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martes, 7 de octubre de 2014

LUIS GARCÍA MORA, CRIMEN Y VAMPIRISMO, AL LÍMITE

La transición venezolana, hacia  la “Patria” o hacia la muerte, está tirada hacia la farsa. Y el presente es una inmundicia.

AUSENCIA DE TURBACIÓN
Se puede trasegar el momento apartando la cara hacia otro lado. Nosotros los venezolanos somos púberes, infantes, y aborrecemos lo incómodo, lo malo, aquello que nos suena a infeliz emergencia.

Nada de malas noticias, de cosas importantes. Nada de gravedades. Lo importante para nosotros es no despertar. “Mi mentira, mi nada”.

De ahí la reacción ante estos recientes crímenes bochornosos. El del diputado Robert Serra y la joven María Herrera, que son distintos y parecidos a la vez. O ante el de Mónica Spears, sacudidor y tremendo por su carga cegadora de America Horror Story. Todo tan similar al del desfigurado Otaiza, en Turgua. O aquel de Jesús Aguilarte. O al de Wilmer Moreno. O a aquel del fiscal Danilo Anderson. O…

Por cierto, ¿quién mató a Danilo Anderson?

SUSPENSIÓN DEL JUICIO
SOBRE LA REALIDAD
Todos y tantos otros crímenes por segundo, a los que tanto el presidente de la República como Diosdado Cabello y el resto los hombres fuertes del régimen, una vez ocurridos, escamotean de inmediato de su contexto real, sea La Pastora o la Regional del Centro o un  matorral, para extrapolarlos a su esquema total y elemental de “Socialismo o Muerte”.

O “Patria o muerte”, que no es más que el marco brutal de un comportamiento extendido a una mentalidad límite, armada hasta los dientes, de patio de prisión o barricada. No a un país sano y civilizado. Es una psicopatía de crimen total que ha terminado por contaminarlo todo.

Manteniendo a la ciudadanía venezolana desde hace quince largos años colgada de ahí, bamboleándose al ritmo de las metralletas y los disparos, mientras que simultáneamente desde los gigantescos megáfonos del poder se nos inocula con un discurso violento que jamás, jamás, ha dejado de agredir.

Un casting que vampiriza el crimen. Cualquier crimen. Diariamente no dejan de reproducirse. De gotear. Mientras tanto, desde la platea, como en un gigantesco circo romano se aplaude o se condena, en medio de una jauría que copa el espectáculo, que chilla “¡Patria o Muerte!”, al tiempo que a todo lo demás se le ciega o se acalla o se ningunea, sin que nadie en su sano juicio alcance a discernir, por supuesto afuera de la fiesta, en la calle, si esto, lo que nos rodea, es el crimen como razón de Estado o el Estado como crimen.

Nadie.

Dicen que seis hombres mataron a este muchacho y a su asistente, luego de bajarse de sus súper-camionetas, armados como en el estado mejicano de Guerrero. Los amarraron, los amordazaron y los apuñalearon. Dos vestidos como santeros (se habla de un componente religioso, junto al resto de detalles de la escena del crimen, como de muchas armas allí).

En su vida. En su casa.

Se cansó de reiterarlo aquel líder: ¡Sí, estamos armados! ¡Ésta es una revolución armada!

No un país: una trinchera. Sin ciudadanos, sino soldados que sobreviven en esta fantasía de muerte y ritos oscuros.

Y el resto de la ciudadanía, que levanta sus muertos de la calle y de sus casas, son otra cosa. No importan, no están ubicadas en las tropas correctas. ¡Porque esto es una guerra, no un país! Y casi todo es espacio y gente a conquistar: blanco, o baluarte.

Ya se identificó a los autores materiales, anunció el presidente de esta especie de República de la Catástrofe, crispado y para luego añadir que también se ha identificado a los autores intelectuales en tiempo récord: el expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, y algo indiscernible que llama “la derecha de Miami”.

Y más nada. Es decir: ¡otra victoria revolucionaria!

Se advierte la inmediatez del maquillaje. Y el espejo. Es un pasquín. Y la implementación sobre la marcha, a espuertas, del levantamiento de una República de las fantasías.

Desgastada. Crispada. Torpe. Propia de un desvarío sensacionalista en este país crispado. Y al que se intenta inútilmente gobernar desde una Sala Situacional de creativos y publicistas bien pagados y en un permanente estudio de televisión. Que, ojo, antes era conducido por un animador estrella que ya no está, pero ahora se debaten tratando de salvar el programa con envergadura de un país que se asemeja más y más al patio de una prisión.

 Y no hay aplausos. ¿El libreto? Se elabora y reelabora sobre la acción, que gira cada vez más en torno a la instigación al delito, a la violencia, a la anarquía. Aunque con un aditamento: la impunidad.

Pero la performance amenaza la propia supervivencia del programa. O, tocando piso, del modelo. Porque más allá del programa hay un país. Una nación. Abofeteada y despreciada por el delirio ideológico, pero ahí.

Real. Tangible. Un país maravilloso que aún quiere, que anhela. Extraordinario país que sueña aún en las peores circunstancias con un sistema jurídico garantista y un poder judicial sólido, que lo desarrolle con imparcialidad e independencia, con firmeza democrática. Más libre, más solidario, más igualitario y, por supuesto, como decía el juez Garzón, más justo.

Uno con una independencia judicial que lo adecúe a una firme gobernabilidad. Y no éste, permanentemente desprotegido y asaltado por el crimen en esta especie de cohabitación inmoral e ilícita.

¿Quién mató a Danilo Anderson? ¿Y quién mató a los demás, que son tantos, demasiados?

¿Fuenteovejuna, señor?

¿Todos?

¿O ese Imperio del Mal tras el que se esconde la incapacidad de Miraflores?

Ese más o menos letal en el que la culpa es del otro, de un monstruo: el gigantesco imperialismo yanqui, el capitalismo, la derecha, allá afuera en el espacio exterior.

Esto ante una vasta población con sus cifras del crimen in crescendo. Tres mil seiscientos noventa y un cadáveres, recibidos en la morgue de Bello Monte en un año. Cuatrocientos veinticinco muertos en este Septiembre Negro sólo en la Gran Caracas.

Con un añadido copioso: la banda que secuestró y descuartizó al comerciante portugués José Enrique Maia Sardihna se formó en la cárcel de El Rodeo. Pues como nos martilla la realidad todos los días: el Estado Delincuente es un todo.

Todos estamos confinados en El Rodeo. Todos estamos en prisión.

Todos, incluyendo al Presidente y a los ocupantes de los Poderes y a Cabello y a la Fosforito y al que sea que nazca a partir de hoy, cuando las campanas están tocando a rebato.

Y al tiempo esta subcultura de violencia crece sin consecuencias, o con consecuencias banales.

En su momento los cuerpos de seguridad aseguraron respecto a la banda que asesinó a Mónica Spear y a su esposo (en ese caso no fue Uribe), que la habían desintegrado varias veces, cuando (como decía un sacerdote sabio) a una banda de criminales se la “desintegra” una sola vez, si eres policía y si eres Estado.

Una subcultura de la violencia desde el poder o en el poder, como de unas FARC gobernando desde unas trincheras con poder, desde colectivos armados en el poder y del ataque de palabra violento hecho desde el poder, con un modelaje de violencia desde el poder e imponiendo una conducta violenta desde el poder.

A sabiendas de algo consabido y banal: “Las personas de mayor prestigio: un futbolista, un gran artista, un literato de importancia, un Presidente, un gobernador, son quienes tienen mayor probabilidad (de acuerdo con la psicología social) de que sus conductas sean reproducidas”, como decía Alejandro Moreno.

¡Ay, aquel Presidente! Tan ejemplar, sinuosamente sutil al lanzar sus perlitas de palomas: ¡Extermínenlos!

O sea: no fue el hamponato sin freno quien mató al diputado Serra. Ni el discurso revolucionario y agresivo del líder que basculaba entre el odio y el amor en su desenvolvimiento bipolar.

Violento, aniquilador.

No.

Eso no tiene nada que ver con la inoculación del miedo y la incertidumbre como objetivos de gobierno, con el Estado Delincuente que campea por sus fueros sobre todos.

Ni con esta mezcla de intereses que el ciudadano percibe y sufre, este maridaje que a partir de lo “revolucionario” y económico rompe cualquier diferencia en el campo de lo político, para facilitar el cruce de negocios ilícitos. Ni con la inseguridad ciudadana y sus cifras alarmantes, que en continuo fluir superan todas las estadísticas anteriores.

En esta inexpugnable caja negra donde las cifras se esconden, se manipulan, se niegan, se tuercen y se retuercen, para retirar bajo la alfombra los 7 mil 960 homicidios de 2001 y los casi 10 mil de 2011 y el promedio de 1.611 homicidios mensuales y los 53 asesinatos diarios, en el que un ejercicio de la más cruda impunidad evita que los crímenes se persigan y se castiguen, y donde desde el poder todo se relaciona con el “sicariato” pues, como es sabido, desde el punto de vista policial es la modalidad delictiva más difícil de perseguir.

Cabello: fueron sicarios. Maduro: fueron sicarios. El último ministro de Relaciones Interiores después de los 11 que ha habido desde el 2000 al 2011: es sicariato.

(Y borren los videos. Nada de eso de que en 2010 se determinó que en los últimos tres años de cada 100 homicidios, 91 quedaron impunes. Sólo se habría hecho justicia en 9).

José Martí decía que es criminal quien sonríe al crimen (ojo: es Martí citado por Marcos Tarre y Tablante en sus momentos sublimes). Quien lo ve y no lo ataca, quien se sienta a su mesa, quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesados, quienes reciben de él el permiso para vivir.

Cántico leve en esta estructura de la delincuencia organizada, dueña de penales y ciudades, donde todo huele a búsqueda de publicidad.

A maniobra de oportunismo político.

A frivolidad política.

A esa voz poderosa de quien ordena que, al terminar, arrojen las armas en un rincón.

Y a esta silenciosa aquiescencia.

Luis Garcia Mora
aguilaluis_7@hotmail.com
@LuisGarciaMora

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martes, 17 de junio de 2014

AMÉRICO GOLLO CHÁVEZ, ¿CAPRILES O LEOPOLDO?

            El gran triunfo de esa cosa que  Chávez  denominó  como su socialismo,  fue el de haber logrado en el ser social venezolano el estado de terror, mediante  la imposición  del terrorismo de estado  como su modo, forma, medio, fin, de perpetuarse en el poder, de imponer su política.  He estudiado este tema con intensidad, pero  es imprescindible  reiterar constantemente, sin cansarse en  la demostración de este modo de destrucción humana, en la medida en que el terrorismo de estado conduce, inexorablemente, al miedo individual y colectivo, a la abulia, y finalmente a la ataraxia.  

Sin desconocer el pensamiento creador de los griegos, de sus debates, ni  los enredos de la piscología, psicoanálisis, asumo la mas diáfana definición de estas patologías, que son,  de la manera mas transparente posible,  la abulia como la pérdida de la capacidad de tomar decisiones, la ataraxia como la indiferencia  absoluta ante cualquier hecho,  la total indiferencia no sólo de cuanto pase y pese al otro, sino cuanto a él  mismo ocurra, pase.  La muerte, la cárcel, etc.… no alcanzan significación alguna.
             Antes de llegar a estos modos de la conducta, límites,  hay situaciones  “intermedias”  muy complejas, entre las cuales se ha de mencionar  siempre, con intensidad,  los variados niveles y formas  de stress, de desesperación, de rabia, de impotencia que son “vehículos” y “caminos” para llegar al miedo y de allí a la abulia y la ataraxia, y otros modos  de alto riesgo  entre los cuales anotemos dos, la absoluta desconfianza en el otro, de quien se espera reacciones muy diversas, desde la indiferencia ante penas, riesgos,  hasta soportar  la arbitrariedad como normal  y recurrir a  la delación como formas de  autoprotección. 
El aislamiento,  que  se justifica por diversas causas, razones, necesidades, hasta llegar a refugiarse en el silencio como prudencia para  su autodefensa o protección personal, familiar; el escepticismo: nada es posible hacer, el estado, el gobierno es todopoderoso, tiene todo en sus manos, es invencible… Pudiéramos continuar, pero sea esto suficiente como ilustración; mas,   lo más decisivo e  importante es verificar cómo el terrorismo de estado, en ese viaje de  deshumanización,  juega  con  muy hábiles maniobras, entre las mas eficaces, imponer una  ideología, que basa su argucia de afirmar que todo cuanto se haga por defender al régimen, es mas que justificable, legítimo, puesto que el bien queda como propiedad “revolucionaria” y quienes la rechazan como herejes, los malos, perversos, contrarrevolucionarios, antipatriotas,   y,  la par, crea una “racionalidad”  que culpa al otro de todos los males  de cada “pobre” y de la sociedad desposeída, puesto que lo que el otro tiene o bien lo adquirió por  pecaminosos medios o bien impidió que el desposeído fuese dueño de lo que  el otro tiene, ello permite, además, lograr que la responsabilidad de cada uno, de cada quien  se diluya, desaparezca  mediante la acusación   a otro u otros de  la desgracia que individual y  socialmente se vive.  Sobre esta visión  se crea, cultiva, desarrolla el odio que une a los secuaces y seguidores, y se organiza  la  venganza, predicada como recompensa, y como el dinamo que impulsa las acciones contra el Otro, que es, en general, quien tenga bienes y quien disienta.
            Pues bien, en el marco de este apretadísimo e incompleto  resumen arriba expuesto, observamos que antes de caer en la abulia, la ataraxia, aparecen   la desesperación, la imponencia, la justa ira, las cuales  conducen, inexorablemente,  a posturas profundamente irracionales, entre las cuales, cabe también el terrorismo, el empleo de la fuerza, el ojo por  ojo. La sustitución de la razón por la irreflexión y de allí al odio.  Entre estos protagonistas  encontramos, a un importante grupo de “teóricos”, intelectuales,  escritores,  filósofos, dirigentes políticos, de la economía,  de partidos  que escriben, teorizan, sobre la imposibilidad de salir del régimen  por medios llamémoslo, situacionalmente,  democráticos,  constitucionales, sino  que se afincan en la fuerza. Fuerza mata fuerza.   La sustentación que se esgrime paree ser  muy evidente.   Si todo el aparato del Estado, sus instituciones, las  AN, las misiones, los colectivos, tribunales, el dinero, la AN, el TSJ, etc., es decir,  todo,   cómo, entonces,  enfrentar al régimen, que controla todo el poder,  todos los resultados se conocen a priori, la razón  está condenada, la justicia está en su ataúd, entonces,  participar en  elecciones, ir a  tribunales, proponer leyes para la paz,  es legitimar al régimen, cohonestar al gobierno. Son comparsa y parte de esta visión un  importante  sector  de la clase media,  profesionales, estudiantes,  y otros que convierten su casa, sus oficinas, sus twitter, sus facebook en el  “teatro de sus operaciones” y aguardan que otros hagan por ellos lo que ellos dicen se necesita hacer y que no hacen.
             Otro sector importante está compuesto por gente del común, también como pasos previos para llegar a la abulia, la ataraxia, son los iconoclastas, que como el perro de Nazoa,
“ruin perro callejero, perro municipal, perro sin amo, que al sol o al aguacero  transitas como un gamo trocado por sarna  en cachicamo”. 
Hasta allí la analogía,  en el resto del poema el  perro  callejero  de Nazoa  construye su felicidad ”conscientemente”, nuestro iconoclasta, en cambio,  se hace feliz en su propia miseria.  Su existencia se reduce al hoy y al sabio  refrán, “como va llegando le van dando”. Los recurrentes al terror, la fuerza, como medio,   la indiferencia como existencia, víctimas del terrorismo  de estado son, en grado de alto riesgo, presas del estado de terror. No falta, bueno es señalarlo, quienes sin ser posesos del terrorismo de estado, juegan al estímulo y cultura del terror para su propio beneficio.  Hacerse líder de estos modos de asalto a la razón, puede producir  dividendos inmediatos, tanto como líder  de la rebelión, cuanto como   mesías héroe, pero, en el fondo, victimas son de cuanto  quieren combatir.
            El terrorismo de estado muy bien acabado y aplicado por todos los regímenes autoritarios, dictaduras, civiles, militares,  teocráticos, nazis   o cristianos, islámicos, (Hitler/Franco) etc., empieza a hacerse  aguas, a hundirse, cuando la consciencia social  va desplazando los estado de alienación que ya hemos anotado, producto del terrorismo de estado.  En la medida en que la consciencia individual y social crece, el poder de la arbitrariedad se reduce.  Pero esta lucha  para que sea eficaz y eficiente tiene que socializarse, llegar a todos  para convertirse en mayoría.   Esta lucha se ha venido dando en Venezuela, quizá de manera menos rápida de cuanto se desea pero más rápida de cuanto  el chavemadurismo preveía.  Se derrotó, primero, el abstencionismo  justificado  con el mismo argumento, el poder todo lo tiene y nada da.  Segundo,  se derrotó la imbecilidad del paro petrolero y los generales de  opereta de la  Altamira,  son terrorismo, light este ultimo, cuasi nazi el primero.
La consciencia social empieza a crecer con la candidatura conscientemente perdedora de Manuel Rolases, los dos episodios de Capriles, lograron, sin duda, tal son los hechos, que el país se ilumine por una nueva aurora, de una  práctica política que derrotó el discurso, tantas veces sui generis, de los terroristas del lado de enfrente como el del régimen, oteado arriba. Un paso mas se ha dado, la lucha de los estudiantes tiene una significación superior a lo ya transitado.  Por una parte se despertó la conscientica  de que el cambio acelerado es posible, pero no en exclusivas manos, sino  si a ellos y ellos se unen todos quienes en común rechazan el régimen, segundo, la lucha gremial pasó a ser lucha política, con una meta clara, el ejercicio de la libertad política, cultural, plena. La demostración inequívoca de que el discurso del llamado socialismo del siglo XXI, del chavemadurismo, no horadó la consciencia de los estudiantes ni de la población joven crecida   en estos quince años de duro fundamentalismo, (Tascón, apartheid, discriminación, criminalización, persecución, cárceles, dominio de los medios…)  es un profundo avance.
            La gran tarea para “salir de Maduro” para  garantizar su material suicidio, puesto que ya políticamente lo alcanzó, porque, por una parte cuando se siente heredero del papá eterno y no hay tal magnicidio, y, por la otra,  porque Maduro como Chávez ya son suicidas ante el tiempo, pues bien, esa dura tarea  está en el esfuerzo de desarrollar una consciencia política con fundamentos éticos, científicos;  estos para dar las respuestas, las soluciones  adecuadas a los problemas reales que demandan  solución, la ética como orientación de la acción política, de la conducta, que implica hoy una propuesta para superar los límites de la democracia. En este sentido,  la dirigencia política debe asumir que la democracia real, tanto en Europa como en Canadá y Estados Unidos, tiene severos límites que deben ser resueltos.  No por cierto los graves de la economía que en algunos países fue casi mortal, Portugal, Grecia, España, las cuales se solucionan según las habilidades políticas, mas que por las propias de la economía,   sino los problemas éticos de como gobernar.  La cualidad del líder y  de manera aun mas transparente  la del funcionario, que debe estar por encima de la alienante voluntad del partido, por una parte y, por la otra, que los funcionarios políticos o de la burocracia en general  tienen  que ser seres idóneos para ejercer el cargo. Los votos no son  la respuesta, ayuda a buscarla si en su uso vive la consciencia.
            Todo cuanto se ha dicho hasta este momento, sirve para darle pie y cabeza al título.  He tomado a Capriles y a Leopoldo porque son formalmente  expresiones tácticas que aparentemente se sustentan en diferencias profundas e irreconciliables.  Sin duda que en este momento las visiones y prácticas  de la política “criolla” pueden sin apremios y sin injusticias enmarcarse en el texto que he desarrollado.  Hay una inmensa desesperación ante el autismo del régimen y la abismal ignorancia en las decisiones políticas, económicas, de la salud, finanzas….  Hay demasiado salvajismo al enfrentar la cuestión de la producción. Hay franca imbecilidad en el manejo de la política  internacional y asquea, francamente, el grotesco y perverso modo de manejar Maduro, Diosdado el poder judicial y su pobreza de palabras. Quien no se arrecha con la descomunal inflación solo  menor a la mortal inseguridad.  Quien humano no se llena de ira al ver como se violan sus derechos esenciales,  quien no se indigna y maldice cuando va a comprar y que si bien hay, no alcanza y, que en las más veces, no hay. Topo ese dan ganas de salir  de Maduro, de Diosdado,   de JVR y de Vladimir…quien humano no se  asquea de las cadenas… de las mentiras a granel.  Quien con elemental amor a estos suelos, no se encoleriza al ver la absoluta dependencia, subordinaron, sumisión   al régimen  fascista, nepotista de  Cuba, que mientras ésta engorda y  pininos da por la apertura al capital y sus mañas buenas y las malas, en Venezuela Maduro y sus secuaces se empecina en aislarnos, acabar con la ciencia, hundir el arte, a pesar de Abreu y su versátil sistema.  Y más!
            Pero,  si se fueran Maduro, Diosdado,  Rodríguez, Giordani,… se tiene el riesgo de  reiterar la historia, como quien dice, el mismo musiù  con diferente ropa.  
Aquí entonces Leopoldo y Henrique tienen que echar el resto, crear e impulsar niveles de confianza mas que en ellos, en todo como se debe  gobernar, que “perfil” se requiere en cada caso,  aquí, pues,  no se trata de dar al cesar lo que es del cesar y a dios lo que es de dios, es mas sencillo, acabar con el césar –el caudillo – y enterrar a dios – el mesías.  
Y este duro combate o lo damos juntos, en medio de la calle,  (yo me honraría ir detrás de María Corina) o Maduro vivirá sobre nuestros cadáveres,   el de los estudiantes y lo mas grave, no dejará  vida, quiero decir la libertad, a aquellos que vendrán.
Americo Dario Gollo Chávez
americod@gmail.com
@americogollo

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