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jueves, 22 de enero de 2015

THAYS PEÑALVER, LA PLAGA REVOLUCIONARIA

THAYS PEÑALVER
Muchos jóvenes me han preguntado: ¿cómo es posible que esto esté sucediendo? O ¿Por qué la gente no hace nada si somos la mayoría?, con todo respeto voy a utilizar la lectura de un libro La Peste, de Albert Camus y así tratar de explicar porqué no actuamos como deberíamos. 

Los sucesos comienzan en una ciudad llamada Oran, en Argelia cuando un joven doctor tropezó con una rata muerta en el descanso de su escalera.

Como no habían ratas en su casa, pensó que se trataba de una broma y lo único que hizo fue apartarla y notificarle al conserje. Al día siguiente este último fue quien le notificó al doctor que el bromista había dejado otras tres ratas muertas, pero ambos siguieron su camino. A partir de allí el libro relata las distintas reacciones de los ciudadanos al ver los montones apilados de ratas muertas, unos exclamaban “a mi casa no han llegado”, otros decían “son cosas que pasan”, algunos se frotaban las manos alegremente afirmando que las ratas “finalmente estaban saliendo de su escondite”, otros se marchaban sigilosamente, pero la mayoría -como en Venezuela- siguió con sus vidas inmersas en el día a día y viendo cómo crecían los montones de ratas, nadie hizo mucho.

Las ratas desaparecieron como llegaron, de forma imprevista y la ciudad respiró, hasta que apareció el primer muerto -quien para asombro del lector- fue el conserje que encontró las tres ratas. Poco a poco, la sorpresa se convirtió en miedo y ésta en pánico cuando la gente comenzó a morir como las ratas, pero aun así nadie hacía mucho. 

Cuando eso llega, apenas en las primeras 30 páginas, Albert Camus, se incorpora al relato para hacer las siguientes reflexiones: “La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre piensa que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar”. “Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas”, “las gentes se dicen: ‘Esto no puede durar, es demasiado estúpido'”. “Pero esto no impide que dure”, -porque- “la estupidez insiste siempre”.

En nuestro caso nadie creyó cuando el “líder del proceso” habló de socialismo. ¿En pleno siglo XXI? Nos dijimos – “Esto no puede estar pasando, es demasiado estúpido”, pero la primera recuperación de tierras se convirtió- como las ratas, en 4 millones de hectáreas arrancadas de sus dueños. A la primera empresa expropiada pensamos lo mismo: “debe ser esa únicamente, porque es demasiado estúpido” y de allí cerraron 8 mil empresas.

Han pasado los años y pensamos: “en el 2015 terminará esta pesadilla”. Pero terminará siempre y cuando los venezolanos entendamos que este asunto de sacar a Venezuela del infierno en el que ha estado sumida, es responsabilidad absoluta de todos nosotros. Acabará cuando comprendamos que vivir en Democracia y ser ciudadanos de una Nación, es cosa muy seria. Seremos de nuevo un País, solamente cuando entendamos que no podemos continuar sentados en nuestras casas esperando al “líder de la oposición” para que nos saque del atolladero. Los pueblos que hoy son libres y prósperos no tienen líder, porque el “líder” de un País civilizado, es su pueblo indignado que un buen día decidió no aceptar más vejámenes y salió a la calle sin miedo a apoyar a aquél que clamó a los 4 vientos lo mismo que su corazón le increpaba.

Podemos hacer que cambien las cosas. Si no lo hacemos este año, la estupidez continuará insistiendo hasta que el ciclo termine, pero con nosotros.

Thays Peñalver
thays.penalver@me.com
@thayspenalver

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jueves, 31 de julio de 2014

MARIO VARGAS LLOSA, EL PASADO IMPERFECTO, PIEDRA DE TOQUE.

Los grandes fastos de la inteligencia en el París posterior a la II Guerra Mundial fueron, más bien, los estertores de la figura del intelectual y los últimos destellos de una cultura volcada en la calle

Se acaba de reeditar en Estados Unidos un libro de Tony Judt que apareció por primera vez en 1992 y que yo no conocía: Past imperfect: french intellectuals, 1944-1956. Me ha impresionado mucho porque yo viví en Francia unos siete años, en un período, 1959-1966, aún impregnado por la atmósfera y los prejuicios, acrobacias y desvaríos ideológicos que el gran ensayista británico describe en su ensayo con tanta severidad como erudición.

El libro quiere responder a esta pregunta: ¿por qué, en los años de la posguerra europea y más o menos hasta mediados de los sesenta, los intelectuales franceses, de Louis Aragon a Sartre, de Emmanuel Mounier a Paul Éluard, de Julien Benda a Simone de Beauvoir, de Claude Bourdet a Jean-Marie Doménach, de Maurice Merleau-Ponty a Pierre Emmanuel, etcétera, fueron prosoviéticos, marxistas y compañeros de viaje del comunismo? ¿Por qué resultaron los últimos escritores y pensadores europeos en reconocer la existencia del Gulag, la injusticia brutal de los juicios estalinistas en Praga, Budapest, Varsovia y Moscú que mandaron al paredón a probados revolucionarios? Hubo excepciones ilustres, desde luego, Albert Camus, Raymond Aron, François Mauriac, André Breton entre ellos, pero escasas y poco influyentes en un medio cultural en el que las opiniones y tomas de posición de los primeros prevalecían de manera arrolladora.

Judt traza un fresco de gran rigor y amenidad del renacer de la vida cultural en Francia luego de la liberación, una época en la que el debate político impregna todo el quehacer filosófico, literario y artístico y abraza los medios académicos, los cafés literarios y revistas como Les Temps Modernes, Esprit, Les Lettres Françaises o Témoignage Chrétien, que pasan de mano en mano y alcanzan notables tirajes. Comunistas o socialistas, existencialistas o cristianos de izquierda, sus colaboradores discrepan sobre muchas cosas pero el denominador común es un antinorteamericanismo sistemático, la convicción de que entre Washington y Moscú aquél representa la incultura, la injusticia, el imperialismo y la explotación y éste el progreso, la igualdad, el fin de la lucha de clases y la verdadera fraternidad. No todos llegan a los extremos de un Sartre, que, en 1954, luego de su primer viaje a la URSS, afirma, sin que se le caiga la cara de vergüenza: “El ciudadano soviético es completamente libre para criticar el sistema”.

Sartre aseguró sin vergüenza que en la URSS había completa libertad para criticar al sistema

No se trata siempre de una ceguera involuntaria, derivada de la ignorancia o la mera ingenuidad. Tony Judt muestra cómo ser un aliado de los comunistas era la mejor manera de limpiar un pasado contaminado de colaboración con el régimen de Vichy. Es el caso, por ejemplo, del filósofo cristiano Emmanuel Mounier y algunos de sus colaboradores de Esprit, quienes, en los comienzos de la ocupación, habían sido seducidos por el llamado experimento de nacionalismo cultural Uriage, patrocinado por el Gobierno, hasta que, advertidos de que era manipulado por las fuerzas nazis de ocupación, se apartaron de él. Y yo recuerdo que, a comienzos de los años sesenta, ante unos manifestantes universitarios que querían impedirle hablar y le citaban a Sartre, André Malraux les respondió: “¿Sartre? Lo conozco. Hacía representar sus obras de teatro en París, aprobadas por la censura alemana, al mismo tiempo que a mí me torturaba la Gestapo”.

Tony Judt dice que, además de la necesidad de hacer olvidar un pasado políticamente impuro, detrás del izquierdismo dogmático de estos intelectuales, había un complejo de inferioridad del medio intelectual, por la facilidad con que Francia se rindió ante los nazis y aceptó el régimen pelele del mariscal Pétain, y fue liberada de manera decisiva por las fuerzas aliadas encabezadas por Estados Unidos y Gran Bretaña. Aunque existió, desde luego, una resistencia local y una participación militar (gaullista y comunista) en la lucha contra el nazismo, Francia sola no hubiera alcanzado jamás su propia liberación. Esto, sumado a la cuantiosa ayuda que recibía de Estados Unidos, a través del Plan Marshall, en sus trabajos de reconstrucción, habría diseminado un resentimiento que explicaría, según Judt, esa enfermedad infantil del izquierdismo proestalinista que signó su vida intelectual entre 1945 y los años sesenta.

En el polo opuesto, destaca la figura de Albert Camus. No sólo lucidez hacía falta, en los años cincuenta, para condenar los campos soviéticos de exterminio y los juicios trucados; también un gran coraje para enfrentar una opinión pública sesgada, la satanización de una izquierda que tenía el control de la vida cultural y una ruptura con sus antiguos compañeros de la resistencia. Pero el autor de El hombre rebelde no vaciló, afirmando, contra viento y marea, que disociar la moral de la ideología, como hacía Sartre, era abrir las puertas de la vida política al crimen y a las peores injusticias. El tiempo le ha dado la razón y por eso las nuevas generaciones lo siguen leyendo, en tanto que a la mayor parte de quienes entonces eran los dómines de la vida intelectual francesa, se los ha tragado el olvido.

Camus no vaciló en condenar los campos de exterminio soviéticos y los juicios trucados

Un caso muy interesante, que Tony Judt analiza con detalle, es el de François Mauriac. Resistente desde el primer momento contra los nazis y Vichy, sus credenciales democráticas eran impecables a la hora de la liberación. Eso le permitió enfrentarse, con argumentos sólidos, a la marea proestalinista y, sobre todo, como católico, a los progresistas de Esprit y Témoignage Chrétien, que en muchas ocasiones, como durante las polémicas sobre el Gulag que desataron los testimonios de Víktor Kravchenko y de David Rousset, hicieron de meros rapsodas de las mentiras que fabricaba el Partido Comunista francés. Por otra parte, tanto en sus memorias como en sus ensayos y columnas periodísticas se adelantó a todos sus colegas en iniciar una profunda autocrítica de los delirios de grandeza de la cultura francesa, en una época en la que —aunque muy pocos lo percibieran entonces además de él— precisamente entraba en una declinación de la que hasta ahora no ha vuelto a salir. Nunca me gustaron las novelas de Mauriac y por eso descarté sus ensayos; pero el Past imperfect de Judt me ha convencido de que fue un error.

Sin embargo, no todo es convincente en el libro. Es imperdonable que, además de Camus, Aron y otros, no mencione siquiera a Jean-François Revel que, desde fines de los años cincuenta, libraba también una batalla muy intensa contra los fetiches del estalinismo, y que no resalte bastante la denuncia del colonialismo y el apoyo a las luchas del Tercer Mundo por librarse de las dictaduras y la explotación imperial, que fue uno de los caballos de batalla y quizá el aporte más positivo de Sartre y muchos de sus seguidores de entonces.

De otro lado, aunque la dura crítica de Tony Judt a lo que llama la “anestesia moral colectiva” de los intelectuales franceses sea, hechas las sumas y las restas, justa, omite algo que, quienes de alguna manera vivimos aquellos años, difícilmente podríamos olvidar: la vigencia de las ideas, la creencia —acaso exagerada— de que la cultura en general, y la literatura en particular, desempeñarían un papel de primer plano en la construcción de esa futura sociedad en que libertad y justicia se fundirían por fin de manera indisoluble. Las polémicas, las conferencias, las mesas redondas en el escenario atestado de la Mutualité, el público ávido, sobre todo de jóvenes, que seguía todo aquello con fervor y prolongaba los debates en los bistrots del Barrio Latino y de Saint Germain: imposible no recordarlo sin nostalgia. Pero es verdad que fue bastante efímero, menos trascendente de lo que creímos, y que lo que entonces nos parecían los grandes fastos de la inteligencia eran, más bien, los estertores de la figura del intelectual y los últimos destellos de una cultura de ideas y palabras, no recluida en los seminarios de la academia, sino volcada sobre los hombres y mujeres de la calle.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.
© Mario Vargas Llosa, 2014.
Mario Vargas Llosa
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miércoles, 23 de julio de 2014

CARLOS E. AGUILERA A., EL MITO DE SISIFO

El mito se Sísifo fue tratado en forma magistral por el escritor francés Albert Camus, en una de sus obras de 1942, como símbolo de la trágica condición humana. Surgía de la comprensión que, dentro de la mitología griega, Sísifo encarnaba la astucia y la rebeldía del hombre frente a los designios de los dioses. Esto resulta aleccionador porque se debe entender que así como Sísifo fue condenado por Zeus, a empujar eternamente por la ladera de una colina de los infiernos una roca que caía de nuevo al llegar a la cima, también en nuestro país se están dando acontecimientos que pueden ser parangonados con la leyenda.

Existe en un lugar geográfico del mapa, nuestra patria, hoy en día  convertida en un verdadero infierno, en la que goza de toda clase de privilegios una selecta cofradía de pícaros ennoblecidos por la alquimia que convierte la basura en oro, manteniendo en la más absoluta miseria a hombres, mujeres y niños, muchos de ellos privados de la diaria alimentación, que a veces sustentan con mendrugos de pan, ya que ni la harina precocida para su elaboración consiguen, desfalleciendo en consecuencia físicamente, por lo ni siquiera tienen fuerzas para evitar que los sigan vejando y humillando de la peor manera.

En esta dolorosa tragedia que sume al país en un calamitoso estado jamás visto en toda su historia, pese a los billonarios ingresos que la nación percibe por concepto de la venta de su oro negro, y que ha servido para que degenerados e inescrupulosos vividores hayan amasado enormes fortunas con dineros del erario nacional, existe una clase luchadora de hombres y mujeres, estudiantes y amas de casa, que están jugando un rol estelar en defensa de los valores y derechos que cada día pretende el régimen negarnos. Es esta la oportunidad de empujar la dignidad humana desde el cieno donde la tienen enterrada los villanos que fungen de dioses, antes de llegar a la cima, donde los cómplices con indumentarias de marca pretenden atemorizarnos mediante amenazas, encarcelamientos, juicios y todo cuanto pueden maquinar desde el poder, que les ha permitido disfrutar de las mieles que los ha engolosinado torpemente. No se debe ni puede desmayar en el propósito, puesto que ello frustraría toda intención reivindicativa.

A lo largo de estos trágicos 15 años de la tan mentada revolución socialista del siglo XXI, lo que hemos vivido los venezolanos es una nefasta experiencia que jamás ni nunca llegamos a imaginar. Miseria y más miseria de los desposeídos y humildes, empobrecimiento de la clase media, inseguridad, desempleo, desabastecimiento de alimentos y medicinas, retaliación política, politización de las FF.AA, torturas, humillaciones, vejaciones, detención de estudiantes enjuiciados por delitos que no cometieron, y que solo manifestaron para alzar su voz en manifestaciones, heridos que pasan de más de un millar y más de 40 jóvenes muertos desde que se iniciaron las manifestaciones en todo el país el pasado 12 de febrero. A ello se suma el peor de todos los males, el pillaje con los dineros del erario nacional, que coloca a nuestro país en los primeros lugares del ranking mundial de la corrupción.

La retaliación política ha sido el instrumento cruel con el que se estigmatiza a quienes disienten de las políticas (¿) del régimen, el que sin empacho alguno actúa a su libre albedrío, cobijado con el manto de la complicidad de quienes desde la Asamblea Nacional aplauden sin escrúpulos de ninguna naturaleza, las arbitrariedades que se cometen  a diario, cual espectadores de un circo romano deleitándose  de la brutal y desigual batalla del hombre contra las fieras. Por esas ensangrentadas arenas han pasado Iván Simonovis, Franklyn Brito, Afiuni, los 10 policías compañeros de penas y cárcel del Comisario, Leopoldo López y otros insignes compatriotas que purgan injustas penas impuestas por la justicia roja rojita.

Vociferan y amenazan desde Miraflores y los altos estrados del Palacio Legislativo, sintiéndose dueños y amos del país, y descaradamente señalan con el dedo a hombres y mujeres que luchan  tenazmente contra las atrocidades que se perpetran diariamente, bajo el pretexto de que se esta fraguando un magnicidio y se atenta contra la salud de la república. ¡Que ironía !.  Los verdugos convertidos en víctimas. La entereza de quienes han sido privados de su libertad, alimenta el espíritu batallador de miles de venezolanos, que no desmayan en su lucha por la reivindicación de todos sus valores democráticos, pese al feroz enfrentamiento de quienes se ufanan de defender a sus autores, como un coro de áulicos endiosados por obra y gracia de un gobierno sin talento, que en sus exageradas brutalidades comete los más incalificables abusos contra la dignidad del ser humano.

Nunca faltan los llamados “sabios de ley”, que demostrando un aparente frenesí pretenden arrancar la euforia de quienes se identifican con el llamado proceso revolucionario bolivariano del siglo XXI, pese a que ha sido dejado de lado por su mentor Dieterich, asesor del difunto Chávez, detalle que muchos de sus “ciegos seguidores” desconocen, por el engañoso mensaje subliminal que a diario pregona el régimen por los medios de comunicación social públicos, alabando las “bondades del socialismo”, en el que ”ser rico es malo” , pero para los pendejos, porque contrariamente a lo que predican nació una nueva clase social que el vulgo denomina la boliburguesía, integrada por cínicos depredadores de los dineros de la nación, que hoy día poseen lujosas mansiones, vehículos de lujo y dinero a granel depositados en bancos extranjeros, gracias a la incalificable alcahuetería de quienes detentan el poder. Sus mismos otrora militantes hoy divorciados del proceso socialista, Aponte Aponte y Jorge Giordani, los desenmascaran abiertamente.

Todo lo anteriormente indicado, no es sino un ejemplo del abuso de poder de un régimen que con su mayoría parlamentaria en la Asamblea Nacional , hizo una Constitución glorificada como Bolivariana,  que su tutor el extinto Chávez denominó “La Bicha” - no se sabe si en forma despectiva, o como una jaquetoneria suya - , la cual desde entonces es violada a cada instante y de acuerdo al capricho de quienes mal manejan los destinos de la patria, tal como ocurrió con los “pistoleros de Llaguno” quienes fueron liberados tras una maratónica audiencia que duró más de trece horas, pese a todas las pruebas que fueron consignadas en su contra y cuyos cargos imputados fueron desde la intimidación pública hasta el uso de armas de fuego. Un juicio que pasará a la historia, por la aberrante forma en que se le dio la razón al defensor de los acusados, quien siempre sostuvo la tesis de la inocencia. Este crimen de lesa humanidad en el que perdieron la vida 19 venezolanos, no solo marcará una página negra en el foro judicial del país, sino que además sienta jurisprudencia para futuras sentencias de inculpados en otros crímenes, amén de que se sacrificó en vida a inocentes que hoy  purgan injustamente largas condenas de prisión.

Bien lo señalaría el Libertador en cierta ocasión: 

“La ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que instigado por el sentimiento de las fuerzas,  marcha con la seguridad del hombre más perspicaz y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos”


Carlos E. Aguilera A.
Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas  (122)
@_toquedediana

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