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domingo, 15 de junio de 2014

PLINIO APULEYO MENDOZA, COLOMBIA: RIEGOS DE LA REELECCIÓN DE SANTOS

 “Venezuela vive una de las etapas más dramáticas de su historia contemporánea. La democracia ha sido secuestrada por Hugo Chávez. Desde la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958, sus instituciones no habían estado tan amenazadas y violentadas. Todo esto tiene indudables repercusiones políticas y sociales a escala continental, y muy particularmente para nosotros, los colombianos. Frente a los últimos acontecimientos no se puede seguir siendo indiferente, porque en situaciones como esta, la indiferencia se vuelve cómplice.”

¿Quién pudo haber expresado tan dura visión de la Venezuela chavista hace diez años? No, no fue como podría pensarse Álvaro Uribe Vélez. Fue Juan Manuel Santos. Corría el año 2004 y él escribía abiertamente lo que pensaba en El Tiempo, diario de su familia.
En aquel artículo sobre Venezuela no vaciló en acusar al presidente Hugo Chávez de “fracturar la sociedad, sembrar odios y fomentar, por todos los medios, la lucha de clases”. Escribió también que en el seno de las fuerzas armadas de Venezuela la situación era “grave, muy grave; no solo por la purga y la politización, sino por los planes de convertirla en una fuerza miliciana y adoctrinada.”
Más claro no canta un gallo. Dueño de estas ideas que parecía compartirlas enteramente con el presidente Uribe, Santos consiguió en 2010 que el mandatario colombiano lo viera como su legítimo sucesor y lo lanzara como candidato de su movimiento político. Hasta entonces, nunca Santos había sido elegido para un cargo público. Carecía, por lo tanto, de un caudal electoral propio. De modo que su triunfo se lo debió enteramente a Uribe.
¿Cómo explicar que solo tres días después de haber tomado posesión de su cargo, el 7 de agosto de 2010, Santos olvidara todo lo escrito por él sobre la realidad venezolana para tenderle la mano a Chávez llamándolo su “nuevo mejor amigo”? En ese momento se vio por primera vez su hábil perfil de jugador de póker (así se le conoce en el alto mundo bogotano) capaz de mover sus cartas con cierto engaño. Para marcar diferencias con su antecesor y no aparecer como una ficha suya en el poder, nombró en su primer gabinete ministerial a acérrimos adversarios de Uribe. Al mismo tiempo, no vaciló en acercarse a gobiernos del continente con los cuales Uribe había mantenido serias diferencias. Buscaba con ello incorporarse a los sectores mayoritarios de una OEA dirigida por el señor Insulza que, poniendo de lado inquietudes democráticas, veían amistosamente al gobierno cubano.
Ahora bien, en el manejo económico del país mantuvo una línea de estímulo a la inversión extranjera, de apertura con nuevos tratados de libre comercio y de impulso a la exploración y explotación petrolera. Los índices económicos logrados con esto le aseguraron una muy buena imagen en el exterior.
No ocurrió lo mismo en el ámbito nacional. Si bien, algunos de sus programas alcanzaron a despegar, como la entrega de viviendas gratuitas y el auge de la industria petrolera –sin duda gracias a la llegada de expertos venezolanos exiliados por cuenta del chavismo-, otros de vital importancia para el común de los ciudadanos se derrumbaron o jamás llegaron a cumplirse: la salud, la justicia, la infraestructura vial, el agro y la seguridad.
Estos dos últimos, mostraron, al contrario, un alarmante deterioro. Cultivadores de papa, café, caña de azúcar, soya, trigo, se encuentran en una ruinosa situación. Y en cuanto a seguridad se refiere, se perdió lo que Uribe había logrado. Hoy, tal como ocurre en Venezuela, la delincuencia es un azote público.
¿Cómo explicar tales fallas? Si bien Santos comparte con Uribe una macro visión de los problemas nacionales, su falla radica en lo que el propio Uribe califica como micro gestión; es decir, en verificar que lo ofrecido se cumple. Lo hacía Uribe conociendo las fallas del propio Estado en manos de una incompetente burocracia. Así, por ejemplo, si a medianoche se producía un ataque de la guerrilla, de inmediato, vía telefónica, movilizaba tropas y guarniciones. Y cada fin de semana, en vez de reposo, viajaba a las regiones más apartadas para comprobar su real situación.
Pero, como bien se sabe, el tema emblemático de Santos ha sido la apertura de diálogos con las FARC para poner fin a un sangriento conflicto que dura en Colombia más de 50 años. Con este propósito, en los dos primeros años de su gobierno, realizó secretos contactos con las guerrillas. Sabiendo que estas, luego de recibir certeros golpes en el campo militar, veían imposible la toma del poder por la vía armada, procedió a negociar su desmovilización. De esta manera esperaba levantar ante el mundo un glorioso trofeo de paz. Y de paso, asegurar su reelección.
El recorrido hecho por él con este propósito es bien conocido. Luego de contar con el apoyo de los gobiernos de Cuba y Venezuela, las negociaciones con las FARC que se adelantan desde hace un par de años en La Habana, no han evitado que la guerrilla siga adelantando cada semana terribles acciones terroristas contra la población civil como la voladura de carreteras, puentes y oleoductos, el reclutamiento forzado de menores, la siembra de las llamadas minas antipersona en senderos transitados por familias campesinas, además de secuestros y extorsiones.
Al mismo tiempo, los colombianos ignoramos lo que se está acordando en La Habana con las FARC. Conocemos las exigencias que hacen sus máximos comandantes, “Timochenko” e “Iván Márquez”. No admiten sanciones penales ni entrega de armas, exigen amplios cupos en el congreso y en una asamblea constituyente, reducción de las fuerzas armadas y cambios en la llamada doctrina militar, zonas campesinas bajo su control y un modelo económico similar al que ha causado desastres en Venezuela.
Todo esto, sumado a la infiltración que han logrado en la justicia, las universidades, los sindicatos, las comunidades indígenas y en la protesta social, está abriéndole la puerta al castro chavismo. De ahí que quienes se identifican con el régimen venezolano han anunciado su voto por Santos. Tal desliz hacia una peligrosa izquierda de visos populistas, explica el vertiginoso ascenso del candidato de la oposición, Oscar Iván Zuluaga. Si bien, ha decidido no romper los diálogos de La Habana, exige para mantenerlos que se suspendan las acciones terroristas y no acepta el reparto de poderes que buscan las FARC. Sólo admite rebaja de penas y conversión de las FARC y el ELN en partidos políticos.
El alza de Zuluaga en las encuestas y sus opciones de triunfo el próximo domingo se explican por los riesgos que
un gran número de colombianos ven en la reelección de Juan Manuel Santos.

Plinio Apuleyo Mendoza.
plinioapuleyom@gmail.com
@PlinioApuleyoM

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sábado, 31 de mayo de 2014

DARÍO ACEVEDO CARMONA, PAZ CON O SIN IMPUNIDAD, ES EL DILEMA, DESDE COLOMBIA,

 “En elecciones se define entre paz y modernidad o guerra y chuzadas” es el dilema con el que nos reta el presidente-candidato.

Su campaña, de tumbo en tumbo es presa del desespero, pues a cada movida corresponde un fiasco. Repasando lo sucedido en los últimos 15 días, Santos no ha sabido reaccionar al auge de la candidatura de Óscar Iván Zuluaga. Ante el escándalo por la recepción de 12 millones de dólares por parte de sus asesores JJ Rendón y Chica, apeló a su fiscal de bolsillo para tender una cortina de humo. A estas alturas el escándalo del hacker no da para sostener el cañazo de que ese muchacho represente un peligro para la democracia. Bala perdida.

Posteriormente, se acercó más al abismo al fraguar alianza con Petro. El mensaje es desolador: Petro entrega votos y Santos le respete sus medidas cautelares. A renglón seguido, el Consejo de Estado las ratifica. No hay que devanarse los sesos para descubrir la almendra del asunto.

No obstante, Santos sigue en picada en las encuestas. Desespero total en sus toldas. Vargas Lleras, el bravucón, pasa a escena secundaria, no dio la talla. El Fiscal que juega a ser el salvador del candidato produce un efecto contraproducente. La debacle se asoma el jueves15 cuando sus interlocutores, Las Farc, envían dos niños a que arrojen una granada contra un puesto policial. Los niños pierden la vida. Las Farc se develan de nuevo como los auténticos enemigos de la paz. Estupor nacional. Pero, como milagro caído del cielo, las Farc entran en la campaña a darle una manito, esa sí ensangrentada, declarando una tregua de 8 días para que la gente vote “en paz por la paz” y horas más tardes firman el texto sobre narcotráfico, en el que se comprometen a romper todo nexo con el sangriento y próspero negocio.

Para redondear faena, Santos cambia de jefe de campaña, como si el problema estuviera en ella y no en él. Designa escudero a César Gaviria que, obediente, sale a escupir y a tirar lodo.

Ese es Santos, el presidente “moderno”, “progresista”, que apela a la picardía, que dice respetar las normas de cortesía mientras estigmatiza a sus críticos. El mismo por el que votarán Iván Cepeda, “Teodora de Bolívar”, Petro, Lucho, y, se deduce, los comunistas clandestinos y activistas de famosos colectivos, tapándose la nariz.

Por su parte, el candidato Óscar Iván Zuluaga, insiste y persiste en aprovechar al máximo los pocos espacios que se le abren en los diarios en enfatizar sus planteamientos programáticos. En El Tiempo y El Colombiano resumió sus ideas sobre varios aspectos de lo que sería su gestión presidencial. A varios de ellos se refirió en el diario antioqueño.

Sobre educación, basado en que el presupuesto de la Nación es de 204 billones de pesos y el de educación 25 billones, piensa que es posible “incrementar un punto del PIB en el presupuesto de educación, que equivale a 7 billones. Y entre el 2016 y el 2020 cada año vamos aumentando 0,25 por ciento del PIB para llegar en cinco años a dos puntos adicionales del PIB, que valen 14 billones de pesos. ¿Cómo se financian? Vamos a prorrogar el 4 por mil que el año pasado dio 6 billones de pesos, y el impuesto al patrimonio que se vence este año. Esto da 10,5 billones de pesos. Ahí está la base fundamental de lo que puede ser el mayor esfuerzo en materia educativa. La sola alimentación de 9 millones de jóvenes en los colegios públicos vale 5 billones. Hay que aumentar el presupuesto de la educación superior en dos frentes: el primero tiene que ver con una actualización de 500.000 millones en el 2015 y en el 2016, otros 500.000 millones. Los maestros requieren un primer año en asignación de 500.000 millones y a partir de ahí ir escalonando. Lo que se ha previsto es que un programa bueno de formación de maestros puede valer cerca de 500 millones de dólares al año. ¿Cuál es la idea? Lo primero es hacer una nivelación salarial de maestros”.

El periodista le pregunta: “Una de sus propuestas habla de entregar 1.500 millones de pesos a los municipios durante 4 años para que inviertan en vías secundarias y terciarias, ¿es otra clase de mermelada?”

Y él responde: "¿Sabe por qué no? Porque es igual para todo el mundo, sin preguntar cuál es su filiación política”.

Sobre medio ambiente manifestó que “Colombia tiene que definir en su territorio qué quiere y qué puede hacer… ¿En función de qué? Diría que de la protección del agua porque este es el recurso escaso. Y el cambio climático sí nos está llevando a pensar en una manera diferente el tema del agua.”

Sobre la Justicia: “Lo primero es si queremos que resuelva la politización, que ha generado un enfrentamiento de poderes… pensando en el ciudadano de a pie, que tiene un mal servicio… me inclino por llevar al Congreso una reforma que permita acercar la justicia al ciudadano".

Sobre el espinoso tema de la paz, afirma que debe ser negociada pero no a cualquier precio, "Primero, reducción de penas. Estos cabecillas de las Farc pueden tener un prontuario para 50 u 80 años de cárcel. Decirles que se les va a reducir la pena es un incentivo enorme. Que la sociedad está dispuesta, en aras de la paz, a hacer un esfuerzo. Segundo, dar elegibilidad política a guerrilleros rasos, a quienes tienen un delito político, pero que no han cometido crímenes atroces ni de lesa humanidad. Tercero, la posibilidad de que aun habiendo estado en el negocio del narcotráfico durante tantos años, puedan estar en la vida civil. Y cuarto, lo que siempre se ofreció muy fuerte durante la política de Uribe: el proceso de desmovilización… La búsqueda de la paz no implica comprometer la institucionalidad ni los valores democráticos porque entonces se estaría violando la Constitución. Por ejemplo, ¿quién garantiza el derecho de las víctimas? Un proceso de negociación. Esa es la diferencia que hemos planteado frente a La Habana. Aquí la apuesta es ver cómo fortalecer la democracia, no cómo burlarse de ella. Todos queremos la paz y estamos dispuestos a ceder, pero no a la impunidad. Eso lo tiene muy claro el pueblo colombiano".

Ruben Dario Acevedo Carmona
rdaceved@unal.edu.co
@darioacevedoc

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