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LA LIBERTAD, SANCHO, ES UNO DE LOS MÁS PRECIOSOS DONES QUE A LOS HOMBRES DIERON LOS CIELOS; CON ELLA NO PUEDEN IGUALARSE LOS TESOROS QUE ENCIERRAN LA TIERRA Y EL MAR: POR LA LIBERTAD, ASÍ COMO POR LA HONRA, SE PUEDE Y DEBE AVENTURAR LA VIDA. (MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA) ¡VENEZUELA SOMOS TODOS! NO DEFENDEMOS POSICIONES PARTIDISTAS. ESTAMOS CON LA AUTENTICA UNIDAD DE LA ALTERNATIVA DEMOCRATICA
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lunes, 10 de noviembre de 2014

BYUNG-CHUL HAN, ¿POR QUÉ HOY NO ES POSIBLE LA REVOLUCIÓN?

BYUNG-CHUL HAN,
Para descifrar la alta estabilidad del sistema de dominación liberal hay que entender cómo funcionan los actuales mecanismos de poder. El comunismo como mercancía es el fin de la revolución


Cuando hace un año debatí con Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre dos críticas del capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se presentó como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo profesor escéptico. Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa interconectada de protesta y revolución, a la que confiaba la tarea de derrocar al empire.La posición del comunista revolucionario me pareció muy ingenua y alejada de la realidad. Por ello intenté explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no son posibles.

¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.

Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como “el enemigo interior” y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.

El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El carácter estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor; es decir, cautivador

El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?

Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable, smart, y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Cada uno es amo y esclavo. La lucha de clases se convierte en una lucha interna, consigo mismo

Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.

No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la “enajenación” respecto del trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.

¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan el sharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring, [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como “buscad la comunidad” o “involucraos”. Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.

El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.

Byung-Chun Han es filósofo.

Traducción de Alfredo Bergés.
http://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_691913.html

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miércoles, 26 de junio de 2013

HECTOR E. SCHAMIS, SER LIBERAL, SER PROGRESISTA

Para algunas expresiones de la nueva izquierda latinoamericana, más o menos “populistas”, la agenda redistributiva y progresista debe avanzara expensas del liberalismo. 

En esta versión, el liberalismo no es más que una ideología a desenmascarar, el credo de la derecha, los poderosos y el capitalismo internacional. El debate en la región se basa entonces en un razonamiento falaz, que reduce y por ende distorsiona el fenómeno en cuestión. Si esto transcurriera sólo en los claustros, no importaría demasiado. Lo grave es que con esta falacia estos gobiernos hacen política, deteriorando las instituciones republicanas y la legalidad democrática. Ironía suprema, de este modo también afectan los derechos de las mismas clases populares que dicen representar.

Es muy cierto que el liberalismo enuncia postulados teóricos (o ideológicos, si se prefiere) que dan sustento al libre mercado, la iniciativa individual y la propiedad privada—el esqueleto del sistema capitalista. Pero una lectura parcial y sesgada omite que el liberalismo además es la matriz del constitucionalismo, el principio que establece la separación de poderes y los mecanismos que lo regulan y reproducen. La singularidad del estado liberal reside en la idea que las personas tienen derechos fundamentales, y esos derechos están protegidos sólo si el uso del poder público está restringido a priori, o sea, dividido y limitado por normas relativamente estables.

La creación de un orden social basado en la igualdad formal—derechos y garantías—junto con la desigualdad material—propiedad privada—fue objeto frecuente de controversias intelectuales y disputas políticas. Para algunas vertientes de pensamiento, esta era una fórmula intrínsecamente contradictoria y, como tal, insostenible. La nueva izquierda parece suscribir de esta lógica, desconociendo que la “invención democrática” resolvió esa supuesta incongruencia tiempo atrás. De hecho, una vez que el liberalismo clásico se combinó con el proceso histórico democratizador, se creó el marco institucional indispensable para la expansión de derechos—civiles, pero también políticos y sociales—que condujeron a la participación política irrestricta y la redistribución. Si ello no fuera así, el voto continuaría siendo exclusivo para hombres, blancos y propietarios. Y si el derecho a la propiedad privada, tan esencial al capitalismo liberal, fuera inalterable, la tributación progresiva y el estado de bienestar serían quimeras.

El constitucionalismo liberal conforma así una corriente histórica profundamente progresista. Sin el liberalismo no habría igualdad ante la ley, ni existiría la noción de debido proceso, y por ende tampoco tendríamos la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La democracia, entonces, debe ser liberal para ser verdaderamente “democrática”. Esto es esencial para entender lo que está en juego en América Latina, donde nos devoran los sesos con la condena del liberalismo por parte de supuestas democracias populares, directas, radicales, plebiscitarias y demás. Camuflaje retórico, esa es la propaganda de un régimen que usa el método democrático para llegar al poder, pero que una vez allí lo ejerce de manera autoritaria, incluyendo su intención de perpetuarse en él.

Las mayorías son por definición transitorias, de ahí que la constitución liberal reserve derechos y garantías para proteger a las minorías, que pueden ser un partido político derrotado o una minoría étnica o religiosa. Pero en países crecientemente heterogéneos en lo social y diversos en lo cultural, también es minoría un grupo que, independientemente de su número, sea perjudicado por una asignación desigual de recursos materiales—por ejemplo, los pobres o la fuerza laboral femenina—o por una distribución asimétrica del reconocimiento social—por ejemplo, los homosexuales o los discapacitados.

Y cuando de las clases populares y la redistribución se trata, el liberalismo también es necesario para eso. Primero porque un programa redistributivo sólo es sustentable en el tiempo si es parte del tejido de procedimientos de la democracia liberal, como bien lo demuestra la social democracia escandinava, que construyó las sociedades con mayor equidad social y mayor libertad individual del planeta. Y segundo porque cuando cambia el ciclo económico y la economía se contrae—o sea, cuando el boom de las commodities se agote—en un orden normativo débil se exacerban las desigualdades pre-existentes, lo cual perjudica a los pobres desproporcionadamente.

Ser liberal es ser progresista porque la separación de poderes y el debido proceso están del lado de los que menos tienen. Los pobres no tienen recursos materiales, ni apellido, ni influencia política, sólo tienen la norma jurídica que los protege y los empodera, es decir, que les da poder. Hacer redistribución con el liberalismo es ampliar derechos sociales, es construir ciudadanía. Sin el liberalismo, con la discrecionalidad del jefe del Ejecutivo, la redistribución no construye más que clientes de una estrategia de dominación. Hacer justicia social a expensas de otros tipos de justicia es falso; redistribuir recursos mientras se intimida a periodistas críticos y se avasalla a jueces independientes es parte de esta falacia que nos gobierna.

El liberalismo histórico convirtió a los súbditos en ciudadanos, individuos autónomos con derechos garantizados por la norma constitucional. Las izquierdas bolivarianas y sus parientes cercanos transforman a estos ciudadanos en sujetos dependientes de una máquina paternalista que busca perpetuarse—reducen las esferas de derechos en lugar de ampliarlas. Sin el liberalismo, esta versión perversa de progresismo cada vez se parece más a su antítesis, un autoritarismo regresivo.

El autor es profesor en la Universidad de Georgetown, Washington DC.
http://internacional.elpais.com/internacional/2013/06/24/actualidad/1372079406_551376.html

hes8@georgetown.edu

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domingo, 24 de febrero de 2013

DARÍO ACEVEDO CARMONA. ¿TIENE LÍMITES EL ESTADO?, DESDE COLOMBIA,

El estado moderno es, en palabras del filósofo alemán Friedrich Hegel en Lecciones de Filosofía de la Historia Universal, la expresión más avanzada del desarrollo del espíritu hacia cuya perfección tiende el ser humano. La versión hegeliana ha sido reinterpretada de muchas maneras y versiones. Algunos vulgarizadores le atribuyen haber inspirado, con su idea del Estado como la más elevada y compleja expresión de la razón, la formación de movimientos fundamentalistas como el nazismo que hizo del estado alemán el instrumento de control y epicentro del poder absoluto del proyecto racista, antijudío e imperialista, como si pudiese materializarse en usos maleables  y perversos de los partidos políticos la idea hegeliana.


Un discípulo de Hegel, Carlos Marx, quien dijo haber volteado patas arriba toda la filosofía idealista del maestro, planteó la idea de que todo pensamiento y elaboración del espíritu y la conciencia, todo aquello situado en el orden superestructural, estaba determinado por una base material constituida a su vez por las relaciones económicas. El pensamiento marxista al extender su campo de acción a la política comprometida alumbró la doctrina comunista, expresada en el famoso Manifiesto del Partido Comunista en 1848 de Marx y su amigo Friedrich Engels. En dicho texto programático, entre otros, Marx explicita su idea sobre el estado como una máquina de opresión de una clase sobre otra que, en la época del capitalismo, debe ser destruida por la clase obrera en su lucha por la implantación del comunismo, la sociedad sin clases. Pero, advierte, para alcanzar esa meta, especie de paraíso terrenal donde todos los hombres superan el reino de la necesidad al ser iguales, los trabajadores organizados en un partido propio debían reemplazar el Estado burgués por el estado socialista, régimen de transición entre el capitalismo y el comunismo. Este estado debía ser, a su manera, una máquina de dominación de la clase obrera sobre la burguesía derrocada. El proletariado al asumir el poder y poner en marcha el socialismo no tiene necesidad de negar que su estado es una máquina opresora y por eso llama a su régimen la dictadura del proletariado. Hacia la cristalización de ese ideal tendieron los partidos marxistas a lo largo de finales del siglo XIX y del siglo XX, desde Lenin hasta las dinastías comunistas de los Castro y los Kim.

El estado debía ocuparse absolutamente de todo, abolir la propiedad privada, incluso sobre la tierra, desaparición del campesinado al igual que las demás clases en un largo proceso. El estado se ocuparía de la educación, la salud, el empleo, la organización de la sociedad, la milicia, la justicia, la alimentación, de todo, era el estado totalitario.

El mundo capitalista y las fuerzas liberales, para las que el estado es expresión del interés común y la voluntad general, reaccionaron ante el triunfo de los comunistas rusos en 1917, y también ante la presión de poderosos movimientos sociales, en especial de campesinos y obreros que reclamaban mejores condiciones de vida, aceptando la ampliación de las funciones del viejo estado liberal ocupado principalmente del orden.  Así se abrió espacio a una reconsideración profunda de la concepción y funciones del estado. El estado interventor, como se le conoce, se ocupará ya no solo del orden sino de algunos problemas de la vida económica, espacio antes tabú, así mismo de la vida social con políticas de educación, salud, relaciones laborales, entre otras. El modelo, también llamado estado de bienestar, se impuso en el mundo a la par que se creaban instrumentos y acuerdos internacionales para garantizar, agilizar y estimular todo aquello que apuntara hacia la reforma de la sociedad y evitara la revolución violenta o la abolición de la propiedad privada y del capital preconizada por los comunistas ortodoxos.

Como todo proceso vital, este modelo se agotó y este coincidió con el derrumbe del experimento comunista de la URSS y la China lo que llevó al renacer del liberalismo clásico, el denominado neoliberalismo, impulsado y hecho dominante en el mundo desde las formulaciones de la Escuela de Chicago liderada por Milton Friedman. Este modelo ha encarado varias crisis que han sacudido los cimientos del capitalismo, pero, sin que se avizore una opción diferente a que este se reestructure y se recomponga desde adentro y desde sí mismo. Muchas de las instituciones creadas durante la época del estado interventor se mantienen en los países que aplican el neoliberalismo con diverso grado de alcance. Aunque el estado se ha achicado y se han privatizado muchas de sus funciones, se sostienen gabelas en temas laborales, educativos y de salud colectiva. No se puede negar, el estado, aún en esta época, es un instrumento complejo, una elaboración insuperada en el proceso de la organización social, una máquina de control, dominación, pero también de proporción de elementos fundamentales para el bienestar de la sociedad. El estado y quienes lo controlan, se apoyan en el poder que de él se deriva para intervenir aún en las más graves situaciones de orden público, tragedias naturales o quiebras económicas.

Hoy día continúa siendo una poderosa y enredada máquina tal como la pintó Kafka en su célebre novela La Metamorfosis. En sus manos sigue estando el monopolio de la fuerza, el de la justicia y el del tributo según explicación de Max Weber. Vulgarmente, es visto como un barril sin fondo ante el que se plantean las más disímiles y desorbitadas querellas y litigios para obtener compensaciones económicas alegando culpa directa u omisión, porque se supone que el estado debe responder hasta por aquello que es incapaz de controlar, no porque  no quiera, sino porque, como toda obra humana, es incompleto, limitado e imperfecto y porque sus fondos y riquezas son las que todos y cada uno aportamos y no una mina sin fin. Los oportunistas no pierden ocasión de reclamarle por todo, aprovechan la actitud mítica que sobre el estado tejen las gentes, como sostiene Ernst Cassirer en El Mito del Estado, al asumirlo como una entidad divina, omnipotente, que todo lo provee y que posee el don de la ubicuidad.

Para desgracia humana, desde tal concepción se realizan abusos en el mundo y en nuestro país. Vividores y avivatos azuzan a ciudadanos del común para entablar pleitos contra el estado por las más exóticas e inverosímiles causas. No faltan los políticos, gobernantes, demagogos y populistas que hacen creer que el estado es milagroso y puede resolver todos los problemas incluidos aquellos que son de la órbita de cada individuo, de cada familia o de los negocios y asuntos privados.

rdaceved@gmail.com

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miércoles, 23 de enero de 2013

JESÚS FERRERO, ¿LIBERALISMO O BARBARIE?

No solo las gentes de izquierdas están indignadas con la situación presente.
Una de las mentiras más hirientes del presente es suponer que la nueva casta financiera es liberal, a pesar de que niega muchos presupuestos del nuevo y viejo liberalismo. 
Cojamos como primer ejemplo de lo dicho al padre supremo del liberalismo, Adam Smith, que aconsejaba prudencia en el gasto y en los préstamos, y que en el capítulo III de La riqueza de las naciones, declara: “No pueden florecer largo tiempo el comercio y las manufacturas en un Estado que no disponga de una ordenada administración de la justicia, donde el pueblo no se sienta seguro en la posesión de su propiedad, en que no se sostenga y proteja, por imperativo legal, la honradez en los contratos, y que no se dé por sentado que la autoridad del gobierno se esfuerza en promover el pago de los débitos por quienes se encuentran en condiciones de satisfacer sus deudas. En una palabra, el comercio y las manufacturas solo pueden florecer en un Estado en que exista cierto grado de confianza en la justicia y el gobierno.”
Es sabido que la casta financiera ha perpetrado toda clase de abusos y engaños con sus clientes, jugando miserablemente con su dinero, usurpándoselo para llevar a cabo operaciones de alto riesgo, y ante las cuales los gobiernos han hecho la vista gorda, en parte por los muchos favores que les debían a los bancos. Adam Smith dice que el gobierno ha de velar para que se paguen las deudas (y también dice que siempre que los deudores puedan hacerlo). Todo lo contrario a lo que están haciendo los bancos y los gobiernos. Se exige que a los que no pueden pagar las deudas que lo hagan aunque sólo les quede como destino el suicidio, pero ignorando que los bancos no están pagando los gastos comunitarios de las casas que usurpan a la clase obrera y a la clase media. Queda claro que la desconfianza hacia la banca y el gobierno es en estos momentos total y es normal que entre nosotros no florezcan ni las manufacturas ni el comercio, como preveía en ese caso el viejo Adam Smith. ¿Y qué decir del siempre malinterpretado David Ricardo? Según él, el sueldo más correcto tendría que permitirle al trabajador mantener a su familia y posibilitarle la existencia de una previsión en una entidad bancaria para momentos de vacas flacas. Muy razonable, pero ¿qué ha hecho la casta financiera con el dinero que los trabajadores depositaban en sus entidades y que les hubiese servido para vivir una vejez digna?
Tampoco parecen haber hecho caso a Stuart Mill, que al final de su ensayo Sobre la libertad decía que “el valor de un Estado, a la larga, es el valor de los individuos que lo componen. Y un Estado que pospone el desarrollo y la elevación intelectual de sus miembros, un Estado que empequeñece a los hombres, a fin de que sean, en sus manos, dóciles instrumentos, llegará a darse cuenta de que, con hombres pequeños, nada grande podrá ser realizado”, asegura.
A la luz de estos principios, es preferible no analizar el comportamiento del poder político y financiero, empeñado en someter a la clase media y hacerla desaparecer, que pospone hasta lo indecible el desarrollo intelectual, y que empequeñece a los hombres hasta convertirlos en títeres trágicos de un estado de cosas donde prevalece, por encima de todo, la injusticia, la estafa y la mentira, y donde las denuncias no sirven para nada.
Si dejamos atrás el liberalismo clásico y nos acercamos más a nuestra época y a las escuelas marginalistas, nos encontraríamos con Léon Walras, que creía en la relación directa entre la utilidad, el consumo y el bienestar. Cuanto más bienestar poseyera un ciudadano, más útil sería para la economía en general y para la sociedad, y con más capacidad de lubricar el sistema. Si siguiésemos su teoría, la clase media, cada vez más abocada a la ausencia de bienestar, estaría dejando de ser una clase útil: algo bastante peligroso y demencial.
La clase obrera está desempleada y es imposible de absorber
Antes de seguir confieso que me he ido acercado desde mi condición de novelista a los textos fundamentales del liberalismo y el neoliberalismo buscando trasfondos teóricos para la construcción de algunos personajes, y nunca ha dejado de asombrarse como los viejos y los nuevos pensadores del liberalismo confunden con frecuencia los artefactos ideológicos de la cultura (o de su cultura) con las leyes de la naturaleza, a menudo con la intención de justificar doctrinas bastante dudosas. Ya decía Unamuno que “la ciencia es la ideología de cada época” y la ciencia de este momento es la economía, saturada de ideología por todas partes. Nada escapa al imperio de la ideología, y la presunta ausencia de ideología que proclama cierto liberalismo es otra ideología con la que hay que contar, más sofística que sofisticada. Resulta sorprendente que cuanto más clara se percibe una ideología más suele ser negada como tal por sus defensores. A este respecto me viene a la mente lo que le dijo una vez Trotski a André Breton: “El marxismo no es una ideología, es un destino”. Lo mismo vienen a decir ciertos liberales respecto a su ideario, pero no pretendo aquí enjuiciar las doctrinas liberales sino apoyarme parcialmente en ellas para hablar de la devastación presente. Por otra parte, mis andanzas por la senda izquierda nunca me han impedido aceptar que las iluminaciones de los autores ya indicados, además del férreo Malthus (que como más tarde Lévi-Strauss, pensaba que la superproducción y la superpoblación era lo peor que le podía ocurrir a nuestra especie) me han ayudado a comprender mejor lo que pasó y lo que está pasando en nuestro cuerpo social, últimamente muy enfermo y deteriorado. Si bien pocos textos me han servido tanto como La acción humana de Ludwig von Mises, especialmente cuando habla de la imposibilidad de gobernar en desacuerdo con la opinión pública. “No cabe un gobierno impopular y duradero”, dice, y asegura que la supremacía política de la opinión pública “determina el curso de la historia” y que de poco les sirven, a los individuos intelectualmente mejor dotados, “los logros sociales y las grandes ideas si no hacen atractiva a la mayoría su ideología.”
Muchos gobernantes europeos de ahora debieran prestar mucha atención a las reflexiones de Mises y esmerarse en explicarse mejor, infinitamente mejor, si no quieren que los devore “el curso de la historia”.
En el mismo capítulo Mises habla de uno de los grandes errores del liberalismo clásico: el haber ignorado a los de abajo, el no haber previsto “la aparición de masas humanas sin acomodo posible”, y el haber cerrado los ojos ante el surgimiento de “un proletariado que aquel orden social que pretendían perpetuar no podía compensar y absorber.” Y acaba diciendo que “jamás pensaron los viejos liberales que las masas podrían llegar a interpretar la experiencia histórica con arreglo a filosofías muy distintas a las suyas.”
Y bien, es evidente que los actuales dirigentes están cayendo en el mismo error que Mises atribuía a los liberales del pasado: no haber previsto el despliegue, cada vez más abismal, de una clase obrera desempleada e imposible de absorber, así como el desmoronamiento, no menos abismal, de una clase media empobrecida y que se va a ver obligada a “interpretar su experiencia histórica con arreglo a filosofías muy distintas” a las que cabría imaginar en tiempos de bonanza y burbuja desalmada.
No hablemos pues ni de liberalismo ni de socialismo, hablemos mejor de caos y de barbarie, justamente lo que más repudiaba el neoliberal Mises. Por eso no solo las gentes de izquierdas están profundamente indignadas con la situación presente. ¿Acabará yendo algún banquero a la cárcel?
http://elpais.com/elpais/2013/01/09/opinion/1357726853_604540.html
@jesusferrero

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viernes, 21 de septiembre de 2012

CARLOS R. PADILLA L, NEOCOMUNISMO Y NEOLIBERALISMO

Primero los primero. Ni Neoliberalismo ni Neocomunismo existen. Los que existen y perduran son  Liberalismo y Comunismo. Son dos extremos de  ese continuo doctrinario en que se debate la humanidad
Se ha probado, léase Rusia y China, como ejemplos relevantes, que el camino mas largo hacia el liberalismo es el comunismo.
El comunismo, socialismo real, ha sido causante de  miles de muertes, con ausencia de libertades, centralización planificada, estatismo, cúpulas que se eternizan el poder, oligarquías partidistas en el poder, fracaso económico, secuestro de la cultura, mercantilismo excluyente, estatismo y capitalismo de estado.
Algunos se han empeñado en acuñar los términos cuando lo que existe son adaptaciones que pasan desde Keynes, Plan Marshal, Socialdemocracia, Social Cristianismo, Estado de Bienestar, Sociedad de Bienestar, Anarco Capitalismo, Capitalismo Social hasta Comunismo Ateo, Capitalismo con Partido Única, Dictadura Disfrazada de Socialismo , Anarco Comunismo, Fascismo, Nazismo, Nacional Socialismo, Nacionalismo, Foro de Sao Paula,  etc.
Las doctrinas puras se desplazan a través del continuo tomado de una y otra esquina lo que se estima como adaptado  a las exigencias de sus planteamientos y del estado de necesidad que infieren de las realidades en las cuales se desenvuelven.
La doctrina pura del comunismo plantea  la necesidad de suprimir la propiedad privada (especialmente la de los medios de producción y en la emancipación del proletariado como la primera clase oprimida sin economía propia o la adaptación del marxismo-leninismo a un país principalmente agricultor y con muy pocas industrias y una sociedad feudal,  que niega la existencia de dios y de lo religioso como algo mítico-fantástico. El comunismo plantea la formación de una sociedad sin clases sociales, donde los medios de producción sean de propiedad común. Esto implica que la propiedad privada de dichos medios no existiría, lo que llevaría el poder a la clase trabajadora. En su fin último, el comunismo busca la abolición del Estado: si no existe la propiedad privada de los medios de producción, no existe la explotación. Por lo tanto, la organización estatal no sería necesaria.
La doctrina pura del el liberalismo promueve las libertades civiles y se opone a cualquier forma de despotismo, apelando a los principios republicanos. Se fundamenta en el estado de derecho,  la democracia representativa y la división de poderes. Plantea el desarrollo de las libertades individuales y, a partir de éstas, el progreso de la sociedad, que las personas sean iguales ante la ley, sin privilegios ni distinciones, en acatamiento de un mismo marco mínimo de leyes que resguarden las libertades de las personas. Parte la organización del Estado de Derecho con poderes limitados -que idealmente tendría que reducir las funciones del gobierno a seguridad, justicia y obras públicas. Promueve la libertad económica, y la eliminación de las regulaciones económicas permitiendo el desarrollo natural de la economía de mercado y el ascenso progresivo del capitalismo. Promueve las libertades civiles y el máximo límite al poder coactivo de los gobiernos sobre las personas; se opone a cualquier forma de despotismo. Impulsa el emprendimiento y la movilidad del ascenso individual mediante la igualdad de oportunidades.
Este resumen obedece a las limitaciones de espacio pero son unas pinceladas veraces que le permiten al lector promover un análisis mas profundo e iniciar un proceso de decisión hacia una posición personal sobre lo planteado.
carlos.padilla.carpa@gmail.com

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lunes, 9 de abril de 2012

JOSEP RAMONEDA / LIBERALES Y CONSERVADORES / EL LIBERALISMO ECONÓMICO SIEMPRE FUE ALGO EXTRAÑO AL UNIVERSO MENTAL TANTO DE CDC COMO DE UDC (DESDE ESPAÑA)

A medida que el proceso de globalización ha ido avanzando y la política ha perdido paulatinamente poder frente al capitalismo financiero, han ido saliendo a la luz las contradicciones entre el liberalismo económico y el conservadurismo social. Emmanuel Terray nos ofrece en Pensar a la derecha la tabla de valores de este antagonismo: movilidad y cambio frente a estabilidad; innovación frente a continuidad; nomadismo frente a enraizamiento; cosmopolitismo frente a patria; incertidumbre y riesgo frente a seguridad; consumo y hedonismo frente a moderación; competición frente a consenso.
Como alianza nacionalista, en Convergència y Unió están muy asentados los valores conservadores, que, por otra parte, son familiares a la burguesía catalana que le da respaldo. De hecho, el liberalismo económico siempre fue algo extraño al universo mental tanto de Convergència Democràtica de Cataluña, forjada en la cultura del nacionalismo socialcristiano, como de Unió Democràtica, viejo partido de tradición democratacristiana. Fue Artur Mas, cuando era el número dos del presidente Pujol, quien hizo las primeras tentativas de dar carta de naturaleza a la música liberal en Convergència. Durante los años de travesía del desierto de CiU, el liberalismo económico fue ganando terreno, entre personas próximas al actual presidente, que, además acostumbraban a conjugarlo con la apuesta por la independencia.
De modo que Convergència, como otros muchos partidos del ámbito del centro-derecho, necesita buscar fórmulas y equilibrios para que las tensiones entre los valores del liberalismo económico y los valores del conservadurismo social no generen confusión en el electorado. El PP, que introdujo el liberalismo económico en su cultura cuando Aznar hizo el baldeo general que la derecha española tenía pendiente, trató de compensar las incertidumbres, los miedos y las dudas que el cambio podía generar en sus electores con el despliegue sin complejos de un neonacionalismo español; la alianza con los obispos, con los que salieron a la calle para defender los valores de siempre, y el amparo del amigo Bush. Convergència intenta encontrar en el soberanismo el punto de engarce entre las dos sensibilidades.
Es insoportable —y degradante para las instituciones— que los gobernantes repitan cínicamente que toman medidas que no les gustan, pero que no tienen otra opción. Si de verdad lo creen así, ¿por qué no lo dejan?
Las contradicciones de valores en el seno del espacio convergente se están traduciendo en una peculiar dualidad política, cuya expresión es la tortuosa pero, de momento, inquebrantable alianza con el PP. Por un lado, la economía; por el otro lado, la política. En materia económica, la aceptación resignada de que “no hay margen” (es decir, de la impotencia de la política); el cumplimiento escrupuloso de las exigencias de los mercados (el Gobierno catalán ha sido el primero de la clase en los recortes, aun a riesgo de comprometer la tradición socialcristiana de la coalición); la alianza incondicional con las políticas de austeridad del PP (que le ha dejado solo al no atreverse con las medidas más impopulares); y la fascinación ante cualquier magnate que prometa el oro y la insolencia (la increíble negociación por Eurovegas, en que la política ha dado otro lamentable ejemplo de humillación ante el dinero). En materia política, el soberanismo; la cultura identitaria; el orden y la seguridad (con el consejero Puig como principal actor político del Gobierno), y la moderación (la bandera preferida del presidente).
Sin duda, es difícil moverse entre estas dos líneas sin caer en contradicciones. Por ejemplo, en un momento en que el PP tiene como objetivo estratégico la reespañolización de Cataluña, CiU le ha dado cuotas de poder insólitas en el campo cultural a través de la Diputación de Barcelona, de algunos Ayuntamientos, y de la Corporación Catalana de Radio y Televisión. Y el consejero Puig ha desbordado en dureza al ministro del Interior, al proponer algo tan disparatado como la limitación de un derecho fundamental —el de reunión— para combatir la llamada guerrilla urbana o antisistema.
En la medida en que las grandes decisiones económicas han escapado al control de los gobernantes, las derechas, que no muestran voluntad ni capacidad de revertir esta situación, recurrirán a la recuperación de los valores conservadores para disimular los efectos devastadores de la pérdida de poder de la política y de la austeridad. El PP lo tiene claro y ha encargado esta tarea nada menos que a Ruiz Gallardón y José Ignacio Wert, dos liberales de cupo que han resultado ser muy conservadores. Visto que la izquierda no tiene nada nuevo que ofrecer, el futuro de la democracia, con la política anegada por la impotencia, es, por lo menos, problemático. Es insoportable —y degradante para las instituciones— que los gobernantes repitan cínicamente que toman medidas que no les gustan, pero que no tienen otra opción. Si de verdad lo creen así, ¿por qué no lo dejan?

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