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lunes, 27 de octubre de 2014

LUIS DANIEL ÁLVAREZ V., EL PENSAMIENTO Y LOS PROCEDERES DE LEONARDO RUIZ PINEDA NO HAN MUERTO

Fue también un martes 21 de octubre, pero de 1952, cuando la violencia dictatorial interrumpió la quietud de la noche caraqueña. Una acción despiadada de la tenebrosa Seguridad Nacional acabó con la vida de Leonardo Ruiz Pineda, uno de los más connotados líderes de la lucha contra la represión.

LEONARDO RUIZ PINEDA
Mientras la ciudad descansaba y se preparaba, con más expectativa que realidad, para los comicios que tendrían lugar poco más de un mes después y en los que se podría derrotar de manera organizada al régimen, en la calle principal de San Agustín del Sur se evidenciaba la crueldad. El cuerpo de Ruiz Pineda yacía inerte en un charco de sangre, Segundo Espinoza estaba detenido y David Morales Bello y Leoncio Dorta lograron escabullirse al tiempo que el cinismo del gobierno celebraba el contundente golpe que acababan de asestar. Fue la primera muerte de Ruiz Pineda, pues como toda dictadura intentó ridiculizar a la víctima al endilgarle en la nota de prensa conductas poco éticas e irregulares, tratando de asesinarlo moralmente.

A los 62 años de los sucesos que sesgaron su vida, la obra de Ruiz Pineda perdura. El crecimiento acelerado del abogado, poeta y periodista oriundo del Táchira que se convirtió en referencia analítica y en ejemplo de lucha política y dignidad, debe recordarse.

Cuenta el doctor Ramón José Velásquez en un emotivo prólogo de una obra que recoge los artículos de opinión del emblemático tachirense, que en algún momento coincidieron en el castillo de Puerto Cabello Juan Pablo Peñaloza y Andrés Eloy Blanco. El anciano combatiente, maniatado por los grillos gomecistas y las enfermedades señalaba a lo lejos la torre del castillo, al tiempo que le decía a su compañero de infortunio que si todos se unían alcanzarían la cima. Años después, Ruiz Pineda, en la trágica noche de octubre de 1952 dejaba entender que si todos se unían, alcanzarían la cúspide de la libertad.

La dictadura marcó su destino aquella noche tenebrosa. La dignidad y la gallardía le dieron la espalda con vergüenza. Tal vez, la caída de Ruiz Pineda fue el insumo que llevó a afrontar con unidad la lucha, tal como lo marcó el hecho de los pañuelos blancos que en el Nuevo Circo, durante el cierre de campaña de URD, se enarbolaron al escuchar el nombre de Leonardo o las proclamas de Copei que pedían el cese de la represión. Aunque la dictadura, y quienes con sus prácticas han tratado de emularla, pueden pensar que el gran luchador había muerto, se equivocaron, pues hombres como Leonardo Ruiz Pineda, su pensamiento y sus procederes,  viven en el corazón de los que trabajan por la democracia y sueñan con un país mejor.

Luis D. Alvarez V
luisdalvarezva@hotmail.com
@luisdalvarezva

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jueves, 26 de junio de 2014

JUAN PÁEZ ÁVILA, RAMÓN J. VELÁSQUEZ

La muerte del Dr. Ramón J. Velásquez constituye para su familia un gran pesar, una ausencia dolorosa del hogar que formó con Regina Betancourt y sus cuatro hijos, y  para Venezuela la pérdida de un ciudadano ejemplar por sus valores éticos, morales, políticos e intelectuales.

Ramon J. Velazquez (1941)
Formado en un hogar de maestros y periodistas, Ramón J. Velásquez, decide viajar de San Cristóbal a Caracas a terminar estudios de bachillerato en el Liceo ¨Andrés Bello¨ y abrirse camino hacia la Universidad, el periodismo, la historia y la política de su tiempo, como queda expresado en una larga conversación que sostiene con los historiadores  Catalina Banko y Ramón González  Escorihuela, quienes la editan en un libro titulado: UN PAÍS UNA VIDA.  

Viaja con Leonardo Ruiz Pineda, con quien comparte  inquietudes intelectuales  y políticas y  en cierto modo se proponen conquistar la capital, no con el fusil y el machete de sus coterráneos Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, sino con la pluma, el talento y la voluntad de formar parte de una nueva generación de jóvenes andinos, que además de prepararse y ascender a niveles de profesionales de educación superior, contribuir a cambiar el país semifeudal que los asfixia por una nación moderna y democrática  

            Después de un largo y penoso viaje que dura 4 días  en autobús por una carretera de tierra, continuará realizando el periodismo liceísta que había ejercido en el liceo ¨ ¨Simón Bolívar¨ de San Cristóbal, participa en reuniones con dirigentes juveniles de la Federación de Estudiantes, ingresa a la Universidad Central de Venezuela y obtiene el título de Abogado de la República y Doctor en Ciencias Políticas y Sociales, para luego asumir el cargo de Redactor de temas políticos del diario Ultimas Noticias, lo que le permite conocer y analizar el universo político de la era posgomecista, hasta nuestros días.

            Testigo como periodista y protagonista como político de la evolución social, económica y política del país, durante más de la segunda  mitad del siglo XX, le tocó enfrentar momentos críticos y peligrosos de nuestra accidentada historia, especialmente en la época de la resistencia a la dictadura de Pérez  Jiménez. Corredactor del  Libro Negro de la Dictadura, con Simón Alberto Consalvi,  José Agustín Catalá, Juan Liscano y Héctor Hurtado fue detenido por segunda vez. 

            Al salir en libertad y conocer del asesinato de su compañero y amigo Leonardo Ruiz Pineda, fue hasta la Avenida San Martín a reconocer y despedir al Secretario General de AD en la clandestinidad 
  
            En 1956 lo detuvieron y estuvo preso en la cárcel de Ciudad Bolívar, hasta el 23 de Enero cuando cayó el dictador.  La publicación de : UN PAÍS UNA VIDA, es en parte una síntesis del testimonio de un ciudadano ejemplar dedicado al estudio de la historia, al periodismo y al ejercicio democrático de la política, de la que ha hecho una cátedra abierta señalando siempre un camino de libertad a sus lectores y amigos. 

Su imagen es histórica, pero también de leyenda. En un pequeño calabozo de la cárcel de Ciudad Bolívar, donde estábamos secuestrados por la dictadura del General Pérez Jiménez, en 1957, algunos jóvenes que le acompañábamos le oíamos narrar, de memoria, gran parte de Historia Republicana de Venezuela. 

Entre el análisis de nuestro acontecer político y la anécdota oportuna, no sólo disfrutábamos de su extraordinaria cátedra, sino que también nos olvidábamos por algunas horas del aislamiento, del encierro y de la amenaza del cabo de presos que peinilla en mano llamaba a cualquier hora a formar fila, para pasar lista de los detenidos. Don Ramón siempre preservó su serenidad y fortaleza espiritual.

            La Historia de Venezuela que nos contaba estaba cargada de perseguidos políticos, de prisioneros, de guerras horrendas entre venezolanos, de caudillos que ascendían al poder mediante la violencia y en  poco tiempo sucumbían frente a las protestas y alzamientos de sus adversarios. 

            El Auge y Caída del Liberalismo Amarillo era tal vez la parte de nuestra historia más reciente, que al relatarla el Dr. Velásquez despertaba el mayor interés en quienes le oíamos con atención y respeto. La corrupción política y administrativa de finales del siglo XIX que dio al traste con el régimen de partidos y facilitó la aventura del General Cipriano Castro y su ascenso al poder por la violencia, la comparábamos  algunos con la crisis moral y política de la dictadura de Pérez Jiménez, lo que nos sugería cierta esperanza de libertad.

            Y aunque veíamos muy lejos la caída del tirano, a los pocos meses también se desplomó. Cuando abordábamos los autobuses hacia la libertad, alguien notó que los presos militares seguían en sus  calabozos. El Dr. Velásquez tomó la palabra y expresó: ¡Si no salimos todos, regresamos a los calabozos! El Coronel que nos liberaba no tenía ese mandato. Regresamos a nuestras celdas, hasta el otro día cuando llegó la orden de liberarnos a todos.

            Una vez recuperada la libertad, fue Senador por el Estado Táchira, Ministro y Presidente Encargado de la República. Entre su obra intelectual destacan: Confidencias Imaginarias de  Juan Vicente Gómez  y La Caída del Liberalismo Amarillo. Tiempo y drama de Antonio Paredes; dirigió la Colección del Pensamiento Político Venezolano de los siglos XIX y XX y ha  ejercido en dos períodos distintos la dirección del diario El Nacional. Su vida y su obra  reflejan en gran parte la realidad de la Venezuela del siglo XX, que todavía, en el XXI, se debate entre el  militarismo heredado de las guerras del XIX y la que él mismo ha representado con su conducta ciudadana, teórica y práctica, que corresponde a todos los venezolanos que buscan la consolidación de un Estado democrático en el que impere la libertad, la justicia y el progreso  social. 

           Una vez destituido el Presidente Carlos Andrés Pérez, las direcciones nacionales de Acción democrática y de Copey se pusieron de acuerdo para la persona que a su criterio reuniera las condiciones de equilibrio político y capacidad de estadista, para proponerlo al Senado para nombrarlo Presidente Provisional de la República por los meses que faltaban para llamar a elecciones presidenciales. El Dr. Ramón J. Velásquez, historiador, periodista, ex –Senador y ex –Ministro fue convencido para que aceptara la propuesta bipartidista, lo que llevó a las demás Fracciones Parlamentarias a abstenerse de votar en su favor. Yo asumí mi condición de Senador independiente, electo en las planchas del Movimiento Al Socialismo (MAS), partido que además establecía en sus estatutos la libertad de conciencia. Compañero de prisión en  los calabozos de la Cárcel de Ciudad Bolívar, donde fraguamos una sólida amistad que me inclinó a respaldarlo, con la convicción de que se trataba también un luchador político independiente, ponderado, necesario para enfrentar una crisis como la que atravesaba el país, y con el coraje de un luchador por la democracia.

            El Dr. Ramón J. Velásquez cumplió con el mandato para el cual fue investido de Presidente Encargado de la República y presidió el proceso electoral de 1993 en el que fue electo por segunda vez el Dr. Rafael Caldera como nuevo Jefe del Estado para el período 1994-1998.

Juan Paez Avila
jpaezavila@gmail.com
@jpaezavila

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domingo, 4 de mayo de 2014

AMÉRICO MARTÍN, EL COMANDANTE ETERNO

Llegó a ser hombre de epopeya.

Durante los sombríos años de la dictadura perezjimenista creó leyendas a su paso, paso de fantasma debo decir, oculto y perseguido como pocos. Ascendió al liderazgo como si fuera para él un destino escrito en los libros de la política. Fue una marcha natural, no impuesta ni adornada de jactancias. Ejemplo de sencillez creativa, sus ejecutorias y su universal crédito no le debieron nada a los medios. Estos no podían hablar libremente de un perseguido político, ni el perseguido podía delatar su presencia o divulgar lo que hacía sin infringir peligrosamente las exigencias de la clandestinidad.

Formaba parte de la camada más bien reducida de dirigentes que fueron sepultados en escondites signados por la provisionalidad y sin embargo con el arrojo suficiente para echarse al hombro el malogrado país, atrapado como estaba en la garra de la dictadura militar. Cuando se compara a aquellos con éstos se le abona a los que se forjaron en la sombra y el silencio una mayor y desinteresada abnegación porque en lugar de plagar los medios audiovisuales o escritos, más bien estaban obligados a rehuirlos. Sus méritos no caían bajo la sospecha del interés y el exhibicionismo, eran de una certificada pureza.

ANTONIO PINTO SALINAS
Pero hay mucho de injusto en este reparto de reconocimientos. Nadie escoge libremente las circunstancias bajo las que se desempeña, y por eso las generaciones que no nacieron a la política en tiempos de dictadura, tendieron correctamente a multiplicar el liderazgo con la mayor exposición en las cámaras de radio y televisión o en los espacios de prensa. No era vanidad personal. Así lo demandaban los tiempos.

El nuevo líder ­hijo de la democracia debía en parte su nombradía a la publicidad recibida y la destreza como utilizaba aquellos instrumentos por fin al alcance de la lucha. Signado por el ruido de la competencia y la confrontación abierta, mientras más expuesto esté, más garantiza su sobrevivencia. Es lo adecuado a estos tiempos.

En cambio el viejo líder era hijo de la organización y el secreto. Mientras más expuesto estuviera menos chance tendría de sobrevivir.


 Las organizaciones más duramente acosadas fueron AD y el PCV, sin desconocer el notable papel jugado por Jóvito Villalba (URD) y Rafael Caldera (Copei), quienes a la postre terminaron en el exilio. AD era dirigido por dos conductores de primera. Rómulo Betancourt desde el extranjero y Leonardo Ruíz Pineda en los breñales de la clandestinidad. No era un reparto cómodo ni fácil. Ruíz Pineda sabía que Rómulo ni descansaba ni dejaba de preparar un eventual desembarco a la vieja usanza. No desaparecía de su memoria el episodio del Falke, que puso al general Román Delgado Chalbaud en Cumaná, en una aventura en la que factores no imputables le impidieron al joven Betancourt hacerse presente, como estaba decidido. Supe que en la década de los años 50 seguía trabajando para culminar lo que no pudo lograr en aquel episodio antigomecista.

Desde México, Rómulo había dicho que la dictadura desesperaba de arrestar “el cadáver” de Leonardo, y efectivamente poco después sus espías lo asesinarán.

Su cadáver ensangrentado en San Agustín estremeció la conciencia de América.

ALBERTO CARNEVALI
Se elevó a la cumbre de los héroes auténticos. Pero como el espectáculo debe continuar, lo sucedió en la secretaría general del partido otro hombre excepcional, Alberto Carnevali. Consciente de que los golpes de Estado no llevaban a parte alguna, reformuló la estrategia. Habló de la rebelión civil. La mecha de combustión rápida sustituida por una mecha de combustión lenta.

Para honrar su nueva política, Alberto se reunió con los demás partidos democráticos. Así se consagró la unidad de todos contra la dictadura. A nadie se le pidió que depusiera sus convicciones, porque la unidad lo es de la diversidad. Es esa la verdadera fórmula, lo demás es impostura.

Carnevali tuvo el acierto de comunicarse con el jefe de los comunistas. Pompeyo era un líder extraordinario, con una gran visión política. En aquel momento Alberto y Pompeyo, los dos hombres más perseguidos, se reunieron. Simón Alberto Consalvi y Homero Arellano oficiaron de intermediarios. En reunión con Domínguez Chacín de URD, resolvieron encomendarle a Pompeyo la redacción del primer Manifiesto de la resistencia. No era poca cosa. No era usual poner en manos de un comunista un texto como ese, pero Alberto y Pompeyo eran de una madera especial.

Carnevali será detenido. Al enterarse del -sin hipérbole- trágico suceso, Pompeyo suspende la redacción, pero la idea quedó sembrada. Pocos años después la Junta Patriótica retomará la tarea hasta el episodio final.

Caída la dictadura, conocí a Pompeyo.

A los honores que la leyenda le otorgaba, sumé su estupenda sencillez, su bondad.

Era un acusado rasgo personal suyo. Tras la mítica figura del admirado líder se descubría fácilmente la presencia de un ser humano extraordinario.

Militó en un partido internacional que rindió culto a Stalin, pero nunca dio señales de que cedería a una pasión como aquella. La gigantografía que nos habla del héroe entre los héroes, la momificación, los necios pedestales, la mirada que desde todas las esquinas nos advierte con severidad acerca de ignotas amenazas. El Gran timonel, El Padre de la Patria y demás zarandajas.

Por eso cuando en 1956 escuchó Pompeyo el valiente e histórico discurso del XX Congreso del PCUS, que demolió al endiosado monstruo, no le resultó difícil jurarse que nunca aceptaría la repetición de semejante perversión.

¡El Comandante eterno! ¿Pompeyo? No lo aceptaría. ¿Chávez? No lo merecería.

Pompeyo permanece en la cima iluminada de sus 92 años.

Americo Martin
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin

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miércoles, 26 de marzo de 2014

MILAGROS SOCORRO, UN GRAN MOMENTO DE CARLOS VECCHIO


Llevo varias horas revisando la prensa y las redes sociales. Quiero saber qué pasó con Carlos Vecchio tras su sorpresiva aparición en la tarima de la marcha de Caracas de este sábado, otra jornada de asesinatos, violación a los derechos humanos, detenciones ilegales, secuestro de periodistas y torturas que perpetra el régimen en su intento desesperado de acabar con las protestas por la vía de la represión y el crimen. 


La intervención del coordinador político de Voluntad Popular, sobre quien pesa una orden de detención, no fue solo un acto de coraje y atrevimiento, sino de inteligencia y nobleza.

Vecchio abrió su discurso con un saludo al movimiento estudiantil; e inmediatamente hizo un “humilde” reconocimiento “a la Mesa de la Unidad Democrática y a los partidos políticos” nucleados en esa coalición política. 

Esta manera de iniciar su breve alocución fue oportuna, generosa, propia de quien ejerce el liderazgo con ánimo pedagógico y maduro. En el solazo de la tarde caraqueña y en el apretujamiento de la muy concurrida manifestación, esas palabras fueron emocionantes. Vecchio es hombre de unidad. Y eso es mucho en esta hora.

El mensaje que fue a transmitir, burlando la persecución, fue asimismo hermoso y diáfano: "Esta lucha no es de pueblo contra pueblo sino del pueblo que sufre contra la cúpula del poder. Queremos vivir y morir libres en esta tierra. Venezuela vale la pena y aquí nadie se rinde".

Aludió a su partido con orgullo y afecto, otro acierto. Y acusó a los cabecillas del régimen: "Quienes hoy nos gobiernan ya no defienden los intereses genuinos y legítimos de la población, sino sus riquezas y privilegios”.

Ya hacia al final sugirió que en tiempos difíciles, debemos preguntarnos qué tuvieron en mente los libertadores de la patria para rescatar la dignidad del pueblo, y tener un país libre."Nos corre la sangre de Bolívar, Sucre, Luisa Cáceres de Arismendi, Leonardo Ruiz, Pompeyo y tantos venezolanos que dieron su vida y la siguen dando para que nosotros vivamos libre ¡Venezuela vale la pena!”.

Yo estuve allí. No lejos de la tarima, siguiendo la intervención de Vecchio por los altoparlantes (como había escuchado las de Antonio Ledezma y Andrés Velásquez, muy enérgicas y articuladas, naturalmente). Pero la de Vecchio me conmovió en cada frase. Por su sobriedad, su pertinencia e insisto por su gran generosidad, que en la actual circunstancia es un valor muy apreciable.

Me llamó la atención los nombres que vinieron a la mente de Vecchio mientras se dirigía a la multitud congregada en El Rosal. Los tres últimos sufrieron presidio político y, por cierto, sobrevivieron a él. Luisa Cáceres marcharía al exilio donde tuvo larga vida y prolífica familia. Pompeyo Márquez, quien rebasa los 90 y entregó algunos de ellos a la cárcel que castiga al hombre justo, ha sido maestro de muchas generaciones de venezolanos, ejemplo de periodismo, ciudadanía, valentía, honestidad y coherencia. Pero Leonardo Ruiz Pineda murió tres años después de salir de la cárcel. Era más joven que Carlos Vecchio, que ya es mucho decir. El dirigente de Voluntad Popular tiene 43 años y Ruiz Pineda fue asesinado a los 36.

Fue muy significativo que Vecchio, en su audaz paréntesis de la clandestinidad, pronunciara el nombre del tachirense en la vibrante tarde de Chacao como quien suelta un pájaro. Fue un acto de probidad, un pequeño adelanto de justicia, que mucho agradecemos los venezolanos abrumados de iniquidad.

Es posible que Vecchio en La Carraca esté leyendo los textos de Ruiz Pineda (no hay, por cierto, que estar preso o escondido para abrevar de la alta prosa del de Rubio, que era un escritor delicioso), porque, a pesar de que su alocución del sábado fue muy corta, hubo ocasión para coincidir con el andino. En el prólogo al ‘Libro negro, Venezuela bajo el signo del terror’, aparecido el mes de la muerte de Ruiz Pineda, este escribió: “Este libro es un fragmento de una negra historia venezolana, testimonio de conmoción violenta de la República, escrito en un alto de la batalla entre la nación que reclama libertades y la camarilla que usurpó su soberanía. (…) Este libro ofrece los testimonios de esa pugna, de la violencia criminal de un régimen sin normas éticas y políticas y de la voluntad de sacrificio de quienes se enfrentan a él”.

Muy coincidente con la imputación de Vecchio a los malandros que nos gobiernan con el ojo puesto más en los caudales que le han rebanado a la República que en el sagrado interés de esta.

Y cuando propuso que nos pusiéramos en la mente de nuestros mayores para discernir qué los orientó al rescate de la patria, es Ruiz Pineda quien da la respuesta: lo que siempre ha venido a salvar a Venezuela de la abominación (de la violencia criminal de un régimen sin normas éticas y políticas) es la voluntad de sacrificio de quienes se le enfrentan.

Vecchio se creció en el tablado donde rescató por un momento a Ruiz Pineda del páramo del olvido. Y Venezuela ganó un líder, auténtico, sobrio y valiente.

Milagros Socorro
socorromilagros@gmail.com
@MilagrosSocorro

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jueves, 20 de marzo de 2014

JOSÉ FÉLIX DÍAZ BERMÚDEZ, DERRIBAN LAS ESTATUAS

Ecuador estatua de Sucre
apunta  hacia el volcán Pichincha,
Cierta vez conversaba con un distinguido historiador en el Perú sobre la condición de las estatuas, unas las que son erigidas por los gobiernos y otras las que son consagradas por los pueblos.  La diferencia es significativa según la naturaleza del Gobierno y según la naturaleza del pueblo. Cierta leyenda cuenta como los ecuatorianos, con alto patriotismo y gratitud ejemplar, llevaron en procesión de civilismo la noble estatua de Sucre que apunta con su mano extendida hacia el volcán Pichincha, escenario de su triunfo inmortal. Son precisamente esas las estatuas que los pueblos bendicen, las que perpetúan en el bronce a sus hombres de bien, esos que descubrieron o forjaron países, unificaron pueblos, conquistaron derechos o defendieron libertades y que alcanzaron lo que la obra del talento, de la virtud y del patriotismo, la obra en fin de la grandeza humana, denomina la gloria.

Algunas estatuas, las que en ocasiones imponen los gobiernos, tienen un carácter muy distinto. Son aquellas que erige el inmediato encumbramiento, la ambición, la adulancia, la pronta exaltación del interés y no el juicio exigente de la historia producto de la apreciación objetiva de los hombres expuestos al examen riguroso de las generaciones y los siglos.

Unas estatuas permanecerán en su pedestal cuando las sustenta la obra singular, hechos transcendentes, afanoso servicio, méritos auténticos, aquellos que en el juicio sensato del futuro confirman las cualidades eminentes de un ciudadano de impronta indiscutible. Las otras caerán, cuando se juzgue rectamente y se aprecie la verdad de los hombres.

Si se precisa definir un ejemplo de virtudes patrióticas, de grandeza moral, de mérito intelectual y ciudadano de cuantos debemos admirar todos los venezolanos a más de cinco décadas de su fallecimiento, hay que mencionar con elevado orgullo patrio el nombre del insigne poeta Andrés Eloy Blanco. No obstante que la historia lo ha juzgado ya, el amor de la patria lo ha reconocido y le ha tributado el honor del Panteón Nacional,  su estatua en Cumaná fue destruida en la plaza que lleva su nombre, sitio que congregó en el pasado en torno a su presencia y su recuerdo lo mejor de los valores democráticos, de la significación de la cultura, del gentilicio y de la civilidad venezolana y oriental.

Su estatua ha sido derribada por el fanatismo, el odio, la incivilidad. La barbarie venezolana otra vez enseñoreada frente a la civilización amenazando los derechos y la dignidad de todos evidenciando su talante arbitrario, insultante y desconocedor, prevalido de la fuerza bruta y de la impunidad con la cual actúa. 

Estatua de Leonardo Ruíz Pineda
derribada en una calle en San Cristóbal,
La barbarie otra vez que quiere arrasar impíamente todo lo que se le opone, nuevas tropas de antiguas hordas que en nuestra historia han cometido los peores crímenes, pretendiendo establecer un orden de cosas inadmisible en una sociedad que aspira conservar sus valores de libertad, derecho, respeto, convivencia, integración, democracia y paz.

Otra estatua que ha caído también como consecuencia de actos de agresión, ha sido la de Leonardo Ruíz Pineda derribada en una calle en San Cristóbal, así como él mismo fue tendido en una avenida de Caracas gracias a los esbirros de la dictadura que acabaron con su vida.

Andrés Eloy Blanco, alto poeta, orador, humanista, gloria de las letras hispanoamericanas, hombre que enfrentó las peores tiranías de su tiempo y que supo asumir la misión histórica de conducir a Venezuela como ciudadano, político, Parlamentario y Canciller hacia la democracia. Él encarnó como pocos: "la responsabilidad del pensamiento"-expresión suya-,  puesta al servicio de las mejores causas de su pueblo.

Leonardo Ruíz Pineda, abogado, ciudadano, militante, dirigente, demócrata, hombre que personificó la resistencia contra la dictadura perezjimenista y a quien sus propios adversarios partidistas le reconocieron su estatura como lo hizo uno de ellos, figura principal de este gobierno, y quien señaló que: "ni la pasión política ni los intereses sectarios podrán empañar jamás la memoria ciudadana de Leonardo" (J.V. Rangel, 1973), lo cual no se ha cumplido ahora en esta época de violencia y negación.

Busto de Andrés Eloy Blanco, 
Parque del Retiro, Madrid, España.

Caídas dos estatuas del civilismo, con el repudio de la conciencia democrática de la nación, ellas se levantarán nuevamente para simbolizar con mayor plenitud la significación extraordinaria de sus vidas y el mensaje ejemplar que nos expresan en esta hora difícil de la patria por la que ellos lucharon para bien de todos, y diremos como lo hizo Andrés Eloy: "Antes de contemplar la estatua, contemplemos lo que ella ha debido contener..." y es la patria sin miserias humanas, sin ruindades, ni bajas ambiciones, la patria que agrupa y reconoce, respeta y edifica, sin conculcar derechos, desconocer las libertades, acabar con la vida de sus ciudadanos: "sin dolor de palabra", "sin mojar sus ojeras", como lo aspiraba el poeta cuyo busto ha sido derribado por lo peor de Venezuela.

José Félix Díaz Bermúdez
Jfd599@gmail.com
@jfd599

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lunes, 28 de enero de 2013

AMÉRICO MARTÍN, CABEZAS DE ASERRÍN

Los que hoy le reprochan a la unidad su conformación plural ignoran que por ser amplia y diversa le puso fin a aquella zarandaja militar-bolivariana. La unidad sólo es tal si reúne a quienes piensan distinto.
Figuras siniestras o grotescas se agitan ante las candilejas y acaparan la atención pública; pero siempre un mártir, un héroe o un pensador iluminan el fondo y dejan para la posteridad su testimonio de bondad, de desinterés y de justicia. Augusto Mijares Lo afirmativo venezolano
Registro un hecho notable: se propusieron ignorar la fecha para sobreponerle la falsa epopeya del 4F y helos aquí, contritos, cola en rabo, celebrándola.
Llamaron cínicos e hipócritas a los que entendiendo su hondo significado recordaron el 23 de enero como un pronunciamiento del pueblo para sacudirse del lomo una sombría dictadura militar. Curiosamente ni los esbirros más sanguinarios de aquel bárbaro régimen llamaron "políticos presos", a los "presos políticos". Les bastaba encerrarlos, torturarlos, matarlos y tratar de silenciarlos, pero por alguna razón no los escarnecieron confundiéndolos con delincuentes comunes, salvo casos excepcionales varios de los cuales fueron rechazados por la parte humana del universo. La que no lo es, miró para otro lado.
La magnitud de la explosión sorprendió incluso a quienes la propiciaron. Reinaba en el país una silenciosa paz octaviana, la fanfarria militar era tan intimidante que parecía una locura enfrentarla y un cuento de hadas, vencerla. Los padres preocupados temían que sus hijos fueran a un matadero. ¡Parecía tan poderoso el sistema autocrático-dictatorial! ¡Parecían tan enclenques los residuos de una resistencia que sin embargo tuvo su edad de oro! -Con papelitos no se tumban gobiernos No era un mal consejo. Todo parecía confirmarlo. Pero los papelitos alentaron la movilización, la movilización la crisis, y la crisis la victoria más hermosa que yo recuerde.
El magnicidio de Delgado Chalbaud dio lugar a la suspensión de clases. Faltaba poco para las navidades, siempre tan esperadas. El director del Liceo solicita que, preferiblemente, los alumnos de primer año se retiren con algún familiar. Me ha ido a buscar mi primo Luis Enrique Estaba. Nos guardamos gran afecto y a pesar de llevarme cinco años tenemos una fluida y fácil relación. Noto su excitación. El ya milita en Acción Democrática y tiene obligaciones políticas que asume con seriedad, a veces risible. Pronto nos envolvemos en especulaciones. Quizá haya sido mi primera conversación propiamente política. A lo menos es la que recuerdo detalladamente. AD espera regresar pronto al poder y Luis Enrique está en esa onda.
Ansiosos de retornar a Miraflores, multiplican los graffiti: "AD volverá" En su secretaría general está el líder más idóneo, audaz e imaginativo. Es valiente como pocos y se mueve como pez en el agua. Se habla de sus contactos militares. La Seguridad Nacional desespera de tomar preso al peligroso líder de la resistencia, pero Leonardo está bien protegido y cuenta con muchos amigos y gente resuelta. Los alzamientos rebeldes se turnan en una danza solemne. Leonardo es el enemigo público número 1. Su partido lo ama, todos lo respetan y admiran. En Costa Rica Betancourt comenta con sarcasmo que el dictador "ha ordenado arrestar el cadáver de Ruíz Pineda". Hasta que, interceptado en San Agustín del Sur el 21 de octubre de 1952, es asesinado a mansalva frente al Pasaje La Cocinera, en la avenida que hoy lleva su nombre.
El país, estupefacto, se indigna. Dos adecas resueltas, Isabel Carmona y su hermana Olga, se arrodillan al amanecer en el sitio donde cayó Leonardo. Olga es poeta y su nombre literario es Lucila Velásquez.
-No habrá paz en el ánimo ­ declara Betancourt- hasta que hayamos cumplido su aspiración.
Diego Rivera hace un dibujo para enaltecerlo. Desde la clandestinidad, Carnevali escribe que Ruíz Pineda ha ganado honrosamente la cumbre de los héroes. El dirigente comunista Guillermo García Ponce lo llamará "ruiseñor de la libertad" Fue el final del "rápido retorno". Carnevali dará el viraje hacia la unidad sin exclusiones y al encuentro con el pueblo.
No más madrugonazos militares. La mecha de combustión rápida convertida en mecha de combustión lenta.
3 Se reúnen los dos líderes en ese momento más buscados por el régimen: Carnevali de AD y Pompeyo Márquez del PCV. Incorporan a Domínguez Chacín de URD y preparan un manifiesto. ¡El primer boceto de la Junta Patriótica en manos de esos valientes! Por desgracia, Carnevali es apresado. Morirá en la cárcel de San Juan de los Morros. El histórico paso hacia la unidad se aplaza. Pero dos años después resucita milagrosamente. Esta vez la iniciativa no es de Carnevali sino de Pompeyo, otro de los grandes líderes de la resistencia. Los venezolanos de todas las corrientes confluyeron en la lucha por salir del dictador. La unidad pasó de las buenas palabras a los hechos. Nace la Junta Patriótica y poco después tendré el honor de ser cofundador del Frente Universitario junto con Lairet, Rodríguez Bauza, Jose de la Cruz Fuentes y, mi más que compañero hermano, Pérez Marcano. El FU hizo estallar el detonante de la huelga del 21N que tanto contribuyó al desenlace del 23E.
Estudiantes en la calle, militares institucionalistas inconformes, pueblo en alza.
El resultado estaba escrito.
Los que hoy le reprochan a la unidad su conformación plural ignoran que por ser amplia y diversa le puso fin a aquella zarandaja militar-bolivariana. La unidad sólo es tal si reúne a quienes piensan distinto. El objetivo común es remover la lápida de mármol que impide debatir diferencias sin el peligro de terminar en un calabozo. Nuestro agobiado país debe respirar. Para eso fue el 23 de enero, para eso ha de trabajar la alternativa democrática.
amermar@gmail.com

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martes, 9 de octubre de 2012

LUIS DANIEL ÁLVAREZ V., ¡MATARON A CASTOR!

El pasado 4 de octubre se conmemoró un aniversario más del vil y dantesco asesinato del dirigente Castor Nieves Ríos, quien desde la clandestinidad confrontó al gobierno dictatorial y denunció la persecución y el amedrentamiento que el régimen imponía a los venezolanos.

LEONARDO RUIZ PINEDA
Puede hablarse de que a Nieves Ríos lo asesinaron dos veces: la primera cuando en un ejercicio de violencia desmedida la tenebrosa Seguridad Nacional acabó con su vida. La segunda forma, muy típica de las dictaduras, es la que involucra la matanza de la moral, cuando en los reportes oficiales se indica que Nieves Ríos, tildado como jefe de una banda de hampones, agredió a los funcionarios y estos, en defensa propia, se vieron forzados a dispararle hasta matarlo.

Esas muertes dobles, si pueden denominarse así, no cesaron con la desaparición de Nieves, sino que a los pocos días se profundizaron con el asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, acción perpetrada en una fría calle de San Agustín del Sur, que según explicación oficial no fue más que "un enfrentamiento".

Poco se recordó y conmemoró el sexagésimo aniversario de la desaparición de Castor Nieves Ríos. Sin embargo, lo que ocurrió con este dirigente debe ser entendido, comentado y analizado para que sirva de enseñanza con miras a evitar que episodios tenebrosos como ese, en el que el terror, el miedo y la desesperanza fueron política oficial, se repitan en Venezuela.

La dictadura militar se cimentó sobre la base de la represión, el asesinato y el mancillar la dignidad humana. Es por ello que hay que repetir que Nieves Ríos y Ruiz Pineda, entre otros, a quienes el Gobierno cínicamente tildó de delincuentes comunes, dieron su vida por una democracia en la que pensar no se castigara y disentir no fuera un delito.

luisdalvarezva@hotmail.com

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