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martes, 4 de noviembre de 2014

CARLOTA SALAZAR CALDERÓN, EL CAUDILLO COMO FIGURA DE REEMPLAZO DE LA INSTITUCIONALIDAD

CARLOTA SALAZAR CALDERÓN
La institucionalidad es el hombre
 El caudillo criollo es, guardando las distancias, el mismo bandido del Medioevo, que aglutinaba gente para asaltar feudos, con la finalidad de robar y distribuir el botín. En Venezuela lo importamos del sur de España en tiempos de la colonia, como el líder, el cabecilla de una rebelión, jefe o cacique. Este caudillo era quien organizaba a la gente: pobre, desposeída, desplazada, excluida a cambio de prebendas. Es un ser de cualidades físicas e intelectuales que le permite reclutar partidarios, son verdaderos líderes, con características propias: - control absoluto de la situación (centraliza el poder) - no tiene adversarios, sino enemigos a vencer y - en una relación de ordeno y mando: sumisión e incondicionalidad.
El liderazgo caudillista se ha ido ajustando al zeitgeist, al espíritu de los tiempos:
Cuando comienza la lucha por la independencia de Venezuela, los líderes independentistas asumieron el comportamiento del caudillo, para poder aglutinar fuerzas. Los caudillos de la época, estaban más con la monarquía que con  la libertad al igual que la sociedad venezolana. Entonces pasó a ser un problema de prebendas más no de ideales, así la post-guerra independentista, creó un hombre cómodo que recibió méritos inmerecidos, gloria a toda costa, espíritu de casta, que estableció diferencias de rasgos y privilegios.
Con la separación de la Gran Colombia (1830), los líderes: oligarcas y liberales, utilizaban ese mismo comportamiento, para asumir el poder: montoneras y asaltos. En expresión de Lynch, cuando el caudillo emergió desde el ámbito local a la historia nacional, cambió el poncho por el uniforme y la estancia por el palacio, y podía ser contemplado como un ser autónomo y absoluto. Autónomo puesto que no debía obediencia a ninguna otra persona, a excepción de sí mismo. Absoluto, por cuanto no compartía el poder con ninguna persona o institución. Idealmente, su gobierno era de carácter permanente, dominado por su imperiosa voluntad de poder y poseyendo el derecho de designar a su propio sucesor. El orden social sometido a los designios del caudillo de turno: José Antonio Páez (el centauro de los llanos, creo una oligarquía conservadora que exacerbó el centralismo), José Tadeo Monagas (implantó una sucesión familiar en el ejercicio del poder), Antonio Guzmán Blanco (Ilustre Americano Regenerador de Venezuela, centralizó el ejercicio del poder en él), Joaquín Crespo (provoca el continuismo),   Cipriano Castro (la constitución a la medida de un gobernante) y Juan Vicente Gómez el gendarme necesario, el cesar democrático que pacifica al país a costa de sus las libertades ciudadanas.
La lucha por la democracia produce importantes liderazgos, que si bien es cierto no eran caudillos como: Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco… no es menos cierto que son los partidos políticos los que asumen ese comportamiento, con estructuras leninistas, cerradas, comenzaron a captar todas las estructuras de la sociedad venezolana: gremios, sindicatos y asociaciones civiles;
En el año 1999 Venezuela produce un cambio importante en el sistema político de democracia representativa a participativa, a través del sistema nacional de planificación, para acercar el poder a la ciudadanía. Con lo cual se debía minimizar el rol del gobernante. Sin embargo, a partir del 2005 el gobierno del ex presidente Chávez comienza a transitar el Socialismo del Siglo XXI, mediante el Estado Comunal, esquema diametralmente opuesto al constitucional y demás de ello absurdamente centralista. Un ejercicio personalista del poder.    
         Así es como hoy en plena siglo XXI, Venezuela es un país donde el gobernante de turno tiene en sus manos el funcionamiento de las instituciones públicas, desde un esquema de centralista agotado y fracasado. Antes y ahora han hecho trajes a su medida con la constitución y las leyes, debilitando la institucionalidad venezolana, operando la figura del reemplazo: la institucionalidad es el hombre.
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Carlota Salazar Calderón
carlotasc@gmail.com
@carlotasalazar

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domingo, 27 de abril de 2014

CARLOS ALBERTO MONTANER, UN APÉNDICE DEL CAUDILLO NUNCA ES CONVENIENTE, ENTREVISTAS,

ENTREVISTA DE MONTANER EN PANAMA

Montaner fue a Panamá a disertar sobre la reelección. Dijo que los demócratas cubanos y venezolanos tienen una deuda moral con el presidente Ricardo Martinelli, uno de los pocos gobernantes de América Latina que algo han hecho por proteger a las víctimas. Esas palabras desaparecieron en el torbellino de la contienda electoral que llegará dentro de pocos días. Suele ocurrir cuando se desbordan las pasiones, como hoy sucede en Panamá. 

INSTITUCIONALIDAD. El activista internacional, periodista
 y escritor de 29 libros, Carlos Alberto Montaner,
 expuso ante la Fundación Libertad
sobre la inconveniencia para la democracia
de cualquier tipo de reelección presidencial.
LA PRENSA/Jazmín Saldaña.
(La Prensa) El activista político Carlos Alberto Montaner sintetizó los principales argumentos en contra de la reelección presidencial, desde aquella que se realiza por mandato legal, hasta la que se disfraza a través de interpuestas personas, para ejecutarla técnicamente, intentando burlar las disposiciones constitucionales.

El foro donde se vertieron estas opiniones fue el evento conmemorativo del aniversario de la Fundación Libertad, celebrado este miércoles.

Montaner, quien es además periodista y autor de una treintena de libros, se dirigió al auditorio utilizando un lenguaje cálido, directo y en ocasiones finamente sarcástico, no carente de un abanico de anécdotas que ha recolectado a lo largo de sus casi 40 años de combates intelectuales contra los regímenes autoritarios como los de Venezuela y Cuba.

En esta ocasión, Montaner arrancó su exposición con una anécdota sobre quienes pretenden defender la reelección, aduciendo que los sistemas parlamentarios (aquellos donde el jefe de gobierno es elegido del Congreso por mandato constitucional), la practican.

Montaner narró que participaba en una reunión con diputados europeos y guatemaltecos, cuando uno de estos últimos “con gran desfachatez”, contaba “cómo les pagaban” por las leyes que aprobaban. “La vía de pago eran unas cajitas con dólares, narraba el legislador centroamericano”. Entonces, en un momento de tensión, la esposa del diputado guatemalteco le increpó diciendo : “Esa ley valía mucho más de lo que tú cobraste por ella”, ante los ojos atónitos de los eurodiputados.

Esto es América Latina, aseguró Montaner, ante las risas de los presentes, sin hacer referencia alguna al tristemente famoso caso Cemis de Panamá, al escándalo de los relojes Cartier o al no tan antiguo comentario del presidente de la Asamblea Nacional, Sergio Gálvez, que sentenció: “El que no da, no va”. Estas “anécdotas” panameñas no tienen nada que envidiarle a las del país de los quetzales.

Como ejemplo de personaje en positivo que fue reelegido por largo tiempo, Montaner menciona al expresidente del Gobierno español Felipe González, “el hombre que más ha gobernado en la democracia española”. Son cosas distintas, opina, “ya que en nuestros países el parlamentarismo sería aun más difícil , porque tienen un mayor nivel de descrédito que los sistemas presidenciales”.

SIETE ELEMENTOS

Montaner explicó a su auditorio siete elementos por los que considera que la reelección es un error.

Para el escritor cubano, la reelección obstruye el reemplazo generacional y la competencia entre líderes y la circulación de las élites.

Estima que los jóvenes deben interactuar en un clima de participación y de competencia, y esto no es posible donde existen caudillos que se “anquilosan” (aferran) en el ejercicio del poder.

Su segundo argumento es que la reelección refuerza el caudillismo frente a las instituciones, que a su juicio son lo más importante.

Pone como ejemplo a Suiza, país respecto al cual muchas personas no conocen el nombre de su presidente, mas es famoso por la fortaleza de sus instituciones. “Hay que evitar el surgimiento de caudillos”, destacó Montaner, porque son, entre otras cosas, consecuencia de la reelección.

EL CÍRCULO CORTESANO

El tercer argumento de Montaner es que cuando se prolonga el mandato, el caudillo se va rodeando de cortesanos, que lo halagan y confunden en busca de privilegios. Esto ocasiona, dijo, que el sistema se desplace hacia una sociedad de acceso limitado a “beneficiarios de la corte”, sostuvo.
La reelección agrava el surgimiento de una nociva relación mercantilista entre el poder económico y el político, señala Montaner, para quien este círculo se “retroalimenta mutuamente y fomenta la corrupción”.

Basado en este elemento (el cuarto), el autor sostiene que el poder político recibe recursos, para mantenerse y prolongarse de parte del aparato económico del país y al mismo tiempo refuerza ese poder económico en una especie de “mecanismo perverso que es corrupto por las dos puntas”.

“Este círculo vicioso se limita, cuando no existe la reelección”, indicó.

“Existe el mito que la reelección incrementa la experiencia del gobernante”, opina Montaner en un quinto punto. El “cuento” de la experiencia es relativo, porque no hay garantía de que pasar por un cargo significa que se aprende de los errores y se van a hacer las cosas de otra manera. A su juicio este enfoque errado se refleja en las burocracias “¿Porque se hace esto así? ¡Porque siempre se ha hecho así!”, cuestionó Montaner, quien piensa que este mito se fortalece con la reelección.

FÓSILES DE VISIÓN CORTA

La sexta tesis antirreelección de Montaner va ligada a que los viejos gobiernos se quedan sin ideas. “Se van fosilizando, se resisten a las reformas, y crean burocracias calcificadas, cada vez más incompetentes”, sostuvo el cubano, para quien un mal gobernante, cuanto más tiempo gobierna, más daño hará a la sociedad.

La no reelección refuerza la noción de que lo conveniente es seguir planes de gobierno a largo plazo, sostiene Montaner en su séptima tesis. Él estima que gobernar es una obra continua en la que el Presidente es solo un factor transitorio limitado por la ley y que la reelección es mala en todas las variables. Ya sea consecutiva, alterna o indefinida.

Si se tiene la suerte de tener un gran Presidente, es mejor contar con su consejo, que “convertirlo en una persona imprescindible”.

El experto propone el restablecimiento de una vieja figura jurídica llamada “juicio de residencia”, consistente en una gran auditoría abierta, a todo funcionario que termina su cargo. Para Montaner, la transparencia en la gestión pública debe ser llevada al plano de las responsabilidades penales.

En entrevista con este diario, el cubano contestó a preguntas referentes al plano nacional, complementando sus respuestas con casos latinoamericanos.

¿CÓMO PARAR A UN MANDATARIO REELECCIONISTA ?

Una reelección indefinida es un error, porque se gobierna para ser reelegido, no pensando en las cosas fundamentales. La reelección no impide, pero dificulta la posibilidad de que los partidos escriban proyectos políticos de largo aliento. La pretensión de querer terminar una obra de gobierno es absurda. Hay que hacer cosas y hay que dejar. Tener en la cabeza un proyecto país que debe continuar el que venga detrás. Hay que crear las condiciones y las instituciones. La planificación centralizada del futuro tampoco funciona. El peso del caudillo siempre es a costa de las instituciones.

¿COMO EVITAR LAS REELECCIONES TÉCNICAS O ´DE HECHO´, COMO EL CASO DE LA PRIMERA DAMA DE PANAMÁ?

Creo que la responsabilidad es del electorado. El elector no es una persona ingenua y debe aprender a votar, utilizar su voto inteligentemente porque es lo único que tiene en una democracia. Existen las leyes para poner límites a los poderes públicos, pero hay una responsabilidad por parte del elector.

Pero el Presidente de Panamá puso a su esposa en la nómina siguiente…

Salió muy mal en Argentina con Perón. Isabelita Perón fue el desastre mayor. En Estados Unidos yo creo que la señora Clinton tiene legitimidad, como ella misma. Senadora , secretaria de Estado… tiene peso y no ha sido consecutiva.

¿ES NEGATIVO UTILIZAR A LA PRIMERA DAMA ACTUAL EN LA NÓMINA PRESIDENCIAL?

Depende del tipo de formación que tenga la primera dama, el tipo de figuración política que tenga. Eso sería un apéndice del caudillo y eso nunca es conveniente. Pasó de alguna manera con Mireya (Moscoso). No era ni siquiera la viuda, pero la proximidad sirvió para que la eligieran.

¿QUÉ SÍNTOMAS ANTICIPAN QUE UN PRESIDENTE ES UN DICTADOR EN POTENCIA?

La intolerancia, el hecho de que quiera cambiar las reglas y tratar de acaparar poder político, poder económico. Tratar de controlar otras instituciones, como por ejemplo el poder judicial. Todo eso es sintomático de caracteres que no son democráticos.

¿QUÉ PELIGRO REPRESENTA PARA PANAMÁ UN CRECIMIENTO SIN INSTITUCIONALIDAD?

Se puede producir un fenómeno parecido al de Venezuela y se le puede abrir la puerta, en algún momento, ante una crisis económica, que son cíclicas y que vienen, a un tipo de gobierno populista, caudillista que destroce el sistema. No hay ningún gobierno en América Latina que esté vacunado contra esa posibilidad. Esa posibilidad se da cuando las instituciones no funcionan, cuando el derecho no funciona.

¿CUÁL DEBE SER EL PAPEL DE LOS MEDIOS Y DE LA SOCIEDAD CIVIL, A QUIENES SE ACUSA DE QUERER COGOBERNAR, EN ESTE ESCENARIO?

Está muy bien que los medios de comunicación denuncien y abran el juego para que se escuchen voces plurales. Que no entren en condescendencia con ningún poder, ni con ningún grupo, sino que mantengan su condición de factor independiente dentro de la sociedad, cuya función es reflejar lo que sucede. Revisar las acciones de los poderes públicos y también de los sectores privados. La sociedad civil tiene la obligación de juzgar, de actuar y de ser ese auditor que no quiere el gobierno, que sea. Eso enriquece la obra de gobierno. Hay que entender que el mandatario tiene un mandato de la sociedad y que su primera función es cumplir la ley, y no puede hacer otra cosa que lo que la ley le marca.

Carlos Alberto Montaner
montaner.ca@gmail.com
@CarlosAMontaner

http://www.prensa.com/impreso/panorama/apendice-del-caudillo-nunca-es-conveniente/314429

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sábado, 2 de noviembre de 2013

CARLOS ALBERTO MONTANER, LA PSICOPATOLOGÍA DE LOS CENSORES

En memoria de Agustín Alles, buen periodista y buen amigo

En foros como éste (Sociedad Interamericana de Prensa, Miami, FL 30-11-2013), generalmente, y es una labor muy útil, se suele hacer una descripción detallada de cuáles son los peligros que acechan a la libertad de prensa, quiénes son sus más encarnizados enemigos y cuáles son las deplorables acciones que realizan.

No obstante, voy a acercarme al fenómeno desde una perspectiva diferente: ¿por qué sucede? Es decir ¿por qué hay gobernantes que requieren del aplauso absoluto de la sociedad?  ¿Por qué hay personas que necesitan silenciar a sus opositores y construir un mundo irreal de apoyos, como aquellas “Aldeas Potemkin” que se construían en Crimea para persuadir a la implacable zarina y a quienes visitaban a Rusia de que en el enorme país se vivía una realidad espléndida y próspera?

¿Por qué estos gobernantes dedican enormes recursos a la innoble tarea de edificar sociedades corales que repitan mecánicamente el discurso oficial, y con el objeto de lograr esa extraña conducta de los asustados ciudadanos, convertidos en súbditos obedientes, están dispuestos a crear estados policíacos dedicados a vigilar y confirmar que todos suscriban las mismas ideas y a castigar a los que se desvíen del guión obligatorio?

¿Por qué el gobierno de Cuba, y en menor escala (todavía) los de Venezuela y Nicaragua, impiden las manifestaciones de los opositores y las enfrentan con actos de repudio orquestadas por la policía política para acallar las voces de protesta, como si la unanimidad fuera un comportamiento normal, cuando sucede exactamente lo contrario?

¿Por qué se presentan los actos de repudio, esos pogromos modernos, como si fueran expresiones espontáneas de la sociedad ofendida por los disidentes, cuando todo el mundo sabe que se trata de manifestaciones de odio organizadas y dirigidas por el grupo dominante para aplastar o silenciar la inconformidad de ciertas personas y, de alguna manera, para ratificar el supuesto apoyo mayoritario que tienen el líder supremo y su gobierno?

¿Por qué hay gobernantes que necesitan tener razón siempre, y, cuando no la tienen, ocultan la realidad, deforman los hechos y convierten la divulgación de la información que los contradice en un delito de lesa patria?

¿Quién puede creer en la neurótica uniformidad de Corea del Norte? ¿No se ha visto, tras la caída de todas las dictaduras, las de derecha e izquierda, que esos regímenes monolíticos, empeñados en mostrar panoramas sociales y políticos uniformes, son pura coreografía dirigida por los comisarios políticos?

En definitiva: ¿por qué ocurre este comportamiento anómalo?

La primera observación, bastante obvia, es que, generalmente, detrás de cada dictadura suele haber un caudillo. Es cierto que, en algunas oportunidades, más bien raras, son dictaduras institucionales que renuevan cada cierto tiempo la cabeza dominante, como sucede en la China postmaoísta, que hoy es algo así como un despotismo capitalista salvaje, pero lo usual es que al frente de ese tipo de Estado exista una figura descollante, un mono alfa que determina la mayor parte de las acciones que se toman.

La segunda observación es que esa criatura que encabeza al Estado y se confunde con él y con el partido de gobierno, incluso con la historia, donde presume que arraiga su legitimidad, suele ser un tipo intolerante con la crítica. Persigue a quiénes tienen opiniones diferentes, trata de aplastar a quienes lo juzgan negativamente, y da por sentado que cualquier desviación de la línea oficial, o incluso cualquier omisión de los aplausos y halagos habituales que cree merecer, son obra de una oscura conspiración pagada por extranjeros malvados y ejecutada por canallas incalificables que traicionan los intereses sagrados de la patria.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué, por sólo citar algunos dictadores, Fidel Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Rafael Leónidas Trujillo, Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, José Stalin y tantos otros caudillos dictatoriales, carecen de tolerancia a la crítica?

A Fidel Castro lo llaman Máximo Líder, y se sabe que una de las “causas” que le llevó a fusilar al general Arnaldo Ochoa, o a sacar del poder sin contemplaciones a Carlos Lage y a Felipe Pérez Roque, fue descubrir, por medio de su servicio de inteligencia, que se burlaban de él.

Adolfo Hitler era el Führer, el Líder. Benito Mussolini era Il Duce, palabra derivada de dux, una especie de general. Mao era “el Gran Timonel”. El dominicano Rafael L. Trujillo, uno de los más feroces y temidos, se hizo llamar Generalísimo, como Francisco Franco, y le puso su nombre a la capital del país para equipararse con George Washington. En las casas se colocaban retratos del dictador con una leyenda: Dios y Trujillo. Contradecirlo era como contradecir a Dios.

Por supuesto, esta veneración, generalmente inducida, se escuda en la necesidad de defender a la revolución, a la dignidad del país o a la majestad del cargo que se ocupa, pero la realidad es que se trata de una conducta relacionada con la psicología del caudillo autoritario. Todos ellos coinciden, en mayor o menor grado, en lo que hoy se llama “liderazgo narcisista”.

El narcisista necesita que lo adoren. Vive para eso. Su autoestima se alimenta insaciablemente de la pleitesía que le rinden. La función de los demás mortales es confirmarle constantemente el inmenso talento que posee, la infalibilidad de sus juicios y la generosidad sin límite de sus intenciones.

El líder narcisista no puede aceptar las opiniones contrarias. Le provocan estados de rabia. Freud, hace casi un siglo, percibió el fenómeno de la intensidad con que los narcisistas sufren las críticas y le llamó la “herida narcisista”. El juicio negativo había dejado de ser sólo eso, una opinión adversa, y se consideraba una ofensa terrible que había que lavar con sangre o con un castigo ejemplar. Frente a la “herida narcisista”, surgía lo que Heinz Kohut, el gran renovador del psicoanálisis y el mayor experto en las personalidades narcisistas, mucho más tarde, en 1972, llamó la “rabia narcisista”. 

Esa rabia, cuando el que la padece y expresa (sobre todo expresa) es el líder narcisista autoritario, tiene dos funciones clave en el ejercicio del poder: opera como un gran elemento de intimidación dentro de la cúpula gobernante y se convierte en la antesala del castigo a quien se ha atrevido a retar la autoridad suprema del caudillo. El miedo, pues, se torna en el gran cohesivo de ese tipo de sociedad tiranizada. El caudillo autoritario, además, siente placer cuando advierte que las personas de su entorno lo temen tan pronto les enseña los colmillos. Ahí radica una de sus más preciadas gratificaciones emocionales. Se “sacrifica” en el ejercicio del poder para gozar del temor de sus subordinados, paradójicamente expresado por medio de aplausos y vítores.

Un perfecto ejemplo de cómo gobierna el caudillo narcisista autoritario y el papel que desempeña la rabia en el control de la clase dirigente, puede verse en la extraordinaria película La caída, sobre los últimos días de Hitler en el búnker donde encontrará la muerte por su propia mano, film fue concebido sobre el testimonio de una persona que vio y relató lo acontecido (http://www.youtube.com/watch?v=E-d0EBVKSMo).

Aquellos aguerridos generales con mando de tropa se morían de miedo ante los ataque de rabia de Hitler. Todos coincidían en que la guerra estaba perdida. Casi todos estaban dispuestos a rendirse, pero Hitler, pese a los síntomas de que era un tipo desquiciado, aquejado por temblores inducidos por los medicamentos que tomaba, o por un precoz mal de Parkinson, los intimidada con sus gritos y ellos callaban, pero apenas lo contradecían. No se atrevían.

Hitler, además, trataba de controlar personalmente los detalles de la guerra. Era y es otro rasgo frecuente en los narcisistas autoritarios. Son lo que los psicólogos llaman control freaks, una expresión que acaso puede traducirse como “maniáticos del control tiránico”. Son gentes que sienten un íntimo desprecio por los otros y sospechan de sus habilidades para llevar a cabo las tareas. Sólo ellos tienen el talento que se requiere para dirigir. Por eso, entre otras razones, tienden a querer perpetuarse en el poder. Nadie puede sustituirlos.

Ese elemento de control maniático y tiránico presente en la psicología del narcisista autoritario lo lleva a tratar de aislar a la sociedad para que no se exponga a los juicios negativos sobre su persona. De la misma manera que no cree en el talento o la habilidad de sus subordinados para llevar a cabo su trabajo sin la supervisión directa del caudillo superdotado, tampoco cree que la sociedad sea capaz de formular juicios justos independientes sobre su persona. Esa es la íntima justificación de la censura que tienen los narcisistas autoritarios. El pueblo, supuestamente, no es capaz de discernir la verdad de la mentira y hay que protegerlo con una espesa capa de silencio.

Es obvio que a nadie le gusta que lo ataquen o insulten, pero en el comportamiento del líder maduro democrático está la aceptación del rechazo y de la crítica adversa como parte normal del ejercicio del poder. Esos ataques ni siquiera determinan el nivel de aceptación general porque el conjunto de la sociedad realmente sí es capaz de entender que las críticas muchas veces son expresiones subjetivas de los adversarios políticos que no es necesario compartir. A Franklin Delano Roosevelt lo atacaron con saña algunos de los opositores más talentosos, pero esos ataques no consiguieron impedir que ganara cuatro elecciones presidenciales. Lo mismo puede decirse del general DeGaulle y de Winston Churchill. Vivieron rodeados de enemigos. Fueron vivamente criticados por unos y admirados por otros, como corresponde a la pluralidad natural de todos los conglomerados humanos.

Una de las ceremonias más importantes de exorcismo político en Estados Unidos es esa fecha anual en la que el presidente del país se reúne con los periodistas más ácidos y los humoristas más agudos para oír sus ingeniosas ironías y sarcasmos. Todos se burlan de él y él acaba por burlarse de sí mismo, terapia de realidad que liquida o combate cualquier vestigio de narcisismo que pudiera afectarle. Es una forma de recordarle al presidente que es sólo un americano más, provisionalmente seleccionada para cumplir una misión dentro de las leyes del país.

Sin duda, una parte importante del proceso de maduración de los adultos sanos consiste en entender que no tienen que ser universalmente amados o admirados, porque la percepción del rechazo no deben afectar la autoestima. Y parte de la educación de esos adultos sanos y maduros incluye aprender a tratar con respeto a las personas que no les gustan, factor clave de la conducta tolerante.

Sencillamente, los narcisistas autoritarios no son adultos maduros, sino personalidades psicopáticas, fundamentalmente intolerantes que, por diversas razones difíciles de precisar, no desarrollaron adecuadamente sus zonas emotivas. Necesitan el aplauso. Necesitan controlar. Necesitan infundir pavor. Necesitan gobernar para siempre.

Es absurdo silenciar los medios de comunicación para evitar que expresen opiniones negativas sobre los gobernantes. Esa actitud, que es la de todos los narcisistas autoritarios, es la mayor prueba de que se está frente a mentes enfermas que no debieran ejercer la autoridad porque carecen de tres de los rasgos psicológicos esenciales en todo buen gobernante: la prudencia, la humildad y la tolerancia.

Las personas realmente sabias conocen sus limitaciones y deben ser capaces de admitir errores, revocar decisiones y rectificar rumbos. No hay la menor grandeza en la terquedad patológica que refleja la vieja frase española de los hidalgos del siglo XVI: sostenella y no enmendalla. Sostener el error antes que enmendarlo, batirse a duelo antes que pedir disculpas por una actuación incorrecta, es una imbecilidad perfecta, propia de gentes inmaduras.

Quizás, una de las fórmulas para protegernos de la censura sea identificar a los narcisistas autoritarios antes de que lleguen a posiciones en las que pueden hacernos daño. Hay que aceptar, melancólicamente, que la política tiene mucho de psiquiatría, y parte del éxito consiste en vacunar moralmente a los electores para que entiendan el peligro de entregarles el poder a sujetos dominados por el amor incontrolable a sí mismos.

Hay que crear, además, instituciones que impidan el triunfo de estos perturbados o, si llegaran al poder, que sean capaces de sujetarles las manos para que no nos perjudiquen por largos periodos.  

Hace más de un siglo el peruano González Prada afirmaba que la política a veces era una actividad de botica y manicomio. Creo que acertaba.

montaner.ca@gmail.com

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