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jueves, 16 de abril de 2015

RAFAEL MUCI-MENDOZA, ELOGIO DE LOS CARIBES...

"El privilegio de la mentira es que siempre vence a quien pretende servirse de ella. El odio es en sí mismo una mentira. No se puede odiar sin mentir". Albert Camus
La similitud del presente con épocas remotas ya arrastradas por las ventoleras del olvido, es en ocasiones pasmosa. El atavismo suele atribuirse a la expresión de un gen protohistórico que habría quedado inactivo en algún momento de la historia filogenética de la especie, ¿y por qué no?, también en las crónicas de los países y en el inconsciente colectivo de una nación, y la nuestra es un vívido ejemplo. 

Sirva este corto preámbulo para quehablemos esta vez de los indios caribes, aguerrida etnia que fijó sus predios en el norte de Colombia, el noreste de Venezuela y varias Antillas Menores, uno de los primeros pueblos americanos que conocieron los europeos.


A través del padre José Gumilla (1686-1750), sacerdote nacido en Cárcer, Municipio de la Comunidad Valenciana (España) y desde 1704 sacerdote de la Compañía de Jesús, en su famosísimo ¨El Orinoco Ilustrado y Defendido¨ (1741), todo un manual de antropología e historia natural, poblado de rigory ciencia, 23 capítulos, 550 páginas y 274 años de antigüedad, conocimos endetalle estos primeros pobladores de las márgenes y meandros del  imponente río cuya agua dulce se pierde en el océano cuando hay tantas gentes sedientas en mi país...Se les consideraba como un pueblo belicoso y salvaje que practicaba la antropofagia: su voracidad por la carne humana quizás se relacionaba con un deseo de asimilar y poseer al otro, convirtiéndolo en una parte del cuerpo del victimario. De hecho, su nombre es el origen de los términos caníbal y canibalismo o práctica de alimentarse con carne de miembros de la misma especie. Eran pues tiempos ignotos de defensa bruta del territorio y del dominio de la fuerza porque eran naciones bárbaras ¨sin barbas¨; la razón del otro no podía existir o estaría siempre de su parte. Ha trascendido hasta nosotros su grito de guerra, "Ana karina rote amucon paparoto itoto mantó": "sólo los caribes somos gente y los demás nuestros esclavos". 

¿Qué otra cosa pedirles...? Eran las épocas del imperio de la fuerza bruta sobre la razón, ¡Total!, eran mundos perdidos, ámbitos del pensamiento mágico, parcelas de la barbarie, en momentos en que no podía atisbarse aún el Renacimiento.


El Padre Gumilla fue varias décadas anterior a la obra de Rousseau: el hombre es bueno por naturaleza y la vida y la sociedad pueden influir sobre él de mala manera, por lo que un "regreso" a la naturaleza sería una especie de cura o sanación para su alma y su cuerpo.

Como en estos tiempos de intolerancia y realismo atroz, los caribes se agrupaban en clanes familiares de linaje patrilineal llamados ¨cacicazgos¨ -hoy día designados como cárteles o bandas-, manteniéndose alianzas como pueblos federados. Se pintaban el rostro con tintes vegetales y minerales,tal vez para inducir miedo y a la vez, como identidad grupal. Afirma que los caribes eran socios de los holandeses en el negocio de la trata de esclavos -hoy trata de personas o narcóticos-. En pocas palabras, los caribes eran también esclavistas.


Cuando un ideal innoble se apodera de una mente incapaz, está servida la mesa para toda clase de abusos, maldades y trapisondas, pues el producto es como la síntesis de la personalidad.

La supuesta preponderancia racial anticipada al nazismo por muchos siglos y más recientemente la supremacía del régimen castrocomunista, no les reconoce condición humana a los que se les oponen, despreciando su libertad, favoreciendo su esclavitud y haciendo añicos la vida de sus hermanos de sangre. Como diría Herrera Luque en La Casa del Pez que escupe agua¨: ¨La gracejería ha sustituido a la dignidad, la habilidad a los principios, las opiniones a las creencias¨. A algo parecido  se refería Hanna Arendt cuando hablaba de la banalidad del mal. Lo que nos pasa: cuando el mal ya no es juzgado como tal, ya no se advierte, y se integra en nuestros hábitos de vida alegando la excusa de que es algo "normal", supuestamente "necesario" o "inevitable".



Pareciera que hoy día los caribes han regresado a reclamar sus querencias ostentando su hábito caníbal, pero ahora, con las manos tintas de sangre y el talante del más fuerte: voluble, cobarde, ingrato, ignorante y bajo. Como lázaros resurrectos, los caribes han vuelto por sus fueros y han encontrado cómo anidarse dentro de las camisas rojas y blindarse con el dinero mal habido del latrocinio y el narcotráfico. Los jueces se sienten seguros de sus dislates e injusticias conscientes porque están protegidos por la manada de hienas que comen carroña y ríen sin saber por qué. Algo que también tienen en común, su desprecio por la vida de otros: Los caribes no solamente asesinaban a los no aptos para la esclavitud, sino que los que eran efectivamente vendidos a los holandeses morían en altísimas proporciones, en consecuencia, también eran asesinos en masa, y como ahora, facilitadores del genocidio continuado de cada día en las calles de Venezuela al cual no quieren poner coto.

Pero en pleno siglo XXI mire usted hacia sus lados y podrá oír, observar. Y actualizar la barbarie: Es la voz de la depredación para poder sobrevivir en la jungla de las felonías y deslealtades: ¨Quién no esté conmigo, está contra mí¨; ¨escuálidos, somos una revolución pacífica pero armada¨, "¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda!", "La Fuerza Armada Venezolana es chavista, ¿No lo entienden todavía?" ¨Pitiyanquis, oligarcas¨, ¨pagados del imperio, pagados de la CIA¨.


El Padre Gumilla, refiere que existía un pueblo aborigen que no se doblegaba ante los genocidas caribes, y que muy por el contrario, los ponía en retirada, al punto de que eventualmente se abstenían de atacarlos: los otomacos. Los describía como gente no dada a la guerra pero de gran fortaleza y eso es lo que debe construir la oposición democrática venezolana mediante unión y decisión, es decir, aspirando a esa madurez ciudadana que está por encima de todas las apetencias personales.


Me veo chiquito y desprotegido: Jugábamos a las metras en los recreos del Colegio La Salle de Valencia, siempre pendientes de los más grandes, de aquellos tantas veces de ánimo desbocado y ¨solo gente¨ como los caribes, que apoyados en el abuso y la fortaleza física caribeaban a los demás: venían corriendo y al grito de ¡Regolera...! -palabra sin espacio en el diccionario de la RAE-, irrumpían entre nosotros y dentro del círculo pateando las metras que se dispersaban correlonas para el usufructo de la canalla que no había sudado para ganárselas. Sin importar el color que escogieran en el camino de sus vidas, muchos de ellos llegaron a ser políticos de postín, a lo mejor, oficio más antiguo que el de las pierna abiertas y los he visto abrazados y sin abandonar sus viejas prácticas de depredación y maldad...


¨Una vida sin examen, es decir la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena de vivirse¨.



Rafael Muci
rafaelmuci@gmail.com
@MuciMendoza

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lunes, 16 de marzo de 2015

LEANDRO AREA PEREIRA, ¿INGENUOS O CARIBES?

Nada es gratuito y hasta la ingenuidad tiene taquilla asegurada. Al menos eso infiero de la afirmación hecha por José Ortega y Gasset en su libro “La Rebelión de las Masas” (1927), según la cual: “…el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad”. 

Claro que ello no me permite concluir que por cándidos hayamos sido mentidos por sus páginas, las que a pesar del tiempo transcurrido crecen actuales y provocadoras. Las ideas de Ortega, tan españolas ellas, universales hoy, están cargadas de parentela, imágenes y preocupaciones cercanas a los que ahora vagamos por este laberinto de Hispanoamérica que padecemos de frustración ante tantas promesas desgajadas y mitos delirantes como aquél de “El Dorado” y  cuya realidad se encuentra atascada entre un pasado que nos abstrae del porvenir, un presente excesivo y áspero, y un futuro vacío por incierto e interrogante.

Pero para ser justos con el español, lo que él plantea o yo creo entender, es el tema de la “masificación” como tendencia, atajo y realidad de un tiempo de contracción de la individualidad, producto de la crisis del Estado Social de Derecho en tanto administrador de los bienes públicos y como consecuencia además del desborde del malestar social convertido en movimientos políticos fundamentalmente no democráticos.

Lo cierto es que en todas las teorías políticas de nuestro tiempo, las masas, el pueblo, los descamisados, los condenados de la tierra, los pobres en suma, han sido elevados en una especie de lástima inconclusa, culpa eterna, hasta el panteón de la idolatría al ser considerados junto a la violencia como los actores privilegiados en los partos históricos que implican ruptura de cordón umbilical con el viejo orden, siempre injusto, partiendo del presupuesto ilusorio y propagandístico de que todo puede comenzar de nuevo cual Edén. Que el pasado es capaz de borrarse a través de algunas genuflexiones frente a la guillotina o el sórdido levanten-apunten-fuego de los fusilamientos, las cámaras de gas, los juicios de los Tribunales Populares o las persecuciones, las expropiaciones o las mentiras, de lo más constitucionales todas ellas.

 A todas éstas, la democracia, muy elegante y circunspecta, ha sido más que alcahueta y timorata con sus enemigos y por ende más frágil y propensa a zancadillas y perfidias. Debilidad política que no le ha dejado ver y actuar a tiempo, cara a errores propios y vicios ajenos, frente a unos energúmenos que anclados en el barco taimado de la revolución, ganan acólitos para su indigestión en un tiempo propicio para ello, donde se conjugan a su favor el crecimiento de la pobreza y las desigualdades, la corrupción, la impunidad y el desdén por los principios en los que se sustenta la vida en democracia.

 La masificación aquí y allá, lo digo por y con Ortega, nos ha hecho, si así puede inferirse, ciudadanos estúpidos, sinónimo éste de insensatos, propiciadores además y voluntarios del engaño, y en todo caso complacientes con nuestra pérdida de individualidad que es a fin de cuenta, libertad, y todo a cambio de hacernos irresponsables, inmóviles, de lo que ocurre a nuestro alrededor, bajo el paraguas pendenciero del “nosotros”.

La ingenuidad política se cobra en la taquilla del engaño con moneda barata y humillante, ya que no media soborno alguno, todo se hace a gusto de las partes. Que de ello tenemos y sabemos de sobra en Venezuela cuyo modelo se ha convertido en epidemia para ser re-exportado en envase de lujo, ahora al Viejo Continente.

Leandro Area Pereira
leandro.area@gmail.com
@leandroarea

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