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jueves, 4 de noviembre de 2010

DEMOCRACIA, UN REQUISITO. REPÚBLICA, UNA NECESIDAD. ALBERTO MEDINA MÉNDEZ

En tiempos de idealización cívica, muchos dirigentes y demasiados ciudadanos se han hecho fundamentalistas de los principios de la democracia. Suponen que con ella es suficiente y que resuelve todos los problemas.

Creen que ese término los habilita para hacer y deshacer según se los posibilita la sumatoria de voluntades que logran reunir en una situación de coyuntura. Han convertido un concepto relevante en un mero ejercicio aritmético donde el que tiene la mayoría puede imponer su voluntad de modo discrecional, sin rendir cuentas, mas que a sus propios votantes.

Aun quedan unas pocas dictaduras en el mundo. Se las cuestiona en cuanta discusión se plantee, en cuanto foro internacional se presente. Las democracias ganaron terreno y queda claro que es un gran paso que así haya sucedido.

Pero no habrá que confundirse si aspiramos a vivir en un mundo mejor, mas justo, mas equitativo. La democracia es una doctrina que permite dirimir diferencias, un mecanismo que resuelve que hacer cuando no logramos acordar como comunidad, pero lejos está de ser la panacea. Su llegada permitió poner en manos de la ciudadanía los asuntos públicos, pero una democracia sin república nos lleva irremediablemente al gobierno de los caprichos, al reinado de los berrinches, al infantilismo de las mayorías.

La democracia es el requisito, el medio, pero de ningún modo puede constituirse en el fin último de un sistema político. La república es el mecanismo por excelencia que posibilita una convivencia pacifica, ordenada, sensata, donde los antojos del presente no pueden imponerse con tanta facilidad.

Y no es que la república proponga un esquema infalible. Adolece de grandes inconvenientes, y hasta puede cometer injusticias, pero es su esencia, la del contrapeso del poder, la del mecanismo de balanzas que se compensan unas con otras, garantizando el inestable equilibrio que nos debe gobernar.

No es perfecta la república, pero puede evitar los abusos, desterrar los atropellos y amortiguar el impacto de las decisiones intempestivas. En fin, puede jugar su rol, el de asegurar una cuota de sentido común, de sensatez, de prudencia y madurez. A veces lo consigue, otras no, pero en todo caso funciona como una red de contención adicional, para sortear los paraísos que parece proponer una democracia frágil.

Las sociedades que han logrado avanzar, que consiguen progresar de modo sostenido e inteligente, tienen en común la fortaleza de sus instituciones. Eso supone saber que ellas no son perfectas, que sus decisiones no son siempre las óptimas, pero que en el balance general, respetarlas, aceptarlas, trae consigo prosperidad y equidad.

Algunas comunidades lo comprendieron, y lo ejercitan a diario, no sin contratiempos de tanto en tanto. Otras, aun prefieren los vaivenes de las mayorías circunstanciales, el fundamentalismo de las matemáticas.

Habrá que saber distinguir entre los que usan la democracia y los que abusan de sus virtudes. No todos creen en ella. Muchos solo la usurpan para utilizarla como puente entre su presente y sus objetivos Los que creen en ella fervientemente, la defienden aun cuando el sistema les de la espalda. La democracia es mucho más que un concepto algebraico. Ya no se trata de quien suma mas, se trata de consensos, de acuerdos, de búsqueda de puntos en común para una construcción ciudadana.

Los que lo comprendieron y lo aplican cotidianamente, lo saben porque disfrutan de esas bondades. Pero para aquellos que no aprenden de sus errores, y se dejan tentar por las tentadoras burbujas del poder, utilizando a pleno las potestades que se derivan de las circunstanciales mayorías, una dosis importante de república, resuelve la cuestión y pone freno efectivo al desatino.

El equilibrio de los poderes, los contrapesos, el balance de fuerzas, mecanismos de control cruzado, de supervisión y seguimiento combinados, hace que todos cumplan con su rol, y se aseguren de que el engranaje propio funcione, para que el todo no se detenga y encuentre en ese movimiento, la armonía, la cadencia, la mesura que todos precisamos en estos tiempos de pretendida mayor civilidad.

Algunos sostienen que se trata de cumplir el proceso de maduración político para llegar a ello. Son los que entienden que el paso del tiempo aporta esa templanza necesaria para asumir los errores del pasado y corregirlos hacia el futuro. Pero tal vez no se trate de eso y sea mucho más simple. Es posible que solo se trate de creer en ello, de asimilar los mecanismos republicanos, y adherir férreamente a sus principios, para lo que resulta imprescindible, olvidarse de los nombres y apellidos, de los personalismos, de los coyunturales líderes del presente.

Los sistemas perduran, si logran solidez, mucho más allá de los hombres. Consolidar la democracia, fortalecer la república no es una tarea de tiempos, de procesos de maduración, es un asunto que tiene que ver con las convicciones, de entender que es lo mejor para una sociedad y creer en ello. Ya no se trata de lo que conviene, sino de lo que corresponde, aunque no convenga.

La inmediatez del corto plazo que nos propone la vertiginosidad de este tiempo, hace que intentemos llevar esa dinámica cotidiana a la política. Por otro lado, el avance del Estado y los gobiernos sobre las libertades individuales ha significado que la política controle más allá de lo imaginable, la actividad de los ciudadanos.

Esos mecanismos parecen obligarnos a un contacto mas fluido con el sistema político con el que hay que confrontar a diario. Y esa inmediatez parece obligar a sumar votos, a tener mayorías, solo para imponer criterios de unos sobre otros, dejando así de lado el dialogo, los acuerdos, y sobre todo las decisiones voluntarias.

Tal vez debamos revisarnos esta adicción por intimidar como medio para someterlo a la voluntad de otros. Esta dinámica está muy lejos del espíritu de las democracias concebidas como un modo de que la sociedad conduzca el rumbo. Termina pareciéndose mucho a los regímenes despóticos, autoritarios y dictatoriales, esta vez disfrazados con un ropaje más prolijo.

Necesitamos democracia, mas democracia, porque es un requisito indispensable, pero sin los contrapesos de la república, no lograremos avanzar lo suficiente.


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