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jueves, 20 de marzo de 2014

RICARDO ESCALANTE, ¡QUE VIVAN LOS SICADIOS!

Con asombro he leído las más recientes declaraciones del presidente del Banco Central de Venezuela, Nelson Merentes, porque en ellas se esconde el absurdo de todos los absurdos: “Estamos en el país del caos, pero pudiera ser peor y trabajamos para eso”… Como decía Cantinflas: “Que si sí, que si no… Que si yo, que si tú”…

En las palabras “matemáticas” del profesor Merentes hay, sin embargo, un lado que no deja de ser interesante, porque admite la existencia de una crisis nacional sin precedentes aunque, por supuesto, para ver esa verdad de Perogrullo no se necesitaban ni anteojos ni andar con esas complicadas ecuaciones que a él lo dejaron calvo con precisión matemática.  Como dijeran Fidel y Raúl Castro: “!Óyeme tú, cosa ma´ grande!”…

Claro, lo que Merentes todavía no ha logrado aprender y aprehender es que en el lado pantanoso de sus palabras hay también un lado de escasa precisión: “”!Falta de cálculo e integrales!”, como diría alguien con postgrado en posibilidades macro y micro económicas.

En el programa (des)calificado de José Vicente Rangel, el hombre que analiza los ruidos de los estómagos venezolanos dijo que “la economía tiene las realidades que no puedes ocultar: Tienes inflación, tienes escasez y el crecimiento (económico) no es robusto. Hay una variable que no ha sido tan perturbada que es el empleo, tienes una masa monetaria, tienes un problema cambiario”…  Ahh, pero la cosa no es grave. No es como para llevarse las manos a la cabeza. ¡No!

Merentes habla así con el conocimiento académico de causa y efecto, aunque con la modestia que le caracteriza se niega a revelar el secreto de sus enormes méritos universitarios: Fue aventajado condiscípulo de Cantinflas en la cátedra de “que si tú, que si yo”.  Investido con esa respetable autoridad, él, regla de cálculo en mano, asegura que no hay ni harina Pan, ni aceite, ni papel higiénico, ni desodorantes, ni toallas sanitarias para las mujeres, ni repuestos para carros y, además, la inflación causa vértigo, pero no hay razones para alarmarse.  ¡No!

El presidente del BCV agregó: “Venezuela tiene cómo superar rápido este momento que no es tan bueno, un momento que no es el mejor, (pero Venezuela) tiene cómo hacerlo; de hecho, el gobierno está tomando medidas que apuntalan a salir rápido de esto”... Y yo, que ni siquiera estornudo ante las petrificantes catilinarias de Rangel, en ese instante observaba la mosca verde que no se apartaba de la nariz del “conductor” del programa, pero luego repetí 17 veces la grabación para entender bien aquellas frases magistrales.

¿Qué quería decir el profesor Merentes? Muy sencillo: 1) Que este es un buen momento pero no el mejor del madurismo, porque ha habido algunos excepcionales. 2) Que Venezuela tiene cómo resolver los problemas de Cuba, para lo cual nos endeudamos con las ventas de petróleo a China. 3) Que saldremos rápido de esto al liquidar esa oposición devoradora de papel higiénico. 4) El sueño del empleo no se perturba, es decir, se equivocan quienes creen que encontrarán trabajo digno. 

A esas alturas de la entrevista, yo, que no tuve la suerte de ser compañero de estudios del matemático gástrico y, por supuesto, tampoco de Cantinflas, saludaba con alborozo la excelencia de todo cuanto escuchaba, porque desde este mar de la felicidad venezolana ya divisamos el malecón de Varadero.

Pero, ¡debo admitirlo!, como soy de aprendizaje lento, tengo que rematar con la confesión de que en las maravillosas palabras del luminoso matemático había un punto que no logré descifrar a plenitud:  Eso de que con el Sicad se frena el precio del dólar negro, que ya está en cien mil bolívares (¡No cien!).  Imagino que eso tiene que ver con sicarios que no perdonarán a quien necesite dólares, es decir, que a partir de ahora no habrá sicarios sino sicadios.  ¡Que vivan los sicadios!

Ricardo Escalante 
ricardoescalante@yahoo.com
@opinionricardo

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martes, 29 de octubre de 2013

EGILDO LUJAN NAVA, LOS PERTURBADORES DEL 2013, FORMATO DEL FUTURO…

Un desencajado, compungido y hasta frío Nelson Merentes compareció esta semana por ante la Asamblea Nacional para, como Ministro de Finanzas y en representación del Poder Ejecutivo, presentar a consideración de los parlamentarios el proyecto de Presupuesto de Ingresos y Gastos de la nación para el  2014.

A no ser porque su recurrencia a cifras, porcentajes, proyecciones y similares obligaba a recordar lo que su Despacho dijo el año pasado que sucedería durante el que aún está en curso, y que no hay un solo resultado que haga suponer que en aquella ocasión no se mintió, Merentes habría pasado imperceptible, ausente, irrelevante. Porque para congresistas y ciudadanía, es verdad, esa presentación en Venezuela no supera la calificación de simple formalidad.

Y es así, debido a que desde hace casi diez años, los Ministros de Finanzas no se acogen a la obligación Constitucional de presentar una relación de ingresos y egresos supeditada la condicionalidad de lo serio. Ni tampoco hay un conglomerado ministerial y un Jefe de Estado que rindan cuentas ciertas de cómo es que se conduce la hacienda pública, muchos menos un Congreso y una institución Contralora que eviten la supervivencia del prolongado reinado de la desestimación de tener presente lo obvio: nadie allí administra dinero propio; nadie allí puede actuar considerándose con autonomía para hacer y deshacer, sin que semejante proceder no entre a colidir con las normas contra la malversación de fondos públicos, el enriquecimiento ilícito, la corrupción y hasta el fraude a la confianza ciudadana.

Nelson Merentes, en fin, el mismo que hace apenas poco más de doscientos días sembró en el espíritu de propios y extraños al Gobierno del que forma parte, la sensación de que, convertido en Jefe del Gabinete Económico, haría posible el milagro del entendimiento entre el equipo comandado por Nicolás Maduro Moros y los que se dedican a producir bienes y servicios en el país, o a importarlos cuando no se puedan producir, se hizo presente en el Hemiciclo para tratar de hacer lo mismo que lideró en abril pasado.

Pero no lo logró. Y no solamente por la comunicación corporal que arropó su verbo, cuando anunció que el gasto previsto para el venidero año estará por el orden de los 552 millardos de bolívares y que el endeudamiento estimado será de otros 141 millardos, sino también porque esa disparidad comunicacional sólo sirvió para aromatizar el ambiente, aún más, al verse obligado a comunicar aquello que, quizás, él hubiera preferido no citar. Y es que los ingresos de la petrolera Venezuela, no serán tan abundantes como para atender eficientemente la erogación programada, por lo que la diferencia tendrá que ser sacada del bolsillo de los casi 30 millones de personas que plenan el suelo venezolano, y que en el 2013, se han visto obligados a financiar una inflación cercana al 60%, cuota de empobrecimiento forzoso que, por cierto, se radicó en el país hace ya tres décadas, sin que durante ese período haya habido un solo gobierno interesado en evitar que eso ocurra.

Por supuesto, ante esa inobjetable realidad, lo más grave, es que tampoco hoy abunden las propuestas políticas que hagan suponer que, ante la eventualidad de un cambio en la actual conducción del Gobierno, no se seguirá dependiendo de la misma norma rectora hoy cuestionada.

Pero si para Merentes no debe haber sido cómodo estar allí, sabiéndose obligado a no referirse a esa respuesta que todos los días demandan millones de venezolanos, cuando indagan en soledad “¿en dónde están los dólares que ingresaron al país desde hace catorce años, en el mayor volumen de toda la historia republicana?”, peor tiene que haberse sentido en sus adentros al no admitir que con un Banco Central convertido en otro despacho ministerial, no es posible evitar la impresión de dinero inorgánico para financiar el gasto desenfrenado promovido por un Gobierno huérfano de visión de futuro. Y más si tal impresión en esas condiciones comenzó a tomar cuerpo cuando él, Merentes, presidía al ente emisor.

En todo caso, en el medio de malestares, decepciones, frustraciones, equívocos, estadísticas de feo rostro y curiosa conformación técnica, la impresión relacionada con los denodados esfuerzos que hacen las autoridades para que del proyecto presupuestario, se pase a la credibilidad parlamentaria y de la propia sociedad, emergen dos serias inquietudes que superan las suspicacias bien fundadas sobre la insinceridad de lo presentado en la ociosa Asamblea Nacional.

Y se refieren a si, hasta que esa institución apruebe el proyecto, es decir, antes de que se produzca la culminación de sesiones en diciembre próximo, y se conozcan los resultados electorales municipales del 8 de diciembre, finalmente, el Gobierno dará el gran paso de impedir que la economía continúe su rumbo desenfrenado hacia la hiperinflación, como lo han demostrado, con cifras y las evidencias extraídas de los cálculos, economistas como Alexander Guerrero.

Porque, definitivamente, el problema de la economía venezolana no se circunscribe a las “perturbaciones” que describió el Ministro Merentes: inflación, escasez y sistema cambiario. Sino a la concepción ideológica que los padres de dichas perturbaciones insisten en seguir empleando para continuar conduciendo la economía, animados y convencidos de que en el medio de barrotes, restricciones, controles y amenazas contra quienes reclaman libertad para financiar, producir, comercializar y disponer de una renta lícita, habrá suprema felicidad social.

Tales perturbadores, desde luego, engendraron las causas exacerbadas de los “enemigos” de la economía que identificó el representante del Poder Ejecutivo cuando quiso justificar lo injustificable en la Asamblea.

Tales perturbadores son dueños políticos y poderosos de voz y voto entre cuatro décadas de ministros que también alzan la voz para avalar, respaldar y fortalecer la creencia de que, gracias a los pasos dados  en materia económica desde hace ya casi quince años, el 9 de diciembre, con resultados políticos satisfactorios –o no- en el bolsillo, será posible dictar más y más radicales decisiones que consagren la conquista de la gran meta en el 2019.

Y no importa que eso sea en el medio de apagones, mala vialidad, disfuncionalidad del sistema de salud pública, carencias de inmuebles y de maestros y profesores en el de educación, inseguridad, desempleo y desabastecimiento de alimentos y otros bienes. Porque, después de todo, para tales perturbadores, también esa constituye una variable consagradora de  victoria política: la del ciudadano dependiente  de un Estado (Gobierno) que ya lidera el 52% de la conformación del Producto Interno Bruto nacional, sin que, por el momento, haya capacidad sustitutiva de parte de la ciudadanía emprendedora nacional y la fuerza corporativa internacional.

Si no se cree que eso es así, bastaría con evaluar los resultados de la última encuesta de la empresa Ivad, cuyo elemento más sobresaliente es que los amantes seguidores del bien mercadeado proyecto “revolucionario”, en casi un 50% está convencido de que la economía venezolana no da tumbos entre improvisaciones y equívocos, tampoco entre 5 y diez protestas sociales diarias en todo el país. Sino que, por el contrario, es un producto final apropiado para que, finalmente, el actual Ministro de Planificación, Jorge Giordani, no siga siendo calificado el peor ministro en su  tipo en todo el Continente, amén de padre formal del modelo por el que se rige la economía venezolana. Es que si las cosas son así, el “Monje” hasta pudiera terminar alzándose alguna vez con un Premio Nóbel de economía. ¿Por qué no?.

egildolujan@gmail.com
Enviado a nuestros correos por Edecio Brito Escobar (CNP-314)
E-Mail: edecio.brito.escobar@hotmail.com

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miércoles, 25 de septiembre de 2013

MANUEL FELIPE SIERRA, MADURO EN TRES Y DOS (3 Y 2)

Las recientes declaraciones del ministro de Finanzas, Nelson Merentes, suponen sin duda (de no ser desmentidas o negadas por los hechos), aunque tímido, un viraje en la política económica. Es cierto que no es la primera vez que se hacen anuncios de este tipo, pero en este caso, más que planteamientos retóricos, el gobierno de Maduro está obligado a adoptar determinadas medidas que implican su rectificación en esta materia.

Más allá de la gimnasia revolucionaria como planteamiento originario del chavismo, la situación del país obliga a ciertos cambios en la estrategia del manejo económico, salvo que se asuma el riesgo cierto de conducirlo a un cuadro parecido a una catástrofe. El carisma de Chávez y el alto ingreso por concepto de la riqueza petrolera, le permitieron ocultar o disfrazar lo que ya era una verdad incuestionable: el proyecto del socialismo del siglo XXI es absolutamente inviable por sus resultados, pero más aún tiende, a la postre, a generar un cuadro generalizado de calamidad con inevitables consecuencias en el orden social.

Salvo el caso de Corea del Norte, cuyas penurias suelen ser cubiertas periódicamente por las grandes potencias para atenuar de esta manera sus repetidas amenazas nucleares, todas las naciones de definición socialista apuestan hoy por la flexibilización de sus economías. China (país que se ha convertido en el principal socio de Venezuela y donde justamente Maduro inicia una gira de varios días) es el ejemplo más elocuente de cómo una estructura política implacablemente totalitaria, convive con un capitalismo que no conoce recato. También son ejemplo Vietnam y Cuba, nación que con las limitaciones propias de su actividad productiva, ha tomado decisiones para descargar al Estado del peso que significa atender las necesidades de toda la población y que ahora estimula las iniciativas individuales.

Maduro deberá enfrentar la inevitable reacción de los grupos más radicales del chavismo que, por el contrario, apuestan por una profundización y radicalización de la revolución. No en vano muchos de sus teóricos han comenzado a expresar sus discrepancias, por lo que consideran que sería una inexplicable renuncia a la visión más dogmática del socialismo en su expresión económica. No le será fácil entonces a Maduro asumir plenamente un viraje de esta naturaleza. Pero de no hacerlo, los efectos son perfectamente previsibles: se complicará el cuadro económico en unos términos en que políticamente su gobierno comenzará a perder no sólo niveles de popularidad (lo cual ya revelan las encuestas), sino también credibilidad entre quienes lo han apoyado y que ahora comienzan a expresar sus divergencias frente a lo que podría ser la única estrategia posible para asegurar futuras victorias electorales oficialistas.

@Manuelfsierra

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viernes, 6 de septiembre de 2013

LUIS VICENTE LEÓN: “ES EL DÓLAR, ESTÚPIDO…”

Ha sido interesante oír las declaraciones recientes de Nelson Merentes, Ministro de Finanzas, pues de ellas se desprenden, sin necesidad de mucho pensamiento abstracto, que el gobierno está buscando (sin encontrarlos) mecanismos desesperados para desanudar el enredo que la revolución misma ha creado con el absurdo control de cambio —con topping de Ley de Ilícitos Cambiarios—  que tiene a la economía literalmente boqueando.

Pero lo interesante realmente no es que el ministro diga eso. Lo había hecho antes, de una y otra manera. Incluso desde que estaba en BCV, una de las razones por las cuales se creía que había sido nombrado en Finanzas: para representar a los pragmáticos en el nuevo gobierno y buscar soluciones más modernas que las que hemos visto en concreto. Lo clave es que lo diga así, como si lo dijera usted o yo. Es decir: como cualquier otro que observa pero no tiene la capacidad de influir en las decisiones de Estado. Como si él no tuviera vela en ese entierro.
Merentes le ha dicho a cuanta misión extranjera que pasa por Caracas —que, por cierto, empiezan a reducirse dramáticamente al ritmo de la caída en el precio de los bonos venezolanos— que pronto habrá cambios inminentes en el modelo de control.
De lo que dicen entender los visitantes, uno interpreta que Merentes piensa que es imposible avanzar en la estabilización de la Economía sin permitir que las empresas tengan acceso a las divisas y sin que el mercado negro sea despenalizado. Que su propuesta concreta es regresar a un mercado múltiple legal, en el cual una parte de las importaciones reciba divisas baratas y las otras (no susceptibles a recibir  dólares regalados por CADIVI y SITME) se realicen a través de algún mecanismo equivalente a la permuta del pasado, pero algo más regulado por el Estado.
Merentes parece partir de la premisa de que, tal como está el marco jurídico vigente, las acciones económicas del Estado están amarradas por una camisa de fuerza que los condena a mantener la locura que heredaron del gobierno anterior. Y me refiero al gobierno de Chávez y Giordani, no al de la Cuarta República, que ya parece tan lejano como el Imperio Romano (y resulta ridículo seguir echándole la culpa de todo).
Así que uno se pregunta: si el Ministro está tan clarito y, además, tiene razón, ¿por qué es que todavía seguimos en este merequetén? Probablemente la respuesta esté en el plano político y no en el de la racionalidad económica. Es evidente que, con la excepción de Giordani (quien tiene una teoría económica propia y creativa, distinta a la planteada en cualquier modelo moderno y exitoso que se ejecute en cualquier parte del mundo de hoy), todos los economistas, buenos, regulares y malos, por fin coinciden en que el cuento del control de cambios estricto y la subsidiadera a toda la economía es inaguantable. Y también están de acuerdo en que mantener el mercado paralelo prohibido e ilegal, lejos de evitar la crisis, le echa candela. Y en que la razón real de que el dólar negro sextuplique al oficial es la mezcla explosiva de ausencia de oferta con costos añadidos por la ilegalidad de sus operaciones, cuando la mismas son indispensables para que el país siga operando.
No hay ninguna otra forma de salir del ojo del huracán que no sea pagando el costo de los errores cometidos. Es decir: si quieren resolver el problema, tendrán que reconocer que la embarraron y asumir el costo de la devaluación y la inflación inicial (con todas sus implicaciones políticas), como el único medio para rescatar equilibrios a mediano plazo y poder maniobrar exitosamente en el futuro.
En una campaña electoral que se les ha convertido en plebiscito, los grados de libertad para tomar decisiones inteligentes pero costosas se restringen. Sin embargo, es preocupante saber que, desde el principio del gobierno de Nicolás Maduro, Merentes reconocía las causas de la crisis y aún no haya pasado nada para resolverla. No hay país que aguante la decisión de mantener el regalo de dólares a Bs. 6,30 (o Bs. 10, en el SICAD). La demanda es infinita y el precio es absurdo.
La historia ha demostrado sistemáticamente que una vez que permites que el precio del dólar innombrable toque un pico, incluso cuando hagas lo correcto, siempre regresará a ese punto alto. Porque lo que refleja el costo del dólar negro es la ausencia de oferta y la ilegalidad de operar con él. Si no se resuelves ambas cosas, es imposible bajar su precio.
Ha sido el propio Merentes quien se ha mostrado más claro en cuanto a la necesidad de apertura en el mercado cambiario, pero no ha avanzado en ese sentido. Tiene toda la razón cuando señala que el mercado negro está desatado debido a las restricciones legales, pero eso era algo completamente previsible desde el principio de las medidas de control cambiario. Ninguna de las distorsiones cambiarias de hoy puede sorprenderlos, porque es algo que sucede al establecer los controles y restricciones.
Desde cuando el precio del dólar innombrable cuadruplicaba el oficial, todas las voces alertaron sobre el impacto demoledor en la economía. Hoy, cuando lo sextuplica, las consecuencias son muchas y las acciones obvias. El Gobierno podría quemar algunas reservas para subsidiar parte del mercado, pero ni siquiera las reservas enteras le alcanzarían para subsidiar toda la economía nacional. No existe ninguna forma de rescatar equilibrios perdidos sino pagando el costo del error cometido (y sostenido durante tanto tiempo) y despenalizar el mercado negro.
El mercado negro es apenas una pequeña parte del mercado total, pero afecta toda la economía y determina su desenvolvimiento. Mientras más se tarden en abrirlo para restablecer el equilibrio, más alto será el costo a pagar en devaluación requerida. El problema cambiario que se vive en Venezuela no es un asunto de ingresos petroleros, sino de criterio económico. El control es devastador.
Es inviable que el gobierno persista intentando subsidiar con dólares baratos a toda la economía, pero no hay ingreso que aguante una hemorragia permanente de dólares regalados. La despenalización del mercado negro abrirá una nueva ventana para atender el problema de desabastecimiento y permitirá que la economía vaya recuperando poco a poco su capacidad de reacción, controlando la demanda excesiva de dólares con lo único que se puede controlar: el bloqueador del precio.
El Gobierno ha demorado mucho en tomar decisiones indispensables y, con la tasa de cambio negra actual, la brecha es tan estrambótica que los costos de salida serán estelares. Pero el costo de no hacerlo será infinitamente mayor, pues significa el colapso cantado de la oferta de bienes y servicios, además de la inflación galopante e imparable de la economía nacional.
El ministro Merentes tiene razón: hay que entregar divisas a los empresarios y liberar el mercado cambiario y, aunque sin duda tendrá costos políticos de corto plazo, la situación se vuelve desespero y cada semana que pasan haciéndose los pendejos se pagará con creces.
El Ministro parece haber hecho una modificación a la celebre frase del escritorio presidencial norteamericano que decía “la economía, estúpido”, adaptándola al caso venezolano: un potente: “El dólar, estúpido”.
luisvicenteleon@gmail.com

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martes, 2 de julio de 2013

EGILDO LUJÁN NAVA, ENTRE NELSON MERENTES Y EDUARDO SAMÁN, FORMATO DEL FUTURO…

Las vicisitudes que han vivido los venezolanos desde entonces a la fecha, no han sido lo suficientemente eficientes como para borrar de la memoria colectiva lo que sucedió entonces, y que le permitió al país -con su carga de costo político adicional por el indulto a un grupo de militares insurgentes contra la Democracia- reencontrarse con la importancia de no menospreciar la utilidad de lo que se conoce como lógica económica.

Tiene que ver con aquél paso que debió dar el entonces agitador Presidente Rafael Caldera, imposibilitado de seguir respirando tranquilo mientras no dejara de buscar culpables y responsables de la recibida crisis -¿o burbuja?-financiera, cuyo incontenible desarrollo comprometía al propio gobierno en su frágil estabilidad, sacudía la paz social y desnudaba la dureza de un empobrecimiento que agobiaba a gran parte de la sociedad venezolana.

Lo cierto es que el “nadie se imagina lo que ha significado para mí  tomar esta decisión”, como le dijo Caldera al país al hacer dicho anuncio, ha sido, quizás, la demostración más auténtica que Gobierno alguno podía haber exhibido en Venezuela, en contra de sus orígenes políticos  y principios que sirvieron para que naciera el ya extinto “Chiripero”, con el propósito de detener la marcha nacional hacia escenarios peores que los ya vividos en 1992.

¿Acertado?. ¿Desacertado?. ¿Bueno?. ¿Malo?. La quincalla histórica siempre útil para las adjetivaciones y/o calificaciones de los que se ocupan de interpretar lo sucedido, desde luego, hoy le ofrece opciones a los que se ocupan del tema y tienen  legítimo derecho a construir esas y más interrogantes, como tantas respuestas sean necesarias.

Sin embargo, lo que no puede minimizarse -salvo que sea por razones mezquinas o producto de esos rancios egos que sobreponen visiones y criterios unilaterales aun por sobre la inteligencia de quienes aman vivir en libertad- es que la incorporación al Gobierno de entonces de los economistas Teodoro Petkoff y Freddy Rojas Parra, significó –así de simple y trascendental- el reencuentro de la economía y el acontecer político venezolano, con el camino de la racionalidad y responsabilidad de gobernar para beneficio de todos.

Cuando eso sucedió, los venezolanos añoraban gobernabilidad, sinceridad en el discurso desde las entrañas del poder, hechos reales que hicieran posible la sinergia entre el acontecer económico y la reconstrucción de la confianza en el futuro productivo venezolano. Pero, sobre todo, que el propio Jefe de Estado ofreciera demostraciones sinceras de no estar detrás de jugarretas contra la propiedad y la empresa privada, porque lo que trataba de alcanzar con sus “sacrificios políticos”, era evitarle al país y a sus habitantes tener que someterse al naufragio emocional de vivir entre más ruinas sociales y morales.

Desde luego, ese episodio político protagonizado  por un estadista capaz de entender la utilidad del pragmatismo en el desempeño de funciones públicas, apuntalado en el orden económico por un equipo ministerial decidido a no fracasar en el intento, y una población ansiosa de salir del charco momentáneo de la duda y la frustración ante la incapacidad evidente de sus gobernantes, hizo posible lo que esperaba una gran mayoría de los venezolanos: la simbiosis capaz de reacomodar institucionalmente las alternativas que impidieran, en principio, la conversión de la insurgencia y del terror como forma sustitutiva de la transición gubernamental.

A partir de ese momento, han transcurrido tres lustros. Y, con ellos, los más inimaginables acontecimientos de todo orden, siendo el peor y más costoso, sin duda alguna, el de la destrucción del pilar institucional que la Nación se había comenzado a dar hace dos siglos, para hacer del Estado una caricatura. 0, quizás, un formato de imagen democrática al servicio de la conflictividad engendrada por administradores de causas ideológicas nacionales e internacionales y pescadores globales de fortuna fácil, teniendo como propósito final el sometimiento de quienes históricamente nunca le sirvieron dócilmente al aventurerismo utópico del igualitarismo colectivista.

Esta realidad que se debate entre interpretaciones de “pesadilla histórica”, “castigo político” y hasta de procesos concebidos a la luz de predicciones alrededor de la geopolítica y geoeconomía regional y continental, desde luego, hoy es lo suficientemente compleja, como para suponer que están equivocados aquellos que consideran que a esta situación se ha llegado por acierto estratégico, o los que creen, sencillamente, que Venezuela está encallejonada.

Mejor dicho, está metida en una especie de calle ciega y de la que sólo se puede salir si, una vez más, la comprensión de la utilidad del pragmatismo político, es capaz de sobreponerse al confusionismo que domina la multiplicidad de tendencias grupales que, cual “chiripero” de ayer, hacen que aquel que hoy ocupa la jefatura del Estado, no pueda hacer otra cosa que saltar para no caer; gritar para poderse escuchar a sí mismo; construir burlas para evitar que las lágrimas y gemidos provoquen la aceptación de que solo, íngrimo y solo, no es viable ni factible retroceder del callejón en el que el Gobierno ha metido al país.

Ese Gobierno, sin duda alguna, ha acertado al poner en manos del matemático Nelson Merentes, la responsabilidad de gerenciar el Ministerio de Finanzas. Y el acierto lo identifican los empresarios privados del país, con el hecho de que mientras ese funcionario estuvo al frente del Banco Central de Venezuela, echó manos de la virtud de cualquier servidor público consciente de lo que significa jurar para cumplir con la Constitución y las Leyes de la República, mientras se está actuando en esas posiciones burocráticas: atender al empresariado que no podía flanquear las entradas de los Ministerios de la Economía, escucharle en sus observaciones y reclamos, asegurarle que se iba a ocupar del caso, cuando se diera la oportunidad de hacerlo. En otras palabras, porque fue capaz de demostrar que, sin ser economista ni gozar del amparo político del que siempre hizo gala su antecesor Jorge Giordani, dejó entrever su voluntad de servir y no de servirse.

Pero hoy Nelson Merentes, en sí y por sí mismo, no es suficiente, indistintamente de que haya más de 4.000 jefes de empresas de todos los tamaños, asistentes a las reuniones de mesas y submesas técnicas, que aún abrigan una vaga esperanza de que en julio sí habrá subastas versión SICAD, que la solicitud de divisas será en agosto un triste clamor de lo vivido hasta julio, y que a partir de octubre comenzará la fiesta nacional del abastecimiento. Porque hoy Merentes, para mayor mortificación de empresarios y consumidores, no tiene a su lado a un estratega capaz de convertir sus buenos propósitos en hijos reales, y no en simples engendramientos platónicos. Su aliado en el accionar es a quien, hasta para sorpresa de él mismo, reencaucharon como Presidente del Indepabis, Eduardo Samán.

De hecho, mientras que Nelson Merentes –se supone- está haciendo su cola en Cadivi para conseguir la cuota de  dólares que le corresponde, para viajar el exterior y demostrarle a la Banca de Inversión que la economía venezolana está mucho mejor de lo que difunden los medios que no forman parte del Sistema Bolivariano de Comunicación e Información (SIBCI), por lo que invertir aquí es confiable, el otro, el anti-aliado, Eduardo Samán, está demandando un mayor presupuesto para duplicar el número de fiscales que le permitan perseguir, inculpar y castigar a acaparadores y especuladores, y hasta buhoneros, cuando las circunstancias así lo ameriten, como si la escasez, el desabastecimiento y la inflación fueran responsabilidad de los administrados, de los gobernados y no de quienes gobiernan y administran políticas públicas.

En otras palabras, dos personas, sólo dos funcionarios, mientras que productores y consumidores siguen a la expectativa con lo que sucederá con el abastecimiento durante los próximos meses, son suficientes para que, propios y extraños al país, una vez más, asuman que no es cuento malo aquello que reza que, para mal dormir de la ciudadanía, hoy no hay voluntad -¿o capacidad?- de enfrentar las causas del decrecimiento de la economía, como del empobrecimiento destructor de la capacidad de compra de los venezolanos. Y que aun cuando esos 4.000 y tantos empresarios que asistieron a las reuniones con los técnicos gubernamentales, lo hicieron confiando en que la sola presencia de Nelson Merentes en el Gabinete, podía cambiar lo peor que se ha estado viviendo desde octubre del año pasado, ahora la vista se centra es en la arremetida contra la lógica económica y la confianza en la inversión privada que representa lo dicho y prometido por el que, inteligentemente, ha llamado el periodista Gregorio Salazar El Monje del Santo Control, Eduardo Samán, Presidente del Indepabis.

Desde luego, en el medio de la inquietud general con la que casi 30 millones de venezolanos se adentran en el segundo semestre del 2013, a la espera de las milagrosas acciones cambiarias que habrán de producirse a partir de julio, venezolanos de las últimas generaciones no encuentran respuestas a las interrogantes relacionadas con el por qué el Gobierno se resiste a convertir el diálogo en la opción ideal para superar errores, reencontrar entendimiento y, de ser posible, reeditar lo que fue posible estructurar y accionar bajo el formato del pragmatismo político a lo Caldera.

Con las contradicciones de origen que evidencia la dupla Merentes/Samán, sin duda alguna, no es posible seguir viviendo exclusivamente de lo que dispensa el negocio petrolero. Hay que desarrollar otras alternativas productivas, pero eso sólo es viable con una amplia y decidida participación de la inversión privada. Pero mientras la percepción sea la de que quienes gobiernan no quieren asumir el costo político de cambiar de rumbo, por lo que hay que seguir difiriendo decisiones, ganando tiempo, añorando una lluvia de divisas que no se generará a corto plazo, la pregunta es: ¿ y a qué se juega, realmente?.


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