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sábado, 22 de agosto de 2015

PRÓLOGO DE PLINIO APULEYO MENDOZA A ‘LA CONSPIRACIÓN DE LOS 12 GOLPES’, DE THAYS PEÑALVER

La conspiración de los 12 golpes es el nuevo libro de  Thays Peñalver, editado por La hoja del norte. Es un recorrido por la vida política de Hugo Chávez Frías desde sus años en la Academia Militar. 

EL PROLOGO

Rara vez he encontrado en nuestro ámbito continental una periodista capaz de cumplir la tarea que Thays Peñalver se ha propuesto en este libro: seguir paso a paso la vida de un personaje como Hugo Chávez, quebrando los mitos creados en torno a su figura para mostrarnos la cruda realidad de su trayectoria. Todo esto lo hace sin furia ni pasión, más bien con la fría y delicada precisión de quien maneja un escalpelo.

¿Cuál es la conspiración de los doce golpes que anuncia el título de la obra? No es, como podría uno suponerlo a primera vista, doce golpes de estado promovidos por Chávez para cumplir con los propósitos revolucionarios que tenía desde antes de ingresar a las Fuerzas Armadas. Tal es una de las leyendas que él mismo ha tejido y que incluso ha sido aceptada por sus propios adversarios. Pero no es así; lo demuestra Thays Peñalver cuando examina, una tras otra, a lo largo de los años, las amenazas conspirativas que se urdieron en el establecimiento militar contra los sucesivos regímenes democráticos que ocuparon el poder desde la caída de Pérez Jiménez. La paradoja que uno descubre leyendo estas páginas es que tales golpes no estuvieron a cargo solo de oficiales influidos por Castro y el marxismo. Había conspiradores de extrema izquierda y de izquierda nacionalista, como también de un generalato o de militares de derecha que solo buscaban repartirse los beneficios del poder. Su unión en el proyecto de golpe era provisoria y no excluía más tarde feroces retaliaciones.

Para explicar este fenómeno de las reiteradas amenazas conspirativas sufridas siempre por la democracia y también la dura realidad de las dictaduras militares que aparecen en la historia de Venezuela, Thays inicia el libro con un minucioso y detenido estudio de lo que ocurrió en sus primeros tiempos con la Armada y con la Aviación, descuidadas hasta el punto de dejar al país desprotegido mientras sus altos mandos se repartían buena parte de los recursos destinados para mejorar sus dotaciones. “Las Fuerzas Armadas —escribe Thays— en general representaban a una nación cuyo presupuesto se gastaba en ellos [sus comandantes], mientras que el 80% de la población no sabía leer ni escribir”.

Quienes amamos y conocemos bien a este país, sabemos lo dura y heroica que ha sido la lucha por la democracia cada vez que esta ha sido amenazada. Lo vemos hoy. Cárcel o exilio, para no hablar de los riesgos de muerte, constituyen el duro precio que deben pagar quienes afrontan tal combate. El llamado Socialismo del Siglo XXI, con todos sus sueños y promesas, ha sido derrotado por la realidad. Nunca Venezuela ha conocido un desastre tan grande y terrible como el producido por este desvarío, triste resurrección en nuestro continente del comunismo y del castrismo, con las argucias engañosas de un populismo asistencial. Detrás está el mito que tras la muerte de Hugo Chávez se propone, con sacramental respeto, recordarlo como un segundo Bolívar. Era necesario que una detenida investigación, como la que recorre las páginas de este libro, nos mostrara con una fría objetividad su real perfil biográfico, sin pisar los linderos de la leyenda.

Ningún rasgo de tal leyenda lo pasa por alto este libro. Por ejemplo: siempre se ha dicho que Chávez, catequizado desde muy joven por dos devotos del marxismo –su hermano Adán y José Esteban Ruiz, su profesor en Barinas–, había conseguido entrar en la Academia Militar gracias a sus méritos deportivos para cumplir tareas políticas clandestinas. Sin embargo, cuando uno se sumerge en las páginas de este libro, encuentra que su pasión por el béisbol y sus dotes de pítcher no les consta a ninguno de sus compañeros de entonces. Lo recuerdan más bien como un muchacho aficionado al arpa, al cuatro y las maracas.

No tenía tampoco una verdadera vocación militar ni se distinguió en los batallones a los cuales fue asignado. Su propia abuela le decía “Usted no sirve pa’ eso”. “Jamás había comandado realmente fuerza militar importante –escribe Thays–. No se había destacado por nada”. Expulsado del pelotón donde debía prestar reales servicios militares, su carrera como capitán podría reducirse a tareas de bombero, cocinero, oficial de personal, presentador de espectáculos folclóricos, profesor de historia, jefe de cultura y artes plásticas. Jamás se vio sujeto a disparar un arma, ni comandar una escuadra.

Tampoco es cierto que desde su ingreso a la carrera militar, como se ha dicho, haya adelantado labores de adoctrinamiento ideológico para propagar entre los oficiales su credo marxista, a fin de llegar al poder por la vía insurreccional y abrirle paso a la revolución bolivariana. Como bien lo recuerda Thays Peñalver, todos sus compañeros, en diferentes entrevistas, coinciden en manifestar que Hugo no era realmente importante dentro del movimiento conspirativo y lo que producía más bien era miedo de que no respondiera a las expectativas ni a las tareas encomendadas. De modo que siempre le sacaban el cuerpo.

La única vez en que las circunstancias le asignaron un papel decisivo para tomarse el Palacio de Miraflores fue el cuatro de febrero de 1992, cuando Carlos Andrés Pérez estuvo a punto de ser derrocado. El golpe, leemos en este libro, había obtenido un rotundo éxito a nivel nacional, pero el único de los comandantes que falló fue Hugo Chávez. Se hallaba a solo 700 metros del palacio, en el Museo Militar, pero se limitó a presenciar con binóculos todo lo que estaba ocurriendo en aquellos parajes sin atreverse a enviar sus tropas al combate. Sin duda, en ello jugó su escasa experiencia militar.

Fue el primer comandante en rendirse y ello de mucho le serviría, pues para no verse implicados en el frustrado golpe, los generales decidieron presentarlo como el jefe supremo de aquella frustrada insurrección. Una vez capturado, Chávez no tuvo inconveniente en asumir gloriosamente tal papel. Lo demostró ante las cámaras de televisión cuando declaró: “Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital”. Su “por ahora” pasó a la historia.

Las últimas páginas de este libro nos revelan la pasmosa conversión del irrelevante militar en el personaje que astutamente, con la bandera de una revolución bolivariana y el total apoyo de Fidel Castro, llegaría al poder para nunca dejarlo hasta morir.

La conspiración de los doce golpes es un libro destinado a convertirse en una pieza esencial para comprender el origen de un desastre llamado Socialismo del Siglo XXI.

Plinio Apuleyo Mendoza
plinioapuleyom@gmail.com
@PlinioApuleyoM

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miércoles, 11 de abril de 2012

FERNANDO MIRES / PRÓLOGO A “LECTURAS DEL NUEVO MILENIO” DE TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ

Primero, en la Grecia más antigua, vinieron los a-divinos, gente tocada por la divinidad y la a-divinanza. Fueron desplazados después por los profetas, cuyas patéticas proclamas estaban dirigidas a pueblos y naciones. Muchos siglos más tarde, en la “vieja Europa”, aparecieron los trovadores y los bufones. Los primeros narraban  lo que sucedía de lugar en lugar (no había periódicos) y los segundos decían la verdad algo en broma; lo justo para que ella pudiera ser asimilada en toda su indecible crueldad por quienes no querían escucharla. 


Hoy, todos esos personajes han sido desplazados por los intelectuales, sean estos los “mandarines”,  los “maestros pensadores”, o simplemente, los duendes de la palabra escrita.
En todo eso pensaba cuando leía el libro de Teódulo López Meléndez “Lecturas del Nuevo Milenio” ( http://es.scribd.com/doc/88184400/Tomo-III-Obras-Selectas-Ensayos-Sobre-El-Nuevo-Milenio )  al mismo tiempo que corroboraba mi juicio relativo a que Teódulo es uno de los intelectuales más inquietos e inconformistas de nuestro desvencijado continente.
Pensaba en todo eso, porque si hubiera que caracterizar a Teódulo López Meléndez como intelectual, debería decir  que él pertenece a esa extraña especie que ha integrado a su trabajo las cualidades de  los predecesores históricos del intelecto moderno. Así, Teódulo se ha propuesto adivinar la realidad –incluyendo el pasado- no vacilando en acuñar profecías, al mismo tiempo que cuenta las cosas que ocurren en el mundo pensándolas con una radicalidad no apta para adulantes, bien pensantes y acomodaticios.
No es el que usted tiene en sus manos –hay que advertir a cada lector - un libro lineal. Los escritos que conforman este libro parecen, e incluso son, fragmentarios. Se trata, en el más exacto sentido del término, de “lecturas”.
La realidad está compuesta por muchísimas lecturas y por eso es y será fragmentaria. Impresión que, quizás por razones diferentes, comparto con Teódulo López Meléndez.
“La realidad es fragmentaria” es también una conocida frase de Theodor Adorno. El virtuoso filósofo quería significar con ella que quien quiere reducir el mundo a un sistema único y unitario de interpretación, o quien crea que ha descubierto las leyes de la historia, o quien piense que puede tener acceso a la totalidad de lo real, está condenado desde un comienzo al más estrepitoso de los fracasos. Eso significa –es mi deducción – que el pensamiento, para que lo sea, no puede ser reducido a ningún – valga la paradoja-  “sistema de pensamiento”.
Teódulo López Meléndez no es acólito de ningún sistema de pensamiento pero tampoco  intenta inventar alguno, punto que lo diferencia de tantos que lo han hecho para alcanzar de ese modo una efímera publicidad.
A la realidad, para escribirla, hay que acosarla, una vez por una punta, otra vez por un borde, casi nunca por el medio. Nunca, en cualquier caso, la tendremos en la palma de la mano. Pero –y esto es lo que admiro en Teódulo- es necesario seguir pensándola so pena de traicionarse a sí mismo. Sin embargo, eso no quiere decir que Teódulo renuncie a la formulación de grandes ideas. Él se sitúa epocalmente y por lo mismo intenta situar su época sin que eso signifique seguir un curso historicista. Punto de diferencia con Teódulo, debo constatar, pues, por razones que tienen que ver con mis experiencias y no con una u otra teoría, he ido abandonando poco a poco la idea de que existen periodos históricos que antecedan y que ordenen los acontecimientos. Para mí, los paradigmas son sólo post-producciones que surgen del ordenamiento muy subjetivo de acontecimientos los que al serlo están marcados por la más radical contingencia. Quizás esa es una de las razones por las cuales - al contrario de lo que ocurre a  Teódulo- autores como Habermas no me dicen nada. O muy poco. Concuerdo, en todo caso, con la tesis de que gran parte de los intelectuales latinoamericanos se han quedado encerrados en el paradigma de una modernidad causalista, determinista y funcionalista. Yo agregaría que son, además, parte de ese paradigma.
Nótese que uno de los más constantes reclamos que hace el autor frente a la mayoría de los intelectuales latinoamericanos de nuestro tiempo es la incapacidad que ellos han demostrado para pensar el mundo bajo los condicionamientos de nuevos paradigmas, los que son – es una de las tesis que intenta demostrar López Meléndez- muy diferentes a aquellos que primaban durante esa modernidad que hemos dejado atrás sin saber todavía donde nos encontramos ahora. Así se explica por qué Teódulo se encuentra en abierta discordia con una gran parte de los intelectuales de su país quienes, en su gran mayoría - creo que así interpreto su opinión-  sólo ven los árboles de la política sin percibir la existencia del bosque que los rodea.
Teódulo López Meléndez está, por lo mismo, muy  lejos de ser un “intelectual orgánico”: la más abundosa de las especies letradas de América Latina. Su palabra no se encuentra al servicio de ninguna ideología, utopía o visión, mucho menos de un partido, gobierno o iglesia. Por el contrario; en todos sus escritos observamos un impulso desobediente, una rebeldía, casi un terror a jugar el juego impuesto por los otros. Y eso es lo que explica su constante voluntad de llamar a las cosas por su nombre.
Y, sin embargo, todo lo que escribe Teódulo, es parte de un compromiso;  pero no de uno con un grupo determinado de personas o poderes, sino con la verdad aunque en algunos momentos esa verdad “duela” o   pueda “hacer el juego del enemigo” como dicen muchos chantajistas que operan en el mundo de  las ideas. Esa actitud  no implica por cierto, no tomar partido. Nadie, por ejemplo, podría acusar a Teódulo de congraciarse con la autocracia militarista –otros dicen a secas, dictadura- que  en estos momentos rige en su país. Pero tampoco, y esa es su ética posición, él se siente obligado a callar cuando hay que nombrar a las cosas, aún a riesgo de transgredir alguna estrategia o táctica de la política establecida, aunque sea oposicionista. O si se quiere, digámoslo de modo directo: a diferencias de otros autores para quienes la realidad venezolana termina con el lamentable momento del “chavismo”, para Teódulo esa realidad trasciende y supera a sus actores inmediatos.
Podría decirse, y esa es la principal impresión que me han dejado los textos de Teódulo López Meléndez, que el autor está empeñado de un modo casi fundamentalista, en el propósito de dejar testimonio de su pensamiento, aunque este fluya a contracorriente del pensar mayoritario.
A la sinceridad de los adivinos, al patetismo de los profetas, a la palabra bien construida de la trova, a la ironía de los bufones, a la agudeza de los intelectuales pre-modernos, ha agregado Teódulo una pasión por decir lo que él considera “su verdad”  aún arriesgando pagar el precio no módico de quedarse a solas con ella.
El trabajo intelectual – y esa es la diferencia con el trabajo político- se debe en primer lugar a la verdad o, dicho más modestamente, a lo que un autor considere como la verdad. El político, todos lo sabemos, ha de decir la verdad, pero nadie lo obliga a buscarla por todos lados, y eso es lo que diferencia a la vocación política de la intelectual. Tampoco estamos hablando de una verdad ideológica, la que al tenerla no se busca. Hablamos de esa otra verdad, la que no se tiene, la que no se ve y no se toca, a la que hay que buscar todos los días, y que al final – quizás ese es el sentido de la interpretación del  mito de Sísifo hecha por Camus- cuando la hemos alcanzado, ya la hemos perdido.
En fin, creo que con las “Lecturas del Nuevo Milenio” estamos en presencia de fragmentos testimoniales que dan cuenta del trabajo incesante de uno de los intelectuales más honestos, más radicales, más versados; y no por último, más valientes, de los que he conocido en mi no corta trayectoria en los siempre oscuros laberintos de las ideas.
Fernando.Mires@uni-oldenburg.de
tlopezmel@gmail.com

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