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domingo, 21 de junio de 2015

CÉSAR GUILLEN CITTERIO, LA ECONOMIA PRIVADA, COMO SOSTEN DE LA VERDADERA DEMOCRACIA

El desabastecimiento que en la actualidad se produce en Venezuela, y que no es producto de  cambios en la naturaleza, del clima o de problemas externos,  es simplemente el resultado de políticas monetarias erradas, fundamentadas en rígidos controles con base a políticas económicas primitivas y llena de complejos, donde imperan las trabas y las regulaciones, impuestas en la mayoría de los casos de forma arbitraria e ilegal. Mientras las empresas sean concesionarias del gobierno habrá desabastecimiento. 

Sin embargo el problema a corto plazo no solo es el desabastecimiento, sino la imposibilidad del consumidor de comprar los productos. El clientelismo económico del estado, implica que hay empresas con conexiones y vínculos que le permiten obtener divisas fácilmente, afectando a la producción nacional honesta, responsable y verdaderamente productiva.

Una nueva generación de los llamados Boli-empresarios o boli-burgueses, se benefician escandalosamente de los recursos públicos, dando muestras de fortunas insólitas que derrochan descaradamente, viven con el lujo y la opulencia que tanto criticaban. Algunos de ellos, no son empresarios nuevos, vienen de la llamada 4ta república, y se han conectado con la corrupción institucionalizada del gobierno para ampliar sus fortunas.
En el proceso inexorable de la transición, se requiere entonces, de una reorientación profunda y severa en cuanto a que debe establecerse que el individuo sea el eje y centro de la acción económica y no el estado. El poder absoluto del estado es antidemocrático, ya que controla el cambio y manipula el gasto público.
La mejor solución es tener libertad para comprar lo que la gente necesita, producir lo que cada quien conoce y sabe hacer, y vender al precio justo equilibrado por la competencia. No se puede controlar el precio por debajo del precio de costo por clientelismo o chantaje político. Esto es la base del desastre y del desabastecimiento que en la actualidad padecemos.
El inversionista privado o particular sea cual sea su nivel financiero, es el llamado  a buscar la prosperidad mediante el reto de crear empleos y riquezas. Un no rotundo a la tradición clientelar de la economía socialista, pues sería el inicio de otro gran fracaso.
El estado debe facilitar y ayudar en este esfuerzo pues es la verdadera manera de democratizar la economía dándole oportunidades a todos y no a un grupo minoritario de privilegiados, que permaneciendo en el gobierno sea cual fuere su orientación, se benefician de la riqueza del país y del esfuerzo de su población. ¡Un recurrente proceder en nuestras regiones!
Cesar Guillen Citterio
cesarguillencittrerio@gmail.com

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martes, 26 de agosto de 2014

CARLOS E. AGUILERA A., VALORES DE UNA VERDADERA DEMOCRACIA

En una verdadera democracia, el Jefe de Estado está obligado a garantizar la estabilidad institucional, además de proteger los derechos y libertades de los ciudadanos, a quienes debe su cargo institucional.

El Jefe de Estado de un país debe trabajar afanosamente para que la lucha política no deteriore las instituciones democráticas y por tanto, para que no se legisle en contra de la separación de poderes, de la estricta independencia judicial o de los derechos de cada ciudadano a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad ante la ley. La persona que ejerce la Jefatura de un Estado debe garantizar el pluralismo democrático, como única alternativa viable institucionalmente para que, actuando con independencia política, las diversas fuentes del poder sean minimizadas ante posibles alteraciones de la institucionalidad.

Las funciones de un Jefe de Estado son importantes, porque sencillamente es la esencia misma en una sociedad civilizada, y solo se consigue extensa y abiertamente, cuando las instituciones respetan los derechos individuales, por encima del poder político, por cuanto son “derechos inmanentes a la naturaleza del hombre libre” y, por tanto, inalienables por el poder político y previos a cualquier Constitución, lo cual significa que un Jefe de Estado debe velar siempre por la protección efectiva de los derechos civiles de todos y cada uno de los ciudadanos y exigir que exista estricta sujeción a la Constitución y funcionamiento de todas las instituciones. Ello significa que por ser uno de los pilares centrales que sostiene la Constitución, el Jefe de Estado tiene la responsabilidad máxima y debe evitar que degeneren las instituciones en contra de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Parecen olvidar quienes detentan el poder desde hace 15 años, que la democracia es un sistema de gobierno en el que los ciudadanos tienen los siguientes derechos y libertades: a) elecciones libres y competitivas b) Libertad de expresión y de organización política. C) Libertad de prensa y de cultos. D) Un poder legislativo atenido a defender el orden social. Con la violación de la propia Constitución o “La bicha”, como la calificó indignamente el extinto Chávez, estamos en presencia de un sistema de gobierno que contradice las justas aspiraciones de la mayoría del pueblo venezolano y los hechos – por nombrar solo algunos – saltan a la vista como la censura a los medios de comunicación y a sus protagonistas los hacedores de la noticia, a quienes se les expone al escarnio público, además de responsabilizarles por todo cuanto supuestamente afecta a la tan mentada revolución socialista del siglo XXI . A ello se suma la utilización de la fuerza militar, para reprimir a quienes protestan contra la políticas (¿) del régimen.

Olvidan también  estos socialistas de nuevo cuño, que existe una particularidad del sujeto sapiente que se adentra en el conocimiento del mundo que le rodea y de su propia vida, que se refleja en la realidad circundante del entorno social. Es evidente el afán que tienen por aprobar una nueva Ley con la que desaparecería el Colegio Nacional de Periodistas, la cual permitiría el libre ejercicio de nuestra noble profesión – la más hermosa como diría el fallecido Premio Nobel, el Gabo García Márquez -, a personas sin la más mínima formación académica, a las que ya vemos en las televisoras públicas asumir más el papel de inquisidor que de periodista. Obviamente desconocen que la objetividad e interacción fluye a través de la actividad práctica del periodismo que orienta, forma, intercambia vivencias, conocimientos, emociones, pensamientos y que la labor de comunicar es conceptuada como el hecho social omnipresente y permanente, actividad que la asume al informar, el periodista, quien revestido de ética maneja la información y opinión exponiéndose a riesgos, malas interpretaciones y falsos compromisos.

Como periodistas profesionales concebimos la encrucijada que se nos presenta, cuando en el alto gobierno se tornan irascibles, por el solo hecho de dar a conocer a la opinión pública, hechos reñidos con la conducta que deben mantener quienes prestan sus servicios en las distintas dependencias, empresas, instituciones del estado y de las Fuerzas Armadas, los cuales suceden a menudo en los últimos tiempos, y que la sociedad en una democracia está obligada a conocer, pues se aplica no sólo a la información u opinión que tiene acogida favorable, sino también a las que ofenden y escandalizan.

Molesta acaso, que los medios de comunicación por su propia naturaleza y función de mantener informada al colectivo nacional, publiquen informaciones que ponen en entredicho la capacidad, operatividad y competencia en el manejo del poder. Pretenden silenciar hechos como el del presupuesto nacional aprobado para el 2014, el cual ascendía a más de 552 mil millones de bolívares, pero que entre enero y agosto la Asamblea Nacional aprobó 197 créditos adicionales, por una cifra mayor a los 280 mil millones de bolívares, tal como lo denunció el diputado  Elías Matta; que los bonos de la República y de Pdvsa mostraron una fuerte caída en los mercados internacionales, luego de una semana en la que el valor de los títulos descendió de manera inusual hasta seis puntos en promedio ante las expectativas negativas de los inversionistas por la ausencia de toma de decisiones económicas del gobierno; que el Frente de Víctimas contra la Represión y el Foro Penal Venezolano en Carabobo, denuncien que varios de sus integrantes, así como detenidos en agosto son blanco de persecución, intimidación y abuso sexual; que el ministro para la Alimentación, Hebert García Plaza, informe que fueron detenidos 15 trabajadores de la red Mercados de Alimentos (Mercal), por su presunta participación en el delito de desvío de alimentos, especialmente de carne; que el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, denuncie la detención de un ciudadano por supuestamente “incitar al odio”, a través de la cuenta en Twitter @Anonymuswar, o que, finalmente, Nicolás Maduro reitere su ataque contra la oposición acusándoles de estar incitando al pueblo para que se “arreche” y salga a la calle. ¿Esto último, acaso no es una instigación a la violencia?. ¡La salsa que es buena para el pavo, también  es bueno para la pava!

No podemos imaginar a nuestro pueblo sin una actitud reflexiva, y sin la libertad individual, uno de los pilares esenciales de toda sociedad democrática, la cual basa su progreso amparada en los pilares que la fundamentan, entre otros, la libertad de expresión, que es silenciada muchas veces con el sonido de las balas, atentados, secuestros y todo abuso de poder con los que se pretende acallar la voz y la pluma de periodistas anhelantes de grandes ideales, en el marco de la objetividad, información veraz y oportuna y el respeto a la moral e integridad de las personas.

Carlos E. Aguilera A.,
careduagui@yahoo.com
@_toquedediana
Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

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jueves, 8 de agosto de 2013

JOSÉ FÉLIX DÍAZ BERMÚDEZ, DEMAGOGIA O VERDADERA DEMOCRACIA,

Los gobiernos, los partidos, los movimientos y agrupaciones políticas que surgen para la defensa y la práctica efectiva de la democracia, se deben apartar de las viejas y desacreditadas prácticas del sectarismo, de la exclusión, del oportunismo, del uso indebido del poder, de la falta de transparencia, de dirigencia capaz y responsable, de verdadera discusión colectiva de los asuntos. Esos vicios y errores son causantes del deterioro y del desprestigio de la democracia.

El personalismo, el autoritarismo, la hegemonía, la inexistencia de escrúpulos morales, el sentido grupal opuesto al colectivo, son parte de las fallas de los gobiernos y de los partidos, que antes que desarrollar una conducta ejemplar, consecuente con los ideales superiores del país, ceden ante lo transitorio, postergan los principios, actúan a favor de propios intereses, olvidan la necesidad del bien común, el carácter ductor de la dirigencia, el rol que les corresponde como factores de cambio, progreso y reivindicación social.

La falta de civilización y diálogo político ha alcanzado en Venezuela inadmisibles proporciones, que hace responsables a quienes ejecutan una conducta antidemocrática, discriminatoria y violenta contra grupos y sectores de venezolanos. La vulneración de las libertades y de los derechos políticos han adquirido un carácter ilícito en virtud de diversos actos, hechos y omisiones que significan atentados contra el régimen democrático al no permitir su cabal desenvolvimiento, mediante amenazas e insultos a los dirigentes y a los ciudadanos, fomento del odio nacional, alteración del equilibrio de las instituciones, entre otros, degradando las condiciones democráticas, los derechos individuales y generales asociados a la vida política. La persecución en razón a las ideas, se ejecuta tanto con el sometimiento al descrédito público como con a la violación al derecho a la intimidad.

En entorno político durante muchos años ha sido de avieso enfrentamiento, intolerancia, atropello, aversión a la disidencia interna y externa, a la crítica, a la auténtica y legítima discusión de posiciones.

El liderazgo no ha sido verdaderamente colectivo, ni expresión continua y renovada de la voluntad mayoritaria, sino individual, personalista, caudillesco, y se ha admitido, en muchos casos, por obediencia, complicidad, temor, ignorancia o ciega disciplina, que son contrarias a la esencia de organizaciones democráticas, que existen y se desarrollan en condiciones de libertad, amplitud en el debate, decisión de la mayoría, reconocimiento de las minorías, valores que fundamentan este orden político dentro del marco de la pluralidad y la diversidad, para alcanzar el equilibrio de una nación.

La falta de rectitud, dignidad, transparencia y trascendencia de la vida política, mucho más allá las declaraciones y discursos -la retórica utilizada para el engaño y el error-, es lo que motiva su descrédito, aunado a la falta de liderazgo transformador que enfrente tales vicios y ejercite su corrección.

El uso ambiguo y engañoso de la expresión política y su contradictoria praxis, es lo que ha simbolizado en nuestro medio al político como un individuo de ardides, deshonesto, falso, de propósitos torvos, que siempre adquiere una ilícita fortuna e influencia.

Cuando no se cumplen las promesas, se tergiversan o se ocultan los hechos, se burla la buena fe, se fomenta el engaño para mantener en el poder a un individuo o a un grupo, nos encontramos, entre otros ilícitos, con lo que Aristóteles calificó como la forma más impura de la política: la demagogia, que representa la peor modalidad de degeneración de la democracia para engañar al pueblo.

La indiferencia y el silencio no es la forma de defender la democracia y de ejercer el legítimo derecho a exigir los cambios políticos, sociales y económicos que requiere la nación. Los gobiernos como mandatarios de la sociedad, están obligados a acatar la voluntad nacional e introducir las rectificaciones necesarias, como simples mandatarios de la sociedad en general. El fracaso en la gestión de los asuntos públicos, en diversas materias, obliga la introducción de profundas rectificaciones de estilo, modelo, concepción, conducta, prácticas y de hombres si es preciso, establecimiento de las responsabilidades que corresponden, siendo preciso escuchar la voz de la nación que las reclama, como es obligante en una: "sociedad democrática", "participativa", "que consolide los valores de la libertad", "el bien común", "la convivencia", "el imperio de la ley"..., si verdaderamente se quiere cumplir y hacer la Constitución y la tradición republicana del país.

Ante la tiranía y la demagogia, Aristóteles señalaba que: "ninguno de estos gobiernos piensa en el interés general".  La política debe ser el arte de alcanzar en una sociedad libre el bien común.


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