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martes, 2 de julio de 2013

ANALÍTICA PREMIUM, LA DEMOCRACIA NO SE RINDE, EDITORIAL, LUNES, 01 DE JULIO DE 2013,

ANALÍTICA PREMIUM

LA DEMOCRACIA NO SE RINDE
EDITORIAL
LUNES, 01 DE JULIO DE 2013

Los ejemplos del comportamiento de los ciudadanos en el Medio Oriente, Turquía y Brasil deben ser una luz que ilumine la lucha por restablecer el estado de derecho y una democracia plena que no esté subordinada a los intereses de otros países

La marcha de los universitarios del pasado sábado es un rayo de esperanza en la lucha para recobrar la democracia y la civilidad en nuestro país. Fue un acto hermoso en el que dirigentes políticos y miembros de la sociedad civil acompañaron a estudiantes y profesores sin ninguna pretensión de protagonismo político.

A aquellos que tanto reclaman que hay que ir a las calles a protestar es bueno recordarles que estas acciones deben basarse en exigencias puntuales sobre derechos fundamentales que están siendo violados por el régimen o ignorados de cualquier manera.

Temas para movilizar a la gente hay muchos y deben ser los que hagan que la sociedad civil y los partidos políticos los reclamen y reaccionen conjuntamente.

Cómo es posible que después de más de 14 años de control total sobre nuestra sociedad este régimen no haya podido hacer algo para mejorar la seguridad ciudadana. Lo mismo tenemos que decir sobre el indetenible alto costo de la vida, el desabastecimiento generalizado, la devaluación continúa de nuestro signo monetario, la recurrencia de epidemias de distintos géneros, la corrupción generalizada que ha alcanzado niveles nunca visto en nuestra historia reciente. La deficiencia de los servicios públicos fundamentales, el deterioro de la educación a todos la niveles. La falta de ética y de moral.

Si estos no son motivos suficientes para movilizar a la protesta pacífica y democrática ¿qué requerimos? Los ejemplos del comportamiento de los ciudadanos en el Medio Oriente, Turquía y Brasil deben ser una luz que ilumine la lucha por restablecer el estado de derecho y una democracia plena que no esté subordinada a los intereses de otros países.

Los jóvenes nos están una vez más señalando el camino. No los dejemos solos y sumémonos a la justa reivindicación de nuestros derechos civiles. La democracia no es un regalo caído del cielo, requiere la lucha de todos para poder dejar de ser súbditos del estado y convertirnos en ciudadanos de una nación sana, vigorosa y justa. Dejemos de lado la crítica estéril y juntemos esfuerzos para dar un solo frente en esta fundamental tarea para restablecer la democracia en Venezuela. Para ello los jóvenes, la sociedad civil , los partidos políticos y el liderazgo que lleva a cabo Capriles deben convertirse en la fuerza única que logra cambiar y mejorar el destino de nuestro país.

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ALEARDO F. LARÍA, LA ILUSIÓN DEL PODER ABSOLUTO

La frase "El Estado soy yo", que se atribuye a Luis XIV, señala la identificación del rey con el Estado en el marco de la monarquía absoluta. De este modo el Estado pasa a ser una suerte de propiedad, de la que el monarca puede usar y disfrutar, como si de un bien mostrenco se tratara. Es una concepción que abomina de cualquier restricción al ejercicio del poder. Una concepción que pertenece a la cultura del siglo XVII, pero que en la Argentina algunos pretenden reinstaurar en los albores del siglo XXI.

La democracia liberal, hija de la Revolución Francesa, es contraria a toda idea absoluta del poder. El Estado de derecho se concibe como un juego armónico de tres poderes, donde la división de funciones, encarnada cada una en un soporte institucional diferente, impide o evita que uno solo ocupe la totalidad del espacio político. La consecuencia ineludible es el respeto recíproco entre los tres poderes.

En la Argentina existe un esfuerzo denodado en arrasar con este delicado equilibrio institucional invocando como pretexto una supuesta "voluntad popular". La idea que preside esta concepción absolutista del poder es que un resultado electoral, que siempre resulta circunstancial y aleatorio, legitima al presidente de turno para exigir que el resto de las instituciones se pliegue a sus deseos. Una suerte de concepción heliocéntrica, donde alrededor del sol presidencial debe girar el resto de los planetas.

Esta concepción autoritaria es insostenible en la modernidad. No tiene la menor chance de imponerse y la pretensión de alcanzar un objetivo tan alejado de las posibilidades reales tiene necesariamente que generar resistencias, conflictos y está destinado inevitablemente al fracaso. La consecuencia es el enorme desgaste de tiempo y energías que se emplea en una labor inútil, que impide atender los asuntos verdaderamente relevantes. Sólo desde la mayor ceguera política se puede insistir en recorrer ese frustrante camino.

La idea de que es posible ocupar el Estado como si de una propiedad privada se tratara, no es nueva en la Argentina. Históricamente lo hicieron los militares con el pretexto de "salvar a la Patria" de los riesgos de caer en la desintegración. En el primer peronismo (1946-1955) se hicieron también notables esfuerzos por ocupar la totalidad del Estado con la justificación de que las fuerzas políticas opositoras carecían de toda legitimidad porque pertenecían a la "antipatria". Desde esa concepción parecía normal que los puestos públicos fueran sólo ocupados por afiliados al partido peronista, un partido que en su denominación dejaba ver la impronta personalista que lo inspiraba.

Los esfuerzos por ocupar todo el espacio del poder durante el primer peronismo dieron lugar a una política de propaganda oficial extenuante. Algunas provincias adoptaron el nombre de la pareja presidencial y toda la obra pública y labor asistencial del Estado parecía ser una concesión graciosa de los dos esposos. La prensa crítica fue cerrada u hostigada, mientras se creaba una sólida cadena de medios adictos con financiación pública. Se reformó la Constitución para posibilitar la reelección presidencial indefinida (artículo 78 de la CN de 1949).

Todos aquellos excesos fueron luego reconocidos como un error por los propios peronistas y por el general Perón, que en su regreso al país en torno de 1973 hizo un dramático llamado a la unidad de los argentinos. No fue escuchado y, lamentablemente, una juventud que proclamaba la llegada inminente del socialismo hizo oídos sordos a su petición. Así se fueron gestando las bases de desgarradores enfrentamientos internos y desde el Estado se alentó luego la formación de una organización armada clandestina –la Triple A– para contener esos ardores juveniles.

Todo esto forma parte de una historia reciente, que la vivieron muchos de los actuales dirigentes políticos que hoy se nuclean en el kirchnerismo. De allí que resulte incomprensible que se reiteren comportamientos y conductas que llevan inevitablemente a ásperos enfrentamientos que tienen un elevado costo social, económico, político e inclusive electoral, puesto que este clima de beligerancia nunca va a ser aceptado por la mayoría de los ciudadanos.

Los últimos episodios, caracterizados por el uso de un agresivo lenguaje presidencial dirigido a erosionar el prestigio de los jueces y de la Corte Suprema, a partir de una decisión que cualquier experto jurídico vaticinaba inevitable, han llevado los excesos a límites inimaginables. De igual modo, la apropiación de la historia –ya sea de la Reforma Universitaria o de la epopeya de Belgrano– de un modo casi caricaturesco sólo puede generar sorpresa y estupor. Son exabruptos incompatibles con el mínimo equilibrio emocional que se espera de la figura presidencial.

La democracia no es un espacio vacío donde sólo impera la "voluntad popular". La afirmación del senador neuquino Marcelo Fuentes de que "la Constitución de 1994 murió en el 2001" sólo puede entenderse como fruto del deseo de defender la idea de un presidencialismo ilimitado. Pero el voto popular no puede convertir al presidente en una suerte de monarca absoluto.

Es indispensable recuperar la cordura institucional y respetar las reglas de juego que la convencional Cristina Fernández, junto con otros convencionales, aprobaron en 1994. En vez de perder energías intentando una inalcanzable reforma constitucional, el oficialismo bien podría dedicar sus esfuerzos a reconstruir alguna forma de democracia partidaria interna y crear las condiciones que le permitan elegir en forma genuina un eventual sucesor. Abandonar cualquier ilusión reeleccionista nos haría bien a todos.

aleardolaria@rionegro.com.ar


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MANUEL CORAO: BIEN, PAPA FRANCISCO, BIEN

El Papa Francisco recibió recientemente al presidente venezolano Nicolás Maduro en la Santa Sede y también en periodo de tiempo muy cercano a una comisión de la beligerante oposición que así lo había requerido formalmente ante la Cancillería de Roma. Esta comitiva estuvo presidida por Edgar Zambrano y conformada por los diputados Hernán Alemán, Oscar Ronderos y Rodolfo Rodríguez.

Visto así nada de revelador tendría pero para analizar tales acontecimientos debemos irnos necesariamente a los antecedentes de ambas coincidencias y el pensamiento manifiesto del Papa Francisco tras la oración Regina Capelli oficiada en la Plaza de San Pedro. Ese mensaje nos indica claramente cuál será su maniobrar internacional de cara a los gobiernos autocráticos y con quienes siendo electos abandonan la democracia y el estado de derecho:

“Sigo con atención los acontecimientos en Venezuela. Los sigo con mucha preocupación e intensas oraciones y la esperanza de que se encuentren vías justas y pacíficas para superar el momento de gran dificultad que atraviesa el país. Invito al querido pueblo venezolano, y en particular a sus responsables institucionales y políticos, a que rechacen firmemente toda violencia y establezcan un diálogo basado en la verdad, el reconocimiento mutuo, en la búsqueda del bien común y en el amor por la nación”.

Con este antecedente viaja Maduro a reunirse con el sacerdote argentino con la intención de capitalizar para si estas memorias de quien es hoy por hoy en el mundo el ser que sobre sí llama la atención de la mayor cantidad de personas sean de la tendencia que profesen.

Gran expectativa había causado la audiencia papal para Maduro, máxime cuando la legitimidad de su gobierno está en entredicho, precisamente por la terca actitud del Tribunal Supremo de Justicia y el Poder Electoral en no dar pronta respuesta al libelo judicial sobre las exigencias de recuento de votos formulado por el ex candidato a la presidencia de Venezuela en las pasadas elecciones del 14 de abril, Henrique Capriles Radonski.

Por ser el conductor de la Iglesia Católica oriundo de un país latinoamericano de donde son también comunes nuestras raíces, muchos pensaron que tal cita nunca se daría ya que el prelado tomaría parte afectiva en la diatriba judicial hacia Capriles y con el rechazo a la visita así lo demostraría.

Quienes adversan al mandatario venezolano al conocer el resultado no escatimaron expresiones de descalificación hacia el sumo pontífice, ruegan por el regreso de Benedicto XVI y hasta uno que otro epíteto se escucha producto de la ira que siente el militante cuando acota que es su aspirante y no este quien debería estar en Roma por derecho legítimo otorgado por el pueblo, hoy burlado. El encumbramiento del adversario cuyo palmarés está en duda provoca frustración y despierta, producto del despecho, sentimientos de revancha.

Por otra parte los extremistas seguidores de Maduro a voz en cuello clamaban el triunfo anticlerical y hasta auparon la histórica figura del alemán Martín Lutero, sacerdote católico y teólogo, quien el 31 de octubre de 1517 expusiese 95 puntos públicos que sentarían la división de la Iglesia de Roma y el nacimiento del protestantismo en el mundo.

manuel.corao@venetubo.com

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EMETERIO GÓMEZ, DE NAVÍOS, RON Y CHOCOLATE: CRISOL DE ALMAS

Un canto a la constitución del alma, de la nacionalidad venezolana

De navíos, ron y chocolate, la película de Malena Roncayolo que hace poco se estrenó, nos ha regalado un bienestar espiritual inmenso. Que buena falta hace en estos tiempos aciagos e inciertos que vivimos. Me ha regalado un magnífico tema para la reflexión sobre Lo Humano, que es mi interés archifundamental. Porque de eso, en cierta forma, trata la película: de la constitución del alma o de la nacionalidad venezolana.

De uno de sus componentes -"lo corso"- que siempre había asumido yo muy tangencialmente. Referencias lejanas, las mías, a la participación de esta gente en la colonización específica del estado Sucre; la presencia intensa de Carúpano en mi más temprana juventud, allá a principios de los Sesenta, en las Residencias Estudiantiles de la UCV. Unos cuantos amigos carupaneros muy queridos y, en particular, uno de ellos, destrozado brutalmente a los 20 añitos en la alocada e inútil tarea de fabricar un niple, una bomba casera... La loquetera estúpida y suicida de la guerrilla castrocomunista.

De navíos, ron y chocolate (¡¡No dejes de verla, por favor!!), la hermosísima película de Malena es, entre muchas otras cosas, un canto a la constitución del alma, de la nacionalidad venezolana; un buen número de apellidos que no cuadran para nada con España, Navarra, Alicante o Galicia: Franceschi, Benedetti, Grisanti, Roussian, Paravisini, Consalvi, Leoni, Prósperi, Luciani, Orsattoni, Lucca, Massiani y tantos otros. Una bella oportunidad para destacar, precisamente, la muy diversa constitución de la venezolanidad. Es decir, la posibilidad de integrar lo distinto -lo corso en este caso- en una sola nación. ¡¡El que hoy ya seamos todos, profundamente, una misma cosa!! Los que vinieron de otras tierras y los que no logramos encontrar entre nuestros antepasados -por más que busquemos- una sola gotica de sangre de ninguna otra parte. Gracias, Malena, por haberme hecho redescubrir la noción de nación, que es simplemente El Alma. El sentir que pertenecemos a ésta y a muchas otras naciones.

Pero, De navíos, ron y chocolate es, sobre todo, la belleza: la belleza infinita de la Historia refundida con la de Naturaleza; y con la ternura de recordar que allí mismo, cerca de Carúpano, en Güiria, nació mi madre. Y que si ella no hubiese enviudado de aquel primer señor que se la llevó a Margarita, tal vez yo no existiría. O quién sabe cómo sería mi Alma. ¡¡Quién sabe que parte de mí habría logrado existir en otro niño que habría tenido mi padre con otra señora o al revés!! Un sentimiento extraño que me asalta con frecuencia; tal vez porque la edad empieza ya a presionar: pensar obsesivamente en el cruce azariento de los genes de todos nuestros antepasados. Esa infinitud de circunstancias que pudieron haber hecho que fuésemos otro. O, más enrevesado aún, que tuviésemos en el Espíritu algunos otros componentes que no fuesen estos que hoy nos conforman.

Precisamente, ese crisol fascinante que es cualquier colonización, esa mezcla infinita de lo corso y lo español, lo italiano y lo portugués, lo gallego y lo catalán, lo indio y lo africano, ¡¡lo zuliano y lo margariteño!!, que a lo largo de tantas generaciones se han ido amalgamando y fusionando. Esos interminables cruces, que producen estas almas individuales de cada uno de nosotros, que de alguna manera sintetizan o resumen a la Humanidad. Gracias, otra vez, Malena, por ponernos a pensar -a partir de Córcega, de nuestro componente mediterráneo y del infortunado descendiente de Napoleón enterrado en Carúpano- en estas cosas tan fascinantes, tan trágicas y tan bellas.

gomezemeterio@gmail.com

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EGILDO LUJÁN NAVA, ENTRE NELSON MERENTES Y EDUARDO SAMÁN, FORMATO DEL FUTURO…

Las vicisitudes que han vivido los venezolanos desde entonces a la fecha, no han sido lo suficientemente eficientes como para borrar de la memoria colectiva lo que sucedió entonces, y que le permitió al país -con su carga de costo político adicional por el indulto a un grupo de militares insurgentes contra la Democracia- reencontrarse con la importancia de no menospreciar la utilidad de lo que se conoce como lógica económica.

Tiene que ver con aquél paso que debió dar el entonces agitador Presidente Rafael Caldera, imposibilitado de seguir respirando tranquilo mientras no dejara de buscar culpables y responsables de la recibida crisis -¿o burbuja?-financiera, cuyo incontenible desarrollo comprometía al propio gobierno en su frágil estabilidad, sacudía la paz social y desnudaba la dureza de un empobrecimiento que agobiaba a gran parte de la sociedad venezolana.

Lo cierto es que el “nadie se imagina lo que ha significado para mí  tomar esta decisión”, como le dijo Caldera al país al hacer dicho anuncio, ha sido, quizás, la demostración más auténtica que Gobierno alguno podía haber exhibido en Venezuela, en contra de sus orígenes políticos  y principios que sirvieron para que naciera el ya extinto “Chiripero”, con el propósito de detener la marcha nacional hacia escenarios peores que los ya vividos en 1992.

¿Acertado?. ¿Desacertado?. ¿Bueno?. ¿Malo?. La quincalla histórica siempre útil para las adjetivaciones y/o calificaciones de los que se ocupan de interpretar lo sucedido, desde luego, hoy le ofrece opciones a los que se ocupan del tema y tienen  legítimo derecho a construir esas y más interrogantes, como tantas respuestas sean necesarias.

Sin embargo, lo que no puede minimizarse -salvo que sea por razones mezquinas o producto de esos rancios egos que sobreponen visiones y criterios unilaterales aun por sobre la inteligencia de quienes aman vivir en libertad- es que la incorporación al Gobierno de entonces de los economistas Teodoro Petkoff y Freddy Rojas Parra, significó –así de simple y trascendental- el reencuentro de la economía y el acontecer político venezolano, con el camino de la racionalidad y responsabilidad de gobernar para beneficio de todos.

Cuando eso sucedió, los venezolanos añoraban gobernabilidad, sinceridad en el discurso desde las entrañas del poder, hechos reales que hicieran posible la sinergia entre el acontecer económico y la reconstrucción de la confianza en el futuro productivo venezolano. Pero, sobre todo, que el propio Jefe de Estado ofreciera demostraciones sinceras de no estar detrás de jugarretas contra la propiedad y la empresa privada, porque lo que trataba de alcanzar con sus “sacrificios políticos”, era evitarle al país y a sus habitantes tener que someterse al naufragio emocional de vivir entre más ruinas sociales y morales.

Desde luego, ese episodio político protagonizado  por un estadista capaz de entender la utilidad del pragmatismo en el desempeño de funciones públicas, apuntalado en el orden económico por un equipo ministerial decidido a no fracasar en el intento, y una población ansiosa de salir del charco momentáneo de la duda y la frustración ante la incapacidad evidente de sus gobernantes, hizo posible lo que esperaba una gran mayoría de los venezolanos: la simbiosis capaz de reacomodar institucionalmente las alternativas que impidieran, en principio, la conversión de la insurgencia y del terror como forma sustitutiva de la transición gubernamental.

A partir de ese momento, han transcurrido tres lustros. Y, con ellos, los más inimaginables acontecimientos de todo orden, siendo el peor y más costoso, sin duda alguna, el de la destrucción del pilar institucional que la Nación se había comenzado a dar hace dos siglos, para hacer del Estado una caricatura. 0, quizás, un formato de imagen democrática al servicio de la conflictividad engendrada por administradores de causas ideológicas nacionales e internacionales y pescadores globales de fortuna fácil, teniendo como propósito final el sometimiento de quienes históricamente nunca le sirvieron dócilmente al aventurerismo utópico del igualitarismo colectivista.

Esta realidad que se debate entre interpretaciones de “pesadilla histórica”, “castigo político” y hasta de procesos concebidos a la luz de predicciones alrededor de la geopolítica y geoeconomía regional y continental, desde luego, hoy es lo suficientemente compleja, como para suponer que están equivocados aquellos que consideran que a esta situación se ha llegado por acierto estratégico, o los que creen, sencillamente, que Venezuela está encallejonada.

Mejor dicho, está metida en una especie de calle ciega y de la que sólo se puede salir si, una vez más, la comprensión de la utilidad del pragmatismo político, es capaz de sobreponerse al confusionismo que domina la multiplicidad de tendencias grupales que, cual “chiripero” de ayer, hacen que aquel que hoy ocupa la jefatura del Estado, no pueda hacer otra cosa que saltar para no caer; gritar para poderse escuchar a sí mismo; construir burlas para evitar que las lágrimas y gemidos provoquen la aceptación de que solo, íngrimo y solo, no es viable ni factible retroceder del callejón en el que el Gobierno ha metido al país.

Ese Gobierno, sin duda alguna, ha acertado al poner en manos del matemático Nelson Merentes, la responsabilidad de gerenciar el Ministerio de Finanzas. Y el acierto lo identifican los empresarios privados del país, con el hecho de que mientras ese funcionario estuvo al frente del Banco Central de Venezuela, echó manos de la virtud de cualquier servidor público consciente de lo que significa jurar para cumplir con la Constitución y las Leyes de la República, mientras se está actuando en esas posiciones burocráticas: atender al empresariado que no podía flanquear las entradas de los Ministerios de la Economía, escucharle en sus observaciones y reclamos, asegurarle que se iba a ocupar del caso, cuando se diera la oportunidad de hacerlo. En otras palabras, porque fue capaz de demostrar que, sin ser economista ni gozar del amparo político del que siempre hizo gala su antecesor Jorge Giordani, dejó entrever su voluntad de servir y no de servirse.

Pero hoy Nelson Merentes, en sí y por sí mismo, no es suficiente, indistintamente de que haya más de 4.000 jefes de empresas de todos los tamaños, asistentes a las reuniones de mesas y submesas técnicas, que aún abrigan una vaga esperanza de que en julio sí habrá subastas versión SICAD, que la solicitud de divisas será en agosto un triste clamor de lo vivido hasta julio, y que a partir de octubre comenzará la fiesta nacional del abastecimiento. Porque hoy Merentes, para mayor mortificación de empresarios y consumidores, no tiene a su lado a un estratega capaz de convertir sus buenos propósitos en hijos reales, y no en simples engendramientos platónicos. Su aliado en el accionar es a quien, hasta para sorpresa de él mismo, reencaucharon como Presidente del Indepabis, Eduardo Samán.

De hecho, mientras que Nelson Merentes –se supone- está haciendo su cola en Cadivi para conseguir la cuota de  dólares que le corresponde, para viajar el exterior y demostrarle a la Banca de Inversión que la economía venezolana está mucho mejor de lo que difunden los medios que no forman parte del Sistema Bolivariano de Comunicación e Información (SIBCI), por lo que invertir aquí es confiable, el otro, el anti-aliado, Eduardo Samán, está demandando un mayor presupuesto para duplicar el número de fiscales que le permitan perseguir, inculpar y castigar a acaparadores y especuladores, y hasta buhoneros, cuando las circunstancias así lo ameriten, como si la escasez, el desabastecimiento y la inflación fueran responsabilidad de los administrados, de los gobernados y no de quienes gobiernan y administran políticas públicas.

En otras palabras, dos personas, sólo dos funcionarios, mientras que productores y consumidores siguen a la expectativa con lo que sucederá con el abastecimiento durante los próximos meses, son suficientes para que, propios y extraños al país, una vez más, asuman que no es cuento malo aquello que reza que, para mal dormir de la ciudadanía, hoy no hay voluntad -¿o capacidad?- de enfrentar las causas del decrecimiento de la economía, como del empobrecimiento destructor de la capacidad de compra de los venezolanos. Y que aun cuando esos 4.000 y tantos empresarios que asistieron a las reuniones con los técnicos gubernamentales, lo hicieron confiando en que la sola presencia de Nelson Merentes en el Gabinete, podía cambiar lo peor que se ha estado viviendo desde octubre del año pasado, ahora la vista se centra es en la arremetida contra la lógica económica y la confianza en la inversión privada que representa lo dicho y prometido por el que, inteligentemente, ha llamado el periodista Gregorio Salazar El Monje del Santo Control, Eduardo Samán, Presidente del Indepabis.

Desde luego, en el medio de la inquietud general con la que casi 30 millones de venezolanos se adentran en el segundo semestre del 2013, a la espera de las milagrosas acciones cambiarias que habrán de producirse a partir de julio, venezolanos de las últimas generaciones no encuentran respuestas a las interrogantes relacionadas con el por qué el Gobierno se resiste a convertir el diálogo en la opción ideal para superar errores, reencontrar entendimiento y, de ser posible, reeditar lo que fue posible estructurar y accionar bajo el formato del pragmatismo político a lo Caldera.

Con las contradicciones de origen que evidencia la dupla Merentes/Samán, sin duda alguna, no es posible seguir viviendo exclusivamente de lo que dispensa el negocio petrolero. Hay que desarrollar otras alternativas productivas, pero eso sólo es viable con una amplia y decidida participación de la inversión privada. Pero mientras la percepción sea la de que quienes gobiernan no quieren asumir el costo político de cambiar de rumbo, por lo que hay que seguir difiriendo decisiones, ganando tiempo, añorando una lluvia de divisas que no se generará a corto plazo, la pregunta es: ¿ y a qué se juega, realmente?.


Enviado a nuestro correos por Edecio Brito Escobar (CNP-314)
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GABRIEL BORAGINA, MITOS ANTILIBERALES

La mitología antiliberal es muy vasta y antigua, y también lo es así la literatura tejida en torno de ella. Los enemigos del liberalismo trabajan en campos muy diversos e, incluso, muchos militan dentro de sus propias filas.
José Ortega y Gasset atribuía el antiliberalismo al espíritu de rebaño:

La actitud del hombre frente a la libertad nos da la pauta del liberalismo. Ya decía José Ortega y Gasset en El Espectador: 

"Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir la nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aún de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos de Europa andan buscando un pastor y un mastín." 

El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino`. 

Y aplicando este concepto a un histórico caso concreto, opina: 

"A esto lleva el intervencionismo del Estado: el pueblo se convierte en carne y pasta que alimentan el mero artefacto y máquina que es el Estado. El esqueleto se come la carne en torno a él. El andamio se hace propietario e inquilino de la casa."

Cuando se sabe esto, azora un poco oír que Mussolini pregona con ejemplar petulancia, como un prodigioso descubrimiento hecho ahora en Italia, la fórmula: todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado. Bastaría esto para descubrir en el fascismo un típico movimiento de hombres masa. Mussolini se encontró con un Estado admirablemente construido no por él, sino precisamente por las fuerzas e ideas que él combate: por la democracia liberal. Él se limita a usarlo incontinentemente; y sin que yo me permita ahora juzgar el detalle de su obra, es indiscutible que los resultados obtenidos hasta el presente no pueden compararse a los logrados en la función política y administrativa por el Estado liberal. Si algo ha conseguido, es tan menudo, poco visible y nada sustantivo, que difícilmente equilibra la acumulación de poderes anormales que le consienten emplear aquella máquina en forma extrema".[1]

Estas palabras de Ortega y Gasset escritas en 1931 asombran por su actualidad y vigencia, a la luz de los acontecimientos que se viven en el mundo de nuestros días y -en particular- en la Latinoamérica populista. Recordemos que en el año que el insigne filósofo español escribía estas palabras, Hitler aun no había ascendido al poder en Alemania, de quien se podrá decir otro tanto o peor que lo que escribía sobre Mussolini.

Hay pues en el antiliberalismo un trasfondo psicológico, por el cual el antiliberal teme a hacerse cargo de su propia vida y le aterra la idea de enfrentar y construir su propio destino. Para ello estima que debe servirse de otros por un lado y esclavizar al resto por el otro. O quizás mejor expresado, servirse de esos pastores y mastines de los que habla Ortega, para que estos -a su turno- obliguen a entrar en el rebaño a quienes se niegan a tener un destino de dóciles ovejas sometidas.

Indudablemente, en el antiliberalismo operan también otras negativas emociones humanas, tales como la envidia, el recelo al exitoso y la vanidad, entre otras, las que actúan todas emparentadas, para dar como triste fruto a la personalidad antiliberal. Estas características humanas tan lamentables, son infaltables en el perfil de todo dictador o aspirante a serlo.

"...para Carlos Sánchez Viamonte "el liberalismo no es otra cosa que el sistema jurídico institucional creado en el siglo XVIII y aplicado en el siglo XIX con el propósito de asegurar la libertad para el individuo humano, y así contemplado es evidente que no ha perdido su vigencia para nuestro tiempo. Desde nuestro punto de vista realista —decía B. Mirkine Gueizevich en 1935—, el derecho interno es la técnica de la libertad, y el derecho internacional, la técnica de la paz". Distingue el liberalismo político del liberalismo económico. "El término liberal y el concepto de liberalismo han tenido siempre dos aplicaciones distintas según se trate del liberalismo político o del liberalismo económico» es decir, según se refiera a los derechos de la personalidad humana o a las relaciones patrimoniales que suscita la convivencia. Solamente los juristas y economistas especializados en esta materia han hecho el distingo entre uno y otro liberalismo, y han comprendido a ambos en la denominación."[2]

En realidad, no estamos de acuerdo con esa distinción entre liberalismo "económico y político" ya sea como opuestos o como simplemente diferentes. 

El error –a nuestro juicio- consiste en creer que existe una especie de divorcio entre esas "relaciones patrimoniales que suscita la convivencia" y "los derechos de la personalidad humana", cuando -en realidad- las primeras derivan de los segundos. Si se quiere mantener dicha artificial "separación" entre ambos, es admisible hacerlo teniendo en claro que se tratan de dos fases o etapas de un mismo proceso, ya que las llamadas "relaciones patrimoniales" no son otra cosa, en última instancia, más que transferencias de derechos de propiedad entre las personas, sobre todo o parte de ese patrimonio que se menciona, de donde se deduce que no existe tal tajante "separación", más que la de un proceso temporal.

Por otro lado, también resulta un equívoco que se suponga que los "derechos de la personalidad humana" emanen de un proceso político, ya que sostenemos –siguiendo a otros autores- que los derechos de los individuos no son fruto ni creación de ningún proceso político, sino que son originarios y anteriores a cualquier proceso o fuente política. En todo caso, podrá hablarse (y con reservas) de liberalismo político para hacer mención al sistema que reconoce esos derechos.

[1] Dr. Absalón D. Casas. Voz "liberalismo", en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 18 letra L Grupo 07, págs. 14 a 24.

[2] Casas, Absalón, óp. Cit. En nota anterior.EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

EUGENIO MONTORO, BAJANDO LA CUESTA

         Hace unos días, coincidiendo con el de la batalla de Carabobo, se celebró el día de San Juan.

         Joan Manuel Serrat el conocido cantautor escribió una canción que narra, en sus cortos pero inteligentes versos, la casi ya perdida tradición de celebrar ese día llevando comida, música y bebidas a algún lugar público de los pueblos españoles y compartir la noche entre todos sus habitantes. “Hoy el noble y el villano/ el prohombre y el gusano/bailan y se dan la mano/sin importarles la facha”.
        
Pero la fiesta termina y Serrat dice: “Y con la resaca a cuestas/ vuelve el pobre a su pobreza/ vuelve el rico a su riqueza/ y el señor cura a sus Misas”. “Se despertó el bien y el mal/ la pobre vuelve al portal/ la rica vuelve al rosal/ y el avaro a sus divisas” . “ Se acabó/ el sol nos dice que llegó el final/por una noche se olvidó/que cada uno es cada cual”
         Es posible que Serrat solo quisiese hacer una narrativa de la tradición, pero también hizo un enorme dibujo entre el comunismo y el sentido común. Una noche para ser iguales y nada más. Nunca la sociedad será de iguales pues todos somos diferentes y libres. Si alguien decide trabajar mucho en su libre decisión, espera obtener gran retribución social y si alguien decide no trabajar en su libre decisión, no debe esperar retribución. Sencillísimo de entender menos para los comunistas que creen van a generar un hombre nuevo e igual.
         Alguien dijo que todos nacemos iguales pero nunca más lo somos. Unos son listos para las matemáticas, otros para la poesía, unos fuertes, otros diestros y si los dejas pensar y ser libres los resultados serán muy diferentes. Los estúpidos comunistas creen que una sociedad debe ser de iguales y eso nunca, volvemos a decir, nunca lo será.
         Un General dio el discurso antes del desfile el día de la batalla de Carabobo. No hay mejor representación de estratos y diferencias entre esa población. General, Coronel, Mayor, Capitán y por allá (y bien lejos) los soldados.
         Maduro y Cabello son las nuevas élites que se creen dueñas de Venezuela. Un lenguaje soez y acomplejado en contra de sus supuestos adversarios los delatan como fomentadores de la desigualdad ciudadana.
         Aceptar que los humanos no somos iguales sería una buena forma de tolerarnos. Si nos empeñamos en decir que Cuba es buena pero los gringos son malos, que Siria es buena pero Israel es malo, nunca tendremos el sentido común que requiere la paz. Si creemos que los chavistas son buenos y los opositores son malos nos estaremos olvidando que todos somos la misma vaina tratando de sobrevivir en este inmenso problema económico que tenemos.
         Y al creerte diferente y poderoso te apartas de lo decente. Este gobierno es el mayor violador de de la Constitución y el peor administrador de dineros públicos que hemos conocido. Parece va a cerrar como Serrat termina su canción. “Y vamos bajando la cuesta/que arriba en mi calle/se acabó/ la fiesta.
Eugenio Montoro
montoroe@yahoo.es

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ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, LA VERDADERA FRAGMENTACIÓN.

Desde hace tiempo, se viene describiendo que vivimos en sociedades divididas, que se han fragmentado y que esos enfrentamientos entre individuos hacen cada vez más difícil la convivencia ciudadana.


Muchos sociólogos y analistas describen, con bastante detalle, lo que implica esta división y la dificultad profunda que conlleva al impedir una integración genuina entre ciudadanos.

En general, cuando llega el momento de expresar las razones que explican esas divergencias entre distintos grupos de la sociedad, algunos se inclinan por intentar esclarecer la cuestión refiriéndose a la división en términos de las diferencias de clases, socio económicas y de sectores sociales.

Desde esa perspectiva, se muestra la brecha económica que separa a unos de otros, y que tiene que ver con su pertenencia a un determinado sector social, en función de aspectos de índole patrimonial. Así las cosas de un lado están los que disponen de recursos, y del otro, los que no lo tienen.

Ciertos especialistas hablan del acceso a la educación. Bajo ese paradigma, de un lado quedan los ignorantes, que no tienen conocimientos y no pudieron tener instrucción formal, y del otro, los mas instruidos, preparados académicamente y que pudieron formarse en instituciones importantes,  tal el caso de los universitarios, esos que lograron continuar sus estudios para alcanzar los máximos estándares deseables.

No faltan tampoco quienes prefieren explicitar esa división, argumentando que la misma pasa por cuestiones meramente ideológicas, de preferencia política y hasta partidaria. Esgrimen que unos optan por los conductores demagogos y otros por los expertos e idóneos para brindar soluciones.

Es probable que cada una de estas aproximaciones a la realidad, sean lo suficientemente ciertas y tengan algún soporte argumental sólido e interesante, pero resulta igualmente apasionante, incursionar por un aspecto poco abordado y que tal vez valga la pena brindar mayor atención.

Existen en la sociedad contemporánea, dos tipos de ciudadanos que pueden encontrar sus fronteras en aspectos económicos o educativos, pero fundamentalmente se identifican desde aspectos morales más relevantes.

Por un lado están aquellos que contribuyen con la sociedad aportándole valor, los que realmente producen generando proyectos e ideas, los que siendo creativos contribuyen con soluciones concretas y los que reflexionan mostrando nuevas aristas, los que prestan servicios a los que los necesitan y los que fabrican productos, en fin los que suman, los que trabajan y se esmeran haciéndose merecedores del resultado del fruto de su esfuerzo.

En las antípodas, se encuentra un grupo cada vez más numeroso, de personas que creen que pueden vivir a expensas del esfuerzo de otros. Ellos defienden sus derechos, los multiplican, asociando todo con lo material. Es que cada derecho que les parece razonable ejercer, implica que alguien tendrá que esforzarse más para solventar los gastos que permite concretar esos supuestos derechos.

Se trata de un conjunto de ciudadanos, que aun que trabajen, dicen precisar más recursos para satisfacer sus necesidades, esas que consideran justas, pero que al generar recursos que resultan insuficientes, suponen que otros, los que producen, tienen la obligación de brindárselos.

Al no conseguir que esto ocurra de modo espontáneo, van por el poder y acceden al gobierno, para desde allí obligar a los que producen a someterse a sus designios y aportar coercitivamente lo que ellos requieren.

Estos saqueadores, como los describía Ayn Rand, pretenden utilizar el monopolio de la fuerza del Estado, para quitar a los que generan recursos una parte de su sacrificio personal. Los que producen merecen moralmente gozar del beneficio que se deriva de su empeño, y regocijarse con la virtud de haber alineado sus resultados con sus méritos.

Mucha gente vive con dignidad, disfrutando de lo que han conseguido con esfuerzo, sin reclamarle que el resto de la comunidad sea saqueada y confiscada para satisfacer sus ambiciones personales no logradas.

Se trata de una división conceptual, de orden moral, que poco tiene que ver con el acceso a la educación o la pertenencia a determinados sectores sociales o económicos.

De hecho muchos individuos que disponen de riquezas económicas, las han conseguido en base a privilegios otorgados por los gobiernos, a influencias, concesiones o al favor político del poderoso de turno, y no en base a sus propios merecimientos como generadores de recursos.

La sociedad del presente está claramente dividida, pero es probable que esta descripción que muestra de un lado a los parásitos saqueadores y del otro a los que generan riqueza, sea la menos explicitada.

Es, seguramente, la diferencia más difícil de superar, porque dejar de lado esta distancia ya no depende de brindar más educación formal o achicar la brecha entre ingresos, sino a una aceptación moral de reglas de juego que ponen las cosas en su lugar, premiando a los que más se esfuerzan y no a los que solo han elegido el camino de abusar del mérito ajeno.

Existen muchas formas de ver la división de la sociedad en este presente, pero tal vez esta que pone de un lado a los saqueadores y del otro a los que generan recursos sea la más compleja y verdadera fragmentación.

albertomedinamendez@gmail.com

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P. GUGLIELMETTI G., UN MENSAJE PARA CHILE, CHILE, CHILE, NOS DUELE CHILE

Antes era por las armas, generando una revolución violenta para tomarse el poder, lo que ocurrió en Rusia, gran parte de Europa, Cuba y otros países latinos.

Eso además es lo que trató de hacer Allende en Chile, pero se quedó en el intento.

El nuevo modo de operar del marxismo es el que se practicó en Venezuela, lamentablemente con éxito. Y se está desarrollando además en otros países, como Bolivia.

Nosotros no estamos libres, ¡¡cuidado!!... el discurso encendido y lleno de marxismo que trajo la "señorita" (Bachelet) al regresar a Chile va por ese camino. La amenaza de "Asamblea Constituyente" es algo extremadamente peligroso.

Por favor vean detenidamente el video adjunto, en el se detalla paso a paso lo ocurrido en Venezuela los últimos años, y la forma en que se sometió al pueblo a un sistema marxista sin recurrir a las armas.

Antes la revolución era violenta, requería de una guerra civil. Hoy la revolución es cínica, usa los medios establecidos, la democracia, pero en forma torcida. El resultado final es el mismo, un pueblo esclavo de una casta marxista, que termina con un país aliado a otros ya sometidos.

Lamentablemente las grandes naciones "libres", USA a la cabeza, no hacen nada. Seguramente esperan que todos mantengan escondido un General Pinochet, para que solucione esos problemas. Pero lo más creíble es que nadie lo tenga, ni siquiera Chile.



El Proceso Jurídico de "La Revolución"

Después de ver este video sabrás lo que se podría venir para Chile

P. Guglielmetti

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lunes, 1 de julio de 2013

PEDRO PAÚL BELLO, NO QUISIERA ESCRIBIR ESTO, PERO VOY A ESCRIBIRLO.

El asunto  que, por preocuparme como venezolano de raíces muy profundas en esta bendita tierra de gracia, siento como deber el expresarlo. Comienza con una pregunta cuya respuesta, de múltiples vertientes y raíces, fácilmente  la encontraremos en nuestra historia de país: Si es este, en grande mayoría, un pueblo alegre, dicharachero, simpático ¿por qué, en diversas circunstancias generalmente difíciles, calamitosas y riesgosas somos tan pesimistas y negativos? ¿Por qué criticamos tan duramente a quien --de alguna manera-- sea en lo político, lo deportivo, lo artístico, etc., se distingue, actúa con honestidad y acierto o alcanza prestigio, aprecio y apoyo?
¿FUEGO AMIGO?
Es algo muy natural y corriente el que los humanos tengamos opiniones, gustos o ideas distintas a las de nuestros semejantes. Pero ¿No es lo adecuado el dirigirse –personalmente, por carta, email, teléfono, etc.-- amable o respetuosamente al otro, con quien se tienen discrepancias, para expresar éstas, conocer sus razones o identificar sus errores y, en esa relación dialogal, informarse bien, tratar de convencer o dejar ser convencido, o en caso de imposible acuerdo? ¿Cómo no respetar al otro en su dignidad de persona a la que, igual que a todos, nos ha elevado El Señor? ¿Por qué cerrarse en creer que uno tiene la razón y el otro no? ¿Será que no existen, con mayoritaria presencia, situaciones intermedias según las cuales cada uno tiene parte de la razón y, no pocas veces ninguno de los dos (o más) la tiene?
Pido me permitan, quienes esto leen, que traiga a colación y como ejemplo un caso que corresponde al asunto político, pero que  podría ser de la música, del beisbol o de la Vino Tinto, etc., o muchos más,  sobre los cuales podría presentar ejemplos similares al que me voy a referir.
Se trata de Henrique Capriles Radonsky. Advierto que no le conozco personalmente y que tampoco soy miembro de su partido político, pues desde hace veinte años no milito en ninguno, a pesar de que todos tienen mi respeto.
Pues bien, Capriles  --como todos le dicen, además de El Flaco--  se presentó como candidato en las primarias de febrero  de 2012 y, como poco le conocía, no voté por él en esa oportunidad, en la que él venció abrumadoramente y se convirtió en el Candidato de la oposición democrática para las elecciones de octubre del mismo año, en las que enfrentaría al difunto Hugo Chávez. Dos días después de las elecciones primarias, el candidato Capriles tuvo una rueda de prensa en la que participaron periodistas venezolanos y extranjeros. Vi la entrevista por la Globovisión de entonces y, aún sorprendido por el apabullante triunfo logrado por el Candidato dos días antes, esa sorpresa se convirtió en descubrimiento al escuchar las respuestas serías y breves, pero contundentes, con las que Capriles respondía a todos sus entrevistadores. Esa sorpresa se transformó después, una vez iniciada la campaña electoral del 2012, al ver, siempre por GB, las multitudes arrolladoras y entusiasmadas, llenas de esperanzas, que concurrían a todos los actos que cada día, y sin descanso, realizaba Capriles en todos los Estados y muchísimos pueblos de Venezuela. Sin embargo, conociendo muy a fondo los fraudes electorales que se “inauguraron” en 1999 con el “Kino” y que, progresivamente, con las máquinas de Smartmatic y múltiples trucos electrónicos o no, fueron perfeccionados por el “proceso”, bien sabía la imposibilidad real que, por fraudes, había para alcanzar la victoria electoral de octubre de 2012.
Después, ocurrió todo lo que “sobrevino” inconstitucionalmente desde diciembre 2012 hasta el 14 de abril del corriente año. Sin embargo y pese a la certeza que los fraudes aumentarían en magnitudes e intensidades  --recuerde el apreciado y paciente lector que hasta aquí ha llegado, que era “pecado” desde 1999 hablar de fraude al país opositor-- tenía la convicción de que, el 14A, si era posible vencer. ¡Y vencimos porque los fraudes no fueron suficientes para la inmensa mayoría que apoyó a Capriles en la nueva campaña, que resultó ser más dura y sacrificada que la anterior!
Ahora bien, casi desde el 15 de Abril y de manera cada vez más intensa, van apareciendo en la prensa, en internet y demás medios, opiniones que, respetables venezolanos y no pocos amigos personales, vienen presentando para señalar que Capriles no actúa, no se mueve, no reacciona para defender su innegable victoria, etc., etc.
Con todo mi respeto hacía quienes así opinan y actúan, les sugiero que, en razón de justicia, se informen directamente de los esfuerzos que tanto el Presidente Electo por una gran mayoría de los venezolanos, así como también la dirigencia y miembros de la también muy atacada MUD, han venido realizando, sin inútiles “prisas pero sin pausas”, ante la realidad política, económica y social que estamos viviendo en estos cruciales momentos de nuestra Patria.
Que recuerden que estamos enfrentando una tiranía que siempre, desde sus comienzos en 1999, pretende ser totalitaria pero que está en franca e insuperable caída libre.
Que recuerden aquello del Eclesiastés:
Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el sol;
tiempo de nacer y tiempo de morir;
tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado;
tiempo de matar y tiempo de sanar;
tiempo de destruir y tiempo de construir;
tiempo de llorar y tiempo de reír;
tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar;
tiempo de arrojar piedras y tiempo de recogerlas;
tiempo de abrazar y tiempo de separarse;
tiempo de ganar y tiempo de perder;
tiempo de guardar y tiempo de botar;
tiempo de rasgar y tiempo de coser;
tiempo de callar y tiempo de hablar;
tiempo de amar y tiempo de no amar;
tiempo de guerra y tiempo de paz.

Tengan tiempo de paciencia: les aseguro que Capriles y Venezuela tienen sus tiempos: “Hay una hora para cada asunto y un lugar para cada acción”
 “El sabio verdadero es el que conoce lo que hay que hacer en cada situación; aquél que sabe el momento oportuno.”
¡ Tengan Fe!
          
ppaulbello@gmail.com


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ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, LA FALTA DE OPCIONES Y EL COSTO DE NO COMPROMETERSE, DESDE ARGENTINA

A poco de conocerse las listas de precandidatos a legisladores nacionales en todo el territorio argentino, se vuelve a escuchar aquello de “no tenemos opciones”.

Es que el ciudadano siente, otra vez, que no tiene alternativas. De un lado se le ofrece la continuidad del modelo, más de lo mismo y hasta una profundización de lo ya recorrido. Es la ya conocida matriz del poder concentrado, con cada vez menos de república y una expresión más ortodoxa del “vamos por todo”.

Del otro lado, allí donde deberían abundar las alternativas, aparecen una variedad de ofertas políticas que le generan poca confianza y escaso entusiasmo.

En esa vereda, se entremezclan candidatos que son una fiel expresión del pasado al que no se quiere volver, otros que no han sabido construir alternativas políticas suficientemente seductoras, inclusive algunos que sólo sumaron figuras aisladas para elaborar una simple alianza electoral, sin programa alguno para salir de este gran enredo que propone la realidad de este tiempo.

La inmensa mayoría de los votantes parecen encerrados y no se encuentran debidamente motivados para acompañar a los políticos por los caminos propuestos. Algunos ciudadanos, que tienen historia, tradición, militancia o, al menos, simpatía política manifiesta, pueden tener resuelta su elección, pero los más intentan aún descubrir el rumbo.

A ciertos analistas políticos les gusta hablar de la crisis de representatividad del sistema político, aunque en el fondo pretenden describir al argentino promedio que sigue buscando a ese anhelado líder mesiánico, ese caudillo, que lo invite, casi mágicamente, a ilusionarse con un futuro mejor.

Es probable que ya sea tiempo de actuar con algo más de racionalidad para animarse, e intentar resolver los problemas del país, como se hace en la vida cotidiana de cada individuo.

De aplicarse esa lógica, es posible que haya que pensar en superar la urgencia, avanzando primero en una salida de corto plazo, seguramente imperfecta, que no genere demasiada fascinación, pero que evite profundizar el sendero del presente y actúe de bisagra para cambiar mínimamente el inadecuado trayecto elegido.

No es una propuesta demasiado estimulante, pero tal vez eligiendo el mal menor se pueda atenuar la adversidad actual y, al menos así, retomar parcialmente el camino de la sensatez, o quizás conseguir cierto equilibrio para, desde allí, encarar el porvenir con otro horizonte y renovadas expectativas.

Pero, como en la vida misma, se debe también tener la claridad suficiente para enfrentar adicionalmente la cuestión de fondo y no quedarse sólo con la idea de dejar atrás la coyuntura.

Resulta imprescindible asumir la inmensa cuota de responsabilidad que compete a los ciudadanos por no haberse involucrado a tiempo y ponerle freno a tanto atropello.

Estamos como estamos no sólo por la perversidad del sistema y los manipuladores de turno, sino por la complicidad evidente de una sociedad que ha preferido esperar soluciones desde la política en vez de construirla.

Si se pretenden más y mejores opciones desde la política, pues los ciudadanos deben ser parte de esa dinámica. Se necesita una mayor participación, menos silenciosa, más valiente y sobre todo comprometida.

La política partidaria no es el único camino, como algunos pretenden sugerir, sino que se debe tener una actitud ciudadana adecuada, estando presente en cualquier tipo de manifestación comunitaria, desde el club al consorcio, desde una organización gremial a una institución de la sociedad civil, desde la comisión barrial a la Política con mayúsculas, todo sirve, en la medida en que se pueda contribuir a mejorar el metro cuadrado, ese ámbito en el que se desarrolla la vida en armonía.

Si no se puede lo menos, será improbable que se logre ir por lo más. De eso se trata, de modificar la realidad y mejorarla. Y no está mal que la queja aparezca frente a la falta de alternativas electorales, lo que es incorrecto e inconducente es que el próximo turno electoral nos encuentre parados en el mismo lugar, repitiendo idénticas frases para convertirnos en ciudadanos enojados con lo que vivimos, pero incapaces de asumir la parte de la responsabilidad que realmente tenemos.

Todo lo descripto no exculpa de modo alguno a los dirigentes políticos. Ellos tienen una enorme e indelegable responsabilidad respecto a este presente que disgusta a tantos. Pero a no equivocarse, desde allí no se puede esperar nada demasiado diferente. Las pruebas están a la vista.

Es tiempo de tomar decisiones como ciudadanos. La república lo precisa de modo urgente. Pero habrá que no perder de vista que la falta de opciones es el costo de no comprometerse.

Medina Méndez ‏
@amedinamendez

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