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sábado, 12 de abril de 2014

DIEGO BAUTISTA URBANEJA, LA AGUJA DEL DIÁLOGO

No encontrar de nuevo la vía de la política es ahondar en la ruta de la mutua destrucción

Después de quince años de haber experimentado la presencia de un avasallante líder carismático, los precios petroleros más altos de nuestra historia, el control más absoluto de todos los poderes del Estado, un vasto imperio de medios de comunicación a su servicio, un apoyo regional poco menos que incondicional… el proyecto político de Hugo Chávez y sus sucesores no ha avanzado ni un milímetro en respaldo popular. Al contrario, ha retrocedido unos cuantos.

Eso debería indicar por sí mismo algo en lo que se ha insistido: el fracaso del proyecto en cuestión. Simplemente, no resultó. Es de suponer que entre sus personeros habrá muchos que se resistan a admitir tal evidencia y que preferirán pensar que lo que hace falta es un último esfuerzo, un último envión de represión y control para tener de una buena vez la vía libre para la implantación de un modelo de cosas al que esta sociedad se ha resistido con una tenacidad admirable. Me temo que, entre otras cosas, un pensamiento así está detrás de la estrategia que ha escogido el Gobierno para enfrentar la reciente ola de protestas.
Cederá finalmente
También podría alguien en el oficialismo pensar que ya ha pasado lo peor y que lo que viene ahora será tan bueno que la reticencia de una parte tan grande del país a aceptar el proyecto oficialista cederá finalmente. Pero es justamente esa expectativa la que está eliminada por el fracaso económico del Gobierno. Las perspectivas para la vida de la gente son muy oscuras. Si en tiempos en los que se tenía todo a favor no se pudo aumentar el respaldo social, ¿cómo pensar que con lo que le espera al país en términos económicos ese respaldo no siga disminuyendo?
Ignoro en qué medida la ola de protestas, con sus secuelas de represión y violación de derechos humanos, le ha emborronado a la población la visión de tal deterioro económico y social. Ignoro en qué medida le ha dificultado a la oposición el desarrollo de planes de trabajo en los sectores populares, que sobre la base de tan negativa realidad se hubiesen podido llevar a cabo. Pero las cosas ocurren como ocurren y la política venezolana habrá de desarrollarse teniendo como uno de sus datos lo que ha ocurrido en el país desde el 12 de febrero para acá.
Un paso
Se ha llegado a una situación en la que nadie puede dar un paso. Un juego trancado, con el Gobierno atascado en su mezcla de represión e incapacidad, y con la oposición impedida ni de penetrar más profundamente en la conquista para su causa de sectores sociales en los que le ha costado hacerse presente con la fuerza que la situación del país amerita.
De ahí la importancia de lo que se ha dado en llamar el diálogo. Viene ello a ser el sentarse frente a frente Gobierno y oposición, con garantes internacionales, a discutir la solución de unos puntos de agenda que signifiquen logros concretos para la vida democrática y para el cumplimiento de la maltratada Constitución nacional. En el contexto de la actual situación venezolana, ello significa poner en marcha de nuevo la vida política del país, hoy por hoy paralizada por una guerra de trincheras donde nadie está en capacidad de avasallar al otro, donde las fuerzas de ambos se debilitan y donde la colectividad se llena de más y más encono.
Hablar de diálogo hoy en día equivale a recibir un vendaval de insultos de parte de algunos sectores. Pues ni modo. Lo cierto es que no encontrar de nuevo la vía de la política y de la Constitución es ahondar en la ruta de la destrucción mutua y de la destrucción del país. De ahí la enorme responsabilidad que tienen los principales actores de la escena política: el Gobierno, la oposición, los estudiantes, los dirigentes políticos y sociales. Hay reclamos prioritarios, como los que tienen los estudiantes, que han recibido el grueso de la represión. Por sobre todo, no es hora de cálculos, porque si al juego de alguien se le ven las costuras -y todo el mundo sabe dónde buscar las del otro- todo fracasará y quedaremos librados a la dinámica destructiva a la que me referí. Allá cada quien.
Existe la sospecha universal de que ninguna de las partes quiere en verdad el diálogo, que van a él forzados por las circunstancias del momento y que, por lo tanto, es una gran ingenuidad creer en la posibilidad de que de allí pueda salir algo que valga la pena. Sería necio no ver el punto que tiene esa tesis. Pero por estrecho que sea el ojo de esa aguja, hay que intentar pasar por él, en nombre del país.
Diego Bautista Urbaneja
dburbaneja@gmail.com

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jueves, 12 de diciembre de 2013

Diego Bautista Urbaneja, La sonrisa del lunes

Allá el Gobierno si cree que los resultados de las municipales constituyen un triunfo sustancial

Los resultados de las elecciones del 8D son un compromiso provisional entre las tendencias profundas de la sociedad y los eventos inmediatos y las situaciones concretas que en un momento dado pueden modificar los resultados de unos comicios. En el caso de las elecciones del pasado domingo, ese compromiso se salda en un resultado ligeramente favorable al Gobierno, pero que al mismo tiempo revela la fuerza de la oposición democrática del país.
Lo que llamo las tendencia profundas de la sociedad se refiere a lo que la mayoría va sintiendo respecto al rumbo que lleva el país. Las preguntas relevantes de encuestas cuidadosamente diseñadas para medir esa dimensión revelan de modo inequívoco que la mayoría del país rechaza y se siente insatisfecha respecto al camino por el que la va llevando el gobierno de Maduro.

Eso no necesariamente se expresa en la conducta electoral, ni siquiera en la definición de las preferencias políticas de la población. Aquí intervienen elementos diferentes, como el apego a la figura de Chávez, la desconfianza que por alguna razón pueda suscitar la alternativa opositora en quienes han estado en la acera oficialista, el ser beneficiario de algún programa social o la esperanza de llegarlo a ser, etcétera. También intervienen allí las medidas que toma el Gobierno para obtener mejores resultados electorales. El llamado "dakazo", por ejemplo, tuvo el efecto de reducir la alta abstención a la que los simpatizantes del régimen se mostraban dispuestos, y que hubiera tenido un efecto muy grande sobre los resultados del pasado domingo.

En ese mismo sentido juega la abismal asimetría en que se desarrolla la contienda electoral en Venezuela. No hay en el mundo nada parecido a lo que ocurre aquí, en términos de disparidad de recursos, de medios de comunicación, de parcialización institucional. Sobre la base de un respaldo popular importante que está allí, esas situaciones y maniobras se traducen en resultados.

Pero por otro lado, los efectos del mal rumbo que lleva el país en la opinión política de fondo de la mayoría de la población cuenta con un soporte que los organiza y les permite expresarse. Esos soportes son la MUD y sus instancias, los partidos que la componen, los liderazgos de todo nivel que a partir de esa plataforma actúan, desde Henrique Capriles hasta los -con frecuencia heroicos- candidatos a Alcalde de remotos municipios, las propuestas que de todo ello emanan incesantemente. Es gracias a ese complejo y laborioso tejido que se ganan Barquisimeto, Maracaibo, Valencia, Valera, La Asunción y Porlamar, Maturín, el área Metropolitana, Mérida, San Cristóbal, que se clavó la estocada de Barinas, y que se suman varias decenas de alcaldías a las que ya se tenían.

Hay muchas cosas que superar y resolver. Los resultados no fueron lo que podrían haber sido. La abstención fue alta y con seguridad mayor en los opositores que en los partidarios del Gobierno. Eso revela una falla en el poder de convocatoria y los costos de algunos errores cometidos. Hay lugar para mucha revisión y para mucho autoexámen en el seno de la MUD. Se ha cumplido allí un ciclo enormemente fructífero, y hay ahora que pasar a mayores niveles de compromiso con la Unidad, una mayor coherencia en la conducta de algunos líderes, formas efectivas de apertura y relación con esa amplia sociedad democrática que reclama un cambio de rumbo en el país. 

La MUD tiene conciencia de que es necesario que esté a la altura de ese nuevo nivel de exigencias de más unidad, más coherencia, más preparación, más apertura. Es necesario que así sea y que la MUD y su liderazgo salgan fortalecidos de esa prueba a su capacidad de superación que tienen a sus puertas.

El juego está vivo. Allá el régimen si cree que los resultados de las elecciones municipales constituyen un triunfo sustancial para el oficialismo. Logró, es cierto, un resultado provisional. Pero las corrientes profundas van todas en la dirección de un cambio y ese cambio vendrá.

Ya pasó pues la fecha electoral. Ya pasó el "dakazo" y las algarabías del caso. Ahora vuelve la realidad, libre de polvo y paja, pues el horizonte está despejado de nuevas elecciones. La realidad, es decir, la acumulación de los problemas, los cotidianos y los de fondo, la incapacidad del Gobierno para enfrentarlos, el acceso de la MUD a nuevas y superiores etapas de su trayectoria.

El Gobierno celebró, digamos, insultando como es habitual. Sin embargo, y curiosamente, la oposición democrática amaneció el lunes con una sonrisa.


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viernes, 23 de agosto de 2013

DIEGO BAUTISTA URBANEJA, HORA OFENSIVA

Se requiere un lenguaje agresivo, asertivo, seguro de sí, que ataque al gobierno sin descanso

El gobierno quiere disimular su profunda debilidad y su desastrosa gestión, bajo el ropaje de una política de agresión, persecución y amedrentamiento. Quiere compensar el descontento social que hay en todo el país y la inconformidad que hay entre sus propias filas, con esos enviones con los que quiere arrinconar, amenazar y perseguir. Y sobre todo, quiere ocultar su debilidad y su temor. Como decía Jesús "Chuo" Torrealba, comentando la salida del aire de sus programas televisivos "Del dicho al hecho" y "El radar de los barrios", eso no revela un gobierno poderoso que saca del aire lo que quiera, sino un gobierno temeroso que no puede arriesgarse de que estén en el aire programas como esos. No podemos permitir que logre ese cometido. Ante la andanada de agresiones y amenazas oficialistas contra ella, la oposición democrática tiene que tomar la ofensiva. Atacar sin tregua al desastre gubernamental, usando palabras directas, que expresen lo que la gente siente en su vida cotidiana.

Los especialistas pueden ayudar. Sobre todo si logran dejar de lado el complicado lenguaje de sus disciplinas y emplean un lenguaje más cotidiano, penetrante y más en conexión con el habla con el que la gente dialoga consigo misma.

ASERTIVO, AGRESIVO

Pero en eso el peso principal cae sobre los hombros de la dirigencia política. Le corresponde a ella pasar a la ofensiva. Enviar al país, para empezar, el mensaje claro y sencillo de que el gobierno no puede acallar a la oposición y que ella está en capacidad de responder y poner al gobierno a la defensiva. En este momento se requiere un lenguaje agresivo, asertivo, seguro de sí, que ataque al gobierno sin descanso, sin edulcoramientos, sin concesiones, por los enormes boquetes que en todos los flancos ofrece la gestión de Maduro. Un gobierno como este tiene que ser puesto en jaque día tras día por una oposición que no le dé cuartel.

La meta es siempre la de convertirse en indudable mayoría. El ocho de diciembre es la próxima estación de la ruta que lleva a ese destino y hay grandes posibilidades que allí mismo esa meta se haya alcanzado. Para ello hay que poner en acción la dupla de atacar la gestión del gobierno de modo implacable, y ofrecer a la vez una alternativa superior. Hay que concentrarse en la meta de lograr esa mayoría y concentrar todas las energías en el uso de los dos instrumentos mencionados. Atacar duro a lo que es un pésimo gobierno y proponer soluciones: así es que se crece.

DEJAR DE LADO

Lo que menos conviene en tal sentido es complicar las cosas, añadiendo metas, temas y debates que enredan el mensaje y consumen energías. Todo eso tiene que ser dejado de lado.

Ya se resolvió el problema de las candidaturas unitarias para diciembre. Los candidatos entrarán en campaña. Cuentan con sus propias cualidades y conocimiento de los asuntos locales, y con cosas como las bases programáticas que la MUD ha elaborado para que los candidatos ofrezcan al electorado una propuesta a la altura de los problemas. Por ese lado de las cosas, tendremos una intensa campaña electoral que puede rendir muy buenos frutos.

Pero eso tiene que ser completado con esa ofensiva política nacional a la que me he estado refiriendo y cuya responsabilidad está sobre los dirigentes políticos nacionales. Ello enfrenta obstáculos prácticos que están a la vista. Para empezar, el uso abierto de la persecución. Luego está el cerco comunicacional, que ha privado a la oposición de algunos de sus más importantes canales de comunicación. Ello pone a la dirigencia política ante nuevos niveles de exigencia en cuanto a la sencillez y la garra del mensaje opositor, el uso de medios alternativos, la coordinación de la ofensiva por parte de los distintos dirigentes, el nivel en el que debe ubicarse Capriles, todo ello montado sobre la indomable realidad de unos problemas que a los ojos y experiencia de la maltratada mayoría del país se amontonan y se agravan. Es momento para que la dirigencia opositora reflexione con fuerza y tome decisiones reales sobre esa agenda que tiene entre manos.

Nadie ignora los riesgos que se corren, especialmente los que corren quienes están en la primera fila de la lucha política, ante un gobierno desesperado por hacerse aparecer como fuerte. Pero no es una actitud defensiva la que disminuirá esos riesgos. Al contrario. Ante un gobierno sin brújula, sin líderes, sin soluciones, es la hora de la ofensiva.

 dburbaneja@gmail.com


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martes, 26 de febrero de 2013

FERNANDO FACCHIN B., HACEN FALTA MÁS QUE PALABRAS

Dijo Confucio: “Si los conceptos no son correctos, las palabras no son correctas; si las palabras no son correctas, los asuntos no se realizan; si los asuntos no se realizan, no prosperan ni la moral ni el arte; si no prosperan la moral y el arte, la justicia no acierta; si la justicia no acierta, la nación no sabe cómo obrar. En consecuencia, en las palabras no debe haber nada incorrecto. Esto es lo que importa”.
Es un lugar común afirmar que no existe oposición frente al proyecto hegemónico del chavismo sin Chávez, donde la decadente mitología chavista, perdió la potencia y fraseología del discurso del vocero mayor, lo cual pretenden copiar, sin éxito alguno, los insoportables recaderos del chavismo, adecuando el contenido a sus propios deseos de monopolizar el poder, ellos no tienen capacidad para generar entusiasmo por el futuro.
Frente a la simbología chavista, la oposición es débil, no tiene peso, es volátil, no es enérgica, está aquejada de una insoportable levedad, no se asume el riesgo de rescatar al país y se prefieren decisiones escapistas, más fáciles, livianas, para terminar comprobando que esas decisiones frágiles y huidizas se vuelven contra ellos. En ese contexto, ahora todos están preocupados por conseguir uno que otro concejal y alcalde, en unas elecciones signadas por la incertidumbre. Somos un país sin rumbo, a la deriva y supeditado a la suerte de los insoportables recaderos del chavismo decadente, constituidos en una asociación política para delinquir, dependiente de un gobierno extranjero desprestigiado y terrorista.
El país vive uno de los periodos más sucios de su historia reciente. El clima político se ha envenenado por completo, la estabilidad  social y económica se han hecho pedazos, no hay gobierno legítimo ni legal, no se gobierna se manda arbitrariamente y el fango surge libre por todas las alcantarillas. Nadie pensaba que la etapa final de la controvertida aventura política del chavismo terminara en el lodazal de la iniquidad. Lamentablemente el nivel de bajezas, venenos, chantajes, amenazas e insultos es el más ínfimo y vulgar vivido en el país. El chavismo tiene a Venezuela estancada en un ruidoso callejón sin salida.
Si queremos derrotar al chavismo, el discurso opositor debe tener un contenido trascendente de cara al futuro, atractivo, que provoque el deseo de sentirse parte de una corriente política capaz de aglutinar a la sociedad, incluyendo a los jóvenes emprendedores; Los operadores políticos no tienen nada positivo que proponer para entusiasmar a la sociedad. Por este camino no será posible derrotar al chavismo. 
 “Es a la dirigencia política a la que corresponde dar el grito, poner al país ante sí mismo, ante lo que está llegando a ser. Es a ella a la que corresponde impedir que la colectividad, abrumada por los problemas de la vida cotidiana, se hunda sin darse cuenta.” (D.B.Urbaneja-El Universal-07.02-13). En este sentido, el único dirigente político que se ha manifestado es Antonio Ledezma. Definitivamente: Hacen falta más que palabras para derrotar al chavismo.
ffacchinb@gmail.com

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domingo, 10 de febrero de 2013

DIEGO BAUTISTA URBANEJA, DE LA “REVOLUCIÓN” A LA DESCOMPOSICIÓN

La “revolución” dio paso a su etapa superior, la pura y simple descomposición
No es muy seguro que este proceso que hemos vivido desde hace catorce años pueda ser considerado una revolución, como sus jerarcas parecen aspirar que se haga. En cualquier caso, en la historia venezolana la palabra revolución es una palabra muy devaluada. En el siglo antepasado se la usó para bautizar cualquier cosa que significara un cambio de gobierno. En el siglo pasado el único evento que reivindicó el título fue la llamada revolución de octubre, que derrocó al gobierno de Medina Angarita, y con la cual es de suponer que el chavismo no quiere tener ningún parentesco.Revolución socialista desde luego no es, de modo que sería una revolución en el sentido venezolano de la palabra, por sí mismo nada claro. De modo que lo mejor es usar la palabra entrecomillada. Pero sea lo que sea esta “revolución”, creo que se la puede considerar terminada. Su fuerza impulsora, Hugo Chávez, está agotada, si es que él mismo por su parte no la había dado por terminada ya hace algún tiempo.
Es posible incluso pensar que la preocupación de Chávez empezaba a ser la eficiencia y que lo mismo estaban pensando los supervisores cubanos, los hermanos Castro, que necesitan que este país funcione para seguir recibiendo el abundante sostén venezolano. De ser esto cierto, a lo mejor lo que venía era una etapa de moderación en el gobierno chavista.
Pero eso es a estas alturas una pura especulación que no tiene mayor utilidad. Lo que en la realidad efectiva estamos viendo es un proceso de descomposición nacional e indetenible.
El Gobierno carece de una fuerza ductora e impulsora, como la que significaba la presencia de Chávez. Las limitaciones intelectuales y de personalidad de quienes aparecen compitiendo por la sucesión son evidentes. Otros factores que dentro del oficialismo pudieran aspirar a ocupar los lugares de relevo, y que pudieran significar un cambio de orientación, están por los momentos -y si es que existen- demasiado agazapados y no es nada seguro que cuenten con apoyos de importancia en el mundo del chavismo. Los verdaderos sustitutos inmediatos de Chávez como elemento de conducción, los jerarcas cubanos, tienen los problemas que son de suponer para hacerse sentir abiertamente como tal fuerza gobernante. Tratándose, a fin de cuentas de un gobierno extranjero, su principal preocupación es asegurar que sus intereses queden bien atendidos, pero no pueden encargarse del gobierno como tal. Por ahora les basta con que el Gobierno esté en manos de un hombre de confianza, al que puedan dar instrucciones cada vez que les interese.
De modo que el proceso de descomposición y de desgobierno sigue su curso prácticamente sin obstáculos. Las manifestaciones de ello son múltiples y en todos los frentes. Uribana, desabastecimiento, repunte de la inflación, lo que se cuenta del mundo popular, la negativa china a nuevos préstamos…
Ya la “revolución” quedó atrás. Lo que respecto de ella se puede hacer es tratar de estirar, a fuerza de gritos y de actos, su presencia simbólica y retórica. Pero, después que cesan los gritos, los insultos y las amenazas con las que Maduro quiere tapar su gran vacío mental, que las conmemoraciones terminan, que los asistentes a los mítines vuelven a sus casas, lo que queda es la inopia de Maduro, el desconcierto de Giordani, las angustias de Merentes, las maquinaciones de Ramírez, la incompetencia de Varela… y el descalabro en marcha del país.
El discurso de la alternativa democrática ha de tomar nota de este nivel de descomposición y usar el lenguaje que le corresponde. Lo recientemente acontecido en Uribana o en el 23 de Enero, lo que ocurre en las calles de Caracas, ya no puede designarse con las palabras habituales. Ya no es un simple “problema carcelario” ni un asunto de “inseguridad”. Son asuntos de otro nivel, que requieren un nuevo nivel de dramatismo a la hora de denunciarlos y de ofrecerse como solución. El país puede tal vez deslizarse hacia abajo sin casi percibirlo. Puede asimilar cualquier clase de descomposición y llegarla a considerar una situación normal. Es a la dirigencia política a la que corresponde dar el grito, poner al país ante sí mismo, ante lo que está llegando a ser. Es a ella a la que corresponde impedir que la colectividad, abrumada por los problemas de la vida cotidiana, se hunda sin darse cuenta.
Ya no hay “revolución” que valga, para disimular bajo su sonoro nombre lo que le está pasando al país. Dio paso a su etapa superior, la pura y simple descomposición.
dburbaneja@gmail.com

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jueves, 27 de diciembre de 2012

DIEGO BAUTISTA URBANEJA, EL DESASTRE AL DESNUDO

En el mundo de quienes respaldan a Chávez, la verdad será cada vez más inocultable
La ausencia de Hugo Chávez, y las perspectivas de su prolongación, o las de un progresivo deterioro de sus capacidades físicas y mentales, tienen un par de importantes consecuencias políticas, aunque a estas alturas sea imposible precisar sus exactas implicaciones. Ambas se refieren al desnudamiento de la magnitud del desastre gubernamental de estos últimos años.
La presencia de Hugo Chávez a la cabeza del gobierno disimulaba, ocultaba, las dimensiones del desaguisado que su gobierno ha venido perpetrando. 
Los hombres que lo acompañan en esa gestión siempre podían contar con la capacidad de decisión del jefe máximo, con su habilidad de prestidigitador, con su aptitud para voltearlo todo y hacerlo ver a un buen número de venezolanos distinto a cómo en realidad es. Podía el gobierno descansar en esos recursos retóricos, en ese poder hipnótico, y remitir a las decisiones del jefe la solución de los problemas o en todo caso el aplazamiento de su estallido.
También se hacía presente el temor a decirle la verdad al mandamás: lo que más le convenía a cada quien es que él viera las cosas como quería verlas, y por lo tanto pintarle el panorama que más le agradara, no fuera a ser cosa de que fuera el mensajero de malas noticias el que pagará el plato.
Ahora todo eso está en vías de desaparición. Los lugartenientes de diverso rango no tienen ahora a nadie que disimule la verdad de las cosas, a nadie que los convenza de que todo va bien, a nadie en quien recostarse para que distorsione convincentemente y aplace o corra la arruga, a nadie en quien confiar la salida de los atolladeros.
El desastre sembrado pierde uno a uno los velos con los que Chávez los cubría, y el gobierno se encuentra a solas con el gigantesco estropicio que ha llevado a cabo y con su colosal incapacidad para enfrentarlo. Llegó la hora de la verdad. Ya no tiene sentido decirse mentiras ni colorear de rosa el lúgubre paisaje. Ahora no queda sino decirse lo que todos sabían. El desastre está ahí, desnudo.
Está desnudo ante quienes lo produjeron, los hombres que han gobernado siguiendo las directrices de Chávez. De ellos, es precisamente sólo Chávez, siempre afortunado, el que se libra de la terrífica visión.
Tanto su temperamento como su situación lo libran de decirse: ¡Dios mío, qué he hecho! Los demás no tienen esa suerte.
Pero no sólo está desnudo ante ellos. También estará cada vez más desnudo ante el país todo. Siempre una buena parte de él supo lo que pasaba: es el país opositor.
Pero ahora también en el mundo de quienes respaldan a Chávez, la verdad del desastre será cada vez más inocultable. Al faltar la presencia de aquel que lograba aplazar los efectos de su propia gestión y les daba una solución provisional que funcionaba en los plazos indispensables, hasta que se hiciera necesaria la siguiente solución provisional, el equipo gobernante se encuentra ante la necesidad de encarar de frente problemas para los que no tiene soluciones agradables.
Tal vez si Chávez estuviera, podría cargar con el peso de medidas difíciles, y cargarlo a la cuenta de su popularidad y de su reciente victoria electoral. Pero el grupo de sus tenientes no cuenta con esos amortiguadores. Por eso es que, según se dice, se han aplazado medidas económicas que estaban listas, y cuya aplicación requería la presencia de Chávez, capaz quizás de soportar los costos políticos de las decisiones que se habían preparado.
También se dice que el aplazamiento se debe a la posibilidad de una nueva elección presidencial, en la que el abanderado oficialista no podría con el peso de unas medidas económicas que vendrían a concretar el fin de la "regaladera" ominosamente anunciado por Giordani.
El caso es que también ante el país en su conjunto, la magnitud del desastre va a quedar desnuda. Los que de entre sus partidarios así lo quieran, podrán aprovechar la ausencia de Chávez para no cargarle la responsabilidad a él, sino a sus ineptos colaboradores, a los cuales -pensarán- jugadas de mal gusto de la diosa Fortuna ha puesto al frente del gobierno.
Están por verse las consecuencias que va a sacar el grueso de la colectividad de esa caída de los velos y de la consiguiente toma de conciencia del país que se nos lega.
Dependerán tales consecuencias, como en obvio, de cómo se muevan los competidores políticos, el oficialismo y la unidad democrática, en ese escenario dominado por la terrible desnudez del desastre.
dburbaneja@gmail.com

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viernes, 4 de mayo de 2012

DIEGO BAUTISTA URBANEJA, EL CINISMO ETAPA SUPERIOR DE “LA REVOLUCIÓN”

El caso Aponte Aponte pone de relieve una dimensión del período que hemos estado viviendo estos últimos años, que quisiera explorar en las líneas que siguen.

La faceta más visible del fenómeno ha sido denunciada mil veces por las fuerzas democráticas del país. Nos referimos a las insondables profundidades que ha adquirido en estos años la corrupción y la perversión del ejercicio del poder. No más uno se asoma a los abismos en los que en eso se ha caído, hay que retirarse rápidamente de la escena, así de nauseabundo es el espectáculo que se ofrece a la vista y al olfato. 

Nunca en todo el siglo XX se llegó a niveles siquiera cercanos a lo que revela una exploración somera de los negociados que se han venido practicando en estos años: sus montos, el daño que se le ha hecho al país, la forma en que por allí se han ido decenas de miles de dólares que hoy reposan en cuentas rebosantes de personeros del régimen y de sus allegados.

Aponte Aponte lo que hace es revelar datos, detalles, episodios que ponen sustancia a la verdad general antes enunciada. No es el primero que lo hace, ni será el último. Lo importante sería que sus revelaciones disminuyeran el efecto de la anestesia en que parece sumida una parte importante del país, que aún dice estar respaldando a Chávez.

Pero no era a eso a lo que principalmente quiero referirme en este escrito. El caso es que esta experiencia que sus actores llaman “el proceso”, “la revolución”, pudo aspirar a la respetabilidad ética y política. 

A pesar de las grandes diferencias que lo separarían a uno de ella desde su inicio, tenía planteamientos que significaban una perspectiva política sustancial. Se trataba - se hubiera podido tratar - de algo frontalmente opuesto a la perspectiva demoliberal que predomina en las democracias que conocemos. Una concepción diferente del pueblo, de la relación del individuo con la sociedad, de la relación del pueblo con su líder, etc. Una concepción anacrónica, fracasada, ruinosa: seguramente y yo así lo creo. Pero, vaya, algo que en medio de su fracaso podía ser respetado como una opción por la que la mayoría del país optó, a la espera de que la dura experiencia hiciera ver a la mayoría el gran error que estaba cometiendo y que no pocos veníamos advirtiendo desde el comienzo de esto. (Algunos estudiosos le han puesto a esa perspectiva el nombre de populista, dándole a esa palabra un sentido que va más allá del significado que habitualmente le damos en nuestras conversaciones. Pero no entremos en precisiones académicas).

Pero no. Ese proyecto se ha hundido en el fango. No sólo es que carece de épica. Se le ha querido construir una en torno a las fechas de febrero del 92 y de abril del 2002 que el tiempo se encargará de desmontar en toda su falsedad. Pero no es eso lo más importante. Al fin y al cabo, a no todo el mundo le es dado practicar el heroísmo y tampoco las formas más ostensibles de la valentía. Lo más decepcionante es el lodo moral. Personas que usted ve y oye cortándose las venas por “la revolución”, tienen tras de sí tinglados tras los cuales amasan fortunas. No es posible creer en la autenticidad de algo así. Otros procesos radicales que también fracasaron en países no muy lejanos, pueden sin embargo mostrar que en verdad soñaron con lo que intentaron construir. Pero no esta trapisonda.

Esto no tiene nada que ver con el grueso de lo que es habitual llamar “el pueblo chavista”. Las razones del respaldo que ha dado a Chávez buena parte de los sectores populares se nutre de variadas vertientes de diversa calidad, pero en ningún caso puede ser él responsabilizado de lo que los personeros de “la revolución” han hecho con la ética del “proceso”: volverla trizas. Si algo hay que censurar allí, es la tardanza, la resistencia, a ver, a admitir, la trama de corrupción en que ha parado lo que tantas esperanzas sembró, hace ya años.

Podemos verlo todo en la imagen que nos ofrece el ex magistrado que es hoy un testigo protegido de organismos norteamericanos. Un hombre destruido, derruido. Obligado a confesar cosas que exponen de forma traslúcida todo el entramado del degrado, del cual él mismo fue protagonista de primer orden hasta hace nada. La vida dirá si le da una segunda oportunidad. Para nuestros efectos, lo fundamental es que sus declaraciones nos ofrecen la imagen moral íntima de este “proceso”, roído en las entrañas por la carcoma de la corrupción y del cinismo: del cinismo, la etapa superior de “la revolución”.

dburbaneja@gmail.com

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jueves, 19 de abril de 2012

DIEGO BAUTISTA URBANEJA / ¿ALGUIEN QUIERE LLEGAR A LOS TOBILLOS?

El oficialismo se la pasa diciendo que en la oposición no hay ningún dirigente que le llegue por los tobillos a Hugo Chávez. Se solaza en la forma en que éste concibe el ejercicio del liderazgo, para concluir que no hay nadie en el campo adversario que se le acerque ni de lejos.
El punto tiene interés y resulta más profundo de lo que a primera vista puede parecer. Porque no se trata de agarrar un metro y medir alturas para establecer quién está más alto y quién más bajo. El tema involucra más bien diferentes concepciones de lo que es ser un líder político.
La realidad es que a la oposición democrática no le interesa tener un líder que le llegue a Chávez a ningún lugar, y ni siquiera que lo supere en el tipo de liderazgo que el barinés ejerce sobre sus seguidores. En la oposición democrática no queremos un Chávez, ni bajito ni alto. La forma en que entendemos el ejercicio del liderazgo es completamente distinta a la forma en que lo conciben Chávez y sus más fieles acólitos.
Chávez entiende el liderazgo como el logro del seguimiento ciego de sus partidarios. La sumisión casi religiosa a sus dictados y sus arengas. Se ubica en el terreno del fanatismo, de la hipnosis, del hincarse de rodillas. El seguidor es aquí una voluntad vacía, quiere lo que Chávez quiera, dice lo que el personaje diga.
En el campo democrático entendemos las cosas de otro modo. Efectivamente, en él no hay nadie que se acerque a la concepción chavista del liderazgo. Allí no hay nadie que se pierda en el éxtasis ni que se arrodille. Nadie que le pida al líder que le diga lo que tiene que creer, o que decir, o que pensar. Seguramente si hubiera alguno que se moviera en esa idea de las cosas, no tendría vida en el mundo de la oposición democrática. Ya me imagino el comentario: “Aquí no queremos otro Chávez”. El contar con un líder del tipo al que Chávez pertenece constituye el principal activo con que cuenta el mundo oficialista. Ese sector se ha construido en torno a esa noción del liderazgo y no puede vivir sin algo así. De modo que para él es vital tener su Chávez, y en todo caso “un” Chávez. El mundo democrático, en cambio, se ha construido en torno a otra idea de las cosas. El tipo de líder que acepta, con el que funciona, es diferente. Nadie allí está en busca de la clase de dirigentes en la que se ubica Chávez.
Por eso en la oposición democrática no hay crisis de liderazgo a la vista. Se escogió en forma masiva el que la está representando, Henrique Capriles, en unas primarias en las que compitieron cinco más y se retiraron de la contienda varios de gran valía y con credenciales de sobra, sin contar con los que nunca entraron en ella. Nunca será crucial allí el tema de la “sucesión”, del “delfinato”, ni nada de eso. Ni siquiera se planteará. De manera que el oficialismo puede disfrutar cuanto quiera sus fanfarronadas, porque en el campo democrático nadie pretende competir con Chávez en un tipo de liderazgo que allí no se admite ni se desea.
Donde sí tienen un problema con lo del tobillo es el campo oficialista. Porque allí sí que no hay nadie que le llegue a Chávez por los tobillos, siendo ese el tipo de liderazgo que necesita y con el que funciona ese campo político. Un mundo donde es obligatorio establecer adónde “le llegan” a Chávez sus lugartenientes, porque él es la medida, el baremo, el sol que todo lo alumbra y todo lo ubica.
A la oposición democrática no le hace falta “un Chávez” así fuera enano. Al mundo oficialista sí. Mientras que la afirmación de que el en sector democrático no hay quien le llegue a los tobillos al comandante es algo que resbala como una crítica inofensiva e impertinente, el mismo señalamiento hecho al campo oficialista resulta una daga clavada en un punto muy sensible. Esta es una afirmación válida en cualquier circunstancia, cuya validez no depende de las complicaciones de salud que en la actualidad atraviesa el jefe del oficialismo. Para ese sector siempre ha sido un problema gravísimo el no disponer de nadie que le pueda lavar los zapatos a su máximo dirigente. Ahora lo es mucho más, pues la crisis que ello acarrea se ha actualizado mucho más pronto de lo que se había pensado. También me imagino el comentario angustiado: “La verdad es que ninguno de nosotros le llega por los tobillos”.
Ningún país necesita esa clase de liderazgo. Por lo regular, resultan terribles para sus sociedades. Dios quiera que más nunca volvamos a tener uno así.
dburbaneja@gmail.com

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