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domingo, 6 de octubre de 2013

FÉLIX PALAZZI, "TOLERANCIA E INDIGNACIÓN"

Tolerancia, resignación, perdón, olvido, indiferencia, resistencia... son, todas ellas, palabras que se entrecruzan fácilmente en el reino de la arbitrariedad. Cuando no pensamos los conceptos que usamos, corremos el riesgo de extraviarnos en la relatividad de sus significados. Una de nuestras grandes dificultades radica en aceptar que todo pensamiento implica repensarnos a nosotros mismos y a la realidad que nos circunda. Sin embargo, pareciera que la salida más fácil fuese una ideología, con su proliferación de ideas o consignas repetidas, mas no pensadas ni asumidas, imposibilitando el encuentro, relativizando la realidad y lo verdadero. En fin, desvirtuando lo real.

La tolerancia es, para muchos, una palabra tan repudiada como la resignación, ¿qué sentido puede tener hablar de tolerancia a una madre o a un padre que han perdido a su hijo por la violencia? ¿Podemos tolerar el hecho de vivir con violencia? ¿No será esto la forma más clara de resignación y claudicación? Si las madres de los hijos asesinados salieran a una plaza, sencillamente no hubiese plaza que pudiese albergarlas. Si comparamos la nefasta cifra de los asesinados en un año en nuestro país, casi alcanza a los asesinados o desaparecidos en los siete años que duró la dictadura argentina. Aquí no hay plaza ni mes de mayo, porque no hay lugar ni fecha en la que la violencia termine.

Tolerar no es olvidar o ignorar. Mucho menos es reducir a una persona a una cifra. Tampoco es resignarse. Antes bien, es sacar del olvido y de las sombras a los rostros concretos sin los cuales no podemos reconocer nuestra propia realidad. Es luchar por la justicia y hacer que ella sea una realidad para todos. Ello se traduce en que la vida sea posible, y tenga espacio en todos los niveles y a cada momento.

La justicia debe custodiar y proteger la vida, porque sin vida no hay justicia. La tolerancia se ha de dar en el marco de la justicia o no es tolerancia sino resignación, engaño, indiferencia o ignorancia. Primero se debe reconocer la existencia del otro porque la verdadera tolerancia protege la vida y la hace posible. Este sentido concreto de la tolerancia es el que debemos construir como discurso paralelo al de la violencia, el odio y la exclusión. Solo así podremos recrear activamente todos los espacios que compartimos.

Ante los hechos de violencia cada vez más crecientes y evidentes, la reacción no puede ser la indolencia o el acostumbrarnos a la muerte. Al contrario, ha de ser la indignación, el espanto, el horror frente a lo que sucede, para poder reencontrarnos con los rostros de tantos que son sometidos a la injusticia. Cuando la tolerancia nace de la indignación nos impulsa a apostar y apoyar los esfuerzos en pro de la justicia y la reconciliación. Si la voz de la violencia pretende recluirnos en nosotros mismos, la voz de la paz y la justicia ha de impulsarnos a salir al encuentro del otro.

Doctor en Teología Dogmática


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lunes, 30 de septiembre de 2013

RAFAEL LUCIANI, JESUS ANTE LA FALTA DE COMPASION

Para Jesús la fe no nace en el culto, sino en la compasión, cuyo modelo es Dios

Una de las acciones que más impactó a los seguidores de Jesús fue percatarse de cómo Él aprendió a cargar con el rostro del que sufre, acogiendo con acciones concretas a pecadores y enfermos. Su clave fue la «compasión», esa actitud que hemos olvidado en la vida sociopolítica y en la religión. Jesús miraba a los otros sintiendo «compasión por ellos» (Mc 6,34), denunciando así que el verdadero pecado estaba en la falta de compasión de quien está deshumanizado hasta el extremo de hacer de la impiedad una práctica más, sin importarle el futuro y el bien de las personas.

Pero «vivir compasivamente» tiene consecuencias. Jesús no pide primero el arrepentimiento del pecador para luego decirle que Dios lo ama; Él se le acercaba corriendo el riesgo de que otros hablaran mal de Él (Mc 2,16) y lo considerasen impuro por no seguir las prácticas religiosas convencionales (Mt 9,11-13). Estaba con ellos sin avergonzarse (Lc 5,30). No los purificaba, porque no era sacerdote, y tampoco les exigía prácticas penitenciales porque no era escriba ni fariseo (Lc 7,48). Simplemente les perdonaba (Jn 8,1-11) con la autoridad de quien ama compasivamente (Lc 7,47) porque para Él perdonar no consistía en ponerse como Juez delante de ellos hasta que confesaran sus culpas.

Este acto de gracia solidaria devolvía la alegría de vivir y la posibilidad de confiar en las potencialidades que otros les habían negado al haberlos excluido de oficios sociopolíticos y prácticas religiosas. En Jesús encontraban a alguien que compartía sus dolencias y sufrimientos, sus esperanzas y anhelos; uno que disfrutaba de su compañía y nunca les insultaba.

A diferencia de muchos políticos y religiosos que suelen hacer del maltrato una práctica normal, Jesús vivió «llevando nuestras enfermedades y cargando con nuestros dolores» (Is 53,4). Eso significa que entregó su vida a los más vulnerables de la sociedad, la política y la religión, y se ocupó de devolverles la dignidad que le habían negado los que creían interpretar la voluntad divina (Mt 9,12-13; Mc 2,17; Lc 20,45-47). Incluso, llegó a decir que los publicanos, que eran los colaboracionistas del poder romano, y las prostitutas, que habían sido excluidas de los ritos religiosos, «creyeron» (Mt 21,32), mientras que los líderes políticos y religiosos, así como algunos de sus seguidores, «no tenían fe». Aún más: reconoció que sujetos considerados «ateos», como el centurión, tenían una «fe más grande que todos» (Lc 7,6-10), ellos son los que «llegarán antes al Reino de Dios» (Mt 21,31) y no «muchos que se tienen por justos y desprecian a los demás» (Lc 18,9).

Para Jesús la fe no nace en el culto, sino en la compasión, cuyo modelo es Dios (Lc 6,36). Por ello, se da en cualquier persona, incluso entre ateos o pecadores, porque la misma trasciende a toda religión e ideología. ¿No es esta una buena noticia? Cómo nos hace falta regresar a la praxis de Jesús de Nazaret.

rlteologiahoy@gmail.com
@rafluciani

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viernes, 15 de junio de 2012

LINDA D´AMBROSIO, APRENDER A SER FELIZ

Resulta complejo abordar el tema de un eventual  aprendizaje de la felicidad.  En primer lugar, la posibilidad de entrenarse para  alcanzar ese estado de bienestar anhelado por todos  suena poco menos que quimérica.

En segundo lugar, conviene plantearse si es lícito o conveniente emprender  una  acción educativa orientada en este sentido.  En un contexto en el que propugnamos la solidaridad,  clamamos por sensibilizar a unas personas hacia las carencias y necesidades de otras, nos enrolamos en batallas ecologistas y abogamos por los derechos de los animales, pareciera inadecuado y  egoísta dirigir la mirada hacia la propia satisfacción. Pero no es un asunto de simple hedonismo: se trata de favorecer  una relación equilibrada del individuo con su ambiente en la que se alcance la autorrealización y se contribuya al crecimiento de  aquellos que están en el entorno.  Hasta San Francisco de Sales proclamaba: "Un santo triste es un triste santo".

Para que tuviera lugar una práctica educativa de esta naturaleza, tendrían que concurrir tres condiciones: una noción holística del individuo, en la que  no se privilegien los factores físicos con respecto a los psicológicos; un pensamiento pedagógico que, en consonancia con esa visión holística del individuo, estimulara una higiene tanto del cuerpo como de la psique y, finalmente, una visión profiláctica de la psicología como ciencia que promueve el bienestar de la persona, potenciando sus fortalezas y fomentando comportamientos que garanticen una buena calidad de vida.

Dentro de esta concepción se enmarca la Psicología Positiva, cuyo principal exponente  es Martín Seligman, profesor en la Universidad de Pennsylvania.  Durante años él y sus discípulos se han dedicado a estudiar las variables que inciden en el mayor o menor grado de satisfacción de las personas. En contra de lo que pudiera pensarse, y salvo en  casos específicos, el dinero no ha resultado ser de los factores más influyentes en este asunto,  como tampoco lo es la salud.

Parecen encabezar la lista, en cambio, la gratitud, la actividad filantrópica y el trabajar en campos que nos gustan y en los que podemos alcanzar un buen nivel de desempeño. En todo caso, lo que está claro es que  sí es posible cultivar actitudes y actividades que contribuyan a hacernos más felices.

Por añadidura, la Psicología Positiva hace uso de categorías asociadas a valores que se han trabajado tradicionalmente en la escuela, como el perdón y el agradecimiento, pero con una innovación: apreciar las actividades placenteras, tradicionalmente consideradas "improductivas" en un contexto utilitarista.

El uso  que la educación haga de los hallazgos realizados en este campo puede tener repercusiones a varios niveles. En una dimensión laboral y organizacional, puede generar profesionales más efectivos y satisfechos mediante una adecuada  orientación vocacional que identifique las fortalezas y preferencias de los estudiantes. En el ámbito colectivo,  la promoción de valores como el altruismo o la colaboración puede redundar en  una efectiva cooperación y en el desarrollo de la conciencia social, así como el desplazamiento de la atención desde el "tener" hacia el "hacer" debería moderar el consumismo al disolver  el vínculo que tradicionalmente asocia la felicidad a la posesión de bienes. Pero, más aún, en la esfera de lo individual, la Psicología Positiva habilita al individuo para sobreponerse a los contratiempos que inevitablemente habrá de encarar a lo largo de su vida, estimulando el perdón y la resiliencia, capacidad  para hacer frente a las adversidades  superándolas y saliendo fortalecidos por ellas.  (Grotberg, 1995).

La escuela debería ser pues, por antonomasia, el lugar en el que se hiciera uso de estos saberes, y donde se facultara a la persona para identificar y potenciar sus habilidades, velando por su propio bienestar en la relación con su entorno y con sus semejantes. ¿O acaso no es éste un fin plausible de la Educación?

linda.dambrosiom@gmail.com

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