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sábado, 12 de octubre de 2013

RAFAEL LUCIANI, JESUS Y EL PODER DEL DINERO

¿Hemos, pues, invertido para construir una vida con calidad divina o una trivial?

En la época de Jesús había grupos que centraban su vida en torno al dinero, como los círculos herodianos, los terratenientes de Séforis y Tiberíades, y las familias sacerdotales de Jerusalén. Ellos representaban tres grandes poderes: el político, el comercial y el religioso. Estos grupos no solían tratarse, sólo se unían para lograr acuerdos que los beneficiaran sobre la base de un audaz sistema financiero que hacía uso de la moneda romana.

Las monedas eran acuñadas con la imagen de Tiberio para recordar que él era el único Señor capaz de dar vida y distribuir bienes. El control político romano era absoluto y fomentaba prácticas colaboracionistas. De ahí el reclamo de Jesús: «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». No se trata de darle a cada uno su parte, como a muchos les gustaría. Mientras Dios tiene hijos y les ofrece una vida libre para que disfruten de los bienes de la tierra, el César produce súbditos esclavizando la vida y haciendo uso de los bienes para manipular las conciencias (Mt 4,9).

Las autoridades religiosas y políticas ya no pensaban en los pobres, sino en el propio bien, y lo hacían en nombre de Dios (Amós 8,4-7). Jesús no tardó en responder: se debe servir a «Dios» y nunca al «César» (Mt 22,21) ni al «dinero» (Mt 6,24). La religión no puede ser un comercio «sagrado» (Jn 2,14-16), ni la política una forma de idolatría religiosa. Cuando el dinero se convierte en ídolo (Mc 10,24) es usado como fuente de control, poniendo en riesgo todo aquello que nos hace ser sujetos: la libertad, la confianza, la solidaridad y la gratuidad.

El dinero tiene sentido cuando se usa en función de construir ese nuevo estado de cosas y relaciones que Jesús llama el Reino; si genera proyectos trascendentes que no sólo ofrezcan una mejor calidad de vida, sino una plenaen bondad y solidaridad fraternas. Algo que tanto la política como la religión suelen olvidar. El dinero deshumaniza si se usa para sobornar (Mt 28,12), si absorbe todo nuestro tiempo (Lc 14,18), al obsesionarnos por él (Lc 12,20), si sustituye las relaciones personales (Jn 2,16), cuando esperamos retribución (Mt 6,2). ¿Hemos, pues, invertido para construir una vida con calidad divina o una trivial? (Lc 16,1-13).

¿Qué hacer? Un primer ejemplo lo da un samaritano. Usó sus bienes movido por la compasión fraterna (Lc 10,31-37). Otro ejemplo lo da una viuda: no dio lo que le sobraba, los excedentes, sino lo que necesitaba: vivía solidariamente (Mc 12,41-44).

Si queremos humanizar nuestras vidas, debemos comenzar por sentir compasión ante el abandono en el que se encuentran los pobres y afligidos, y ser solidarios con las víctimas, incluso apostando nuestros propios bienes. 

La indolencia hace que quienes tienen dinero y poder para hacer algo mejor de este mundo, pasen por la vida como el rico que no tuvo compasión (Lc 16,19-25) e hizo del dinero un fin en sí mismo (Mt 6,19-21).

lunes, 30 de septiembre de 2013

RAFAEL LUCIANI, JESUS ANTE LA FALTA DE COMPASION

Para Jesús la fe no nace en el culto, sino en la compasión, cuyo modelo es Dios

Una de las acciones que más impactó a los seguidores de Jesús fue percatarse de cómo Él aprendió a cargar con el rostro del que sufre, acogiendo con acciones concretas a pecadores y enfermos. Su clave fue la «compasión», esa actitud que hemos olvidado en la vida sociopolítica y en la religión. Jesús miraba a los otros sintiendo «compasión por ellos» (Mc 6,34), denunciando así que el verdadero pecado estaba en la falta de compasión de quien está deshumanizado hasta el extremo de hacer de la impiedad una práctica más, sin importarle el futuro y el bien de las personas.

Pero «vivir compasivamente» tiene consecuencias. Jesús no pide primero el arrepentimiento del pecador para luego decirle que Dios lo ama; Él se le acercaba corriendo el riesgo de que otros hablaran mal de Él (Mc 2,16) y lo considerasen impuro por no seguir las prácticas religiosas convencionales (Mt 9,11-13). Estaba con ellos sin avergonzarse (Lc 5,30). No los purificaba, porque no era sacerdote, y tampoco les exigía prácticas penitenciales porque no era escriba ni fariseo (Lc 7,48). Simplemente les perdonaba (Jn 8,1-11) con la autoridad de quien ama compasivamente (Lc 7,47) porque para Él perdonar no consistía en ponerse como Juez delante de ellos hasta que confesaran sus culpas.

Este acto de gracia solidaria devolvía la alegría de vivir y la posibilidad de confiar en las potencialidades que otros les habían negado al haberlos excluido de oficios sociopolíticos y prácticas religiosas. En Jesús encontraban a alguien que compartía sus dolencias y sufrimientos, sus esperanzas y anhelos; uno que disfrutaba de su compañía y nunca les insultaba.

A diferencia de muchos políticos y religiosos que suelen hacer del maltrato una práctica normal, Jesús vivió «llevando nuestras enfermedades y cargando con nuestros dolores» (Is 53,4). Eso significa que entregó su vida a los más vulnerables de la sociedad, la política y la religión, y se ocupó de devolverles la dignidad que le habían negado los que creían interpretar la voluntad divina (Mt 9,12-13; Mc 2,17; Lc 20,45-47). Incluso, llegó a decir que los publicanos, que eran los colaboracionistas del poder romano, y las prostitutas, que habían sido excluidas de los ritos religiosos, «creyeron» (Mt 21,32), mientras que los líderes políticos y religiosos, así como algunos de sus seguidores, «no tenían fe». Aún más: reconoció que sujetos considerados «ateos», como el centurión, tenían una «fe más grande que todos» (Lc 7,6-10), ellos son los que «llegarán antes al Reino de Dios» (Mt 21,31) y no «muchos que se tienen por justos y desprecian a los demás» (Lc 18,9).

Para Jesús la fe no nace en el culto, sino en la compasión, cuyo modelo es Dios (Lc 6,36). Por ello, se da en cualquier persona, incluso entre ateos o pecadores, porque la misma trasciende a toda religión e ideología. ¿No es esta una buena noticia? Cómo nos hace falta regresar a la praxis de Jesús de Nazaret.

rlteologiahoy@gmail.com
@rafluciani

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domingo, 29 de septiembre de 2013

ROSALÍA MOROS DE BORREGALES, EN MEDIO DE LA TORMENTA

Por más que nos esforcemos, todos en diferentes momentos de nuestras vidas nos encontramos luchando en medio de diferentes tipos de tormenta. Tormentas familiares, sentimentales, intelectuales, económicas, en fin, una amplia diversidad para la cual, en la mayoría de los casos nuestras herramientas son insuficientes, o sencillamente no las poseemos. A veces, hemos encontrado ayuda a lo largo del camino. Otras, hemos caminado solos a través de ellas. En algunas, hemos sobrevivido,  levantándonos de nuevo para seguir adelante. En otras, hemos sobrevivido pero quedando tan heridos que seguir adelante pareciera haberse convertido en una tarea titánica.


Hay un pasaje en los evangelios que narra un breve episodio en la vida de Jesucristo y sus discípulos. Cuenta Lucas (8:22-25) que estaba Jesús predicando a la multitud, y una vez que la había despedido, les dijo a sus discípulos que pasaran al otro lado del lago. Mientras ellos se ocupaban de la barca, el maestro se quedó dormido. En medio de la travesía se desató una tormenta con fuertes vientos que hacía que las olas golpearan contra la barca, de tal manera que estaban a punto de anegarse. Entonces, lo despertaron, diciéndole: ¡Maestro, maestro, perecemos! Ante lo cual, Jesús se levantándose reprendió al viento y al mar. Al instante, cesó el viento y sobrevino una gran calma. Luego, Jesús se dirigió a ellos: -¿Por qué estáis tan atemorizados? ¿Dónde está vuestra fe? Y ellos maravillados se decían unos a otros: -¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?

Muchas veces nos encontramos en nuestra barca lidiando con cientos de situaciones, personas, sentimientos y emociones que pueden convertirse en verdaderas tormentas. Éstas amenazan con sacudirnos de un lado a otro, para finalmente dejarnos completamente anegados. Nuestra primera reacción es actuar, poner todo nuestro esfuerzo, hasta darnos cuenta que la tormenta nos golpea furiosamente para debilitarnos. Los discípulos eran hombres de mar, con seguridad habían vivido unas cuantas tormentas. Sin embargo, estaban empezando a conocer a Jesús, y a pesar del poco tiempo a su lado sus espíritus percibían el amor y el poder del Señor. Luego, al encontrarse impotentes ante la tormenta reconocieron en el Señor su ayuda, entonces le despertaron.

Al igual que los discípulos, en algunas ocasiones nos hemos dado cuenta de nuestra impotencia para encontrar una salida, para solventar una situación, para superar un dolor, una pérdida; sin embargo, no hemos reconocido en Dios nuestra ayuda. Hemos caminado solos y tristes, mientras el Señor ha estado todo el tiempo allí cerca. No le hemos llamado con una oración desde lo más profundo de nuestro corazón, con un pensamiento, con un deseo de su presencia a nuestro lado. Ese es el primer paso para experimentar la calma, llamar a Dios reconociendo en Él nuestra ayuda. Quizá es ese instante de debilidad el que nos recuerda que hay un Dios. Por eso, aunque la vida sea una tormenta tras otra, la vida con Dios puede ser una vida de paz, no después de la tormenta sino en medio de ella. 

Muchas tormentas vienen y van, dejando a su paso grandes estragos. Despertar al Maestro, acudir en su ayuda con la certeza de que Él es poderoso para hacer mucho más de lo que pedimos o entendemos, es nuestro trabajo. Sin paz es imposible actuar con sabiduría. Cuando acudimos a Dios, su primera bendición es darnos de Su paz, y es allí, cuando la angustia y el temor se han desvanecido, el momento en que nuestras fuerzas se ven renovadas, para a continuación, bajo la inspiración de sus instrucciones ser capaces de superar los fuertes vientos y las olas que golpean contra nosotros.

¡Atrévete a llamar a Dios! ¡Atrévete a reconocerlo en todos los caminos por los que transites! ¡Atrévete a verlo en muchas caras, a sentirlo en el ser humano que se presenta a tu lado en plena tormenta! Te aseguro que al igual que aquellos hombres de mar quedarás maravillado. Primero, por la paz dentro de ti y, en segundo lugar, porque aun  los vientos y las aguas le obedecen. Verás que no hay imposibles para Dios. ¡Él está contigo en medio de la tormenta!

"No temas, porque Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre; mío eres tú. Cuando pases por las aguas, Yo estaré contigo, y si por los ríos, no te cubrirán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará". Isaías 43: 1b-2.

rosymoros@gmail.com 
http://familiaconformealcorazondedios.blogspot.com 
@RosaliaMorosB

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