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martes, 27 de diciembre de 2011

LUIS MANUEL CUEVAS QUINTERO: LA MUERTE DEL LÍDER

Para la reflexión sobre el poder, el luto colectivo y la finitud.
En novelas como El Gran Burundún Burundá Ha Muerto de Zalamea, o en los estudios etnográficos de Marc Augé se medita sobre la muerte de los líderes y el depliegue de los cortejos fúnebres, en  algunas obras históricas se reflexiona sobre la muerte del héroe de la patria, personificación divina del poder como en los casos de Lenín, Stalin, o Trujillo,  o más atrás en el tiempo, de Bolívar y el culto heroico alrededor de su figura que como bién lo explicó Carrera Damas, se proyecta del pasado a la actualidad, del espacio sagrado al espacio cívico constantemente reapropiado y distorsionado según el signo ideológico que lo modela. El héroe pervive y se transforma en el imaginario social en el gran padre.
A propósito de lo que la muerte de un líder significa, y de los sentidos insospechados que toma en los marcos sociales, el deceso reciente de Kim Jong-Il permite abrir una ventana al mundo del luto, del duelo, del doble cuerpo del rey del que habló Kantorowicz revestido cual DIOS/hombre de la naturaleza geminada. Permite detenernos en los umbrales de la racionalidad y de la perplejidad que causa el comportamiento colectivo cuando el líder divinizado, revestido de poderes demiúrgicos muere.
En medio del mar de llanto colectivo que hemos visto en vivo y directo, se esconde la duda -sobre todo en los sistemas de gobierno totalitarios-, de si estas lagrimas son reales o fingidas, si obedecen a una conducta preprogramada, o forman parte de la puesta en escena de un paisaje de la muerte, o de la exhibición pública de un dolor que expresa la supervivencia política y la competencia de la lealtad de quién llora más.
Pero también, de la finitud a la que estamos sometidos y que termina por hacer del poder una fantasía de la banalidad de eternidad. Tal vez por eso amigos, Scipión junto a Polibio lloró ante Cartago destruida por sus tropas, veía tal vez  en sus ruinas humeantes  la paradoja de la victoria, y lo efímero del fin de una guerra, en la exhibición del poderío se escondía la certidumbre del final de una civilización y de sus hombres, de la muerte que en el camiono que va y viene nos envía a la Comala siempre tan temida.
Luis Manuel Cuevas Quintero
luimanc@yahoo.com

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