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martes, 2 de octubre de 2012

HECTO B. TRILLO, LA ILUSION DEL DISTRIBUCIONISMO


Segunda Opinión - 25-Sep-12 - Economía


LA ILUSIÓN DEL DISTRIBUCIONISMO

por Héctor B. Trillo

En materia económica toda acción es posible, lo que no es posible es evitar las consecuencias.

Prácticamente desde fines del siglo XIX y mucho más desde el inicio del siglo XX, se ha convertido en una especie de necesidad política la llamada distribución de la riqueza.  Probablemente el origen de esta idea tenga que ver con algunos postulados del socialismo, relacionados con la explotación del hombre por el hombre, a la que hiciera referencia Carlos Marx, lo mismo que la llamada teoría de la plusvalía, que definía como la diferencia entre lo que el obrero percibe como salario y el valor que representa aquello que produce.

Por supuesto que nuestro país no ha sido una excepción en esta línea. Durante muchos años el derrotero de la “distribución de la riqueza” fue parte de la campaña de prácticamente todos los partidos políticos.

No son pocos los analistas de la ciencia económica, incluido el citado Marx, que han arribado a la conclusión de que la llegada del llamado capitalismo con la Revolución Industrial y el advenimiento del derecho de propiedad han sido los pasos que permitieron al mundo entero dar un salto superlativo en la calidad de vida con  relación a la existente en el Medioevo.  La idea central del ideólogo citado era la de que el capitalismo conlleva errores que el socialismo debería corregir. Pero no negaba el salto cualitativo que el mundo había dado con la llegada del derecho de propiedad.

Esta pequeña introducción sirve para adentrarse en la cuestión específica de lo que podríamos llamar el costo del distribucionismo.

En Europa y en otras partes se habla del Estado Benefactor. Es decir, la cobertura social que debe hacer el Estado cuando las condiciones económicas no permiten a una parte de la población hacer frente a sus necesidades básicas. Distribuir la riqueza generada por unos, para que otros que no alcanzan a ella puedan sentirse plenos en el desarrollo de su vidas. El también llamado Estado de Bienestar.

Por supuesto que esta concepción de la vida y de la riqueza da pie al uso político que se hace, y que, con matices, es bastante universal. Cualquier político sabe que si “redistribuye” puede hacerse popular y obtener más votos en el futuro. Y hasta pasar a la historia como una persona de bien que se ocupa de “los humildes”.

Pero la producción de riqueza tiene su correlato directo en la productividad, es decir en la cantidad de bienes y servicios que es posible producir mediante un aporte determinado de capital y mano de obra.  En la productividad influyen factores como la tecnología, la educación de la población, la especialización y la carga administrativa de sostener al Estado.  Es aquí justamente donde entra a jugar el distribucionismo. El Estado aplica  impuestos con el objeto de poder cumplir sus funciones. Si entre sus funciones está la de atender a quienes no tienen acceso en un momento dado a determinado grado de bienestar, entonces también ésta función deberá ser atendida.

Pero esta atención tiene un costo. Y ese costo incide en la productividad empresaria.

En países como la Argentina la carga tributaria es muy grande, y no solamente por el costo económico o financiero directo que significa aplicar determinadas alícuotas o impuestos; sino también por el costo administrativo que deben afrontar las empresas y los particulares para cumplir con las exigencias de los organismos de control tributario. Todo este costo deteriora la productividad.

A partir de la crisis de fines de 2001, se adoptó en el país una política de tipo de cambio alto, también denominado cambio competitivo. Se buscó instalar un alto precio de la divisa para de ese modo favorecer la competitividad.  Al percibir los empresarios más pesos por sus ventas, su situación de competencia mejora.

Pero obviamente que este es un artilugio monetario que no reemplaza en modo alguno a la necesidad de volverse más competitivos. Y el artilugio, además, genera consecuencias, como por ejemplo la alta inflación que ahora padece el país.  Además, lo mismo que anteriores artilugios (como la llamada convertibilidad) no puede sostenerse indefinidamente. Eso es lo que está ocurriendo en estos momentos, en donde se aplican todo tipo de restricciones en el mercado cambiario porque una devaluación mayúscula de la moneda generaría un irrefrenable impulso inflacionario adicional que muy probablemente terminaría muy mal.

La realidad indica claramente que en nuestro país, luego de más de 60 o 70 años de políticas redistributivas de la riqueza, el atraso económico, tecnológico y, como derivados directos de ello, el atraso cultural se han hecho evidentes.

Ninguno de los postulados en los que se basa la distribución de la riqueza sirve para eliminar las carencias. Por el contrario las anquilosa y las convierte en permanentes. La ayuda social por tiempo indeterminado no resuelve los problemas de la falta de trabajo, de la pobreza o de la exclusión social, sino todo lo contrario, los vuelve permanentes. Esto es así porque quienes se ven beneficiados por ayudas o privilegios monetarios, por naturaleza prefieren conservarlos. Y quienes se los otorgan también, dado que así se garantizan las futuras elecciones políticas.

Pero el costo de sostener el sistema influye negativamente en la productividad y anula progresivamente la posibilidad de competir, a menos que los precios internacionales de los productos exportables suba de tal manera que compense la diferencia. Eso es lo que ha ocurrido en estos años con la producción primaria, especialmente de soja.

En los países centrales europeos, e inclusive en EEUU (aunque allí en mucha menor medida) existe una extensa gama de subsidios y atenciones a los efectos de garantizar a la población determinados beneficios.  Los estados europeos se han sobre endeudado a lo largo de los años como resultado precisamente de esa política. Allí ni los impuestos fueron suficientes.  Y la inflación (ese impuesto encubierto tan común en países como el nuestro) no es bien vista en aquellas latitudes.

La verdad es que los resultados de esta clase de ideología no han sido en absoluto positivos. Mantener la idea de que la vida no tiene un costo y de que en cualquier situación el Estado acudirá en nuestra ayuda no es, desde ningún punto de vista, algo razonable.

Es posible atender situaciones límite, dentro de ciertas pautas bien estudiadas, con ajustes econométricos y cálculos actuariales. Incluso asumiendo el costo. Lo que no es posible es suponer que la ayuda puede ser ilimitada y permanente. Es obvio que se trata de una ilusión. Una ilusión que sólo sirve para postergar el desarrollo, que contribuye a una suerte de humillación social y que desincentiva la universal necesidad de esforzarse en pos de un mundo mejor.

Atender lo básico durante un lapso, mientras se desarrollan políticas que tiendan a mejorar la eficiencia, es saludable. Pero aún así tiene un costo. Y ese costo debe ser contemplado.

La política y los políticos en general tienden a tirar la pelota hacia adelante, y no se hacen cargo luego de las consecuencias, pidiendo una y otra vez refinanciaciones, o cayendo directamente en cesaciones de pago como en el caso argentino.

El distribucionismo eterno y sin límites es una peligrosa ilusión. Es necesario siempre tener en cuenta lo que cuesta y cómo se afronta el pago de todo. En la vida no existe la gratuidad. Alguien debe pagarlo.

Inundar el mercado de billetes de banco no es sinónimo de reparto de riquezas. Es bueno tenerlo bien en cuenta. De una vez y para siempre. Aunque sea muy difícil aceptarlo.

Este es un reenvío de un mensaje de "Tábano Informa"


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domingo, 29 de abril de 2012

VÍCTOR SALMERÓN, DESCENSO DE LA PRODUCTIVIDAD EXPLICA EL DETERIORO DE LA CALIDAD DE VIDA, LA CAPACIDAD DE COMPRA DEL SALARIO ES IGUAL A LA DE 1966


Entre 1950 y 1978 Venezuela vivió un momento estelar con altos niveles de vida.

Una mirada de largo alcance revela que entre 1950 y 1978 Venezuela vivió un momento estelar donde la mayoría de las familias logró alcanzar niveles de vida jamás imaginados en las décadas anteriores, pero entonces, cayó la noche y comenzó una prolongada decadencia.

Apoyado en las estadísticas que Asdrúbal Baptista recopila en su obra Bases Cuantitativas de la Economía Venezolana y datos del Banco Central, el profesor del IESA, Miguel Angel Santos, muestra el extravío del bienestar en toda su magnitud al precisar que al cierre de 2011 la capacidad de compra del salario promedio es igual a la de 1966.

Estos 45 años de estancamiento tienen su origen en la atrofia de la productividad porque como señala Paul Krugman, premio Nóbel de Economía, a largo plazo la posibilidad de que un país alcance mayor prosperidad depende casi por entero de su capacidad para incrementar la producción por trabajador.

Cuando los trabajadores producen más las empresas incrementan el número de empleados y, si esto opera en toda la economía, la mayor demanda de trabajadores impulsa los salarios y por ende aumenta la capacidad de compra.

¿Por qué no ha crecido la productividad en Venezuela? Básicamente porque el capital, es decir, las máquinas y equipos que tienen las empresas para producir en relación al número de trabajadores dejó de aumentar.

"La relación capital por trabajador se ha deteriorado brutalmente y por tanto la productividad es muy baja, el stock de capital por trabajador es igual al que existía en 1966 por eso es perfectamente lógico que el salario real también se encuentre en este mismo punto", explica Miguel Angel Santos.

Cuando un país pierde el ciclo de inversión que lleva a más productividad y mejores salarios, cae en otro tipo de dinámica. "Se añaden más trabajadores a la infraestructura vieja, el mayor número de empleados sustituye la inversión y el retorno crece porque las empresas se reparten casi todo el beneficio en utilidad", agrega Miguel Angel Santos.

Venezuela es un caso único. Un trabajo elaborado por Hubert Scaith evaluó la productividad laboral en nueve países latinoamericanos entre 1960 y 2003, arrojando resultados dolorosos.

En 1960 Venezuela se ubicó en el tope de la productividad, pero entre 1970 y 2003 sufrió un profundo descenso de 35%, el mayor descalabro entre los países evaluados.

La convulsión

Los economistas José Manuel Puente, Pavel Gómez y Leonardo Vera abordan las causas que pueden explicar la caída de la inversión por trabajador en un análisis titulado "La productividad perdida".

Afirman que "una caída de la inversión puede ser parcialmente explicada por factores vinculados con decisiones políticas, choques exógenos que inciden negativamente en la rentabilidad esperada del capital y factores institucionales, tales como incapacidad para hacer cumplir las leyes, derechos de propiedad y un mercado laboral muy distorsionado".

A medida que un país en desarrollo avanza en el proceso de industrialización el excedente de mano de obra en sectores menos productivos se desplaza hacia los más productivos y el resultado es mayor productividad, como ocurrió en Venezuela en las décadas de 1950 y 1960.

Pero a partir de mediados de los años setenta el país experimenta un cambio en el empleo desde un sector de gran productividad, como la manufactura, hacia uno de poca productividad, como el de los servicios.
José Manuel Puente, Pavel Gómez y Leonardo Vera, destacan que el predominio de decisiones económicas que han llevado a la sobrevaluación de la moneda, subsidios no condicionados, controles de precios, controles administrativos y exenciones fiscales "suelen explicar la reasignación de recursos desde el sector transable hacia los no transables, con el consecuente daño al crecimiento de la productividad".

Añaden que el declive y volatilidad de la renta petrolera trajo consigo una visión cortoplacista "y el país aceptó pasivamente una desintegración sistemática de la cooperación político-económica" que golpeó la productividad.

No hay razones para esperar un cambio. La inversión privada, de acuerdo a los últimos datos publicados por el Banco Central registró un desplome de 43,6% entre 2007 y 2010, mientras que la sobrevaluación de la moneda se ha disparado disminuyendo el peso de la manufactura en el PIB.

@vsalmeron 

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