BIENVENIDOS AMIGOS PUES OTRA VENEZUELA ES POSIBLE. LUCHEMOS POR LA DEMOCRACIA LIBERAL

LA LIBERTAD, SANCHO, ES UNO DE LOS MÁS PRECIOSOS DONES QUE A LOS HOMBRES DIERON LOS CIELOS; CON ELLA NO PUEDEN IGUALARSE LOS TESOROS QUE ENCIERRAN LA TIERRA Y EL MAR: POR LA LIBERTAD, ASÍ COMO POR LA HONRA, SE PUEDE Y DEBE AVENTURAR LA VIDA. (MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA) ¡VENEZUELA SOMOS TODOS! NO DEFENDEMOS POSICIONES PARTIDISTAS. ESTAMOS CON LA AUTENTICA UNIDAD DE LA ALTERNATIVA DEMOCRATICA
Mostrando entradas con la etiqueta REPÚBLICA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta REPÚBLICA. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de agosto de 2014

LUDWIG MORENO, A PROPÓSITO DE LA SORPRESA DE UN MÉDICO POR LAS DECLARACIONES DEL TERMINATOR DE LA REPÚBLICA

Pero claro, es lo correcto! Es su misión de vida! Para eso fue diseñado y aquello que debe hacer, lo hace a la perfección. Es lo predecible. Así debe ser conceptualizado y admitido.

Un niño sano, deportista, educado y bien alimentado, no tiene ni la madurez ni la capacidad para comprender a un mycobacterium que se multiplica en sus meninges, produciendo una terrible fiebre, delirio y rigidez de nuca, junto a una incontrolable tos contagiando a todos a su alrededor.

Un gracioso pingüino, desaparece en la enorme boca de una orca, en la mitad de océano helado...

Los depredadores acaban con sus víctimas. Lo hacen por un tema de supervivencia. Si no hacen lo que se supone deben hacer, desaparecerán. Sin importar su tamaño, desaparecerán.

Pero aquí lo importante es que usted, estimado colega, ni es un pingüinito a punto de ser devorado, ni es un delicado niñito tuberculoso. No. Usted es un extraordinario profesional. Un triunfador de miles de desafíos académicos, desde la primera felicitación de su maestra de primaria.

Su problema, sin embargo, estriba en la falta de confianza en sí mismo: Usted no está siguiendo el criterio ni la lógica que le llevaron a la cima. 

Alguien con muy mala intención interrumpió el proceso de su pensamiento analítico y le convenció de una mentira que dice así: "usted es médico, no es político. Deje la política a los políticos, que sí saben lo que hacen..."

MENTIRA! FALSO! Lo que le está pasando a su país, a sus vecinos y a usted es un problema de ciudadanos, de propietarios, y no puede seguir siendo delegado A NADIE!

Y allí donde el mentiroso se quedó a negociar con el terminator, chiquito o grande, póngase de pie. El mentiroso le ha hecho creer mil veces que el terminator se suicidará, si usted saca más votos que él.

Es en serio, y ya están montando la próxima mentira: Parlamentarias, Constituyente, Referendo. No importa. Será tiempo perdido. Un montón de dinero gastado en propaganda. Expectativas y esperanzas derrochadas de la manera más inútil mientras más venezolanos mueren, más empresas quiebran y más corruptos nos representan.

Ya piense. Organícese. Trabaje en equipo. Analice de nuevo -y de la misma manera que ha salvado vidas, tomando la decisión correcta- por favor, asuma la responsabilidad de recuperar a su país! Es sólo cuestión de ponernos de acuerdo y aceptar que ni mycobacteria, ni orcas, ni terminators se suicidan en elecciones.

Comience por buscar esto en Google: lucha no violenta. Gene Sharp.

Buenas noches

Por una Venezuela gobernada por Venezolanos.

Ludwig Moreno
ludwig.moreno@gmail.com
@NOmasCNE

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, ACTUALIDAD INTERNACIONAL, OPINIÓN, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, REPUBLICANISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA,ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

viernes, 4 de julio de 2014

MARIO VARGAS LLOSA, EL FRACASO DE ORTEGA Y GASSET

El filósofo quiso democratizar España, volverla europea mediante la persuasión; en eso consistía su liberalismo. Pero la desilusión con la República y la sublevacion fascista enterraron su proyecto

José Ortega y Gasset

“Yo soy yo y mis circunstancias”

Me hubiera gustado escuchar una conferencia de Ortega y Gasset, o, mejor todavía, seguir alguno de sus cursos. Todos quienes lo oyeron dicen que hablaba con la misma elegancia e inteligencia que escribía, en un español rico y fluido, muy seguro de sí mismo, con ciertos desplantes vanidosos que no ofendían a nadie por la enorme cultura que exhibía y la claridad con que era capaz de desarrollar los temas más complejos. La doctora Margot Arce, que fue su alumna, me contaba en Puerto Rico, medio siglo después de haberlo oído, el silencio reverencial y extático que su palabra imponía a su auditorio. Me lo imagino muy bien; incluso cuando uno lo lee —y yo lo he leído bastante, siempre con placer— tiene la sensación de estarlo oyendo, porque en su prosa clara y frondosa hay siempre algo de oral.

La biografía que acaba de publicar Jordi Gracia (Taurus), muestra un Ortega y Gasset mucho menos recio y firme en sus ideas y convicciones de lo que se creía, un intelectual que de tanto en tanto experimenta crisis profundas de desánimo que paralizan esa energía que, en otras épocas, parece inagotable, y lo lleva a escribir, estudiar y meditar sin tregua, durante semanas y meses, produciendo artículos, ensayos, una correspondencia ingente, dando clases y conferencias y desarrollando al mismo tiempo una labor editorial que dejaba una huella importante en la cultura de su tiempo. Muestra, también, que ese trabajador infatigable era, como un Isaiah Berlin, prácticamente incapaz de planear y terminar un libro orgánico, pese a tener la intuición premonitoria de tantos, que nunca llegaría a escribir, porque la dispersión lo ganaba. Por eso fue, sobre todo, un escritor de artículos y pequeños ensayos, y, sus libros, todos ellos con excepción del primero —las Meditaciones del Quijote— recopilaciones o inconclusos. Nada de eso empobrece ni resta originalidad a su pensamiento; por el contrario, como ocurre con los textos casi siempre breves de Isaiah Berlin, los artículos de Ortega son generalmente algo mucho más rico y profundo que lo que suele ser un artículo periodístico, planteamientos, exposiciones o críticas que a menudo abordan temas de muy alto nivel intelectual y cargados de sugestiones a veces deslumbrantes y, sin embargo, siempre asequibles al lector no especializado.

La impotencia lo condujo al silencio, pero nunca traicionó su propio ideal de coexistencia ilustrada
Por eso ha hecho muy bien Jordi Gracia rastreando como un sabueso toda la trayectoria de los artículos de Ortega y Gasset ; es la más segura manera de acercarse a su intimidad de pensador y de escritor, de averiguar cómo discurría en él su vocación de filósofo y de literato. Todo comenzaba por una idea o una intuición que volcaba en un artículo (a veces en varios). De allí, ese embrión pasaba la prueba de una clase o una charla pública y, enriquecido, cuajaba en un ensayo. Aunque muchas veces tenía la idea de prolongarlo en un libro, por lo general no pasaba de allí, porque otra intuición, hallazgo o invención genial lo desviaba a otro artículo, que, luego, siguiendo el mismo itinerario, terminaba desembocando en uno de esos ensayos —con frecuencia excelentes y a menudo soberbios— que son la columna vertebral de su obra y que ocuparon gran parte de su vida.

Jordi Gracia muestra también que la vocación política fue tan importante en Ortega como la intelectual. En su juventud, en su temprana y media madurez, ambas vocaciones se fundían en una sola ; quería ser un gran pensador y un gran escritor para cambiar a España de raíz, volverla europea, modernizarla, democratizarla, lo que para él —como para los intelectuales que atrajo a la Agrupación al Servicio de la República— significaba llevar a gobernar el país a sus hijos más cultos, inteligentes y decentes, en vez de esa clase política que desprecia por mediocre, falta de ideas y de creatividad, acomodaticia y cínica. A tratar de formar un movimiento que materialice ese proyecto dedica buena parte de su tiempo, pues él está convencido que se trata de una acción cultural, de diseminación de ideas nuevas y fértiles, y eso explica que se vuelque de ese modo a una tarea periodística, en diarios y revistas, convencido de que esa es la mejor manera de cambiar la política en uso, contagiando entusiasmo por unas ideas y unos valores que deben llegar al gran público de la misma manera que llegaban a sus estudiantes: a través de la persuasión. En eso consistía lo que él llamaba su “liberalismo”, aunque, muchas veces, le añadiera la palabra socialismo, para indicar que aquella revolución cultural de la vida política no estaría exenta de un fuerte contenido social. La República le pareció que era el régimen más propicio para aquella transformación política de España.

Sin embargo, aquellos no eran tiempos para la sana controversia de las ideas como quería Ortega, sino la de los fanatismos encontrados en la que los insultos y las pistolas reemplazaban rápidamente los debates y los diálogos entre los adversarios. Este será el gran fracaso de Ortega, la absoluta inoperancia de aquella pacífica revolución cultural que proponía y que, primero la violenta experiencia republicana y luego la sublevación fascista y la guerra enterrarían por más de medio siglo.

Fue un gran error de su parte volver en plena dictadura creyendo que el régimen se abriría.

El libro de Jordi Gracia da cuenta pormenorizada y con admirable objetividad de la traumática experiencia que significó para Ortega el desmoronamiento de todos sus anhelos políticos. Primero, la desilusión que tuvo con la República que no se parecía en nada a aquella ilustrada coexistencia en la diversidad que había previsto, y, luego, la sublevación militar y la Guerra Civil.

La impotencia lo condujo al silencio. Pero nunca traicionó su propio ideal, aunque admitiera que, en esa circunstancia, era simplemente impracticable, desprovisto de toda realidad. El silencio que guardó en tantos años de exilio, en Francia, en Portugal, en Argentina, desprestigió a Ortega a los ojos de muchos. Yo creo que fue un acto de gran coraje tratar de mantenerse al margen, sin tomar partido, por dos opciones que le parecían igualmente inaceptables: el fascismo y una república muy poco democrática, dominada por los extremismos sectarios.

Creo que fue un gran error de su parte volver a España en plena dictadura, creyendo ingenuamente que con la posguerra el régimen se abriría; y la verdad es que lo pagó caro, pues, como muestra con lujo de detalles Jordi Gracia, a la vez que seguía siendo atacado (y silenciado) con ferocidad por el nacional catolicismo, ciertos sectores falangistas trataban de apropiárselo, sembrando la confusión en torno de él, al extremo de que seguidores suyos tan fieles como María Zambrano llegaran a creer que había traicionado sus viejos ideales. Nunca los traicionó; hasta el fin de sus días fue laico y ateo y defensor de una democracia liberal signada por la tolerancia. Al mismo tiempo, pese a la incomodidad política permanente en la que pasó sus últimos años, su vitalidad intelectual nunca cesó de manifestarse, en ensayos y artículos que recobraban a veces el vigor expresivo y la riqueza creativa de antaño. El reconocimiento que tuvo en los últimos años fue en el extranjero, en Alemania sobre todo, pero también en Inglaterra y en Estados Unidos. En España, en cambio, y hasta hoy día, nunca se le ha reivindicado del todo, porque, para unos, es una figura ambigua y reticente, que mantuvo durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra un silencio cobarde que constituía una discreta complicidad con los fascistas, o un conservador de viejo cuño, inadaptado e irremisiblemente enemistado con la modernidad.

Uno de los grandes méritos del libro de Jordi Gracia es que, sin excusarle ninguna de sus equivocaciones y errores políticos, ni dejar de señalar cómo a veces la vanidad lo cegaba y lo llevaba a exagerar sus exabruptos, hecho el balance, Ortega y Gasset es uno de los grandes pensadores de nuestra época, y que, precisamente en el tiempo en que vivimos —no en el que él vivió— sus ideas políticas han sido en buena medida confirmadas por la realidad. Leerlo ahora no es un quehacer arqueológico, sino una inmersión en un pensamiento candente, muy provechoso para encarar la problemática actual, a la vez que disfrutar del placer exquisito que produce un escritor que pensaba con gran libertad y originalidad y expresaba sus ideas con la belleza y la precisión de los mejores prosistas de nuestra lengua.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.
© Mario Vargas Llosa, 2014.

Mario Vargas Llosa
vargas_llosa@gmail.com
@vargas_llosa

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, ACTUALIDAD INTERNACIONAL, OPINIÓN, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, REPUBLICANISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA,ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

lunes, 10 de febrero de 2014

TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ, LA REPÚBLICA DE LOS ESPEJOS DEFORMANTES

La filosofía se ha preguntado desde siempre donde se construye la cultura política de un cuerpo social, apuntando, entre varias, a la experiencia cotidiana de la gente, a lo que le toca vivir, esto es, a los micromundos de los valores.

La política no es así uniforme, pues se deriva de una práctica constante en diferentes contextos, lo que da lugar a variedad de normas no por obligación compartidas. La política es precisamente lo que podríamos denominar el lugar de reunión para tratar los asuntos de interés común, lo que implica un respeto por la pluralidad.

En términos contemporáneos, la discriminación significa prejuicio, intolerancia, ceguera ante las virtudes de lo que no es idéntico a sí mismo. Nos hemos habituado a actuar por medio del concepto del enemigo. Hay una tendencia a ordenar los fenómenos políticos por sus efectos inmediatos, como en el caso de la propuesta de una Constituyente que en verdad sólo tendría por objetivo ordenar el fin del período actual de gobierno antes que redactar una nueva Constitución. Las inmensas dificultades de convocar a tal asamblea son obvios, pero aún así hay un pecado original en la propuesta, una que ignora que el incumplimiento del texto vigente no es culpa de ese texto y que va a otro problema de fondo: que no es posible aquí que esa violación por parte de alguno de los poderes constituidos sea subsanada por los magistrados de la jurisdicción ordinaria. La Constitución puede contener mecanismos de resolución tales como referendos o abrogaciones, pero el camino real de una crisis del poder estatal suele llevársela consigo.

Esa constante apelación al artículo 350, uno que podría estar o no estar en el texto actual, dado que el principio básico sigue vigente aún sin él,  pues se trata de un principio de Derecho Natural, indica el olvido de una situación mucho más grave: hemos llegado a tal punto de violaciones que puede alegarse la ruptura del contrato social básico, la práctica inexistencia de un ordenamiento que conjugue la convergencia de todos los ciudadanos en un acuerdo general de convivencia. Apelar a un artículo de la Constitución evaporada para resolver la crisis ha llegado a convertirse en una paradoja. Los sucesos de ruptura del poder establecido generalmente vienen de un acuerdo de partes de la sociedad que se manifiestan de manera abrupta y sin orientarse por caminos preestablecidos.

Las “revoluciones” son un corte violento en procura del establecimiento nuevo, pero el presente régimen venezolano no se encuentra ya a gusto en lo que estableció, léase Constitución del 99. En verdad si alguien podríamos denominar como el mayor interesado en convocar a una Constituyente, en procura de un nuevo establecimiento, es al régimen, mientras la paradoja nos conduce a una oposición apelando al texto vigente como único instrumento para tratar de evitar el siguiente salto del poder hacia un nuevo “establecido” que le permita conservar todos los visos de un orden jurídico respetado.

En este cuarto de espejos deformantes en que se ha convertido la política venezolana - dónde unos se ven más gordos o más delgados conforme al elegido para mirarse- la política se hace incognoscible y no más que un mero señalamiento burlón -lo que no evita su sentido trágico- dónde las reacciones hormonales se confunden con severas tomas de posición. Aún así, la paradoja apunta a que quienes son conservadores hacen lo posible por conservar mientras parecen radicales dispuestos a tumbar a un gobierno y quienes se alegan revolucionarios se ahogan en falsas contradicciones sobre debilidad o radicalismo en su siguiente paso, no más que confusión propia del pecado de la ideologización exacerbada.

Una de las manifestaciones más obvias de los espejos deformantes fue convertir en ley el llamado “Plan de la Patria”. No entremos en supuestas violaciones constitucionales, pues si sigue el hilo de mi argumentación ello ya sería literalmente irrelevante. Implica, más bien, una autosatisfacción erótica, la fijación de un espejo. La otra “ruptura”,  la que vivimos estos días, de verbo encendido y disfraz de rebelión, algo así como la danza de los espejos que se intercambian.

Terminó el viejo uso de los espejos como reflejo fiel de la imagen de quien se le pone delante. Lo mataron los espejos deformantes de un circo asociológico. En esta república es mejor preguntarle a quien tenemos al lado cómo nos ve. Esto equivale a mirar la cultura política, el micromundo de los valores, a la experiencia cotidiana de la gente que la hace cuerpo social. También se le llama política.

tlopezmelendez@cantv.net 

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, ACTUALIDAD INTERNACIONAL, OPINIÓN, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, REPUBLICANISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA,ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

jueves, 9 de enero de 2014

JOSÉ FÉLIX DÍAZ BERMÚDEZ, PRIMERO LA REPÚBLICA...

Se observa en Venezuela la reiterada utilización de expresiones erradas y confusas sobre nuestra historia, conceptos y juicios emitidos sin rigor intelectual y autorizado fundamento a través de ideas aventadas ante la audiencia pública en contextos inapropiados, sin asumir la más elemental sindéresis, sin cuidar el efecto pernicioso que se produce en el país. 

Lo más grave, además, es el silencio con que se acepta el hecho por parte de quienes conocen lo inapropiado del mensaje, estando en la obligación de señalarlo, como corresponde hacerlo, en defensa de la verdad y de la razón, así como por la responsabilidad de proteger los valores del país tanto por mandato moral como constitucional.

Como parte de las apreciaciones con las se pretende interpretar a nuestra historia, ahora se señala la primacía del ejército frente a la República, como una especie de reconocimiento al sector militar cuando, por el contrario, el error le resta a su justo carácter y significación institucional en desmedro de la realidad histórica y de nuestra tradición republicana y civilista, que no es opuesta al reconocimiento de la digna actuación militar, cuando ello se justifica y más en aquellos episodios en los cuales han honrado con sus actos y ejemplo a la patria de los libertadores.

Acabamos de celebrar los 200 años de nuestra declaración de independencia y de la Constitución Federal de 1811, no como un hecho aislado de la Primera República sino como parte de un proceso histórico que dio origen a la misma, a sus principios, a sus instituciones,  a los derechos y deberes ciudadanos y al rol que en una sociedad libre corresponde a distintos sectores, entre ellos el militar.

La organización republicana que inspiró la revolución de independencia, su declaración, la Constitución Federal de 1811 y posteriores, la guerra misma a su favor hasta su definitivo reconocimiento internacional, fue un hecho sustancial en nuestra estructuración como país y cuyo basamento ideológico se manifestó en todos los actos constitutivos de la nación. Basta leer el Acta del 5 de julio de 1811 para apreciar cómo bajo su inspiración surgimos como: "estados libres, soberanos e independientes". La República encarnó entonces el reconocimiento de la soberanía popular, el carácter representativo del Gobierno, la significación de los poderes del Estado y de su necesaria división, la vigencia de los derechos del hombre, la libertad y la composición de una sociedad más democrática. Fue a favor de la República  -de sus derechos y determinaciones soberanas-, a quien el Supremo Poder Ejecutivo ordenó jurar en 1811 al sector militar: "reconocimiento y fidelidad..., cuyo acto solemne se hará públicamente, y a presencia del referido Gobernador militar y demás jefes de la guarnición".

De la misma manera, nuestra primera Constitución republicana fue categórica al definir la autoridad a quien correspondía dirigir: "las armas... y... las milicias nacionales" y la disciplina que debían observar: "en servicio de la Nación" y ejerciendo: "una exacta subordinación a la autoridad civil". Igualmente, los magistrados y oficiales del Gobierno fueron considerados: "meros agentes y representantes del pueblo", sin corresponder a: "ninguna porción o reunión de ciudadanos, ni ninguna corporación particular..., atribuirse la soberanía de la sociedad", lo cual indicaba los límites y evidenciaba la necesaria subordinación.

La validez de la República como entidad política fue defendida por el ejército libertador en los campos de batalla, para perpetuar sus principios y sus finalidades como expresión de sus más enaltecedoras realizaciones, y cuando en 1830 en Congreso Constituyente determinó la nueva organización de Venezuela, se decretó el 24 de septiembre de ese año el juramento que debía prestar: "la oficialidad y tropa... frente a las banderas de la República" en solemne acatamiento a la Constitución y al destino de grandeza y virtud que se pretendía para la nación.

Nuestra accidentada historia posterior, bajo el influyo del militarismo y el caudillismo, contradice el deber de lealtad a la República y atenta contra su plenitud como entidad política representativa de nuestros más elevados valores históricos y sociales que la han perpetuado desde nuestra independencia.

La República se estableció primero y el ejército la defendió después con sacrificio y con honor al valorar entonces el significado trascendente de la independencia y el sentido moral del patriotismo: "la observancia de las leyes, la defensa de los principios y de los derechos" como lo expresaba Sucre, lo cual constituía para él: "la buena causa, la causa de los pueblos, la de la patria...", ya que de otra manera se distorsionaba gravemente el deber, el carácter, la significación histórica de ella y de los hombres.

Jfd599@gmail.com

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

jueves, 8 de agosto de 2013

LUIS UGALDE, REFUNDACIÓN DE LA REPÚBLICA

La “refundación” de la República es un espejismo que atrae en estos tiempos de crisis pero al mismo tiempo es una de las ilusiones más funestas y destructivas. La gente agobiada por las carencias, frustrada por la ineptitud gubernamental y asqueada por la corrupción, quisiera borrarlo todo y amanecer de golpe en una República ideal, con cero lacras. 

Muchos “indignados” europeos, cargados de razón en su protesta, al preguntarles con qué van a sustituir la sociedad que repudian, proponen “que se vayan todos”, que renuncien los parlamentarios y gobernantes para zambullirnos en las aguas lustrales de una constituyente de la que el país salga limpio y nuevecito, como el pecador después de una confesión general. Por desgracia, la política no se mueve en mundos ideales, sino en sociedades enfermas a las que ninguna catarsis constituyente y refundadora logra sanarlas. Si corruptos e improductivos éramos ayer, así amaneceremos mañana. Luego de la ilusión, de los discursos incendiarios y de las promesas sin límites, las sociedades amanecen con la misma pobreza y defectos ciudadanos, políticos y empresariales. No es la Constitución la que está enferma en Venezuela, sino la sociedad. Muchas de nuestras 26 constituciones han sido impuestas por caudillos pícaros como trajes a su medida para ocultar las desnudeces de su ambición. Algunas, como la Bolivariana, son idealistas e inspiran una sociedad nueva libre de todo mal anterior. La dificultad está en hacerlas realidad.


Agoniza un ciclo de nuestra historia y estamos obligados a unir fuerzas y voluntades para sincerar al país enfermo con las causas de su enfermedad y encender la voluntad de poner juntos los remedios difíciles pero imprescindibles para construir una República sana y esperanzada. Por eso es un tiempo de peligrosas tentaciones políticas en el gobierno y en los opositores.

La impaciencia es la primera tentación. Que Maduro (o Chávez) se vaya. Porque estoy harto y “no aguanto más”. Pero las enfermedades no se curan con fáciles deseos, sino con un gran esfuerzo disciplinado por parte del enfermo,  bien guiado por el médico.

El infantilismo. Exijo desde mi casa que los dirigentes opositores saquen ya al gobierno y me sirvan el plato que hace tiempo les pedí. Si no lo hacen es porque esos líderes son unos cobardes y unos vendidos. Capriles tiene la culpa de no salir a la calle, ir hasta Miraflores y no regresar hasta sacar a Maduro. Por eso, ni Capriles ni nadie es digno de mis elevadas miras que son nada menos que la refundación de la República, inmediata, radical y completa.

También los verdaderos “revolucionarios” rechazan la tibieza de su Gobierno que todavía trata de salvar las apariencias democráticas, en lugar de cerrar el juego y tomar todo el poder para los soviets, es decir para el Partido. Tenemos todos los poderes (ejecutivo, legislativo, judicial, militar, policial, económico, comunicacional…); dejémonos de cuentos, y establezcamos de un golpe y de modo irreversible el “paraíso cubano”. Convirtamos a todo dirigente opositor en delincuente, que sólo merece un tiro, la cárcel o el exilio. ¿Qué hace Maduro que no procede?

Estos atajos hoy son una tentación en ambos lados, como lo fueron en el 2002. Pero no hay resultados sin duro trabajo político y el camino de Venezuela no es de amaneceres rosados a la medida de los deseos. Somos enfermos que debemos sincerar y extirpar enfermedades básicas como creer que:

1) Somos un país muy rico donde no hace falta ni producción, ni productividad, sino reparto; 

2) La política y el Estado son un botín para el que llega al poder y lo reparte entre los suyos sin escrúpulos morales;

3) La Constitución no es para defender también a los opositores, a las minorías y a los débiles, sino para legitimar su aplastamiento.

Por el contrario, el único camino es el democrático y el de los acuerdos comunes para la superación de la pobreza política, económica, educativa y moral… Hay que desintoxicar la sociedad venezolana y esto toma tiempo. No hay duda de que la Constitución requiere algunos cambios fundamentales, sobre todo para eliminar el contrabando totalitario que se metió por vía de la Habilitante pero no es la idea tapar la realidad por la ilusión constituyente de otro torneo de máximos. Lo primero que necesitamos es un nuevo liderazgo  en eficiencia y honestidad; para poder sentir que el gobierno, con su ejemplo y palabra, es nuevo de verdad y un guía exigente de cambio político, productivo y moral.

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

miércoles, 5 de junio de 2013

JOSÉ FÉLIX DÍAZ BERMÚDEZ , SALVAR A LA REPÚBLICA

La historia de nuestras luchas civiles por la implantación de la República y la preservación de sus valores de libertad, derecho y democracia, ha sido permanente, representativa de una auténtica voluntad política.

Cuando Bolívar escribió, al triunfar en Carabobo, para los hombres de su tiempo y el nuestro: "Ya, pues, sois libres..." expresaba el aparente fin de una agónica lucha que demandó inmensos sacrificios en una guerra cruel  y prolongada. "Ya, pues, sois libres..." y para así lograrlo, varias veces había caído la República, varias veces fue preciso restablecerla, derrota tras derrota, victoria tras victoria, hasta el último extremo de la determinación humana y patriótica. Difícil ha sido sostener los principios republicanos y detener los arrebatos de la fuerza, presente tantas veces en nuestra historia atentando contra  nuestros derechos.
El autoritarismo en el poder, opuesto a la praxis de una República, ha proclamado falsamente su nombre, mancillado su carácter, materializando de diversa manera su desconocimiento.
Los hechos autocráticos de Páez, de Monagas, de Julián Castro, de Guzmán Blanco, entre otros, agraviaron en diversos episodios la majestad de la República. Por su parte, Cipriano Castro, autócrata y dictador también, al triunfar su revolución restauradora, observó sin cumplir lo que Venezuela ha requerido desde el siglo XIX: "...restablecer el acatamiento de la ley, la veneración al hogar, el respeto a la propiedad, la práctica de los principios republicanos, la franqueza política, la tolerancia a todas las opiniones, la pulcritud fiscal y el progreso en todas sus manifestaciones...". Prometiendo que: "...depositados ya en los parques nacionales los elementos de la guerra confiados a nuestra lealtad, nos estrechemos las manos en fraternal congratulación de paz bendita y perdurable...", para así: "...apagar por siempre la hoguera de la anarquía, de tanta pasión innoble, causa eficientes de nuestro atraso en la marcha triunfal de la civilización...". Gómez, consecuencia suya, se encargó de destruir esos propósitos, imponiendo una infame dictadura que no ha sido la única.
No obstante que los déspotas aluden siempre a los principios republicanos, sus hechos son opuestos, evidencian en definitiva el carácter arbitrario y desconocedor de sus gobiernos.
La existencia de una República fundada en la soberanía, la libertad y la independencia, en la mejor administración de justicia, en el bien común, con verdaderos derechos y garantías políticas, en la unión y la convivencia nacional, en la presencia de un gobierno subordinado a la ley, responsable, popular, que asuma sus deberes y límites, respetuoso del federalismo y de la división de los poderes, forma parte de la esencia principista de nuestro sistema político desde su nacimiento en el año 1811.
No puede renunciarse en Venezuela a esos mandamientos, entre ellos, la libertad civil, la independencia política, la soberanía del pueblo, la existencia de la Representación Nacional, la preeminencia de la ley, la convivencia social... El sistema republicano es opuesto a cualquier forma de ejercicio del poder que desconozca sus principios, bajo todas las formas autocráticas contrarias a su esencia.
El centralismo, por ejemplo, avasalla nuestro carácter republicano, y más cuando desde la formación los Estados estos reivindicaron su autonomía y su relacionamiento entre iguales en el marco de la organización política. El municipio es el fundamento de nuestro sistema republicano y democrático, no solamente por su historia, sino por su sentido de ciudadanía que ella inspira, próxima a la democracia, fuente primaria de la soberanía.
La República representa además en Venezuela por su origen y significación, un hecho de profunda encarnadura democrática, ya que antes que alcanzar la libertad y la independencia erigimos el sagrado principio de la soberanía popular. Igualmente, nuestros primeros legisladores establecieron un sistema político que opuso todos obstáculos al ejercicio arbitrario del poder, inspirado en los derechos del hombre y del ciudadano, fundamentos del orden social en el mundo moderno.
Destruir a la República es atentar contra la base misma del patriotismo, la memoria de nuestros fundadores, magistrados y héroes, legisladores y ciudadanos. Por la creación de una República la patria combatió, enfrentó a sus tiranos, destruyó sus cadenas, sacrificó a sus hijos, erigió sus derechos. 
La República fue el mandato que ratificó la soberanía popular tan pronto fuimos independientes. Y cuando Miranda la vio destruir, sentenció firmemente: "... esta indolencia es criminal (...), es menester desterrarla para siempre de una sociedad de hombres que han jurado tantas veces ser libres o morir. Nadie, nadie, nadie debe dejar a cargo de otro el deber sagrado...", el deber sagrado que es la patria, que es al mismo tiempo la República, gobierno de la ley, el que hace imperar para todos los derechos de sus ciudadanos libres.
Jfd599@gmail.com

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

sábado, 20 de abril de 2013

JOSÉ MARÍA ROMERO MALETTI, IDONEIDAD PARA CONDUCIR LA REPÚBLICA, CENTRO SEGUNDA REPÚBLICA, CASO ARGENTINA

                 Todos los empleos políticos del país, sean elegidos por el pueblo, designados por el Poder Ejecutivo o por el Consejo de la Magistratura,  deben tener especificaciones exigentes, fijadas por ley, donde se detallen los requerimientos de idoneidad en formación, experiencia, antecedentes  y  valores  éticos y sociales de quienes pretendan ocuparlos. 
        
IDONEIDAD
Esto será válido cuando se postulen para  presidente o sean designados por éste para cubrir puestos de ministro, secretario o subsecretario, o para  legisladores o componentes del Consejo de la Magistratura, o jueces del Poder Judicial.    
         La propuesta, permitirá mantener el equilibrio entre los poderes del Estado,  ya que la ciudadanía podrá recurrir a la justicia, cuando alguien que no cumpla con tales requisitos, desee postularse, sea postulado para el cargo en cuestión o sea designado por amiguismo político. Asimismo, para los que estando en funciones, no cumplan sus deberes, violando el espíritu de la Constitución o sus normas.   
         El pueblo estará así protegido,  porque  toda elección que se haga consistirá  en elegir al mejor entre idóneos, y se limitará al presidente en su poder para elegir a sus colaboradores, cuando  no tenga en cuenta los requisitos de idoneidad señalados y por las mismas razones a los miembros del Consejo de la Magistratura, cuando decidan sobre el nombramiento de Jueces.
         Con ello, se habrá cumplido, por fin,  el Art. 16 de la Constitución Nacional, que exige, para ser “admisible en los empleos, la condición de idoneidad”.
         El Art. 31 de la CN, dispone “Esta Constitución, las leyes de la Nación que en su consecuencia se dicten por el Congreso (…) son la ley suprema de la Nación”.  Después de más de 150 años de vigencia de la Constitución, durante los cuales el país debió soportar a gobernantes carentes  de idoneidad, el Congreso aparece como incapaz para dictar la ley que reglamente el requisito de idoneidad de los funcionarios de los tres Poderes del Estado y del Consejo de la Magistratura. No es necesaria una reforma constitucional; sin embargo, solo se podrá dictar esta ley, si la  oposición obtiene la mayoría parlamentaria en las elecciones de octubre 2013, porque el actual gobierno no lo hará.
Ing. José María Romero Maletti
romeromaletti@gmail.com.ar
Centro Segunda República
segundarepublica@fibertel.com.ar

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,

sábado, 9 de febrero de 2013

GERMÁN CARRERA DAMAS, ¿DÁNDOLE EL TIRO DE GRACIA A LA REPÚBLICA?, 65º MENSAJE HISTÓRICO

         Los patriotas estamos consubstanciados con la República. Desde que éramos escolares primerizos se nos enseñó que el establecimiento de la República fue el objetivo perseguido por quienes lucharon por la independencia. El establecimiento de la República habría de significar el cese del despotismo, como lo proclama “la música que se toca cuando llega el Presidente de la República”…, como dijo cierta vez, en su crónica, un bienaventurado reportero. Pero el hecho es que los venezolanos siempre hemos asociado la República con el ejercicio de la libertad y con la erradicación del despotismo, en cualquiera de sus formas, abiertas o disimuladas.
         Cuando en la escuela se enseñaba Moral y cívica, -es decir antes de que seudo teóricos de la pedagogía impusieran el coctel, más ideológico que científico, denominado Sociales-, tal enseñanza representaba la generalización  de la que los fundadores de la República denominaron Constitución nacional, considerándola materia básica en la formación de los ciudadanos requeridos para la institucionalización de la República. Quienes recibimos esa formación, tildada de arcaica por los renovadores del pensum escolar, aprendimos, que la procurada República tenía rasgos distintivos que vinculaban la formación, el ejercicio y la finalidad del Poder público con el ejercicio de su fuente, única, irrenunciable e intransferible, que es la Soberanía popular; la cual era, a su vez, la concreción, en la decisión política de los ciudadanos, del dios de la República: la Soberanía nacional.
Debía transmitir esta enseñanza el mensaje clave de que la observancia de tal secuencia de principios y procedimientos habría de garantizar el disfrute de la libertad;  a la par de ser el escudo de la sociedad contra el retorno del despotismo con el cual fue identificada, estratégicamente, la primigenia condición colonial. Así lo proclama, a la seis de cada mañana, la letra que acompaña ….”la música que se toca cuando llega el Presidente de la República”…. ¿para anunciar que la República pretende seguir viviendo? ¿Para convocar a los ciudadanos a defenderla?
         Los venezolanos que, bien avenidos con la restauración, en 1814, de la Monarquía por el Comandante ¿popular? José Tomás Boves; -restauración consolidada por la presencia de un ejército expedicionarios ¿ya extranjero? comandado por el General Pablo Morillo-, rompieron la República de Colombia, moderna y liberal, quedando el naciente separatista Estado de Venezuela bajo el que ha devenido eterno tutelaje de los militares.
Comenzó entonces el cuestionamiento, en la práctica autocrática del Poder público, del binomio conformado por la Soberanía nacional y la Soberanía popular; binomio constitucional concebido para ser fundamento de un Estado republicano en el cual ese origen se expresaba en la básica diferenciación entre Estado y Gobierno. Siendo el Estado el resultado de la vigencia  conjugada de principios fundamentales, entre los cuales habrían de sobresalir la seguridad derivada del reinado del Estado de Derecho y la garantía de la libertad por la separación y autonomía de los poderes públicos que habrían de integrar tal Estado.  El Poder legislativo, hoy considerado la expresión genuina,-por nacer del voto directo, universal y secreto-, completa,- por obra de la representación proporcional-, y directa, -por no haber mediación válida entre el mandatario y el mandante,- de la Soberanía popular; y por lo mismo la fuente misma y plena del Poder público traducido en legislación. El Poder Ejecutivo, en funciones de Gobierno, es el encargado electivamente de promover y guardar la vigencia de la Soberanía popular así expresada; y el Poder Judicial, como rama delegada de la Soberanía popular encargada de velar por la salud de la República. A su vez, la salvaguarda de la Soberanía nacional es responsabilidad, competencia y deber del Estado como conjunto.
         Los constituyentes separatistas reunidos en Valencia en 1830 tuvieron que lidiar con el problema de la conexión entre la Soberanía nacional y la Soberanía popular, en el desempeño de la función legislativa. La alta conciencia que se tuvo de la necesidad de consolidar la independencia nacional condujo a la aprobación del artículo 80º constitucional, que consagra, de manera esencial y categórica, el principio de que “Los senadores y representantes tienen este carácter por la nación”…. Ello significaba que cada individuo investido de la Soberanía popular representaba la Nación, -no una porción de ella-, y por lo mismo la Soberanía nacional. No parece que resulte aventurado entender este mandato constitucional no sólo como el propósito de consolidar la Nación, sino también, -y sobre todo-, como el medio más eficaz de prevenir  que el despotismo levante la voz. Este criterio distintivo del Poder legislativo ¿ha dejado de regir la conducta de los representantes más inmediatos y legítimos de la Soberanía popular?
         Pero hay más: la condición de reunir la representación de la Soberanía popular con la de la Soberanía Nacional es un atributo individual, que iguala a los representantes de esa conjunción de soberanías en la hoy rebautizada Asamblea Nacional; entre quienes no cabe otra distinción que diferencias de funciones desempeñadas en el seno del Cuerpo que integran. ¿Cómo, entonces, puede osar quien presida ese Cuerpo amenazar con desconocer la alta representatividad de uno siquiera  de sus iguales? ¿Le autoriza, la función delegada transitoria que ha sido encargado de desempeñar, a reconocer o a desconocer la suprema potestad de representantes de las soberanías Popular y Nacional de que se hayan investido sus iguales?
         Quizás la explicación de este exabrupto radique en dos confusiones y en una arbitrariedad, padecidas por quienes han sido encargados por la Soberanía popular de velar por su vigencia.
Una de esas confusiones, -la más grave-, consiste en enajenarse como parte del Gobierno. 
En una República el Poder Legislativo no gobierna: genera el Poder público y por lo mismo tiene la más alta palabra sobre el mismo;  de allí el que debe ser celoso cumplimiento de su mandato. El hecho de que la directiva del cuerpo legislativo actúe como parte del Gobierno constituye un flagrante desacato de las soberanías Popular y Nacional.
La otra confusión consiste en que el Cuerpo legislativo reconozca en el Presidente de la República al Jefe del Estado. Históricamente puede concluirse que el propósito sociopolítico de la República ha sido precisamente erradicar tal noción, propia de la Monarquía absoluta. No parece razonable pensar que la directiva del Cuerpo representativo de la República pueda incurrir en tal transgresión en el ejercicio del mandato recibido de sus iguales.
Pero llegamos a la arbitrariedad. Su enunciado encabeza este mensaje.
german.carrera.damas@gmail.com

EL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA,CONTENIDO NOTICIOSO,