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jueves, 28 de marzo de 2013

MARÍA TERESA ROMERO, SIMÓN ALBERTO CONSALVI (SAC) EL GRAN DEMÓCRATA

Su vida fue una continua lucha en contra de las dictaduras, de la gomecista a la chavista
Hace varios años el pintor Alirio Palacios me dijo de Simón Alberto Consalvi: "es un hombre del renacimiento, de aquellos en que se mezcla en forma grande y equilibrada lo político y lo cultural. Es un intelectual integral, una suerte de especie en extinción en nuestro país". Cierto, SAC fue un uno de nuestros más notables intelectuales del siglo XX y principios del XXI; ejerció como pocos los oficios de periodista, historiador, escritor, promotor cultural, político, diplomático, y hombre de Estado.

Se hace difícil precisar cuál de todos fue su verdadero perfil, ya que como buen humanista tuvo curiosidad por todo el abanico de vocaciones y disciplinas. No obstante, sospecho, como el mismo SAC sospechaba de Ramón J. Velásquez, que fue la Política (con P mayúscula) su perfil real y su gran pasión, siendo la historia, la literatura, el periodismo, importantes instrumentos para develar sus enigmas. En esta apreciación coincide el propio Dr. Velásquez, quien también me dijo en una oportunidad: "Consalvi es un luchador político infatigable, un batallador democrático por la democracia de su país. Él ha creído como pocos en nuestra nación y aunque es un gran crítico de sus defectos, siempre ha apostado a ella".

Sí, su verdadera pasión fue la Venezuela democrática.

Además de su amistad, tuve el privilegio de que me abriera su impresionante archivo personal, todo un tesoro por descubrir, y que me permitiera biografiar su trayectoria vital de casi 85 años, la cual es un recorrido por la historia contemporánea venezolana. Su vida fue una continua lucha en contra de las dictaduras, de la gomecista a la chavista. A la par, una permanente construcción, en pensamiento y acción, de la democracia representativa. Ejerció funciones públicas en bienestar del desarrollo institucional del país y de la proyección de éste hacia la comunidad internacional.

¿Cuál ha sido tu mayor decisión?, le pregunté un día. "Combatir dictaduras" fue su única e inmediata respuesta. Adiós, Simón, aunque siempre estarás presente.

Matero1955@hotmail.com

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lunes, 11 de junio de 2012

SIMÓN ALBERTO CONSALVI, PERDER ELECCIONES NO ES EL FIN DEL MUNDO

Según las percepciones del jefe del Estado, si él y su partido las pierden esto equivaldría al fin del mundo, a un nuevo diluvio universal del cual sólo se salvarían las especies animales que logren ingresar en el Arca de Noé

El presidente Chávez Frías lleva en el poder el tiempo equivalente a tres presidencias de la era democrática. En aquel tiempo, nada había más normal que perder las elecciones y entregar el poder. Así funcionó la democracia en Venezuela y así funciona en todas partes. Ahora, y según las percepciones del jefe del Estado, si él y su partido las pierden esto equivaldría al fin del mundo, a un nuevo diluvio universal del cual sólo se salvarían las especies animales que logren ingresar en el Arca de Noé. Su derrota significaría algo tan grave para el mundo como el hundimiento del "socialismo del siglo XXI". En otras palabras, la derrota de Hugo Chávez Frías y de su proyecto político personal no tendría otras implicaciones nefastas sino el triunfo definitivo del capitalismo, y la hegemonía global del imperio norteamericano.

Ante una posibilidad como esa que sucede con tanta frecuencia en las democracias, hechas a fin de cuentas de victorias y derrotas, lo que se llama el juego democrático, el Gobierno está en crisis y no logra ocultarla, sean cuales fueren las argucias, maniobras, trampas, estrategias, tácticas que pongan en la ruleta. En Miraflores no entienden lo evidente. Y lo evidente es simple: este es un Gobierno que debe perder las elecciones, que merece perderlas y que debe prepararse para perderlas.

Las razones sobran. Un poder unipersonal ejercido durante el tiempo equivalente al de tres presidentes de la era democrática no tiene justificación de ningún género. Ya se trataría de emular al general Guzmán Blanco o al general Juan Vicente Gómez en la anacrónica y absurda pasión del poder.

Una sociedad como la venezolana del siglo XXI no está para complacencias de esta naturaleza. Catorce años son más que suficientes para que un país reaccione y se pregunte si está dispuesto a seguir siendo, y por tiempo indefinido, el conejillo de Indias en que fue convertido.

El presidente Hugo Chávez Frías debe perder las elecciones porque, como reza la Constitución, "el Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables". Así está escrito en el artículo 6 de la Constitución.

Vale la pena preguntar: ¿Es este un gobierno democrático? Claro que no lo es. ¿Es este un gobierno participativo? Claro que no lo es. ¿Es este un gobierno electivo? Abundan las dudas frente a un ente electoral que carece de autonomía.

¿Es este un gobierno descentralizado? Claro que no lo es.

¿Es este un gobierno alternativo? Claro que no lo es. ¿Es este un gobierno responsable? Claro que no lo es. ¿Es este un gobierno pluralista? Claro que no lo es. Y ¿es este un gobierno de mandatos revocables? Tampoco, porque nada más revocable que una elección general, y ya vemos la guerra declarada contra las elecciones, y la crisis desatada por la probabilidad de perderlas.

El artículo 6 de la Constitución define con claridad el país moderno que queremos los venezolanos. Con discreción, modestia, concisión y sin fanfarrias. Un país democrático, donde los gobiernos no se alcen con los recursos públicos, como ahora sucede con el petróleo convertido en instrumento financiero del proyecto personal e indefinido del presidente Chávez Frías. Un país democrático donde se rindan cuentas precisas y transparentes. Donde los gobiernos no se conviertan en enemigos de la gente.

Un país participativo, electivo, descentralizado. Eso está escrito en el artículo 6, y conviene que la gente responda lo que piensa de cada uno de estos principios y su relación con la realidad. No ha habido, a través de la historia venezolana, desde la época de Páez hasta nuestros días, un gobierno más desafiantemente centralista, más enemigo de las regiones, y más monopolizador del poder que el gobierno del presidente Chávez Frías. Despoja a las regiones de sus recursos y las condena al abandono y las carencias. Véase el estado ruinoso en que se encuentra en todo el país la infraestructura vial, que en una época fue ejemplo de eficiencia.

Un país alternativo. ¿Qué significa un país o un gobierno o un régimen alternativo? Todo, menos el monopolio absoluto del poder en un solo individuo, de manera vitalicia, como si en la república no existieran otros ciudadanos y uno solo de ellos fuera el predestinado, el portador del fuego sagrado de los dioses. No hay nada más democrático que la alternabilidad en el poder. Esto explica por qué en el mismo tiempo que Hugo Chávez Frías viene controlando el Gobierno, antes se sucedieron tres presidentes. Esta es una de las razones ocultas por las cuales se difama tanto la era democrática.

Un país pluralista. ¿No es esto, acaso, lo que hemos sido, somos y queremos seguir siendo? Un país donde cada uno piense como desee, milite en el partido de sus afinidades y aspiraciones, donde no sólo se respeten los derechos humanos sino que sean denominador común de cada venezolano. Que los sepa ejercer y defender. La Constitución aporta razones de fondo para que el presidente Chávez pierda las elecciones el 7 de octubre.

@saconsalvi



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domingo, 9 de agosto de 2009

* LA REVOLUCIÓN DE LAS IDEAS MUERTAS, SIMÓN ALBERTO CONSALVI, EL NACIONAL, AGOSTO 9, 2009

Si Carlos Marx hubiera tenido un gesto de benevolencia con la posteridad, quizás habría dejado una disposición testamentaria prohibiendo a los mayores de 50 años que leyeran sus tratados. Pero no, el pensador alemán no tomó esa precaución: dejó todo al azar. Quizás no llegó a sospechar los desastres que para los pueblos del mundo iban a significar sus escritos, y menos aún las calamidades que en ciertas mentes causarían si los descubrían demasiado tarde.

No hay nada más peligroso que leer a Marx cuando ya se está viejo, y no hay nada más deplorable que escuchar, a estas distancias del filósofo, palabras que se gastaron durante todo el siglo XX, de “como dijo Marx”, de “como pensaba Marx”, de “como nos señaló Marx”. Y, sobre todo, oírlas de quien, como el Presidente de Venezuela, nunca antes se preocupó de leerlo quemándose las pestañas y fatigando el entendimiento.

Paralelamente, no hay nada más cómico que escuchar a estos marxistas instantáneos hablando del maestro como buenos y experimentados discípulos. Pues, nada, Marx, el sabio autor de El capital, se convirtió en otra de las hojas secas de la revolución bolivariana. Nadie salvó al patriarca de la revolución mundial de que se diera la mano con Simón Bolívar, al que una vez llamó “patiquín”, sin la menor cortesía.

Por el camino de los artificios y de las falsificaciones, la revolución bolivariana se ha convertido en la revolución de las ideas muertas. Una revolución fúnebre que pretende prohibirlo todo.


Prohibido pensar, prohibido expresar, prohibido “hablar paja”. Sus estrategas obtusos no logran descubrir el destino de lo prohibido en la historia. Valdría la pena repasar el desenlace de algunas de esas proscripciones. Con el perdón de los eruditos, mencionaremos una de las más antiguas. El 11 de diciembre de 1797, la Real Audiencia de Caracas prohibió la difusión y la lectura de “papeles torpes y sediciosos” y en particular uno “del cual hay en la isla de la Guadalupe muchos ejemplares, y cuyo título dice así: Derechos del hombre y del ciudadano”.

Las penas para los infractores eran de azotes, presidio o muerte. Trece años después, en 1810, los malditos no eran los “papeles torpes y sediciosos”, sino la propia Real Audiencia que pasó a la historia.

Otro ejemplo es más reciente. Las constituciones del general Gómez de 1929, la última de 1931, y la de López Contreras de 1936, vigente hasta mayo de 1945, rezaban: “Queda también prohibida la propaganda del comunismo”. Pero sucede que nunca tuvo más auge ni mayor difusión que en aquellos años la doctrina comunista. De modo que la prohibición, si no sirvió de estímulo, careció de efectividad.

A nadie se le puede prohibir que piense. Las ideas comunistas sobrevivieron a Gómez y a quienes dejaron en la Constitución la famosa prohibición que sirvió, es verdad, para que en 1937 alrededor de 47 venezolanos fueran expulsados de Venezuela acusados del tal delito, de ser “comunistas”. Única manera de expulsarlos.

No se requieren más ejemplos. Dictadores como Marcos Pérez Jiménez no aprobaron leyes, sino censura brutal y abierta, cárceles y torturas.

No obstante, proliferaron los “papeles torpes y sediciosos” como Resistencia y Tribuna Popular. Y para sorpresa e indignación del dictador y de su círculo, un día apareció un volumen llamado el Libro negro, prontuario de crímenes y robos. Hojas sueltas, panfletos, manifiestos, estallaron en 1957 cuando el general quiso reelegirse porque “sólo él era capaz de conducir los grandes cambios”. Pocos días después se dio cuenta de que estaba perdido. Y todo el mundo vio a aquel arrogante perdonavidas huir aterrado en “la vaca sagrada”.

De ahí que no sea difícil comprobar que la revolución bolivariana sea una revolución de ideas muertas. El “Patria, socialismo o muerte” que ya sólo repiten los militares porque no les queda otro remedio, es una consigna muerta. Todo lo que propone la revolución ya fue desechado por la historia.

La guerra contra la propiedad privada. La estatización de la economía. Una ley de educación que se mantiene en la clandestinidad porque temen la reacción de la gente. Una ley electoral discriminatoria, destinada a consagrar la inequidad entre los venezolanos y a combatir el pluralismo.

¿Era, acaso, fatal que la revolución bolivariana terminara en lo que ahora vemos, en un gigantesco aparato represivo que en todas partes descubre conspiraciones, enemigos, complots? ¿Una revolución que fue de mentira en mentira, que en un momento se llamó “humanista”, para terminar en la revolución de los “delitos mediáticos”? O sea, la revolución de las ideas muertas. Nadie podrá nunca contra los “papeles torpes y sediciosos”. ¿Cómo volver a prohibir los Derechos del hombre y del ciudadano? Si las prohibiciones detuvieran la historia, estaría reinando Fernando VII.

SIMON ALBERTO CONSALVI
sconsalvi@el-nacional.com
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