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jueves, 9 de enero de 2014

EDDY BARRIOS, LA MUERTE DE MÓNICA SPEAR

Algunas personas  se han quejado de la exagerada cobertura que, a su juicio, le han dado los medios al asesinato de la artista Mónica Spear y yo creo que están errados.

Todos los seres humanos valemos igual y la pérdida de cualquiera de las vidas de cualquiera de nuestros ciudadanos les duele a sus familiares y a la nación  por igual y merecen todas igual respeto; pero, no es menos cierto que los artistas y deportistas conforman un género muy especial, especialmente aquellos que son muy buenos en sus papeles, en sus deportes, en sus roles televisivos o en las películas en las que protagonizan caracteres íconos de nuestra cultura.

Ellos son rol model que los jóvenes tratan de emular o sirven de target para los mecanismos psicológicos de identificación, para la superación de conflictos o para evitar caer en complejos. Uno compra un CD de un cantante, al identificarse con su voz y sentimiento, porque uno no puede cantar como él y en su subconsciente siempre lo quiso hacer.

Por ejemplo, uno ve en la calle a un ancla de algún canal y lo siente como si fuera amigo de uno de toda la vida. Es que ellos entran en nuestra casa todos los días por esa pantallita y se convierten en miembros virtuales de nuestras familias. ¿Qué decir de los artistas de las telenovelas?

¿Uds. imaginan encontrarse con el ciudadano Leopoldo Castillo en un restaurante? ¿Qué decir de aquellos quienes sin conocer de vista y trato, por ejemplo, al No.1, Renny Ottolina, QEPD, se hubieran encontrado con él en una playa y haber compartido con él, gracias a que - por alguna feliz coincidencia fortuita -  él lo  hubiera aceptado en su círculo familiar? Pasarían años y esa persona contaría ese encuentro como una hazaña personal de su vida.

Es decir, todas las vidas valen igual; pero, lo que interesa en este caso es cuántas personas conocieron al occiso y no cuán importante  éste era. En el caso de Mónica y el de cualquier otro icono de las artes, deportes o farándula en general, es que ella le llegó al corazón de cientos de miles, quizás millones de personas y su imagen se anidó en el corazón de sus fan, porque ella interpreto tan magistralmente bien su personaje en la novela LA MUJER PERFECTA, que la gente trasladó a su persona la compasión que se siente por un autista.

Cuando muere una persona cualquiera, si uno se entera, la solidaridad y compasión es la misma; pero, cuando muere uno de esos íconos populares, lo siente un universo de personas mayor, hasta se constituye en noticia para todos los venezolanos y su muerte puede trascender al mundo, como ha sido el caso de Mónica. Los diarios de todo el mundo están reflejando la conmoción que su muerte ha causado dentro y fuera de su país de origen.

No podemos estar sino muy de acuerdo con quienes alegan que en Venezuela eso ocurre a cada rato. Recordamos, entre mucho casos, a la bailarina principal del ballet Bolshoi en una calle de Barquisimeto, el asesinato del turista y navegante francés Yves Le Brass de 53 años en Margarita, éste se encontraba en el bar del hotel Laguna Mar, cuando dos hombres armados ingresaron para atracarlo y, así como esos, muchos otros casos de personajes conspicuos o no de nuestra sociedad, quienes día a día completan una larga lista de asesinatos. Lo triste es que las estadísticas revelan que de 100 casos, sólo 8 terminan con sentencia firme. Un altísimo porcentaje de impunidad judicial que nos debería avergonzar.

SI esos porcentajes son ciertos, no importa cuán buenos sean, como son, los órganos de seguridad ciudadana que actúan, si el sistema judicial no cumple a cabalidad su trabajo y peor aún, si el estado no toma las acciones para analizar a fondo las causas multifactoriales y estructurales que producen el fenómeno y las atacan, precisamente, con sentido de estado y no como una mera táctica de sobrevivencia política o de estrategia electoral.  

Las cifras de muertes, sean verdaderas o maquilladas, son espeluznantes. Dejan al descubierto una realidad de seguridad ciudadana en nuestro país, la cual no se puede seguir tapando con un dedo; mucho menos, tratar de soslayarlas o difuminar su impacto en nuestra sociedad. SI bien es cierto que no debe ser politizada por los opositores; peor aún, no deben ser politizadas en primer lugar por los gobernantes.

EDDY BARRIOS
eddybarrios@gmail.com

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LUIS VICENTE LEON, MAYA TAMBIEN ES MIA Y NUESTRA

Han pasado tres semanas sin escribir y reconozco que no los extrañé nada mientras aprovechaba para descansar y compartir con mis hijos, a quienes debo muchas disculpas por el tiempo que no les pude dar en estos últimos meses, el partido de fútbol al que no llegué, el acto del colegio que sólo pude ver en video desde una habitación de hotel o la tarea que ya habían hecho cuando llegué.
Me sorprendió sorprenderme con los temas de los que ya hablan, principalmente porque es normal que los hablen. Pero lo que más me estremeció es que mis enanos, que hace unos años querían regresar a “Caraquita” a los pocos días de cada vacación, me dijeran camino al aeropuerto: “Papi, ¿por qué no nos quedamos a vivir aquí, que es muchísimo más seguro?”. Pasé todo el regreso explicándoles por qué no, aunque mi esposa me miraba con ojos que parecían gritar: “Ésas son razones para que te quedes tú, pero ninguna para que se queden ellos”.
Había decidido dedicarles entonces este texto para darles una explicación más apropiada y, entonces, vi la noticia del asesinato de Monica Spear y su esposo, pero sobre todo la de Maya, su hija de 5 años que vio cómo asesinaron a sus padres y que fue herida por los mismos monstruos a quienes tendrá que perdonarlos Dios, porque si por mí fuera no quedaría de ellos sino el mal recuerdo de sus crímenes horrendos.
Y entonces no pude aguantar el llanto y la angustia y el miedo y la pena y la rabia y el deseo de abrazar a mis hijos tan duro que les doliera. Y se acabó mi inspiración y mi texto y mis argumentos. Lo único que me quedó fue ese sabor de que Maya también es mía y mi dolor y mi sentimiento, pero también mi deseo de hacer lo que haya que hacer para que ningún otro niño de mi tierra tenga que ser un huérfano de nuestros miedos.
Y entonces recordé el poema favorito de mi mamá: “Los hijos infinitos” de Andrés Eloy Blanco y entendí mi sentimiento. Para Maya, el poema:
Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.
Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos si el ¡ay! es suyo
o si la sangre es nuestra.
Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño
que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.
Y cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga/ toda la luz de un niño,
una rendija china o una mirada japonesa.
Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta,
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.
Cuando se tienen dos hijos se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
o el modo de alumbrar de las estrellas.

Maya, que Dios te bendiga, te libre, te ampare y te favorezca y cuenta con que hay  millones de venezolanos que te sentimos nuestra.

@LuisVicenteLeon

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ANGEL ALAYON, MONICA SPEAR Y LA OSCURIDAD

A Mónica Spear y a Thomas Henry Berry los mató la oscuridad. Una oscuridad que se manifiesta en la incapacidad evidente de un Estado en la labor de proteger a los ciudadanos y su derecho a la vida. Spear y Berry se suman a una desafortunada lista en nuestra propia historia universal de la infamia. Buscarán a quienes apretaron el gatillo y quizás los muestren como un triunfo de la efectividad policial y judicial, la misma que no ha evitado que más de cien mil venezolanos hayan muerto víctimas de la violencia en los últimos diez años, una cantidad de caídos que llenaría cinco veces el Estadio Universitario.
La hija de la pareja asesinada, ahora huérfana, recibió un tiro en la pierna, de acuerdo con las primeras noticias. El atroz episodio que acaba de vivir dejará una cicatriz en su cuerpo, pero los médicos podrán hacer muy poco por la profunda herida que acaba de inflingirle esta sociedad. Y uno, desde la impotencia, implora a todos los dioses que salve la vida de la niña de apenas cinco años de edad: que pronto esté fuera de peligro. Pero eso sería apenas un diagnóstico clínico: ¿quién puede estar realmente fuera de peligro en Venezuela?
Los asesinatos en Venezuela han dejado en la última década al menos más de doscientos mil niños venezolanos sin padre, sin madre o sin ambos, como ha ocurrido en este caso. Nosotros también llevamos esa herida. Todos. Aunque algunos no se den cuenta.
La muerte de Mónica resuena. Es algo propio de la fama. Ella fue Reina de Belleza en un país donde las misses alcanzan cotas de mitos. Han asesinado a una de nuestras reinas, pudiera interpretar un psicoanalista, pero no debemos perder la perspectiva: Mónica era una joven trabajadora de 29 años, madre de una hija y con un esposo, con quienes paseaba por Venezuela. Como cualquier otra venezolana. Su belleza no la salvó porque la oscuridad no discrimina. Su caso resalta por la fama, pero no debemos olvidar que estas tragedias están ocurriendo todos los días en nuestro país.
Se le atribuye a Stalin la frase: “Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes es sólo una estadística”. Stalin nunca la dijo, pero hizo méritos suficientes como para haberla dicho. No dejemos que las estadísticas nos ahoguen en la indiferencia.
Hablamos de una Patria Segura que no protegió a una familia accidentada en una autopista bajo su responsabilidad. Cada bala disparada es un fracaso. Es la ausencia del Estado donde sí debería estar. Cada asesinato impune es la promesa de otra muerte, de otros huérfanos.
Estaban haciendo turismo nacional, recorriendo un país con bellos paisajes, un país que exalta cada vez más la belleza de su naturaleza para olvidarse y ocultar los peligros de la cotidianidad. Lo peor es que la inseguridad no sólo aleja al turismo y a los turistas, esa promesa incumplida de la diversificación: la inseguridad simplemente nos aleja.
Cada vez que un venezolano muere asesinado somos menos país.
Ante la muerte la palabra siempre ha tenido problemas. Quizás sea porque la muerte es la contradicción de la palabra y es justamente la imposibilidad de comunicar. La muerte tiene mucho de silencio. Uno está tentado a desearle a Mónica y a Henry un descanso eterno y paz a sus restos, pero mejor esquivar el lugar común y tratar de construir algo a partir de este dolor.
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