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martes, 25 de febrero de 2014

COLETTE CAPRILES, EL PODER DE UNA IDEA

La escena es la siguiente, filmada por un celular mantenido a una prudente distancia de los acontecimientos: una voz femenina y de buena pronunciación, amplificada con un megáfono, invita a los clientes de una larguísima y bochornosa cola frente a un local no identificado a reflexionar sobre su lamentable condición. Los argumentos de la mujer son los dictados por el sentido común y son los que se repiten a diario incansablemente, son la materia misma de la conversación cotidiana: “Esto nunca había pasado”; “nadie se merece esto”; “no es justo”; “hasta cuándo hacer colas para no encontrar lo que se necesita”… Nada extraordinario, excepto, por supuesto, el tono de arenga y el megáfono. La cámara (por así decir) se fija en los parroquianos que evitan a toda costa parecer interesados en la situación: unos levantan la mirada al cielo con hastío y otros no la despegan de sus celulares. Rápidamente entran en cuadro dos militares o milicianos que van aproximándose a la dama en cuestión –lo que señala que el establecimiento está custodiado– rodeándola como se haría, digamos, con una ternera caprichosa, e incitándola a alejarse. En cuanto queda clara la maniobra de los militares, se desencadena la reacción del público: de la cola salen insultos diversos hacia la mujer del megáfono, y especialmente una señora rotunda se complace en articular el mensaje colectivo: “¡Escuálida! ¡Cállate! ¿A ti qué te importa que nosotros hagamos cola? ¿Acaso eso es problema tuyo?”.
Se trata, como algunos lectores sabrán identificar, de un video que circuló por Twitter hace quizás un par de semanas. Una mujer preocupada por lo que percibe como apatía y pasividad se encuentra con que su ánimo de protesta y su mensaje “concientizador” es percibido como una intromisión, un exceso o una invasión. La arenga, lejos de formar comunidad, sirvió para que lo que quedara de bulto fuera la horrible división entre los venezolanos, que parece más importante que cualquier necesidad, cualquier cansancio o cualquier protesta. Sirvió para que se formara un “nosotros” que excluye, y que, siendo víctima, no quiere admitirlo. O al menos no lo admite frente a un “otro”, al extraño, al que no es igual.
Me hizo recordar una observación de Isaiah Berlin, en un libro suyo llamado El poder de las ideas. En un apartado titulado “La búsqueda de status”, Berlin detecta el “deseo de reconocimiento” como una “forma híbrida de libertad” porque revela la pulsión hacia la autonomía, pero no como separación de otro –como diferenciación–, sino como el efecto de ese reconocimiento que el otro hace. Obviamente, se trata de un fenómeno profundamente humano, pero más interesante es una consecuencia política que Berlin señala: mucha gente prefiere ser mal y brutalmente gobernada por alguien que (siente que) se le parece, mientras rechaza el buen gobierno de alguien que (siente que) no la reconoce. En otras palabras: las identidades son a tal punto recompensas simbólicas, que las penurias de un mal gobierno pueden no ser suficientes para querer cambiarlo.
Y por ello la “protesta” no es una categoría objetiva o externa a la experiencia de identidad. La escasez, la inflación, la incertidumbre, la violencia, no son experimentadas del mismo modo. Por eso, también, la protesta “sectorial”, la que moviliza intereses particulares y se articula sobre un “nosotros” que no cuestiona al régimen o al sistema, funciona como parte del metabolismo del gobierno, mientras que el llamado genérico a protestar contra el sistema es percibido por la mitad del país como una amenaza a futuras retribuciones o recompensas identitarias (o materiales). La eficacia política de la protesta, para que no sea simplemente “reivindicativa” sino transformadora, provendrá más bien de la disolución de ese muro de Berlín (con acento) identitario que ha marcado a esta sociedad desde hace quince años. Cuando esa idea del “otro feroz” desaparezca.
colettecapriles@hotmail.com
@cocap

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sábado, 28 de diciembre de 2013

ALBERTO BENEGAS LYNCH (H), LA IDEA DE PROGRESO EN WARREN NUTTER,

Hay mucha bibliografía sobre el concepto de progreso, pero el ensayo del profesor Nutter es de especial interés. Un trabajo publicado por Liberty Fund titulado "Economic Welfare and Welfare Economics" incluido una recopilación de varios otros de sus escritos en el libro Political Economy and Freedom editada por la mencionada Fundación, en 1983.

Warren Nutter fue condiscípulo de James Buchanan en la Universidad de Chicago donde obtuvo su doctorado en economía. Posteriormente fue profesor en la Universidad de Yale y finalmente en la Universidad de Virginia donde dirigió el Departamento de Economía.

En el ensayo de referencia, el autor se lamenta por el hecho de que la expresión progreso se utilice muy poco entre los economistas para reemplazarla por desarrollo “que significa más de lo mismo”. Un tumor se desarrolla, sin embargo el progreso alude a un futuro abierto. Por eso es que los planificadores de vidas y haciendas del prójimo reiteran el uso de la palabra desarrollo y pretenden planificar las “variables” conocidas, en cambio eluden el término progreso ya que, por definición, no es posible planificar lo que no se sabe en que consiste.

Estas reflexiones no se circunscriben a lo semántico, sino que se refieren a conceptos clave. El progreso no se limita al crecimiento de lo existente sino a la aparición de fenómenos nuevos imposibles de preveer. Por ese motivo es que los burócratas internacionales y los megalómanos locales no previeron los adelantos mas relevantes de la humanidad, mucho más ajustados han sido los pronósticos de los escritores de ciencia ficción que las ampulosas Comisiones de “expertos” (recuerdo el magnífico título de un libro de Ángel Prieto: Organismos internacionales, expertos y otras plagas de este siglo).

Progreso remite a un proceso en evolución basado en las preferencias de la gente en el mercado abierto. Implica un proceso competitivo en el que el conocimiento está disperso y fraccionado entre millones de personas, coordinado por el sistema de precios. En este sentido repito el ejemplo que utiliza John Stossel para ilustrar lo dicho. Nos invita a pensar en un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola del supermercado a partir de lo cual sugiere que imaginemos el largo y complejo proceso en regresión. Los agrimensores, los alambrados con todos los proveedores y empresas en sentido horizontal y vertical y los postes con las talas y los extensos períodos para la plantación y crecimiento de la arboleda. La maquinaria para la siembra directa, los fertilizantes y plaguicidas. Las cosechadoras, las pasturas, el ganado, los molinos y las aguadas, la contratación de peones, los caballos, montura y riendas todo en el contexto de miles y miles de arreglos contractuales. Nadie en el spot está pensando en el mencionado trozo de carne, ni en el celofán ni en el supermercado, están concentrados en sus faenas específicas, sin embargo el producto finalmente está al alcance de los consumidores finales.

Este proceso se debe a los mercados libres, pero cuando irrumpen los planificadores de los aparatos estatales bajo el pretexto que “no puede dejarse el asunto a la anarquía del mercado” todo se distorsiona y aparecen los faltantes y los desajustes. Los planificadores del desarrollo no pueden concebir el progreso.

No solo eso ocurre con el consabido estatismo, sino que en la media de las intervenciones, como queda dicho, los precios no reflejan las estructuras valorativas con lo que se convierten en números carentes de significado, razón por la cual se dificulta la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general. Esto naturalmente consume capital con lo que los salarios e ingresos en términos reales se reducen.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 26 de diciembre de 2013.

Alberto Benegas Lynch (h) es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.


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