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domingo, 24 de noviembre de 2013

GABRIEL BORAGINA, LA META DE LA PROPIEDAD COMÚN

Desde tiempos inmemoriales filósofos y pensadores de todas las épocas han buscado y creído posible -y hasta deseable- la meta de la propiedad común como medio de supresión de la propiedad privada. Sin embargo, este ideal adquirió su mayor fuerza con el advenimiento de las teorías marxistas que pretendieron darle a tal objetivo la categoría de "científico", y por lo tanto plenamente realizable.

Al respecto, explica el Dr. A. Benegas Lynch (h):
"Roosevelt formula diversas críticas a la idea de abolir el mercado e intenta algunas explicaciones sobre las dificultades que surgirán cuando se adopta esa política pero afirma que la propiedad común de los medios de producción se derivaría lógicamente de la premisa marxista. La premisa consistiría en que la etapa anterior de la sociedad comunista -el capitalismo- producirá la abundancia plena". ... "De ahí Roosevelt concluye que se asume la abundancia (p. 128) “por tanto en la visión de Marx, la sociedad comunista no tendrá que pelear con ‘el problema económico’, podrá lograr sus metas en un medio de abundancia” (p. 129). Anotamos al margen que esta lectura sobre Marx y Engels -en cuanto a que asumen la abundancia- no nos parece ajustada rigurosamente al sentido del texto, pero sin duda que si este fuera el caso no tendría sentido la propiedad privada de bienes y servicios, ni tampoco el mercado."[1]
Por supuesto que, si la abundancia fuera simplemente un dato de la realidad o, en otras palabras, la escasez hubiera desaparecido por completo de la faz del planeta, no existiría problema alguno en establecer un régimen de propiedad común, ya que habiendo "de todo para todos" y sobrando en las cantidades deseadas todos los bienes, carecería de objeto incluso la ciencia económica misma.
Sin embargo, lamentablemente no es ese el mundo en el que vivimos, al menos no lo es por el momento, y no lo será por muchísimo tiempo más. Los recursos continúan siendo escasos frente a necesidades humanas ilimitadas, y es precisamente en virtud de este último principio que si es un dato de la realidad que la propiedad común nunca ha podido ser, ni antes ni hoy, posible.
"El socialismo no persigue en modo alguno la división de los medios de producción y también desea hacer más que solamente expropiarlos; busca producir sobre la base de la propiedad común de los bienes de producción. Por tal razón, aquellas proposiciones que sólo apuntan a la expropiación de los medios de producción no pueden ser consideradas como socialismos; a lo más, pueden constituir proposiciones para una vía hacia el socialismo."[2]
 Pero la propiedad común de los bienes de producción, allí donde se la ha intentado, ha demostrado ser imposible, dado que la propiedad siempre es o pertenece a alguien, y sólo hay dos maneras de apropiarse de ella: una es por la fuerza y la otra es mediante acuerdos libremente celebrados y pactados entre las partes, lo que jurídicamente se denominan contratos.
Tampoco existen fórmulas intermedias o transaccionales entre la propiedad común y la propiedad privada. Siempre será una o la otra. Ambas son excluyentes:
"Todo intento de abolir a través de una transacción el contraste existente entre la propiedad común y la propiedad privada de los medios de producción es, por lo tanto, equivocado. La propiedad siempre estará localizada allí donde resida el poder de decisión. En consecuencia, el socialismo de estado y las economías planificadas, que desean conservar la propiedad privada legal y nominalmente –pero que en el hecho subordinan el poder de disponer a las órdenes del estado porque persiguen socializar la propiedad– son sistemas socialistas en todo el sentido de la palabra. La propiedad privada sólo existe allí donde el individuo puede manejar su propiedad privada de los medios de producción del modo como considere más ventajoso."[3]
Esto es, ni más ni menos, lo que ocurría en los sistemas nazi y fascista, donde jurídica y nominalmente se permitía que la propiedad figurara en cabeza de personas o empresas, pero que -en los hechos o también legalmente- quienes eran los únicos facultados a tomar decisiones sobre la administración y disposición de tales propiedades eran los funcionarios nazis o fascistas. Como explica L. v. Mises, se trataban de socialismos de estado y economías planificadas. Y así sigue siendo hoy en día, aunque los gobiernos del mundo no digan adherir ni al nazismo ni al fascismo, no obstante adoptan sus mismos métodos, quizás algo menos violentos a los que implementaban Hitler, Mussolini y fauna similar a estos dos ejemplares.
En efecto, los controles de precios, las restricciones al comercio exterior (importaciones y exportaciones) la inflación, las regulaciones gubernamentales, el gasto público, los impuestos, y el sin fin de desorbitadas medidas económicas que los gobiernos adoptan, no son otra cosa más que virulentos ataques a la propiedad privada para reemplazarla por una falsa propiedad "común", que de "común" sólo tiene que pertenece en común a los políticos que dirigen el gobierno. Toda propiedad común implica una transferencia de ingresos del sector privado al sector estatal, es decir, una lisa y llana expropiación de la propiedad.
Es que, como ha explicado el genial Friedrich A. von Hayek:
"Nuestra generación ha olvidado que el sistema de la propiedad privada es la más importante garantía de libertad, no sólo para quienes poseen propiedad, sino también, y apenas en menor grado, para quienes no la tienen."[4]
La propiedad "común" fue, es y seguramente será siempre un mito.
[1] Alberto Benegas Lynch (h). Socialismo de mercado. Ensayo sobre un paradigma posmoderno. Ameghino Editores y Fundación Libertad –Rosario. Pág. 102 y 103.

[2] Ludwig von Mises. "SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS" Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15. La traducción ha tenido como base la versión inglesa publicada por Liberty Classics, Indianápolis, 1981. Traducido y publicado con la debida autorización. Estudios Públicos, 15. Pág. 28 y 29

[3] L. v. Mises, "SOCIALISMOS Y..." Op. Cit. Pág. 37

[4] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 140

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lunes, 7 de octubre de 2013

GABRIEL S. BORAGINA, LA DEFENSA DEL "BIEN COMÚN"


El bien común es uno de los tantos conceptos de las ciencias sociales y éticas que se presta a interpretaciones de las más variadas y dispares, lo que hace de la fórmula -tal vez- una de las más resbaladizas y ambiguas de estas ciencias. 

Apelan a ella representantes de las más disimiles tendencias ideológicas, y se la usa en los sentidos más opuestos que sean imaginables.

De esto da buena cuenta el Dr. A. Benegas Lynch (h) cuando expresa:

"Según las tristemente célebres historias oficiales, los que ganan son los buenos y los que pierden son bandoleros y conspiradores contra el bien común. Así se llamaban a todos los movimientos latinoamericanos de independencia (muchos de los cuales se independizaron de la metrópoli pero lamentablemente fueron colonos de sus propios gobiernos). Así les decían los ingleses del establishment a los revolucionarios del otro lado del Atlántico."[1]

Dentro de la diversidad mencionada, hay autores que recurren a la fórmula "bien común" en oposición al de "bien sectorial", como, por ejemplo, parece hacerlo el Dr. Krause:

"el proceso de elaboración y decisión sobre políticas públicas necesita de sólidas instituciones que permitan su implementación en aras del bien común, evitando las presiones de los sectores afectados y superando los problemas de información e incentivos que afectan al mercado"[2]

En este sentido, la expresión "bien común" vendría a ser un equivalente de "bien general" o "bien público".

No obstante, Ayn Rand, critica seriamente esta última significación:

"Conceptos indefinidos e indefinibles como el interés público o el bien común, que esgrimen tanto los enemigos como los defensores del capitalismo, serían resabios de una visión tribal del ser humano que sólo sirven para escapar de la moral, mas no de guía moral."[3]

No son pocos (digamos más bien que son una mayoría) los que asimilan el "bien común" con la idea de estado-nación o de gobierno:

"La opinión general -cuidadosamente cultivada, claro está, por el Estado mismo- es que los hombres se dedican a la política o ejercen el gobierno motivados sólo por su preocupación por el bien común y el bienestar general. ¿Qué es lo que confiere a los gobernantes la pátina de una moral superior? Quizás el hecho de que la gente tiene un conocimiento vago e instintivo de que el Estado está involucrado en el robo y la depredación sistemáticos, y siente que sólo una dedicación altruista por parte del Estado hace tolerables estas acciones."[4]

                Indudablemente no resulta casual que la mayor parte de los políticos (sino todos) invoquen de continuo a la noción de "bien común" y la esgriman repetidamente, adoptándolo como teoría ética:

"Todo sistema social se basa, explícita o implícitamente, en alguna teoría ética. A través de la historia, el concepto tribal del "bien común" ha servido de justificación moral a la mayor parte de los sistemas sociales y a todas las tiranías. El grado de esclavitud o libertad dependía del grado en que dicho slogan tribal era invocado o ignorado."
"El bien común" (o "el interés público") es un concepto indefinido e indefinible: no existe entidad tal como "la tribu" o "el público"; la tribu (el público, o la sociedad) es simplemente un número de individuos. Nada puede ser bueno para la tribu como tal: términos como "bueno" o "valor" son propios de los organismos vivos —de organismos vivos individuales— no de un conjunto etéreo de relaciones.

"El concepto de "bien común" carece de significación, salvo que se le tome en sentido literal, en cuyo caso el único significado posible es: la suma del bien de todos los individuos considerados. Pero en ese caso el concepto carece de sentido como criterio moral, pues deja sin respuesta la interrogante sobre cuál es el bien de los individuos y cómo se determina. Sin embargo, el concepto no se usa generalmente en sentido literal. La razón por la cual es aceptado radica precisamente en su carácter elástico, indefinible y místico; el cual sirve no de guía moral sino para escapar de la moralidad. Puesto que el bien no es aplicable a lo etéreo, se convierte en un cheque moral en blanco para aquellos que pretenden encamarlo.

"Si el "bien común" de una sociedad es considerado como algo aparte y superior al bien individual de sus miembros, ello significa que el bien de "algunos" hombres adquiere prioridad sobre el bien de otros, quedando estos otros relegados a la condición de animales para sacrificio. En dichos casos se supone tácitamente que "el bien común" significa "el bien de la mayoría" en oposición al de la minoría o del individuo. Nótese el hecho significativo de que esta suposición es "tácita". En efecto, incluso las mentalidades más colectivistas parecen percibir la imposibilidad de justificarlo moralmente.

"Sin embargo, "el bien de la mayoría", además, es sólo una pretensión y una ilusión, puesto que, de hecho, la violación de los derechos de un individuo implica la abolición de todos los derechos, la entrega de la mayoría desamparada al poder de cualquier cuadrilla que, autoproclamándose "la voz de la sociedad", procede a gobernar por medio de la fuerza física, hasta que es derribada por otra cuadrilla que emplea los mismos medios."[5]

Normalmente este es el sentido en el cual la mayoría de las personas utilizan la expresión "bien común", como sinónimo del bien de la mayoría. Pero nosotros entendemos que el bien común es el de todos (mayoría y minoría) y en la medida que alguien de esa totalidad salga perjudicado (aunque solo fuere una sola persona) ya no es posible hablar de la existencia de un bien común allí donde ello suceda.



[1] Alberto Benegas Lynch (h). El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág. 96.
[2] Martín Krause. Índice de Calidad Institucional 2012, pág. 8
[3] Ayn Rand. ¿Qué es el capitalismo? Estudios públicos. Introducción. pág. 64.
[4] Murray N. Rothbard. Hacia una nueva libertad. El Manifiesto Libertario. Pág. 74
[5] Ayn Rand. Ob. Cit. Pag. 74 a 76.

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miércoles, 14 de septiembre de 2011

ALBERTO BENEGAS LYNCH (H) (*): MAQUIAVELO, EL GRAN OBSERVADOR (DESDE ARGENTINA)

“Podría citar mil ejemplos modernos y demostrar que muchos tratados de paz, muchas promesas han sido nulas e inútiles por la infidelidad de los Príncipes, de los cuales, el que más ha salido ganando es el que ha logrado imitar mejor a la zorra. Pero es menester respetar bien ese papel; hace falta gran industria para fingir y disimular, porque los hombres son tan sencillos y tan acostumbrados a obedecer las circunstancias, que el que quiera engañar siempre hallará a quien hacerlo”. 

Este es uno de los pasajes de El Príncipe de Maquiavelo en el que resume su tesis central. Hay quienes juzgan que este autor revelaba en esa obra su perversidad lo cual se configura como “maquiavelismo”, pero lo que hizo en esta obra es simplemente una descripción del poder, lo cual es señalado, entre otros, por autores como James Burnham, George Sabine o Maurizio Vitroli en sus archiconocidos trabajos sobre la materia.

MAQUIAVELO SATANIZADO
En El Prínicpe se encuentra el verdadero rostro del poder cuando se lee que el gobernante “debe parecer clemente, fiel, humano, religioso e íntegro; mas ha de ser muy dueño de sí para que pueda y sepa ser todo lo contrario […] dada la necesidad de conservar el Estado, suele tener que obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión […], los medios que emplee para conseguirlo siempre parecerán honrados y laudables, porque el vulgo juzga siempre por las apariencias”. Incluso hay quienes ingenuamente interpretan el uso maquiavélico de virtú como si se tratara de virtud cuando en verdad esa expresión en El Príncipe alude a la voluntad de poder que solo se obtiene por el uso de la fuerza. Más aun, escribe Maquiavelo que “El Príncipe que quiera conservar a sus súbditos unidos y con fe, no debe preocuparse de que le tachen de cruel […] es mas seguro ser temido que amado […] Los hombres temen menos ofender al que se hace amar que el que se hace temer […] solo han llevado a cabo grandes empresas los que hicieron poco caso de su palabra, que se dieron maña para engañar a los demás”.

Se trata entonces de una muy ajustada observación de lo que significa quien se instala en el trono del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno, pero resulta sumamente curiosa la renovada confianza, no solo de los consabidos adulones, que sin vestigio alguno de dignidad pululan por todas partes y anidan en todos los tiempos, sino de gente de apariencia normal que es engañada y saqueada una y otra vez, a pesar de lo cual insiste en la experiencia cuando el próximo candidato promete “cambio, combatir la corrupción y establecer justicia” y otras cantinelas equivalentes.

Produce asombro y verdadera perplejidad que se suela considerar como normal que el político mienta en campaña para engatusar a la incauta clientela, incluso livianamente  se lo justifica y perdona al candidato diciendo que “es político”. Es que como ha escrito Hannah Arendt “Nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas”. Por ello es que Alfred Whitehead ha enfatizado que “El intercambio entre individuos y entre grupos sociales es de una de dos formas, la fuerza o la persuasión. El comercio es el gran ejemplo del intercambio a la manera de la persuasión. La guerra, la esclavitud y la compulsión gubernamental es el reino de la fuerza”. Como nos ha enseñado Gaetano Mosca, la historia no debe interpretarse con lentes monistas o unidireccionales, pero en el caso que nos ocupa se juega nada menos que la libertad que es lo que precisamente permite abrir ríos que se bifurcan en muy distintas direcciones y que permiten naves de diverso calado y volumen.

Después de tantas matanzas, guerras, torturas y estropicios mayúsculos patrocinados por los aparatos estatales de todas las latitudes, es menester derribar telarañas mentales y explorar otras avenidas fértiles. Para los que quieren ver la realidad del poder hay dos etapas que, a su debido tiempo, es aconsejable se transiten. En primer lugar, percatarse que la democracia como ha sido concebida  como una manifestación de igualdad ante la ley y la protección de los derechos de las minorías, no ha funcionado debido a los incentivos perversos que se desatan muy a disgusto de los Giovanni Sartori de todos los tiempos. En el camino el sistema ha mutado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida de cada uno de los que llevan a cabo actividades que no lesionan derechos de terceros.

Ya he dicho antes (y por eso lo paso rápido) que en esta primera etapa debería contemplarse el establecimiento de tres pilares aplicables a los tres poderes. Un triunvirato para el Ejecutivo al efecto de diluir la idea del líder y similares tal como se propuso en los debates constitucionales estadounidenses y, agregamos, elegido por sorteo tal como lo propuso Montesquieu en el segundo capítulo del Segundo Libro de El espíritu de las leyes, situación en la que las personas dejarán de contarse anécdotas más o menos irrelevantes sobre candidatos para concentrarse en los límites al poder puesto que cualquiera puede acceder al mismo. En el Judicial debería permitirse que en los conflictos que surjan en las relaciones contractuales, las partes deberían establecer quienes han de oficiar de jueces en todas las instancias que se estipulen sin regulación de ninguna naturaleza, con lo que se volverá a lo ocurrido durante el primer tramo del common law y durante la República romana. Por último, debería adoptarse lo que Hayek bautizó como “demarquía” en el tercer tomo de su Law, Legislation and Liberty en el sentido de despolitizar una de las cámaras del Legislativo.

En la segunda etapa, que es en la que ahora nos detendremos a resumir pero con la brevedad que exige una nota periodística, debería prestarse atención a lo que han venido sugiriendo autores tales como Anthony de Jasay, Bruce Benson, Randy Barnett, David Friedman, Murray Rothbard, Jan Narvenson, Gustave de Molinari, Leslie Green, Walter Block, Morris y Linda Tanehill, Hans-Herman Hope y tantos otros (sistema que he bautizado como “autogobierno”, que a falta de una definición lexicográfica hago una estipulativa en mi “Toward a Theory of Autogovernment”). Se trata de concebir la producción de seguridad y justicia como se concibe la producción del resto de los bienes y servicios en el mercado, y por los mismos motivos. En otros términos, la producción e implementación de normas en el contexto de la competencia y la sociedad abierta, en cuyo caso la calidad resultante es como sucede con el resto de los bienes y servicios. Al fin y al cabo, hoy en EE.UU. las fuerzas privadas de seguridad son mayores que toda la policía junta de los gobiernos locales y el central, y los arbitrajes privados ocupan una proporción creciente en la resolución de conflictos.

Tal como explica detalladamente Bruno Leoni en Freedom and the Law, la ultima ratio impuesta por el monopolio de la fuerza traslada la omnipotencia del Legislativo a “la tiranía de los jueces” en lugar de permitir la competencia de diversas instancias judiciales tal como actualmente ocurre con el tratamiento de diferendos entre personas y empresas  ubicadas en distintos países donde no existe una voluntad suprema establecida de antemano sino que es estipulada en cada caso por las partes. También Leoni apunta que las codificaciones y abultadas legislaciones inyectan incertidumbre al sistema en lugar de operar en base a un proceso de prueba y error en el contexto de fallos judiciales en competencia, lo cual abre la posibilidad de un camino de descubrimiento del derecho y no de diseño ni de ingeniería social.

En este marco, si la justicia y la seguridad fuera materia de competencia de empresas privadas y aseguradoras hay dos escenarios posibles, el segundo de los cuales se abre a su vez en dos posibilidades. En el primer caso, los desacuerdos se dirimen según lo estipulado contractualmente en cuanto a árbitros e instancias respectivas. El segundo escenario consiste en que una de las parte no acata lo convenido o no ha convenido nada y al suscitarse un conflicto se rehúsa a proponer árbitros o procedimiento alguno para resolver el problema.

Esta es la situación en la que se abren dos posibilidades: la persona en cuestión no cuenta con agencia de protección y justicia (y, por ende, no es el caso de sortear jueces entre compañias etc.). Supongamos que el sujeto se niega a todo, incluso a su defensa en juicio pero que, de proponérselo,  eventualmente cuenta con una fuerza potencial minoritaria en relación a las fuerzas de que disponen las agencias existentes. En este caso, se juzgará al candidato in absentia y, si resultara condenado será reducido por las agencias correspondientes al efecto de que se cumpla la restitución que decidió el juez de la causa, además de condenar también a quienes pretendieron usar de la fuerza para escapar al fallo respetivo (por otra parte, debe destacarse que si hubieran agencias involucradas en este comportamiento agresivo, naturalmente perderán el crédito como instituciones “defensivas”).

La segunda variante de este segundo capítulo que consideramos, estriba en la situación en la que ocurre lo mismo pero con la diferencia que el agresor dispone de una fuerza mayoritaria en relación a todas las otras agencias de justicia y seguridad existentes. En ese caso, si la avalancha agresiva es de proporciones devastadoras nada hay que se pueda hacer y, sencillamente, como dice Rothbard, estaríamos en la mismo posición en la que estamos hoy con el monopolio de la fuerza, pero debe advertirse que la resistencia a semejante atropello sería más difícil de vencer frente a agencias defensivas descentralizadas y con incentivos fuertes por sobrevivir.

Bruce Benson refuta los pretendidos obstáculos al sistema abierto al que nos estamos refiriendo en cuanto a que de este modo los servicios privados fabricarían casos para obtener más dinero condenando a inocentes, que tenderán a abusar de su poder una vez que están armados, que se dedicarán a proteger a los ricos y abandonar a los pobres y que recortarán gastos ofreciendo un servicio de una calidad muy deficiente.

En un sistema abierto y competitivo, quienes ofrezcan servicios de mala calidad condenando a inocentes tendrán sus días contados como proveedores, así como los que abusen de la confianza dispensada lo cual no ocurre cuando estamos frente al monopolio de la fuerza donde el Leviatán comete todo tipo de atropellos cotidianamente y con la soberbia que lo caracteriza y el maltrato a quienes dice representar. Es precisamente en este caso cuando la protección y la justicia se dedica a los más ricos y se abandona a los pobres a su suerte. Los pobres contribuyen a financiar la policía para que en definitiva custodie los barrios de ricos. Por último, el recorte de gastos en los servicios cruciales es lo que sucede en el contexto del monopolio de la fuerza, sin embargo, en el caso de agencias en competencia, si esto tuviera lugar, se sustituye al proveedor. Por otra parte, como desarrolla Walter Block, los temas de “defensa nacional” serán encarados por la protección a empresas, centros comerciales y equivalentes con las precauciones necesarias. Finalmente, todo este análisis está subordinado al adecuado análisis de los bienes públicos y las externalidades  tal como explican autores como Anthony de Jasay (por mi parte, hace unos años pubiqué un ensayo sobre la materia titulado “Bienes públicos, free riders y el dilema del prisionero: el argumento reconsiderado”).

Es de interés tener en cuenta los casos en los que las sociedades operaron sin el monopolio de la fuerza como el de Islandia desde el año 900 al 1200 de nuestra era al que se refiere David Friedman en “Private Creation and Enforcement of Law: A Historical Case” y David Miller en su libro Bloodtaking and Peacemaking. Feud, Law and Society in Saga Island, el de Irlanda desde principios del siglo vi a mediados del xvii, caso al que alude Joseph E. Penden en “Staltess Societies: Ancient Irland” y el caso de Israel, tal como lo relata la Biblia después del período de los Jueces (Samuel, II, 8), mencionado sucintamente por Lord Acton en su Essays on Freedom and Power. Para temas más específicos como los de las carreteras y calles privadas en la historia, puede consultarse mi libro Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso para el que me escribió un prólogo Jean-François Revel quien allí brinda un marco más general a la sociedad abierta y sus críticos, lo cual intento desmenuzar en ese trabajo.

Nada de lo dicho puede adoptarse a la manera de un tajo abrupto en la historia, es indispensable el debate en un proceso evolutivo en el que exista la debida comprensión de las ventajas de un sistema abierto sin monopolios impuestos. Barnett en Restoring The Lost Constitution nos dice que en nuestro sistemas políticos resulta curioso que se insista en que está consentido por los ciudadanos cuando no hay manera de expresar el no-consentimiento en cuyo contexto se interpreta como que el aparato estatal fuera el dueño del lugar donde uno vive: “Cara, usted consiente, seca también consiente, no tira la moneda ¿adivine que? usted también consiente. Esto simplemente no es consentir”. Por último, resulta atingente recordar que Joseph Schumpeter ha señalado en Capitalismo, socialismo y democracia que “La teoría que asimila los impuestos a cuotas de club o a la adquisición de los servicios, por ejemplo, de un médico, solamente prueba lo alejada que está esta parte de las ciencias sociales de la aplicación de métodos científicos”.

No es posible vaticinar cuanto tiempo demandará el antedicho debate, pero, en este sentido, es pertinente concluir esta columna con un pronóstico de Jorge Luis Borges. En el libro titulado El otro Borges en el que Fernando Mateo recopila dieciséis entrevistas de diversos medios al célebre escritor (Buenos Aires, Equis Ediciones, 1997) se reproduce una en la que Borges reitera lo que ha dicho y escrito en muchas otras oportunidades, a saber, que la meta debiera ser la abolición de los aparatos estatales en línea con lo estipulado por el decimonónico Herbert Spencer, ocasión en la que el periodista inquiere: “¿Piensa seriamente que tal estado es factible?” a lo que el entrevistado responde “Por supuesto. Eso si, es cuestión de esperar doscientos o trescientos años”. A continuación, como última pregunta, el entrevistador formula el siguiente interrogante: “¿Y mientras tanto?” a lo que Borges contesta “Mientra tanto, jodernos”.

(*) Académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

http://www.elcato.org/maquiavelo-el-gran-observador

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sábado, 9 de julio de 2011

ALBERTO BENEGAS LYNCH: MAS ALLA DE LA LIBERTAD (FUENTE EL CATO)

Hay demasiado cacareo sobre mediciones estadísticas referentes a supuestos logros materiales tomando a un país como si fuera una inmensa ensaladera que se pretende unificar como si se tratara de una persona sin tener en cuenta las diferenciadas preferencias y valoraciones de cada uno. Así se alude al crecimiento de la hotelería, al aumento de tal o cual cosecha y datos equivalentes sin tener en cuenta el aspecto medular por el cual es hombre puede considerarse un ser propiamente humano, es decir, su oxígeno vital cual es la libertad. Se escudriña y se espía más allá de la libertad como si en estado de esclavitud se pudiera decir con seriedad que se posee o disfruta algo.

Antes que saber como evoluciona el producto bruto, las exportaciones o la tecnología es menester saber de que grado de libertad se dispone al efecto de poder elegir el camino que cada uno estime conveniente para si mismo. De lo contrario se produce un desbalance mayúsculo entre simples medios y la mismísima razón de ser. En esta desproporción se basan los gemidos de pensadores que, por una lado, cuestionan el adelanto tecnológico debido a islotes creativos que permite la libertad y, por otro, el vertiginoso atraso moral, es decir, el retraso de valores y principios que precisamente hacen posible la vida civilizada y, entre otras cosas, el empleo de esa tecnología para usos que no persigan y terminen destruyendo al ser humano.

Albert Schweitzer ha escrito en su Philosophy of Civilization que “En el movimiento de la civilización que comenzó con el Renacimiento hubo fuerzas tanto materiales como ético-espirituales en juego como si estuvieran en competencia una con la otra y esto continuó. Pero algo sorpresivo ocurrió: la energía ética del hombre se extinguió mientras las conquistas ganadas por su espíritu en la esfera material continuó creciendo. Entonces, durante varias décadas nuestra civilización disfrutó de los grandes adelantos de su progreso material sin prácticamente sentir las consecuencias de los moribundos movimientos éticos. La gente vivió bajo las condiciones producidas por ese movimiento sin ver con claridad que su posición ya no era sustentable [...] De este modo, nuestra propia era, sin tomarse el trabajo de reflexionar, llegó a la opinión que la civilización consiste principalmente en logros científicos, técnicos y artísticos y que pudo lograr su objetivo sin principios éticos”. Y no hay libertad, no hay tal cosa como ética puesto que el autómata no es moral ni inmoral, se convierte en una cosa. Si se pierde la brújula ética, indefectiblemente se cae en el precipicio. Wilhelm Röpke en A Humane Economy, C. S. Lewis en The Abolition of Man y tantos otros han subrayado el mismo problema acuciante.

Hay lugares en los que las estadísticas de lo material se usan para domesticar a la gente que por momentos parece conformarse con “pan y circo”, hasta que es tarde para reaccionar y escasea el pan (como en Venezuela, donde también, a pesar del petróleo disponible, no hay electricidad ni gas) y el circo se transforma en tragedia cotidiana (como en Argentina donde el espectáculo preferido del football se ha convertido en la palmaria negación del deporte y el fair play para sustituirse por batallas campales dirigidas por criminales que se autodenominan “barras bravas”).

Todo siempre comienza por el cercenamiento de libertades que aparecen como pequeñas e insignificantes, tal como advirtió Tocqueville en La democracia en América y cuando tiene lugar el zarpazo final ya resulta tarde para la queja porque el cerco ya está tendido, paraliza y, a esa altura, resulta asfixiante.

Lo primero consiste en respetar la esencia misma del hombre cual es la libertad que le permite actuar, es decir, preferir, decidir y optar, a diferencia de los animales que reaccionan frente a diversos estímulos pero no actúan ni tienen propósito deliberado. Eliminar la libertad es convertir al hombre en un animalito que se divierte (es la palabra, di-vierte, se separa y amputa de su naturaleza) con bagatelas y chucherías mientras abdica de la condición humana. ¿Será posible aceptar la idea de que muchos renuncian a su autoestima y dignidad con tal de tener un buen espectáculo y ser alimentados? Si esto fuera cierto, la sociedad abierta permite que algunos contraten tutores o curadores en los que pueden delegar sus decisiones, pero esto no implica que deba extenderse este sistema a quienes prefieren ser consistentes con sus responsabilidades y gratificaciones de mantener y cuidar su integridad moral al conducirse como seres humanos y rechazar con todas sus fuerzas la tenebrosa pesadilla de resignarse a descender en la escala zoológica y ser administrados como simples bestias.

El problema que dejamos aquí planteado se observa cuando se dice que en tal o cual lugar no hay justicia independiente (la dependiente no es justicia), no hay libertad de prensa (la prensa adicta al poder es propaganda) o no hay posibilidad de llevar a cabo cualquier contrato que no lesione derechos de terceros (es decir, se impone el vínculo hegemónico y se hace añicos la relación contractual) pero, se sigue diciendo, el producto bruto crece (en verdad, en este contexto, un producto para brutos). La gente nunca puede estar mejor si se anula la persona y se la cosifica. ¿De que le sirve al hombre disponer de millones si no puede elegir el contrato que desea llevar a cabo, si no cuenta con libertad de expresión ni dispone de justicia? ¿De que le sirven los millones si no puede elegir la educación de sus hijos que son adoctrinados, la afiliación o desafiliación al sindicato, los libros de su preferencia o la seguridad de sus pertenencias? En definitiva ¿es rico quien posee millones pero debe postrarse ante el Leviatán para todo lo que debería decidir libremente o más bien es el más pobre de los pobres al mutar su condición a un miserable moral? ¿Es esta la forma de aprovechar el privilegio de contar con libre albedrío al aceptar su más resonante, tremebunda y denigrante liquidación?

Pero, además de todo, ningún país totalitario hace que sus súbditos sean ricos, los ricos son los mandones, el resto se debate en la pobreza más extrema. Solo la libertad abre las puertas a la creatividad y al espíritu innovador. Las prebendas son para la transición hacia el Gulag, es para mantener entretenidos a los tilingos que se dejan engatusar con regalos y gracias del poder hasta tener a todos en el corral.

Paradójicamente hay burócratas que declaman sobre la “calidad institucional” sin percatarse que las normas de convivencia civilizada constituyen el continente pero que revierten completamente su sentido si el contenido es bloqueado diariamente, es decir, si se imposibilita el ejercicio de la libertad de hacer o no hacer con lo propio lo que se estime pertinente.

En resumen, concentrar las miradas más allá de la libertad, en lugar de comprender que los beneficios derivan de este invalorable atributo, hace que se pierda de vista que no resulta posible disfrutar y valorar la vida sin asignar la causa al preciado don de la libertad que, precisamente, permite sopesar lo que cotidianamente ocurre al efecto de distinguir lo conveniente de lo inconveniente. Como ha escrito el príncipe de las letras españolas: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

(*) Académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.
Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 7 de julio de 2011.

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viernes, 8 de julio de 2011

ALBERTO BENEGAS LYNCH (H): MI PRIMO EL CHE. (DESDE ARGENTINA)

Ahora que se han aquietado algo las aguas de un nuevo aniversario de la muerte del Che Guevara, escribo sobre este personaje macabro con algún ingrediente que, en parte, introduce otra perspectiva.

En mi familia se ha hablado bastante del Che ya que mi padre era primo hermano del suyo. El abuelo del sujeto de marras era una persona excelente, Roberto Guevara, casado con Anita Lynch, hermana de mi abuela materna. En tren de genealogía, consigno que soy mas Lynch que Benegas ya que tanto mi padre como mi madre descienden de dos de los hijos de Patricio Lynch, de quien desciende también el Che.

De entrada este revolucionario nato reveló cierta inclinación por el incumplimiento de la palabra empeñada puesto que le prometió a su primera novia que saldría a comprar cigarrillos y nunca mas volvió. Mostraba también ciertas rarezas al esforzarse en dar diez pasos a la salida de todos los ascensores y caer con la pierna izquierda, cosa que si no lograba volvía al adminículo y repetía la operación hasta que daba en la tecla (ya lo de la pierna izquierda parecía anunciar algo de su futuro dogmático).

Mi padre solía repetir el conocido aforismo de aquello que “los parientes no se eligen, se eligen los amigos”. Si bien es cierto que en todas las familias hay bueno, regular y malo en proporción al tamaño de las mismas, siempre noté cierta dosis de vergüenza por el hecho de que se había filtrado en la nuestra un personaje de características tan siniestras.

En una oportunidad, una de mis tías me contó que de muy chico el Che se deleitaba con provocar sufrimientos a animales y, de mas grande, insistía en que la muerte (de otros) no era tan mala después de todo y que, en este contexto, se adelantó a la definición de Woody Allen: “morir es lo mismo que dormirse pero sin levantarse para hacer pis”.

Esto último que puede parecer gracioso y ocurrente cuando proviene de ámbitos cinematográficos, resultó en una tragedia mayúscula para los cientos de asesinados por el Che quien finalmente transformó aquella definición en que “el verdadero revolucionario debe ser una fría máquina de matar”. Y todo por la manía de los Stalin, Pol Pot, Hitler y Castro de este planeta que en sus ansias por fabricar el consabido “hombre nuevo” han torturado, vejado, mutilado y asesinado a millones de seres humanos.

Y pensar que Cuba, a pesar de las barrabasadas de Batista, era la nación de mayor ingreso per capita de Latinoamérica, eran sobresalientes en el mundo las industrias del azúcar, refinerías de petróleo, cerveceras, plantas de minerales, destilerías de alcohol, licores de prestigio internacional; tenía televisores, radios y refrigeradores en relacion a la población igual que en Estados Unidos, líneas férreas de gran confort y extensión, hospitales, universidades, teatros y periódicos de gran nivel, asociaciones científicas y culturales de renombre, fábricas de acero, alimentos, turbinas, porcelanas y textiles.

Todo antes de que el Che fuera ministro de industria, período en que el desmantelamiento fue escandaloso. La divisa cubana se cotizaba a la par del dólar, antes que el Che fuera presidente de la banca central.

Como no podía ser de otro modo el Che comenzó su carrera como peronista empedernido. Recordemos que la política nazi-fascista de Perón sumió a la Argentina en un lodazal del que todavía no se ha recuperado y que, entre otras cosas escribió en 1970 que “Si la Unión Soviética hubiera estado en condiciones de apoyarnos en 1955, podía haberme convertido en el primer Fidel Castro del continente” y, cuando estaba en el poder vociferó en 1947: “Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores” y, en 1955, sentenció que “Al enemigo, ni justicia”.

Es inadmisible que alguien con dos dedos de frente sostenga que la educación en Cuba es aceptable puesto que, por definición, un régimen tiránico exige domesticación y solo puede ofrecer lavado de cerebro y adoctrinamiento (y con cuadernos sobre los que hay que escribir con lápiz para que pueda servir a la próxima camada, dada la escasez de papel). Del mismo modo parecería que aun quedan algunas mentes distraídas que no se han informado de las ruinas, la miseria y las pocilgas en que se ha transformado el sistema de salud en Cuba y que solo mantiene alguna clínica en la vidriera para impresionar a cretinos.

Esperemos que los que siguen usando lo símbolos del Che como una gracia perciban que se trata de la humorada mas lúgubre, mórbida y patética de cuantas se le pueden ocurrir a un ser humano. Es lo mismo que ostentar la imagen de la tenebrosa cruz svástica como señal de paz.

Fuente: Libertad y Progreso (Argentina)

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lunes, 27 de junio de 2011

ALBERTO BENEGAS LYNCH (H): ¿QUE ES LA FELICIDAD?

La vida está conformada por una secuencia de problemas de diversa índole, lo cual naturalmente se desprende de la condición imperfecta del ser humano. La ausencia de problemas es la perfección, situación que, como es bien sabido y sentido, no está al alcance de los mortales. Además, si los seres humanos fueran perfectos no existirían ya que la perfección -la suma de todo lo bueno- es posible solo en un ser (la totalidad de los atributos no pueden residir en varios).  

Por otra parte, las dificultades presentan oportunidades de crecimiento en las personas al intentar resolverlas y sortearlas (carece de sentido el crecimiento en el ser que ya es perfecto y que lo tiene todo). Ahora bien, el asunto no consiste en buscarse problemas sino en mitigarlos en todo lo que sea posible, al efecto de encaminarse hacia las metas que actualicen las potencialidades de cada uno en busca del bien ya que incorporaciones de lo bueno es lo que proporciona felicidad. Lo malo, por definición, naturalmente hace mal y, por ende, aleja de la felicidad que de todos modos es siempre parcial puesto que, como queda dicho, el estado de plenitud no es posible en el ser humano, se trata de un tránsito y una búsqueda permanente que exige como condición primera el amor al propio ser, cosa que no solo no se contradice con que ese cuidado personal apunte a la satisfacción de otros sino que es su requisito indispensable puesto que el que se odia a si mismo es incapaz de amar a otro debido a que, de ese modo, renuncia al gozo propio de hacer el bien. 
Nathaniel Branden en su notable libro titulado Honoring the Self mantiene que “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino” a lo que agrega que esa visión errada obstaculiza en grado sumo el sentido de autoestima y dignidad, al tiempo que no permite ver que todo acto es en interés de la persona que lo lleva a cabo sea este sublime o ruin. Por cierto, de lo que se trata es de conducir nuestras acciones por la buena senda del autoperfeccionamiento. Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, explica que “La inmensa mayoría de las acciones, aún las de las personas más nobles, tienen motivos egoístas, y no hay que lamentarse de ello, pues si fuera de otro modo, la razón humana no podría sobrevivir. Un hombre que se preocupara de que comieran los demás olvidándose de comer el mismo, moriría […Por otro lado] es imposible adquirir la libertad espiritual, en que la verdadera felicidad consiste, porque es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”. 
El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior sin límites, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para el logro de nobles propósitos.  
Los estados de felicidad siempre parciales por las razones apuntadas, demandan libertad para optimizarse ya que esa condición es la que hace posible que cada uno siga su camino sin que otros bloqueen ese tránsito ni se interpongan en el recorrido personalísimo que se elija, desde luego, sin interferir en idénticas facultades de otros. Los atropellos del Leviatán necesariamente reducen las posibilidades de felicidad, sea cual fuera la invasión a las autonomías individuales y siempre debe tenerse en cuenta que los actos que no vulneran derechos de terceros no deben ser impedidos ya que la responsabilidad es de cada cual. Nadie deber ser usado como medio para los fines de otros. Edward de Bono en La felicidad como objetivo nos dice que “El marxismo sugirió que el hombre debería mirar la felicidad del Estado antes que la suya personal; y si el Estado parecía requerir su sufrimiento, éste era entonces necesario para la felicidad del Estado […en otras palabras] la entrega del yo a algún poder externo”.  
La característica sobresaliente del ser humano es su libre albedrío que no comparte con ninguna de las especies conocidas y, por tanto, sus facultades intelecto-volitivas lo distinguen y le otorgan la condición humana propiamente dicha. En esta línea argumental, la antes referida actualización de sus potencialidades se refiere de modo muy especial al conocimiento, es decir, al alimento de su alma (Goethe ha dicho que cuando uno lee no solo se informasino que, sobre todo, se transforma). Puede el hombre ejercitarse en gatear o en ladrar pero lo que lo distingue es su intelecto, en consecuencia, el ensanchamiento de su ser radica en la incorporación del saber, en enriquecerse por dentro. Por ello es que la demostración de verdadero amor al prójimo consiste en alimentar su alma, comenzando con la propia familia, los amigos y, en su caso, alumnos, lectores y todo el que quiera escuchar, para lo cual, como queda dicho, es requisito indispensable e ineludible el cotidiano autoperfeccionamiento y la consiguiente autocrítica. 
Voltaire, en uno de sus célebres cuentos relata la conversación mantenida con un estudioso y, a continuación, le pregunta a una persona muy primitiva y rústica sobre su alma y se percata que no sabía de que le estaba hablando lo que lo hace cavilar sobre la felicidad. En este sentido, se pregunta si no será más feliz alguien que no se cuestiona nada ni intenta averiguar tema alguno sobre las cosas ni siquiera sobre su propia naturaleza y concluye que esto último es compatible con el estado de satisfacción del animal no racional y no es propio de un ser humano. Esto no desconoce que todos somos muy ignorantes, que desconocemos infinitamente más de lo que conocemos, pero se trata del esfuerzo por mejorar, por la autoperfección según sean las posibilidades y las circunstancias por las que atraviesa cada uno, se trata de la faena de incorporar algo más de tierra fértil en el mar de ignorancia en el que nos desenvolvemos para así honrar nuestra condición humana.  
El libre albedrío es consecuencia de los estados de conciencia, del alma (psique en griego) o de la mente puesto que si fuéramos solo kilos de protoplasma no habría tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas, ideas autogeneradas, argumentación o razonamiento. Si hiciéramos “las del loro” o fuéramos simples máquinas, no podríamos revisar nuestros propios juicios, no habría tal cosa como la responsabilidad individual ni seríamos agentes morales y ni siquiera estaríamos en condiciones de debatir el mismísimo determinismo. En este contexto recomiendo muy especialmente la excelente obra de John Eccles -premio Nobel en neurofisiología- y Karl Popper -filósofo de la ciencia- titulada El yo y su cerebro. Personalmente me explayé en este tema en mi ensayo que es una nueva versión de otro de mi autoría publicado por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (Lima, Revista de Derecho y Economía, 2009) titulado “Positivismo metodológico y determinismo físico” que presenté en el Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas (en Buenos Aires) al que le agregué un post-sriptum para su reproducción en el libro que coedité con el Rector de la Universidad Francisco Marroquín en homenaje a su fundador (Facetas liberales, 2011). 
Ahora bien, como los estados de conciencia, el alma o la mente son fenómenos extramateriales no se descomponen, perduran a la muerte del cuerpo y, en consecuencia, continúan viviendo según el comportamiento del ser en cuestión en su prueba terrena, nunca exceptuado de errores (nadie puede “tirar la primera piedra”) pero según haya sido el esfuerzo en el autoperfeccionamiento, en el alimento de su propia alma y, en este ámbito, la felicidad adquiere dimensiones muy diferentes. Eventualmente, puede proporcionar elementos de juicio de interés el libro en dos tomos del médico Raymond A. Moody (con prólogo de Elisabeth Kubler-Ross) titulado Vida después de la vida donde se exponen experiencias de personas declaradas clínicamente muertas pero que pudieron recuperarse.
Este tema evidentemente se conecta con la existencia de la Primera Causa, tema que me recuerda la contestación de Carl Jung cuando le preguntaron si creía en Dios a lo cual respondió “No creo en Dios, se que Dios existe”. Esto no es un asunto de fe sino una cuestión eminentemente racional: el lector y yo estamos ahora comunicándonos, tanto uno como otro provenimos de nuestros padres, abuelos, bisabuelos etc. etc. pero esta concatenación de causas no puede operar ad infinitum puesto que si fueran en regresión infinita nunca hubieran comenzado las causas que permiten nuestra comunicación actual, ergo no existiríamos. La única posibilidad para que el lector y yo estemos en este momento en comunicación es que las causas que nos dieron origen tuvieron alguna vez un punto de partida, es decir la Primera Causa, la Causa Incausada, Dios, Yhavé, Alá o como se le quiera denominar, lo cual para nada es incompatible con conjeturas probables como el Big-Bang que es un fenómeno contingente como todo lo que deriva de aquella explosión inicial, más no necesario. Entonces, la cercanía o el alejamiento relativo del Ser Perfecto depende de nuestras decisiones en la vida terrena, experiencia que se vincula estrechamente a la idea de felicidad. 
Mi amigo marplatense Eduardo Solari con quien hace tiempo no discuto ni tengo el placer de ver, escribió en su Libelo contra natura pasajes circunscriptos a la muerte del cuerpo en los siguientes términos que finalizan con una nota de humor negro: “Se nos pone la cara pálida, quedamos inmóviles, se nos relajan los esfínteres, se nos cae la mandíbula, nos enfriamos, se nos coagula la sangre, nos deshidratamos, quedamos rígidos […]  Nos descomponemos por fermentaciones microbianas y nos van comiendo de a poco los gusanos, como así llamamos vulgarmente a las sucesivas oleadas de la fauna cadavérica que cumpliendo cada variedad con su riguroso turno nos destruye […] Quienes gustan de los eufemismos llaman a esto descansar en paz”. 
No es el caso de mi amigo, pero es común el temor al fin de la vida corpórea si no se tiene una visión bien plantada de lo trascendente en el hombre (no son pocos aquellos que pontifican sobre la vida eterna pero, frente al menor barquinazo, se embarcan en tremendas dudas y ruidosas cavilaciones). Incluso es frecuente que se tienda a evitar la palabra muerte, así se habla de “fallecimiento” o en la parla anglosajona se recurre a la críptica fórmula de “he passed away” y, según Fernando Savater, los antiguos romanos, al producirse la defunción, decían que “se fue con la mayoría” (decimos nosotros que es una noción un tanto gaseosa revestida de elucubraciones demográficas). 
En resumen, es razonable rastrear y descifrar un equilibrio entre proyectos serios y las chanzas que espían y asoman en la vida, tal como se pone de manifiesto en la letra del himno académico por antonomasia, el Gadeamus Igitur que surge de un códice latino del siglo xiii y que ha sido recogido e inmortalizado por Franz von Suppé y por Johannes Brahms en memorables overturas. Por esto es que la imperiosa necesidad de contar con proyectos nobles y de no abandonar la brújula, no significa tomarse demasiado en serio y perder el sentido del humor, especialmente la saludable capacidad de reírse de uno mismo. En este sentido, conviene tener presente la sentencia de Kim Basinger: “Si lo quieres es hacer reír a Dios, cuéntale tus planes” y también la sabia reflexión de quien fuera mi entrañable y queridísimo colega José Ignacio García Hamilton en cuanto a que “lo importante no es lo que a uno le sucede, sino como uno administra lo que le sucede”. De cualquier manera, en línea con la conclusión aristotélica, Pascal afirma con razón que “Todo hombre tiene a la felicidad como su objeto; no hay excepción”, el secreto reside en no equivocar el rumbo y distinguir claramente la huella del pantano.

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jueves, 24 de marzo de 2011

TODOS DESCENDEMOS DE HOMELESS (PERSONAS SIN HOGAR). ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)

Los que habitamos este planeta -y eventualmente los que habitan otros planetas- descendemos de “homeless”. En el origen a nadie le apareció una vivienda por arte de magia, a nadie se le entregó una casa del aire. Los que primero poseyeron y habitaron una cueva tuvieron que cavar y acondicionarla. Igual que el resto de los bienes, las viviendas no surgen de la nada, demandan esfuerzo. La combinación perseverante de trabajo con recursos naturales se encamina al logro de los bienes apetecidos. Todos descendemos de brutos y de situaciones miserables (cuando no del mono).

SIN TECHO Y SI HOGAR
Entonces, el fenómeno de los “homeless” no es nuevo, tiene la edad del hombre. Lo nuevo es que la mayor parte de los “homeless” contemporáneos son consecuencia de las políticas devastadoras del estatismo recalcitrante. El empecinamiento en establecer impuestos expropiatorios para enriquecer al príncipe, las absurdas reglamentaciones que entorpecer y bloquean el espíritu innovador del comerciante, las trabas al comercio exterior, los elefantes blancos creados por gobernantes ciegos ante la realidad, las cargas mal llamadas “sociales” que generan desempleo, los controles de precios, las estafas legales que se conocen con el nombre de “inflación”, las inauditas legislaciones dignas de una producción de Woody Allen, las justicias adictas al poder de turno, los intentos de amordazar a la prensa independiente, las corrupciones galopantes y demás tropelías del Leviatán empobrecen a tal extremo que primero barren con los puestos de trabajo y finalmente dejan a la gente literalmente en la calle desguarnecida y sin defensa alguna.

Primero ocurre con los más pobres pero el bocado (más bien tarascón o mordisco gigante) de la angurria gubernamental avanza y hace estragos paso a paso en las más diversas capas sociales. Esto puede paliarse en un principio con la caridad y las obras filantrópicas pero si continúa el tsunami estatista no hay valla de contención que sea capaz de frenar el hambre, la enfermedad y la generalizada desesperación.

Y todavía hay cretinos morales que sugieren mitigar el mal con más de lo mismo en lugar de abrir de par en par la energía creadora respetando los derechos de todos haciendo que retrocedan los aparatos de la fuerza a sus misiones específicas de seguridad y justicia (que es lo único que no hacen estos trogloditas del poder). No hay confianza en las bendiciones de la libertad, solo se usa la expresión para cantar a los alaridos y adornados de escarapelas, himnos patrios pero que los cantores olvidaron por completo el sentido de lo que recitan y declaman cual autómatas estupidizados en grado superlativo por el Leviatán. En la práctica están rindiendo pleitesía al altar de la espada y a la regimentación esclavista.

Lamentablemente con estas políticas se está escribiendo una historia patética: se retrotrae la civilización que tanto cuesta establecer al estado de barbarie y de “homeless” pero no porque nada había antes sino debido a la sistemática destrucción de lo existente. Y esto se exacerba con políticas que otorgan compulsivamente recursos a los necesitados puesto que no solo crea una infame relación de dependencia con el gobierno (es decir con el fruto del trabajo ajeno) sino que se incentiva a no trabajar.

Para rematar los males en el contexto de los “homeless”, se ha puesto de moda la canallada de sostener que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario”. Este pensamiento ridículo es explicado magníficamente por Alberto C. Salceda quien remarca que “¿quiere decir que nadie tiene derecho a la educación universitaria mientras alguien carezca de educación primaria, y que por ello debemos clausurar todas las universidades? ¿Quiere decir que nadie tiene derecho a la educación primaria mientras alguien carezca de alimento y vestido, y que, en consecuencia, debemos cerrar todas las escuelas? ¿Quiere decir que no debemos construir ni usar templos, teatros, ni salas de concierto, mientras alguien carezca de una vivienda confortable? ¿Qué no debemos usar lociones, perfumes ni jabón mientras haya hambre en la India? ¿Qué no podemos bailar ni tocar la flauta si falta quien labre la tierra en África Central y quien acarree alimentos a los países subdesarrollados? ¿Qué nadie debe fumar ni mascar chicle hasta que los patagones hagan tres comidas por día?”. Es que en una sociedad abierta el que aumenta su riqueza es porque sirvió exitosamente a sus semejantes o lo recibió voluntariamente de otro y la creatividad aumenta los bienes disponibles, no se trata de un proceso de suma cero sino de suma positiva. Termina su artículo Salceda escribiendo: “Supongamos que hay alguien que considere que la tiara del Papa supera su propia necesidad cuando tantos hombres padecen de hambre y de frío […] Pero para lograr este propósito será indispensable que haya alguien que quiera y pueda comprar la tiara. Y para el que la compre (probablemente un petrolero tejano) la tiara será más superflua aún que para Su Santidad. Sólo gracias al apetito de lo superfluo y a la posibilidad de adquirirlo se habrá podido disponer del dinero necesario para comprar comida y ropa”.

En este contexto, es oportuno destacar la imbecilidad máxima con que nos informa Fox News ha sido la resolución de Marc Sarnoff, Director del Department Authority de la City Commission de Miami, quien a través de su vocero David Krash, declaró que ha dispuesto que nadie le puede dar alimentos a los “homeless” debido al “riesgo de intoxicación” y que, por ende, quienes deseen entregar comida deben “realizar primero el entrenamiento correspondiente en la oficina gubernamental del caso, de lo contrario los trasgresores serán pasibles de multas”. ¿Habrase visto sandez mayor? Se trata de una embestida a dos puntas: por un lado los gobiernos crean el problema y luego obstaculizan que se mitigue.

Por otra parte, y en otro orden de cosas, constituye un riesgo mayúsculo que los gobiernos actúen como custodios de la salud de la gente en materia de intoxicaciones puesto que la politización de este delicado asunto conduce a que cuando se producen envenenamientos, en el mejor de los casos, solo se reemplazan algunos funcionarios por otros en lugar de abrir el proceso de auditorias al mercado para que instituciones compitan por instalar su sello de garantía sabiendo que si hay un problema les va la vida a los controladores. Pero este ejemplo en Miami excede todo razonamiento y pone al descubierto, en múltiples direcciones, la torpeza extrema para con los “homeless”.

Es pertinente recordar estos desvíos en Estados Unidos. En este sentido, tengamos presente la definición del converso Hilaire Belloc respecto al estado servil en su libro con ese mismo título: “Denominamos estado servil al arreglo de la sociedad en la que un número considerable de familias e individuos están obligados por la ley positiva a trabajar para beneficio de otras familias e individuos de modo tal que se estampa a toda la comunidad con la marca de dicho trabajo”. En el prólogo a una nueva edición a esa obra, escribe el también converso Robert Nisbet que “nos encontramos que Estados Unidos vive bajo una forma de gobierno que se acerca más y más a la definición de Belloc del estado servil […] Tal como predijo Belloc, encontramos disminuidas y limitadas las libertades reales de los individuos por el Leviatán que hemos construido en nombre de la igualdad. Más y más americanos [norteamericanos] trabajan por ley para mantener a otros americanos [norteamericanos]”. Si eso sucede en el baluarte del mundo libre, queda poco para el resto de los países.

Es de esperar que la antedicha regresión espeluznante y aterradora en la historia pueda revertirse si no se quiere que lo que hoy sucede en países considerados atrasados por sus desatinadas políticas no se extienda, incursionando y perforando como un mortífero roedor en las mentes de quines viven en lugares prósperos como consecuencia de marcos institucionales sensatos que premian el trabajo productivo en el contexto del respeto recíproco, con lo que tradicionalmente han ofrecido condiciones de vida atractivas para la gente y en donde los “homeless” eran solo los vagos ya que los desafortunados eran atendidos esmeradamente por la caridad poniendo de relieve el estrecho correlato entre obras filantrópicas y libertad (que a esta altura de los acontecimientos, donde muchos están acostumbrados a recurrir a la tercera persona del plural, es pertinente recordar que, por definición, se trata de bienes propios entregados voluntariamente y, si es posible, de manera anónima).

Es de gran provecho refrescar la categórica definición de George Madison, el padre de la Constitución estadounidense, respecto de la tarea de todo gobierno de una sociedad abierta: “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo […] Este es el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”. Este es el eje central al que se refiere Ludwig von Mises al definir la sociedad libre y la condena a la propiedad es lo que Marx y Engels sostienen es el aspecto medular de su tesis. A esta institución se refiere Nisbet en el antedicho prólogo como la razón de su abandono de ideas socialistas: “cuando era estudiante tenia una considerable confianza en lo que estaba haciendo el New Deal […pero luego] nunca más imaginé que podía existir una genuina libertad individual aparte de la propiedad individual”. A este soporte ineludible y básico para poder respirar el oxígeno que brinda el espíritu liberal alude la obra de Richard PipesPropiedad y libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia, que es la misma tesis que, entre tantos otros, desarrolla exhaustivamente Gottfried Dietze en su libro titulado En defensa de la propiedad.
  
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miércoles, 9 de marzo de 2011

IZQUIERDAS Y DERECHAS, PARIENTES. ALBERTO BENEGAS LINCH

El mes próximo, Mario Vargas Llosa visitará Buenos Aires para participar en el congreso de la Mont Pelerin Society organizado por la Fundación Libertad y se le ha cursado invitación oficial para inaugurar una nueva muestra de la ilustre Feria del Libro. Esta presencia ha desatado vendavales de calibre diverso, pero todos envueltos en un inconfundible tufillo de intolerancia y dignos de una acabada expresión de clausura mental. En este contexto, dado que se “habla en superlativo” como diría Ortega, es oportuno bajar los decibeles y consignar algunas reflexiones generales sobre izquierdas y derechas, etiquetas tan vapuleadas en estos días.

La tesis central de esta nota estriba en que, mal que les pese a “los progre” y a los “fachos”, la manía de identificar una postura intelectual por la localización geográfica presenta una falsa disyuntiva. También la pretendida ubicación “de centro” resulta en una notable desubicación puesto que carece de identidad ya que se corre en una u otra dirección según se mueven los extremos.

ALBERTO BENEGAS LINCH
La representación más fuerte de las derechas está constituida por el nazi-fascismo. En los hechos, Hitler tomó cuatro pilares del marxismo: la teoría de la explotación, el ataque a la propiedad, el anti-individualismo y la teoría del polilogismo. En este último caso, en Mein Kampf escribe que “el marxismo aspira a traspasar el mundo sistemáticamente a manos del judaísmo” (el propio Marx se despacha contra los judíos en La cuestión judía, para no decir nada de las matanzas y persecuciones de Stalin y sus socios criminales), pero Hitler adopta el criterio de Marx en cuanto a la diferente estructura lógica de burgueses y proletarios que sustituye por la de “judíos y arios” (aunque, al igual que en el caso marxista, nadie explicó en que se diferencian los silogismos respecto a la lógica aristotélica y, después de engorrosos intentos de la pastosa clasificación de “razas” que confundieron con religión, los sicarios nazis raparon y tatuaron a sus víctimas para distinguirlas físicamente de sus captores). Hitler en entrevista revelada por Thevor Roper enLe Figaro el 12 de diciembre de 1958 había concluido que “la raza judía es ante todo una raza mental”.

Por su parte, Mussolini fue secretario del Círculo Socialista y colaboró asiduamente en el periódico Avenire del Lavoratore, órgano del movimiento socialista, época en que sus lecturas favoritas incluían a George Sorel, Kropotkin y la dupla Marx-Engels. Luego fue colaborador del diario Il Populo y director de Avanti. Tal como consigna Gregorio De Yurre en Totalitarismo y egolatría “era la figura más destacada y representativa del ala izquierdista del marxismo italiano”.

En los Escritos y Discursos de Mussolini, igual que Hilter, mantenía que “el capitalismo es un sistema de opresión”. Finalmente, por desavenencias varias, lo expulsan del partido y en 1919 funda los fascios de combate o anti-partido.

En realidad, tanto los nazis como los fascistas al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno hace de poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo respecto del marxismo que abiertamente no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente. Si miramos con alguna atención a nuestro mundo de hoy comprobaremos el éxito del nacional-socialismo y del fascismo que sin necesidad de cámaras de gas ni de campos de concentración avanzan a pasos agigantados sobre áreas clave que solo son privadas en los papeles (en verdad privadas de toda independencia) como la educación, las relaciones laborales, los bancos, los transportes, los medios de comunicación, el sector externo, la moneda y tantas otros campos vitales.

Entre los autores que han enfatizado las similitudes y parentescos de la izquierda y la derecha se destaca nítidamente Jean-François Revel, quien en La gran mascarada apunta que “Si el nazismo y el comunismo han cometido genocidios comparables por su amplitud, por no decir por sus pretextos ideológicos, no es en absoluto debido a una determinada convergencia contra natura o coincidencia fortuita debidas a comportamientos aberrantes sino, por el contrario, por principios idénticos, profundamente arraigados en sus respectivas convicciones y en su funcionamiento […] No se puede entender la discusión sobre el parentesco entre el nazismo y el comunismo si se pierde de vista que no solo se parecen por sus consecuencias criminales sino también por sus orígenes ideológicos. Son primos hermanos intelectuales […] 

Se objetará, con razón, que ninguna rememoración de la criminalidad nazi puede ser excesiva. Pero la insistencia en esa rememoración se convierte en sospechosa cuando sirve para aplazar indefinidamente otra: la de los crímenes comunistas”.

Más adelante, en el mismo libro, Revel escribe que “Estoy de acuerdo en que se me exhorte a que abomine cada día más de los antiguos admiradores de Himmler, a condición de que no sean antiguos admiradores de Beria los que me administran esa homilía conminatoria […] La analogía no es mía: es de Stalin. Fue el quien llamaba a Beria 'nuestro Himmler'y fue en esos términos en los que lo presentó al presidente estadounidense, Franklin Roosevelt”.

En la práctica las rencillas izquierda-derecha se deben a facciones que luchan por el poder y que a veces se embarcan en muy distintas estrategias para el mismo objetivo de estatización y con el mismo enemigo común: el liberalismo. Decimos que a veces porque en otras oportunidades aparecen formalmente aliados como el caso del pacto Molotov-Ribbentrop o, como ocurre diariamente, aliados en los hechos aunque no en las palabras. La inconducente dicotomía derecha-izquierda es a todas luces falaz y engañosa puesto que ambas posiciones se apoyan en las botas para manejar las vidas y haciendas de las personas, con o sin urnas que se llevan por delante derechos y cercenan libertades (aunque unos recurren al esperpento del “ser nacional” y la xenofobia, mientras que los otros a “los superiores intereses del Estado” que asimilan a los de los burócratas).

Como aparentemente hay más adherentes de la izquierda se publicitan más los horrores del holocausto pero los comunistas masacraron a más de cien millones de personas según las prolijas estadísticas que revelan, entre otros, Stéphané Courtois et al en El libro negro del comunismo. Lo de “aparentemente” viene a cuento porque en los hechos hay muchos más que suscriben las políticas del fascismo y el nacional-socialismo con el aval de quienes inocentemente se autotitulan de izquierda. Si bien el origen histórico de las izquierdas radica en la oposición al poder en épocas de la Revolución Francesa, luego degeneró en el uso y en el abuso para provecho propio.

Y para los distraídos que dicen que Stalin no ha sido “el verdadero socialismo” y que debe aplicarse “el socialismo con rostro humano”, tengamos muy presente lo que señala el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su Barbarism with a Human Face: “Aplíquese marxismo a cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. 

Respecto de la social democracia de Eduard Bernstein conviene subrayar que a pesar de su revisionismo respecto de Marx, insiste en el redistribucionismo que significa reasignar factores productivos desde las áreas preferidas por los consumidores hacia las deseadas por los aparatos estatales con lo que el consiguiente derroche de capital reduce salarios e ingresos en términos reales. La actual quiebra de los llamados “sistemas de seguridad social” coactivos en distintas partes del mundo, los desplantes del sindicalismo compulsivo y la maraña y caos fiscal son el resultado de la antedicha visión que termina empobreciendo a quienes se dice se desea proteger, cuyo aspecto medular radica en el igualitarismo de los Rawls, Dworkin, Thurow y Bobbio que, con el mejor de los propósitos, no parecen percatarse de los graves perjuicios que crean a los más necesitados.

Entonces, en última instancia, la verdadera disyuntiva, con sus muchos matices, es entre el estatismo y el liberalismo al tiempo que deben enfatizarse los desaguisados mayúsculos que se han adoptado en diversos lares a los que algunos endilgaron injustamente la etiqueta de “liberal” a pesar de la destrucción de la división horizontal de poderes, intentos de amordazar la prensa, alquimias monetarias, controles de precios, adiposos gastos y deudas estatales en el contexto de corrupciones inauditas y alianzas con barones feudales disfrazados de empresarios.

Mario Vargas Llosa pertenece a la tradición de pensamiento liberal, lo cual, como queda expresado, no constituye un tejido uniforme. En el mencionado congreso de liberales del mes próximo aparecerán las diferencias de opinión que siempre enriquecen el conocimiento que, como explica Popper, es provisorio y abierto a refutaciones.

Este artículo fue publicado originalmente en La Nación (Argentina) el 7 de marzo de 2011

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina

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