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miércoles, 7 de octubre de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, RECONCILIACIÓN NACIONAL CON JUSTICIA

La erradicación de la impunidad es uno de los grandes retos de las sociedades de hoy. Los delitos deben ser sancionados y sus autores procesados y castigados, más aun cuando se trata de delitos de derechos humanos y de crímenes de lesa humanidad que, como sabemos, “desafían la imaginación y conmueven profundamente la conciencia de la humanidad”, como se señala en el Preámbulo del Estatuto de Roma por el que se crea la Corte Penal Internacional. Estos crímenes no deben quedar sin castigo y, como dice el mismo Estatuto, “…hay que adoptar medidas en el plano nacional e intensificar la cooperación internacional para asegurar que sean efectivamente sometidos a la acción de la justicia”. La comunidad internacional  está decidida a poner fin a la impunidad, lo que es además fundamental para prevenir que hechos de la misma naturaleza se cometan de nuevo en el futuro, una tendencia de la que lamentablemente algunos regímenes se separan.

Todos sabemos lo que ha ocurrido en Venezuela los últimos años, aunque todavía hay mucho detrás de nuestro derecho a la verdad que algún día ejerceremos. Una persecución política sin precedentes, procesos judiciales politizados y arbitrarios sin garantías de ningún tipo, prácticas de tortura y de otros tratos inhumanos y degradantes en contra de una parte de la población que  disiente de las políticas y prácticas criminales de un régimen que insiste por todos los medios en imponer un nefasto sistema político, social y económico que los venezolanos decidieron no aceptar.
Durante estos años no se han iniciado las investigaciones correspondientes, menos aún se ha castigado a los autores de tales delitos y crímenes. Por el contrario, los presuntos responsables gozan de beneficios oficiales que muestran el apoyo del Estado a la impunidad, mientras se persigue política y judicialmente a quienes ejercen su derecho a la protesta, a quienes expresan sus posturas políticas, acusándoles incluso de terroristas un término difícil de definir pero que en todo caso justifica la persecución.
Un sistema judicial que no funciona, porque no es imparcial y menos aún independiente, no puede garantizar la lucha contra la impunidad, lo que abre el espacio a las jurisdicciones internacionales para conocer esos crímenes que más temprano que tarde ejercerán sus competencias para reprimirlos.
La impunidad es una lamentable realidad y  no sólo en Venezuela, también en países que siguen el mismo modelo, como Ecuador. El pasado 30 de setiembre se cumplieron cinco años del ataque militar al Hospital de Quito por fuerzas armadas leales al Presidente Correa para someter, según el montaje oficial de entonces, a un grupo de policías que preparaban un “golpe de Estado” e incluso, un atentado contra la vida de Correa, léase un magnicidio, siguiendo el guion de Chávez, cuando en realidad los hechos se iniciaron como una insubordinación policial, por la aprobación de la Ley de Servicio Público, por la Asamblea que afectaba sus derechos como funcionarios públicos. El régimen correista, que promueve la “revolución ciudadana”, una versión del “socialismo del siglo XXI”, procedió entonces con violencia, recurriendo a la intervención desmedida de las fuerzas armadas para reprimir al grupo de policías que protestaba, lo que produjo muertes innecesarias además de haber puesto en peligro la vida y la seguridad de la población civil, mujeres, niños, enfermos que estaban en el recinto hospitalario.
Hasta la fecha, ninguna investigación seria, ningún señalado. Los tribunales ecuatorianos no han actuado como tenían que hacerlo para castigar a los responsables de esos hechos que conmocionaron a ese país. Paradójicamente, los señalamientos y las acusaciones afectaron a opositores. Hoy, más de 40 detenidos y 600 procesos abiertos, pero ninguno de los responsables en prisión.
Más cercano y en otro contexto, el fantasma de la impunidad en las negociaciones de paz en Colombia. Hay dudas en cuanto a la eficacia de lo acordado que pareciera promover la impunidad al otorgar, a los miembros del grupo terrorista de las FARC que se sabe cometieron innumerable crímenes internacionales, “inmunidades especiales, aunque ello es negado por representantes del grupo que dicen que tal afirmación responde a los intereses de los enemigos del proceso de paz que desvirtúan los acuerdos para atacarlos. Sin embargo, la opinión del jefe del equipo de gobierno Humberto de la Calle asoma dudas sobre el sentido del acuerdo al reconocer que el documento aún tiene temas pendientes, como el de la restricción efectiva de la libertad para miembros de las FARC. La expresión “restricción efectiva de la libertad”, aún sin precisar, pareciera favorecer en la negociación el no castigo de los responsables de los crímenes cometidos estas décadas.
Pareciera que no hay en la región la voluntad de erradicar la impunidad de una vez por todas y que en consecuencia de nuevo, se nada contra corriente. Es bueno recordar que los delitos relacionados con los derechos humanos y los crímenes internacionales, como los de lesa humanidad y los de guerra, no prescriben ni acá, ni en Ecuador ni en Colombia ni en ninguna parte. Los hechos serán tarde o temprano investigados y sus autores procesados y castigados, incluso en tiempos de transición, de reconciliación, de paz, pero sobre todo de justicia. No hay acuerdo que justifique la exoneración de la responsabilidad penal de los autores de tales crímenes, como tampoco leyes de amnistía o de perdón de cualquier otra naturaleza que busquen proteger a los autores y que sustituya una decisión que corresponde a las víctimas y a sus familiares.
Algún día estos delitos y crímenes serán investigados y sus autores castigados incluso dentro del marco de un proceso de justicia transicional que como sabemos se traduce en un conjunto de mecanismos judiciales y extrajudiciales que buscan establecer la verdad, castigar a los responsables, reconocer la dignidad de las víctimas y reparar los daños causados puede garantizar la no repetición de esos hechos.
Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
@vitoco98 

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martes, 11 de agosto de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, CONTROVERSIA CON GUYANA

La politización de  la controversia con Guyana es absolutamente inconveniente. Plantear la confrontación como estrategia para forzar una negociación es simplemente incongruente y contraproducente. Más grave aún es promover un enfrentamiento entre el CARICOM y Guyana, como lo ha venido planteado el régimen en sus últimos encuentros diplomáticos con los gobiernos de la región.

Si bien es cierto que en la controversia con Guyana hay elementos políticos, introducidos innecesariamente en nombre de una contradictoria “diplomacia de paz”, los desacuerdos entre los dos países son esencialmente jurídicos lo que exige la consideración del Derecho Internacional.
No todas las controversias son exclusivamente jurídicas o políticas. Por el contrario, tal como la práctica nos muestra, hay cuestiones que han sido consideradas al mismo tiempo políticas y jurídicas, lo que supone un tratamiento  necesariamente diferenciado. 
Es el caso, por ejemplo, de la voladura del avión en Lockerbie (Libia/Estados Unidos), de los Rehenes en la Embajada de Estados Unidos en Teherán (Estados Unidos/Irán) y de la plataforma continental del Mar Egeo (Grecia/Turquía), cuestiones que fueron examinados por el Consejo de Seguridad, encargado de conocer situaciones que afectan la paz y la seguridad internacionales y por la Corte Internacional de Justicia, en sus aspectos jurídicos. En la controversias planteada con Guyana puede haber elementos políticos, creados artificialmente con fines distintos a su solución, pero ello no altera su naturaleza jurídica.
Tampoco es extraño que en las relaciones entre dos Estados se planteen simultáneamente varias controversias jurídicas, como sería el caso de Nicaragua y Costa Rica que tienen hoy bajo su examen en la Corte tres asuntos: La delimitación marítima en el mar Caribe y el Océano Pacífico (2014),  la Construcción de una carretera en Costa Rica a lo largo del rio San Juan (2011) y ciertas actividades llevadas a cabo por Nicaragua en la región fronteriza (2010). 
La Corte de La Haya conoce hoy también dos casos entre Colombia y Nicaragua: Las violaciones alegadas de derechos soberanos y de espacios marítimos en el mar Caribe (2013) y la delimitación de la plataforma continental entre Nicaragua y Colombia más  allá de las 200 millas de la costa nicaragüense (2013). Son los Estados partes en la controversia, por cierto, como se evidencia en los casos antes señalados, los que determinan su objeto, de mutuo acuerdo, si recurren por un compromiso al órgano de solución o unilateralmente si se trata de una acción no consensuada independientemente. El objeto no lo precisan terceros, por mejores intenciones que puedan tener, tampoco la misma Corte aunque ésta puede precisarlo.
En las relaciones entre Guyana y Venezuela podríamos estar ante varias controversias jurídicas si se definen éstas como “desacuerdos sobre un punto de derecho o de hecho, como una oposición de tesis jurídicas o de intereses” entre dos Estados que, aunque interrelacionadas entre sí, deben examinarse separadamente.
Estaríamos, en primer lugar, ante una controversia jurídica en relación con la nulidad del laudo arbitral de 1899, tal como se indica en el artículo 1 del Acuerdo de Ginebra de 1966, en el que se precisa que se trata de una controversia “surgida como consecuencia de la contención venezolana de que el Laudo arbitral de 1899 sobre la frontera entre Venezuela y Guayana Británica es nulo e írrito,” que se deberá resolver de acuerdo con los mecanismos establecidos en ese Acuerdo.
Por otra parte, habría una controversia cuyo objeto sería la violación por Guyana del Acuerdo de Ginebra de 1966 según lo ha expresado por Venezuela en varias ocasiones, una controversia que podría ser objeto de negociaciones bilaterales para su solución e incluso para la elección del mecanismo, si no se logra un acuerdo.
Venezuela y Guyana  pueden, por supuesto, escoger de mutuo acuerdo un medio jurisdiccional, como la Corte de la Haya, para que conozca esta controversia aunque ni Venezuela ni Guyana han reconocido hasta ahora la jurisdicción del tribunal; o el arbitraje, siempre también en base a un acuerdo entre las partes, para que se determine si Guyana ha violado o no sus obligaciones internacionales derivadas del Acuerdo de Ginebra de 1966 y en caso de constatar tales violaciones se exija a Guyana que cese las mismas y la realización y ejecución de todos los actos contrarios al Acuerdo, una controversia que probablemente deba ser considerada antes.
Por otra parte y esto complica aún más el tema, podría plantearse también una controversia jurídica precisa en relación con la delimitación de los espacios marítimos que proyectan los territorios de Venezuela y de Guyana y los derechos que se deben proteger en la fachada atlántica del Esequibo para lo que, de la misma manera, serían necesarias las negociaciones directas entre las partes con el fin de solucionar los desacuerdos o de escoger un medio apropiado para ello.
En todo caso,  independientemente de que se definan una o más controversias en relación con Guyana deben considerarse simultáneamente sus distintos elementos en forma integral para poder fijar una posición seria y responsable sobre el tema.
Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
@VITOCO98

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jueves, 2 de julio de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, LA JURISDICCIÓN DE LA CORTE DE HAYA EN EL CASO DE LA CONTROVERSIA CON GUYANA

La controversia territorial con Guyana está en la agenda internacional de Venezuela, aunque el régimen de Maduro se esfuerza por incluirla en el debate interno con los efectos negativos que ello pudiere tener en un proceso de solución práctica y favorable a nuestros intereses de Estado. El tema es complejo. Sus aspectos materiales son diversos y exigen experticia. Los aspectos procesales son igualmente complejos y no siempre entendidos. Es a ellos a los que me refiero ahora.

Antes cualquier aventura que algunos pretendan emprender para ubicar la controversia en el debate electoral interno debemos estar claros que no se puede recurrir a la fuerza ni a la amenaza de la fuerza para solucionar una controversia internacional y que las partes en la misma deben recurrir libremente para su solución, a los medios establecidos por el Derecho Internacional, enunciados en el Estatuto de la Corte Internacional de Justicia (CIJ).
Algunos medios de solución son políticos (negociación, buenos oficios,  investigación, mediación, conciliación), cuyas conclusiones no son vinculantes. Las partes pueden o no aceptarlas. Otros medios son jurisdiccionales (arbitraje y arreglo judicial)  cuyas decisiones, distintamente a las primeras, son vinculantes, obligatorias. Las partes deben ejecutarlas lo que ha sido siempre el caso, aunque la forma de cumplirlas ha sido diversa. Hay la posibilidad también de recurrir a organismos o acuerdos regionales para solventar la controversia e incluso a otros medios pacíficos de su elección, como los buenos oficios, no señalados en el citado Estatuto de la Corte, aunque si en Declaraciones y otros textos internacionales posteriores a 1945.
La controversia con Guyana sobre el territorio Esequibo, definida en el Acuerdo de 1966, debe ser resuelta por uno de los medios previstos por el Derecho Internacional. Hasta ahora, se han llevado a cabo negociaciones entre las partes, se ha recurrido a los buenos oficios pero sin resultados concretos. La controversia sigue pendiente lo que implica que ninguna de las partes puede ejercer ningún acto de jurisdicción sobre el territorio y los espacios que éste proyecta. Guyana, lamentablemente, ha violado sus obligaciones internacionales al otorgar concesiones en la zona en reclamación y al actuar unilateralmente, de forma arbitraria, contrariando así el Derecho Internacional y sus compromisos con Venezuela derivados del Acuerdo de 1966.
El gobierno de Guyana ha asomado la posibilidad de que la controversia sea remitida a la CIJ, al interpretar de manera inapropiada el artículo IV-2 del Acuerdo de 1966. Pero la Corte no podrá considerarla sin el consentimiento de Venezuela que nunca lo ha expresado y que seguramente no expresará por ahora, ni en general ni en relación con esta controversia, en particular. La Corte ha sido muy clara (Casos Mavrommatis, Oro monetario), como lo fue su predecesora, la Corte Permanente de Justicia Internacional (Casos Fábrica de Chorzow, Minorías alemanas) al establecer que para constituirse en parte en un proceso ante ella, el Estado debe expresar su consentimiento, es decir, su voluntad, de manera clara e inequívoca, de aceptar su jurisdicción.
Si bien es cierto que el Acuerdo de 1966 otorga la facultad al Secretario General de escoger uno de los medios previstos en el Estatuto de la Corte, entre ellos el arreglo judicial, ello no podría significar que la Corte es competente para conocer la controversia. Sería un exceso concluir, como lo han expresado órganos jurisdiccionales internacionales, que una disposición de un Acuerdo sustituya la declaración de aceptación de la jurisdicción de la Corte. La misma Corte ha señalado incluso la inconveniencia de que un órgano internacional, como el Consejo de Seguridad (Casos Estrecho de Corfú y Mar Egeo) pueda remitirle una controversia para su consideración pues ello no puede sustituir el consentimiento de los Estados partes en la misma. De manera que la misma Corte se vería obligada a declarar su incompetencia y por lo tanto no podría considerar la controversia.
La jurisprudencia de otros tribunales y órganos arbitrales han llegado a la misma conclusión. En el Caso Tidewater el órgano arbitral creado en el marco del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a las Inversiones (CIADI), que examina la Ley Nacional de Venezuela en materia de Inversiones para fundamentar la jurisdicción del órgano arbitral declaró que “la remisión al Convenio de Washington (que hace el artículo 22 de la Ley) no podría traducirse en la aceptación automática de la jurisdicción del Centro. El tribunal consideró entonces que de la interpretación de buena fe (de la legislación venezolana) no se puede concluir que dicha disposición (artículo 22) signifique la expresión del consentimiento por parte de Venezuela para aceptar la jurisdicción del Centro”.
Es importante estar claros en materia tan delicada que merece un tratamiento serio y responsable a la vez que unidad de criterios a nivel nacional. Venezuela no ha aceptado la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia y el Acuerdo de 1966 no puede constituir la base del consentimiento que se exige para que la Corte de La Haya pueda conocer la controversia sobre el territorio esequibo,  con Guyana. Además, el artículo 33 del Estatuto prevé otros mecanismos no jurisdiccionales a los que se podría recurrir para lograr sin mayores traumas la solución práctica de esta controversia.
Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
@VITOCO98

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viernes, 19 de junio de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, ACUERDOS Y CONSENSOS EN MOMENTOS DE TRANSICIÓN, CASO VENEZUELA

Al lado del indetenible desastre económico que ahoga al venezolano y que coloca al país al borde de una peligrosa confrontación, el régimen de Maduro insiste en detener arbitrariamente a los opositores,  procesarlos políticamente, perseguirlos para amedrentarlos, ejecutando como política sistemática y generalizada la represión de la protesta pacífica y la odiosa práctica de la tortura y otros tratos degradantes y humillantes. Violaciones sistemáticas y generalizadas de los derechos humanos que deben ser consideradas, con prioridad, en cualquier etapa de transición que se planteé para superar la grave situación que atraviesa hoy el país.
El régimen insiste torpemente en desconocer que estamos ante una crisis sin precedentes, para lo cual tuerce la realidad, la maquilla con anuncios y burdas manipulaciones que generan una mayor desconfianza. El país, sin embargo, avanza al margen de la irresponsabilidad del régimen y reclama  un cambio de rumbo, lo que exige acuerdos y consensos nacionales, no solamente dentro de las fuerzas opositoras que muestran a veces discrepancias en cuanto a las estrategias, aunque no en relación con el objetivo común; y, entre éstas y algunos sectores del oficialismo que expresan con sus declaraciones y silencios su claro descontento por el rotundo fracaso del proyecto político que han tratado de imponer por todos los medios.
No se trata solamente de la recuperación económica, del abastecimiento y de la producción, del cambio y de las reservas internacionales, se trata de la libertad y de la dignidad, de la existencia misma de la República. Lo primero viene después, sin duda.
El objetivo común  es encontrar un espacio que permita en un clima de seguridad y confianza recuperar las instituciones y el estado de derecho, en el que resulta prioritario y esencial la aplicación de la justicia y el castigo de los responsables de las violaciones de los derechos humanos y, por supuesto, el reconocimiento de la dignidad de las víctimas de esas violaciones y las reparaciones que procedan.
Los acuerdos que se logren para facilitar un periodo de transición deben considerar la reforma de las instituciones, especialmente el Poder Judicial y de los órganos relacionados con la justicia, la Fiscalía General y la Defensoría del Pueblo; y de los cuerpos policiales y de seguridad e incluso de las fuerzas armadas. Para ello deben concebirse y ponerse en práctica mecanismos judiciales y extrajudiciales que expresan la justicia transicional, una herramienta útil en épocas de cambio.
La aplicación de la justicia transicional supon que se establezcan, ante todo, Comisiones para el establecimiento de los hechos y Comisiones de la Verdad independientes y autónomas integradas por personalidades nacionales e incluso extranjeras, por políticos, académicos, intelectuales, representantes de las Iglesias; tal como se han constituido en otros países durante o después de crisis graves como la que atraviesa Venezuela en estos momento. Argentina, Chile, El Salvador, Perú son ejemplos importantes a considerar.
La erradicación de la impunidad es esencial. Es la base de la confianza. Los responsables de las violaciones de derechos humanos y de crímenes internacionales deben ser enjuiciados y castigados en procesos justos. Los tribunales nacionales tendrán una enorme responsabilidad lo que no excluye que algunos casos sean remitidos a las instancias penales internacionales.
El derecho aplicable y su armonización con el sistema de justicia nacional es quizás, como se ha visto, unos de los mayores retos en este proceso. En este contexto es importante incorporar al derecho interno las normas de derecho internacional reguladoras de crimines internacionales, lo que no se hizo tras la adopción por Venezuela del Estatuto de Roma; aunque sea más con fines preventivos que sancionadores, toda vez que su aplicación no sería posible, dado el carácter no retroactivo de la aplicación de las normas penales. Es por ello que el recurso a los tribunales internacionales es una alternativa muy válida para sancionar determinados crímenes internacionales que los tribunales nacionales, por lo expuesto, no pueden conocer.
Otro aspecto importante en el tratamiento del tema resulta la lucha contra la delincuencia organizada transnacional que actúa durante y después de un conflicto, aprovechando las debilidades del Estado, en particular el narcotráfico, en el caso de Venezuela, cuyas actividades transnacionales se han intensificado en medio de la crisis que sufre el país en los últimos años. Esta categoría de delitos se expresan en la corrupción y el lavado de dólares, delitos conexos que suponen necesariamente no sólo estrategias internas definidas, sino una cooperación regional e internacional efectiva.
En definitiva, la justicia transicional es una respuesta válida a situaciones de conflicto, en particular, como es el caso de Venezuela, una sociedad lamentablemente fracturada, víctima de políticas excluyentes. Ella  permitirá el adecuado tránsito irreversible hacia la reconciliación, la normalización de la democracia y su afianzamiento, lo que solamente puede generar la confianza requerida que permita estabilidad y desarrollo económico y social justo y equitativo, sin exclusión y sin ningún otro trato discriminatorio.
Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
@VITOCO98

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jueves, 4 de junio de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, SOBRE LA CONTROVERSIA TERRITORIAL CON GUYANA

La política exterior de Venezuela está reducida a las cuestiones ideológicas, divorciada de los intereses nacionales. Una política lamentablemente condicionada a los lineamientos de una potencia extranjera; un ejemplo de esta desviación, el tratamiento que se le ha dado desde 1999 a la controversia con Guayana, calificada tendenciosa e irresponsablemente por el régimen de “conflicto” bilateral.

Ante las actuaciones de Guyana en relación con el territorio esequibo y los espacios marítimos objeto de la controversia, violatorias del Acuerdo de Ginebra de 1966, el régimen bolivariano no habría lamentablemente reaccionado de la manera esperada, para contestar las pretensiones ilegitimas de Guyana en relación con la reclamación. Al mismo tiempo, los funcionarios que pueden comprometer al Estado en sus relaciones internacionales, la Canciller ante todo, han hecho declaraciones que no reflejan las posturas de Venezuela, seguramente en cumplimiento de las directrices cubanas que como el grupo de países del Caricom, paradójicamente beneficiario de las absurdas políticas de “cooperación” del régimen de Chávez y ahora de Maduro, apoya políticamente a Guyana en esta controversia, asumiendo incluso el rol de órgano jurisdiccional al reiterar en reciente declaración “la validez del laudo arbitral de 1899” que “estableció en forma definitiva los límites entre los dos países”.

El régimen venezolano se limita a declaraciones débiles, imprecisas, acomodaticias, en todo caso tibias, que buscan complacer a la potencia administradora. Solo de vergonzosa podemos calificar la postura oficial en  relación con la exploración por la Exxon Mobil en un área rica en petróleo dentro de la zona. El régimen no se dirige al gobierno de Guyana para exigirle el respeto del Acuerdo y de sus obligaciones internacionales, pero si a la empresa petrolera a la que insólitamente le “reclama” por “sus acciones ilegales” en las aguas proyectadas del territorio esequibo en reclamación. Asoma irresponsablemente la Canciller Rodriguez que “mientras no exista una decisión sobre nuestro territorio, no pueden usar sus aguas…” Insólitamente, el régimen sustituye la protesta formal a Guyana, necesaria para impedir la formación de derechos en este contexto, a un simple “reclamo” a una empresa transnacional, que nada tiene que ver con la “controversia” planteada entre los dos países.

La nulidad del laudo arbitral, considerado nulo e írrito, objeto de la controversia jurídica; y la titularidad de Venezuela sobre el territorio en reclamación son sin duda temas muy complejos que exigen gran experticia y un tratamiento serio. Determinar el valor y el alcance jurídicos de los comportamientos (silencio y actos concluyentes) y de las declaraciones unilaterales (reconocimientos y protestas explicitas e implícitas) que podrían afectar los derechos de Venezuela relacionados, resulta igualmente complejo. Su interpretación, basada en un criterio restrictivo, como lo ha dicho la Corte Internacional de Justicia en varias de sus decisiones, debe hacerse a la luz del Acuerdo de Ginebra de 1966.

Los comportamientos y los actos unilaterales, es decir, la inacción y el silencio y las declaraciones impropias de representantes del régimen podrían afectar la legítima reclamación que tiene Venezuela sobre el territorio esequibo, fundada en el reconocimiento de ambas partes de que hay una controversia jurídica en relación con la nulidad del laudo arbitral de 1899, por el que se nos despoja de más de 150 mil kilómetros y en consecuencia, conforme al Derecho Internacional contemporáneo, de los espacios marítimos que se proyectan.

En relación con ello debemos ser muy prudentes. El régimen puede mostrar debilidades en sus inacciones o en sus acciones, pero ello no puede significar que tales comportamientos o declaraciones unilaterales tienen per se un valor jurídico que pueda significar la renuncia o la modificación de nuestras pretensiones.

La regulación de los comportamientos y los actos unilaterales del Estado no ha sido aún definida en Derecho Internacional aunque se ha avanzado en la adopción de principios rectores, en particular referidos a las declaraciones unilaterales del Estado que exigen, para su validez y efectos, una serie de condiciones siempre difíciles de establecer, entre las cuales: Capacidad del representante del Estado, objeto preciso, publicidad, reacción del o los otros Estados y la intención de producir con esa declaración determinados efectos jurídicos.

No podemos ni debemos  afirmar que el régimen venezolano ha  abandonado la reclamación y que su silencio y sus actos han modificado nuestras posiciones jurídicas. Una afirmación en ese sentido, lejos de favorecer la causa venezolana, fortalece las posiciones de Guyana que aunque lo deseado es la vía bilateral  para encontrar “soluciones satisfactorias para el arreglo practico de la controversia”, podrían ser examinadas eventualmente en una instancia jurisdiccional, como lo ha venido tejiendo muy sutil pero firmemente Guyana, en sus últimas declaraciones.

El gobierno guyanés debe ser consciente de que las debilidades del régimen venezolano no son suficientes para desarticular las posiciones de Venezuela en relación con su justa y legítima reclamación sobre el territorio esequibo, aunque en el plano interno puedan tener consecuencias políticas y jurídicas personales. La opinión de los juristas y de los académicos, la doctrina en general, deberá ser considerada por cualquier medio de solución de controversias en su oportunidad, como fuentes auxiliares para determinar los derechos y las pretensiones jurídicas.
     
 Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
@VITOCO98     

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miércoles, 29 de abril de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, EL LEGÍTIMO DERECHO A LA AUTODETERMINACIÓN

En las últimas décadas se han producido cambios importantes en la sociedad internacional. Los Estados ya no son los únicos sujetos jurídicos, ahora hablamos de organizaciones internacionales, del individuo, de la comunidad internacional, entidades que tienen hoy incuestionable subjetividad jurídica, es decir, capacidad de actuar con sujeción al Derecho Internacional en las relaciones internacionales, un sistema también en constante evolución, basado hoy más en la solidaridad para enfrentar los retos comunes que en la cooperación.

También el Derecho Internacional, que se adapta a esas nuevas realidades, se transforma con el surgimiento de nuevas normas jurídicas de rango superior, las imperativas o del jus cogens,  inderogables, entre ellas, las relativas a los derechos humanos; y la evolución de ciertos principios fundamentales, entre los cuales, el de la soberanía que deja de ser absoluta, lo que permite que ciertas materias, antes exclusivas de los Estados, pasen a ser del interés de la comunidad internacional que ahora puede, en el ejercicio de una suerte de actio popularis, velar legítimamente por su respeto.

Uno de esos  principios básicos del Derecho Internacional, reconocido en la Carta de las Naciones Unidas, en el pacto de Derechos Civiles y Políticos de 1966 y numerosas Declaraciones y resoluciones de la Asamblea General de la ONU, es el relativo a la autodeterminación de los pueblos que abarca no sólo lo relativo a su independencia como Estado, en sus relaciones externas; sino, la autodeterminación interna en cuanto a la forma de gobierno y el sistema económico y social que los pueblos decidan.
El principio, de origen remoto, ya esbozados en los proceso de creación de la Confederación Helvética (Suiza) y de los Estados Unidos, se consolidó en la década de los sesenta cuando se aprobó la Declaración sobre la independencia  de los países y pueblos coloniales que abrió el camino a una reestructuración cuantitativa importante de la sociedad internacional.  Hoy constituye además el pilar en el cual se basan las sociedades nacionales para decidir libremente su futuro como nación.
Algunos regímenes como el venezolano recurren a su aplicación para justificar la rigidez del principio de la soberanía y de esa manera impedir escrutinios externos en materias que relevan de la competencia de la comunidad internacional, como la relativa a los derechos humanos, violados sistemáticamente por ellos, con el fin exclusivo de imponer un sistema que no es precisamente el reflejo de una decisión nacional de la mayoría.
Los pueblos deben decidir su destino. Las mayorías tienen el derecho de escoger su modelo político y el sistema económico y social que más les convenga, siempre, desde luego, en respeto pleno de las normas internacionales, siempre preeminentes.
Los seudo revolucionarios del siglo XXI exigen con afán el respeto del principio de la “autodeterminación de los pueblos” en sus relaciones externas para confrontar al “imperio” y las voces democráticas del mundo. Pero lo ignoran groseramente en su vertiente interna cuando desconocen la voluntad de las mayorías.
En Venezuela la inmensa mayoría -y en ello las encuestas son muy claras- exige respeto de las reglas democráticas y la posibilidad de manifestarse libremente en elecciones transparentes, necesariamente en manos de árbitros internos confiables y debidamente observadas por la comunidad internacional; la instauración de un modelo no excluyente,  no discriminatorio, basado en las libertades y en los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales aceptados por todos como normas fundamentales para la convivencia y la existencia misma de la humanidad.
Estamos paradójicamente ante una “minoría aplastante” que trata de imponerse por la fuerza, una minoría a la que por su evidente debilidad electoral le aterra medirse de manera transparente, en comicios libres y honestos, para lo que manipula con descaro los procedimientos, las técnicas y las reglas electorales, muestra de ello la alteración de los circuitos electorales, el amedrentamiento y la coacción sobre el electorado, todo lo que representa un ventajismo puro y simple, y otras triquiñuelas que le permitan lograr una especie de “mayoría minoritaria” en las próximas elecciones parlamentarias, si llegaran a celebrarse, despreciando con la desfachatez propia el deseo de la mayoría de  los venezolanos que exigen un cambio de rumbo en todos los sentidos.
Las autoridades coloniales fueron combatidas por los movimientos de liberación nacional a los que incluso se les reconoció un estatuto jurídico internacional, muestra de su legitimidad. A los gobiernos despóticos, equivalentes a esas odiosas autoridades coloniales que oprimieron por años en nombre de valores personales, no se les combate con esos movimientos revolucionarios armados, sino con las normas y los principios en la mano, con la protesta siempre legitima de los ciudadanos, aunque algunos encuestadores más bien lobistas de unos y otros en el exterior c “venden” un país que no es precisamente el de todos, afirmen que la protesta es expresión pura de violencia.
Estos movimientos civiles y pacíficos, no armados, como los que enfrentaron el reto de la colonización y los abusos requieren hoy como entonces, del apoyo de la comunidad internacional representada no sólo por los gobiernos, los Parlamentos y las instituciones nacionales, sino por órganos internacionales, por los políticos y autoridades del mundo que definen la democracia y la libertad como la única forma de vida en sociedad en la que el individuo puede disfrutar de todos sus derechos.
Los venezolanos debemos ejercer por todos los medios legales el derecho a nuestra autodeterminación como pueblo  y  a escoger el sistema de gobierno que más nos convenga: ese es el gran reto.
Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
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jueves, 9 de abril de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, UNA REGIÓN EN PROCESO DE TRANSFORMACIÓN

La Cumbre de las Américas que se celebrará  en Panamá en los próximos días será una nueva oportunidad para determinar el estado de salud de la región, especialmente, en cuanto a la democracia y el respeto de los derechos humanos se refiere, fundamentales para lograr el objetivo que se persigue: Prosperidad con equidad. Más que sobre la cooperación inter regional, los Gobiernos, unos legítimos otros sin legitimidad, y las organizaciones no gubernamentales, unas representativas de la sociedad civil, otras no, se expresarán en favor y en contra del estado de cosas.

Algunos gobernantes mostrarán su fanatismo ideológico y el anti-imperialismo que les oxigena en medio del fracaso de sus gestiones internas, mientras que otros se ubicarán en el lado correcto de la historia, al favorecer la democracia como único sistema político en el que se pueden ejercer los derechos humanos. Este es el tema que debe centrar la atención de los mandatarios, mucho más allá de la simple “evaluación” de las relaciones de los Estados Unidos con la región o sus bilaterales con Cuba o Venezuela.

A pesar de la algarabía de algunos regímenes que llegan incluso a instalar sus “fuerzas de choque” en Panamá semanas antes del inicio del evento, para “organizar la recepción” de los Jefes de Estado, la  estructura política actual de la región muestra síntomas de agotamiento y comienza a ceder ante el fracaso de la retórica y de socialismos ineficientes y corruptos; aunque pareciera a primera vista privilegiar a regímenes que se caracterizan por la violación de las reglas establecidas, la destrucción de la institucionalidad, el rechazo a todo escrutinio sobre derechos humanos, la odiosa práctica de la tortura en forma sistemática y generalizada y la realización de crímenes internacionales.

La verdad es que torciendo perversamente la realidad de las cosas, la mayoría de los gobiernos se han pronunciado en contra de la “injerencia” de los Estados Unidos en los asuntos internos de Venezuela, por la adopción de medidas en contra de un grupo de cuestionados funcionarios incursos, según el Congreso y el Gobierno de los Estados Unidos, en violaciones graves de derechos humanos y otros actos vinculados a crímenes internacionales como el lavado de dólares, el terrorismo y el narcotráfico que constituyen materia de interés de la comunidad internacional, además de representar, según sus propias normas internas, una amenaza para su seguridad.

Lamentable y vergonzosamente, los gobernantes de la región, alejados de sus pueblos y de las realidades que mueven la nueva estructura de la comunidad internacional, desconocen la obligación que tienen todos los Estados de denunciar las violaciones graves de los derechos humanos y los atropellos a la democracia en dondequiera que ello ocurra, contrariando así la evolución de la sociedad internacional y de las relaciones internacionales que obligan a interpretar de manera más amplia los principios y las normas que regulan la vida internacional, como los relativos a la soberanía y a la no injerencia en los asuntos internos de otros, que ceden de manera importante ante la necesidad de proteger la vida y los derechos de todos los ciudadanos en el mundo.

Independientemente de los resultados que adopte la Cumbre quedará claro que hay dos grupos de países, lamentablemente consecuencia de la división que propició Hugo Chávez en Venezuela y en la región y que maximiza hoy su sucesor Maduro: Unos que insisten en cambios sin sentido y que recuerdan tesis fracasadas del pasado, apoyados en una interpretación sesgada de la “independencia” y la “soberanía” en medio de su fanatismo antiimperialista; y, otros que abogan por cambios en democracia y en libertad, en progreso con respeto a la dignidad del hombre; es decir, de manera más simple, entre demócratas y no demócratas.

A partir de Panamá las cosas deberán estar mucho más claras para quienes luchamos por un nuevo sistema político regional realmente inclusivo y democrático que favorezca al pueblo respetando al individuo, en donde los poderes se mantengan independientes y los ciudadanos puedan expresarse libremente y protestar sin miedo a ser castigados o asesinados por las balas disparadas en nombre de revoluciones que lejos de pretender soluciones estructurales, buscan cambios oscuros más personales que colectivos.

Es de esperar que en el Acta Final en la que se reflejen los acuerdos, los Jefes de Estado y de Gobierno asuman la responsabilidad que les impone la historia y con la mayor solidaridad no resuman el tema de la Cumbre a las relaciones con Estados Unidos, sino al tema fundamental para la región: democracia,  libertad y derechos humanos mediante la interpretación correcta de los principios de derecho internacional que regulan las relaciones internacionales.

Los países de la región, sus gobiernos y sus pueblos, deben despertar y dejar de lado esa fantasiosa concepción de la vida, que sólo ha  traído desolación, ruina y tristeza en nuestros pueblos, hoy hundidos en la ignorancia que promueven insólitamente esas fuerzas desde el mismo poder.

21 EX PRESIDENTES UNIDOS POR LA LIBERTAD DE VENEZUELA EN LA VII CUMBRE DE LAS AMÉRICAS

Firman declaración que presentarán oficialmente un día antes que se de inicio a la VII Cumbre de las Américas a celebrarse en Panamá el 10 y 11 de abril

Liberación inmediata de opositores en Venezuela, separación absoluta de poderes que garanticen un proceso electoral “libre y justo”, así como el involucramiento de los organismos internacionales son los pedidos de 19 expresidentes de Latinoamérica y España, quienes presentarán una declaración en el marco de la VII Cumbre de las Américas.

La fundación FAES, que dirige el exmandatario español, José María Aznar anunció la firma del documento a través del cual llaman a aunar esfuerzos “para construir una alternativa de solución a la grave crisis venezolana”, informaron en un comunicado.

La denominada “Declaración de Panamá” ha sido firmada por Aznar y los exmandatarios Felipe Calderón y Vicente Fox, de México; Álvaro Uribe, Belisario Betancur y Andrés Pastrana, de Colombia; el chileno Sebastián Piñera, el peruano Alejandro Toledo y los costarricenses Laura Chinchilla y Óscar Arias.

Según FAES, a la fecha también han presentado su rúbrica los expresidentes de Bolivia, Jorge Quiroga; de Costa Rica, Miguel Ángel Rodríguez, Rafael Ángel Calderón, y Luis Alberto Monge; y de Ecuador, Osvaldo Hurtado, así como los expresidentes de El Salvador Alfredo Cristiani y Armando Calderón Sol, la expresidenta de Panamá Mireya Moscoso; y el expresidente de Uruguay Luis Alberto Lacalle.

Los diecinueve exjefes de Estado y de Gobierno iberoamericanos afirman que la Cumbre de las Américas “no puede obviar la urgente e inaplazable necesidad de apoyar al pueblo de Venezuela” por lo que piden el involucramiento de organizaciones internacionales como la OEA y la ONU para construir la citada “alternativa de solución” en Venezuela que respete los principios constitucionales y las normas internacionales.

Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
@VITOCO98

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domingo, 29 de marzo de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, ¿DE QUE HABLAMOS?


La decisión de Washington de adoptar “sanciones” individuales a un grupo de funcionarios venezolanos que habría cometido violaciones de derechos humanos y más allá, dada la gravedad, la sistematicidad y la generalidad del caso, crímenes internacionales; y que estarían, además, incursos en actos de corrupción relacionados con materias de intereses de la comunidad internacional, es decir, con el financiamiento del terrorismo y el lavado de dinero producto de negocios turbios incluido el narcotráfico, ha generado un debate muy importante no sólo en el país, en donde la dictadura mediática trata de mostrar al régimen como “víctima” de una eventual “invasión” de los Estados Unidos, sino en el plano internacional.

El debate ha sido extraño, por decir lo menos, tanto dentro como fuera del país. No dejan de sorprender las expresiones de dirigentes opositores y de distintas personalidades nacionales quienes curiosa y lamentablemente coinciden con el guion cubano, al referirse a la inconveniencia de las “sanciones”. Mayor sorpresa causa aun la posición expresada en declaraciones y silencios elocuentes de los gobiernos de la región que insisten en ignorar la realidad venezolana y despreciar nuestra lucha por la democracia y por el respeto de los derechos humanos. Todos saben perfectamente que la orden ejecutiva de Obama lejos de “legalizar” la “invasión”  al país, para “controlar” nuestro petróleo que Estados Unidos recibe desde hace tiempo en base a una aceptada relación comercial que permite los únicos ingresos incondicionados al país, lo que busca es defender la democracia y la sociedad venezolana, víctima de los atropellos de un régimen que en ejercicio de una farsa insuperable, actúa ilegítima y perversamente en nombre del pueblo para violentar descaradamente los derechos del individuo.

Las declaraciones de unos y otros son patéticas. Por supuesto, destacan las de Unasur y su cuestionado Secretario General, el colombiano Samper; las del Canciller ecuatoriano que plantean dolosamente un diálogo imposible, desviando la atención sobre lo que realmente es el objeto de la crisis: el golpe permanente a la democracia y la violación sistemática y generalizada de los derechos humanos para imponer un régimen totalitario común en la región. No menos deplorables las declaraciones del Canciller chileno quien afirmo muy cómodamente que no era “alentadora la sanción de Estados Unidos contra Venezuela” malinterpretando por ignorancia o conveniencia el sentido que sabemos tienen tales “medidas unilaterales”.

¿Hay confusión o simplemente complicidad en el tratamiento de este asunto? El problema no es la relación entre los dos países, afectada por los constantes ataques del régimen bolivariano y las desproporcionadas medidas del régimen de Maduro que expulsa, como “sanción” a Washington, más de 80 funcionarios de la Embajada de Estados Unidos en Caracas. De lo que realmente se trata es de la lucha por la libertad y la dignidad, del cese de los atropellos y de la recuperación de nuestra integridad y soberanía hoy en manos de los cubanos gracias a la sumisión del régimen a La Habana que definitivamente dirige nuestro destino como nación, lo que constituye una amenaza no para los Estados Unidos, sino para toda la región cuya futuro sin duda está relacionado con la estabilidad en el país.

Las “medidas unilaterales” que no son tales y menos de alcance extraterritorial, como lo afirman los entreguistas revolucionarios, no deben interpretarse como “injerencia” en nuestros asuntos internos, menos como una declaración de guerra de parte de los Estados Unidos. Tales “medidas”  constituyen un acto soberano de un Estado independiente, dirigido a un grupo de funcionarios que habrían cometido ilícitos que afectan más allá de los intereses de los Estados Unidos, los intereses de la comunidad internacional, pues la tortura, la violencia de Estado, la participación en actividades relacionadas con el terrorismo y el narcotráfico son del interés de la comunidad internacional en su conjunto.

Defender la democracia y sus valores, los derechos humanos, la vida de un pueblo que hoy mayoritariamente exige libertad y respeto no puede constituir de ninguna manera un acto de injerencia. Muy distintamente, la comunidad internacional, los Estados, las instituciones internacionales, la sociedad civil representadas en las ONG tienen no solamente el derecho sino la obligación de “intervenir” en cualquier parte del mundo en donde se violen los derechos humanos, en donde un grupo imponga una dictadura en perjuicio de los derechos de los ciudadanos, practique la tortura, ajusticie sin procesos a opositores, desaparezca personas como en las épocas de las dictaduras de la región en cuya lucha, por cierto, los venezolanos nos “inmiscuimos” para liberarlos de las botas militares y hacer que sus pueblos y sus sistemas políticos sean hoy lo que, para bien o para mal, son.

No sé si son conscientes de lo que realmente sucede en el país o si prefieren unirse a la comparsa con un silencio estremecedor. En todo caso, las consecuencias son nefastas para el país y para la región.

Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com 
@VITOCO98 

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domingo, 15 de marzo de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, CRÓNICA DE UN FRACASO ANUNCIADO


INSULSO SILENCIO DE INSULZA
Ante el escandaloso silencio de la OEA y de su Secretario General saliente, el acomodaticio Insulza, llega a Venezuela una delegación de cancilleres de Unasur para “contribuir” en la solución de la crisis que atraviesa el país, lo que se tradujo lamentablemente en un simple “respaldo” al régimen de Nicolás Maduro, “víctima” de un “intento de golpe de Estado” en el que estarían involucrados, además de militares y civiles venezolanos, personajes no identificados en Bogotá, Miami y Madrid, según declaraciones del mismo Maduro. Los representantes del organismo subregional, deliberada y  perversamente, ignoraron la realidad de los derechos humanos en el país, expresada en la detención arbitraria de líderes opositores,  la aberrante práctica de tortura, los juicios politizados, la violencia de Estado y la represión armada a los manifestantes pacíficos; en violación descarada del estado de derecho y de las normas y principios más elementales de convivencia entre los venezolanos.

Los representantes de la región insisten en desconocer la realidad venezolana y en favorecer la barbarie. Es inocultable que Venezuela viola clara y descaradamente los compromisos regionales y subregionales asumidos por sus gobiernos para defender la democracia, la libertad y el pleno respeto de los derechos humanos. Razones suficientes y claras hay para activar los mecanismos acordados para preservar la democracia. Pero, lamentablemente, prevalece la complicidad que se concreta en el abandono a un pueblo que lucha por su libertad.
Los “aliados” de Unasur representan un liderazgo político subregional mediocre y poco transparente, divorciado, en su actuar, de los principios que sustentan la democracia y los derechos humanos. Líderes cuestionados de una América distinta: Rousseff,  para muchos relacionada con los negocios turbios de Petrobras;  Kirchner, involucrada, según lo señalan los medios, en actos de corrupción y en otros escándalos, como el relacionado con el Fiscal Alberto Nisman; Correa, verdugo de los medios de comunicación independientes y más de quienes se le oponen, después del montaje del “autogolpe” de Estado del 30 de setiembre de 2010, en el que se habrían cometidos crímenes de lesa humanidad que aún esperan por la aplicación de la justicia; Evo Morales, decidido a castigar a destiempo a los responsables del “genocidio” del siglo XV; Juan Manuel Santos, el infiel amigo de unos y otros, enemigo de la democracia venezolana y, como los anteriores, amante de la elección indefinida.
Una distancia inmensa, sin duda, entre esta América Latina y aquella de Rómulo Betancourt, Pepe Figueres, Haya de La Torre, Muñoz Marín, Arturo Frondizi, López Mateos, Lleras Camargo y, de otros más recientes, Cardoso, Sanguinetti, Caldera, Frei Montalvo y Alfonsín, estadistas que promovieron y lucharon sin descanso, desde sus respectivas tribunas, por la democracia y el respeto de los derechos humanos. Estadistas en el sentido estricto del término,  que con honestidad e integridad defendieron la soberanía y la independencia de nuestra región, lucharon contra el imperialismo, marcaron las pautas del progreso y favorecieron la integración de la región, enfrentando las dictaduras y las amenazantes  injerencias externas de la izquierda trasnochada que décadas más tarde, lamentablemente, se apoderaría del espacio político para instrumentar una revolución sin sentido que lejos de solucionar los graves problemas que afectaban a nuestras sociedades, los han agravado.
En esa región distinta, los cancilleres de Unasur y el desmesurado aliado Ernesto Samper vienen al país con la misión de refrendar la represión y la violación del estado de derecho de un régimen cuestionado que sólo ha traído miseria y enfrentamiento entre los venezolanos. De nada sirvió la visita de los Cancilleres de Unasur que desconocieron malintencionadamente a la Mesa de la Unidad. Mientras Samper se contenta por haber “promovido el diálogo” y por el proceso electoral parlamentario que se avecina en medio de condiciones hasta ahora inaceptables, la Canciller de Colombia deja de lado la posibilidad de dialogo.
Lo cierto es que cualquiera que sea la apreciación de los “invitados aliados”, el país y la comunidad internacional deben estar claros que no se va a iniciar ningún diálogo mientras los dirigentes políticos, los estudiantes y otros que se han atrevido a disentir, estén secuestrados y depositados en las cárceles del régimen, Ramo Verde y la Tumba, a los que Unasur parece tenerle alergia; mientras no se respete plenamente la Constitución y se den garantías plenas de elecciones justas, imparciales y transparentes, es decir, auténticamente democráticas, las cuales, por cierto, según Samper serán en setiembre de este año, secreto develado que quizás forme parte del entrampamiento que montan los aliados para destruir la posibilidad de un cambio democrático en el país.
Tiempo perdido mientras el país desaparece y algo de oxígeno para un régimen que lo necesita para terminar de destruirlo.
Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
@VITOCO98

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viernes, 13 de febrero de 2015

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, DERECHOS HUMANOS Y “MEDIDAS” UNILATERALES

Un año de protestas y de represión brutal no parece suficiente para que Nicolás Maduro y sus colaboradores se percaten de que los responsables de las violaciones de los derechos humanos cometidas todos estos meses serán procesados y castigados por la justicia nacional o por los tribunales internacionales, si los primeros no funcionan, independientemente del cargo que ocupen o de si cumplieron o no órdenes superiores, porque la impunidad que reina hoy en Venezuela no es precisamente la que predomina en el ámbito de la justicia internacional.
Hasta hace poco tiempo el mundo guardaba un extraño silencio ante las atrocidades del régimen venezolano. Hoy, distintamente, gobiernos extranjeros, personalidades políticas, incluidos ex presidentes de la región, tildados groseramente por los revolucionarios de fracasados y vagos, observan con atención y preocupación las violaciones de los derechos humanos en el país, que se traducen en detenidos y procesados arbitrariamente, en la odiosa e inaceptable práctica de la tortura, en la represión a las protestas, en el aniquilamiento de la libertad de expresión y del derecho a informar y ser informado.
Muchos gobiernos y dirigentes del mundo, instituciones y órganos internacionales, Parlamentos extranjeros y regionales, se han pronunciado sin tapujos ante la gravedad de la situación en Venezuela para facilitar una salida a la crisis que los hoy en el poder niegan empecinadamente. No es interferencia indebida en nuestros asuntos internos.  Todo lo contrario, quienes se pronuncian sobre nuestra realidad no solamente ejercen un derecho, sino que cumplen con la obligación que les impone hoy el Derecho Internacional de velar por los derechos humanos y por la democracia y la libertad en todas partes del mundo.
Las críticas y las declaraciones de solidaridad con la democracia venezolana han molestado a la cúpula roja en el poder; pero más parecen haber sido las decisiones de los Estados Unidos,  el imperio a vencer, por las “medidas” de alcance selectivo adoptadas en contra de un grupo supuestamente constituido por personajes incursos en violaciones de derechos humanos y en actos de corrupción que la propaganda oficial vende de manera dolosa como una “sanción” al Estado venezolano.
En efecto, hace algunas semanas el Congreso de los Estados Unidos adoptó la ley para “la defensa de los derechos humanos y la sociedad civil de Venezuela” en el marco de la legalidad propia de un Estado independiente y por considerar que tales delitos, especialmente los relacionados con los derechos humanos, son preocupación de la comunidad internacional y que no son más de la exclusividad de los Estados. El gobierno de Obama acordó en aplicación de esa ley que afecta a esos personajes y sus familiares, algunas medidas relacionadas con el ingreso a los Estados Unidos y con las cuentas y los bienes que puedan tener esos individuos en ese país.
No se trata, como dijimos, de “sanciones” ni “medidas” unilaterales en el sentido estricto del término sino más bien de actos adoptados por un Estado en ejercicio pleno de su soberanía, esa que tanto defienden los regímenes totalitarios como los de Cuba, Corea del Norte, Irán o la Venezuela de hoy, lamentablemente, para evitar ser escrutados por la comunidad y los órganos internacionales y que se conozca la realidad de los derechos humanos. Además, son actos propios que se derivan del derecho de la responsabilidad internacional del Estado que permite que cualquier Estado pueda exigir el cumplimiento de una obligación internacional de carácter imperativo, como son las normas relativas a los derechos humanos, a cualquier Estado que se considere que ha incurrido en un hecho internacionalmente ilícito, es decir, que ha violado como sería el caso, una obligación de esa naturaleza.
La suspensión de visas no es ni puede ser considerada una “sanción” al Estado venezolano. La reglamentación sobre el ingreso de extranjeros es un derecho propio del Estado territorial basado en el principio de la soberanía,  que debe distinguirse de la expulsión de extranjeros que en ningún caso puede ser arbitraria. Si bien el ingreso de extranjero está regulado por el orden jurídico interno, la expulsión lo está por el Derecho Internacional que exige, sin desconocer el derecho del Estado a expulsar a no nacionales de su territorio, el respeto pleno de los derechos humanos y las formalidades administrativas que algunos gobiernos, como el de Juan Manuel Santos, desconocen, tal como lo hiciera cuando expulsó arbitrariamente a jóvenes estudiantes venezolanos asilados por razones políticas en Colombia, entregándoles a la policía política de Venezuela, contrariando así las normas del Derecho Internacional, concretamente, el sagrado principio de no devolución, piedra angular del sistema de protección internacional.
La solidaridad internacional es absolutamente necesaria hoy para enfrentar la realización de crímenes internacionales. Las “medidas” que se adopten en relación con cualquier Estado que viole las normas fundamentales de Derecho Internacional deberían ser bienvenidas pues con ello se busca no “acorralar” a un régimen sino defender a una sociedad de sus atrocidades. Es un desarrollo del Derecho Internacional que responde a las nuevas realidades internacionales, a lo que no podría oponerse ningún Estado o grupo de Estados sin correr el riesgo de mostrarse como Estado forajido.
Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
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jueves, 3 de julio de 2014

VICTOR RODRIGUEZ CEDEÑO, LIMITACIONES DE UN RÉGIMEN FORAJIDO

Desde que Chávez llego al poder en 1998, Venezuela ha sido objeto de preocupación por sus políticas internas abusivas y discriminatorias contrarias a los derechos humanos y por su acción internacional, generalmente de la mano con las mas férreas dictaduras: Cuba, Bielorrusia, Zimbabue, Corea del Norte, entre otros.

Hasta hace poco, el régimen de Chávez  y ahora el de Maduro se habrían cuidado de no traspasar la línea divisoria entre democracia y dictadura. Jugaron en ese espacio y lograron adhesiones y apoyos, aunque la mayoría interesados. Pero en los últimos meses Maduro decide  traspasar la línea y abandonar definitivamente el poco espacio democrático que quedaba, despreciando sin rubor las reglas mínimas de convivencia; pero, sobre todo, el respeto de los derechos de los ciudadanos.

La represión para enfrentar una “violencia” perversamente creada desde adentro es una realidad que alarma a la comunidad internacional.

Personalidades políticas, parlamentos, gobiernos, organizaciones de derechos humanos y organizaciones internacionales  le piden al régimen de Maduro que cese los atropellos, el acoso a la libertad de expresión y a los medios independientes, los actos de tortura y que libere los procesos políticos víctimas de  un Poder Judicial sometido al Ejecutivo, ni autónomo ni independiente.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos  expresó  hace unos días su justificada preocupación por “las reiteradas  violaciones de los derechos humanos en el país” destacando las “violaciones al debido proceso y la situación de los jóvenes detenidos (…) además de tortura y falta de información acerca
de las detenciones y falta de comunicación de las víctimas con sus abogados y familiares”. Se destaca en el Comunicado de Prensa de la OACDH la detención de más de 3120 personas entre febrero y mayo de este año y el ataque a las Universidades nacionales por fuerzas policiales y militares del Estado y grupos paramilitares creados por el mismo Estado.

La Oficina del Alto Comisionado le pide también al régimen de Maduro que respete el derecho a la protesta pacífica y el derecho de reunión y le pide sobretodo que permita la visita al país de los mecanismos de derechos humanos, a lo que se ha negado reiteradamente. A ello se suma la declaración del Relator Especial para la tortura quien destacó “el uso excesivo de la fuerza para reprimir manifestaciones en Venezuela, como ejemplo de tratos inhumanos”.

La respuesta oficial fue la esperada. Un Comunicado de la Cancillería en el que se “rechaza la falta absoluta de objetividad e imparcialidad” de la Oficina del Alto Comisionado calificando sus declaraciones de “infames”,  a la vez que la acusa de formar parte de “la campaña de descrédito contra el Estado democrático de Venezuela”.

Lejos de considerar y corregir las nefastas políticas en contra de los ciudadanos, el régimen crea una “fuerza antichoque”, un grupo paramilitar oficial para reprimir  las manifestaciones pacíficas.

Trata el régimen mediante esta intimidación y actos de violencia fabricados para desprestigiar y criminalizar la protesta, asignar la responsabilidad de los actos violentos a los manifestantes y proteger a  los funcionarios del Estado, incluidos los paramilitares, responsables de las numerosas atrocidades cometidas.

Estamos ante un Estado representado por un régimen que desprecia los valores fundamentales, lo que justifica la preocupación de personalidades e instituciones extranjeras.  La naturaleza del régimen venezolano es incompatible con la pretensión, lamentablemente endosada hasta ahora por la región, de ingresar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el órgano político más importante del sistema onusiano, encargado de velar por la paz y la seguridad internacionales. 

Venezuela,  lo merecería como Estado. Antes , durante el periodo democrático, lo estuvo dos veces, contribuyendo positivamente con las políticas y los intereses comunes de la humanidad.

La situación es distinta hoy. Si Venezuela fue una vez un actor influyente a favor de la paz mundial, hoy lamentablemente no lo es. El régimen de Maduro, como lo fue antes el de Chávez, es irrespetuoso del orden jurídico internacional. Es simplemente, como se les cataloga hoy, un régimen forajido. Sus manifestaciones de desprecio por las normas de derechos humanos, su apoyo a regímenes políticos absolutamente cuestionados, sus declaraciones sobre el concepto y el alcance de la paz y su postura contraria a la evolución de la sociedad internacional y a los intereses comunes de la humanidad, además de sus conflictivas posturas, no le acreditan para actuar en un órgano como el Consejo de Seguridad.

Victor Rodriguez Cedeño
vitoco98@hotmail.com
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