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jueves, 18 de septiembre de 2014

HEBERT MORILLO CARRIZO, ENTREVISTA A YOEL ACOSTA CHIRINOS EN EL ESTADO TRUJILLO, RECHAZAN MODELO DE IZQUIERDA Y DERECHA


- En medio de la polémica que se suscita en la dirección nacional y regional de Vanguardia Bicentenaria Republicana (VBR), donde existe una disputapor determinar quiénes llevan las riendas del prenombrado partido, el militar retirado Yoel Acosta Chirinos en su visita al estado Trujilloseñaló que el Consejo Nacional Electoral (CNE) pronto dará a conocer quiénes son los encargado legales del VBR.

      
En la rueda de prensa salió a relucir que fue Yoel Acosta Chirinos el fundador y coordinador del partido, el cual surgió como una alternativa política que busca afianzar la participación del pueblo y de esta manera consolidar el autogobierno.

       Aunque identificado con un enfoque revolucionario, Chirinos no duda en afirmar que el modelo político actual denominado "socialismo del siglo XXI" no es el más acorde, pues a su juicio en ese proceso se satanizó la crítica y la autocrítica, lo cual atenta contra la democracia.

       En ese sentido recordó que en una oportunidad se sometió la Constitución Nacional a un referéndum consultivo, en el cual el pueblo dijo "No", sin embargo, el presidente de ese momento Hugo Chávez hizo caso omiso y decidió realizar una reforma a su conveniencia.

       Alternativa

       Para el representante de VBR, tanto la oposición como el oficialismo ya están desgastados, en consecuencia asegura que la polarización que hay en el país perjudica la pluralidad de pensamiento.

       "Actualmente en Venezuela existe un descontento con la izquierda y la derecha", enfatizó Chirinos, quien considera que hoy día la opinión pública se centra hacia unapropuesta equilibrada que no tienda a ir a ningún extremo.

       Es por ello que Chirinos está convencido que es necesario un nuevo liderazgo que contemple los ideales éticos y morales que apunten hacia el bienestar colectivo.

       Bajo ese criterio, el representante de VBR asegura que se requiere trabajar por la unión del pueblo y de este modo acabar con las divisiones existentes hasta lograr sumar el mayor número de voluntades a favor de una propuesta innovadora distante al oficialismo y la oposición.

Enviado a nuestros correos por
Nayidit Bermúdez
vbrvenezuela2@gmail.com

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viernes, 11 de octubre de 2013

NARCISO GUARAMATO PARRA, IZQUIERDA Y DERECHA,

Es menester que en este articulo se deje plasmada de una vez, la tesis de trabajo. Los conceptos de izquierda y derecha, han dejado de tener importancia, son anacronismos, con los cuales se quieren justificar un sistema económico y político-social que ha muerto.

Como no los señalan los profesores  María Teresa  Romero y Aníbal Romero, con el paso del tiempo, el significado de estos términos se han hecho cada vez más imprecisos. De hecho, son tan amplios y ambiguos que se han hecho que se ha desechado como categoría política en la ciencia política actual. (2005: 121)

            La validez de esta tesis implica que el uso de estos términos en el discurso cotidiano por parte de un sector de la dirigencia política del país, representa un comportamiento también anacrónico. Totalmente alejado del debate ideológico moderno.

            Los términos de izquierda y derecha nacieron el 11 de noviembre de 1789 cuando se instala  la Asamblea Constituyente que surge con la revolución Francesa. A la derecha de se sentaron los diputados que representaban a la nobleza, siendo su principal orador, el aristócrata Jacques Antoine Marie de Cazalès (1758-1805), en representación de la nobleza, y el abad Jean-Sifrein Maury, en representación del alto clero. Se oponían sistemáticamente a todo tipo de reformas y buscaban más sembrar la discordia que proponer medidas.

            En cambio a la izquierda se sentaban los diputados del partido de la nación, conformada por dos tendencias: la alta burguesía cuyos principales diputados fueron: Honoré Gabriel Riquetti, Conde de Mirabeau (1749-1791); Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, marqués de La Fayette, (1757-1834) y el académico Jean Sylvain Bailly (1736-1793), mientras que el triunvirato compuesto por: Antoine-Pierre-Joseph-Marie Barnave (1761–1793), Adrien Duport (1759-1798) y Alexandre-Théodore-Victor, comte de Lameth (1760-1829), encabezaban a los que defendían las clases más populares. Este sector era el que promovía las más osadas reformas. De esta manera se asoció  a la izquierda política, el sector reformista y a la derecha política, el sector conservador, no reformista.

            Es importante hacer notar la presencia de la alta burguesía en el sector izquierdista, lo cual es lógico, ya que de este sector burgués (Marx, Engels y Lenin por citar a los tres fundamentales, fueron burgueses) donde generalmente provienen los intelectuales que le dan una base teórica y filosófica a los grandes cambios políticos.

            La izquierda como categoría política, surge con fuerza gracias al pensamiento Marxista socialista que cual espectro se cierne en Europa a comienzos del siglo XIX y, que con el aporte teórico de Lenin, se crea un nuevo régimen político-social y económico, el comunismo.

            De esta manera se  consideró como izquierdista a los partidarios del socialismo y el comunismo y como de derecha, a los empresarios capitalistas.

            El comunismo fue el sistema imperante en La Unión Soviética China, Vietnam Corea y Cuba. En el año 1987 (la edición en español  fue publicado por la editorial Oveja Negra de Colombia al año siguiente), el mundo es estremecido con la aparición de un libro escrito por  Mijail Gorbachov, Secretario General del Comité Central del Partido Comunista y líder de la Unión Soviética:
“Perestroika Nuevo pensamiento para mi país y el mundo”. En este libro cuyo título se puede traducir como reestructuración y cuyo autor define el término como: “…una política de aceleración del programa social y económico del país y de renovación de todas las esferas de la vida.”(1988:8).

          Gorbachov también nos señala: “…nosotros, en el liderazgo soviético, llegamos a la conclusión –y lo reiteramos- de que se necesita un nuevo pensamiento político. Más allá de esto, los líderes soviéticos buscan de manera  enérgica poder trasladar ese nuevo pensamiento a la acción […] En cuanto al alcance del nuevo pensamiento histórico, realmente abarca todos los problemas básicos de nuestro tiempo […] La política debe basarse en realidades…”.

En la noche del jueves, 9 de noviembre de 1989, cae el muro de Berlín, una pared de concreto que dividía a las dos alemanias, la oriental, comunista y la occidental, capitalista. Estos dos hechos, el proceso de reestructuración en la Unión Soviética y la caída del muro, marcan el hecho histórico  del fin del comunismo. 

Como un dominó, los demás países han entrado en un proceso de transformación, en la cual se ha abandonado el comunismo para adoptar un  raro híbrido, mezclando la economía de mercado y un gobierno fuerte, dictatorial. Hay que destacar la realidad cubana en la cual se le echa la culpa de las dificultades económicas al bloqueo impuesto unilateralmente por los Estados Unidos hace más de 50 años, ciertamente criticable y no justificable desde todo punto de vista, pero que no explica la existencia de un rico sector turístico  en la región de Varaderos, con un nivel de modernidad totalmente alejado del promedio de las restantes actividades económicas y de las grandes inversiones que ha realizado España en la Isla. Simplemente el fracaso del modelo comunista explica esta diferencia sectorial.

La pregunte básica es: ¿Si ha fracasado el socialismo-Comunismo como corriente política, se justifica hablar de izquierda y derecha? La respuesta es un rotundo NO, ya no hay nada que justifique hablar de izquierda o derecha cuando casi todos los gobiernos del mundo (a excepción de Venezuela) en la actualidad centran en sus esfuerzos en lograr la viabilidad de país, basado en la apertura económica, la alta tecnología y la economía del conocimiento.

Actualmente, gran parte de la discusión ideológica se basa en el grado de intervención del Estado en la Economía. Por un lado tenemos los intervencionistas, que fomentan la idea de que el sector privado no puede, por sí solo, ser el motor del desarrollo económico, por lo cual el Estado debe intervenir, para garantizar el reparto equitativo de los ingresos generados. En USA el partido demócrata, es el representante de esa tendencia. En el otro lado tenemos, a los que piensan que el Estado no debe intervenir en la economía. El partido Conservador es el ejemplo en USA. Ambos partidos engloban en su seno, diferentes grados, que van de los moderados a los radicales. En la actualidad son más las coincidencias que las diferencias en los pensamientos político-económicos.
            
            Hay un repunte importante en los llamados partidos verdes o ecológicos, conformando una tercera vía. Sin embargo sin importar si son intervencionistas, conservadores o verdes, por lo señalado en los párrafos anteriores, nos parece una GRAN ESTUPIDEZ, parafraseando al Dr. Emeterio Gómez, hablar en la actualidad de esos dos conceptos anacrónicos de izquierda o derecha. 

Narciso Guaramato Parra
@guaramatoparra

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viernes, 11 de mayo de 2012

CARLOS SCHULMAISTER, ¿A DÓNDE MARCHA LA HUMANIDAD?


La mayoría de las naciones y estados actuales no poseen hoy sistemas sociopolíticos claramente definidos en base al tradicional esquema de izquierdas y derechas del siglo XX, ya agotado, inane y fracasado para los supuestos fines que aquellas declamaran y persiguieran por entonces, sino que expresan sincretismos ideológicos y políticos diversos a través de un nuevo populismo, tal como se observa crecientemente no sólo en América latina sino en casi todos los continentes.

Aquellos viejos esquemas constituían expresiones del pensamiento colectivista cuyas raíces pueden hallarse ya en la Antigüedad, antes y después de Cristo, hasta llegar a la Modernidad y especialmente al racionalismo dieciochesco en el cual abrevarían, a favor o en contra, todas las vertientes ideológico-políticas que hemos conocido a partir de entonces.

Más allá de la historia de las ideas todo colectivismo social real expresa tácita y explícitamente la asociación de lo humano y lo material mediante magnitudes crecientes y dinámicas, por lo cual los procesos históricos de este carácter nunca están acabados sino en tránsito a configuraciones sociopolíticas mayores o de magnitudes superiores que los habrán de contener.

Desde el inicio de la civilización agraria todos los procesos históricos representaron procesos de expansión constante de las estructuras sociales.

El espacio es, pues, el correlato imprescindible del colectivismo, entendido más allá de los derechos humanos individuales y colectivos. El espacio personal, el espacio colectivo, el espacio geográfico y el cultural constituyen configuraciones variables pero omnipresentes en los fenómenos y concepciones colectivistas.

Si bien los debates suscitados en la filosofía, la política y la economía han sido numerosos no existe una respuesta unívoca a los problemas que suponen tanto el colectivismo como el individualismo.

Es evidente que la soberanía se encarna primeramente en el individuo, o sea en un espacio personal menor que se correlaciona con otros espacios similares a proporción de las circunstancias individuales, familiares, tribales, etc. Y de allí surgen luego colectivos y espacios de mayor amplitud que van conteniendo a los anteriores en desmedro creciente de la soberanía individual, la cual es transferida de hecho y de derecho a individuos particulares que actúan en nombre del colectivo.

Con todo, llega un momento en que la representación soberana de los colectivos se desprende de los individuos que la componen, o sea de los que la delegan. A partir de ese momento la soberanía del colectivo es representada mediante un artificio  simbólico.

Ergo, la supuesta soberanía del colectivo se connota jerárquicamente respecto a la del individuo; es decir, el poder colectivo se impone de hecho y de derecho sobre el individuo, sobre cada individuo, en función de su magnitud superior… atendiendo al número, a la cantidad de individuos que lo integran.

Vale esta última aclaración porque existe una magnitud cuya atribución al colectivo como ínsitamente natural es muy discutible. Me refiero a la superioridad moral, la que únicamente se puede encarnar realmente en individuos históricos, es decir, sujetos a la evolución y al progreso histórico y por tanto autónomos, es decir, personas, y jamás robots domesticados.

Toda supuesta alma colectiva es simplemente una metáfora literaria o religiosa para designar un inexistente sujeto colectivo moral.

De modo que mientras lo individual permanece acotado a la unidad, al hombre individual, fuera del cual no existe lógicamente unidad, lo colectivo varía solamente en cuanto a que de una cantidad determinada de componentes individuales se desprende (metafóricamente) un poder o soberanía individual cuya agregación en los representantes del colectivo les confiere una fuerza o poder práctico que individualmente no poseen.

Esa suerte de hipóstasis (ámbito de creencias) entre lo individual y lo colectivo no es un fenómeno, o sea algo que realmente se produce de hecho, sino una ficción creada mediante dispositivos formales inventados para apropiarse y disponer de aquel poder supuestamente presente en lo colectivo. Tal es, entre otros, una doctrina social, un mecanismo de selección de representantes, un criterio de garantía de la misma (por ejemplo, el principio de la mayoría y el supuesto de su supremacía moral).

Lo cierto es que la supuesta encarnación de una conciencia o de un alma en un colectivo humano, con lo que ello significa a tenor de los términos utilizados, es una falacia desde todo punto de vista pues los colectivos de los que estamos hablando, o sea los del sistema político actual, constituyen una apropiación  más que una transferencia de poderes. Poderes pequeños pero genuinos originados en la autonomía de la persona (sólo el individuo puede serlo) a una o varias personas en relación con la función que ejercen por delegación.

Y la administración de esas magnitudes agregadas de poder (el poder es uno solo pero puede ser analizado desde ópticas varias) la ejerce de hecho –y de derecho- otro individuo, es decir, otra subjetividad, bajo la ficción de que lo hace a nombre de la totalidad de individuos, aquellos que suelen ser llamados “el Pueblo”.

En los hechos, los colectivos políticos estatales no reservan por lo general garantías ni mecanismos de revisión ni de retroversión reales de la soberanía delegada por los individuos, salvo nuevas metáforas como por ejemplo la supuesta por los organismos de control a nombre del Pueblo. Entendiendo aquí este término, con su grafía de nombre y sustantivo propio, como la suma de los individuos más su supuesta alma o conciencia totalizadora.

Ocurre que la relación individuo-colectivo expresa una contradicción real que históricamente se resuelve mediante la concentración y acaparamiento crecientes y constantes del poder colectivo por ciertos individuos.

Ello es así inexorablemente, so riesgo de desaparición del poder mismo y de sus frutos y realizaciones para beneficio de todos, o de ciertas parcialidades hasta incluir los propios individuos.

Ello revela que el poder no admite divisiones, salvo las meramente prácticas que no ponen en peligro su ejercicio por los detentadores monopólicos o con aspiraciones a serlo.

De modo que la concentración del poder puede ser analizada como una ventaja desde un determinado punto de vista, por ejemplo atendiendo a la eficiencia y la eficacia o efectividad de su ejercicio, tal como lo demuestran las crecientes escalas del poder desde los tiempos de la Segunda Revolución Industrial.

No obstante, toda contradicción resuelta de determinada manera engendra otras contradicciones derivadas de esa particular forma de resolución. Así, la escala o magnitud de la concentración del poder de que se trate puede llegar a constituir un aparato muy pesado y con poca flexibilidad para experimentar correcciones y adaptaciones en la realidad. Es lo que alguna vez se advirtió que sucedería con las cajas de jubilación privadas difundidas en la década de 1990, en la medida que su crecimiento se produjera con la velocidad y la capacidad de acumulación que por entonces se preveía.

De hecho, todos los problemas expresan contradicciones y éstas se resuelven mediante mecanismos correctivos que introducen variables de ajustes, o bien no se resuelven inmediatamente sino mediante procesos más o menos disruptivos a través de las llamadas crisis, es decir, produciendo situaciones de ruptura en las que los mecanismos precedentes ya no permiten dar respuestas eficaces a los mismos problemas.

Lo que llevamos dicho nos pone en la situación de admitir la existencia de fenómenos de competencia constante entre poderes múltiples atenidos a las condiciones de sus respectivos espacios geográficos, nacionalidades, confesiones religiosas o campos productivos.

Teniendo en cuenta el progreso sostenido experimentado por el género humano, es decir, por la inteligencia humana sobre las condiciones materiales y naturales de su existencia bien podemos reconocer sin problemas que el sistema colectivo mundial es simultáneamente competitivo entre sus partes, a la vez que éstas son interdependientes. Y que esta interdependencia ha sido así aun en los tiempos de los enfrentamientos de los bloques capitalista y socialista del siglo XX. Y que probablemente continúe siéndolo, por lo menos hasta cierto grado.

En consecuencia, todo ordenamiento entre las partes, en tiempo y espacio, expresa no situaciones estáticas sino enfoques de un proceso indetenible de lucha. Lucha que bajo ciertas condiciones conducirá algún día a un estado de concentración absoluta de todo el poder no ya en pocas manos y cabezas sino en una sola.

En ese momento, las doctrinas y las teorías políticas, junto con los dogmas políticos, ideológicos y religiosos habrán cambiado tantas veces como haya sido necesario para justificar el último ordenamiento mundial.

Pero, como ya hemos dicho, un sistema de tales características habrá de tornarse, más tarde o más temprano, en un sistema con problemas. Si -como es de suponer- el espacio geográfico que éste implique ha de abarcar probablemente todo el planeta Tierra, y el espacio cultural ha de expresar un nuevo sincretismo cultural, en el sentido lato del término cultura, no quedarán ya nuevas variables de ajuste disponibles, a menos que éstas se busquen fuera del planeta, o que si esto no es posible las que se empleen lo hagan a costa de ciertas conquistas de la civilización respecto de la condición humana.

Este último camino no habrá de ser, seguramente, una alternativa ante una nueva expansión para entonces interplanetaria, sino un rasgo predominante de la civilización, al punto de poder llamar con este término a un estado habitual cada vez más regresivo de la condición humana.

Habría que ver, entonces, cómo la razón explicará, llegado el caso, la parábola recorrida por la humanidad desde la hominización que hoy conocemos, y qué se ha de entender en esos momentos por condición humana.

carlos@schulmaister.com

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