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miércoles, 23 de febrero de 2011

LA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA DEL SIGLO XXI. RAFAEL GROOSCORS CABALLERO

         Insistimos en la palabra y en el concepto de Revolución Democrática y la ubicamos, con exactitud, en el presente Siglo XXI y no por casualidad. La Revolución deviene cambio, alteración sustantiva del orden constituido; cambio hacia adelante, siempre en las fronteras del futuro. Y la Revolución, cuando es Democrática, se explica como un fenómeno impregnado de universalidad, carente de cualquier significación sectaria, excluyente o privativa en beneficio de unos y en contra de los demás

Al situarse en el Siglo XXI,  en definitiva, la proyectamos como una propuesta para ser alcanzada  el mismo día de hoy. En el mundo árabe acaban de producirse los primeros de una serie de movimientos, los cuales los más conocidos y respetados analistas internacionales han coincidido en llamar movimientos de la revolución democrática, en un área históricamente sometida a la férrea y continua perpetuación de regímenes autoritarios, supuestamente justificados por una relación de divinidad. Y no por tanto se expresen en alianza con los principios generales, de simple índole política, de la muy antigua Revolución Francesa, de 1780 (liberté, égalité, fraternité), sino por cuánto anuncian una voluntad colectiva de transformar las realidades sociales y económicas de las naciones ya afectadas, para incorporarlas a la “nueva modernidad”, a la revolución histórica del nuevo siglo.  

            En Venezuela, la palabra “revolución” ha servido para muchas tropelías y la mayoría de esas aventuras autodenominadas “revolucionarias” han terminado en hondas frustraciones, en tremendos engaños, los cuales han provocado la suspicacia y el temor con el cual los venezolanos reciben, cada vez, una nueva propuesta sugerente de un cambio, de una transformación revolucionaria. Hoy por hoy, la apellidada “socialista” o “bolivariana” no ha tardado demasiado tiempo en descubrir su propósito castrense, su naturaleza autocrática y su carácter de “apartheid” monocolor. No obstante, debemos reconocerlo, son millones los compatriotas de humilde condición social los que aún, en ausencia de otra alternativa en el espectro de las esperanzas, siguen creyendo en la posibilidad de alcanzar mejores condiciones de vida tras el arbitrario empuje del fraude imperante en el régimen que nos gobierna.  Sería irresponsable no advertirlos de cómo están exponiéndose a servir de “carne de cañón” a las ambiciones de poder, desmedidas, grotescas, de un grupo de inmorales que está llevándonos a un franco estado de destrucción nacional, en el siglo XXI, con falsos ideales concebidos ni siquiera en el siglo pasado, sino en el siglo XIX, cuando Carl Marx y Frederic Engels publicaron, en 1840, en la Gaceta de Berlín, su “famoso” Manifiesto Comunista.

            Tenemos que convencernos de estar en verdad en un nuevo siglo y que el mismo vocabulario político ha cobrado nuevos términos para el entendimiento común. No podemos permitir que se siga encerrando a las mentes, a las almas, a los sentimientos humanos de  nuestros connacionales,  en la vieja dicotomía de un “socialismo”  que salva, enfrentado a un “capitalismo” que oprime. Y tenemos que hacerlo con claridad y sin prejuicios. China, la antigua sociedad comunista de Mao Tsé Tung, se convirtió en la segunda potencia económica del mundo, precisamente, cuando se abrió a la globalización y se insertó en el mercado mundial. Probablemente mediante una original concepción de un “socialismo capitalista”.

La misma revolución democrática del mundo árabe ha podido tener éxito en la medida en la cual se fundamentó en la utilización de las nuevas redes sociales (Internet, Twitter, Facebook, etc.) no sólo para comunicarse multitudinariamente en regiones donde la libertad de expresión siempre estuvo proscripta, sino también para intentar un nuevo estilo, una manera diferente de organizarse y de activar una voluntad colectiva para la consecución de sus metas primigenias. No en vano hemos avanzado, tecnológicamente, como para no continuar aplicando los primitivos conocimientos de la humanidad, en cuanto a la organización social, el enriquecimiento cultural, el mejor desempeño, productivo, eficiente, cada vez más animado por la competitividad, del complejo aparato de la producción de bienes y servicios, para garantizarnos un crecimiento sostenido del beneficio en las condiciones de vida. El pasado cumplió su misión. Ahora nos toca prepararnos para vivir el futuro.

            La Revolución Democrática del Siglo XXI tiene que convencer a los pueblos de que quienes mejor pueden luchar y vencer a la pobreza y al atraso, son precisamente los afectados por esas endemias. No con limosnas populistas (léase “misiones”), sino preparándose para emplear con éxito los instrumentos de la superación. Tienen que aprender y educarse. Tienen que exigirle a la sociedad la obligación de prepararse educativamente. Nadie gana nada con el sostenimiento de una sociedad pobre y atrasada. Probablemente sólo convenga a regímenes como el presente en Venezuela, como convino a los comunistas de Stalin en Rusia y a los socialistas de los hermanos Castro en Cuba. O a los fundamentalistas que todavía gobiernan en el mundo árabe.

La Revolución Democrática tiene que crear “la otra universidad” y hacer que todo el mundo estudie, aprenda y se prepare para el trabajo. La educación obligatoria es una de sus metas. Luego la salud universal. La protección de todos, en todo momento y para siempre. Estado y Sociedad deben operar con un propósito común, mediante una estrategia concertada, contribuyendo sustantivamente para que todos sus integrantes gocen del mejor estado de salud posible, se alimenten adecuadamente y piensen, en libertad, sin privaciones físicas de ningún orden. Educarse y mantenerse sano, para trabajar cada vez más eficientemente, para hacer cada vez más productivo el esfuerzo común y competir con mayor vigor, en un mundo donde la competitividad debe ser una ley.

            Muchas de las instituciones que todavía operan en nuestros pueblos, deberían reorganizarse para estar a la altura de la exigencia del porvenir. Más que sindicatos, contratos colectivos, pliegos de peticiones y huelgas paralizantes del desarrollo económico, nuestros trabajadores, ya despegados de la pobreza y del atraso, deben presionar para el establecimiento de premios a la productividad, compitiendo entre si y haciendo cada quien mejor, los méritos para alcanzar posiciones gerenciales en las empresas u organismos donde laboren. Siempre hacia arriba. Nunca hacia atrás.

Y los partidos políticos, así como las demás organizaciones sociales, deben convertirse en movimientos con retos y objetivos definidos, sin los percances de la desviada presencia de rigores ideológicos, generalmente influidos por el pasado. Muchas ideas nuevas, ambiciosas, estremecedoras algunas, brillantes todas, pueden y deben surgir de esta necesaria concepción de la nueva modernidad, pero sin sacrificar, para nada, los valores fundamentales del sistema democrático, incorporado al todo del cuerpo social de la humanidad. Sin sacrificar la libertad. Sin sacrificar la justicia. Sin sacrificar la fraternidad.

            Una vez mas lo repetimos: es la hora de la Revolución Democrática del Siglo XXI. Ojalá podamos concentrarnos en esta convicción.

grooscors81@gmail.com    

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sábado, 18 de septiembre de 2010

¿HORA DE UNA REVOLUCIÓN LIBERAL?, HECTOR A. MARTINEZ

Estamos en pleno siglo XXI y los partidos tradicionales han comenzado a padecer de fatiga política, síntoma propio de esa etapa institucional que es precisamente, la senilidad doctrinaria. Y es que, aún con los resabios que los viejos nos heredaron, las nuevas generaciones ya no queremos pintarnos del color de esos bandos cuya

s banderas han flameado en la campiña latinoamericana al son de la perorata del bullanguero “líder” del partido. En Honduras, el ADN partidista ha comenzado a desnaturalizarse y es natural que ello suceda: si a estas alturas los políticos siguen pensando que los mensajes que inducirán a los votantes a seleccionar a los “elegidos del pueblo” puede ser el resultado de una teoría pavloviana de causa-efecto, encaramada en el perverso marketing social, están milenariamente equivocados. Los votantes necesitan que una organización política se defina en su pensar y en su actuar porque, para ambivalencias, ya tenemos suficiente.

Y de la imprecisión no escapa el Partido Liberal de Honduras que, desde luego, resiente el deterioro. La disolución de la fórmula centenaria que sus padres fundadores le inyectaron, ha comenzado a surtir su efecto decadente. Para ser optimistas, de la concepción originaria de Céleo Arias y Policarpo Bonilla, o mejor aún: de Ramón Rosa y Marco Aurelio Soto, apenas queda un vago recuerdo. El credo fundador que fue una “exaltación de la

libertad y de los principios enaltecedores de la dignidad de la persona humana”, según reza la historia de ese partido, ahora sólo adorna panfletos. Y es que el problema sigue siendo la definición del rumbo. ¿Sabrán sus integrantes, veteranos y jóvenes, lo qué significa ser “Liberal”? Porque la militancia no basta si no se entiende ni se practica una doctrina. Orgullo para los liberales es afirmar que el PL es un partido pluralista, que abre puertas a todos los ideales y tendencias sin distingos, y ahí radica su crisis actual y la amenaza de un hipotético desmembramiento. Preguntamos, el pensamiento y doctrina del PL: ¿Deberá ser clásico; conservador o radical? Porque si se tiran por la primera opción, deberán hacer toda una revisión filosófica que obviamente deberá traducirse en un planteamiento sobre la economía de mercado, resguardada por una democracia no menos liberal. Y digo revisión porque, aunque la estructura demo-liberal sea el modelo adoptado en Honduras, el funcionamiento del mercado y de la democracia actual dista mucho de ser “liberal” en el sentido clásico de la acepción. Me imagino que esto provocaría reacciones negativas para evitar ser tachados de “neoliberales” por lo que buscarían una tendencia más centrista como la que hoy ostentan. Si el centrismo impera, la inclinación seguirá siendo una postura ambivalente que tanto daño le ha hecho al país cuando se le otorga “in sacris” una prioridad al Estado en la resolución de los problemas sociales y económicos y la empresa privada seguirá siendo algo menos que un feudo. Pero este estilo ¡ay! seguirá siendo el patrón hasta ahora practicado porque es el cuño que ha promovido una substancia heterogénea de izquierdistas y conservadores en el PL que no sabe a nada, más que a un populismo execrable. Un unto de profesionales universitarios de clase media calados en “tuxedos” que hablan de economía de mercado y de doctrinas clásicas, siempre y cuando se apliquen bastante lejos de nuestro país.

Y siempre habrá chance para las tendencias radicales como la que se ha colado actualmente –recuerde que el PL es pluralista-. Pues bien: de aquella ala izquierdista de antaño, tampoco queda nada: jóvenes empresarios; profesionales ex militantes del FRU, con una visión más conservadora, se han extinguido. Ahora contamos con una remesa sureña de refundadores que se han valido del partido para concretar otras ideologías enemigas del liberalismo, de la democracia y sus instituciones. Compare el pensamiento de Patricia Rodas con el de su padre y se va a dar cuenta de la sustitución abominable de un pensamiento alejado de la doctrina original. Socialismo y liberalismo son incompatibles.

Mientras se deciden, debemos recordarles a los dirigentes liberales que ya es hora de modernizar al partido con una concepción que vaya más allá de la teoría trazada en los viejos idearios. Que aunque las libertades individuales siguen siendo el progreso de una sociedad y la consolidación de un Estado de Derecho, la realidad exige el respeto por un mundo donde los individuos sean iguales ante la ley, sin que existan privilegios ni distinciones para algunos, ni la falta de oportunidades para otros. Y eso mis amigos, significa hacer una revolución que vuelva inmune al partido contra la infección de cualquier alimaña ideológica que se precie de ser “liberal”. Porque entonces van a seguir cayendo en el error que ya cometieron un día y que les está costando peligrosamente hasta la propia existencia.

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