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martes, 4 de marzo de 2014

LUIS VICENTE LEÓN ¿ES POPULAR LA RADICALIZACIÓN?

A un año de la muerte de Chávez, la economía está crítica y el entorno es muy negativo
Se cumple un año de la muerte de Chávez y uno se pregunta: ¿qué ha cambiado? Para responderla me remito a una expresión que logró uno de los pocos consensos que recuerdo entre chavismo y oposición: "Maduro no es Chávez". Capriles lo usó para atacarlo y el propio Maduro para explicar porque se esfumaron los 20 puntos de ventaja con los que comenzó la campaña en pleno velorio y que culminó con una diferencia que Chávez hubiera llamado pírrica.

En realidad ambos tenían razón. No hay nada malo en ser distinto, pero cuando intentas imitar, las diferencias que resaltan son las negativas. El carisma de Maduro es inferior. Su control interno más difícil y su volátil popularidad genera dos problemas: 1) menor margen de maniobra para pedir a la población sacrificios y 2) una mayor dependencia militar.

Maduro recibió de Chávez una economía resentida. Es injusto decir que la crisis es solo su responsabilidad. Pero sin suficiente conexión para pedir a la población que postergue gratificaciones, su capacidad para tomar decisiones difíciles (pero indispensables) es mínima y el Gobierno se congeló meses en discusiones que lo llevaron a una pasmosa inacción. El resultado fue más crisis, reflejada en inflación, desabastecimiento y matraca de sobrevaluación.

Cuando esto se le viene encima en pérdida de popularidad, Maduro reacciona con el Dakazo, que le ayuda a enviar mensajes de autoridad, acompañamiento, creación de culpables externos, control de la Fuerza Armada y concentración de poder. La medida es desastrosa en términos económicos y acentúa precisamente el control y el intervencionismo que causaba (y causa) la crisis, pero le permite subir 12 puntos de popularidad, ganar las elecciones municipales y tener una corta luna de miel.

La crisis, sin embargo, continúa su curso sin haber sido atacada en sus causas y las esperanzas se diluyen, precisamente cuando la gente está hipersensible y algunos grupos opositores más radicales intentan tomar ventaja de la genuina rabia y frustración de mucha gente ante la evidente incapacidad y abuso del Gobierno. Las legítimas protestas estudiantiles, le permiten a algunos terceros montarse en la ola y crear un momentum de convulsión política que, en su hipótesis, haría que el régimen tambaleara y se produjeran los estímulos para el cambio definitivo, reflejado en la expresión: "la salida". 

El resultado no ha sido el previsto ahí. El país se convulsionó, pero cruzó rápidamente la frontera de la violencia, estimulado por la participación de los impresentables colectivos armados y la brutal represión oficial. Lo que debió ser una protesta pacífica, basada en los problemas que efectivamente viven las grandes mayorías, se convirtió en muertos, guarimbas, saqueos y destrucción de propiedad ejecutada por quienes protestan. La mayoría de los venezolanos, que aprueban el derecho a protestar y la legitimidad de esa protesta, evalúan en negativo el resultado, pues lo relacionan con la violencia que rechazan, y termina generando un efecto boomerang sobre toda la oposición, a quien ahora se le dificulta tomar ventaja de la crisis.

A un año de la muerte de Chávez, la economía está crítica y el entorno es muy negativo. Como dijo Jorge Roig: "el país está mal", yo diría muy mal. Pero la oposición también está más fraccionada y la lucha de egos de sus líderes pone en peligro su capacidad de acción racional. Incluso los moderados están presionados por la desesperación de quienes no aguantan más y algunos quedan presos de los presos.

Las guarimbas son un flashback que nos remite a épocas de mal recuerdo.

Y a uno le provoca resumir todo en un dramático grito a la oposición: "qué hay de nuevo, viejo".

Luis Vicente Leon
luisvicenteleon@gmail.com
@luisvicenteleon

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