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jueves, 2 de julio de 2015

ENRIQUE PRIETO SILVA, LOS INTELECTUALES CHAVISTAS

En este mundo loco en que transformaron al venezolano, no nos queda más remedio que regresar a la época del homo sapiens y esculcar entre dinosaurios, para entender el concepto de intelectual que debemos aplicar a los connotados cerebros que adornan a este ciclo histórico que hemos dado en llamar “chavismo”.

Si nos vamos al concepto del entendimiento, como lo refleja la definición más acertada para el análisis, aunque nos esforcemos en encontrarle raciocinio, no podemos entender el resultado ni el pensamiento de los auto nominados “versados” promotores, impulsores, asesores y practicantes doctrinarios del “difunto eterno”, porque aunque nos lo propongamos, es muy difícil entender el menjurje que representa u modelo político que bautizaron de socialismo, amalgamado con revolución, patria, socialismo, muerte, babalao, sorna, fraude, estupidez, ridiculez, pobreza, expropiación, laceración, engaño, colectivos, milicia, bobadas, vacío y un centenar más de punzantes apelativos, que es imposible de entender y asignar a personas que por definición, deberían dedicarse a las letras y a las ciencias, para asociar lo espiritual o simbólico, para con ese pensamiento reflexionar y encontrar la solución de los problemas sociales. Es la amarga mentira que los califica de eruditos de la confusión, para no entrar en detalles.

Utilizando la verba popular, debiéramos decirles a estos eruditos, que más que intelectuales, son unos contagiados de letras y de lecturas, que creyeron en la palabra de un ilustrado con dotes mesiánicas, que los catapultó hasta la cúspide de la sagacidad del engaño. Se hicieron y ubicaron en la cúspide de la intelectualidad sin quemar roles ni etapas, fundados con el arma de la demagogia, que es el uso maligno de la inteligencia. Su mejor frase: “Este problema es intelectual, no se soluciona con la fuerza”, pero si con la amenaza, que es la mayor fuerza del convencimiento y del miedo. Pero muerto el mentor o sustrato, han tenido que fundamentar su inteligencia en el “yo no quise” o “yo no fui”, pero manteniendo sus palabras de esfuerzo para continuar en la guerra que le desataron a la “Cuarta” o a “los anteriores”. 

Lamentablemente, se han ubicado en el “intelectual orgánico del marxismo”, como lo ubica la historia, “…es aquel que, pese a pertenecer a una clase superior, se compromete con la condición de las clases bajas y trabaja por la liberación de los desposeídos”. 

Por eso, no entendemos a estos “intelectuales chavistas”, que fundaron su sabiduría en un personaje inculto, indocto y mezquino, que quiso ser militar y aprovechando un desliz de los políticos de la década de los 90’, que enfrentando los errores de los gobiernos de la época, usaron la anti política, principal negadora de la democracia, fracasó en un intento de golpe de Estado, y fue escogido por estos intelectuales, hoy también fracasados, que han querido impulsar una llamada “marea socialista”, en un intento por recuperar la masa amorfa de seguidores, que hoy, desesperada, no encuentra el camino del sueño que les prometieron: “recibir sin trabajar, parte de la riqueza que no producen, y piden a gritos que los enseñen a pescar”.   

Creemos oportuno recordarles, que todos debemos convencernos de que Chávez fue un despojo político que tuvo vida en una fantasía venezolana, capitalizada por la lamentable anti política que vivimos en la década perdida del siglo xx. Momento, que alimentado por los discursos que crearon y fomentaron el “chiripero” de Caldera, utilizado luego por el candor militarista de nuestro pueblo humilde, que aún no ha salido del amor patrio que crearon los autores de la república pos independencia, a la luz del caudillismo, que aún persevera en la mente de muchos auto proclamados libertadores para completar la obra de Bolívar. 

Intelectuales ¡Abajo cadenas! ¡No volverán! ¿A quién creen que engañan con sus primarias?

Enrique Prieto Silva,
eprieto@cantv.net
@Enriqueprietos


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viernes, 22 de agosto de 2014

PEDRO R. GARCÍA M., LOS INTELECTUALES Y SU DISTANCIA CRITICA DE LA ACCIÓN POLÍTICA, PUNTO DE QUIEBRE


Una acotación necesaria…

El filósofo trascendentalista Ralph Waldo Emerson, en una oportunidad en una de sus reuniones se le acerco alguien y le comentó que en el auditorio se encontraba una mujer humilde vendedora del mercado de frutas cercano o algo así y que nunca dejaba de asistir a sus eventos, visiblemente conmovido el sabio de Concord, quiso saludar a la señora, “me han dicho que suele asistir a todas mis conferencias” le expreso condescendiente y ella le repuso, “¡Oh si no me pierdo ninguna!”. “Veo, señora mia que usted es aficionada a la filosofía”. “No por Dios, yo no entiendo nada de esas cosas ¡Todo lo que usted dice es muy elevado para mi!”. “Pues, entonces, no veo por que asiste” comento desconcertado el gran hombre” y ella concluyó gozosa: es que me gusta oírle por que nos habla como si todos fuéramos inteligentes.”

La función del intelectual es tratar a los demás como si también fuesen intelectuales.

Intentando trazar una reflexión de la participación de los intelectuales en la política dura y pura, no quiero en modo alguno abolir la diferencia entre la acción política y el aporte de las teorizaciones. 

Cada una, una vez más, tiene un lugar privilegiado y si se puede decir, preferencias locales diferentes: aquí, una atención a las herencias culturales, centradas, tal vez, de una manera más decidida sobre las intuiciones; allá, reflexiones de las instituciones y de los fenómenos de dominación, agrupadas sobre el análisis de las sobrecosificaciones y los desequilibrios. 

En la medida en que una y otra tienen siempre necesidad de entrecruzarse para asegurarse del carácter concreto de sus pretensiones de universalidad, sus diferencias deben ser conservadas contra toda confusión. 

Por eso la tarea de la abstracción filosófica consiste en poner al abrigo de oposiciones engañosas el interés por la reinterpretación de las herencias culturales recibidas del pasado y el interés por las proyecciones políticas cara al porvenir de la humanidad. 

En efecto, esa es precisamente la función específica del intelectual: tratar a los demás como si también fuesen intelectuales. 

Es decir, no intentar sugestionarles, intimidarles o seducirles sino despertar en ellos el mecanismo de la inteligencia que tantea, evalúa y acierta. 

Hay que partir de la premisa socrática de que todo el mundo se revela inteligente cuando se le trata como si lo fuera. 

¿Es compatible esa función con el oficio de los políticos? Porque éstos más bien suelen regirse por el cínico principio establecido por el novelista Frederic Beigbeder (que no en vano empezó su carrera como publicista): “No hay que tratar al público como si fuera imbécil ni olvidar nunca que lo es”. 

Salta a la vista que son planteamientos opuestos. Lo malo es que el primero exige un esfuerzo de los interlocutores, atención, reflexión y tanteos vacilantes, mientras que el segundo halaga emociones primarias de entusiasmo o revancha, convierte el pensamiento crítico en ironía o exageración, y el abordaje de los problemas sociales en escándalos evidentes. Si repasan ustedes el innumero de entrevistas políticas de nuestras radios y televisoras, es fácil ver como cada quién hala agua para su molino…

Nos señala Michael Ignatieff; si juzgase por mi propio caso, debería decir que los intelectuales están negados por exceso de recelo mental para la gestión de los asuntos públicos. Pero sería injusto, porque talentos mayores como Marco Aurelio o Máximo Cacciari se las arreglaron con notable competencia al frente del Imperio Romano o de la alcaldía de Venecia. De hecho, el progreso de la fórmula democrática ha ido haciendo el Estado cada vez más abstracto, es decir, más necesitado de comprensión enseñada y reflexiva: primero se basó en la religión obligatoria y el derecho divino de los monarcas, luego en el culto a la identidad nacional como religión civil, ahora más bien en las leyes constitucionales afirmadas en los derechos humanos. 

Por supuesto, todavía vuelven a la carga periódicamente los partidarios de las fórmulas atávicas, que por emotivas son más fácilmente asumibles desde la ignorancia (el populismo, ya saben, esa democracia para áridos mentales) y por tanto hoy en esta hora menguada de la República son más necesarios que nunca, si no los intelectuales en política, por lo menos el ethos intelectual en el discurso público y social. Sin embargo, la lección de la experiencia a menudo es negativa en lo personal, y los intelectuales íntegros que se han aventurado a dar el paso han retornado siempre, como el precursor Platón, afligidos de Siracusa…

   “La libertad es el continuo histórico, lo demás son paréntesis”

Pedro R. Garcia M.
pgpgarcia5@gmail.com
@pgpgarcia5

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domingo, 17 de agosto de 2014

DARIO ACEVEDO LOS INTELECTUALES Y EL PAÍS, AHORA COLOMBIA,

Nadie que posea algún grado de ilustración debería ser ajeno al debate en curso entre dos destacados intelectuales, Eduardo Posada Carbó y Mauricio García Villegas en torno a la visión que se tiene del pasado y el presente de Colombia.

El primero desde su columna en El Tiempo y el segundo desde la suya en El Espectador, controvierten sobre los primeros años de vida republicana e independiente y en un salto prodigioso, pero lógico, al significado del momento presente signado por las negociaciones de paz.

El historiador Posada en su último libro, La nación soñada, adelanta una profunda crítica a una historiografía nacional que se ensaña en propagar la visión de un pasado violento, poco o nada democrático, gobernado por líderes irresponsables y oligárquicos. Consecuente con ello, plantea la necesidad de mirar con ojos menos trágicos y reduccionistas nuestro pasado, que sintetizaría, en aras de la brevedad de este escrito, en que ni todo ha sido color de rosa ni todo ha sido un desastre como se desprende de las generalizaciones.

García Villegas, jurista y docente, lanzó varias afirmaciones de esas que no por comunes dejan de ser bastante problemáticas: comparte la calificación de los primeros años de vida independiente como “Patria boba”, dice que Colombia carece de mito fundacional y que ese vacío puede ser llenado con la firma la paz entre el gobierno Santos y las guerrillas. Omite que en aquellos años, Europa y América emergían a la democracia y en Colombia apenas sembrábamos semillas de identidad.

Para llegar a donde quiero, me parece necesario advertir que en este debate está en liza la percepción que tenemos sobre el pasado y el presente del país. Imposible no hacer alusión a la visión negativa que la generación de mediados de los años sesenta hasta los ochenta convirtió en dominante en contraposición a la épica y legendaria Historia Patria. Aparte de textos académicos que enriquecieron el saber, pulularon otros con aire político con los que nos alimentamos jóvenes ávidos de torcer el contenido y el rumbo de la Historia. Por supuesto, para hacer la revolución era menester subvalorar y hasta despreciar las instituciones que nos rigieron. A la luz de las interpretaciones marxistas nada era defendible, solo el cambio radical de las estructuras sociales nos llevaría a cambiar la narrativa del pasado.

A raíz del fracaso del experimento comunista y el desgaste de la religión civil marxista, se produjeron algunos cambios en el mundo académico y político sobre los problemas de la sociedad, sobre la tragedia que significa predecir el futuro lejano, el recurso a la violencia y las limitaciones del radicalismo. Recobró fuerza y legitimidad la política de la reforma como método para alcanzar la solución de problemas concretos.

Sin embargo, ese fracaso parece no haber afectado mayormente a ciertos núcleos de la intelectualidad y de la política colombiana. Seguimos sufriendo el accionar de unas guerrillas ya anacrónicas y pervertidas por el narcotráfico y el terror nacidas en tiempos revolucionarios, pero miradas aún con complacencia teórica y sociológica.

De otra parte, en el mundo del pensamiento se mantiene una forma de ver los problemas de la sociedad y de la política nacional,  casi en los mismos términos de la época de auge del marxismo, que soslaya el triunfo de la filosofía liberal sobre el materialismo histórico. Es extraño que no se haya producido un cierre de cuentas con la teoría que fracasó como alternativa a la sociedad capitalista y a la democracia “burguesa”. La retórica y la analítica tienen muchas similitudes con esa doctrina cuyos seguidores se enmascaran en causas ecológicas, humanitarias y antiglobalización.

Esa pervivencia se aprecia, por ejemplo, en afirmaciones poco matizadas respecto de aquellas de los años setenta cuando nos enseñaron y luego enseñamos que en Colombia no había democracia, que votar era apoyar la tiranía que el que escruta elige, que Colombia era una dictadura gobernada por 14 familias, etc. No diré, como pueden pensar algunos, torcidamente, que somos el paraíso terrenal.

Circulan tesis de las que se puede colegir que no vale la pena defender nada en el país, nada es nada. Y cuando así se piensa, cobran validez tesis como la esgrimida por García Villegas según la cual, el mito fundacional que nos hace falta para encuadrar en la teoría de la hechura de la nación, es la firma de la paz con unas guerrillas que no nos representan aunque sí nos hacen sufrir demasiado. O la que escribió doña Aura Lucía Mera “Si no fuera por Hollman Morris… jamás los colombianos nos hubiéramos enterado de lo que realmente ha sucedido y sucede en este país amnésico, frívolo, que no quiere enterarse de nada, ni que le recuerden la historia” ¡Morris, el nuevo libertador cual Simón Bolívar!, Mera nos “recuerda” que somos tan violentos que “Hemos aprendido geografía a través de las masacres y ataques demenciales de guerrilleros, paramilitares, ejército y bandas delincuenciales” (El Espectador, 5/08/2014) como si fuese lo mismo ser soldado que guerrillero, paramilitar o mafioso, o defender las instituciones que atacarlas.

Nuestro pasado, con todo lo trágico, imperfecto e injusto que ha sido y es, se despacha con diatribas e inculpaciones colectivas “todos somos culpables” que se clavan como puñaladas en la yugular de nuestra autoestima.

El columnista Ricardo Silva nos dice como igualar al ciudadano común y corriente con los violentos y criminales de todos los pelambres y a Ernesto Samper con otros expresidentes “El gran reto que nos espera es desacostumbrarnos al fanatismo, a la brutalidad: el gran desafío de nuestra sociedad es hacernos conscientes de nuestra propia violencia. Breve resumen del desastre: el Estado colombiano… se ha pasado los últimos veintitantos años tocando y cavando fondo. (ET 8/08/2014).

Más  les valdría haber transcrito esta estrofa del tango Cambalache: “Es lo mismo el que trabaja/ noche y día como un buey/ que el que vive de los otros/ que el que mata que el que cura/ o está fuera de la ley”.

Ruben Dario Acevedo Carmona
rdaceved@unal.edu.co
@darioacevedoc

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jueves, 31 de julio de 2014

MARIO VARGAS LLOSA, EL PASADO IMPERFECTO, PIEDRA DE TOQUE.

Los grandes fastos de la inteligencia en el París posterior a la II Guerra Mundial fueron, más bien, los estertores de la figura del intelectual y los últimos destellos de una cultura volcada en la calle

Se acaba de reeditar en Estados Unidos un libro de Tony Judt que apareció por primera vez en 1992 y que yo no conocía: Past imperfect: french intellectuals, 1944-1956. Me ha impresionado mucho porque yo viví en Francia unos siete años, en un período, 1959-1966, aún impregnado por la atmósfera y los prejuicios, acrobacias y desvaríos ideológicos que el gran ensayista británico describe en su ensayo con tanta severidad como erudición.

El libro quiere responder a esta pregunta: ¿por qué, en los años de la posguerra europea y más o menos hasta mediados de los sesenta, los intelectuales franceses, de Louis Aragon a Sartre, de Emmanuel Mounier a Paul Éluard, de Julien Benda a Simone de Beauvoir, de Claude Bourdet a Jean-Marie Doménach, de Maurice Merleau-Ponty a Pierre Emmanuel, etcétera, fueron prosoviéticos, marxistas y compañeros de viaje del comunismo? ¿Por qué resultaron los últimos escritores y pensadores europeos en reconocer la existencia del Gulag, la injusticia brutal de los juicios estalinistas en Praga, Budapest, Varsovia y Moscú que mandaron al paredón a probados revolucionarios? Hubo excepciones ilustres, desde luego, Albert Camus, Raymond Aron, François Mauriac, André Breton entre ellos, pero escasas y poco influyentes en un medio cultural en el que las opiniones y tomas de posición de los primeros prevalecían de manera arrolladora.

Judt traza un fresco de gran rigor y amenidad del renacer de la vida cultural en Francia luego de la liberación, una época en la que el debate político impregna todo el quehacer filosófico, literario y artístico y abraza los medios académicos, los cafés literarios y revistas como Les Temps Modernes, Esprit, Les Lettres Françaises o Témoignage Chrétien, que pasan de mano en mano y alcanzan notables tirajes. Comunistas o socialistas, existencialistas o cristianos de izquierda, sus colaboradores discrepan sobre muchas cosas pero el denominador común es un antinorteamericanismo sistemático, la convicción de que entre Washington y Moscú aquél representa la incultura, la injusticia, el imperialismo y la explotación y éste el progreso, la igualdad, el fin de la lucha de clases y la verdadera fraternidad. No todos llegan a los extremos de un Sartre, que, en 1954, luego de su primer viaje a la URSS, afirma, sin que se le caiga la cara de vergüenza: “El ciudadano soviético es completamente libre para criticar el sistema”.

Sartre aseguró sin vergüenza que en la URSS había completa libertad para criticar al sistema

No se trata siempre de una ceguera involuntaria, derivada de la ignorancia o la mera ingenuidad. Tony Judt muestra cómo ser un aliado de los comunistas era la mejor manera de limpiar un pasado contaminado de colaboración con el régimen de Vichy. Es el caso, por ejemplo, del filósofo cristiano Emmanuel Mounier y algunos de sus colaboradores de Esprit, quienes, en los comienzos de la ocupación, habían sido seducidos por el llamado experimento de nacionalismo cultural Uriage, patrocinado por el Gobierno, hasta que, advertidos de que era manipulado por las fuerzas nazis de ocupación, se apartaron de él. Y yo recuerdo que, a comienzos de los años sesenta, ante unos manifestantes universitarios que querían impedirle hablar y le citaban a Sartre, André Malraux les respondió: “¿Sartre? Lo conozco. Hacía representar sus obras de teatro en París, aprobadas por la censura alemana, al mismo tiempo que a mí me torturaba la Gestapo”.

Tony Judt dice que, además de la necesidad de hacer olvidar un pasado políticamente impuro, detrás del izquierdismo dogmático de estos intelectuales, había un complejo de inferioridad del medio intelectual, por la facilidad con que Francia se rindió ante los nazis y aceptó el régimen pelele del mariscal Pétain, y fue liberada de manera decisiva por las fuerzas aliadas encabezadas por Estados Unidos y Gran Bretaña. Aunque existió, desde luego, una resistencia local y una participación militar (gaullista y comunista) en la lucha contra el nazismo, Francia sola no hubiera alcanzado jamás su propia liberación. Esto, sumado a la cuantiosa ayuda que recibía de Estados Unidos, a través del Plan Marshall, en sus trabajos de reconstrucción, habría diseminado un resentimiento que explicaría, según Judt, esa enfermedad infantil del izquierdismo proestalinista que signó su vida intelectual entre 1945 y los años sesenta.

En el polo opuesto, destaca la figura de Albert Camus. No sólo lucidez hacía falta, en los años cincuenta, para condenar los campos soviéticos de exterminio y los juicios trucados; también un gran coraje para enfrentar una opinión pública sesgada, la satanización de una izquierda que tenía el control de la vida cultural y una ruptura con sus antiguos compañeros de la resistencia. Pero el autor de El hombre rebelde no vaciló, afirmando, contra viento y marea, que disociar la moral de la ideología, como hacía Sartre, era abrir las puertas de la vida política al crimen y a las peores injusticias. El tiempo le ha dado la razón y por eso las nuevas generaciones lo siguen leyendo, en tanto que a la mayor parte de quienes entonces eran los dómines de la vida intelectual francesa, se los ha tragado el olvido.

Camus no vaciló en condenar los campos de exterminio soviéticos y los juicios trucados

Un caso muy interesante, que Tony Judt analiza con detalle, es el de François Mauriac. Resistente desde el primer momento contra los nazis y Vichy, sus credenciales democráticas eran impecables a la hora de la liberación. Eso le permitió enfrentarse, con argumentos sólidos, a la marea proestalinista y, sobre todo, como católico, a los progresistas de Esprit y Témoignage Chrétien, que en muchas ocasiones, como durante las polémicas sobre el Gulag que desataron los testimonios de Víktor Kravchenko y de David Rousset, hicieron de meros rapsodas de las mentiras que fabricaba el Partido Comunista francés. Por otra parte, tanto en sus memorias como en sus ensayos y columnas periodísticas se adelantó a todos sus colegas en iniciar una profunda autocrítica de los delirios de grandeza de la cultura francesa, en una época en la que —aunque muy pocos lo percibieran entonces además de él— precisamente entraba en una declinación de la que hasta ahora no ha vuelto a salir. Nunca me gustaron las novelas de Mauriac y por eso descarté sus ensayos; pero el Past imperfect de Judt me ha convencido de que fue un error.

Sin embargo, no todo es convincente en el libro. Es imperdonable que, además de Camus, Aron y otros, no mencione siquiera a Jean-François Revel que, desde fines de los años cincuenta, libraba también una batalla muy intensa contra los fetiches del estalinismo, y que no resalte bastante la denuncia del colonialismo y el apoyo a las luchas del Tercer Mundo por librarse de las dictaduras y la explotación imperial, que fue uno de los caballos de batalla y quizá el aporte más positivo de Sartre y muchos de sus seguidores de entonces.

De otro lado, aunque la dura crítica de Tony Judt a lo que llama la “anestesia moral colectiva” de los intelectuales franceses sea, hechas las sumas y las restas, justa, omite algo que, quienes de alguna manera vivimos aquellos años, difícilmente podríamos olvidar: la vigencia de las ideas, la creencia —acaso exagerada— de que la cultura en general, y la literatura en particular, desempeñarían un papel de primer plano en la construcción de esa futura sociedad en que libertad y justicia se fundirían por fin de manera indisoluble. Las polémicas, las conferencias, las mesas redondas en el escenario atestado de la Mutualité, el público ávido, sobre todo de jóvenes, que seguía todo aquello con fervor y prolongaba los debates en los bistrots del Barrio Latino y de Saint Germain: imposible no recordarlo sin nostalgia. Pero es verdad que fue bastante efímero, menos trascendente de lo que creímos, y que lo que entonces nos parecían los grandes fastos de la inteligencia eran, más bien, los estertores de la figura del intelectual y los últimos destellos de una cultura de ideas y palabras, no recluida en los seminarios de la academia, sino volcada sobre los hombres y mujeres de la calle.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.
© Mario Vargas Llosa, 2014.
Mario Vargas Llosa
@vargas_llosa

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domingo, 25 de mayo de 2014

PEDRO R GARCÍA, FRENTE LA AUSENCIA DE LA CONTUNDENCIA DE LOS INTELECTUALES VENEZOLANOS EN ESTA ETAPA DEL DEBATE POLÍTICO: TERCIÓ FERNANDO MIRES…

Una acotación necesaria

“Siempre hemos diferenciado el contenido social de la forma política de la democracia burguesa; siempre hemos denunciado el duro contenido de desigualdad social y falta de libertad que se esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad y la libertad formales, y no lo hicimos para repudiar a éstas, sino para impulsar a la clase obrera a no contentarse con la cobertura, sino a conquistar el poder político para crear una democracia socialista en reemplazo de la democracia burguesa, no para eliminar la democracia”. Rosa Luxemburgo.
INTELECTUALES VAPORIZADOS
Algunos amigos hemos comentados en estos días de acentuadas preocupaciones reflexivas y coincidimos en haber topado con varias perlas escritas por el señor Fernando Mires. Creo que le pasa como a muchos que ayer fueron contundentes polemistas, pero debemos dejar pasar ese descomedimiento. Se aprovecha Fernando que producto de la vaporización militante de los intelectuales venezolanos no hayan mediado con profunda radicalidad en los diversos temas que  provocan turbación en el país, y pudiera tener explicación en que esos pensadores  venezolanos dejaron su traza sobre el tema en escritos que no pueden "desfacer" independientemente de que en el presente se ubiquen en el borde contrario, pero que fue un argumento suficientemente desafiado, en lo ideológico, y lo político y  lo jurídico, con bastante amplificación, ya desde el mismo parlamento en el que se cogobernaba con Medina Angarita, nos topamos con expresiones que fueron volcadas de los labios de los parlamentarios  de ese entonces, entre quienes destacaron Andrés Eloy Blanco, Juan Pablo Pérez Alfonso y Luís Beltrán Prieto Figueroa. Seguirá una fase que tendrá su Cota mas alta en la Asamblea Nacional Constituyente del llamado trienio Adeco, donde los constituyentes anteriores, reforzados con la presencia de Domingo Alberto Rangel, Gustavo Machado, Rafael Caldera y otros y después, bajo el olor a pólvora, durante la violenta década de los años sesenta del siglo próximo pasado, en el que participaron entre otros, Simón Sáez Mérida, Jesús María Casal, Pompeyo Márquez. Todo sin olvidar los antecedentes históricos que es alfa de la nacionalidad, desde el corazón mismo de la Sociedad Patriótica (dónde Miranda representaba la derecha revolucionaria girondina, Bolívar el centro revolucionario y Francisco "el Coto" Paúl la izquierda revolucionaria (jacobino) como también desde el Club de los Descamisados éste último dirigido por un cura de mayor radicalismo que el primero, que en términos en auge hoy se le pudiera ubicar en lo que se conoce en expresiones como la ultraizquierda en ambas primeras formaciones políticas que conoce nuestra historia, lo que a lo mejor exagerando al referirnos a ellos como los primeros partidos políticos (el bipartidismo de la independencia, el primer bipartidismo de nuestra historia (En el Bloque de Los Independentistas Soberanos) y por ley de polaridad en el bando realista, (El Bloque de los Súbditos Restauradores),  en cuanto a las tendencias, simplificadas en el lenguaje del presente en la ultraderecha, la centroderecha y la derecha propiamente tal. Recordemos que ya en esa época se podía hablar propiamente de estas tres ubicaciones político-espaciales porque ya se había confirmado la realidad de la revolución francesa, cuya Asamblea Nacional, conforme a la ubicación que adoptaron los representantes en su ubicación en los asientos de dicha institución y por las posiciones que adoptaron frente al hecho revolucionario, legaron los tres términos como bagaje de la ciencia política, aunque ya el filósofo griego el Estagirita hablaba de ello y de las clases sociales, por lo que esos conceptos, y algunas categoría gramatológicas, no es un invento de marxistas, leninistas, socialistas, comunistas de anarquistas, ni de trotskistas. Pero la mayoría de los intelectuales venezolanos hoy, los traban sus ubicaciones de ayer, existen tres autores, que bien pueden ser ubicados en el campo de la oposición como la conocemos hoy, y que son la contestación mas categórica frente a los intelectuales tipo Fernando Mires, y a los cuales se le puede rebatir con facilidad, entusiasta de lo Chicago Boys, si se le contrasta con el pensamiento de la derecha inteligente venezolana es desbordado con creces en sus limitaciones. Rebatirlo desde su mismo ángulo, con el pensamiento de nuestra derecha e izquierda autóctona, criolla dirían otros, en la cual dos ya fallecidos. Oponerlo a la manera del viejo Marx con su mismo método. Me refiero en primer término a Rafael Antonio Caldera Rodríguez, quién difundió sus reflexiones en sus discursos constituyentitas durante el trienio, y luego en el Congreso Nacional de la democracia representativa de 1958-1998, como en sus libros "Moldes para la fragua" (1962), "Especificidad de la Democracia Cristiana" (1972) y "Los causahabientes, de Carabobo a Punto Fijo" (1999), que contendrán las bases ideológicas de lo que será su apreciación firme el 4 de febrero de 1992, cuando reunido por vía de emergencia el Congreso Nacional, le tocó pronunciar la frase política distinta de lo que conocemos como locución en el lenguaje regulado por la Academia de la lengua que le reabrirá paso de nuevo a Miraflores, en la que sentenció lo siguiente: "Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer" dándole continuidad a lo ocurrido con anterioridad en el Caracazo en 1989, al cual le dio su apoyo tácito. El segundo, Tomás Enrique Carrillo Batalla, también fallecido, quien se consagró en el tema con la publicación de su libro "Historia crítica del concepto de la democracia" publicado en dos tomos por Monte Ávila Editores en 1983. Y el tercero, desde lo que se ha llamado la izquierda democrática, Teodoro Petkoff, que en una intervención ante la Comisión Nacional de Propaganda del MÁS, acerca del problema de la Autogestión, que fue transcrita y divulgada por ese partido bajo el título de "Autogestión. Gobierno del Pueblo, Por el Pueblo y para el Pueblo". En las primeras palabras de su proemio rotuló: "Con el paso del tiempo he ido encontrando que la mejor definición socialismo es la democracia: Gobierno del Pueblo, por el pueblo y para el Pueblo. Es una fórmula muy sobria que define los propósitos y de algún modo también los medios para alcanzar aquellos planes. Si el socialismo significa demoler la dualidad típica de una sociedad capitalista en la cual una minoría piensa, toma las decisiones que afectan a la vida de la inmensa mayoría, sin que esta  pueda ejercer ningún control sobre las decisiones tomadas, es evidente que, eso no obedece a otra cosa que decir, crear la posibilidad que el pueblo se autogobierne, o sea, que el gobierno sea del pueblo: Obviamente, si es del pueblo, el propósito de sus actos de sus actos de gobierno, tienen como destinatario justamente al pueblo, o sea, es un gobierno para el pueblo, puesto que se ha liquidado la situación según la cual una minoría ejerce el gobierno, se trata entonces de un gobierno por el pueblo. Se ha dicho de otro modo, en el socialismo o la socialización de una determinada sociedad es el único modo de hacer realidad esta democracia, si entendemos por ésta justamente lo que Lincon decía." He trascrito ese el texto, pese a que intuyo que debe estar en todas las bibliotecas, de quienes pertenecieron en alguna oportunidad al MAS. Su alter ego en estas formulaciones, el jesuita Luís Ugalde, desde el Centro Gumilla, escribía a manera de complemento: "Democratizar el poder no significa quitarle a la clase capitalista y pasárselo a una burocracia que se perpetúa. Democratizar es socializar, es
decir hacer que el poder no se concentre sino que se reparte en las diversas instancias sociales. Hay que crear un equilibrio dialéctico entre este poder descentralizado efectivo y el poder central creado por delegación de las entidades descentralizadas" Y recordaba, refiriéndose al ejemplo de la revolución rusa, que "Con dolor, años más tarde contemplaba Trotski la ausencia total de la vida democrática que había conocido en los primeros tiempos. En "La Revolución Traicionada" de 1936 decía él: "De la democracia del partido no quedan sino recuerdos en la memoria de la antigua generación. Con ella se han desvanecido democracia de los soviets, de los sindicatos, de las cooperativas  y de las organizaciones deportivas y culturales. La jerarquía de los secretarios domina todo y sobre todos. (Léase aquí vice-presidentes territoriales). El régimen había adquirido un carácter totalitario varios años antes que la palabra viniese de Alemania"
 Pese a que he expuesto un número reducido de autores, para confrontar y contrastar al exégeta de periódicos, no podemos negar que en este país nuestro, de cada día, se ha contendido hasta la saturación sobre el tema de la Democracia. Frente a países ubicados al sur de nuestro subcontinente, como Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, tenemos los venezolanos
ventajas comparativas inigualables. La democracia discutida en esos países tiene otros contenidos a los que se escenifican en el nuestro. No es presunción fatua lo que se ha considerado en el mundo, desde mucho y largo tiempo atrás, que no hay algo más constitutivo del venezolano que la democracia que lleva en su pecho, en su alma, en su corazón y en su mente, en sus entrañas, desde los mismos orígenes de la gesta emancipadora. No pretendo en esta oportunidad al aludir el tema, “democracia”, dejar a un lado lo extenso que  enunciaron y escribieron Andrés Eloy Blanco, Rómulo Gallegos y Luís Beltrán Prieto Figueroa, porque si bien que en época pasada  pertenecieron al patrimonio político y cultural de AD, que profundas contradicciones los alejaron de él, en un demarcase en su impronta tuvo para con ellos este partido, dejando de referirse a su legado teórico, en un desolvido manifiesto e intencional. Ha tenido que ser parte del ala iluminada del Opus Dei al cumplirse los 60 años del lamentable accidente que segó al político, juglar y venezolano de excepción que nos, dedicarle charlas y foros para resaltar su legado, que nos arrancó  lágrimas, en la persona del teólogo Rafael Tomás Caldera Pietri y de José Rodríguez Iturbe mostrando un talante y honestidad intelectual, esa otra parte de la derecha que intenta revelarse es millánastraísta". Como oposición irracional, y torpe que son, siendo cultores convencidos sus limitados como estándares facilitaron, el desarraigó, salvando desde el bipartidismo convertido en diarquía, hacia Chávez, quien en su marcha se transportó entre sus efectos esa tradición popular y la cristianizaron en propiedad del pueblo chapista y de Chávez, que hoy por hoy siguen como actores políticos que le han rendido reconocimiento y les utilizan como guía para su acción. Estos son hechos reales, y registrados, incluso históricamente, no se si esta en capacidad de hacerlo un intelectual como Fernando Mires.
Muy probablemente porque desgranándose los sesos y quemándose las pestañas leyendo y releyendo los voluminosos tomos de los diversos autores venezolanos, no creo que lo este haciendo de la Doctrina y Teoría democrática escritos por ese tortuoso pensador que mientan Roger Noriega. Y la referencia tiene mucho que ver con los bienes que utilizó el norteamericano como mercancía en que la historia ha conocido como el escándalo "Irán-Contras". Pero es fácil adivinar que Mires "está descaminado". Porque su imposibilidad descansa en su experiencia de vida. Baste con ver su entorno medioambiental. 
En él cabe perfectamente lo que señalara el filósofo español José Ortega y Gasset: "Yo soy Yo y mi circunstancia" Fernando Mires, al pretender injerirse en el tema de la historia nuestra que tiene sus particularidades, actúa, bajo el uso de líneas escritas, respecto a la democracia, con un cultismo ostentoso y inelegante, habla generalidades sobre "temas importantes" pero no muestra nada en concreto.
Pedro R. Garcia M.
pgpgarcia5@gmail.com
@pgpgarcia5

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domingo, 27 de abril de 2014

PEDRO CORZO, INTELECTUALES Y DICTADORES

¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución: ningún derecho. Fidel Castro.

ANTE EL ALTAR DEL DICTADOR
La muerte del Nobel de literatura Gabriel García Márquez, sitúa una vez más el tema de la fascinación que padecen algunos intelectuales ante el poder político, en particular, cuando este está representado por un dictador que encarna ideas extremistas.

García Márquez fue un adorador de Fidel Castro. Nunca puso reparo a los abusos de su gobierno. A pesar de su indiscutible talento, fue absolutamente insensible a la situación de los derechos humanos en Cuba.

La isla era para el laureado escritor un centro de veraneo. Disfrutó de riquezas extremas en medio de la crónica pobreza material y espiritual que impuso el totalitarismo castrista en Cuba.

Muchos escritores, pintores, creadores en general fueron cautivados por el proceso insurreccional y posterior triunfo de ese proceso. Confiaron que se iniciaba en Cuba, con posibilidades de extenderse al resto del hemisferio, un proceso de justicia social con libertad.

Los abusos y fracasos acabaron con el encantamiento de muchos de esos intelectuales. Se decepcionaron del proceso y de su conductor, pero ese no fue el caso de Gabriel García Márquez, quien según pasaba el tiempo y Fidel Castro sumaba muertes y violaciones a los derechos humanos, la amistad y la admiración entre ambos se profundizaba.

Algo similar ocurrió con los muchos intelectuales que adoraron a José Stalin.

Por ejemplo Rafael Alberti, escribió cuando murió el dictador soviético, “Padre y maestro y camarada: quiero llorar, quiero cantar. Que el agua clara me ilumine, que tu alma clara me ilumine en esta noche en que te vas”. Pablo Neruda no se quedó corto y manifesto, “Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos...Stalin alza, limpia, construye, fortifica, preserva, mira, protege, alimenta”. Nicolás Guillen expresó, en la Canción a Stalin, “Stalin, Capitán, a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochún. A tu lado, cantando, los hombres libres van”, y el poeta Antonio Machado señaló, “es la mano abierta y generosa, el corazón hospitalario para todos los hombres libres”.

Adolfo Hitler también contó con admiradores en el mundo intelectual. Se afirma que el filósofo Martin Heidegger, considerado uno de los pensadores más importantes del siglo XX, simpatizaba con el dictador nazi, y Gunter Grass, admitió haber pertenecido a las SS, fuerzas nazis de elite, y Leni Riefenstahl, fue calificada de haber sido la cineasta oficial de nazismo.

Hugo Chávez, el caudillo venezolano, fue venerado por más de un creador, destacándose entre ellos el realizador Oliver Stone, que siente por Fidel Castro igual devoción, sin embargo hay que destacar que García Márquez apenas escribió sobre el déspota venezolano, teniendo en cuenta el protagonismo hemisférico que este tuvo por un largo periodo de tiempo y la amistad que unía a ambos con Fidel Castro.

El ensayista cubano Jacobo Machover, en su libro el “Sueño de la Barbarie” denuncia como autores de la talla de Jean Paul Sartre le hicieron el juego al castrismo por un periodo de tiempo, y que personalidades como el desaparecido José Saramago e  Ignacio Ramonet,  entre otros, siguen defendiendo la tiranía de más de cinco décadas de los hermanos Castro.

No obstante la devoción de García Márquez por Fidel Castro es la más difícil de entender, porque el laureado escritor tuvo la oportunidad de ser testigo del triunfo de la insurrección, pero también del deterioro del régimen.

García Marques prefirió ignorar lo que sucedía en Cuba por conservar la amistad de Castro. Calló ante los fusilamientos, prisiones, exilio, la destrucción económica del país, la exportación de la subversión desde La Habana al resto del continente, y la subordinación del régimen a la Unión Soviética.

El supo del caso Heberto Padilla y del exilio de Guillermo Cabrera Infante y del ostracismo interno y externo que padecieron muchos de sus pares de la isla.

La conducta del autor de Cien Años de Soledad, conduce a pensar que el talento puede no ser compatible con el más elemental sentido de justicia y puede ser capaz de generar un ambiente de "realismo mágico" que propicie ignorar todo aquello que colisiona con sus pensamientos e intereses.

El gobierno de Cuba valoró con tanta estima la aquiescencia  de García Márquez que el propio Fidel Castro le entregó una lujosa casa de protocolo y le distinguió  con las medallas Haydee Santamaría y la Orden Félix Varela.

García Márquez el escritor deja una profunda huella en la literatura mundial, el hombre lamentablemente deja muchas preguntas sin respuestas, entre ellas su amistad con Fidel Castro y por qué no vivió y murió en Colombia, si como dice el presidente Juan Manuel Santos,  fue el más ilustre de los colombianos.

Pedro Corzo
pedroc1943@msn.com
@PedroCorzo43

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jueves, 6 de febrero de 2014

SAÚL GODOY GÓMEZ, LOS INTELECTUALES Y EL SOCIALISMO,

Este es el título de un interesante trabajo de F.A. Hayek, donde da cuenta de esta extraña especie; al principio de su lectura, me chocó el concepto que empleó para describir nuestro gremio de intelectuales, el de: “negociantes de información de segunda mano”, al principio me sentí como un vendedor de alfombres usadas, pero, luego de terminar la lectura, caí en cuenta de que se trataba de una de las más atinadas descripciones de nuestra actividad.
Para Hayek, el intelectual no es un científico, ni un académico, es decir, no es un especialista, es el intermediario entre éstos y las masas, se trata de una persona que entiende poco de mucho, dice Hayek: “El intelectual típico no necesita poseer conocimientos en particular, ni siquiera necesita ser inteligente para realizar su rol de intermediario en la diseminación de las ideas. Lo que lo califica para su trabajo es el amplio margen de temas de los que puede hablar o escribir, y estar en una posición o tener hábitos por medio de los cuales se entera primero de nuevas ideas antes que su público”.
Se trata de una concepción muy diferente, por ejemplo, a la del crítico social y filósofo norteamericano Noam Chomsky, para quien la carga moral es lo principal en un intelectual, tal como lo refiere su consigna: “la responsabilidad de los intelectuales consiste en decir la verdad y revelar el engaño”.
Para el economista y filósofo austríaco, el verdadero poder de los intelectuales no está en el corto plazo, nuestras opiniones tardan en llegar y posicionarse entre el público, pero todos los estudios en que basó su investigación indican, fehacientemente, que los intelectuales manejamos un poder real, que no es otro que formar la opinión pública de las grandes mayorías.
En los trabajos que examinó Hayek sobre el desarrollo del socialismo tanto en Alemania, Inglaterra, Francia, como en los EEUU, la evidencia es contundente, esta élite de intelectuales fueron los que iniciaron el movimiento de opinión a favor de los socialistas, y a la vuelta de varios años este conocimiento llegó a las masas, donde prendió entre los trabajadores.
Este camino es fácilmente observable en el caso de Venezuela, fue una labor constante  de promoción de las ideas socialistas por parte de muchos escritores, cineastas, gente del teatro, locutores, analistas políticos, artistas y personalidades en el mundo de la comunicaciones, quienes difundieron, a partir de los años sesenta, los valores de la violencia social, el odio de clases, la sublimación del guerrillero y del revolucionario como íconos ejemplares, el desprecio por los valores espirituales, el descrédito de una vida de trabajo a favor del delincuente, la burla a la familia y la religión, la campaña de desprecio a la clase empresarial… esa tendencia a favor del socialismo tardó varios años en hacerse patente dentro de las clases populares; cuando llegó su momento, las masas estaban listas para elegir como presidente a un golpista, su candidato salió de la cárcel donde purgaba condena por hechos violentos y, luego de una campaña electoral, coronó con la más alta magistratura del país, apoyado casi unánimemente por todos los sectores.
¿Por qué, se pregunta Hayek, el éxito del socialismo en la opinión pública mundial? Varias son las razones que alega, entre ellas, el socialismo entendió la importancia de los intelectuales y los cortejaba (el caso de la Cuba de Fidel es un claro ejemplo); las ideas del socialismo, basadas en una utopía, invitaban a la especulación y a la crítica gratuita contra los valores establecidos en la sociedad; su falta de rigor hacía atractivas estas ideas proyectadas a futuro, el socialismo ofrecía un paraíso en la tierra sin discutir el cómo se iba a llegar a él, se vendió como una ideología progresista y que venía de hombres de buena voluntad; la propaganda insistió en su carácter científico y en los sólidos conceptos como los del materialismo histórico, la plus valía, y la misma dialéctica marxista, ,que le daban ese toque de “profundidad” que satisfacía a los más cultos.
Pero Hayek dice algo verdaderamente preocupante con respecto a los intelectuales, cuando éstos están a la “pesca” de ideas novedosas, de tendencias, de nuevos conocimientos, para trasmitirlos a su público, por lo general no analizan mucho las sustancia de sus hallazgos, basta con que estén conformes con su propia visión del mundo, con su opinión, para hacerlos parte de su arsenal ideológico y lo transmitan, sin darle muchas vueltas al asunto, muchas veces contribuyendo, sin darse cuenta, a causar un daño mayor en el muro de convicciones de su país.
El autor le concede a los intelectuales la presunción de buena fe; dice de ellos que la mayoría son honestos, puede que algunos se dejen manipular por personas, organizaciones e intereses, pero eso sucede hasta cierto punto, la mayoría de los intelectuales, a pesar de que se ganan la vida produciendo opiniones para grandes medios de comunicación, instituciones del gobierno o ONG’s, poseen, en el fondo, un núcleo central de convicciones que son inalienables, aún en países como el nuestro, donde los intelectuales acostumbran a organizarse en “grupos de opinión”, controlados por personas y editores que intentan imponer una pauta en la opinión pública, a favor de sus intereses, y hacen un frente colegiado, en el entendido de que aumenta su prestigio, seguridad y poder.
En cuanto a la competencia entre un sistema como el capitalista, que defiende y promueve las libertades, y uno como el socialismo, que aboga por la sumisión del ciudadano ante el estado - dice Hayek - el capitalismo tiene las de perder, ya que nadie defiende su libertad salvo cuando está en peligro de perderla, no hay programas de difusión de los valores democráticos sino cuando es ya muy tarde y las cadenas del totalitarismo son impuestas a la fuerza; el socialismo, sin embargo, está en una búsqueda permanente de adeptos, justificando sus carencias de racionalidad y humanismo, con una perenne campaña de ofrecimientos a futuro.
Me atrevería a decir que, desafortunadamente, hoy en día en Venezuela hay una ausencia absoluta de intelectuales de izquierda (los que existen son muy malos, en exceso dogmáticos e ignorantes de las más fundamentales nociones del socialismo, excepto por esas ideas harto primitivas y confusas del Comandante supremo, Hugo Chávez), al punto que el gobierno ha tenido que importarlos de otros países para que vengan a dictar cátedra y a orientar a la masa; esos intelectuales mercenarios, vienen, exponen, cobran y regresan a sus países, dejando a los jóvenes venezolanos más confundidos que como los encontraron.
Pero sí hubo, hasta fecha reciente, una intelectualidad criolla profundamente afectada por los idealismos del socialismo y el pensamiento revolucionario comunista, que influyó con sus obras y opiniones en el país nacional, que difundió el ideario de la esclavitud revolucionaria a todo nivel, resultando, pocas décadas después, en que el pueblo fuera conducido al matadero por una generación de hombres y mujeres que creyeron en la siembra de esos antivalores, e hicieron un buen trabajo para llevarnos hasta las puertas del mismisimo infierno.-
saulgodoy@gmail.com

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lunes, 2 de septiembre de 2013

CARLOS SCHULMAISTER, LA AVENTURA DEL PENSAMIENTO, O SER Y APARENTAR, SEGUNDA PARTE II

Poco después de la culminación del proceso de división de las ciencias y la consiguiente consolidación y prestigio de  los especialistas y los grandes intelectuales (proceso estrechamente vinculado al optimismo de la razón, cuya coronación fuera la filosofía del Progreso), y a tenor del sacudón que representó para ésta la Primera Guerra Mundial comenzó a desarrollarse una mirada pesimista que ponía el acento en los sentidos  contradictorios que podían hallarse en el imperialismo racionalista y también en el desarrollo y funcionamiento de los cada vez más numerosos sectores intelectuales.

Para referirnos a ello vamos a aclarar los sentidos que le damos a la palabra intelectuales. Para ello nos valdremos de la diferenciación que efectuara Paul Baran en 1961, acerca de la existencia de los intelectuales propiamente dichos, o intelectuales a secas si se prefiere, y los trabajadores intelectuales, marcando la diferencia entre ambos la presencia de la libertad y el compromiso en los primeros, cuando efectivamente ello es así, pues puede que dicha presencia sea sólo aparente.

Además de esa clase de intelectuales superiores,  la diversidad y complejidad de los campos de la vida social en el sistema capitalista actual necesita de otras personas que realizan actividades intelectuales respecto de las cuales no son determinantes los fines de su acción y los marcos ideológicos, éticos y prácticos implícitos en ellas.

Éstos últimos son los trabajadores intelectuales (piénsese en los contadores, los técnicos, los empleados de banco, los maestros y profesores, los periodistas, etc, etc).

Pues bien, los trabajadores intelectuales y el grueso de las personas que en la sociedad no pertenecen a la primera categoría de intelectuales de Paul Baran vienen realizando y reforzando una milenaria delegación simbólica de las más altas funciones del pensamiento a aquellas personas que hemos descripto como los intelectuales  a secas. Éstos han tenido frecuentemente y por diversas razones comportamientos sociales que marcaban un distanciamiento del grueso de la sociedad concreta en que desenvolvían sus vidas, incluso al grado de ser percibidos en general como elitistas y con altas jerarquías.

Esa suerte de extrañamiento de los sabios iba unida a la sustracción de la mayoría de los saberes sistemáticos del campo mayoritario de las sociedades. Esa amalgama de extrañamiento convertía de hecho a esos intelectuales y a sus conocimientos en una masa lejana, abstrusa, sólo cognoscible por los primeros, de modo que los sujetos intelectuales y los contenidos simbólicos de su actividad intelectual se legitimaban de hecho ante los ojos de las mayorías. Y a ello contribuía la creciente producción intelectual de aquellos, de modo que la profusión cuantitativa de discursos racionales reforzaba la presunta jerarquía e importancia de los “descubrimientos”, incluyendo el hecho de que, paradojalmente, éstos fueran poco conocidos en extensión y profundidad por parte de las mayorías sociales, todavía desprovistas en general del conocimiento de la lectoescritura.

A pesar de esto, y como sucede en tantos otros asuntos de la vida, lo desconocido abruma y provoca supremacías sobre los espíritus vulnerables. Los lenguajes abstrusos, la complejidad de los razonamientos y los temperamentos quisquillosos de muchos de aquellos intelectuales -tenidos incondicionalmente como cultos y sabios- reforzaban su ascendiente sobre los sectores sociales de la base de cualquier pirámide social, es decir, sobre las mayorías. Fenómeno éste que es similar al de la idolatría de los artistas por parte de sus fans, con la diferencia de que en este caso los admiradores tienen elementos objetivos para tomar posición respecto de sus admirados ídolos, tal como el gusto y la admiración por sus actividades y talentos, e independientemente de sus particulares capacidades de apreciación de aquellos.

En el caso de los intelectuales de la cultura letrada y libresca sus fans nunca serán iletrados, por lo general. Esto no implica negar que, de hecho y en muchos casos, han existido y existen grados diversos de conocimiento de aquella cultura a través de su transmisión oral.

La jerarquía atribuida a algunos intelectuales vivientes, y el deslumbramiento que pueden llegar a provocar, lleva con frecuencia a algunos contemporáneos a convertirlos, a fuerza de admiración, en una suerte de gurúes, no sólo en mérito a su nombradía y reputación sino también por la gravedad que potencialmente  sus capacidades intelectuales revisten a sus ojos.

La conocida frase “¡Qué bien habla el dotor!” no constituye únicamente una percepción ingenua de los de arriba por parte de los sectores “populares” sino fundamentalmente una implícita sumisión de clase y la consiguiente legitimación del rol y las funciones de los cultos e ilustrados por parte de quienes no lo son o no se autoperciben a la misma altura intelectual.

En todas partes los intelectuales ocupan elevados sitiales en una escala jerárquica que les confiere  mayor exposición, poder de comunicación y resonancia debido a la “altura” en que se hallan respecto de casi todos los demás hombres comunes que les brindan respeto y veneración.

En los últimos dos siglos y medio abundaron los casos de intelectuales famosos respecto de los cuales la resonancia de sus famas precedía largamente a sus apariciones reales y también al conocimiento profundo de sus respectivas obras, apenas compensado en ocasiones por algunas citas extrapoladas. De ahí que en torno a ellos surgieran círculos de admiradores y  discípulos, capaces de arriesgar su vida porque el Maestro posara sus ojos en ellos, o por tener la dicha de escuchar de sus labios alguna de sus usualmente singulares definiciones urbi et orbi.

En el ínterin, los respectivos admiradores pasaron de coleccionar frases y sentencias impresos en manuscritos y libros y hasta transmitidos oralmente, a fotografías y retratos hasta llegar a los modernos soportes informáticos, y todo con tanta devoción que algunos intelectuales fueron convertidos por ellos en modelos, en arquetipos, tan importantes para su feligresía como fueron desde mediados del siglo XIX los héroes y  los santos para quienes rendían culto a la Patria.

Tanto en el campo del pensamiento como en el de la acción política hubo y hay intelectuales a secas y trabajadores intelectuales abonando con su pensamiento, su escritura y su palabra las orientaciones e inducciones colectivas que el poder dominante y sus aliados necesitan para mantener el control de las sociedades respectivas, y también, aunque generalmente en menor cantidad, los hubo y los hay que cuestionan e impugnan las formas oficiales, los moldes en que se configura la realidad.

Esa condición de modelos a imitar llegó a ser tan fuerte sobre sus cohortes de fanáticos, sobre todo en el siglo XX, que en muchos casos generó en ellos vocaciones, apostolados y hasta sacrificios sin límites. Todo a cuenta de que la fama y la adoración acaba por revestir a algunas de estas personas singulares de una suerte de fata morgana que a la postre terminaba siendo más atractiva y trascendente que su personalidad real, y que trascendía el tiempo y el espacio más rápido y más intensamente a menudo que el contenido de sus  correspondientes obras.

Fue en ese siglo, precisamente, cuando la mercantilización de sus destellos llegó no sólo a las piezas de oro de sus obras sino incluso a la de los brillos de oropel de muchas de aquellas famas, a menudo en mayor medida que sus respectivas obras.

Hoy es fácil observar que muchos de estos admirados “hombres sabios” utilizan  parte del tiempo que antes dedicaban a pensar acerca de cuestiones que ellos mismos decidían para pasar entonces a administrar el valor de los usos reales y potenciales de sus  famas, de sus exposiciones circunstanciales respecto de múltiples y variados asuntos y de sus vínculos e influencias intra y extra literarios, pero en todos los casos independientemente del valor del contenido de sus pensamientos. Tampoco nada novedoso, por cierto, pero que cada vez es más mercantilizado como si fuera oro de buena ley.

Es decir, sus aureolas y sus sombras parecen independizarse cada vez más de sus propios cuerpos y de sus creaciones, obteniendo de este modo y frecuentemente mayores gratificaciones que con éstas últimas.

Es fácilmente reconocible que para apropiarse del valor adicional del prestigio y la publicidad gratuitos que invisten hoy los vínculos marketineros de carácter masivo sólo deben atender y mantener una consideración constante sobre las expectativas de la demanda (de la demanda real y de la potencial, como sucede actualmente), no ya para descubrir  lo que ésta esperaba de la función “sacrosanta” de pensar. ¡No, no, no! Ya no se esperan “deberes” ni “misiones” de los intelectuales como en la ya centenaria etapa del Romanticismo Social en América latina, y en especial en tiempos de la Revolución Social.  Ésta ya había concluido mucho antes de que la palabra Posmodernidad comenzara a escucharse habitualmente en estos lares.

De modo que, estimado lector, hace rato que compartimos un supuesto presente que sin que nos demos cuenta se nos esfuma constantemente por atrás para darnos una versión descafeinada del  Ser intelectual hoy y aquí. Esto no es otra cosa que un mero ejercicio lingüístico complejo e inútil dentro del mercado capitalista mundial, que atiende fundamentalmente a sus valores de cambio y no a los de uso, lo cual, una vez más, no es algo nuevo, pero que actualmente es desembozada y descaradamente asumido, aprovechado y reproducido mientras simultáneamente torna más y más sofisticada su presunta criticidad.

Metafóricamente hablando, para navegar en barca intelectual hoy basta con hacerse a la mar sin arribar nunca a costa alguna como condición para la producción y reproducción como intelectual y de ejercicios intelectuales posteriores. Sólo se debe flotar para permanecer y ser visible. Lo intelectual es hoy como el oropel, un breve baño dorado sin riqueza ni calidad áurea.
No es que no se escuchen ya los ecos de viejos discursos de la etapa anterior, impresos en diversos soportes o en  memorias particulares supérstites. Claro que se escuchan todavía, aunque con mayores distorsiones y ambigüedades, pero ya no para pregonar misiones futuras que todo mundo sabe o intuye que están fracasadas de antemano, sino para llevar a cabo el nuevo “rebusque” de los intelectuales al uso entre nosotros (¡en definitiva uno habla de los intelectuales concretos que ha conocido y conoce, y no de los intelectuales en abstracto, ni menos aún de los de Utopía). Es decir, para hacer lo que hacen hoy muchos de estos intelectuales culturosos que viven y muy bien del Estado al que constantemente critican: “dar cuenta del presente”.

Examinarlo, describirlo, diagnosticarlo, divulgarlo y mercantilizarlo, no ya para proponer alternativas, transformaciones o cuestionamientos a la condición humana, sea en  abstracto o concretamente.

Seguramente les ha de corresponder a ciertos intelectuales (sobre todo a los de décadas y siglos recientes) una gran responsabilidad por el fracaso de las quimeras con las que empapelaron el mundo,  y por el consiguiente  agotamiento físico y moral de muchos de los que murieron agónicamente, de los que sobrevivieron y de los que nacieron después… lo cual torna comprensible tanta desafección actual respecto de aquellos delirios que habían llegado a ser el  non plus ultra de la existencia.

Con todo, no seguiré adelante con este tema pues es una forma más del “dar cuenta” de que hablábamos antes, sino que pondré brevemente el acento en las diferencias de los intelectuales actuales con los de aquella época de emblemáticos delirios.

Pues, y esto es lo que me parece grave hoy, los actuales que están y se pueden ver ya no necesitan pensar profundamente, ni con originalidad… Sólo tienen  que “dar cuenta del presente”, y eso en los ropajes al uso; esos que espera la demanda creyendo y sintiendo que de ese modo pasa por actualizada, por creer que así es progresista, que no tiene en su cabeza el enano fascista de Neustadt, y que por todo ello está viva.

Lo que sí continúa siendo el País de Utopía es la Universidad, en manos de izquierdas seudo radicales, tremendistas, patoteras y piqueteras que junto con sus autoridades se alinean a las autoridades populistas para dar cobertura a “los proyectos” de los nuevos caudillos, a cambio no de la mejora de la educación, de la ciencia y del desarrollo, sino de cobrar y seguir estando cómodamente instalados y haciendo la plancha los profesores, y de “abrirse camino” los nuevos egresados. Eso sí, ¡siempre con el sambenito del “Che” en la boca y la lucha por “El socialismo”!

Dije “hacer la plancha”, es decir, flotar sin hacer nada. Ya no se trata de hacer de verdad algo como en otras épocas, por más delirante que aquello haya sido. Ahora tratan de aparentar que se hace, pero sin hacerlo, pues se les acabaría a estos intelectuales su encantador negocio si resolvieran todos los problemas (una utopía, por cierto), pero tampoco resuelven ni un solo problema. Y a pesar de reclamar siempre mejores condiciones salariales nunca van a pedir el famoso año sabático (por mí les daría 99 años sabáticos) para no correr riesgos de ninguna clase ni ser eventualmente desplazados de la escena por nuevas camadas de aspirantes.

Es increíble que la humanidad continúe despojándose voluntaria y alegremente de la función individual y social de pensar su existencia para dejarla a cargo de ciertos hombres tan inútiles como los que estamos describiendo, que acompañados por futuros “trabajadores intelectuales” vivirán del presupuesto mientras enseñan discursos memorizados e inútiles de cada vez mayor fugacidad e inconsistencia.

Mientras tanto ponen cara de sufrimiento aunque no representan a nadie, han subrogado a casi toda la sociedad pero ni siquiera para manipularla desde sus propias ideas pues las que dicen tener son como agua de tallarines (no sirven para nada). Seguramente usted está pensando en los mismos nombres y las mismas caras que yo.

Pero si usted, amigo lector, retoma en este punto el argumento mencionado más arriba de la indetenible expansión de los sistemas educativos en el mundo, pensando que este fenómeno compensa esa delegación y subrogación de la producción intelectual masiva  que venimos tratando, le contesto que no constituye compensación alguna ni reequilibrio, pues en general los sistemas educativos no enseñan a pensar con autonomía, ni a reconquistar la libertad perdida. Sólo brindan instrucción e ilustración, y a menudo ni siquiera esto.

No se me escapa que las características actualmente deficitarias del producto -o sea la enseñanza impartida en los niveles obligatorios de la escolaridad actual- es estrechamente dependiente no sólo del estado y las características del alumnado, sino también de los del profesorado, y fundamentalmente de los fines oficiales reales de los sistemas educativos a nivel mundial. Piénsese que los viejos resúmenes Lerú hoy serían enciclopedias frente al aprendizaje cada vez más frecuente de 15 renglones como máximo por tema y con posterior coloquio colectivo previamente aprobado para estimular a los chicos, en instancias educativas de nivel terciario y universitario.

Añado a las consideraciones precedentes un cuestionamiento estratégico, nada original por cierto, respecto del sentido (¿o más bien sinsentido?) que encierra transcurrir la tercera parte de la vida humana (el tramo de mayor productividad y lucidez física e intelectual de las personas) encerrado entre paredes semejantes a cárceles cuyos cerrojos no desaparecen luego, cuando supuestamente los prisioneros entran en “la vida”, sino que se tornan invisibles.

Miremos la realidad nacional y mundial y pensemos si valió la pena que tantas generaciones de niños, adolescentes y adultos jóvenes soportaran dicha prisión. ¿Qué habríamos perdido de no haber  estado presos tanto tiempo? ¿Acaso lo que vino después para cada uno -la etapa del mercado de trabajo- se vio beneficiada por aquella prisión? Bien vale preguntarse en este instante lo que ya afirmara el lúcido intelectual chileno Dr. Claudio Naranjo, si la escuela nos ha enseñado lo más importante en la vida, es decir, a ser felices.

Creo como él que no lo ha hecho ni lo hace, ni lo hará. Simplemente nos anestesia para soportar mejor las cadenas que nos dejaron las generaciones precedentes y las que la generación de cada uno va creando.

Pues bien, esos años de prisiones ni siquiera ponen a las masas en contacto con intelectuales, sino que lo hacen con trabajadores intelectuales entrenados para difundir un conjunto básico de digresiones hechas por terceros –muy pocas de ellas provenientes de intelectuales verdaderos y valiosos- acerca de cuestiones de moda que cada vez más aumentan desmesuradamente y en gran medida el conocimiento inútil.

Esos trabajadores intelectuales supernumerarios y robotizados con los que convivimos constantemente, prácticamente durante un tercio de nuestras vidas, no contribuyen al desarrollo progresivo de la condición humana con nada que tenga mucho mayor valor que los eventuales actos de pensamiento y decisión que podrían emprender los hombres comunes individualmente considerados en relación con otros paradigmas de civilización diferentes a los del mundo actual.

Claro que los hombres comunes del grueso de las sociedades en general ya se han acostumbrado a que los hombres sabios piensen y decidan por ellos, y por más que no lo admitan tampoco creen en los intelectuales tal como ocurría en tiempos no muy lejanos. Y mucho menos creen hoy en los profesores intermediarios. Y sin embargo, no les interesa sacárselos de encima.

Los intelectuales de mercado, aquellos que no se pertenecen a si mismos, y los reproductores por un salario (presas menores de la fauna intelectual) aplican en sus vidas profesionales el famoso “como si”… Ellos hacen, mejor dicho parecen estar pensando profunda y autónomamente (y con “sentido solidario”, of course, como espera la demanda), en tanto los hombres comunes hacen como si los tuvieran en gran estima y consideración junto con sus obras.

Lo cierto es que, masivamente, casi todo el mundo piensa menos que en otras épocas, sobre todo porque existe una cultura del ocio y del espectáculo que vuelca a las personas fuera de si mismas como supuesta terapia contra los viejos y los nuevos dolores del cuerpo y del alma. En este marco, pensar es un compromiso incómodo para la mayoría de los hombres actuales, y esto por múltiples razones que no alcanzaríamos a desarrollar en este lugar.

Vale decir, entonces, que las mayorías no tienen actualmente expectativas especiales depositadas en los intelectuales que supuestamente deberían ocuparse de lo que aquellas no pueden, no saben o no quieren realizar por si mismas. Esta función es hoy un mero nicho cultural que la mayoría de las veces que es consumida  por la gente común lo es como mero entretenimiento o como símbolo y promoción de nuevos status.

Con todo, en lugar de que los públicos actuales cuestionen política o ideológicamente a los intelectuales, como era lo habitual en el siglo XX, y sobre lo cual prácticamente no existen hoy motivaciones ni consensos evidentes, sí es posible ponerse de acuerdo en que sería más fácil y más lógico cuestionarnos a todos nosotros precisamente como públicos.

En este sentido, deberíamos examinar críticamente por qué no tenemos expectativas sólidas sobre la función intelectual llevada a cabo en forma ostensible por el sector dedicado a ello, fundamentalmente para comprender que esta  situación constituye, en definitiva, una prueba de renuncia y desinterés en las bondades del pensamiento, y en última instancia, pérdida de la fe (como garante finalísimo) de la verdad.

A priori es fácil colegir que no se trata de una boutade, sino de un grave problema social, ya que vivir sin pensar por uno mismo es como vivir en la oscuridad, con el consiguiente peligro de que uno se acostumbre a ello, pero peor aún con el riesgo de terminar ciego.

Si las mayorías actuales, que pueden ser caracterizadas como productoras y consumidoras (pero no productoras de pensamiento decidida y ostensiblemente autónomo), en consecuencia, individual y socialmente no soberanas, no creen ya en los intelectuales que las subrogan, ni tampoco quieren retomar la función delegada debido a la complejidad del sistema sociocultural mundial, los intelectuales podrían encarar otras tareas distintas a las tradicionales, y respecto de éstas últimas podrían llamarse a silencio no sólo por la historia de sus responsabilidades y fracasos conocidos sino porque no es propio de ninguna representación ni delegación que los mandatarios esparzan por doquier sus  obsesiones y su egolatría. Lo cual es lógicamente extensible a los políticos, por supuesto, sus grandes aliados.
 
Si no sirven, si no agradan, o si resultan hipócritas los tradicionales diagnósticos, recetas o anticipaciones de estos intelectuales fashion o intelectuales de mercado, pues que no diagnostiquen, no receten ni anticipen, y que tampoco imaginen el futuro por los demás. Digo esto muy convencido de que las industrias  culturales a cargo de intelectuales son funcionales al poder político y  económico que domina y explota a la humanidad en todas partes. Y decir esto no significa postular el anticapitalismo, el comunismo rojo, o el nazismo negro, ni ninguna estupidez de ese tipo, pues ni siquiera es algo original.

Creo que los intelectuales no deberían insistir en buscar enemigos políticos, de clase o de fracciones de clases de las sociedades, pueblos o naciones. Por el contrario, en lugar de mostrar constantemente contradicciones y conflictos reales y posibles deberían poder ayudar -sólo ayudar, o sea nada de encarnar supuestas misiones-  a pensar lo más correctamente posible a todos y a cada uno en tanto individuos y  agentes sociales y políticos.

Incluso no haría falta que crearan nada nuevo, pues lo que hace falta conocer para realizar esta tarea ya ha sido escrito, pero ha quedado sepultado en el olvido o escondido tras la maraña de las modas estúpidas.

Entiéndase que esto que propongo no es el desideratum perpetuo de la tarea de los intelectuales en general.  Sólo se trata de éste presente, no de los futuros presentes, pues ello equivaldría a caer en una posición conservadora cuando la mayoría de las sociedades actuales se hallan muy lejos de ser estáticas y tradicionalistas.

De modo que sería útil y deseable que los intelectuales stricto sensu del actual tiempo histórico, valiéndose de las ventajas representadas por sus condiciones y training particulares y propios de su oficio,  ayuden al resto de los hombres (intelectuales lato sensu) a pensar con mayor rigurosidad, profundidad, criticidad y hasta eficacia en orden a las eventuales necesidades y deseos futuros de la humanidad en su devenir. Pero, atención, que ayuden a lograrlo verdaderamente, no a continuar con el “como si”.

El intelectual debe estudiar y expresar, pero no debe esperar ser leído ni interpretado justamente, a menos que su pensamiento tuviera dos versiones siempre, como todo paternalismo: una abstrusa como la que generalmente utilizan para escribir y otra versión para escolares… de pantalones largos, y que siempre estuvieran ellos para efectuar los ajustes correspondientes.

Los intelectuales verdaderos y auténticos “no se la creen”, ni se piensan jamás a si mismos en tercera persona.

Lo que si acepto que se mantenga como en los tiempos románticos es el deber ser del intelectual auténtico y autónomo que es la necesidad de su independencia respecto del poder. Los intelectuales verdaderos y auténticos, es sabido y es cierto, deben mantenerse alejados del poder, tanto del poder político como del económico, social, religioso, etc. De modo que me refiero aquí a los intelectuales libres, no a los condicionados por los contextos del ejercicio de su pensamiento y de su correspondiente  mercantilización.

Los especialistas, asesores y técnicos de los más variados campos de la actividad social, por más importantes que pudieran llegar a ser sólo trabajan de intelectuales, son trabajadores intelectuales pero no intelectuales, como dije más arriba. Inversamente, yo pienso como intelectuales a aquellos cuyos pensamientos no están determinados por los sectores dominantes ni por los sectores dominados de una cultura concreta, ni tampoco de una contracultura de cualquier tipo y origen.

O sea que el intelectual con amo, no es un intelectual, sino un siervo, una caricatura de intelectual. Por eso insisto en que aprendamos a reconocer las caricaturas de intelectuales.

Pienso en el verdadero filósofo como el intelectual emblemático que puede trascender su época pero no por la inercia que le  brinda la proyección de la cultura sobre él y su época, tal como sucede en el caso del arte hoy en crisis sino por la posibilidad de brindar las otras respuestas, es decir, las que son otras respecto del poder y la cultura oficial.

El  filósofo, para mi gusto, no debe trabajar como filósofo pues dejaría  de ser filósofo en ese caso. Ciertamente, si trabaja como profesor de filosofía será él también un trabajador intelectual que eventualmente hasta podría ser reemplazado por una persona entrenada al efecto, o por unos libros, o por un robot.

Por eso pienso en los intelectuales verdaderos como aquellos que piensan por ellos mismos, para ellos mismos, no en representación de nadie ni como función social, sin expectativas de remuneración, de prestigio o de gloria, ni pertenencia a capilla o cofradía alguna. Y que jamás caen en la famosa estupidez del “intelectual orgánico”.

Más aún,  filósofo es para mi aquél intelectual que no vive de su pensamiento, es decir, que  no lo vende, no lo comercializa, ni se repite, ni se plagia a si mismo. Esto último lo vinculo con el apego a sus propias palabras cuando ellas se han vuelto conocidas. De ahí que siempre he insistido en que hay que hablar en criollo, es decir, con sencillez, no utilizando jerigonzas especiales provenientes de  otros, ni tampoco  propias, pues se es  pedante en cualquiera de los dos casos.

Por la misma razón considero que  un buen intelectual es aquel que no sólo no repite discursos memorizados extraídos de obras complejas,  ni tampoco  de manuales ligeros, y menos de  clichés de moda fruto del pensamiento políticamente correcto en cada momento que -bueno es recordar- ¡no siempre ni necesariamente es de derechas!, pues en tal caso semejante “intelectual”  sería un mero repetidor, un memorista entrenado y hábil en discursos ajenos.

Un verdadero intelectual  no se repite a si mismo porque se plagia,  es decir, no reitera temas ni obsesiones personales, pues estaría determinado por lo que recuerda en el momento de hablar, y así no sería libre.

De modo que un verdadero intelectual puede explicar varias veces una cuestión de distintas maneras, empezando por el principio, por el final, por el medio, por adelante,  por atrás o por cualquier parte, o con enfoques diferentes en cada ocasión ya que todo fenómeno social particular es parte de una totalidad social, pero también es una totalidad en si mismo, y toda totalidad  puede ser abordada  desde si misma, desde sus partes, o desde afuera de ella. 

Hay quienes dicen que pensar en libertad, y con libertad externa e interna, es un acto de soberbia, que un intelectual ha de ser modesto, etc, etc. He escuchado este pensamiento varias veces y me hace reír tanto como llorar.

La humildad de los hipócritas es el más grande y altanero de los orgullos, lo dijo  alguien hace 500 años. Deliberadamente no diré su nombre para no incitar el fetichismo de los citadores a repetición (por aquello que canta Serrat, que “al olor de la flor se le olvida la flor”). Es que considero hipócritas a quienes se esconden tras los restos del pasado para no decir jamás lo que piensan ellos mismos, y también a los repetidores de discursos a tono con las épocas o con las líneas del poder de turno.

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