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martes, 29 de julio de 2014

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ , MATRIMONIO, AVENTURA, DIVORCIO Y REVOLUCIÓN

El pueblo se preocupa menos por la corrupción y más por satisfacer sus necesidades

Terremoto, sacudón y otras llamaron a la mega-abstención del PSUV el 20 de julio, con mesas a las que no asistió ni un elector. En Caracas el exalcalde Bernal habría arrollado al alcalde Rodríguez. Ausencia de 95% de los pretendidos 7 millones y medio de militantes, aunque no hay precedentes de un partido con los mismos números de inscritos y de votos presidenciales, ya que estos suelen ser por lo menos cinco veces más. 

Algunos lo atribuyen al enojo de las bases, la sentencia de ese juez impoluto, el pueblo, a dirigentes corruptos. Pero más que eso, se desploman las expectativas de que la revolución daría abundancia, justicia, educación y seguridad. "Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo" funciona mientras se piensa que comida y empleo vienen en camino. Con este bofetón aparecen divorcios en la cúpula que tienden al radicalismo -fórmula universal para llenar los vacíos de neuronas-, a proponer más revolución.

Las disidencias purificadoras son tremendamente peligrosas. Contra la burocracia y los privilegios se levantaron, valdenses, cátaros, fraticelli, Savonarola... los trotskystas plantearon la revolución permanente, Mao la revolución cultural y Guevara escarnecía a los comandantes que luego lo mandaron al Congo. El Papado y las revoluciones les prendieron candela durante mil años. El pueblo se preocupa menos por la corrupción y más por satisfacer sus necesidades, pero le gusta aderezarlo con fe, ideología, emoción: la revolución, el odio, la democracia, ¡tenemos patria! u otras. Utilitarismo e ideología hacen un matrimonio que se aviene. La democracia se hundió porque daba bienestar sin emoción, seguridad sin aventura. El chavismo se quebranta porque es emoción sin bienestar, aventura sin seguridad. Y entra en crisis porque ahora no hay ni una ni otra ya que al forzar los engranajes de la economía y la sociedad por largos quince años destruyeron la máquina.

Hegemonía que agoniza

El Gobierno fundió la gobernabilidad, la hegemonía, que consiste en lograr que las mayorías asuman y defiendan el orden establecido como su modo de vida. Pueblo es una noción imprecisa. Los arios del nacionalsocialismo, el proletariado de Lenin, los campesinos de Mao y Pol Pot, la opinión pública y la mayoría silenciosa, los más de Aristóteles, el antiguo demos. Luego la teoría política democrática convierte esa intuición en el concepto moderno de ciudadanía: un corpus colectivo de sujetos individuales con igualdad jurídica, y derechos y deberes. En los colectivismos no hay ciudadanos, ni derechos, ni propiedad. Por eso colapsaron y los líderes toman medidas diferentes para salir del naufragio. Gorbachev quiso construir una democracia, e igual las demás naciones del bloque soviético, Den Xiaoping una dictadura con economía de mercado pinochetiana sin protección social ni derechos políticos.

Fidel Castro y Kim Jong Il hicieron infiernos concentracionarios. En vez de salir del purgatorio y abrirse a las inversiones y la productividad, como Latinoamérica durante los 80, el gobierno venezolano prefiere el camino detrás del espejo. Un rudimentario ajuste para paliar sin resolver el desequilibrio y un oneroso pacto con China que compromete por generaciones el petróleo, la única fuente de ingresos. Eso garantiza ir de devaluación en devaluación y de inflación en inflación hasta extremos. Víctor Paz Estenssoro en 1952 sumergió Bolivia en el marasmo de 30 años a partir de una revolución -¡cuándo no!-, y efímeros gobiernos de izquierda y de derecha que se derrocaban uno a otro, con hiperdevaluaciones e hiperinflaciones hasta de 40 mil por ciento. Para comprar se requerían carretillas de billetes que no se contaban sino se pesaban.

La esperanza se hace

Bolivia llegó a ser sinónimo de pobreza extrema y el Che creyó que si montaba una guarimba armada en el río Ñancauazu, las multitudes se insubordinarían tras él. Pero el régimen duró tres décadas y 40 golpes militares estimulados por la inepta oposición (lo sigue siendo) de izquierda y derecha, hasta que en 1982, el mismo Paz Estenssoro, el gran responsable derrocado tres veces, regresó sobre el voto popular en elecciones convocadas por la dictadura. Lo apoyaban el hoy odiado "liberal" Sánchez de Losada, luego Presidente, y el FMI, y sus reformas encaminaron la prosperidad y la estabilidad que hoy disfruta Morales. La situación del PSUV obliga a que la alternativa democrática se cohesione y fortalezca, para no repetir historias tristes y que se sepa urbi et orbi que la democracia tendrá donde apoyarse, en un contexto internacional mejor que aquél.

Las elecciones de 2015 son una gran oportunidad, pero no para declarar guerras a muerte, sino para construir la mayoría en la Asamblea Nacional que obligue al Gobierno a cumplir su responsabilidad e impedir el caos que devora todo. Y desde ahora una oposición en la calle (en el buen sentido. Borges hablaba de "un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra") para crear organización, fundar en los desesperanzados que hay una alternativa democrática y explicar cómo debe ser la rectificación. 

Una campaña ciudadana, similar a las que hicieron Betancourt, Villalba y Caldera en la década de los 40 para crear los partidos, "hasta en las más lejanas aldeas". Construir una maquinaria de testigos electorales como la que hasta ahora ha sido imposible.

Carlos Raul Hernandez
carlosraulhernandez@gmail.com
@carlosraulher

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domingo, 25 de noviembre de 2012

TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ, LA RECUPERACIÓN DEL SENTIDO

Vivimos una época en que la política dejó de ser espacio de redención para convertirse en una imposibilidad frustrante. He repetido cientos de veces que el pensamiento y la política se divorciaron, convirtiéndose la segunda en un giro lamentable sobre lo instituido. La política pasó a ser la administración de lo instituido despojándose de toda carga, incluso de aquella vieja concepción que la definía como “el arte de lo posible”.
Encontramos que quienes anuncian prácticas de “democracia representativa” la transforman en verdad en una situación deliberativa intrascendente incapaz de incidir con modificaciones sobre lo instituido. Lo representativo ha dejado prácticamente de existir al constituirse en un mecanismo conservador de lo existente y al no encarnar una voluntad expresada desde la fuente instituyente  y lo llamado “participativo” ha sido convertido en una farsa que obtiene resultados exactamente contrarios a los necesarios..
Es necesaria la tensión modificadora que produce una sociedad en afán instituyente. Nos hemos planteado cambios institucionales y no cambios estructurales que son los propicios para el logro de la equidad social.  Hay que construir una ciudadanía y no tenemos tiempo como para andar proclamando que se requerirían 20 o 30 años de un proceso educativo profundo. Hay que procurar un despertar hacia una autodeterminación ciudadana y no detenerse en la larga espera de una formación poblacional masiva.
Pasa por hacerlas interpelar y crear así una tensión. Ello implica innovación originada en un profundo discernimiento. Esto es, deben poder ser convertidas en activistas en procura de la inclusión y del reconocimiento de derechos aún no reconocidos. Se trata de la ruptura de una lógica instituida e impositiva que mantiene en vigencia un acuerdo social básico absolutamente inepto para atender a las necesidades políticas inmediatas de superación de un régimen autoritario e impide el poder arrollador de una sociedad instituyente. Ello implica una nueva ética política que hará posible la erupción de una nueva cultura política  que posibilitará –entonces sí- el largo período de educación masiva en la formación de ciudadanos. Algo muy contrario al asistencialismo del estado, un perverso mecanismo que no hace ciudadanos sino aciudadanos.
Cuando se fragmenta se enseña que la movilización colectiva es inocua, se corroe el poder instituyente del cuerpo social. La sociedad venezolana actual está en fase negativa. La protesta es una simple pérdida de paciencia y la lectura de columnistas que insultan al gobierno un simple ejercicio de catarsis.
Es lo que intentamos hacer: procurarnos algunos ciudadanos, ya dueños de esta condición, para comenzar a generar una cultura política esencialmente nueva.   
Lo que pretendo al hablar de ciudadanía instituyente no se refiere a un mito fundante. La política de resolución de conflictos y de armonización de intereses se basaba en el respeto estricto al orden legal vigente como única posibilidad política de mantenimiento democrático. Después del revolcón que hemos sufrido ese contexto de política está marchito. La paradoja es fácilmente soluble, puesto que al estar encerrados (como estamos) en la “sin salida” (repito que ya he hablado suficientemente de nihilismo y cinismo del siglo XXI) va a encontrarse inevitablemente con una reacción frente al sometimiento, una que también de manera inevitable va a estar marcada por una concepción de la política absolutamente distinta de esta que practican entre nosotros tanto gobierno como oposición. Hay, pues, esperanza, porque de la nueva ética saldrá racionalidad en la nueva construcción. Ello provendrá de la toma de conciencia de una necesaria recuperación (no del pasado, en ningún caso), sino del sentido.
tlopezmel@gmail.com

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