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lunes, 18 de agosto de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, CITGO, PRIVATIZACIONES,

Se trata de Citgo, empresa gasolinera. Es propietaria de seis mil estaciones de servicio y tres refinerías —en Illinois, Texas y Luisiana— y da empleo a cuatro mil personas. Las refinerías son de alta tecnología, de las pocas con capacidad para procesar crudos pesados. 

Es una empresa importante, parte del paisaje carretero de toda la costa Este del país. Ello incluye el legendario Fenway Park, hogar de los Red Sox de Boston, donde no hay home run que no esté ligado a Citgo, allí desde 1965 gracias a un gigantesco aviso publicitario detrás de las gradas. Esa presencia le ha permitido a la gasolinera ingresar en el propio corazón de los fanáticos bostonianos, tanto que han llegado a protestar cada vez que se intentó remover el cartel del lugar.

Una de esas ocasiones fue en 2006, luego que Hugo Chávez se refiriera a George W. Bush como “el diablo”. Es que el dueño de Citgo es PDVSA, la compañía estatal de petróleos venezolanos, y en aquella ocasión un concejal municipal propuso reparar el orgullo de su presidente reemplazando el anuncio por la bandera de Estados Unidos. Los fanáticos estuvieron del lado de su memoria deportiva —es decir, del lado de Citgo— y allí sigue hoy, sin bandera alguna.

Venezuela está hoy a punto de perder tan extraordinario recurso comercial, y no por culpa de Boston sino porque Citgo está en venta. No es la primera vez que el tema aparece en la agenda. De hecho, la empresa ya había vendido dos refinerías y tres oleoductos en el pasado. Chávez mismo solía quejarse de Citgo con frecuencia e indicaba que se la sacaría de encima. Ahora, sin embargo, es más que retórica. La crisis de las finanzas públicas ha llegado a niveles sin precedentes, y el gobierno parece haber formalizado un acuerdo con el banco de inversión Lazard para que se haga cargo de las negociaciones de venta de la totalidad de la firma.

La racionalidad de esta decisión no sería inconsistente con tantos otros errores de política económica acumulados durante quince años, pero este caso supera todo lo anterior. Cuesta pensar que un país petrolero renuncie voluntariamente a la ventaja comparativa otorgada por la integración vertical de su activo. Citgo convirtió a Venezuela en un productor y exportador que también controla autónomamente el proceso de refinamiento, distribución y venta en el mercado más importante del planeta. ¿Por qué regalarles a sus competidores los tanques de gasolina de millones de automóviles estadounidenses?

¿Y por qué además introducir incertidumbre futura en el proceso de refinamiento, dado el limitado número de plantas capaces de tratar crudos pesados como el venezolano? Nadie puede asegurar que esas plantas, con otros dueños, no prefieran procesar un crudo más liviano en el futuro, por ejemplo mexicano o canadiense. El gobierno de Maduro no solo desconoce la importancia de la demanda —en el petróleo y en cualquier negocio—, sino que también crea problemas del lado de la oferta.

La privatización de Citgo tampoco tiene sentido desde el punto de vista estratégico, como política exterior. Si es verdad que Estados Unidos es una potencia hostil, el imperio que conspira y fomenta la desestabilización del gobierno revolucionario, ¿no sería esa razón más que importante para conservar herramientas de poder en propio suelo estadounidense? ¿Por qué renunciar también a sentarse a la mesa grande de la discusión sobre la política energética estadounidense y, por añadidura, del resto del hemisferio? De México a Noruega y el golfo Pérsico, y sin olvidarnos de Rusia, es difícil imaginar a otro país petrolero tomando decisiones para reducir su capacidad estructural de negociación frente a Estados Unidos.

Para algunos la “racionalidad” de esta venta, entonces, tendría que ver con las urgencias de financiamiento de corto plazo —la dramática crisis fiscal— y la rapacidad del chavismo, es decir, su innata propensión a las prácticas corruptas en lo que será un negocio millonario para todos los involucrados. Otros, a su vez, han señalado la necesidad de eliminar activos que podrían ser embargables en caso de sentencias adversas por las demandas de Exxon Mobil y ConocoPhillips contra PDVSA.

El caso en cuestión es otro ejemplo que ilustra, una vez más, que los hechos no importan y la realidad no existe, que todo es reducible al relato, a una narrativa esotérica que viola cualquier posibilidad de objetividad. Los bolivarianos pontifican sobre la economía estatal, pero destruyen el estado. Son víctimas de las conspiraciones del imperio, pero renuncian a conservar poder en el propio territorio del mismo. Son humildes socialistas, pero poseen cuentas en bancos internacionales con una inimaginable cantidad de ceros en sus saldos.

Así las cosas, la supuesta revolución hace un círculo completo, constituyéndose ahora en privatizador, como aquellos neoliberales que siempre critica, solo que lo hace de manera más incomprensible. Pinochet, por ejemplo, el híper privatizador, conservó el recurso estratégico del cobre —que había sido nacionalizado por Allende— en manos del estado.

El chavismo, que ha expropiado hasta el suministro de arroz y frijoles, ahora se encamina a privatizar el activo estratégico más importante del país. Finalmente, se entiende porque hablan de socialismo del siglo XXI. El socialismo del siglo XX lo hacía exactamente el revés.

Héctor E. Schamis
hes8@georgetown.edu
@hectorschamis

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domingo, 29 de junio de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, LA DIVISIÓN DEL CHAVISMO

En política, el pecado de la traición muchas veces no es otra cosa que la virtud del pragmatismo

Es la reunión preparatoria para el tercer congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela. El evento tiene algo de secta religiosa. Maduro predica levantando su “biblia”, El libro azul de Chávez, el cual agita como trofeo para aparente regocijo de la militancia. Lo abre y recomienda capítulos. Invoca la sabiduría inagotable de su autor, constituido en deidad. Sitúa a los allí presentes en el periodo de su enfermedad y agonía, previo a su paso hacia la inmortalidad. 

Sin embargo, el relato no recrea una última cena, como podría pensarse, sino más bien la pedestre orden de Chávez mandándolo a estudiar la constitución. Para quien ya era un alto funcionario de gobierno, la anécdota—real o imaginaria—no deja de tener un cierto rasgo de candidez.

Eso para el agnóstico. En otro tiempo y lugar, un partido hegemónico usaría la ocasión para reforzar la homogeneidad ideológica, incrementar la cohesión entre los cuadros y anunciar líneas programáticas futuras. Pero ese es un lujo que este partido no puede darse. 

Necesitado, pero también acorralado, Maduro le dedicó más tiempo a los pecadores que a los santos, a los traidores más que a los leales. ¿No es mezquino—palabras más palabras menos, aseveró esa noche—que en este año 2014, plagado de conspiraciones y magnicidios, estos traidores ahora fomenten la fisura y la división en el movimiento revolucionario?

A fuerza de repetición de la misma frase, Maduro no hizo más que admitir y enfatizar su propia debilidad. El chavismo es tan frágil hoy que hasta la contrariada respuesta de un ministro caído en desgracia constituye una amenaza grave. De eso se trató la arenga partidaria. 

Es la historia de la remoción del ministro de planificación, Jorge Giordani, quien respondió a su destitución con una carta abierta criticando a Maduro por su incompetencia en el manejo de la economía y sus debilidades de liderazgo. A ello le siguió otra carta crítica y de apoyo a Giordani por parte de otro histórico del chavismo, Héctor Navarro, a posteriori suspendido de su cargo directivo en el partido oficial.

Así las cosas, son las grietas del propio chavismo las que van produciendo cambios políticos, y Venezuela se dirime entre varios escenarios. El primero es que el gobierno profundice la purga, eliminando a las voces disidentes y al mismo tiempo disuadiendo a posibles imitadores. El problema para Maduro es que para emprender una purga generalizada contra altos jerarcas del partido se requiere una gran concentración de poder político en sus manos, o una gran dosis de éxito económico.

O ambas, y Maduro hoy no posee ninguna. Su presidencia tiene un déficit congénito de autoridad y está en un proceso de desgaste desde febrero, con bajos niveles de aceptación en la sociedad. Su aliado más importante de hoy parecería ser Diosdado Cabello; su enemigo más temible, toda una definición. La economía, por su parte, no muestra signos de recuperación. Continúan la persistente inflación con estancamiento, la total ausencia de inversión privada y la carencia de bienes de primera necesidad.

Un segundo escenario, entonces, podría ser que Maduro no recupere la cohesión del otrora partido hegemónico, y que los disidentes se multipliquen, aumentando la fragmentación. Se propagarán las críticas y los desencantados, en tanto más voces del chavismo recogerán el dato más abrumador de la calle: que la aprobación de Maduro no pasa del 30 por ciento. Es que para el dogmatismo autoritario, del cual el chavismo es un ejemplo, es difícil entender que en política el pecado de la traición muchas veces se transforma en la virtud del pragmatismo.

Aquí se trata de un escenario de proto-transición, donde la oposición tiene la oportunidad de tender puentes con los chavistas decepcionados y arrepentidos y, otra vez, no hay indicios que ello esté ocurriendo. La historia de la democratización indica que no hay transición a menos que la elite del campo autoritario se divida. La conocida historia de los duros y los blandos, los halcones y las palomas, eso ya está sucediendo y abre la oportunidad del cambio político.

Estas “traiciones” evidencian que el PSUV está perdiendo su lugar de partido hegemónico, un lugar dado no solo por ganar elecciones sino fundamentalmente por ser el generador de la interpretación dominante de la realidad, es decir, la narrativa que relata el orden natural de las cosas. La transición entonces no será de un partido a otro, como en una democracia normal, ni de un régimen a otro, como en el colapso de una dictadura militar. La que viene es una lenta transición de hegemonías. Y esa parte, incierta y riesgosa, ni siquiera ha comenzado. La oposición democrática debe comenzar a trabajar en ello.

Héctor E. Schamis
hes8@georgetown.edu
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martes, 20 de mayo de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, LA HISTORIA DE ARGENZUELA, DESDE GEORGETOWN

Cuando la historia se escribe y reescribe a voluntad, tantas veces como sean necesarias, se hace difícil hablar de condiciones objetivas
Héctor E. Schamis


En 1867 se creó el Imperio Austro-Húngaro, la unión de dos casas reales. El último capítulo de los Habsburgos, funcionaba con un jefe de estado, Francisco José, y dos gobiernos en paralelo con dos capitales, Viena y Budapest. Defensa y política exterior estaban centralizadas en el emperador y existía una unión aduanera, pero las demás funciones eran autónomas, con dos parlamentos y sus respectivos primeros ministros que coordinaban los procesos legislativos. Bien engorroso, pero el Imperio fue una de los grandes potencias europeas en la segunda mitad del siglo XIX hasta que se disolvió en 1918, al ser derrotado en la Primera Guerra Mundial.

Argenzuela, país con dos capitales en América del Sur, Buenos Aires y Caracas, también fue creada por el acuerdo político de dos poderes cuasi monárquicos, el de los Kirchner y el de Chávez. La idea se inició a mediados de la década pasada, cuando Argentina todavía estaba bajo los efectos del default y Venezuela adquirió bonos de deuda, según algunos por amistad y solidaridad, según otros por tasas de interés más elevadas que las del FMI. 

Continuó con la elección de Cristina Kirchner en 2007, cuando Venezuela contribuyó a su campaña con recursos monetarios, la renombrada maleta de Antonini Wilson, y se profundizó después del deceso de Néstor Kirchner, cuando la política económica comenzó a parecerse de manera considerable.

El alto déficit fiscal financiado con emisión, la complicadísima e ineficiente política cambiaria y el irracional proteccionismo, que restringe tanto insumos industriales como hospitalarios, son realidades comunes más recientes, posteriores a 2010. La política exterior también comenzó a coordinarse de manera creciente desde entonces, como la nacionalización de la siderúrgica de Techint en Venezuela—que contó con el llamativo silencio de la embajada argentina—la expulsión de Paraguay del Mercosur—pretexto para integrar a Venezuela al bloque—o como en el caso de decisiones con objetivos menos claros, por ejemplo, la nunca explicada relación triangular con Irán.

Pero más allá de las políticas, Argenzuela recién tomó verdadera entidad con la estrategia de la perpetuación, exitosa o fallida, y por medio de los instrumentos utilizados para tal fin. En ese sentido deben entenderse la estigmatización de la prensa—el enemigo todopoderoso—la intimidación a los periodistas—sus agentes—y el acoso a jueces y fiscales independientes—sus supuestos intelectuales orgánicos. Como estrategia concreta fue más exitosa en Caracas que en Buenos Aires, indudablemente, pero la construcción narrativa de la misma y su representación escénica fueron igual de intensos en ambos lugares. No en vano, ya han sido quince años de chavismo y serán doce de kirchnerismo.

Las consecuencias de esta historia—este Macondo del siglo XXI, muy real y nada mágico—sin embargo se sentirán por décadas, tendrán efectos duraderos en las normas sociales y la cultura. Allí donde desde el poder se dice que siempre se trata de intereses subjetivos—la remanida conspiración—desde luego que todos perdemos sentido de la objetividad, los hechos cada vez importan menos. Con eso además se diluye el valor del lenguaje como instrumento descriptivo. Ya no sabemos qué es la democracia, el autoritarismo, y ni que hablar del fascismo, el socialismo y tantas otras palabras claves para nuestra comunicación política y nuestra cultura compartida.

Allí donde todo es reducible a su representación simbólica, no sorprende que un presidente haga política hablando con un pájaro—que a su vez encarna a un difunto—y que otro presidente la haga elevando un pingüino inflable con sus alas desplegadas—que denota otro difunto—cual canonización. Generalmente la política es objeto de estudio de las ciencias sociales y el derecho, pero allí donde todo es relato y escenografía tal vez sea objeto de la ornitología.

Es que el absurdo de la realidad no está tan lejos de eso. Cuando la historia se escribe y se reescribe a voluntad, tantas veces como sean necesarias y en jerga marxista chatarra, se hace difícil hablar de las condiciones objetivas de nada. Allí donde la cadena nacional se usa y se abusa hasta saturar a una sociedad, los anticapitalistas pueden tener cuentas en Suiza y los revolucionarios propiedades en Miami sin mayores problemas. Los altos funcionarios con décadas viviendo del estado ni se ruborizan al declarar aumentos patrimoniales “por ser abogados exitosos”. Es aceptable también que los auto consagrados campeones de los derechos humanos hayan dirigido el periódico de Videla, y que además vayan por el mundo presumiendo de ser moralmente superiores. No son los periodistas ni los jueces, en Argenzuela estos son los verdaderos intelectuales orgánicos y ese es el discurso hegemónico de dominación, tan hegemónico que ha construido una realidad insoslayable.

Argenzuela es muy real, entonces, no es solo una superficialidad discursiva, y eso es lo grave. Es muy diferente a aquel populismo clásico del siglo XX, aunque se le parezca. Es un proyecto serio, de fondo, una batalla por las ideas y las palabras, o mejor dicho una batalla por la disolución de su significado en base a la repetición, lo cual no deja de constituir una estrategia de dominación.

Con eso han deteriorado la civilidad y el tejido social, y le han dado forma a un orden social autoritario. Es un proyecto cultural que no debe ser tomado a la ligera, porque hasta ahora la vienen ganando. No será para siempre, y esperemos que no sea medio siglo y con una guerra en el camino, pero Argenzuela dejará su marca.

Héctor E. Schamis
hes8@georgetown.edu
@hectorschamis

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lunes, 7 de abril de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, (AUTO) GOLPE Y AISLAMIENTO INTERNACIONAL

Es el propio presidente Nicolás Maduro quien instala en América Latina la noción de que su régimen es autoritario

Maduro tenía razón, al final era cierto lo del golpe. Sólo que omitió decir que se trataba de un autogolpe, como el de Fujimori en abril de 1992, cuando disolvió el Congreso y tomó control del Poder Judicial. Aquello se llamó Fujimorato, un régimen de origen electoral, pero con todo el poder del Estado en manos del presidente y ejercido a través del accionar ilegal de los servicios de inteligencia. Se observa un innegable aire de familia.

Maduro no necesitó tomar control del Poder Judicial, porque éste funciona como apéndice del Ejecutivo desde hace tiempo, ni tampoco disolvió la Asamblea Nacional. No obstante, el desafuero de María Corina Machado, en tiempo récord y precisamente con la expedita certificación del Tribunal Supremo, es un autogolpe. El número de diputados removidos de sus curules es lo que menos importa. Uno o todos, en ese acto se institucionaliza el avasallamiento del Parlamento, se oficializa que la suma del poder público está concentrada en el Ejecutivo. Sin separación de poderes ni contrapesos no hay democracia—las migajas que quedaban, dirían los venezolanos desde las calles.

En una decisión ilógica para su propia supervivencia, sin embargo, con la destitución de María Corina Machado es el propio Maduro quien instala en el resto de América Latina la noción de que su régimen es autoritario. Para reafirmarlo, Machado viajó primero a Lima y luego a Brasilia, y Williams Dávila viajará a México la semana próxima. Ya existe además una invitación del Congreso paraguayo y gestiones de diputados de oposición argentinos para recibirlos en Buenos Aires. Serán más y la razón es muy simple: empatía y solidaridad de colegas. Si Maduro supiera cómo funciona la democracia, lo habría previsto.

Ahora es estéril el blindaje que intentó la OEA. Tampoco importa que los Gobiernos continúen desmemoriados, que Dilma calle por conveniencia, que Cristina Kirchner hable demasiado y que Peña Nieto opte por el argumento de la no interferencia. Los parlamentarios de la región saben que tienen que evitar que ese ejemplo pueda imitarse. Ellos también son víctimas - ocasionales o habituales - de la intimidación de sus superpresidentes, esa recurrente patología latinoamericana. Hoy es una diputada despojada de su investidura en Venezuela, mañana pueden ser otros en cualquier país de la región y con cualquier otro pretexto. De todas las líneas que Maduro cruzó, esta es la más inexplicable de todas. Autoinfligida, Maduro acaba así con la relativa neutralidad de América Latina.

Esta manifiesta irracionalidad coincide con un creciente aislamiento externo. De hecho, el contexto internacional ha cambiado en las últimas semanas. Primero fue Cuba, a fin de marzo, con una ley de inversión extranjera amplia y atractiva. Esa ley puede leerse como la admisión implícita que los recursos venezolanos están llegando a su fin. La “solidaridad revolucionara” de los Castro también podría descender en proporción directa a la caída de esos recursos. El agotamiento de la petrodiplomacia también se confirma en Nicaragua, donde la cooperación se ha reducido considerablemente desde la muerte de Chávez. Los observadores esperan cortes más pronunciados este año, así como una fuerte caída de las exportaciones a Venezuela, hasta hoy el segundo mercado de los productos nicaragüenses.

A la evolución negativa de los flujos fiscales y comerciales debe agregarse el más que negativo flujo normativo, el de los valores y derechos. Primero fue Amnistía Internacional, con un informe concluyente que documenta los abusos y torturas, con números precisos e identificando a las víctimas. Luego llegó el documento de la Conferencia Episcopal Venezolana, que en un lenguaje sin ambigüedades denuncia que la crisis es consecuencia del llamado “Plan de Patria” escrito por Chávez. La Iglesia usa el término “totalitarismo”—nada menos—para caracterizar el orden político que el Gobierno intenta imponer.

En este contexto de aislamiento y desconcierto se puede interpretar también la columna de Maduro en el New York Times, deseoso de intercambiar embajadores y apelando a la buena voluntad de Obama y de todo aquel que quiera “contribuir al dialogo y la paz”. Aunque sea pura retórica—y la retórica es la materia prima de la política—si ese gesto perteneciera a la sección boxeo de un periódico, el título de la crónica sería Maduro arroja la toalla.

A diferencia de Fujimori, cuyo poder estaba en alza en el momento del autogolpe, el de Maduro está en descenso. El desafuero de Machado aparece como un error que por sí mismo podría estar señalando un punto de inflexión. La democracia no necesariamente está a la vuelta de la esquina, pero el frente externo parece estar abriéndose para los demócratas venezolanos. El régimen comienza a aislarse y ese es un cambio que no puede pasarse por alto. En muchas transiciones, así fue el primer paso.

Héctor E. Schamis
hes8@georgetown.edu
@hectorschamis

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sábado, 1 de marzo de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, LA DESMEMORIADA IZQUIERDA LATINOAMERICANA

La crisis de Venezuela sorprende a una izquierda desmemoriada, conceptualmente perdida, desconectada de su propia historia y normativamente a la deriva,

A mediados de los setenta, buena parte de América Latina estaba bajo regímenes militares. Según decían, era para combatir a la subversión armada que buscaba tomar el poder. Para los jerarcas militares no era una guerra fría ni convencional, donde se ve los colores del enemigo enfrente de uno; esa era una guerra “sucia”. La estrategia marxista era confundirse con la población civil, había que operar en la clandestinidad como ellos. Así justificaron la represión ilegal e indiscriminada. Ocurría generalmente por las noches, para atemorizar a la población. Estaba a cargo de personas sin uniforme en vehículos sin identificación, con los que llevaban a los detenidos a centros de reclusión clandestinos. Allí algunos de ellos eran legalizados y trasladados a prisiones oficiales. Otros, la mayoría, eran ejecutados. Desaparecían, ya que no se expedía documentación alguna de su deceso; el terrorismo de estado en acción.

Con Carter en la presidencia, mientras tanto, comenzó una nueva política exterior: la promoción de los derechos humanos. Videla y Pinochet lo vieron como una claudicación de Washington ante el comunismo, pero la izquierda lo vio como una protección, y comenzó a darse cuenta que esa noción era mucho más que una formalidad de la democracia burguesa. El gobierno de Carter respaldó a la OEA y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se enfrentó con convicción a las acciones ilegales de esos estados represivos. Así fue como se instalaron los derechos humanos en la agenda progresista de la región. Así se hizo la democratización de los ochenta.

Los líderes latinoamericanos de hoy, en los gobiernos y en los organismos multilaterales, fueron parte de esa historia. Algunos encarcelados, muchos exiliados, la mayoría con familiares y amigos desaparecidos, y casi todos habiendo sido víctimas de violación de derechos. ¿Qué pensaran, en su intimidad, sobre la crisis de Venezuela, especialmente viendo a los paramilitares en motocicleta, los llamados Tupamaros, tirando a quemarropa por las calles oscuras de San Cristóbal o Caracas? Todo esto mientras las fuerzas regulares miraban y las mujeres, llorando a gritos desde sus ventanas, colgaban los videos que tomaron con sus teléfonos. ¿Qué dirán acerca de los muertos por la espalda y con tiros a la cabeza, las torturas y vejámenes denunciados, las detenciones ilegales, la censura y la expulsión de periodistas?

La crisis de Venezuela será un parte-aguas para toda la región porque sorprende a una izquierda desmemoriada, conceptualmente perdida, desconectada de su propia historia y normativamente a la deriva. De ahí las respuestas—o las no-respuestas—a esta crisis: el silencio, la confusión, el balbuceo sin sentido, o bien la negación, mecanismo de defensa inconsciente que en este caso parece ser bien consciente. Dilma y Bachelet, al igual que Mujica (¿qué pensará sobre los tupamaros?) y también la OEA, han hecho mutis por el foro. Mercosur tampoco dijo nada, y eso que por muchísimo menos que esto—la destitución pacífica de Lugo—expulsaron a Paraguay del bloque.

Los que callan son más lúcidos, en realidad, porque los que hablan suenan como si fuera una confesión de parte: desconocen cómo funciona una democracia y no les importa mostrarlo, ignoran qué son los derechos humanos y les tiene sin cuidado. En Cuba, Granma se refirió a la importancia de Maduro para asegurar el normal suministro de petróleo—Cuba hace tiempo que cambió el rojo romántico por el negro realista. Correa—en vísperas de ser derrotado en la elección del gobierno de la ciudad de Quito—y Morales apoyaron sin demasiado argumento a Maduro, como era de esperar.

Cristina Kirchner se lanzó con su acostumbrada verborragia, y aprovechó la cadena nacional para apoyar fervientemente a Maduro por haber sido “el ganador legítimo de las últimas elecciones”. Ella no comprende que una victoria electoral no otorga un cheque en blanco, que la sociedad tiene derecho a reclamar contra la inseguridad, la inflación, el desabastecimiento y la censura—como también sucede en Argentina—y que es obligación de un gobierno resolver esos problemas. Mucho menos entiende que una elección, per se, no define a un gobierno como democrático. A eso se le debe agregar la manera como este ejerce el poder, es decir, de acuerdo a preceptos constitucionales que garantizan y refuerzan derechos ciudadanos. ¿Le habrá dicho alguien que Salazar, Stroessner y Suharto, entre muchos otros, también llegaron al poder por el voto? ¿Hay algún libro de historia que los considere democráticos?

Maduro mismo habló en cadena la noche del viernes. Se refirió a los gobiernos “progresistas, de izquierda y socialistas que están transformando América Latina, logrando la unión del continente, defendiendo a los humildes y al ciudadano de a pie”. También hablo de “mayorías permanentes”, sin embargo, una noción ajena a la democracia, que se basa en la alternancia, justamente. Y también se quejó de quienes expresaron preocupación por las violaciones de derechos—Martinelli, Piñera, Santos, Alan García—por entrometerse en asuntos internos de Venezuela. Maduro ignora, obviamente, que esa es precisamente la característica de los derechos humanos y los tratados internacionales que los consagran: la jurisdicción es universal. Eso fue lo que pasó exactamente con Pinochet en Londres en 1998, por ejemplo. Un juez español (también en silencio hoy, a propósito) lo acusó ante un tribunal británico por crímenes de lesa humanidad invocando el derecho internacional.

La crisis de Venezuela es profunda e incierta hoy, pero viene a descubrir otra crisis, quizás más profunda y aún más incierta de cara al futuro: la de la izquierda latinoamericana, perdida intelectualmente y abrumada por una hipocresía casi inimaginable, una verdadera crisis de identidad. La violencia en Venezuela hoy será parte-aguas porque el legado más perverso que deje lo sufrirá la propia izquierda democrática, el verdadero progresismo que tiene delante de si una titánica tarea: descontaminar y recuperar un lenguaje que les fue robado por el autoritarismo bolivariano y que, en el camino, le vació su significado. Tamaña ironía, considerando que el camarada Maduro se enfrenta todo el tiempo a los fascistas.

schamis@american.edu
@hectorschamis

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