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LA LIBERTAD, SANCHO, ES UNO DE LOS MÁS PRECIOSOS DONES QUE A LOS HOMBRES DIERON LOS CIELOS; CON ELLA NO PUEDEN IGUALARSE LOS TESOROS QUE ENCIERRAN LA TIERRA Y EL MAR: POR LA LIBERTAD, ASÍ COMO POR LA HONRA, SE PUEDE Y DEBE AVENTURAR LA VIDA. (MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA) ¡VENEZUELA SOMOS TODOS! NO DEFENDEMOS POSICIONES PARTIDISTAS. ESTAMOS CON LA AUTENTICA UNIDAD DE LA ALTERNATIVA DEMOCRATICA
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martes, 30 de diciembre de 2014

PAULINA GAMUS, "RELATOS SALVAJES",

PAULINA GAMUS
EL ÉXITO DE UNA PELÍCULA QUE TIENE LA VIOLENCIA COMO HILO CONDUCTOR

Ha sido hasta ahora la película más taquillera en la historia del cine argentino. Aclamada en el Festival de Cannes es también candidata al Oscar como mejor película en lengua no inglesa. La revista Time la ha seleccionado como una de las diez mejores películas de 2014. ¿Por qué tanto éxito de una película que tiene la violencia como hilo conductor en sus distintas historias? Quizá porque logra tratar con humor, aunque sea negrísimo, la rabia y su consecuencia inmediata: la venganza, dos sentimientos que están presentes en todo ser humano y que depende de cada quien y de sus circunstancias saber manejar.

Relatos Salvajes ha llegado al público cinéfilo en un año signado por el horror y la impiedad. De algún lugar del infierno llegó un grupo de fanáticos llamado EI o IS, según se trate de español o inglés, que se solaza en filmar y difundir sus decapitaciones y asesinatos colectivos. Antes de eso y ya desde atrás, la guerra civil en Siria con sus más de 200.000 muertos e incontables desplazados, el fanatismo yihadista en Pakistán que causa la muerte de más de 100 niños de una escuela y los actos terroristas en Afganistán e Irak también con su secuela de civiles masacrados.

México fue y sigue siendo una noticia que avergüenza: 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en Iguala, Estado de Guerrero, fueron asesinados por un acto de complicidad entre policías y bandas de narcotraficantes. Y no es el único crimen masivo que ocurre en ese país en circunstancias similares.

En Venezuela, en el mes de abril, 42 personas murieron asesinadas a balazos por militares y grupos paramilitares afectos al gobierno por manifestarse en contra del régimen de Nicolás Maduro. En noviembre más de 50 presos de la cárcel de Uribana en el estado Lara murieron envenenados muy probablemente por los guardianes del penal. La verdad nunca se sabrá, al menos mientras gobierne el chavomadurismo. Poco importa la vida de unos presos, por lo general pobres, en un país que en 2013 registró 25.000 asesinatos, en su mayoría impunes. Se estima que al cierre de 2014 se supere esta cifra macabra bajo el mismo signo de la impunidad. 

Tiene que haber mucho odio, mucho resentimiento social o la irracionalidad de todo fanatismo para que segar vidas sea algo banal y mecánico. Y ver morir algo rutinario, parte del paisaje. Es difícil sin ser psiquiatra o psicólogo, saber qué pasa por la mente de un delincuente o lo que hay en su historia personal, para asaltar a una mujer a todas luces pobre y arrebatarle la muñeca a su hijita de cuatro años. ¿Cómo drenar la rabia que producen esos hechos que se van acumulando sin que sus perpetradores sufran algún castigo? Allí radica la popularidad de Relatos Salvajes: cada uno de los personajes que ha sido atropellado, ofendido, abusado, engañado, tiene la posibilidad de cobrar la afrenta y hacerlo con creces. Es el placer de la revancha, ese manjar que según decía Walter Scott, es el más sabroso y se prepara en el infierno.

La película argentina ha tenido un enorme éxito en su país, pero no sé si equiparable al que aún tiene en Venezuela después de muchas semanas en cartelera. Ese dulce placer de la venganza ante la injusticia y la violencia impune que vivimos a diario lo disfrutamos por intermedio de cada uno de los vengadores de Relatos Salvajes. No podría asegurar que la película sea tan exitosa en países en los que la justicia funciona, en donde hay policías que cumplen con su deber de perseguir y apresar a los delincuentes y jueces independientes y honestos que se encargan de imponerles las penas que establece la ley. Es la diferencia abismal entre países con leyes para ser acatadas y países con leyes para ser violadas, especialmente por sus gobernantes.

Siempre me asombró, en mi trato con sobrevivientes del Holocausto, que en esas personas que habían sufrido las más atroces torturas y los más indescriptibles vejámenes, no hubiese un ápice de resentimiento y que en su mayoría hubiesen reconstruido sus vidas, formado familias y, en muchos casos, tuvieran un excelente sentido del humor y ejercercieran de manera activa la solidaridad. Pienso que su venganza, su revancha, fue la derrota del nazismo, su aplastamiento, su desaparición como régimen genocida y perverso. En ese caso, aunque por otras vías, también hubo justicia. Esa que cojea en muchos países de la América latina y que en Venezuela tiene brazos y piernas amputados.

Paulina Gamus
gamus.paulina@gmail.com
@Paugamus

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sábado, 25 de octubre de 2014

LEONARDO FERNANDEZ: “VENEZUELA ES EL PAÍS MÁS AFECTADO POR LA CHINKUNGUNYA EN SUDAMÉRICA”.

La alarma epidemiológica por el virus fue activada demasiado tarde por el empeño de la Secretaria de Salud Tania Mesa por negar una realidad palpable. El gobierno nacional debe  entregar las cifras completas de los casos de dengue y chinkungunya debido a que la falta de información ha sido uno de los factores que ha permitido el avance del virus en Venezuela y el estado Zulia.

El gobierno trató durante la mayor parte del año de negar la gravedad de la epidemia en el país, pero incluso según las cifras oficiales de los boletines epidemiológicos Venezuela es uno de los países más afectados por esta epidemia, “Venezuela con sus 934 casos confirmados de chinkungunya tienen el 10% de los casos confirmados de la enfermedad en toda América, es el país sudamericano con mayor número de casos de este virus y del dengue seguido por Brasil y Colombia”. Las cifras de Venezuela son mas altas que de países centroamericanos y caribeños donde el virus comenzó a propagarse en el continente.

“En Venezuela país se han confirmado 59.729 casos de dengue y 934 de chikungunya. En el Salvador son 13.987 y 145 respectivamente. Incluso si comparamos el caso de Panamá solo con el estado Zulia, en aquel país esperan cerrar 2014 con menos de 5000 casos de chinkungunya mientras que solo en el Zulia sobrepasamos esa cifra en agosto”.

La falta de medicamentos contra estas enfermedades especialmente de acetaminofén, combinado con la opacidad con que las autoridades han tratado el tema y la falta de prevención sanitaria por medio de fumigaciones, son las razones por las que nuestro país sigue avanzando una epidemia que otros tienen ya contenida.

La  Ministra de salud,  Nancy Pérez, debe publicar las cifras en tiempo real sobre la epidemia,  “no se pueden planificar políticas  seriamente si no se conoce un diagnostico real, los médicos que están atendiendo las emergencias reportan que de cada 30 casos de los que deben dar de reposo 20 son por chinkungunya”.

Denunciamos la falta de iniciativa que ha tenido la gobernación del estado Zulia ante la epidemia, “tenemos todo este año denunciando un fuerte repunte en los casos de ambas enfermedades (dengue y chinkungunya) y es solo en hasta hace pocos días que Tania Mesa anuncia jornadas de fumigación.

Los equipos de la Dirección regional de Salud, que tiene el 90% de sus camionetas dañadas y el 60% de las máquinas de fumigar inoperativas.

Leonardo Fernández
leonardofernandezprensaunt@gmail.com

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miércoles, 9 de julio de 2014

MARUJA TARRE DE LARA, VENEZUELA, ENFERMA GRAVE

No hay un hospital público en toda Venezuela que esté funcionando adecuadamente

En Venezuela todos experimentamos, de una forma u otra, la crisis sanitaria. Largas filas para tomar un ascensor (cuando sirven), horas esperando para ser atendida por un médico, remedios que no se consiguen, exámenes que hay que posponer porque los instrumentos estáan averiados. Esos “inconvenientes” son tan frecuentes en la época bolivariana, que uno se acostumbra a ellos.

Pero a veces, toca ver de cerca un caso complicado y entonces es inevitable darse cuenta de la gravedad de la crisis. Recientemente una persona cercana buscaba con urgencia un medicamento anticonvulsivo. Preocupada por la gravedad del caso, empecé a investigar en los diferentes sitios donde los enfermos venezolanos y sus familiares acuden desesperados en búsqueda de medicamentos que no se consiguen en el país porque no se fabrican más, no hay dólares para importarlos o cualquier extraña razón, de las que abundan en la República Bolivariana. 

Me encontré con padres tratando de localizar medicamentos para sus hijos con cáncer, familiares de enfermos terminales que no consiguen un calmante para aliviarles el dolor, médicos que no pueden operar porque no tienen anestesia. La cantidad de casos es patética y la variedad de padecimientos sin alivio, causa horror. Como es posible que en un país petrolero no haya dinero para importar los remedios más esenciales? Como se explica que un gobierno que ha engañado al mundo con los supuestos avances en sanidad y asistencia social tenga una población que se está muriendo desamparada?

Venezuela tenía una tradición de excelentes médicos, iniciándose con reformadores de la enseñanza de la medicina como el Dr. Vargas en el siglo XIX y el Doctor Luis Razetti al iniciarse el siglo XX. La Escuela Vargas de Medicina de la Universidad Central ha contado con grandes profesores como los doctores Pepe Izquierdo, Pifano, Martin Vegas, Pastor Oropeza. Jacinto Convit revolucionó el tratamiento contra la lepra y leishmaniasis. En los años 40, un gran esfuerzo sanitario permitió erradicar la malaria (que hoy en día ha vuelto). El Dr. José Maria Bengoa emigró después de la Guerra Civil española y realizó trabajos sobre nutrición en Venezuela que tuvieron repercusiones mundiales. A una buena formación de nuestros médicos, se le añadía un calor humano que no se encuentra en muchos países desarrollados. La mayor parte de estos profesionales de la medicina, formados en las universidades locales podían luego, gracias a buenos sistemas de becas, completar sus postgrados en el exterior. Contrariamente a la propaganda gubernamental muchísimos de los doctores que tuve el privilegio de conocer, además de su práctica privada donaban horas de su trabajo profesional en hospitales públicos. Todos los graduados de medicina, al terminar sus estudios en la universidad tenían que pasar tiempo en barrios o lugares recónditos del interior, ejerciendo su “año de rural” en los sitios más pobres del país. 

Todo esto fue borrado, ignorado, ridiculizado, cuando llegó Chávez. Para justificar la entrada al país de miles de cubanos, se dedicó a calumniar a los médicos venezolanos, obstaculizando su desarrollo profesional y pagando salarios de miseria. A Fidel Castro en cambio, se le paga su “asistencia” con la módica suma de 100.000 barriles diarios de petróleo, o sea $ 1.265.924 por año. Los módulos de Barrio Adentro, programa que se creó para que ejercieran los paramédicos cubanos, hoy en día están cerrados en un 80% y los restantes funcionan en las más precarias condiciones. 50% de los médicos cubanos han desertado y de los 16 hospitales que Chávez prometió construir, solo hizo uno.

Muchísimos médicos venezolanos han emigrado. Algunos, de religión judía, por el antisemitismo militante del régimen y otros por las mismas razones que centenares de miles de personas se están yendo del país: imposibilidad de progresar, deterioro del nivel de vida, inseguridad. Este último punto es particularmente dramático en el gremio de la salud, donde se ha visto que bandas armadas entran a un quirófano a ultimar un paciente y de paso arremeten contra médicos y enfermeras. No hay un hospital público en toda Venezuela que esté funcionando adecuadamente y las clínicas privadas se deterioran aceleradamente por falta de insumos. 

La escasez (que alcanza según las estadísticas un 70% en los medicamentos de alta rotación y 80% en el material médico quirúrgico), además de todas las fallas estructurales, es el punto que más desesperación causa entre los pacientes. Faltan desde los antipiréticos más elementales hasta las medicinas sofisticadas para los pacientes con cáncer. En este momento, 50.000 pacientes esperan turno para ser operados porque no existen los materiales necesarios. En Venezuela ya no se fabrica nada y el gobierno, que todo lo controla, no otorga los dólares necesarios para importar.

Para culminar su política de destrucción de la tradición sanitaria que existía en épocas anteriores, el gobierno ha creado un sistema paralelo para graduar a miles de “médicos”. No se exige un examen de admisión en dichas escuelas, que tienen un programa que es mucho adoctrinamiento político y poco conocimiento científico. Los médicos que han tenido que trabajar con esos graduados, que en realidad son víctimas del engaño del gobierno, afirman que se les tienen que enseñar las bases más elementales de la carrera médica. Esta es la triste situación de la salud pública en el país con las más grandes reservas petroleras del mundo y que ha sido asesorado en la materia por los hermanos Castro.

Maruja Tarre Briceño
marul@yahoo.com
@marujatarre

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jueves, 15 de mayo de 2014

PAULINA GAMUS, BOLÍVAR DECONSTRUÍDO

Muere Chávez y queda Maduro, mucho más sumiso en su entrega a los dictadores cubanos
Con mucha razón se llama Culto a la devoción natural, inducida u obligatoria de los venezolanos por Simón Bolívar. La cosa comenzó con el general José Antonio Páez ya erigido en dictador, cuando decide repatriar los restos mortales de El Libertador en 1842. Ordenó que los empleados públicos llevasen luto por ocho días y que se colocaran estatuas del héroe en diferentes sitios públicos. Lo curioso del asunto es que fue el mismo Páez quien lideró La Cosiata, movimiento separatista de la Gran Colombia, lo que se asumió como una traición a Bolívar. Según algunos historiadores, el motivo real de tanto homenaje fue un temor profundamente religioso al castigo divino por destruir el sueño del hombre que, a lomo de caballo, liberó cinco naciones del yugo español. El temor al parecer subsiste y es mucho más marcado en los dictadores que en los gobernantes democráticos.

A partir de aquel diciembre de 1842, el nombre de Bolívar y su presencia nos inunda. Se llama así nuestra moneda que para afrenta al Padre de la Patria, es cada vez de valor más escaso. Quienes mayor culto han rendido al epónimo, son los mismos que la han ido devaluando hasta transformarla en una partícula del dólar americano y en un microorganismo del euro. El centro de todas las ciudades y pueblos de Venezuela se reconoce porque hay una estatua ecuestre de Bolívar y si el pueblo es pequeño y pobre, entonces un busto de bronce colocado sobre un pedestal de piedra. La plaza, obviamente, se llama Bolívar. El país está lleno de avenidas, calles, liceos, escuelas y hospitales que llevan el apellido Bolívar a secas o acompañado del nombre de pila Simón. Hay un Estado suroriental llamado Bolívar bastante rico en hierro, diamantes, oro, energía hidráulica y otros dones de la naturaleza y de su aprovechamiento por el hombre. Así fue hasta que los gobernantes más bolivarianos de todos los tiempos, lo hundieron en una ruina similar a la del resto del país. Una de las mejores universidades de Venezuela es la Simón Bolívar que a duras penas sobrevive al odio que la revolución bolivariana siente por la autonomía universitaria y por los institutos de educación superior, en general. En las últimas semanas los colectivos o bandas armadas del gobierno de Nicolás Maduro, han incendiado 18 universidades y han incursionado varias veces en la más importante del país, la Central, en Caracas, destruyendo bibliotecas, aulas e instrumentos de enseñanza. Como Chávez no pudo soportar el rechazo mayoritario que los estudiantes y el profesorado de todas las universidades del país le manifestaban, creó una universidad, no faltaba más ¡Bolivariana!. La orden del caudillo supra planetario e inmortal, fue que esa universidad graduara médicos, abogados y otros profesionales en solo tres años. Es muy probable que un abogado ignorante e inepto haga encerrar a su cliente pero un mal médico sin lugar a dudas lo entierra. Uno de mis seguidores en Facebook escribe en su perfil: "egresado de la Universidad BOLIBARIANA". ¿Qué más podríamos agregar?

Cuando Hugo Chávez se reveló como el más bolivariano de todos los gobernantes del país, incluido José Antonio Páez, dio el primer paso de su paroxismo cambiándole el nombre a Venezuela por República Bolivariana. Pero había algo, una piedra en el zapato que lo atormentaba. Simón Bolívar no era solo Simón Bolívar, era Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco. Cuatro apellidos y todos de abolengo en un país en el que probablemente la mitad de sus habitantes apenas tiene uno. ¿Como podría un gobierno revolucionario que derrumbó las estatuas de Cristóbal Colón porque su llegada a la América causó el genocidio indígena, aceptar que Simón Bolívar era de ascendencia absolutamente española y además criollo y mantuano, lo que significaba que era de la elite dominante y blanca? ¿Cómo digerir en un país donde según la conseja popular, quien no lanza flechas toca tambor en alusión a la mezcla étnica que se produjo con la llegada de los esclavos africanos, que la familia Bolívar exhibía lo que en esos tiempos se llamaba pureza de sangre? Chávez era, como el mismo lo pregonaba, de origen zambo, es decir, mezcla de indio y negro pero en su caso con un toque de blanco. Y al mismo tiempo Chávez era hijo (aunque putativo) de Bolívar y estaba a punto de convertirse en Bolívar mismo. Se presentaba pues una complicación con los orígenes del héroe libertador.

Entonces procedieron a lo que bien podríamos llamar la deconstrucción del Simón Bolívar histórico. Ya no habría nacido en Caracas, en el centro de la ciudad y en una casona que milagrosamente sobrevive a la locura urbanística que destruyó toda nuestra herencia arquitectónica. Bolívar nació en Barlovento, tierra emblemática de la negritud venezolana. Nadie explica qué hacía la señora Palacios y Blanco de Bolívar y Ponte, una dama de salud precaria y además embarazada, en tierras de sol ardiente y sin aire acondicionado. El hecho es que para la revolución que no podía ser otra cosa que bolivariana, doña Concepción no tuvo más remedio que parir allá. Ese extraño acontecimiento podría sugerir que la mamá del futuro Libertador dio un mal paso y que quizá el papá del niño Simón no era don Juan Vicente Bolívar y Ponte, sino algún esclavo de la familia. Nadie lo dijo pero ese posible adulterio habría sido la venganza de doña Concepción contra su marido, un obseso sexual que fue expulsado del pueblo de San Mateo en el Estado Aragua, por haber violado a cuanta niña aparecía ante sus ojos. Una vez planteada esta duda subliminal sobre la paternidad de don Juan Vicente Bolívar, vino otro paso: cambiar la imagen de El Libertador plasmada en infinidad de pinturas de su época y copiada en retratos, estatuas y en lo más cotidiano y manoseado por el colectivo, la moneda. Entonces una misión con disfraces de astronautas encabezada por el mismo Chávez, procedió a remover los restos mortales del prócer y a reconstruir por medios digitales su “verdadera imagen” . El resultado fue un señor de facciones más cercanas al hombre de Cromagnon que a las de un mestizo de estas tierras. Enseguida devino la obligatoriedad de cambiar los retratos de El Libertador imprescindibles en toda dependencia oficial, por los que representan a ese Bolívar de dudosa filiación.

Muere Chávez y queda Maduro, mucho más sumiso en su entrega a los dictadores cubanos. A él le correspondió colocar la guinda que le faltaba a la torta histórica: justificar la presencia hegemónica de Fidel y Raúl Castro en Venezuela. Según los nuevos libros de historia hechos en socialismo, una nodriza cubana amiga de doña Concepción, se encargó de darle de mamar al recién nacido Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco. No se explica como la aristocrática mamá del futuro héroe tenía amistad con nodrizas y menos cubanas. ¿Cómo y cuándo llegó esa señora con sus pechos cargados de leche a Caracas o a Barlovento, según el cuento que se quiera creer? ¿Cuánto duraba la travesía de la isla antillana a Venezuela para que la nodriza llegara a tiempo de cumplir su cometido? O bien, ¿qué hacía una nodriza cubana en Caracas cuando aún no existía Fidel Castro y no se había producido la anexión de Venezuela a Cuba? Para no desairar al sector afrodescendiente del pueblo venezolano, la cubana le dio de sus pechos al niño Simón por unos días y luego dejó encargada de la misión láctea a la Negra Hipólita, la nodriza que todos conocemos. Todos es un decir, porque si este batiburrillo de revolución bolivariana continúa, los niños que hoy estudian la primaria en las escuelas del país saldrán imbuidos de esa patraña oficialista que se ha tragado la verdadera historia, la genuina, la de siempre, la nuestra.

Paulina Gamus
gamus.paulina@gmail.com
@Paugamus

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martes, 6 de mayo de 2014

PAULINA GAMUS, LA MUERTE LES SIENTA BIEN

La revoluciones tienen como objetivo trastocar el orden anterior, ponerlo patas arriba y de ser posible desaparecerlo. Casi siempre van acompañadas de violencia porque es la única manera del quítate tú para ponerme yo cuando ese cambio no ocurre por la vía electoral. Justamente allí radica buena parte de la singularidad de la llamada revolución bolivariana que preferimos denominar chavofidelista. Fue propuesta y emprendida por un personaje que la única vez que intentó hacerse del poder por la fuerza, causó más de 100 muertes y fracasó rotundamente. Alcanzó el poder mediante los votos en una elección absolutamente democrática y luego se propuso liquidar el sistema que se lo permitió.

Otro aspecto original de esa revolución que se apropió del nombre del Libertador de cinco naciones suramericanas, fue la pretensión de su artífice de aparecer como un demócrata cabal en la medida en que se iba transformado en autócrata. Hacía una elección cada año y el mundo entero se tragaba el cuento de que en Venezuela había un exceso de democracia, como dijo Lula Da Silva en elogio a la gestión de su entrañable amigo Hugo Chávez. En lo que éste resultó absolutamente fiel a la receta de todos los dictadores, fue en dividir a la población en dos grupos irreconciliables: los míos y la nada. Así se produjo el fenómeno de la polarización con odio. Hago esta salvedad porque en los cuarenta años de vida civil y democrática que comenzaron el 23 de enero de 1958 y concluyeron en febrero de 1999, Venezuela fue un país polarizado entre el socialdemócrata Acción Democrática y el socialcristiano Copei, los dos grandes partidos que se alternaron en el poder en esas cuatro décadas. Pero fue una polarización respetuosa del otro, democrática y civilizada.

En esos cuarenta años, cuando moría algún líder o dirigente político de uno de esos dos grandes partidos, es posible que sus compañeros de ruta se alegraran más que los contrarios por causa de las luchas intestinas. Pero había unas maneras, un modo por hipócrita que fuera, que obligaba a propios y extraños a manifestar sus condolencias y rendirle al difunto los honores funerarios dignos de su rango o trayectoria. Moría un adeco y los copeyanos acudían al sepelio y viceversa. Si el viajero a mejor vida era alguien que se había distinguido por sus méritos o había ocupado la presidencia de la República o del Congreso, era factible que también acudiesen a expresar sus condolencias, los miembros de los eternos opositores partidos de la Izquierda. Eso es pasado y está a punto de transformarse en historia.

El primer muerto significativo dentro de las filas chavistas fue un joven fiscal del ministerio público (así con minúsculas, como lo merece) llamado Danilo Anderson. Se había hecho célebre en una cacería de brujas de empresarios y banqueros y según las malas lenguas, que suelen ser las mejor informadas, practicaba de tal manera la extorsión que su nivel de vida se había elevado rápidamente desde la modestia casi lindante con la pobreza, hasta la de un metrosexual que exhibía con desparpajo, costosos trajes de marca y relojes que encandilaban. Tenía además una camioneta todo terreno último modelo que un mal o buen día -según cada quien lo asuma- de octubre de 2004, voló por los aires con su propietario adentro, debido a la explosión de una bomba activada a control remoto con un teléfono móvil. La cursilería propia del militarismo, elevada al cubo cuando se cubre de estalinismo cubanoide, transformó aquella muerte y el sepelio en un despliegue de plañideras entre las que se destacó el jefe del occiso, el fiscal general y bardo Isaías Rodríguez, quien para vergüenza nacional fue después Embajador en España. El gobierno hizo apresar a unos expolicías, los Guevara, por el testimonio de un farsante a sueldo que luego confesó sus mentiras. En aquella locura de policías ineptos y gatillos alegres, fue asesinado el joven abogado Antonio López Acosta, que nada tenía que ver con el crimen de Anderson. De nuevo las bien informadas malas lenguas apuntaron hacia un alto funcionario chavista, beneficiario de todos los gobiernos democráticos de los cuarenta años, como autor intelectual del asesinato. Lo hizo por su amistad jamás gratuita, con los banqueros y empresarios que Anderson investigaba y extorsionaba. Nada más se supo del caso salvo que los hermanos Guevara, condenados a 27 años de prisión, y su primo Juan Bautista Guevara a 30 años, continúan en la cárcel.

La polarización con odio produjo el primer resultado: mientras el chavismo o una parte del mismo lloraba la trágica muerte de Danilo Anderson, el país opositor la celebraba y fue hasta motivo de chistes. Luego murieron dos expresidentes de la república y varias personalidades que ocuparon altos cargos en los Congresos de la democracia. Ni una palabra de pésame, ni un obituario de pocas líneas en algún periódico, nada. El silencio oficial se rompió cuando murió el dos veces presidente Carlos Andrés Pérez, las palabras de Chávez fueron: “Yo no pateo perro muerto….No habrá luto nacional porque hoy murió un corrupto, un dictador…”. 

En octubre de 2007 murió el cardenal venezolano Rosalio Castillo Lara, el latinoamericano que ocupó los más altos cargos en El Vaticano antes de la elección del Papa Francisco. Dijo Chávez: “Me alegra que haya muerto ese demonio vestido de sotana, ojalá se esté pudriendo en el infierno como se merece, sé que se retorcerá eternamente viendo avanzar la revolución…”. Y cuando murió tras una prolongada huelga de hambre, el productor agrícola Franklin Brito, el saludo del ministro de comunicación Andrés Izarra fue: “Franklin Brito huele a formol”.

Por alguna extraña razón o quizá habría que creer que la justicia divina está en el sector que repudia la revolución chavofidelista, son más los muertos célebres, aunque sea tristemente, de ese bando que los opositores. Algunos murieron casi en cadena por lo que en un país que se ha hecho adicto a la brujería, predicciones astrológicas, videntes, profetas, babalaos, prácticas del vudú y demás esoterismos, se popularizó la especie de que la maldición de Bolívar había alcanzado a todos aquellos que estuvieron presentes en el hurgamiento de sus restos mortales. El supuesto objetivo de la profanación era saber si algún antepasado del presidente colombiano Álvaro Uribe Vélez, lo había envenenado. Verdad o no, el más importante de los alcanzados por la hipotética maldición bolivariana fue el presidente, caudillo y dueño absoluto de Venezuela, Hugo Chávez Frías. Mientras decenas de miles de venezolanos desfilaban llorosos, tras largas horas de espera, para darle una miradita al supuesto cadáver, otras decenas de miles celebraban con champaña, whisky o ron y parrilladas, según sus bolsillos, el feliz acontecimiento.

El muerto chavista más reciente ha sido el excapitán Eliécer Otaiza quien participó en la asonada militar del 27-N-92 y ocupó distintos cargos en estos quince años de hegemonía chavista. Fue asesinado a tiros y su cadáver estuvo 48 horas en la morgue sin que lo identificaran. Los tuits o trinos se dispararon. Mientras una ministra de prisiones, famosa por sus ataques de furia y su parecido con la actriz Linda Blair en El Exorcista, tuiteaba: “Eliécer camarada, tu muerte será vengada”, decenas de tuiteros expresaban júbilo y hacían bromas sobre el finado. A esto nos ha conducido un proceso político que se ha empeñado en excluir a la mitad del país, en maltratarla con insultos y atropellarla con los hechos. No es de extrañar la actitud indiferente, casi de hábito, ante las muertes violentas de 200.000 venezolanos desde que comenzó el gobierno de Chávez, un 400% más que en los 40 años anteriores. En 2013 los asesinatos alcanzaron la cifra record de 25.000, mucho más que en Colombia donde existe la narcoguerrilla terrorista de las FARC o las causadas por la mafias del narcotráfico en México o por el fanatismo religioso en Irak. 

De los 200.000 homicidios, apenas el 2% fue resuelto. Así funciona la justicia revolucionaria y de esa manera nos ha transformado en una sociedad que mira la muerte de reojo y sin piedad. Una vez dijo Jorge Luis Borges que hay que tener cuidado al elegir los enemigos porque tarde o temprano uno termina pareciéndose a ellos. Justo lo que nos pasa.

Paulina Gamus
gamus.paulina@gmail.com
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MARIO VARGAS LLOSA , LOS ESTUDIANTES


La más importante batalla por la libertad se está dando en las calles de Venezuela y no es justo que los jóvenes, que la lideran, no obtengan el apoyo de Gobiernos y organizaciones democráticas

Las palabras también se gastan con el uso. Libertad, democracia, derechos humanos, solidaridad, vienen a nuestros labios a menudo y no quieren decir ya casi nada porque las utilizamos para decir tantas cosas o tan pocas que se desvalorizan y afantasman al extremo de convertirse en meros ruidos. Pero, de pronto, unas circunstancias sociales y políticas las recargan de contenido y de verdad, las impregnan de sentimiento y de razón y es como si resucitaran y expresaran de nuevo el sentir de todo un pueblo.

Es lo que vivo en estos días, en Venezuela, escuchando a dirigentes estudiantiles y líderes de oposición, a hombres y mujeres comunes y corrientes que nunca antes hicieron política y ahora la hacen, jugándose los trabajos, la tranquilidad, la libertad y hasta la vida, impelidos por la conciencia de que, si no hay un sobresalto nacional democrático que lo despierte y movilice, su país se va a la ruina, a una dictadura totalitaria y a la peor catástrofe económica de toda su historia.

Aunque el proceso viene de atrás —las últimas elecciones han visto crecer de manera gradual la oposición al régimen chavista—, el cambio cualitativo tuvo lugar a comienzos de febrero de este año, en San Cristóbal, Estado de Táchira, cuando un intento de violación de una joven en la Universidad de los Andes llevó a los estudiantes a convocar una gran marcha contra la inseguridad, la falta de alimentos, los secuestros, los desmanes de los sicarios y la sistemática restricción de las libertades ciudadanas. El régimen decidió aplicar la mano dura. La Guardia Nacional y las fuerzas paramilitares —individuos armados con pistolas, cuchillos y garrotes, montados en motos y con las caras cubiertas— atacaron a los estudiantes, los golpearon y abalearon, matando a varios de ellos. A las decenas de detenidos los llevaron a cuarteles alejados donde fueron torturados con picanas eléctricas, golpes, sodomizados con palos y fusiles y las muchachas violadas.

La ferocidad represiva resultó contraproducente. La movilización estudiantil se extendió por todo el país y en todas las ciudades y pueblos de Venezuela gigantescas manifestaciones populares expresaron su repudio del régimen y su solidaridad con las víctimas. Por doquier se levantaron barricadas y el país entero pareció vivir un despertar libertario. Los 500 abogados voluntarios que han constituido el Foro Penal Venezolano, para defender a los detenidos y denunciar los asesinatos, desapariciones y torturas, han elaborado un informe que documenta con lujo de detalles el salvajismo con que los herederos del comandante Chávez tratan de hacer frente a esta formidable movilización que ha cambiado la correlación de fuerzas en Venezuela, atrayendo a las filas de la oposición a una inequívoca mayoría de venezolanos.

Maduro fracasará si intenta aplastar el movimiento estudiantil con un baño de sangre
Mi impresión es que este movimiento es indetenible y que, incluso si Maduro y sus cómplices tratan de aplastarlo con un baño de sangre, fracasarán y la matanza solo servirá para acelerar su caída. La libertad ha ganado las calles de la tierra del verdadero Bolívar (no la caricatura que hizo de él el chavismo) y el pregonado “socialismo del siglo veintiuno” está herido de muerte.

Mientras más pronto se vaya, será mejor para Venezuela y para América Latina. La manera como el régimen, en su empeño frenético de colectivizar y estatizar la nación, ha empobrecido y destruido a uno de los países potencialmente más ricos del mundo, quedará como un caso emblemático de los desvaríos a que puede conducir la ceguera ideológica en nuestro tiempo. Además de tener la inflación más alta del mundo, Venezuela es el país de menor crecimiento en todo el continente, el más violento, y en el que la asfixia burocrática se reproduce más rápido al extremo de mantener en la parálisis casi total a la administración pública. El régimen de controles, precios “justos”, intervencionismo estatal, ha vaciado todos los almacenes y mercados de productos, y el mercado negro y el contrabando han alcanzado extremos de vértigo. La corrupción es el único rubro en el que el país progresa a pasos de gigante.

Desconcertado por la movilización popular encabezada por los estudiantes que no consigue aplastar mediante la represión, el Gobierno de Maduro, con la complicidad de los países del Alba, trata de ganar tiempo, abriendo unos diálogos de paz. La oposición ha hecho bien acudiendo a ellos, pero sin desmovilizarse y exigiendo, en prueba de buena fe gubernamental, por lo menos la liberación de los presos políticos, empezando por la de Leopoldo López, a quien, encarcelándolo, ha convertido, según todas las últimas encuestas, junto con María Corina Machado, en el líder político más popular de Venezuela. He conocido a su madre y a su esposa, dos mujeres admirables, que enfrentan con coraje fuera de lo común el hostigamiento de que son víctimas por estar en la vanguardia de la batalla pacífica que da la oposición por impedir la desaparición de los últimos resquicios de libertad que aún quedan en Venezuela.

Pero quisiera subrayar una vez más el papel principalísimo que juegan los estudiantes en la gran gesta libertaria que vive Venezuela. La chavista debe ser la única revolución en su historia que se las arregló para, desde el principio, merecer la hostilidad casi generalizada de los intelectuales, escritores y artistas, así como la de los estudiantes, que, en este caso, dieron mucha más muestra de lucidez y olfato político que, en el pasado, sus congéneres latinoamericanos.

Encarcelar a Leopoldo López le ha convertido en el líder político más popular del país
Es estimulante y rejuvenecedor ver que el idealismo, la generosidad, el desprendimiento, el amor a la verdad, el coraje están tan vivos entre la juventud venezolana. Quienes, frustrados por la inanidad de las luchas políticas en sus países de democracia adocenada y rutinaria, se vuelven cínicos, desprecian la política y optan por la filosofía de “lo peor es lo mejor”, deberían darse una vuelta por las guarimbas venezolanas, por ejemplo, aquella de la avenida Francisco de Miranda, en el centro de Caracas, donde muchachos y muchachas conviven ya desde hace varias semanas, organizando conferencias, debates, seminarios, explicando a los transeúntes sus proyectos y anhelos para la futura Venezuela, cuando la libertad y la legalidad retornen y el país despierte de la pesadilla que vive hace quince años.

Quienes han llegado a la deprimente conclusión de que la política es un quehacer inmundo, de mediocres y ladrones, y que por lo tanto hay que darle la espalda, vengan a Venezuela y, hablando, oyendo y aprendiendo de estos jóvenes, comprobarán que la acción política puede ser también noble y altruista, una manera de enfrentarse a la barbarie y derrotarla, de trabajar por la paz, la convivencia, la justicia y la libertad, sin pegar tiros ni poner bombas, con razones y palabras, como hacen los filósofos y los poetas, y creando cada día gestos, espectáculos, ideas, como hacen los artistas, que conmuevan y eduquen a los otros y los embarquen en la empresa libertaria. Cientos de miles, millones de jóvenes venezolanos están dando en estos días a América Latina y al mundo entero un ejemplo de que nadie debe renunciar a la esperanza, de que un país, no importa cuán profundo sea el abismo en el que la demagogia y la ideología lo han precipitado, siempre puede salir de esa trampa y redimirse.

Algunos de estos jóvenes han pasado ya por la cárcel y sufrido torturas, y algunos de ellos pueden morir, como los cerca de cincuenta compañeros que han perdido ya la vida en manos de los asesinos con capuchas con que pretende acallarlos Maduro. No los silenciarán, pero no es justo que estén tan solos, que los Gobiernos y las organizaciones democráticas no los apoyen y más bien, a veces, hagan causa común con sus verdugos. Porque la más importante batalla por la libertad de nuestros días se da en las calles de Venezuela y tiene un rostro juvenil.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.

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martes, 29 de abril de 2014

PAULINA GAMUS, SEGÚN EL COLOR DEL CRISTAL

Para el chavismo cualquier fotografía o vídeo que muestre una realidad distinta a sus conveniencias carece de valor. Mejor aún, no existe.

No es que todo tiempo pasado fuese mejor pero hay muchas cosas que alimentan la nostalgia por la certeza de que se han ido para siempre. Una de ellas, los carnavales en la Caracas de los cincuenta y sesenta del pasado siglo. La ciudad recibía a las más famosas orquestas desde la Sonora Matancera con la inmortal Celia Cruz como cantante estrella, hasta la de Xavier Cugat, el catalán que conquistó Hollywood. Hago un alto aquí para que los menores de 50 años acudan a Google y sepan de quién hablo. Tuve la suerte de bailar al ritmo de esa orquesta en el Hotel Tamanaco y de ver muy cercanos, en la pista de baile, a John Wayne con su esposa.

Esa era la Caracas de los prodigios a la que venían artistas y otros personajes famosos, sin miedo a ser asaltados o a destinos peores. Allí, en el Tamanaco, se concentraba la gente decente para llamar de algún modo a los señores que iban con sus esposas y los disfraces imaginativos, de lujo y por consiguiente costosos. La Sonora Matancera actuaba en el Club Casablanca (donde está hoy la Hermandad Gallega) considerado un antro de perdición. En este lugar los asistentes eran hombres solteros o casados pero decididos a echar una o varias canas al aire y mujeres disfrazadas de negritas, lo que las hacía irreconocibles. Por consiguiente podían ser de cualquier estado civil, porque no se crea que ese destape o derrape carnavalesco era exclusivamente masculino.

Un médico amigo de la familia utilizó el pretexto de una guardia nocturna en un lunes de carnaval, para irse de rumba al Casablanca. Llegó a su casa al amanecer del martes, bastante ebrio y se echó a dormir. La esposa registró sus bolsillos y encontró una foto en la que la “guardia” del marido era un disfraz de negrita con la que aparecía de lo más amartelado. Se produjo el escándalo de rigor y el médico no encontró otro argumento más convincente que decirle a la enfurecida cónyuge: ¿le vas a creer a una foto más que a mi?.

Esta introducción viene al caso porque la autodefensa del amigo médico, una especie de reducción al absurdo, ha sido práctica cotidiana del denominado socialismo del siglo XXI, revolución bolivariana o simplemente chavismo. Para el régimen instaurado en Venezuela hace cinco pesados y tormentosos lustros, cualquier fotografía o video que muestre una realidad distinta a sus conveniencias carece de valor. Mejor aún, no existe. El más patente y patético ejemplo fue el asesinato a mansalva de diecinueve pacíficos manifestantes que marchaban con destino al Palacio de Miraflores, sede de la presidencia de la República, el 11 de abril de 2002. Numerosas fotografías y videos mostraron a los pistoleros que disparaban desde el Puente Llaguno, en el centro de la capital, contra la multitud. Todos fueron identificados como militantes del partido de gobierno, uno de ellos era un delincuente que pagó varios años de cárcel por el asesinato de una anciana para robar en su vivienda. A pesar de ese prontuario fue postulado por el partido de gobierno para concejal de Caracas y ejercía ese cargo cuando atacó a tiros a la manifestación opositora.

Richard Peñalver, que así se llama el sujeto, y los otros pistoleros fueron liberados al tiempo que el gobierno decidía la imputación y condena a 30 años de prisión, la pena máxima en Venezuela, de los comisarios Iván Simonovis, Henry Vivas, Lázaro Forero y de los policías Erasmo Bolívar, Julio Ramón Rodríguez y Luis Enrique Molina. Los agentes policiales Arube Salazar y Marcos Hurtado recibieron condenas de 17 y 16 años de prisión. No hubo una sola fotografía, un video o la más remota evidencia que mostrara a estos funcionarios policiales de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, cuyo titular era opositor al gobierno de Chávez, disparando contra los manifestantes. Sobraron los testimonios de personas que dijeron haber sido auxiliadas y protegidas por los imputados. Pero la verdad oficial era otra y los condenados siguen en prisión con especial ensañamiento contra el Comisario Iván Simonovis. Las infinitas acciones emprendidas para lograr su liberación por razones humanitarias, en vista de su precaria salud, han sido inútiles.

El argumento de “le vas a creer a una foto mas que a mí” no se ha limitado al caso de los asesinatos del 11-A-2002, su empleo más cínico ocurre en el ámbito de la catástrofe económica del país. Desde el comienzo de su gobierno, Hugo Chávez se dedicó sistemáticamente a destruir la industria nacional para sustituirla por la llamada economía de puertos. Expropió centenares de fábricas de todo tipo, entre ellas las productoras de alimentos, y fincas ganaderas que abastecían de carne y leche a todo el país. Las nacionalizó y al cabo de poco tiempo la productividad de las mismas se redujo a cero. Eso que está a la vista de los treinta millones de venezolanos y del mundo entero, ha sido según la versión del gobierno, el resultado de una guerra económica desatada contra su gestión por el Imperio yanqui y por la burguesía apátrida. La respuesta insólita del médico pescado en su mentira por la iracunda esposa, se torna pálida ante lo dicho en cadena nacional a todo el país y buena parte de televidentes de otras naciones, por el zar imperial de la petrolera venezolana PDVSA y dueño absoluto de la economía nacional, Rafael Ramírez, al inicio del llamado diálogo entre el gobierno y la dirigencia opositora, el pasado jueves 10 de abril. Para el susodicho, el modelo económico socialista ha sido profundamente exitoso. No son sólo fotos y videos innumerables, sino la mirada diaria de millones de habitantes del país, lo que da cuenta de la escasez de alimentos imprescindibles en la dieta de los venezolanos y de las kilométricas filas para adquirirlos cuando aparecen. Las autoridades del área alimentaria han debido acudir a la tarjeta de racionamiento para paliar, sin éxito, la angustiante situación. La inflación del 60% es una de las más elevadas del mundo y el país que obtuvo en los últimos quince años, los mayores ingresos en toda su historia de exportador petrolero, hoy le debe una vela a cada santo y es incapaz de honrar sus compromisos porque la corrupción y el pésimo manejo de la economía, vaciaron las arcas de la nación. En ese mismo encuentro, el psiquiatra Jorge Rodríguez, alcalde de Caracas, acusó a la oposición de ser generadora de la violencia que ha ensangrentado las calles de distintas ciudades venezolanas. Por el mundo han circulado innumerables testimonios gráficos y audiovisuales de asesinatos a sangre fría, ya son más de cuarenta, y de la brutal represión que la Guardia Nacional Bolivariana, la policía también bolivariana (para un doble insulto a la memoria de El Libertador) y los delincuentes adscritos a la nómina oficial, han desatado contra las manifestaciones de estudiantes y vecinos. De nuevo la foto es la que miente.

¿Logró convencer a su esposa el médico de la cana al aire aquel lunes de carnaval, de que su palabra era más verdad que la foto en la que aparecía abrazado al disfraz de negrita? Seguramente no, como ya jamás podrá hacer creer Nicolás Maduro a nadie sobre esta tierra, que su gobierno es democrático y respetuoso de la Constitución, las leyes y los derechos humanos. Esa es la foto que rueda por el mundo y la que todos, salvo los beneficiarios del poder y los envenenados por la propaganda oficialista, saben que es la cruda y dolorosa verdad.

Paulina Gamus
gamus.paulina@gmail.com
@Paugamus

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lunes, 7 de abril de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, (AUTO) GOLPE Y AISLAMIENTO INTERNACIONAL

Es el propio presidente Nicolás Maduro quien instala en América Latina la noción de que su régimen es autoritario

Maduro tenía razón, al final era cierto lo del golpe. Sólo que omitió decir que se trataba de un autogolpe, como el de Fujimori en abril de 1992, cuando disolvió el Congreso y tomó control del Poder Judicial. Aquello se llamó Fujimorato, un régimen de origen electoral, pero con todo el poder del Estado en manos del presidente y ejercido a través del accionar ilegal de los servicios de inteligencia. Se observa un innegable aire de familia.

Maduro no necesitó tomar control del Poder Judicial, porque éste funciona como apéndice del Ejecutivo desde hace tiempo, ni tampoco disolvió la Asamblea Nacional. No obstante, el desafuero de María Corina Machado, en tiempo récord y precisamente con la expedita certificación del Tribunal Supremo, es un autogolpe. El número de diputados removidos de sus curules es lo que menos importa. Uno o todos, en ese acto se institucionaliza el avasallamiento del Parlamento, se oficializa que la suma del poder público está concentrada en el Ejecutivo. Sin separación de poderes ni contrapesos no hay democracia—las migajas que quedaban, dirían los venezolanos desde las calles.

En una decisión ilógica para su propia supervivencia, sin embargo, con la destitución de María Corina Machado es el propio Maduro quien instala en el resto de América Latina la noción de que su régimen es autoritario. Para reafirmarlo, Machado viajó primero a Lima y luego a Brasilia, y Williams Dávila viajará a México la semana próxima. Ya existe además una invitación del Congreso paraguayo y gestiones de diputados de oposición argentinos para recibirlos en Buenos Aires. Serán más y la razón es muy simple: empatía y solidaridad de colegas. Si Maduro supiera cómo funciona la democracia, lo habría previsto.

Ahora es estéril el blindaje que intentó la OEA. Tampoco importa que los Gobiernos continúen desmemoriados, que Dilma calle por conveniencia, que Cristina Kirchner hable demasiado y que Peña Nieto opte por el argumento de la no interferencia. Los parlamentarios de la región saben que tienen que evitar que ese ejemplo pueda imitarse. Ellos también son víctimas - ocasionales o habituales - de la intimidación de sus superpresidentes, esa recurrente patología latinoamericana. Hoy es una diputada despojada de su investidura en Venezuela, mañana pueden ser otros en cualquier país de la región y con cualquier otro pretexto. De todas las líneas que Maduro cruzó, esta es la más inexplicable de todas. Autoinfligida, Maduro acaba así con la relativa neutralidad de América Latina.

Esta manifiesta irracionalidad coincide con un creciente aislamiento externo. De hecho, el contexto internacional ha cambiado en las últimas semanas. Primero fue Cuba, a fin de marzo, con una ley de inversión extranjera amplia y atractiva. Esa ley puede leerse como la admisión implícita que los recursos venezolanos están llegando a su fin. La “solidaridad revolucionara” de los Castro también podría descender en proporción directa a la caída de esos recursos. El agotamiento de la petrodiplomacia también se confirma en Nicaragua, donde la cooperación se ha reducido considerablemente desde la muerte de Chávez. Los observadores esperan cortes más pronunciados este año, así como una fuerte caída de las exportaciones a Venezuela, hasta hoy el segundo mercado de los productos nicaragüenses.

A la evolución negativa de los flujos fiscales y comerciales debe agregarse el más que negativo flujo normativo, el de los valores y derechos. Primero fue Amnistía Internacional, con un informe concluyente que documenta los abusos y torturas, con números precisos e identificando a las víctimas. Luego llegó el documento de la Conferencia Episcopal Venezolana, que en un lenguaje sin ambigüedades denuncia que la crisis es consecuencia del llamado “Plan de Patria” escrito por Chávez. La Iglesia usa el término “totalitarismo”—nada menos—para caracterizar el orden político que el Gobierno intenta imponer.

En este contexto de aislamiento y desconcierto se puede interpretar también la columna de Maduro en el New York Times, deseoso de intercambiar embajadores y apelando a la buena voluntad de Obama y de todo aquel que quiera “contribuir al dialogo y la paz”. Aunque sea pura retórica—y la retórica es la materia prima de la política—si ese gesto perteneciera a la sección boxeo de un periódico, el título de la crónica sería Maduro arroja la toalla.

A diferencia de Fujimori, cuyo poder estaba en alza en el momento del autogolpe, el de Maduro está en descenso. El desafuero de Machado aparece como un error que por sí mismo podría estar señalando un punto de inflexión. La democracia no necesariamente está a la vuelta de la esquina, pero el frente externo parece estar abriéndose para los demócratas venezolanos. El régimen comienza a aislarse y ese es un cambio que no puede pasarse por alto. En muchas transiciones, así fue el primer paso.

Héctor E. Schamis
hes8@georgetown.edu
@hectorschamis

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sábado, 1 de marzo de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, LA DESMEMORIADA IZQUIERDA LATINOAMERICANA

La crisis de Venezuela sorprende a una izquierda desmemoriada, conceptualmente perdida, desconectada de su propia historia y normativamente a la deriva,

A mediados de los setenta, buena parte de América Latina estaba bajo regímenes militares. Según decían, era para combatir a la subversión armada que buscaba tomar el poder. Para los jerarcas militares no era una guerra fría ni convencional, donde se ve los colores del enemigo enfrente de uno; esa era una guerra “sucia”. La estrategia marxista era confundirse con la población civil, había que operar en la clandestinidad como ellos. Así justificaron la represión ilegal e indiscriminada. Ocurría generalmente por las noches, para atemorizar a la población. Estaba a cargo de personas sin uniforme en vehículos sin identificación, con los que llevaban a los detenidos a centros de reclusión clandestinos. Allí algunos de ellos eran legalizados y trasladados a prisiones oficiales. Otros, la mayoría, eran ejecutados. Desaparecían, ya que no se expedía documentación alguna de su deceso; el terrorismo de estado en acción.

Con Carter en la presidencia, mientras tanto, comenzó una nueva política exterior: la promoción de los derechos humanos. Videla y Pinochet lo vieron como una claudicación de Washington ante el comunismo, pero la izquierda lo vio como una protección, y comenzó a darse cuenta que esa noción era mucho más que una formalidad de la democracia burguesa. El gobierno de Carter respaldó a la OEA y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se enfrentó con convicción a las acciones ilegales de esos estados represivos. Así fue como se instalaron los derechos humanos en la agenda progresista de la región. Así se hizo la democratización de los ochenta.

Los líderes latinoamericanos de hoy, en los gobiernos y en los organismos multilaterales, fueron parte de esa historia. Algunos encarcelados, muchos exiliados, la mayoría con familiares y amigos desaparecidos, y casi todos habiendo sido víctimas de violación de derechos. ¿Qué pensaran, en su intimidad, sobre la crisis de Venezuela, especialmente viendo a los paramilitares en motocicleta, los llamados Tupamaros, tirando a quemarropa por las calles oscuras de San Cristóbal o Caracas? Todo esto mientras las fuerzas regulares miraban y las mujeres, llorando a gritos desde sus ventanas, colgaban los videos que tomaron con sus teléfonos. ¿Qué dirán acerca de los muertos por la espalda y con tiros a la cabeza, las torturas y vejámenes denunciados, las detenciones ilegales, la censura y la expulsión de periodistas?

La crisis de Venezuela será un parte-aguas para toda la región porque sorprende a una izquierda desmemoriada, conceptualmente perdida, desconectada de su propia historia y normativamente a la deriva. De ahí las respuestas—o las no-respuestas—a esta crisis: el silencio, la confusión, el balbuceo sin sentido, o bien la negación, mecanismo de defensa inconsciente que en este caso parece ser bien consciente. Dilma y Bachelet, al igual que Mujica (¿qué pensará sobre los tupamaros?) y también la OEA, han hecho mutis por el foro. Mercosur tampoco dijo nada, y eso que por muchísimo menos que esto—la destitución pacífica de Lugo—expulsaron a Paraguay del bloque.

Los que callan son más lúcidos, en realidad, porque los que hablan suenan como si fuera una confesión de parte: desconocen cómo funciona una democracia y no les importa mostrarlo, ignoran qué son los derechos humanos y les tiene sin cuidado. En Cuba, Granma se refirió a la importancia de Maduro para asegurar el normal suministro de petróleo—Cuba hace tiempo que cambió el rojo romántico por el negro realista. Correa—en vísperas de ser derrotado en la elección del gobierno de la ciudad de Quito—y Morales apoyaron sin demasiado argumento a Maduro, como era de esperar.

Cristina Kirchner se lanzó con su acostumbrada verborragia, y aprovechó la cadena nacional para apoyar fervientemente a Maduro por haber sido “el ganador legítimo de las últimas elecciones”. Ella no comprende que una victoria electoral no otorga un cheque en blanco, que la sociedad tiene derecho a reclamar contra la inseguridad, la inflación, el desabastecimiento y la censura—como también sucede en Argentina—y que es obligación de un gobierno resolver esos problemas. Mucho menos entiende que una elección, per se, no define a un gobierno como democrático. A eso se le debe agregar la manera como este ejerce el poder, es decir, de acuerdo a preceptos constitucionales que garantizan y refuerzan derechos ciudadanos. ¿Le habrá dicho alguien que Salazar, Stroessner y Suharto, entre muchos otros, también llegaron al poder por el voto? ¿Hay algún libro de historia que los considere democráticos?

Maduro mismo habló en cadena la noche del viernes. Se refirió a los gobiernos “progresistas, de izquierda y socialistas que están transformando América Latina, logrando la unión del continente, defendiendo a los humildes y al ciudadano de a pie”. También hablo de “mayorías permanentes”, sin embargo, una noción ajena a la democracia, que se basa en la alternancia, justamente. Y también se quejó de quienes expresaron preocupación por las violaciones de derechos—Martinelli, Piñera, Santos, Alan García—por entrometerse en asuntos internos de Venezuela. Maduro ignora, obviamente, que esa es precisamente la característica de los derechos humanos y los tratados internacionales que los consagran: la jurisdicción es universal. Eso fue lo que pasó exactamente con Pinochet en Londres en 1998, por ejemplo. Un juez español (también en silencio hoy, a propósito) lo acusó ante un tribunal británico por crímenes de lesa humanidad invocando el derecho internacional.

La crisis de Venezuela es profunda e incierta hoy, pero viene a descubrir otra crisis, quizás más profunda y aún más incierta de cara al futuro: la de la izquierda latinoamericana, perdida intelectualmente y abrumada por una hipocresía casi inimaginable, una verdadera crisis de identidad. La violencia en Venezuela hoy será parte-aguas porque el legado más perverso que deje lo sufrirá la propia izquierda democrática, el verdadero progresismo que tiene delante de si una titánica tarea: descontaminar y recuperar un lenguaje que les fue robado por el autoritarismo bolivariano y que, en el camino, le vació su significado. Tamaña ironía, considerando que el camarada Maduro se enfrenta todo el tiempo a los fascistas.

schamis@american.edu
@hectorschamis

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miércoles, 8 de enero de 2014

MARIO VARGAS LLOSA, EL EJEMPLO URUGUAYO

Ha hecho bien The Economist en declarar a Uruguay el país del año y en calificar de admirables las dos reformas liberales más radicales tomadas en 2013 por el Gobierno del presidente José Mujica: el matrimonio gay y la legalización y regulación de la producción, la venta y el consumo de la marihuana.
Es extraordinario que ambas medidas, inspiradas en la cultura de la libertad, hayan sido adoptadas por el Gobierno de un movimiento que en su origen no creía en la democracia sino en la revolución marxista leninista y el modelo cubano de autoritarismo vertical y de partido único.
Desde que subió al poder, el presidente José Mujica, que en su juventud fue guerrillero tupamaro, asaltó bancos y pasó muchos años en la cárcel, donde fue torturado durante la dictadura militar, ha respetado escrupulosamente las instituciones democráticas —la libertad de prensa, la independencia de poderes, la coexistencia de partidos políticos y las elecciones libres— así como la economía de mercado, la propiedad privada y alentado la inversión extranjera. Esta política del anciano y simpático estadista que habla con una sinceridad insólita en un gobernante, aunque ello le signifique meter la pata de cuando en cuando, vive muy modestamente en su pequeña chacra de las afueras de Montevideo y viaja siempre en segunda clase en sus viajes oficiales, ha dado a Uruguay una imagen de país estable, moderno, libre y seguro, lo que le ha permitido crecer económicamente y avanzar en la justicia social al mismo tiempo que extendía los beneficios de la libertad en todos los campos, venciendo las presiones de una minoría recalcitrante de la alianza.
Hay que recordar que Uruguay, a diferencia de la mayor parte de los países latinoamericanos, tiene una antigua y sólida tradición democrática, al extremo de que, cuando yo era niño, se llamaba al país oriental “la Suiza de América” por la fuerza de su sociedad civil, el arraigo de la legalidad y unas Fuerzas Armadas respetuosas de los gobiernos constitucionales. Además, sobre todo después de las reformas del batllismo, que reforzaron el laicismo y desarrollaron una poderosa clase media, la sociedad uruguaya tenía una educación de primer nivel, una muy rica vida cultural y un civismo equilibrado y armonioso que era la envidia de todo el continente.
Yo recuerdo la impresión que significó para mí conocer Uruguay hacia mediados de los años sesenta. No parecía uno de los nuestros ese país donde las diferencias económicas y sociales eran mucho menos descarnadas y extremas que en el resto de América Latina y en el que la calidad de la prensa escrita y radial, sus teatros, sus librerías, el alto nivel del debate político, su vida universitaria, sus artistas y escritores —sobre todo, el puñado de críticos y la influencia que ejercían en los gustos del gran público— y la irrestricta libertad que se respiraba por doquier lo acercaban mucho más a los más avanzados países europeos que a sus vecinos. Allí descubrí el semanario Marcha, una de las mejores revistas que he conocido, y que se convirtió para mí desde entonces en una lectura obligatoria para estar al tanto de lo que ocurría en toda América Latina.
Esta política del anciano estadista ha dado a Uruguay una imagen de país estable, moderno, libre y seguro
Sin embargo, ya en aquel tiempo había comenzado a deteriorarse esa sociedad que daba al forastero la impresión de estar alejándose cada vez más del tercer mundo y acercándose cada vez más al primero. Porque, pese a todo lo bueno que allí ocurría, muchos jóvenes, y algunos no tan jóvenes, sucumbían a la fascinación de la utopía revolucionaria e iniciaban, según el modelo cubano, las acciones violentas que destruirían aquella “democracia burguesa” para reemplazarla no por el paraíso socialista sino por una dictadura militar de derecha que llenó las cárceles de presos políticos, practicó la tortura y obligó a exiliarse a muchos miles de uruguayos. El drenaje de talento y de sus mejores profesionales, artistas e intelectuales que padeció el Uruguay en aquellos años fue proporcionalmente uno de los más críticos que haya vivido en la historia un país latinoamericano. Sin embargo, la tradición democrática y la cultura de la legalidad y la libertad no se eclipsaron del todo en aquellos años de terror y, al caer la dictadura y restablecerse la vida democrática, florecerían de nuevo con más vigor y, se diría, con una experiencia acumulada que sin duda ha educado tanto a la derecha como a la izquierda, vacunándolas contra las ilusiones violentistas del pasado.
De otro modo no hubiera sido posible que la izquierda radical, que con el Frente Amplio y los tupamaros llegara al poder, diera muestras, desde el primer momento, de un pragmatismo y espíritu realista que ha permitido la convivencia en la diversidad y profundizado la democracia uruguaya en lugar de pervertirla. Ese perfil democrático y liberal explica la valentía con que el Gobierno del presidente José Mujica ha autorizado el matrimonio entre parejas del mismo sexo y convertido a Uruguay en el primer país del mundo en cambiar radicalmente su política frente al problema de la droga, crucial en todas partes, pero de una agudeza especial en América Latina. Ambas son reformas muy profundas y de largo alcance que, en palabras de The Economist, “pueden beneficiar al mundo entero”.
El matrimonio entre personas del mismo sexo, ya autorizado en varios países del mundo, tiende a combatir un prejuicio estúpido y a reparar una injusticia por la que millones de personas han padecido (y siguen padeciendo en la actualidad) arbitrariedades y discriminación sistemática, desde la hoguera inquisitorial hasta la cárcel, el acoso, marginación social y atropellos de todo orden. Inspirada en la absurda creencia de que hay solo una identidad sexual “normal” —la heterosexual— y que quien se aparta de ella es un enfermo o un delincuente, homosexuales y lesbianas se enfrentan todavía a prohibiciones, abusos e intolerancias que les impiden tener una vida libre y abierta, aunque, felizmente, en este campo, por lo menos en Occidente, se han ido desmoronando los prejuicios y tabúes homofóbicos y reemplazándolos la convicción racional de que la opción sexual debe ser tan libre y diversa como la religiosa o la política, y que las parejas homosexuales son tan “normales” como las heterosexuales. (En un acto de pura barbarie, el Parlamento de Uganda acaba de aprobar una ley estableciendo la cadena perpetua para todos los homosexuales).
La represión no ha funcionado, y el narcotráfico es hoy el factor principal de la corrupción en América Latina
Respecto a las drogas prevalece todavía en el mundo la idea de que la represión es la mejor manera de enfrentar el problema, pese a que la experiencia ha demostrado hasta el cansancio que no obstante la enormidad de recursos y esfuerzos que se han invertido en reprimirlas, su fabricación y consumo siguen aumentando por doquier, engordando a las mafias y la criminalidad asociada al narcotráfico. Este es en nuestros días el principal factor de la corrupción que amenaza a las nuevas y a las antiguas democracias y va cubriendo las ciudades de América Latina de pistoleros y cadáveres.
¿Será exitoso el audaz experimento uruguayo de legalizar la producción y el consumo de la marihuana? Lo sería mucho más, sin ninguna duda, si la medida no quedara confinada en un solo país (y no fuera tan estatista) sino comprendiera un acuerdo internacional del que participaran tanto los países productores como consumidores. Pero, aun así, la medida va a golpear a los traficantes y por lo tanto a la delincuencia derivada del consumo ilegal y demostrará a la larga que la legalización no aumenta notoriamente el consumo sino en un primer momento, aunque luego, desaparecido el tabú que suele prestigiar a la droga ante los jóvenes, tienda a reducirlo. Lo importante es que la legalización vaya acompañada de campañas educativas —como las que combaten el tabaco o explican los efectos dañinos del alcohol— y de rehabilitación, de modo que quienes fuman marihuana lo hagan con perfecta conciencia de lo que hacen, al igual que ocurre hoy día con quienes fuman tabaco o beben alcohol.
La libertad tiene sus riesgos y quienes creen en ella deben estar dispuestos a correrlos en todos los dominios, no sólo en el cultural, el religioso y el político. Así lo ha entendido el Gobierno uruguayo y hay que aplaudirlo por ello. Ojalá otros aprendan la lección y sigan su ejemplo.
@vargas_llosa
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.
© Mario Vargas Llosa, 2013.

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sábado, 21 de diciembre de 2013

ALEK BOYD MUERE HUGO CHÁVEZ, NACE EL CHAVISMO

Con o sin el expresidente, el chavismo es una plataforma viable, y es la preferida por los venezolanos. De eso ya no queda duda


No eran pocas las interrogantes que existían sobre si el chavismo era viable. Se especulaba. Se decía “una vez que no esté Chávez esto se cae como un castillo de naipes.” El chavismo sin Chávez, como se dio a conocer la figura, era algo que existía en la bruma del futuro. Intangible e insondable. La creencia era que sólo Chávez tenía el carisma, la ascendencia, y presencia como para cargar a espaldas su movimiento político. Durante su vida nadie le hizo sombra en la política venezolana, mucho menos dentro del chavismo. Los colaboradores que mantuvo en derredor eran vistos como simples correveidiles, mandaderos, individuos sin poder ni discreción para tomar decisiones de relevancia alguna.

Cuando se supo de su enfermedad fatal, muchos en la oposición, aun cuando no lo reconocían en publico, se regocijaron. Comenzaron a salivar, creyendo que la desaparición física del caudillo daría al traste con su “revolución Bolivariana”. Comenzaron a contar los pollos. Se convencieron de que el momento había llegado. Sin Chávez en escena, ninguno de sus adláteres podría mantener el chavismo unido, por cuestión de gravitas, o falta de ella. Ni Maduro, ni Cabello, menos el dizque todopoderoso presidente de PDVSA Rafael Ramirez, eran vistos como “hombres de Estado”, al estilo Hugo Chávez. Esa era al menos la creencia...

Pero han sucedido una serie de elecciones, desde la muerte de Chávez, que no dejan lugar para las dudas. El chavismo se ha consolidado en el 2013 como la fuerza política preferida de la mayoría de los venezolanos. Ya no se trata de un líder que exudaba carisma actuando cual porta-aviones de una plataforma política repleta de mediocridades, y de personalidades grises que no despiertan ni un mal pensamiento. No. Estamos en presencia de un movimiento que, con o sin líder galáctico, bate en elecciones a quien quiera que la oposición decida lanzar al ruedo.

En el 2006, estuve tres meses trabajando como asesor de la campaña del entonces líder de oposición Manuel Rosales. Desde entonces se han proferido todo tipo de criticas a esa candidatura, se ha dicho que era imposible esperar una victoria con tal candidato, de hecho el mismo Rosales está exiliado en Perú. La oposición luego pensó que estaba dictando cátedra de democracia cuando organizo las primarias para escoger al contrincante de Chávez. Henrique Capriles gano dicha contienda, y básicamente es lo único que ha ganado desde entonces. Ya ha sido derrotado tres veces, en corta sucesión, por Chávez y por Nicolás Maduro. Como líder de oposición no ha podido hacer mella alguna en la popularidad del chavismo.

Por ello debe reconocerse, sin ambages, que éste año pronto a terminar ha sido el año en el que el chavismo nació como fuerza política. Ya no está el encantador de serpientes, el líder supremo, no obstante sus delfines han demostrado, al menos, que la oposición en cualquiera de sus formas es minoría. Debido a la singularidad de la correlación de fuerzas políticas y poder real en Venezuela, esta neo realidad augura un futuro bastante incierto para Venezuela, que no para el chavismo.

Y antes de que se esgrima el argumento del ventajismo del Gobierno en materia electoral como justificación de las recurrentes derrotas electorales de la oposición, es imperativo recordar que la oposición tiene como pilar ideológico el no cuestionar seriamente la forma en la cual se llevan a cabo los procesos electorales en Venezuela, y a las autoridades que administran y organizan tales procesos. Por tanto, si dichos procesos son buenos para reclamar victorias también deben serlo para reconocer que el chavismo, con o sin Chávez, es una plataforma viable, y es la preferida por la mayoría de los venezolanos.

De eso ya no queda duda.

Alek Boyd
alek.boyd@gmail.com

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