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jueves, 25 de septiembre de 2014

J.J. GOLDBERG, TAL COMO A LOS NAZIS, HAY QUE ENFRENTARSE A ISIS INCLUSO SI ELLO SIGNIFICA ALIARSE A LOS STALINES DE HOY. TRADUCCIÓN: CARLOS ARMANDO FIGUEREDO

No hay Compromiso: Los militantes de ISIS son ambiciosos y despiadados

Si hay algo que hemos debido aprender del siglo 20, es que las guerras son perversas, asuntos asesinos que profanan el espíritu del género humano. Que a pesar de esa verdad universal, hay algunas guerras que hay que pelear, tan perversas como puedan ser, porque la alternativa es algo incluso de lo que no se puede hablar. Y que algunas otras guerras nunca han debido pelearse. Aún no hemos aprendido esa lección.
El siglo pasado vio muchas guerra, pero dos grandes guerras mundiales en particular colgaron sobre la era como una vasta sombra de muerte. La primera guerra mundial fue una estúpida, una orgía sin sentido de matanza, desatada para pulir los egos de algunos bufones reales que se pavoneaban, que procedieron a decimar a una entera generación. Al final, cualquier bien que pudiera haber forjado con el derrumbe de imperios fue minimizado por el infierno que hizo estallar. Al final, también, a no ser por la devastación de esa primera guerra y la vengativa, humillante paz que los victoriosos le impusieron a Alemania, no habría habido una segunda guerra mundial. Y todavía, una vez que el veneno del nazismo comenzó a rezumarse a lo largo de Europa. Una segunda guerra mundial se hizo inevitable. Esa fue una guerra que había que pelear hasta su terrible final. De otro modo la maldad se habría asentado sobre el mundo como una larga, oscura noche.
Ganar la Segunda Guerra Mundial fue una empresa que unió a mucha de la raza humana. Las diferencias entre este y oeste, incluso el conflicto entre la dictadura estalinista y las democracias atlánticas palidecieron ante la urgente tarea de derrotar a Hitler. Nada antes ni desde entonces ha ordenado tal compromiso transcendente.
Las guerras de este nuevo siglo aún no han replicado los monstruosos consumidores del mundo cataclismos que devastaron al último siglo. En lo principal, su escala de destrucción nunca ha estado más limitada. El número de sus víctimas las más de las veces ha sido contado en los miles, no en las decenas de millones. Cada conflicto ha contenido en si mismo tragedias de pérdidas infinitas, pero el mundo aún no ha tenido erupción en llamas tal como  la tuvo dos veces en el último siglo.
De por lo menos una manera, a pesar de ello, los patrones del siglo 21 han comenzado a repetir los del siglo 20. Tal como en el último siglo, éste abrió con una estúpida, sin sentido guerra disparada por una banda de chapuceros a nombre de remover amenazas que no existían, derrocando a un déspota de poca monta y prometiendo democracia pero sólo desatando el torbellino. Y tal como en la marcha de locura del último siglo, esa ha engendrado un mal asesino capaz de marchar a través las fronteras, llevando a cabo masivas atrocidades con miras de dominar al mundo. Y ahora, tal como entonces, debemos luchar.
La mayoría de los norteamericanos han llegado a aceptar que nuestra invasión a Irak en el 2003 fue un error, pero hay poco reconocimiento del estrago que causamos. En los años que siguieron a nuestra invasión, masas de gentes a lo largo del Medio Oriente tomaron las calles en una mal llamada Primavera Árabe para exigir lo que Irak había ganado, y para su gran desgracia y la nuestra, lo han obtenido: una breve promesa de libertad seguida por una guerra civil sectaria, por extremismo asesino, caos o todos los tres. En el propio Irak, islamitas radicales se precipitaron sobre el vacío que habíamos creado y construyeron una fuerza terrorista donde nunca había existido. Ha adoptado varios nombres tal como ha crecido y ha tenido metástasis, llamándose Al Qaeda en Irak, luego Estado Islámico de Irak. Finalmente cruzó a Siria y lanzó un ola de terror que hace mendigar a la imaginación.
Es una marca de cuan mal nosotros subestimamos al Estado Islámico que lo comparamos a otros movimientos terroristas ya sean Hamas o la Hermandad Musulmana o incluso Al Qaeda. He citado en las últimas columnas el análisis de amenaza desarrollado por la inteligencia militar de Israel, tal como se fue presentado en junio por el jefe de investigación en el directorio de planificación estratégica de la FDI, General de Brigada Itai Brun, pero vale la pena repetirlo. El consenso de los servicios de inteligencia de Israel es que Israel se enfrenta a cuatro fuerzas diferentes en el Medio Oriente: el bloque moderado de Egipto, Jordán y Arabia Saudita y de la Autoridad Palestina, el bloque chiita de Irán, Hezbollah y Siria, la Hermandad Musulmana y sus retoños, incluyendo a Hamas, y las fuerza del jihad global. De los cuatro, el jihad global es el único que no es considerado susceptible a negociación o disuasión —ello está más allá del alcance de la coexistencia racional.
¿Por qué es ISIS diferente de, digamos, Hamas? Un simple mirada a los acontecimientos de los últimos meses podría aclararlo. Hamas, tal como su pariente, la Hermandad Musulmana, busca ganar poderío de estado para gobernar al estado según sus nociones de ética islámica. ISIS busca eliminar a estados existentes y crear un estado que se extienda a lo largo de la vasta extensión del temprano califato musulmán. Hamas, como un movimiento religioso palestino no reclama más allá de las fronteras del territorio de la Palestina histórica, la misma mayor Tierra de Israel que le movimiento religioso de Israel reclama como suya. ISIS no reconoce fronteras, naciones y límites para sus apetitos.
Las tácticas de Hamas incluyen la urna de votación y las armas clásicas de los e los guerrilleros terroristas desde Argelia hasta Vietnam, incluyendo secuestro y explosiones de bombas. ISIS avanza sobre el territorio, despejando ejércitos a su paso y casualmente masacrando a sus prisioneros; capturando pueblos y enterrando vivos a sus habitantes; haciendo que las minorías religiosas escojan la conversión, huida o exterminio masivos; despedazando a niños por la mitad, vendiendo a mujeres y niñas en esclavitud sexual, crucificando a quienes disienten y decapitando a transeúnte al azar. Hasta ahora el mundo no ha visto alfo como ISIS en décadas. Incluso Al Qaeda se estremece ante el salvajismo del así llamado Estado Islámico.
Hay moderados occidentales que consistentemente rechazan fáciles comparaciones de ideologías contemporáneas, sin embargo odiosas, con la Alemania nazi. Sin embargo, tan desagradables como puedan ser quienes hacen el mal en el mundo, ellos no tienden a conquistar el mundo ni a exterminar enteras populaciones del mundo. E incluso cundo se valen de tal retórica nunca despliegan en ninguna parte algo cercano a la capacidad de capturar vastos territorios, derrotar a ejércitos presentes y gobernar.
Hasta ahora no. Ahora el mundo se enfrenta a un nuevo movimiento ideológico que tiene la voluntad y la capacidad de conquistar, combinada con la depravación que no reconoce moralidad alguna más allá de su apetito de exterminación.
Detener a ISIS no es otra aventura militar, un nuevo aparecer de Irak o Vietnam. Es una misión para eliminares virus que crece aceleradamente que ya ha mostrado los horrores que puede causar si se le permite seguir creciendo y mutándose. Es una causa que debería unir a Norteamérica y las demás democracias occidentales con aquellas potencias en la región que se enfrentan a los riesgos más inmediatos, ya sean tradicionales aliados sunitas como Jordán y Arabia Saudita o Estálines de tiempos modernos como Bashar al-Assad y los mullahs iraníes. No debemos ser aprensivos. No podemos dejar que los fantasmas de desaventuras pasadas nos enceguezcan frente a la urgencia del presente. No debemos esperar que otros peleen por nosotros bajo la ilusión de que se trata de su lucha y no de la nuestra. Ha llegado un momento de botas sobre la tierra.
Enviado a nuestros correo por
Carlos Armando Figueredo
JJ. Goldberg
goldber@forward.com
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