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viernes, 22 de junio de 2012

ANIBAL ROMERO, VARGAS LLOSA Y EUROPA

En un artículo reciente, titulado ¿Por qué Grecia?, Mario Vargas Llosa vinculó la actual situación de ese país con su pasado, recordando la contribución griega a la civilización occidental. El escritor destacó el aporte de los griegos durante los cien años de florecimiento creador conocidos como el siglo de Pericles, mencionando, entre otras figuras de la antigüedad griega, a Tucídides. El propósito de su artículo fue promover la permanencia de Grecia en la Unión Europea, y sostener que “Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone”.
Vargas Llosa pasó por alto un punto fundamental: Lo que narró Tucídides en su monumental Historia de la guerra del Peloponeso fue precisamente el devastador conflicto de tres décadas que acabó con buena parte de lo construido durante el siglo de Pericles, incluida la propia democracia ateniense, abriendo las puertas a tiempos de decadencia. El caos de esa guerra tuvo sus raíces en la miopía y arrogancia de las élites políticas atenienses, que terminaron por hundirse arrastrando consigo una era de progreso y libertad.
Lo anterior viene a cuento pues lo que hoy contemplamos en Europa, en medio de un desconcierto creciente, es un proceso de desintegración que se aproxima a un desenlace casi inexorable, empujado por la ceguera de élites que se aferran a un sueño fracasado y se niegan a reconocerlo. El sueño se llama el Euro y el autoengaño se centra en la incapacidad para admitir un error fatal.
La agonía europea demuestra que aseverar, como lo hacen tantos demagogos, que “el Euro es irreversible” es una fatua pretensión, que pone de manifiesto ignorancia de la historia e inconcebible soberbia. No hay nada irreversible en los asuntos humanos. El Imperio Romano duró siglos pero fue “reversible”, así como el reinado de los faraones y de los Zares. Es absurdo hacer afirmaciones como “la revolución es irreversible”; hasta la rusa lo fue, y la china, y lo será la cubana, e igualmente el esperpento de “revolución” venezolana.
Lo que hace particularmente trágico el caso europeo es que el coro demagógico siga exigiendo a Alemania, que está también expuesta con millardos de Euros al contagio de la crisis, millardos aportados a los fondos de ayuda de los países más enfermos, que se eche encima las deudas de  los pantanos insondables en que se han convertido las economías de naciones como Grecia, España, Italia y Portugal, entre otras. Una Europa asfixiada por su frivolidad e imprevisión se ahoga en deudas impagables, e intenta responsabilizar a una Alemania que no escapa a una situación que ya no tiene remedio en el marco del sueño y que empeora con el paso del tiempo. En medio de la farsa, la primera acción de Francois Hollande ha sido revertir la única reforma positiva de Sarkozy, y establecer de nuevo la edad de jubilación en Francia en 60 en lugar de 62 años. Quiere además seguir “creciendo” con más deudas. ¡Y aun así espera que los alemanes le financien!
Este espectáculo insensato tiene paralelos en el transcurso histórico, pero hoy, debido a la interconexión de las economías, amenaza con reventar la represa y provocar una inundación global. Una salida futura a la crisis exigirá corregir los principios y prácticas de los anacrónicos Estados de Bienestar socialdemócratas, cuya obvia bancarrota ya no puede ocultarse, para restaurar la economía sobre bases de equilibrio que detengan el ciclo infernal del endeudamiento. Ello implicará una todavía mayor reducción de los niveles de vida en buena parte del mundo.
aromeroarticulos1@yahoo.com

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jueves, 29 de marzo de 2012

JOSE LUIS MACHINEA: LA VERDAD SOBRE LA CRISIS EUROPEA

La Nación - 28-Mar-12 - Opinión

http://www.lanacion.com.ar/1460157-la-verdad-sobre-la-crisis-de-europa

¿El fin de un modelo de desarrollo?
La verdad sobre la crisis de Europa

por José Luis Machinea

ESTADO DE BIENESTAR O ESTADO DE MAL ESTAR
Las crisis económicas y los debates acerca de sus orígenes nos han acompañado durante décadas y aun siglos. Por eso no es de extrañar que ese debate vuelva a instalarse en relación con la actual crisis europea, la principal amenaza para la recuperación de la economía mundial.

Si bien las crisis suelen reconocer causas de distinto tipo, hay una tendencia a aprovechar su surgimiento para proponer reformas que en situaciones de normalidad son difíciles de realizar. La situación de inestabilidad que atraviesa Europa no ha sido inmune al intento de encontrar en cada crisis una falla del modelo de desarrollo y, por ende, de plantear grandes cambios estructurales. Por cierto, este diagnóstico no ha sido siempre acertado, por lo que antes de enfocarme en Europa quisiera ilustrar la relevancia de estos factores estructurales en dos crisis previas, la de la década de 1980 en América latina y la de varios países asiáticos en la segunda mitad de la década de 1990.

Durante los años 80, América latina tuvo una disminución de su producto por habitante del 8% y un fuerte aumento de la cantidad de pobres (80 millones de personas), por lo que no es de extrañar que se la reconozca como la "década perdida", un calificativo que no se aplica a todos los ámbitos, dado que ésa fue la década del restablecimiento de la democracia en varios países de la región. Se trató de un período caracterizado por la crisis de la deuda, que había aumentado al calor de la abundancia de capitales de la segunda mitad de los 70. En algunos casos el aumento de la deuda pública se originó en crisis financieras que culminaron en una gran estatización de la deuda privada. Si bien se podría argumentar sobre los errores macroeconómicos de ese período, más evidentes en los países del Cono Sur y en Brasil, el excesivo endeudamiento y la falta de crecimiento se explican básicamente por el escaso dinamismo que mostraba a mediados de los años 70 el modelo previo de industrialización sustitutiva de importaciones impulsado por el Estado. Ese modelo tuvo sus años de gloria, en especial en algunos países de la región como México y Brasil, pero ya hacía un tiempo que venía mostrando signos de fatiga.

Podemos decir, entonces, que si las causas de las crisis se clasificaran en macroeconómicas y estructurales, entendiendo por estas últimas aquellas vinculadas con el modelo de desarrollo, las causas de la crisis de los años 80, con una gran heterogeneidad entre países, fueron en su mayor parte estructurales. Desafortunadamente, la idea algo simplista de creer que si algo funciona mal se debe hacer todo lo contrario fue responsable de propuestas desacertadas y de las crisis posteriores.

En cierta medida, y sin querer comparar situaciones económicas y políticas muy distintas entre sí, un caso extremo de "crisis del modelo" se dio en la ex URSS a comienzos de los años 90. Ahí también se observó un agotamiento del modelo, seguido de cambios radicales, muchas veces equivocados, para superarlo.

La otra crisis que dio lugar a largas discusiones sobre sus orígenes y, por lo tanto, respecto de las soluciones, fue la que afectó a varios países asiáticos en 1997-98. Organismos internacionales, analistas y políticos argumentaron que se estaba en presencia del agotamiento de una estrategia de crecimiento basada en una fuerte presencia del Estado, la cual había generado una mala asignación de recursos al priorizar, con distintos incentivos, ciertos sectores y mercados. Esas políticas públicas habrían generado una corrupción que las tornaba aún más ineficientes. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en América latina durante los 80, los hechos mostraron que el agotamiento del modelo no era tal. La explicación de la crisis estaba relacionada más bien con un elevado déficit en cuenta corriente y un excesivo endeudamiento de corto plazo en moneda extranjera, en ambos casos generados básicamente por el sector privado en un contexto de fuertes aumentos en los precios del mercado inmobiliario y de apreciación cambiaria. ¿Esto implica que estaba todo bien en términos del modelo de crecimiento? Definitivamente, no; había cuestiones que corregir, pero se estaba lejos, como mostraron los años posteriores, de una crisis terminal de la estrategia de acumulación que había generado un espectacular crecimiento de esos países. En síntesis, en este caso, pareciera que los problemas macroeconómicos fueron más relevantes que los estructurales para explicar la crisis.

Llegando ahora al tema de Europa, hay explicaciones, como ocurriera en Asia, que remiten a factores estructurales, en particular el agotamiento del modelo de bienestar y el "insostenible" tamaño del sector público. Pero ¿puede ser insostenible la presencia del Estado cuando los países del norte de Europa, con la mayor presión tributaria del mundo, hace años que aparecen en los primeros lugares del ranking sobre competitividad y, en especial, por su capacidad innovadora? ¿Se puede desconocer que Europa, con una cierta heterogeneidad entre países, ha sido un ejemplo en términos de equidad, entre otras cosas con la mejor distribución del ingreso del mundo? ¿Se puede argumentar que la crisis se debe a un excesivo gasto público en países como España e Irlanda, que tenían en 2008 una deuda pública que estaba entre las más bajas de Europa? Pareciera más razonable buscar las razones de la crisis de la zona euro en una prematura adopción de una moneda común, sin mecanismos fiscales de compensación y, en el caso de los países del Mediterráneo e Irlanda, en un excesivo nivel de gasto -público y privado- que generó una exagerada dependencia del ahorro externo, o sea, un elevado déficit en cuenta corriente.

Eso nos lleva a dos reflexiones finales. Por un lado, si bien digerir los excesos que no se supo controlar en tiempo y forma llevará tiempo, la situación actual requiere que mientras se toman medidas para mejorar la competitividad y la deficiente estructura institucional, esenciales para reducir el riesgo de crisis futuras, se adopten decisiones que permitan disminuir la incertidumbre y, con ello, evitar la continua caída de la demanda.

Poco se ha avanzado en este terreno, más allá de que el cambio en la presidencia del Banco Central Europeo ha permitido ganar tiempo y evitar el colapso bancario y de la deuda soberana de varios países. Tampoco se logran avances con una reestructuración insuficiente de la deuda griega que sólo posterga las soluciones permanentes y genera dudas sobre si Alemania, el indiscutible líder económico y político de la región, tiene alguna otra propuesta más allá de pedir más reformas estructurales y más ajuste fiscal. Sin duda, ciertas reformas son necesarias y en algunos casos se requiere reducir el déficit fiscal, pero se debe ser consciente de que en esta coyuntura lo urgente es reducir la incertidumbre de inversores y consumidores, algo que sólo se logrará con una decisión clara, apoyada con recursos suficientes, en relación con las deudas soberanas que se reestructurarán y de aquellas que serán respaldadas por la eurozona.

Por el otro, no responsabilizar al Estado de bienestar de los males de Europa no significa ignorar la existencia de problemas de los sistemas de protección social o de rigideces en la estructura económica que afectan la competitividad de algunos países. Pero sería un error proponer cambiar el modelo de inclusión y de protección social europeo, que ha sido durante décadas un ejemplo para el mundo. Por el contrario, los cambios que se hagan deben preservar los principios de cohesión social, indispensables para combatir el aumento de las desigualdades que, junto con las oportunidades, acompañan a la globalización.

Este es un reenvío de un mensaje de "Tábano Informa"



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jueves, 23 de febrero de 2012

ZENAIR BRITO CABALLERO CRISIS ECONÓMICA Y CRISIS DE VALORES

En nuestros países del tercer mundo, donde no existe la abundancia de bienes al alcance de la mayoría, el hablar de crisis financiera no es un engaño. Después de todo, en nuestros países vivimos de crisis en crisis y ya nos hemos hecho inmunes a las privaciones. 
Apretarnos el cinturón no es drama para nosotros, porque la gran mayoría ya aprendimos a vivir con algo menos, a conducir un carro viejo o a tener que trabajar más para ganar menos. Y digo esto pensando en quienes aún tenemos la suerte o la habilidad o la ayuda oportuna de poseer algo que nos ayude a ser más felices: un apartamento decente en una buena urbanización, lo necesario para nuestros hijos y no sufrir la zozobra de tener que pensar cómo conseguir llegar a fin de mes. 
Por supuesto que para los pobres, la crisis financiera no les hace la más mínima mella, ya que sus problemas son otros y se han acostumbrado a saber vivir y disfrutar lo poco que tienen, siendo, probablemente, más felices que muchos ricos, que piensan que ya no podrán cambiar de carro nuevo todos los años, salir a comer al restaurantes todos los fines de semana o tener o alquilar un hospedaje en un hotel de lujo durante un mes todos las vacaciones de agosto. 

En realidad, lo que debe preocuparnos antes que la crisis financiera, es la crisis de valores en la cual se está sumergiendo precipitadamente nuestra sociedad venezolana. Y esa crisis ya no afecta solamente a las poblaciones de países desarrollados, sino que está progresivamente apoderándose de toda la sociedad occidental. 
¿Es que ya está llegando el fin de nuestra civilización, como ha llegado el fin de otras, como la griega, la romana, la feudal? ¿Será que ya dejarán de funcionar nuestros sistemas de gobierno?  Si así es, será debido a la crisis de valores, que es mucho más grave que la financiera o económica, aún en un mundo donde todo o casi todo se mide con el dinero. Y es en este punto donde comienzan todos los problemas. “Empezamos por apreciar y desear al becerro de oro, seguidamente comenzamos a adorarlo y finalmente terminamos por adorar al oro del becerro”. Todo lo que comienza siendo bueno con prudencia, termina siendo malo en los excesos, porque “el dinero no es un fin, sino sólo un medio para alcanzar cosas más importantes en la vida”, como decía Aristóteles. 
La economía y el capitalismo son instrumentos que generan riqueza y bienestar para muchos, pero no deben confundirse con valores. Los valores y las leyes de una sociedad democrática deben ser quienes gobiernan a estos instrumentos, de lo contrario son ellos quienes gobernarán a la sociedad. 
Así es que hoy los europeos y norteamericanos, luego de una era de riqueza, de consumismo y de opulencia, se encuentran desconcertados ante una crisis financiera y se tornan violentos, agitadores y insensatos, porque no saben qué hacer. Ni sus gobernantes tampoco. 
Ellos no saben, ni nosotros tampoco aunque lo intuimos, que la solución está en fomentar la honradez, la educación y el orgullo por el trabajo bien hecho, la sobriedad y saber disfrutar de lo bueno que nos da la vida, aunque sea menos, aunque sea poco. Y todo esto sin excesos para que lo bueno no se convierta en malo. 
Nada en exceso, todo con mesura. Las virtudes que honran al hombre se convierten en vicios si no tienen medida. Mucho más de lo bueno no siempre es mejor y puede llegar a ser malo. Como ejemplo podemos tomar la ambición, que puede ser una virtud para hacernos más trabajadores, más exigentes con nosotros mismos, más prósperos, pero puede convertirse en codicia al exagerarla. Y así un sentimiento religioso puede pasar al fanatismo, el poder de mando o liderazgo convertirse en soberbia o autoritarismo, el sano deporte competitivo en violencia, muerte y destrucción.
britozenair@gmail.com

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lunes, 6 de febrero de 2012

ORLANDO J. FERRERES. ¿CRISIS FINAL DEL CAPITALISMO? (DESDE ARGENTINA)

Puede ser que no nos guste el capitalismo, pero es el único sistema que obtiene resultados económicos espectaculares allí donde se aplica. Tiene mala prensa, especialmente entre los intelectuales, los que ponen el acento en sus problemas más que en sus logros.

En estos momentos se está viviendo una crisis del capitalismo europeo, americano y japonés. Podríamos decir, una crisis del capitalismo geriátrico, en especial el europeo, rico pero anquilosado y con un Estado que allí debe ocuparse de la felicidad de todos: sólo trabajar 35 horas por semana, jubilarse antes de los 60 años y vivir de los demás hasta los 85 o 100 años. Inicialmente, altos impuestos para que el Estado después les de a cada uno lo mismo que les sacó, pero redistribuyéndolo hacia los que no lo produjeron. Para evitar quejas, en otra etapa, gran incremento del gasto público, primero cubierto con altos impuestos y después, cuando éstos llegan a un límite intolerable, recurriendo al incremento de la deuda pública, traspasando los límites de lo razonable ya sea colocando bonos soberanos o tomando crédito de los bancos.

Los bancos han colaborado con este sistema actuando como agentes de los gobiernos para vender su deuda al público o, con su falta de separación entre banca de inversión y banca comercial, colocando dinero del público en papeles de riesgoso recupero, pero papeles bien calificados por las agencias de rating, que luego éstas mismas degradarán cuando ya no sea posible salir del bono y cualquier profano note que esa inversión no será recuperable.

Todos aquellos que han comprado bonos de algunos países europeos se sienten como cuando uno llega al aeropuerto y allí se entera de que se ha sobrevendido el avión y muchos tendrán que quedarse esperando. La indignación puede ser grande, pero la situación no tiene remedio. Hay que esperar y perder. La cantidad de depósitos bancarios y bonos privados y públicos más los demás instrumentos financieros son muchísimo más grandes que la cantidad de los bienes reales disponibles. El sistema está sobrevendido, incluso mucho más de lo que las normas de Basilea II o III permiten, que es alrededor de 10 veces el capital de una entidad de crédito. Los que administran los sistemas financieros los dejan hacer esto, que es rifar las entidades financieras, bajo el supuesto de que todo el mundo que ahorra va seguir ahorrando en el futuro.

¿Qué pasa cuando todo el mundo duda de que le puedan devolver su ahorro con la misma capacidad de comprar cosas reales (no contabilidad) que tenía al inicio más algo adicional por esperar para realizar su consumo o su inversión real? Es lo que está pasando ahora con el capitalismo financiero que tendrá que remodelarse para seguir siendo creíble. El intento de seguir como "aquí no pasó nada" que intentan los bancos, fondos, hedged funds y demás no es viable, pero lo están intentando, quieren seguir con el juego de suma cero. Lo que pasa es que aún no se sabe cuál será el plan de negocios futuro de un banco o entidad financiera grande, así que intentan lo mismo, pero no funciona. Ellos mismos no pueden cambiar si no es con una crisis, que sería evitable si se pudiera razonar a tiempo de otra manera.

¿Donde está la fuente o razón ultima de este funcionamiento? Hay más de una razón, pero la principal está en que no es viable el capitalismo estatista de la Economía del Bienestar, principalmente europea, (aunque últimamente también impulsada por amplios sectores de la política americana).

El exceso de gasto público va burocratizando el sistema productivo que se vuelve anquilosado y no competitivo, no responde al no tener incentivos adecuados. En una situación así, las entidades financieras prefieren prestarle al Estado o actuar como agentes colocadores de bonos del Estado del Bienestar, bien calificados por las agencias de rating (la calificación de las empresas privadas o bancos siempre es menor que la de la deuda soberana del país en el que actúan). Pero llega un momento en que el Estado de Bienestar no puede devolver el dinero o pagar los bonos, y es degradado ahora, tarde, por las agencias de rating, con lo que el mecanismo llega a su fin de una manera caótica. Esto ocurre porque el sistema financiero no tiene límites bien establecidos de antemano que le impidan prestar antes de llegar a la cesación de pagos del Estado Benefactor financiado con deudas.

Esta no es, entonces, una crisis final del capitalismo como algunos autores la han titulado, sino de algunos excesos de ese sistema en países principalmente desarrollados. Crisis en lo que menos tiene el sistema de capitalista ya que es por un exceso de estatismo, por exceso del Estado del Bienestar.

La crisis final del capitalismo fue profetizada muchas veces por diversos autores, entre los que se destaca Karl Marx, según el cual la crisis se generaría por la revolución de la masa de desocupados que para él era creciente en este sistema, pero que nunca se produjo. También, posteriormente, profetizó lo mismo Lenin, en "El Imperialismo, etapa superior del Capitalismo", que al ver que no ocurrían las predicciones "del profeta de la justicia sin ternura", lo corrigió poniendo el énfasis en la plusvalía financiera, que al no poder aplicarse a ninguna producción, generaría en algún momento una crisis total del sistema. La única crisis final en los últimos 200 años fue la del sistema ideado por el marxismo-leninismo, con base en Rusia, la Unión de Republicas Socialistas Soviéticas, el comunismo, que colapsó en 1989. En cambio los chinos, que son "comunistas políticamente" pero pragmáticos, adoptaron el capitalismo como sistema económico y están creciendo a "tasas chinas" del 9-10% anual en los últimos 35 años. Los actuales seguidores del marxismo-leninismo o sus variantes ideológicas, que son muchas, ven o desean ver una crisis final del capitalismo en las dificultades del sistema que ocurren con cierta regularidad. Esta crisis final no solo no ocurre, sino que esas fluctuaciones mejoran el funcionamiento práctico del capitalismo.

Desde que hay estudios sistemáticos de las crisis del capitalismo, desde 1620 hasta ahora, se registran 40 crisis, según Charles Kindledberger. Esto significa una crisis, de mayor a menor magnitud, cada 10 años. Ese es el periodo en que el sistema se depura de los excesos de los agentes económicos o financieros, excesos generalmente originados en fallas de los Estados, o por gastos públicos insostenibles financiados con deudas, o por falta de control de una regulación adecuada cumplible.

Puede ser que no nos guste el capitalismo, pero es el único sistema que obtiene resultados económicos espectaculares allí donde se aplica. Tiene mala prensa, especialmente entre los intelectuales, los que ponen el acento en sus problemas más que en sus logros. Pero es el sistema que te permite, por ejemplo, iniciar tus proyectos en un modesto garage y llegar a cambiar el mundo al cabo de pocos años, como fue el caso de Bill Gates. En el sistema opuesto, eso lo tendría que haber hecho el Estado y no cualquiera de nosotros que tuviera una idea e intentara desarrollarla, bien, regular o mal. Nosotros los argentinos no creemos mayormente en la libertad del capitalismo y preferimos el estatismo (que permite negocios para los amigos), a pesar de los resultados de largo plazo que están a la vista. Tenemos que ver mejor lo que más nos conviene.

http://www.lanacion.com.ar/1446372-crisis-final-del-capitalismo
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domingo, 29 de enero de 2012

MARCELO CASTRO CORBAT INEVITABLE FRACASO DEL ESTADO DE BIENESTAR

La crisis de varios países europeos es un efecto no deseado del mejoramiento del bienestar social producido por las últimas décadas de prosperidad mundial.  Creó la ilusión del progreso permanente: estimuló el consumo y el gasto pagadero a futuro, despreciando los valores humanos del ahorro, el trabajo y el esfuerzo. La sociedad creyó la ficción de poder organizar el Estado de Bienestar para  cubrir todas las necesidades de toda la población.
¿Que paso? Creció el gasto estatal, el derroche y la corrupción.  Para pagarlos se subieron los  impuestos a la población; cuando no alcanzaron, los Gobiernos endeudaron al país; cuando se cortó el crédito internacional no pudieron pagar los vencimientos; la economía se contrajo, aparecieron la  crisis, la desocupación y los conflictos sociales y desapareció la quimera del Estado de Bienestar.
Además de los europeos, hay otros países que están en crisis o al borde.
USA  sigue aumentando su  sideral deuda; si desapareciera la confianza que la sostiene, los efectos de la crisis serian impredecibles.
El fracaso del Estado de Bienestar es una noticia anunciada. La sociedad o los individuos no pueden gastar más de lo que producen;- el Estado no produce: gasta políticamente lo que produce la sociedad, o la endeuda.
Fuente: Centro Segunda República

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miércoles, 25 de enero de 2012

PEDRO S. LIMIÑANA: MÁS ALLÁ DEL ESTADO DE BIENESTAR (DESDE TENERIFE. ESPAÑA)

Pero a raíz del desmoronamiento del socialismo real, el pacto se ha ido deteriorando progresivamente hasta llegar a nuestros días en los que parece definitivamente roto, a la luz de los ataques del capital, los mercados se dice ahora, a un ya de por sí maltrecho Estado de bienestar que para muchos empieza ya a ser simplemente un Estado de estar, cuando no de malestar.
Quienes militan a favor de la causa del pensamiento liberal conservador, o sencillamente neoconservador, han encontrado en la crisis el mejor argumento para atacar al Estado de bienestar, pues ahora más que nunca éste se muestra inviable, dicen, por no ser económicamente sostenible. Esta corriente del liberalismo se halla representada políticamente en España en las filas del Partido Popular, donde, como se sabe, también tienen cabida otros conservadores que nada tienen de liberales. Pese a todo, y aunque la derecha nunca vio con buenos ojos la concepción social del Estado, esas son cosas de socialdemócratas cuando no de comunistas disfrazados, lo cierto es que siquiera sea por motivos electoralistas, es lo que tiene la democracia, la reivindicación del Estado de bienestar está incrustada en el discurso de prácticamente todas los partidos políticos, incluido el PP, instalado en el Gobierno desde el pasado mes de diciembre.
El tan celebrado y defendido teóricamente como denostado en la práctica Estado de bienestar surgió en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, fruto del pacto llevado a cabo entre liberales y socialdemócratas: mientras los primeros renunciaron al Estado mínimo y reconocieron que el Estado debe garantizar no sólo los derechos civiles y políticos sino también los económicos, sociales y culturales, los segundos renunciaron al marxismo y con ello a llevar a cabo la gran transformación y la construcción de la utopía socialista. El resultado fue la proliferación de una gran clase media que durante años ha servido de colchón amortiguador de los conflictos sociales y por ende de garante de la paz social, así como la consolidación del Estado social y democrático de derecho, el cual constituye la forma más desarrollada de la democracia representativa.
Pero a raíz del desmoronamiento del socialismo real, el pacto se ha ido deteriorando progresivamente hasta llegar a nuestros días en los que parece definitivamente roto, a la luz de los ataques del capital, los mercados se dice ahora, a un ya de por sí maltrecho Estado de bienestar que para muchos empieza ya a ser simplemente un Estado de estar, cuando no de malestar.
Ahora que el Estado de bienestar agoniza, quizás sea el momento de plantearnos si éste representa el modelo de sociedad que queremos. Pues no debemos olvidar que ni tan siquiera en los años de su máximo esplendor, el Estado de bienestar arremetió nunca contra las grandes desigualdades sociales, pues entre sus objetivos no se contaba el de erradicar las diferencias extremas en lo que a la distribución de la riqueza se refiere, sino sólo garantizar el acceso a todos los ciudadanos a una mínimas condiciones materiales de vida y a unos servicios sociales básicos. Así las cosas, se me antoja que si no queremos renunciar a la búsqueda de la justicia, debiéramos reivindicar un tipo de sociedad que vaya más allá del Estado de bienestar, que apunte a la distribución igualitaria de la riqueza y del poder y que, en suma, se oriente hacia la realización del comunismo libertario.

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