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sábado, 28 de febrero de 2015

SAUL GODOY GOMEZ, EL OFICIAL LAWRENCE

Llegué a interesarme por la vida de Thomas Edward Lawrence (1888-1935), en primer lugar, porque vi la película Lawrence de Arabia (1962), en la que el actor Peter O’toole lo personificaba, y luego, porque me recomendaron estudiarlo para comprender como trabajaba la inteligencia militar británica, mucho más reservada y misteriosa que su contraparte civil (MI6).

Y efectivamente, la vida de Lawrence es el perfecto ejemplo de cómo el gobierno británico identifica, prepara y hace operar a sus agentes en los diversos escenarios, una labor que toma el esfuerzo de varias generaciones.

Un agente operativo de inteligencia es una inversión de tiempo, dinero y entrenamiento bastante exigente y costosa; empieza usualmente en las instituciones educativas, donde sus prospectos son identificados y seguidos de cerca en sus carreras.

Los británicos llevan siglos haciendo de la actividad de la inteligencia y el espionaje una tradición que han sabido imbricar con el honor y el patriotismo, con el arrojo y la tecnología, y con juegos harto complicados de lealtades y traiciones.

No siempre les han salido las cosas como han querido, han cometido errores y garrafales, pero de igual manera han tenido éxitos tremendos y, cuando los han hecho público, como en el caso de Lawrence, los que estudiamos el mundo de la inteligencia no desaprovechamos para enterarnos sobre cómo lo hacen.

Sobre Lawrence se han escrito toneladas de libros, sobre todo porque se convirtió, ya al final de su carrera, en una celebridad para los medios internacionales; entre éstos hay estudios muy serios que abarcan diferentes facetas de este complejo personaje. Sus biógrafos autorizados, Malcolm BrownJohn E. Mack, and Jeremy Wilson; sus amigos, Robert Graves, E. M. Foster…; investigadores como Robert Payne, Irving Howe; los periodistas Knightley y Simpson del Times de Londres; los orientalistas Suleiman Mousa y Edward W. Said, hasta la escritora argentina Victoria Ocampo, entre otros muchos autores, han escrito sobre la vida y acciones de este aventurero que, literalmente, cambiaron el mundo.

La Campaña del Sinaí y Palestina, así como La Revuelta Árabe en contra del Imperio Turco Otomano, en las que participó el Coronel Lawrence, son todavía fuente de estudio y papeles técnicos sobre estrategia militar.

Lawrence era, entre otras cosas, un destacado arqueólogo clásico, crítico literario, historiador, experto en clásicos de literatura, estratega, administrador militar, arabista profesional, revolucionario, experto en inteligencia, autor, político (imperialista), antropólogo…

La obra que más lo distingue es Los Siete Pilares de la Sabiduría (1926) y su versión abreviada Revuelta en el desierto (1927), que fue un verdadero best-seller mundial. Se trata de un enciclopédico recuento de sus viajes y aventuras en el desierto como asesor del Jerife de la Meca y Comandante de la insurgencia árabe; allí podemos leerlo en su papel de biólogo, geólogo, cartógrafo, psicólogo, sociólogo, su ojo clínico para los detalles impresiona; aún los mismos árabes conocedores de los territorios visitados por el inglés, le hacen honor a su fidelidad, sus descripciones del paisaje y del modo de vida de estos pueblos nómadas son impresionantes.

Pero lo que más “choca” de esta crónica es su resistencia a las condiciones extremas a las que se expuso durante su campaña; se entrenó para soportar penurias y necesidad, podía pasar días sin comer y bebiendo muy poca agua, le bastaban algunas pocas horas de sueño para recuperarse, su disciplinada vida le permitió hacer largas jornadas a lomo de camello por los desiertos más inclementes; tenía una resistencia inusual al dolor y sobrevivió a la tortura y la violación, su cuerpo se recuperaba rápidamente de las fiebres, diarreas y picadas de alacranes, conservaba una pasmosa calma en medio de los más grandes peligros y cuando tenía que matar, lo hacía sin vacilación.
Su inmersión en la vida de las tribus árabes fue total, no sólo era tomado por uno de ellos, sino visto y respetado como uno de sus líderes.

Pero algo parecía faltar en este hombre, uno de los más capaces e inteligentes de su época, en palabras del propio Churchill.

Y esa pieza misteriosa que no encontramos en su vida es la que lo hace más interesante.
Lawrence hizo de peón para el Foreign Office y la Oficina de Asuntos Coloniales, prestó servicio bajo el comando de oficiales que eran menos capaces y preparados que él, sus diferencias y desplantes con las líneas de mando eran famosas, pero siempre acató las órdenes aún las que iban en contra de sus ideales, entre ellas darle a los árabes un gobierno independiente y libre luego del enorme esfuerzo que hizo para llevarlos a la victoria de sus enemigos.

Para arabistas como Edward W. Said, Lawrence llegó a traicionar y engañar al pueblo que había ayudado a liberar; había ayudado a cimentar las relaciones anglo-árabes para, al poco tiempo, su labor fuera usada como ficha de cambio en el pacto secreto Sykes-Picot, que firmaron los ingleses y franceses luego que estos últimos tomaran en 1920 la ciudad de Damasco, lugar que Lawrence tenía en mente como capital para el nuevo estado árabe.

De este pacto, impulsado además por los intereses petroleros, surgieron en el mapa Irak y Cisjordania, y Palestina quedó bajo el mandato británico.

Pero todo este cuadro era mucho más complejo, el investigador inglés Peter Hopkirk, recientemente fallecido, autor de esos monumentales libros sobre la inteligencia británica en Asia, El Gran Juego y Como un fuego escondido, nos ilustra diciendo que la labor de Lawrence en Arabia era apenas una parte de un plan maestro de la inteligencia británica para desbaratar el complot alemán para hacerse del territorio que, por incompetencia del decrépito imperio Otomano y desde tiempos de Bismarck, había tomado cuerpo. Lo peligroso de este plan, que los teutones llamaban Drang Nach Osten (el impulso hacia el este), era que incluía desalojar a los ingleses de su colonia más importante, la joya de la corona, la India.

El Káiser Wilhelm II estaba preparando una Guerra Santa contra Francia, Inglaterra y Rusia, que eran los imperios que tenían los territorios musulmanes como colonias; para ello se valió de que el Sultán de Constantinopla Abdul Hamid, había caído en desgracia con sus aliados, debido a la masacre de armenios que había ejecutado en 1896, aprovechó entonces para tenderle una mano y convertir Constantinopla en el centro de operaciones alemanas en la región.

Los espías alemanes penetraron todo el cercano y lejano Oriente bajo la apariencia de expediciones científicas, principalmente arqueológicas y paleontológicas, para descubrir las rutas, posibles campos de petróleo  y fuertes del enemigo, así se trazaron los primeros mapas para el ferrocarril Bagdad-Berlín, se planificó un monumental desarrollo agrícola para Mesopotamia, pues el Káiser quería convertir lo que hoy es Irak en la canasta de alimentos para el nuevo imperio prusiano, se envió expediciones que llegaron hasta los Himalaya, establecieron contactos con el Emir de Kabul, con el Shah de Persia, reclutaron y financiaron revolucionarios musulmanes y Sikhs para fomentar sentimientos anti británicos en la India.

En Constantinopla los bancos alemanes y filiales de las más grandes empresas abrían oficinas, la poderosa marina alemana hacía operaciones conjuntas con la marina turca; el juego que estaba planteado era uno de sobrevivencia para los británicos.

Estoy seguro de que Lawrence sabía todo eso. Uno de sus amigos era el novelista John Buchan, quien escribió la famosa novela de espionaje Greenmantle (1916), en la que explicaba a grandes trazos esta complicada situación, lo que estaba en riesgo; por ello, por la amenaza existente, Lawrence aceptó las consecuencias.

Indudablemente, sus ideales rotos en Arabia, su fama instantánea gracias a unas películas, sus libros, las entrevistas en los medios, sus conferencias en el mundo, el solo hecho de tratar de reclutarse en la Fuerza Aérea bajo un nombre falso y como un soldado común, y su exilio en una remota base la India, sirviendo en el cuerpo de blindados, un “coctel” que terminó por deprimirlo, fueron probablemente lo que lo lanzó a su muerte prematura en el accidente en moto en Dorset.
Lawrence es un personaje fascinante desde todo punto de vista; aún después de muerto, su nombre se vio involucrado en el desarrollo de los cascos de seguridad y de las regulaciones que obligaban a su uso a todos los motociclistas. Uno de sus médicos tratantes, el neurocirujano Hugh Cairns, se aprovechó de su popularidad para impulsar los resultados de sus investigaciones sobre el alto índice de fatalidad que las lesiones en la cabeza reportaban en los accidentes con motos. – 

saulgodoy@gmail.com


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