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domingo, 31 de agosto de 2014

JUAN JOSÉ MONSANT ARISTIMUÑO, DEL BIORRITMO AL BIOMÉTRICO

El padre me preguntó si yo era ateo, en realidad el hermano, así se llaman los consagrados a la fe con votos de celibato, pobreza y castidad sin ser sacerdotes, que nos impartía clases de religión en educación media, cuando ya comenzábamos a asomarnos a algo más del catecismo de la Iglesia católica y se adentraban en la Doctrina Social de la Iglesia, ética y moral cristiana. No supe qué contestarle en ese momento, tampoco veía relación con la pregunta que le hice. 

Él nos explicaba la dignidad de la mujer, el respeto que se debía sentir hacia ese templo que es el cuerpo humano, los fines del matrimonio, el compromiso que se adquiría al formar una familia, con la sociedad, y por allí se iba hasta llegar a los diferentes métodos anticonceptivos permitidos por la Iglesia. El único aceptado era el biorritmo, el método del ritmo u Ogino-Knaus, basado en el ciclo menstrual de la mujer. Los demás no estaban permitidos al católico.

Y mi pregunta o cuestionamiento del momento fue que ese método era tan pecado como cualquier otro que se utilizara, pues el fin era el mismo: impedir la reproducción de la especie, que la mujer saliera embarazada.
Sus contraargumentos jamás me convencieron, y opté por relacionarme con mi fe, como siempre he hecho, estableciendo una relación directa con el Creador, saltándome lo de los hombres y yendo directamente a la Palabra. Por esa búsqueda de maduración de mi religión fue que terminé haciendo estudios de teología, porque si no hubiera optado por el budismo, que en esencia es el mismo contenido cristiano, apartando la fe en un Dios creador.
Décadas después me topo en Venezuela, otra vez, con el ritmo; con algo llamado el capta huellas o sistema biométrico de identificación, que el régimen de  Nicolás Maduro intenta imponer con el fin de controlar quien, cuánto y con qué regularidad un ciudadano compra alimentos en los supermercados, abastos o ventorrillos; desde una libra de café, un pack de cervezas, desodorante, pastillas anticonceptivas, antigripales o una tableta de chocolate.
Lo primero que nos preguntamos es, por ejemplo, ¿por qué el gobierno debe saber cuántas cervezas se debe tomar un ciudadano presenciando un juego de fútbol, o cuantas pupusas puede uno comerse sin que se considere acaparamiento, gula o desviación ideológica burguesa?
Luego recordé  las famosas máquinas Smarmatic compradas por Chavez para los procesos  electorales electrónicos (que se trataron de introducir en El Salvador) y, sin emitir juicio sobre la honestidad  de la empresa o  funcionarios contratantes, si se pudo comprobar que el presidente del Consejo Supremo Electoral de aquel entonces, el siquiatra Jorge Rodríguez, militante del Psuv, se pasó un fin de semana en un Spa de Boca Ratón, Florida, con los gastos pagados por Smarmatic, y que el primer contrato otorgado a dicha empresa pasó de los $150 millones.
Así que fue inevitable pensar en ¿Quién será el afortunado que obtendrá el contrato para instalar en cada supermercado, tienda o ventorrillos del país, un capta huellas biométrico? ¿Se imagina usted amigo lector, no en Wall Mark de Antiguo Cuscatlán haciendo cola para pagar tres pollos, una libra de arroz, dos de café, un litro de aceite, tres cartones de leche y ocho  bananos en cada una de las cajas registradoras; o en San Sebastián de los Reyes, en la pulpería de la esquina pagando un sorbete, seis tamales y una libra de queso, luego de colocar el índice en el sistema biométrico, para saber si se aprueba su compra?
Aparte del contrato calculado en unos $500 millones, en un país donde no se hacen licitaciones desde 1999 sino que los contratos estatales se otorgan por designación, hay que determinar lo que hay detrás de todo ese despropósito, que no es otro que la intención del control total de la sociedad, ya no de los poderes públicos, medios de comunicación y libre circulación que  lo tiene, sino de cuánto, qué y cuándo debe comer, beber o medicarse el venezolano.
Si hay que hacer largas filas y no hay medicinas, sueros o catéteres, pues que se aguante el ciudadano, porque primero está el socialismo y la revolución. Y una manera de lograrlo es imponiendo la cartilla de racionamiento, no de cartón como en Cuba, sino por el sistema biométrico de identificación. Y si se debe importar crudo liviano de Argelia para extraer el pesado de los llanos venezolanos, para cumplir la cuota internacional, tal como han declarado, pues que se le compre.
Todo esto sucede en la actual Venezuela, la del Comandante eterno, la del Socialismo del Siglo XXI y Petrocaribe. Aunque usted no lo crea.

Juan Jose Monsant Aristimuño
jjmonsant@gmail.com
@jjmonsant

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