitosa. La experiencia prueba que la democracia no se aviene bien con economías estancadas, que a la postre son semilleros de frustración colectiva y de extremismos políticos, y tampoco con economías estatistas, que exacerban la lucha política ante la perspectiva del inmenso poder económico que recibe el triunfador al conquistar el gobierno.

La misma experiencia chilena hasta los años 70 fue concluyente a este respecto, porque estuvo asociada a tasas de crecimiento mediocres y porque el grado de politización extremo al que había llegado el país era consecuencia directa de la enorme gravitación del Estado en la economía y, por lo tanto, de la preeminencia de las decisiones políticas sobre las decisiones autónomas de los individuos.

En este sentido, cualesquiera que hayan sido las opciones ganadoras en el plebiscito de octubre del 88 y en la elección presidencial y parlamentaria de diciembre de 89, el proyecto llevado a cabo por el gobierno militar –economía social de mercado y democracia- concluyó con un extraordinario triunfo.

Chile representa un caso exitoso de transición política no sólo porque las jornadas electorales fueron ejemplares, no sólo porque las autoridades del régimen militar respetaron e hicieron respetar la Constitución y la ley, y no sólo porque la ciudadanía demostró en los últimos años gran sentido de responsabilidad. Todo eso fue valioso, pero por sí solo no hubiera bastado. En definitiva, la transición tuvo éxito porque desde mucho antes se vinieron abriendo puertas de salida a ese país encajonado y sin destino que era Chile el año 73. Ese trabajo de apertura de horizontes significó tres rupturas fundamentales marcadas por el criterio de la libertad y la competencia.

Superada la etapa de la reconstrucción, entre los años 75 y 78, Chile rompió los monopolios del poder empresarial. La economía se abrió a la competencia. Cayeron los aranceles y las fijaciones de precios. El país se retiró del Pacto Andino. Los empresarios privados tuvieron que aprender a competir en los mercados domésticos y luego tendrían que hacerlo en los mercados externos.

Después, en los años 79-81, el país rompe con los monopolios sindicales y desarticula los grandes centros de poder de la burocracia social. Son los años de la liberalización del mercado del trabajo y de la reforma previsional, que puso punto final a lo que alguien llamó “la mayor estafa jamás perpetrada contra el trabajador chileno”.

Después, entre los años 85-89, vino la fase de ruptura con los grandes monopolios económicos del estado. Fue un período especialmente intenso en materia de privatizaciones: energía, transporte aéreo, diversos servicios, empresas mineras e industriales, telecomunicaciones. La labor cumplida durante esas tres fases configuró un todo coherente y proporcionó una nueva base de potencialidades para Chile.

Surge una pregunta inevitable: ¿Se pueden hacer estos profundos cambios económicos y sociales e democracia? Mi inequívoca respuesta es que sí. Porque la clave de la revolución liberal chilena no fue el uso de la fuerza sino el poder de una idea –la libertad integral- promovida por un equipo comprometido con ella y dispuesto a dar la lucha por cambiar un país. Fue la influencia de este equipo liberal la que hizo la diferencia entre lo que pudo haber sido u gobierno militar latinoamericano más, como tantos que entraron sin pena ni gloria a la historia, y un régimen que, paradójicamente, utilizó su control transitorio y excepcional del poder político para producir la mayor desconcentración de poder económico y social jamás ocurrida en Chile.

El mito de la fuerza

Las grandes crisis generan grandes oportunidades. El gobierno del presidente Salvador Allende (1970-73) no sólo provocó un caos económico sino que también violó reiteradamente la Constitución. Así lo afirmaron en históricos pronunciamientos tanto la Corte Suprema como la Cámara de Diputados. La intervención de las Fuerzas Armadas Chilenas no fue, entones, el clásico golpe latinoamericano en que un caudillo militar se toma el poder político, sino una acción conjunta de las cuatro instituciones armadas para evitar una dictadura comunista en Chile. Al evitar un asegunda Cuba en América Latina, los militares chilenos cambiaron el curso de la historia en este continente. ¿No habría influido fuertemente en Chile comunista, junto a Cuba, en el destino de un Perú o una Bolivia debilitadas por profundas crisis económicas y sociales en la década de los años 70? La verdad es que si el comunismo en una isla caribeña amenazó durante la década de los años 60 a todo el continente, el impacto de un Chile comunista podría haber sido devastador en un continente con tanta frustración y pobreza como América Latina.

El gobierno militar chileno fue legítimo en su origen en cuanto constituyó una intervención para salvar al país de una dictadura comunista y devolverle la democracia. Así lo entendió el ex presidente Eduardo Frei, los poderes del Estado como la Corte Suprema y la Cámara de Diputados, y –según encuestas- una amplia mayoría del pueblo chileno. Como ya es un hecho irrefutable que efectivamente el gobierno militar le propuso al país en 1980 una Constitución democrática, donde se establecía un plazo (1990) para el traspaso del poder a la sociedad civil a través de elecciones libres, y que cumplió íntegramente con sus disposiciones, ese gobierno cumplió su promesa y ratificó su legitimidad histórica. Que el plazo de su cometido -17 años- haya sido para algunos excesivamente prolongado, es, por cierto, una materia discutible, pero nada está escrito sobre los plazos que son necesarios para construir las bases de una democracia sólida y estable en un país tan profundamente dividido y destrozado en sus instituciones básicas como lo estaba Chile en 1973.

La verdadera acción condenable del gobierno militar fue haber permitido que en el combate al terrorismo, y especialmente en los primeros años, no se respetaran los derechos humanos de todos los chilenos. A hacerlo así, infringió las propias leyes que tenía la obligación de respetar, debilitó las bases éticas de su actuación, se ganó el repudio de la comunidad internacional y produjo heridas que tardarán mucho en sanar. Es verdad que la acción violenta de los grupos de ultraizquierda, que comenzó en Chile a fines de la década de los años 60, es el antecedente fundamental de las posteriores violaciones a los derechos humanos y que el combate al terrorismo en todo el mundo se da en las fronteras entre lo legal y lo ilegal. También es verdad que las investigaciones en torno al tema no han configurado un caso de una política sistemática de violaciones a los derechos humanos sino que múltiples excesos cometidos por los servicios de seguridad. Aun así, las autoridades del gobierno militar debieron haber extremado su control sobre esos servicios y haber investigado y castigado de manera ejemplar los delitos de violaciones a los derechos humanos. La objeción liberal al gobierno militar no debiera ser, entonces, su origen ni su extensión sino la falta de control suficiente sobre el ejercicio de la fuerza e el combate al terrorismo. Esa es la cuestión y no debe confundirse.

Las consideraciones anteriores son importantes pues ayudan a comprender que nada tiene que ver la revolución liberal con el uso de la fuerza, y mucho menos con los excesos en materia de derechos humanos. Han existido cientos de gobiernos militares en América Latina y ninguna ha hecho una revolución liberal. De ahí que esa relación de causalidad entre ambos no tiene ni fundamento conceptual ni empírico. Por otra parte ninguna de las reformas liberales requirió el empleo de la fuerza para ser implementada. Por el contrario, los problemas de derechos humanos dificultaron la tarea de modernizar la economía, por cuanto cerraron fuentes de créditos e inversiones externas, crearon amenazas de cierre de mercados y boicots sindicales y exacerbaron la oposición interna a toda gestión del gobierno militar.

Nunca se usó la fuerza para resolver conflictos laborales o imponer soluciones económicas durante el gobierno militar. Fue tan poderosa la dinámica de la libertad individual de elegir que tenían impresa a fuego cada una de las reformas estructurales que no había lugar para acciones colectivas de signo violento. Así, por ejemplo, las leyes sindicales de 1979 condujeron a un proceso absolutamente pacífico de negociaciones colectivas y huelgas durante los últimos diez años del gobierno militar y jamás se utilizaron los poderes de emergencia contenidos en las leyes vigentes para resolver soluciones originadas en los procesos de negociación salarial. Se puede comprobar que gobiernos democráticos anteriores sí recurrieron a la fuerza, por ejemplo, para contener conflictos laborales, incluso con resultado de varias muertes (como ocurrió en la huelga en el mineral El Salvador a fines de la década de los años 70).

Distinto es el hecho de que no existía un parlamento democráticamente elegido. Eso fue claramente así. El Poder Legislativo que aprobó las leyes que originaron la revolución liberal estaba compuesto por los cuatro Comandantes en Jefe. Dos aspectos importantes: primero, se requería la unanimidad de ellos para aprobar cualquier ley, o sea, cualquiera tenía poder de veto; segundo cada miembro del Poder Legislativo contaba con un quipo asesor completo compuesto de abogados, economistas y especialistas en las distintas materias de ley. Aprobar una ley en los tiempos del gobierno militar implicaba un proceso de discusión muy similar al que ocurre en un parlamento y allí llegaban todos los intereses creados, los prejuicios y las oposiciones que ocurren en democracia. En otras palabras, el proceso democrático de aprobación de leyes envuelve varios factores: debate público, canales de expresión de las oposiciones, estudio por equipos interdisciplinarios de los proyectos de ley, decisión por más de una persona, origen democrático de los legisladores. 

En el caso chileno, la revolución liberal se hizo con todos esos elementos presentes, menos el último. Es, sin duda una carencia. Pero mucho más acortada de loa que generalmente se cree.

Por lo demás, en muchos países latinoamericanos existen situaciones o fórmulas legales que, en gran medida, omiten el pronunciamiento legislativo clásico. En noviembre de 1991, el presidente Alberto Fujimori inició un profundo cambio liberalizador en Perú a través del dictado en una semana de 126 “decretos legislativos” con su sola firma, debido a que el Congreso le había otorgado facultades extraordinarias para legislar en materias económicas. Se podrá decir que el Congreso se reservó la facultad de derogar cualquiera de ellas en un plazo de 30 días, pero es virtualmente imposible hacerlo con tal cantidad de complejos cuerpos legales. ¿Es posible afirmar, entonces, que lo que podría ser el comienzo de una revolución liberal en Perú se hizo de manera antidemocrática? ¿O es la “democraticidad” de las reformas algo más complejo que la mera aprobación por un Parlamento elegido?

Otro caso: Argentina. El 31 de octubre de 1991 el presidente Carlos Menem liberalizó de golpe gran parte de la economía argentina a través de un decreto presidencial, basado en una facultad otorgada por la jurisprudencia de la Corte Suprema. Nuevamente, es verdad de que existe la instancia legal de una discusión posterior. Pero, ¿es lo mismo? ¿No está “presionado” el parlamento al discutir reformas que ya están operando, que son anunciadas por las máximas autoridades y que, en muchos casos, ya cuentan con la aprobación del público? Después de todo, también las reformas del gobierno militar pueden ser visualizadas como decretos que requerían la aprobación explícita o implícita del gobierno democrático que inevitablemente lo iba a suceder. Por cierto, en este caso la diferencia es de años y no de meses. Pero en ambos casos, primero se dictan las reformas (en el caso de Chile, con el consenso de cuatro legisladores en vez de sólo un gran legislador como en Perú y Argentina) y sólo después se aprueban por los representantes elegidos. En el caso de México, con su estrechísima conexión entre el presidente y el Congreso a través de la máquina corporativista del Partidos Revolucionario Institucional (PRI), la lejanía de las reformas democráticas clásicas es aún más decisiva.

En todos estos casos, existen esos otros elementos del clima democrático que también se dieron en Chile durante el gobierno militar, como el debate público y la libertad de llegar a las autoridades con planteamientos contrapuestos a las reformas. A fin de cuentas, ¿cuándo se aprueba una reforma de manera democrática y cuándo no? Lo que trato de decir es que en la América Latina actual, esta respuesta no pertenece al mundo del blanco o negro, sino al mundo de los grises.

Por supuesto, habría sido preferible que la revolución liberal chilena se hubiera realizado en plena democracia. Pero como dijera John F. Kennedy uno no escoge el tiempo en que vive. En la década de los años 70, la opción de Chile era tener un gobierno militar como tantos otros en América Latina que no sólo resolvieron los problemas estructurales de sus países sino que, en la mayoría de los casos, los agravaron, o utilizar la coyuntura histórica que requería la interrupción del proceso electoral democrático para realizar la transformación que el país necesitaba con urgencia. Para bien de Chile y América Latina, se optó por el segundo camino. Se dio así la paradoja de que un poder legislativo que introdujo reformas para darle a los chilenos las vitales libertades diarias –para emprender, trabajar, ahorrar para pensiones, escoger la educación y la salud, etc.- que constituyen el fundamento de una verdadera democracia, fuera un poder legislativo no elegido democráticamente.
La importancia del equipo

Si no fue la fuerza el factor clave del modelo chileno, ¿qué fue o determinante sin lo cual un gobierno democrático, militar, teocrático o de cualquier otra naturaleza no puede hacer una revolución liberal? Mi tesis es que el factor clave fue un equipo de profesionales, principalmente economistas, independientes del establishment nacional, convencidos de que la libertad funciona y dispuestos a entrar a la vida pública para darle un golpe de timón al país.

En los primeros meses, el gobierno militar carente por su misma naturaleza de un proyecto económico propio, recurrió al consejo de las más variadas personas, cuyo único lazo común era haber sido opositores al gobierno marxista. Se escuchó a empresarios ingenieros destacados, abogados de prestigio, ex autoridades económicas del gobierno de Frei y a economistas. De esta inusual contienda de competencia, el presidente Pinochet –y aquí está su gran mérito en este campo- eligió al equipo de economistas liberales formado en la Universidad Católica de Chile. Para elegirlos no fue relevante que el presidente vistiera uniforme de general, como no fue su pasado peronista el que indujo al Menem a elegir a Domingo Cavallo y su equipo de economistas de la cordobesa Fundación Mediterráneo ni su calidad de descendiente de japoneses lo que llevó al presidente Alberto Fujimori a confiar en Carlos Boloña y en los economistas del Instituto Libertad y Democracia. Estos mandatarios utilizaron su capacidad de discernir- capacidad que en los líderes que llegan a esos cargos ha sido entrenada durante años en el complejo camino del ascenso al poder- para elegir un equipo que propone un modelo coherente. Me atrevo a afirmar que en cualquier país donde exista un equipo visible en la arena pública, tarde o temprano habrá un presidente que otorgará una oportunidad de llevar a cabo sus políticas. De ahí en adelante, todo depende del equipo. Un hito clave en la revolución liberal chilena se dio en la década de los años 50 cuando la Escuela de Economía de la Universidad Católica firmó un convenio con la Universidad de Chicago. Así comenzó una revolución en la enseñanza de economía que luego se extendió a otras universidades chilenas y se nutrió también de otras universidades norteamericanas. Fue clave una enseñanza con una fuerte creencia en la iniciativa creadora de los individuos como mecanismo de creación de riqueza, en la superioridad de los mercados competitivos como asignadotes de recursos escasos, en las ventajas del libre comercio internacional y en lo imperfecto de la intervención estatal. Más que macroeconomía y equilibrios globales, la clave fue la microeconomía y el perfeccionamiento de los mercados. Estas fueron las convicciones fundamentales con las que este equipo de economistas liberales transformó Chile.

Fue precisamente esta fe en los mercados libres y competitivos lo que otorgó a este equipo de economistas la fuerza moral para enfrentar los intereses creados de empresarios y sindicatos monopólicos. Cuando se inició la apertura de la economía exterior (reforma arancelaria, retiro del Pacto Andino, fin a subsidios y franquicias tributarias), los sectores productivos beneficiarios del proteccionismo se opusieron con gran fuerza. La misma oposición realizaron las cúpulas sindicales y gremiales cuando se eliminó la cotización obligatoria, los carnets sindicales, las negociaciones colectivas sectoriales y los múltiples monopolios sindicales que ahogaban la economía chilena. Fue la simetría que se demostró en el desmantelamiento de todos los monopolios y en impulsar la competencia y flexibilidad en todos los mercados lo que legitimó frente a las autoridades del gobierno y frente a la opinión pública la acción revolucionaria de los economistas liberales.

El mito que afirma que gobiernos autoritarios son capaces de imponer reformas económicas profundas que importan un gran costo social porque el pueblo no puede expresar su oposición se ve desmentido por la realidad. La verdad, es que gobiernos de distinto signo y naturaleza democráticos o autoritarios, han condenado por décadas a los sectores más pobres de nuestros países a permanecer en su condición y aun a agravarla a través de la aplicación de malas políticas económicas. Este enorme costo social ha sido pagado por la población que no ha tenido, ni en democracia ni en otras formas de gobierno, quien defienda sus intereses.

Lo que sí puede afirmarse, es que reformas que afectan a los grupos más poderosos de la sociedad, como los empresarios protegidos por una economía cerrada al comercio o las cúpulas sindicales beneficiadas por arreglos monopólicos en el mercado laboral, son más difíciles de realizar. Se requiere en este caso una crisis económica muy aguda, como la que han vivido recientemente Argentina, Perú o Chile en 1973, para lograr cierto apoyo en la sociedad para un programa transformador de la estructura económica. Aquí sí es importante la persistencia que tuvo Pinochet para mantener en su programa o la que requieren hoy día Manen y Fujimori. A fin de cuentas, más que un problema de autoritarismo o democracia, es un problema de liderazgo.

El mito de reformas económicas aplicadas por un gobierno autoritario está a menudo acompañado de imágenes de masas de trabajadores resistiendo los cambios y reprimidos por los tanques. Esa imagen de Chile no es más que eso, un mito absolutamente alejado de la realidad. Las reformas no fueron resistidas masivamente, no necesariamente porque contaban con apoyo, sino porque no tocaban los intereses de la mayoría de la población sino sólo el de grupos minoritarios. Estos últimos, en cambio, sí se jugaron a fondo por mantener sus privilegios corporativos.

La verdad es que todos estos avances se hicieron contra viento y marea, con enorme oposición dentro y fuera del gobierno. Aquí se demostró una de las virtudes de todo equipo: la cohesión, incluso la lealtad, de sus miembros ante las críticas y las presiones. Esto es clave porque cuando un ministro emprende una reforma estructural liberalizadora no sólo está enfrentando adversarios poderosos en los intereses creados que está dañando, sino que está exponiendo su espada a la crítica de sus colegas. Si en uno de los múltiples momentos difíciles en la puesta en marcha de una reforma, otro ministro que tiene acceso al presidente expresa una crítica infundada, ella puede fácilmente transformarse en la tumba del ministro modernizador.

Los gabinetes ministeriales tradicionales en América latina son una coalición endeble de figuras políticas de distintas orientaciones, e incluso de distintos partidos políticos, cada una con su propia agenda personal. En este contexto, es virtualmente imposible realizar cambios realmente liberalizadores, pues la vulnerabilidad del ministro que los impulsa entre sus propios colegas es demasiado grande.

También el equipo fue clave para penetrar áreas tradicionalmente fuera de límites para la racionalidad económica, como las relaciones del trabajo, la seguridad social, la educación, la salud, los asuntos municipales, incluso la defensa. Se podrá sostener que en los países desarrollados muchas de estas áreas son manejadas con criterios distintos, si no antagónicos, a aquellos de los ministerios propiamente económicos. Pero un país pobre no puede permitirse el lujo de criterios estatistas en los sectores sociales. La dualidad de criterios –ser liberal en lo económico y estatista en lo social- compromete tanto la eficiencia en la asignación de los recursos para combatir la pobreza como compromete la estabilidad de los avances en el plano económico el mantener una tensión permanente entre ambos criterios de conducción de los asuntos públicos. Quizás el mejor ejemplo de esta dualidad sea la existencia de sistemas de seguridad social estatales en franca decadencia en países con una larga tradición de economías de mercado.

También la formación común en una disciplina económica que inculcaba fuertemente el concepto de optimización, condujo a un enfoque común de intentar lograr el óptimo en cada una de las políticas. Muchas veces los formuladotes de política se autoamarran las manos proponiendo soluciones a medias por el temor de que sólo eso es “políticamente viable”. El equipo liberal se propuso partir del principio de que todo era viable y sólo estuvo dispuesto a retroceder ante la evidencia concreta y reiterada de que determinadas medidas no eran posibles.

En los asuntos públicos, en la gestión de las empresas, en el trabajo profesional y en cualquier plano de actividad no podemos partir sino de lo óptimo. No hacerlo es rendirnos de entrada a la mediocridad. Una vez identificado el óptimo, habida cuenta de las exigencias de bien común que el asunto comprometa o de los propósitos que tenemos, lo demás es asunto de ejecución, de implementación, de oportunidad, de beneficios y costos. El compromiso ha de ser con la solución óptima. Ahora bien, si ella no se puede aplicar por muy buenas razones en ese momento y sólo entonces, puede comenzarse a rebajar la puntería. Hacerlo antes es una cobardía. Hay quienes creen que la aproximación correcta a los problemas es vía los parches y las soluciones a medias, es transado con “el mal menor”. Por esa vía no se hace arquitectura; se hacen sólo poblaciones callampas, en las cuales se invierte mucho ingenio en las partes pero nadie piensa en la totalidad de la población, que termina así convertida en adefesio.

En mis reciente libros La revolución laboral en Chile (Zig-Zag, 1990) El cascabel al gato: la batalla por la reforma previsional (Zig-Zag, 1991) he explicado como todos estos conceptos se aplicaron en el caso de reformas concretas como fue la liberalización del mercado del trabajo y la privatización del sistema de pensiones.

A lo mejor nunca terminarán de clarificarse los factores y motivaciones que facilitaron en Chile la estrecha cooperación que existió durante el gobierno militar entre los uniformados y los economistas liberales. ¿Qué fue lo que los unió? ¿Cómo fue posible que trabajaran juntos durante diecisiete años en la difícil tarea de transformar Chile, no obstante las obvias diferencias de formación, oficio y carácter que los separaban?

Los economistas por formación profesional están acostumbrados a pensar las cosas en términos integrales. El desafío de la economía es optimizar recursos que son siempre escasos. Optimizarlos en la suma total, no en la tajada que se puede llevar éste o aquel grupo. Fue posiblemente eso lo que sirvió de plataforma de encuentro. Hacía mucho tiempo que Chile venía siendo sentido y pensado en términos de parcialidades, de sectores, de capillas de feudos. Lo percibieron y lo concibieron así los partidos, los sindicatos, los gremios empresariales, los colegios profesionales, en fin, cada uno de los grupos organizados de presión. Las estrategias de acción que animaron a estas fracciones apuntó casi siempre a cómo sacar partido y ventaja de los demás.

En el régimen militar esta degradación de la acción política fue desterrada. Se restituyó el orden natural: el bienestar de todo el país pasó a ser más importante que los intereses de los grupos de presión y que las demandas sectoriales. Y esto, que en cualquier otra circunstancia no habría tenido mayor alcance, dio lugar entre 1973 y 1990 a una colaboración muy fecunda entre dos profesiones muy distintas: militares por una parte, en principio muy inclinados al estatismo y proclives a las artes de la planificación, tan importantes en los operativos bélicos por o demás y por la otra , economistas, profesionales entrenados para enfocar problemas con una lógica común y que sabían que el principal insumo del desarrollo es la libertad.

Finalmente fue importante para el predominio por tantos años de una concepción liberal el hecho de que la mayoría de los miembros de este equipo fueron en, algún momento, profesores de economía. La experiencia docente fue muy útil en la tarea de explicar los criterios en el gobierno como a la opinión pública. En realidad, cada decisión y cada reforma tuvo que ir siempre acompañada de una ardua labor de convencimiento desde el presidente de la república, pasando por los Comandantes en jefe, los equipos asesores, los comités militares, llegando muchas veces a los funcionarios públicos que eran necesarios para ejecutar las medidas. El gobierno entero fue convertido en una gran universidad con charlas continuas, documentos para la lectura, reuniones de formación, cases en las academias militares, etc.

En la tarea de explicar el modelo a la opinión pública fueron importantes los medios de comunicación masivos. Ya a fines de la década de los años 60, estos economistas habían encontrado una importante tribuna en el diario más influyente del país –El Mercurio- y desde allí comenzó la batalla de las ideas liberales. Durante el gobierno militar esa labor se extendió a prácticamente todos los medios de comunicación. Los economistas se transformaron en editorialistas, columnistas, miembros de programas de debates en radios, participantes permanentes en programas de televisión e incluso comentaristas en los noticieros de televisión. Lo destacable es que, sin existir una sincronización entre ellos, ya que nunca existió un plan maestro de comunicaciones, el mensaje de respaldo a las reformas liberales tuvo gran coherencia.

Es cierto que el régimen militar no era una democracia. Es cierto que la gente no votaba en elecciones periódicas para designar a las autoridades. Pero la gente sí votaba diariamente sus opiniones. La gente las expresaba y se iban formando así dictámenes de opinión pública que influían con fuerza sobre las autoridades del gobierno. El peso de las columnas de prensa era todavía mayor.

El propio régimen, por lo demás, no funcionaba bajo una campana de cristal. Los militares son parte del cuerpo social. Los generales, los coroneles, los mayores, tienen parientes y vecinos. Como todos los chilenos, van a asados o fiestas se discute de todo y con mucha franqueza. Escuchan todas las opiniones. Se reúnen con sus familiares y sus amigos y después de todo –descontado un anticomunismo más marcado y una mayor sensibilidad frente a problemas de orden público, comprensibles en su oficio- piensan igual que el común de la gente. Siendo así, el deber del equipo liberal fue colocar a esta opinión pública a favor del modelo económico, pues de lo contrario el gobierno no se iba a comprometer con él.

La televisión es un medio de gran utilidad en la batalla de las ideas en las sociedades modernas. La televisión hace posible en estos tiempos, en que llega prácticamente a toda la población, un milagro que ni siquiera estaba al alcance de los sistemas democráticos más equilibrados y perfectos. Hace posible prescindir de los intermediarios y de as cúpulas. Hace posible llegar directamente a las bases de la sociedad sin las mediaciones que distorsionan, que cambian los planteamientos originales y que, acaso sin quererlo, terminan transmitiendo una cosa por otra. Todo ese “ruido” en la comunicación se elimina con la televisión. Uno puede llegar a la gente con su propio lenguaje, con su propia gestualidad y emoción. La televisión no engaña. No permite duplicidades. La gente intuye quién está mintiendo, quién está diciendo toda la verdad y quién la está diciendo sólo a medias. Pues bien, la televisión cumplió una función crucial en el establecimiento de algunas de las reformas claves del modelo económico chileno (por ejemplo, la reforma previsional y la liberalización de precios), ya que ellas fueron explicadas directamente a la gente por los ministros encarados de su realización. De esa manera, se crearon las condiciones para que fueran finalmente aprobadas por las autoridades legislativas.

El modelo económico fue una respuesta integral y coherente a varios problemas de la sociedad y la economía chilena. Fue una respuesta válida para su tiempo en un mundo en permanente cambio. Sin embargo, lo que procede no es congelar esa respuesta sino ir adaptándola a las nuevas oportunidades y los nuevos desafíos de la realidad de hoy y del hile del futuro. Después de todo, esta misma estrategia va desnudando o incluso creando nuevos problemas: la deteriorada calidad de vida en las ciudades, el daño a la naturaleza que puede crear un crecimiento depredador, los bolsones de pobreza en los barrios marginales y en determinadas zonas del país, la urgencia de mejorar el nivel de la educación para hacerla compatible con las necesidades de una economía cada vez más tecnificada, la modernización aún pendiente del Poder Judicial y varios otros. Además, un mundo en acelerado cambio tecnológico y de globalización creciente exigirá repensar en forma permanente las mejores soluciones a los problemas del hombre. Estos serán los desafíos a os que el país deberá responder antes de cumplir 200 años de independencia el año 2010. De alguna manera, lo mejor de la revolución liberal chilena no son tanto las puertas que cerró como los horizontes que abrió y puede seguir abriendo.

El significado de Chile

La correcta interpretación de lo que ocurrió en Chile es importante no sólo en términos históricos sino también por sus enseñanzas para el futuro.

Si la revolución liberal fue posible fundamentalmente por el poder de una idea llevada a cabo por un equipo comprometido con ella, entonces estos cambios revolucionarios se pueden llevar a cabo tanto en un sistema democrático como en uno autoritario. No sólo no hay nada inherente en un sistema democrático que impida realizar una revolución liberal, sino que es preferible que ésta se lleve a cabo en democracia.

Esta conclusión no es sólo relevante para las democracias latinoamericanas que intentan cambiar de sistema económico sino también para los países de Europa Oriental y para las repúblicas que conformaban la Unión Soviética. Será cada vez más claro que es más fácil el cambio político- del totalitarismo comunista a la democracia liberal- que el cambio económico desde las economías centralmente planificadas a las de libre mercado. Polonia o Rusia no necesitan un general fuerte (“un Pinochet”), como algunos lo han planteado, sino un equipo liberal coherente capaz de resolver los graves problemas que han heredado de los regímenes comunistas.

El modelo liberal chileno ha generado una oportunidad histórica para los países de América Latina. Ya no es posible descartar el libre mercado como una solución eficiente sólo para países anglosajones, para culturas protestantes o para esforzadas naciones asiáticas. La libertad ha funcionado y ha producido gran progreso en un país latino, católico y americano. La revolución liberal no fue impuesta con la fuerza de las armas –lo que sería un contrasentido- sino que es un testimonio elocuente de la fuerza de las ideas. El cambio liberal es posible en democracia. El desafío de la década de los años 90 para América Latina es transformar esta oportunidad en realidad y salir de una vez por todas del subdesarrollo, la pobreza y la ignorancia.

Para coger esta oportunidad, América latina necesita a gritos verdaderos liderazgos. El oportunismo tan extendido en la política latinoamericana es la negación más categórica del liderazgo. El verdadero líder es quien se atreve ir delante de los demás en la dirección que cree correcta. Que lo sigan o no lo sigan es un riesgo, pero un riesgo que desde su perspectiva no puede alterar su ruta.

La revolución liberal chilena se hizo porque hubo un equipo en el poder que ejerció un liderazgo en la sociedad al estar dispuesto a realizar reformas que, al menos inicialmente, eran ampliamente impopulares. En último término, en eso consiste el coraje moral en política.

¿Será capaz América Latina de realizar su revolución liberal en la década de los años 90? Va a ser una tarea grande y difícil. Va a ser una tarea para gente convencida de la necesidad de traer la política a los tiempos que corren, liberándola definitivamente de sus amarras con el pasado. La voluntad de liderazgo y el coraje moral deberán ser el sello de los políticos latinoamericanos que quieran realizar este gran cambio. Se van a requerir convicciones sólidas, equipos comprometidos y coherentes y una forma de hacer política con respeto a la verdad. Sobre todo, será necesario confiar en la gente y darles la más amplia libertad para emprender, para trabajar y para elegir.

Las únicas revoluciones que triunfan son las que creen en los individuos y en las maravillas que los individuos pueden hacer con la libertad.

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martes, 22 de diciembre de 2009

CHILE / TODOS CONTRA PIÑERA, LA BATALLA FRENTE A LA DERECHA, AUGUSTO FIGUEROA

La fase final de la campaña, hasta el 17 de enero, mostrará un gran esfuerzo por parte del ex presidente Lagos que realizó la mejor gestión de la Concertación, y de Bachelet que aportará su prestigio para tratar el retorno de Frei. Demuestran los líderes socialistas una gran lealtad con sus aliados del centro democrático, la Democracia Cristiana.

Caracas, 21 dic (Enfoques365).- La batalla entre la izquierda y la derecha chilenas continúa para culminar el 17 de enero con la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, de donde surgirá definitivamente quien ejercerá el gobierno hasta el año 2014. El gobierno de Concertación Democrática reforzará la campaña. Al efecto se anuncia la participación más abierta de la presidenta Michelle Bachelet que cuenta con el apoyo del 80 por ciento en las encuestas.

La vocera de La Moneda, Carolina Tohá, renunció a su cargo para dirigir la campaña del balotaje y tratar de reunir alrededor de Frei el apoyo de los disidentes socialistas incorporados al movimiento de Marco Enríquez-Ominami, quienes con un 20 % de los votos se convierten en una fuerza política que cuenta a la hora de las grandes decisiones que tome el país en el futuro.
Carolina Tohá es hija del ministro José Tohá del gobierno de Salvador Allende, ex presidente de la Federación de Estudiantes de Chile. Detenido en La Moneda durante el golpe de Pinochet, murió en prisión.

En la nueva etapa de los comicios la Concertación va a recurrir a rememorar a los chilenos el pasado absolutista y dictatorial de hace apenas 20 años, apoyado por la derecha, entre ellos Sebastián Piñera, quien obtuvo 44 % de los votos, y las fuerzas que lo rodean.


Pero sobre todo recurrirá a obtener el voto de la izquierda que apoya a Enríquez-Ominami y al candidato comunista Jorge Arrate, quien logró 6,6 %, también disidente socialista, ex ministro del gobierno de Concertación.
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DEMOCRATIZACIÓN A CAMBIO

La tarea de revertir los resultados de la primera vuelta será titánica. Por el lado de la alianza Juntos Podemos, integrada por el Partido Comunista e Izquierda Cristiana, fluye un virtual acuerdo mediante el compromiso de la supresión de los enclaves pinochetistas en el sistema electoral, especialmente en la revisión del Registro y del método binominal por el cual los dos grandes partidos o alianzas mayoritarias controlan los resultados de los comicios parlamentarios.
La ley electoral establece dos diputados para cada distrito o circunscripción. El resultado es que las facciones mayoritarias se llevan la representación, excluyendo a las minorías. Hay acuerdo entre CD y Juntos Podemos por reformar el sistema.

La otra propuesta será la eliminación de la Ley de Punto Final, o ley perdón, que dio amnistía a los culpables de actos genocidas, torturas y desapariciones de miles de chilenos. De cesar esta ley podrían continuar los juicios contra los culpables.

Desde una apreciación general, también, estos puntos forman parte de las posiciones del movimiento que apoya a Enríquez-Ominami hay aceptación. Pero se trata de otra negociación en la que el joven cineasta y diputado ha preferido que sea su padre adoptivo, senador ex socialista Carlos Ominami, quien la lleve adelante. Las previsiones permiten pensar que finalmente habrá acuerdo.
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¿SE SUMARÁN TODOS LOS VOTOS?

No se puede afirmar mecánicamente que los votos de Enríquez-Ominami y Jorge Arrate se sumarán a Frei. Sería un mecanicismo absolutamente irracional. Si ello ocurriera, el demócrata cristiano Eduardo Frei ganaría la presidencia con un aproximado de más del 54 % de los votos.
Sólo en el caso de los comunistas de Arrate el voto sería sólidamente depositado a favor del candidato oficial, previos compromisos establecidos. Ya en este caso, existen antecedentes de las alianzas entre Concertación y PC en varios distritos para las elecciones parlamentarias. Esto ha permitido que tres comunistas vayan a la Cámara de Diputados, tras 37 años de ausencia en el parlamento.

Mientras que las facciones de Enríquez-Ominami, no llevarán a ningún parlamentario. Una demostración de un liderazgo personal y no de un movimiento organizado. Situación que deberá corregir en lo inmediato, si quiere seguir persistiendo en la política. Pues no se trata de una fuerza homogéneamente integrada por gente de izquierda. Se comentó con sorpresa en Chile, el apoyo que un sector de jóvenes de derecha, identificados con la disidencia socialista, por sus deseos de cambio, y sumaron sus votos a la candidatura de Enríquez-Ominami. Además están los grupos radicales de izquierda cuyas posiciones maximalistas no les permiten ver sino la oposición a ultranza y no entienden de estrategias y negociaciones necesarias cuando no se tiene la fuerza decisiva.

La heterogeneidad de las fuerzas que apoyan a este sector de izquierda permite pensar que será muy difícil un traslado mecánico de los votos para Eduardo Frei. Hay que tener en cuenta que esta fuerza fue una de las más activas en las polémicas y en los enfrentamientos en los diversos actos electorales con los militantes oficialistas.
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PIÑERA UNA VOTACIÓN CONSOLIDADA

La superación del 44 por ciento de los votos, por parte de Piñera superó las propias expectativas del candidato. Es más del 14 % sobre el segundo de Frei y 24 sobre el tercero de Enríquez-Ominami. Luce muy sólida. Esa votación victoriosa no va a disminuir. Podría subir, por esa posición cómoda de anotarse a las opciones triunfadoras que existe en nuestros países. Calcule que bastará que obtenga 6% más de votos para llegar a la presidencia.

Mientras, a Frei le faltan 21 % para ir a un segundo mandato, tras un primero en el que obtuvo buenos resultados en su gestión. Pero, su presencia hoy, después de las administraciones de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, aparece como un candidato fuera de la actual realidad chilena, desfasado en el tiempo y contra esas características será muy cuesta arriba vencer al abanderado de la derecha.

La fase final de la campaña, hasta el 17 de enero, mostrará un gran esfuerzo por parte de Lagos que realizó la mejor gestión de la Concertación, y de Bachelet que aportará su prestigio para tratar el retorno de Frei. Demuestran los líderes socialistas una gran lealtad con sus aliados del centro democrático, la Democracia Cristiana.


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