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martes, 3 de mayo de 2011

¿PORQUE SER LIBERAL EN EL SIGLO 21 EN ARGENTINA?. HORACIO V. POZO

Este año electoral nos impulsa a revisar ideas, proyectos, las conductas de los candidatos, actores y las que esperamos tengan los gobernantes y legisladores elegidos, para no volver a perder el futuro.

Los únicos que nos seguimos llamando “liberales” en Argentina somos los del Partido Liberal de Corrientes, después hay otros que se sienten y piensan como liberales pero no militan políticamente, otros lo hacen en algunos partidos nacionales que no son liberales pero que tienen grupos que conforman la natural diversidad o pluralidad interna que siempre existe. Los reconocemos a algunos partidos que defienden nuestras mismas ideas como  los Demócratas de Mendoza, los Demócratas Progresistas y algunas fuerzas provinciales que aunque tienen diversos orígenes profesan ideas liberales.-

Estas reflexiones no son una mirada al pasado sino al futuro. Pensando en nuestros hijos y nietos estas generaciones a las que la herencia les viene pesada.

Por arte de varias cosas vivimos una mezcla de autoritarismo y de ausencia de autoridad, un populismo vergonzoso, una demagogia agobiante la inequidad económica que tiene a un tercio de la población en situación crítica de pobreza e indigencia, ahora con una división en la sociedad provocada por la manipulación artificial  de las usinas del poder como aconsejaba Maquiavelo al Príncipe Florentino en la edad media.-

PORQUE SER LIBERAL en el siglo 21 en Argentina?   Porque son las ideas con las que las naciones han progresado, con las que apareció esa palabra (progreso) que antes no existía, porque es el hombre el centro de todo y no hay nada más importante salvo Dios. Pero para que este pueda crear, hacer, pensar debe disfrutar de la libertad.-

El galardonado con el Premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa en su reciente visita nos dijo muchas cosas interesantes, por ejemplo respondiendo a la pregunta  ¿Qué significa ser liberal?  Dijo: “El liberal que yo trato de ser cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que  respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción,  o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Esta es una peligrosa falacia”.

El peronismo y el radicalismo se van agotando en sus mezclas o eclecticismo, en sus contradicciones en el ejercicio del poder cuando les toca gobernar, ya no tienen  debate interno que aclare sus concepciones de la realidad y elaboración de propuestas y soluciones a los problemas, son instituciones que van perdiendo grupos que se conforman internamente por coincidencias pero no pueden convivir en el partido y terminan formando nuevas agrupaciones.

Los liberales no somos conservadores, creemos en la creatividad del hombre libre y la evolución de las ideas como fuerzas que logran el desarrollo material y espiritual, por eso los partidos deberían ir cambiando y adaptándose al mundo u orientando las tendencias, por eso en Estados Unidos los dos grandes partidos siguen siendo los mismos y se alternan en el poder, al igual  que en Inglaterra o Francia y ahora también nuestros vecinos latinoamericanos.-

Necesitamos dos grandes partidos de Centro, uno centro derecha y el otro centro izquierda, que podrían ser estos partidos pero deben renunciar a la demagogia, sin populismo, sin autoritarismo ni dictaduras. También existirán otras agrupaciones políticas que expresarán minorías representando legítimamente nuevas ideas o intereses sectoriales. Pero el interés general y el bien común debe estar garantizado por dos grandes partidos que unan al pueblo Argentino y aseguren su desarrollo con libertad y sin excluidos.-

Estos debates de opciones irreales a las que asistimos en Argentina, son demasiado antiguas y perimidas, como estatismo o privatismo,  educación pública o privada, inseguridad o mano dura,  protección del ambiente o productivismo, libertad de prensa o monopolios.  Todas falacias que sirven para dividir y distraer de los verdaderos debates y las bases de construcción de una Argentina moderna, que crezca con libertad, con calidad institucional, vinculada al mundo con futuro para todos los jóvenes. Es posible una Argentina en paz, que recupere la seguridad, funcione la justicia independiente, los jóvenes accedan a educación de calidad, se erradique la pobreza e indigencia.-

Horacio V. Pozo: Lic. en Economía - Miembro del Comité Ejecutivo del Partido Liberal - Director del Instituto de Formación y Capacitación del PL - Profesor de la UNNE Cátedra “Organización de Empresas Turísticas”
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miércoles, 23 de febrero de 2011

LA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA DEL SIGLO XXI. RAFAEL GROOSCORS CABALLERO

         Insistimos en la palabra y en el concepto de Revolución Democrática y la ubicamos, con exactitud, en el presente Siglo XXI y no por casualidad. La Revolución deviene cambio, alteración sustantiva del orden constituido; cambio hacia adelante, siempre en las fronteras del futuro. Y la Revolución, cuando es Democrática, se explica como un fenómeno impregnado de universalidad, carente de cualquier significación sectaria, excluyente o privativa en beneficio de unos y en contra de los demás

Al situarse en el Siglo XXI,  en definitiva, la proyectamos como una propuesta para ser alcanzada  el mismo día de hoy. En el mundo árabe acaban de producirse los primeros de una serie de movimientos, los cuales los más conocidos y respetados analistas internacionales han coincidido en llamar movimientos de la revolución democrática, en un área históricamente sometida a la férrea y continua perpetuación de regímenes autoritarios, supuestamente justificados por una relación de divinidad. Y no por tanto se expresen en alianza con los principios generales, de simple índole política, de la muy antigua Revolución Francesa, de 1780 (liberté, égalité, fraternité), sino por cuánto anuncian una voluntad colectiva de transformar las realidades sociales y económicas de las naciones ya afectadas, para incorporarlas a la “nueva modernidad”, a la revolución histórica del nuevo siglo.  

            En Venezuela, la palabra “revolución” ha servido para muchas tropelías y la mayoría de esas aventuras autodenominadas “revolucionarias” han terminado en hondas frustraciones, en tremendos engaños, los cuales han provocado la suspicacia y el temor con el cual los venezolanos reciben, cada vez, una nueva propuesta sugerente de un cambio, de una transformación revolucionaria. Hoy por hoy, la apellidada “socialista” o “bolivariana” no ha tardado demasiado tiempo en descubrir su propósito castrense, su naturaleza autocrática y su carácter de “apartheid” monocolor. No obstante, debemos reconocerlo, son millones los compatriotas de humilde condición social los que aún, en ausencia de otra alternativa en el espectro de las esperanzas, siguen creyendo en la posibilidad de alcanzar mejores condiciones de vida tras el arbitrario empuje del fraude imperante en el régimen que nos gobierna.  Sería irresponsable no advertirlos de cómo están exponiéndose a servir de “carne de cañón” a las ambiciones de poder, desmedidas, grotescas, de un grupo de inmorales que está llevándonos a un franco estado de destrucción nacional, en el siglo XXI, con falsos ideales concebidos ni siquiera en el siglo pasado, sino en el siglo XIX, cuando Carl Marx y Frederic Engels publicaron, en 1840, en la Gaceta de Berlín, su “famoso” Manifiesto Comunista.

            Tenemos que convencernos de estar en verdad en un nuevo siglo y que el mismo vocabulario político ha cobrado nuevos términos para el entendimiento común. No podemos permitir que se siga encerrando a las mentes, a las almas, a los sentimientos humanos de  nuestros connacionales,  en la vieja dicotomía de un “socialismo”  que salva, enfrentado a un “capitalismo” que oprime. Y tenemos que hacerlo con claridad y sin prejuicios. China, la antigua sociedad comunista de Mao Tsé Tung, se convirtió en la segunda potencia económica del mundo, precisamente, cuando se abrió a la globalización y se insertó en el mercado mundial. Probablemente mediante una original concepción de un “socialismo capitalista”.

La misma revolución democrática del mundo árabe ha podido tener éxito en la medida en la cual se fundamentó en la utilización de las nuevas redes sociales (Internet, Twitter, Facebook, etc.) no sólo para comunicarse multitudinariamente en regiones donde la libertad de expresión siempre estuvo proscripta, sino también para intentar un nuevo estilo, una manera diferente de organizarse y de activar una voluntad colectiva para la consecución de sus metas primigenias. No en vano hemos avanzado, tecnológicamente, como para no continuar aplicando los primitivos conocimientos de la humanidad, en cuanto a la organización social, el enriquecimiento cultural, el mejor desempeño, productivo, eficiente, cada vez más animado por la competitividad, del complejo aparato de la producción de bienes y servicios, para garantizarnos un crecimiento sostenido del beneficio en las condiciones de vida. El pasado cumplió su misión. Ahora nos toca prepararnos para vivir el futuro.

            La Revolución Democrática del Siglo XXI tiene que convencer a los pueblos de que quienes mejor pueden luchar y vencer a la pobreza y al atraso, son precisamente los afectados por esas endemias. No con limosnas populistas (léase “misiones”), sino preparándose para emplear con éxito los instrumentos de la superación. Tienen que aprender y educarse. Tienen que exigirle a la sociedad la obligación de prepararse educativamente. Nadie gana nada con el sostenimiento de una sociedad pobre y atrasada. Probablemente sólo convenga a regímenes como el presente en Venezuela, como convino a los comunistas de Stalin en Rusia y a los socialistas de los hermanos Castro en Cuba. O a los fundamentalistas que todavía gobiernan en el mundo árabe.

La Revolución Democrática tiene que crear “la otra universidad” y hacer que todo el mundo estudie, aprenda y se prepare para el trabajo. La educación obligatoria es una de sus metas. Luego la salud universal. La protección de todos, en todo momento y para siempre. Estado y Sociedad deben operar con un propósito común, mediante una estrategia concertada, contribuyendo sustantivamente para que todos sus integrantes gocen del mejor estado de salud posible, se alimenten adecuadamente y piensen, en libertad, sin privaciones físicas de ningún orden. Educarse y mantenerse sano, para trabajar cada vez más eficientemente, para hacer cada vez más productivo el esfuerzo común y competir con mayor vigor, en un mundo donde la competitividad debe ser una ley.

            Muchas de las instituciones que todavía operan en nuestros pueblos, deberían reorganizarse para estar a la altura de la exigencia del porvenir. Más que sindicatos, contratos colectivos, pliegos de peticiones y huelgas paralizantes del desarrollo económico, nuestros trabajadores, ya despegados de la pobreza y del atraso, deben presionar para el establecimiento de premios a la productividad, compitiendo entre si y haciendo cada quien mejor, los méritos para alcanzar posiciones gerenciales en las empresas u organismos donde laboren. Siempre hacia arriba. Nunca hacia atrás.

Y los partidos políticos, así como las demás organizaciones sociales, deben convertirse en movimientos con retos y objetivos definidos, sin los percances de la desviada presencia de rigores ideológicos, generalmente influidos por el pasado. Muchas ideas nuevas, ambiciosas, estremecedoras algunas, brillantes todas, pueden y deben surgir de esta necesaria concepción de la nueva modernidad, pero sin sacrificar, para nada, los valores fundamentales del sistema democrático, incorporado al todo del cuerpo social de la humanidad. Sin sacrificar la libertad. Sin sacrificar la justicia. Sin sacrificar la fraternidad.

            Una vez mas lo repetimos: es la hora de la Revolución Democrática del Siglo XXI. Ojalá podamos concentrarnos en esta convicción.

grooscors81@gmail.com    

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viernes, 6 de agosto de 2010

LA DEMOCRACIA VESTIDA, TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ

Para hablar de vestidos seguramente hay que ir hasta los griegos, pero precisando que semejante viaje se debe hacer sólo cuando se refiere uno a los vestidos de la democracia. Los vestidos pueden estar de moda o demodé porque, al fin y al cabo, la palabra moda nos llegó al español del francés mode y esta a su vez del latín modus, sólo que el lenguaje traicionero puede indicarnos que moda es un mecanismo regulador de elecciones. Del resto –de ponerle vestidos a la señora democracia- se encargaron las llamadas ideologías las que, aún hoy, fabrican adjetivos en serie sin aceptar que son ellas las pasadas de moda. Para rendir honor al origen de la palabra moda no hay como citar a Ives Saint Laurent: “A lo largo de los años he aprendido que lo importante de un vestido es la mujer que lo lleva.”

No había quórum, no había manera de tomar decisiones, era menester recurrir a incentivos económicos para que los ciudadanos concurriesen. Está en crisis la democracia, exclamaron los más preocupados. Este primer despojo de la moda ocurría por allá en Atenas y quien lo denunciaba era nada menos que Aristóteles. Para bajar las preocupaciones, Aristófanes escribió La asamblea de las mujeres donde, sin contemplaciones mira el delicado asunto con ojos de sátira. En efecto, Blépiro, asambleísta él, padece de estreñimiento y tiene que dedicarse a resolverlo, lo que hace que algunos vivos se aprovechen de tan arduo esfuerzo para ejercer la democracia con otro vestido.

El acto político es un acto de movilización de voluntades ajenas con eficacia suficiente para que resulte afectado el envoltorio, esto es, lo que está de moda. El filósofo Saint Laurent, a la manera racionalista del pensamiento francés, tal como lo cito, descubrió no obstante que lo importante es la mujer y no el vestido. Resulta indispensable recurrir a la escuela cínica cuando a la democracia se le pone el mismo vestido de la dictadura, sin darse cuenta que son dos mujeres muy distintas. Blépiro, el personaje de Aristófanes, nos deja claro que mientras algunos resuelven sus problemas digestivos otros asumen el protagonismo.

Uno de los vestidos múltiples que se le ponen a la democracia –además de los múltiples adjetivos- es el de la resolución de problemas. De manera que los que quieren hacer llegar a los ciudadanos a la convocatoria se esmeran en extraños anuncios. Uno –mientras transcurre este verano y se dedica a salir de agosto de la mejor manera posible- constata que no hacen algo distinto que tratar de vestir la democracia con trajes de siglos pasados, como si aquí estuviésemos en un museo de la moda y no en la urgente necesidad de rescatar al peor de los sistemas de gobierno -a excepción de todos los demás- como se dice en la ya clásica sentencia.

De esta manera los que recurren al acto político se convierten en sastres y no en hombres de Estado o en pensadores de nuevos códigos de ADN. Cuando uno habla de nuevas concepciones dicen que fulano de tal es su modelo, sin darse cuenta que se refieren a un pensador del siglo XIX. Cuando uno requiere de nuevos incentivos conceptuales para modificar la asamblea y el acto político, argumentan que la academia acabó con los “neo” y que todo es como lo dijo el clásico de comienzos del siglo XX. Así, la democracia se queda vestida con los trajes antiguos, mientras uno trata de rescatar a la mujer que embadurnada con tales telas acompaña a Aristófanes a los baños públicos de Atenas.

A estas alturas habremos entendido que no se trata de trajes lo que requiere la democracia. Lo que requiere es una reinvención, porque ofrecerle a los pueblos incentivos para que haga quórum en el acto político es como triplicar los óvalos que tanto molestaban a Aristóteles. Y como los griegos eran unos verracos y se las pasaban en la academia fuera de Atenas, siguieron inventando con la esperanza de que estas sociedades de origen cultural greco-latino mantuviesen la invención en lugar de dedicarse a hacer desfiles de moda. En buena parte la República Romana lo hizo, hasta el punto de que aquellos granjeros ilustrados que son llamados padres de la nación norteamericana la tuvieron más que presente.

Ahora andamos en esto que llaman el siglo XXI. La tecnología ha transformado el concepto de poder. Los ciudadanos ahítos de tanta tela vieja se marchan al sonido de las renovadas flautas del populismo y de los raídos vestidos ideológicos. Y los de la democracia lo único que pretenden es desempolvar los baúles, sacudir la telarañas, pedir restitución de la vieja monarquía que dejó a la gran dama expuesta ante las acciones de la rapiña militarista. Asocian –indebidamente es obvio- a democracia con mercado, cuando el asaltante de la dictadura desnuda se va en lenguaradas sólo atinan a reclamar respeto absoluto ante el altar de la propiedad privada. Eso se llama desconocer la evolución del pensamiento, sobre todo porque la dama de la que nos estamos ocupando no es un cuerpo con vida eterna que simplemente no envejece, sino que es un conjunto de pensamiento e ideas que se llevan a la realización en lo que he recordado a lo largo de este texto se llama acción política.

O el endeble cuerpo se reconoce como más importante que los vestidos o los restauradores del ancien régime se van a quedar con los crespos hechos. Lo peor no es que se queden ellos, es que dejen a toda una sociedad a merced de los depredadores. De manera que para tranquilidad de Aristóteles hay que reinventarse la democracia, hay que hacerla de este siglo, hay que dar respuesta a las quejas, como esa que va sobre el eclipse de la representación y de los partidos como dueños totalitarios de las postulaciones.

En definitiva, hay que dejar a Blépiro resolviendo su estreñimiento y darle un poco de descanso a Aristófanes, también porque ya Aristófanes no hay, lo que queda son simples Awards.

teodulolopezm@yahoo.com

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