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miércoles, 23 de octubre de 2013

SAÚL GODOY GÓMEZ, LA DESTRUCCIÓN DEL ESPÍRITU DEL VENEZOLANO


Esta es la labor que se propuso el chavismo desde un comienzo; cuando Chávez llega a la presidencia de la República ya estaba acordado el uso de los mecanismos más perversos y odiosos para destruir nuestra alma, pervirtiendo sus principios y valores, para desestabilizar nuestra cordura, lo que significaba aplicar dispositivos de alteración de la mente a escala colectiva.

Esto era parte del plan de arrasar y destruir al capitalismo, de aplanar el mundo para construir la fantasía socialista anunciada en los discursos del entonces candidato Chávez.

Ya el famoso Psiquiatra Carl Jung, que había descubierto ciertos eventos de consecuencias colectivas, nos decía: “Somos acechados de una manera amenazante por guerras y revoluciones, que no son otra cosa que epidemias mentales. En cualquier momento unos millones de personas podrían ser poseídas por la locura, y nuestros líderes podrían precipitarnos en un baño de sangre de guerra y radioactividad… En vez de estar expuestos a animales salvajes, rocas que caen e inundaciones, el hombre está expuesto hoy a las fuerzas elementales de su propia mente.

La vida mental en un poder en el mundo que supera con creces los demás poderes de la tierra…”

¿Cuál es la manera que los ingenieros sociales y manipuladores de masas, inducen a la locura colectiva?

No es una pregunta especulativa, hay estudios y gente ocupada, desde hace mucho tiempo, en responderla, y con un efecto práctico, una enajenación colectiva principalmente para ganar guerras, conquistar pueblos y someter a los otros a los designios de un grupo.

Sun Tzu, en su obra El Arte de la Guerra, dejó por sentado, hace ya 2.500 años, que la manera más eficaz de ganar una guerra era justamente por medio de la derrota mental, sin disparar una sola flecha… corrompa usted un pueblo, elimine las posibilidades de defensa ante el absurdo, ataque sus hábitos diarios, su rutina, cambie la manera como les funciona el mundo y verá ese pueblo degradarse en animales salvajes. Ataque usted la cultura de un pueblo, disuélvala, contradígala, confúndala y muy pronto el grueso de la población entrará en un estado de psicosis muy peligrosa.

El estudioso de la historia de la cultura, Anthony Wallace, encontró en su extensa investigación que, en períodos de turbulencia social, cuando se producen cambios muy bruscos en una cultura, cuando bajo las nuevas condiciones las viejas respuestas no funcionan, los antiguos
métodos no se sostienen, cuando las maneras tradicionales de funcionar en sociedad dejan de prevalecer y los valores cultivados dejan de tener estima, todo eso lleva a la desmoralización, que resulta en estrés psicosomático, en un abuso de drogas y alcohol, en miedo, en paranoia, en enfermedades.

Cuando Adolfo Hitler era un muchacho y peleaba en las trincheras en la Primera Guerra Mundial, los psiquiatras estaban atentos a cómo el estrés y la conmoción del enfrentamiento armado afectaban la mente de los soldados, de estos estudios surgió un considerable material de cómo manipular el estrés de grandes grupos, de cómo disminuir sus efectos negativos o aumentarlos, una persona sometida a altos grados de estrés es fácilmente manipulable; imprímale intensidad al temor, y la gente responderá regresando a una etapa infantil donde se
inmoviliza por el miedo y se hace dócil.

Este conocimiento de cómo trabajar sobre la mente de los individuos, en los grandes grupos, se sistematizó, se experimentó con ella y se anotaron escrupulosamente sus resultados.

Cuando Hitler llegó al poder, Goebbles, su Ministro de Propaganda, ya tenía a disposición un material con qué trabajar al pueblo alemán, avasallándolo con burocracia, violencia y militarismo. Paralelamente, los genios de la propaganda y la manipulación mediática, como Will
Muzemberg que organizó para la dictadura de Stalin la propaganda internacional, y el psiquiatra Brigadier General John Rawlings Rees, director de la guerra psicológica británica, recopilaron sus conocimientos y aprovecharon la Segunda Guerra Mundial para hacer uso de ellos y profundizar en estos manejos, que luego usó Stalin en Rusia, en un gigantesco laboratorio humano, desarrollando las técnicas más oscuras del lavado de cerebros y dominación de masas, posteriormente se dieron los estudios sobre psicosis y esquizofrenia del Dr. Laing para comprender lo frágil que es la “normalidad”; de allí este conocimiento pasó a Cuba, donde fue incluido dentro del arsenal para colonizar pueblos y someterlos a la doctrina comunista.

En el capitalismo, todo servicio de inteligencia que se respete tiene por lo menos un departamento dedicado a las artes negras de la desinformación y la propaganda de guerra, los experimentos de institutos privados de investigación social con el colectivo no han parado, las universidades todavía estudian como reprogramar a la mente humana.

El chavismo ha utilizado de manera perversa, pública y notoria todas estas técnicas de manipulación en contra de la población venezolana, sus personeros se ufanan del poder mediático que han concentrado para sus procesos de indoctrinación y control mental, sus instituciones funcionan con expertos extranjeros en la confección de noticias, estadísticas, rumores, descalificaciones, matrices de opinión, líneas editoriales, censura, creación de tendencias, amenazas, manejo de la información con fines políticos.

Su fascinación con la fórmula de que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” es obvia.

Pero es allí, justamente, donde han fracasado, en la gestión de la información; el abuso de la amenaza y la manera como manipulan es tan burda que, la gente ya se pone en guardia ante sus avances; aún así, el daño ha sido inmenso, por medio del bombardeo constante de promesas de violencia, falsificación de la historia, del lenguaje ordinario, ataques a las instituciones fundamentales como la familia, la iglesia, la propiedad privada, provocando desabastecimientos, siniestros industriales y cortes de luz, arruinando al país, promoviendo la
impunidad y la corrupción, de esta manera han enfermado a la población de miedo, la han llenado de inseguridades, le han movido el piso a una parte importante de venezolanos.
Los grandes comunicadores del régimen, los inventores de la guerrilla comunicacional, de la guerra de cuarta generación, del poder popular, de darle voz a los que no la tienen, de la hegemonía comunicacional, ahora se les ocurrió dotar a los militares (pobres militares, los usan para todo) de una televisora y que para transmitir, por un canal abierto valores patrios a la población, tal aberración solo va a incrementar la manipulación y con una guerra psicológica aún más virulenta, pero esta vez, sin que pueda existir la crítica ni la repulsa a su contenido y presentación.

Atacar de esa manera a la población, es lo más cercano a una violación, violencia gratuita, subliminal desde la comodidad del poder, como lo hacen los cobardes


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miércoles, 23 de enero de 2013

NELSON ACOSTA ESPINOZA, RECICLAR EL ESPÍRITU DEL 23 DE ENERO, OBSERVATORIO VENEZOLANO DE LAS AUTONOMÍAS,

El 23 de enero del año 1958 es una fecha emblemática. Se celebra no tan solo la caída de una dictadura de diez años, sino, igualmente, el inicio de un proyecto político. El Pacto de Punto fijo proporcionó sustentabilidad a la democracia que se reiniciaba en ese año. Por primera vez en la historia del país, actores políticos, corporaciones privadas, la institución eclesiástica y el mundo sindical se acordaron en proporcionar apoyo a este proyecto democrático.
Este acuerdo se concretó en los siguientes puntos: defensa de la constitucionalidad y del derecho a gobernar conforme al resultado electoral; gobierno de unidad nacional. Esto es, considerar equitativamente a todos partidos firmantes y otros elementos de la sociedad en la formación del gabinete ejecutivo del partido ganador y programa de gobierno mínimo común. Los firmantes fueron los representantes de Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el partido Social Cristiano COPEI. Desde luego, este compromiso político se acompañó con un proyecto económico y de desarrollo que giraría en torno a la creación de una industria sustitutiva de importaciones, expansión de la educación y salubridad pública y creación de polos de desarrollo.
Forma parte del conocimiento común el hecho del agotamiento de este acuerdo y sus perversiones que dieron inicio a la crisis de gobernabilidad que aún padecemos. No vamos a insistir sobre este punto. Si vale la pena resaltar un aspecto. En esos años se consolidó una cultura política democrática que ha servido de contrafuerte y ha resistido empujes autoritarios de distinto signos.
En la actualidad el mundo político se encuentra polarizado. Dos acuerdos expresan esta dicotomía: Polo Patriótico y Mesa de la Unidad Democrática. Extremos mutuamente excluyentes que practican con fervor lo que he denominado endogamia política. Esta práctica es sumamente peligrosa. Primero, amenaza los esquemas de convivencia social y achica los espacios comunes y necesarios para la negociación y resolución de los conflictos presentes en la sociedad. Segundo, el no reconocimiento del otro en cualquier direccionalidad, es una práctica antidemocrática y abre caminos para la profundización de los mecanismos autoritarios. Vencer estas mañas endogámicas y salir al encuentro del otro debería constituir punto de partida en la búsqueda de un acuerdo nacional.
Esta nueva celebración, entonces, debería dar pie para la formulación de un nuevo arreglo. Desde luego, para ser exitoso, deberá trascender los intereses electorales y las mañas endogámicas. Estamos hablando de un nuevo relato político que pueda interpelar a toda la población y que ajuste cuentas definitivas con el centralismo asfixiante que caracterizó a la llamada IV República y con ese nuevo centralismo comunal que intenta implantar el gobierno bolivariano.
Dos términos definen esta urgencia: reconciliación y compromiso histórico. El primero, lo interpretamos como la necesidad de reconciliarse con la diversidad cultural que constituye el país. Esta tarea no debe concebirse exclusivamente entre actores políticos. Es necesario tomar nota de las particularidades culturales que definen nuestras identidades regionales. En fin, este discurso político debe federalizarse.
El segundo, debe servir para crear una plataforma que propicie la despolarización. Hacer esfuerzo imaginativos para ubicar temas de interés común que puedan dar inicio al deshielo político. En otras palabras, rescatar el espíritu del 23 de enero implica transitar sobre estas sendas señaladas. No es tarea fácil, nunca la ha sido. Sin embargo, los tiempos por venir se muestran proclives para reciclar el espíritu del 23 de enero de 1958.
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