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lunes, 18 de agosto de 2014

HÉCTOR E. SCHAMIS, CITGO, PRIVATIZACIONES,

Se trata de Citgo, empresa gasolinera. Es propietaria de seis mil estaciones de servicio y tres refinerías —en Illinois, Texas y Luisiana— y da empleo a cuatro mil personas. Las refinerías son de alta tecnología, de las pocas con capacidad para procesar crudos pesados. 

Es una empresa importante, parte del paisaje carretero de toda la costa Este del país. Ello incluye el legendario Fenway Park, hogar de los Red Sox de Boston, donde no hay home run que no esté ligado a Citgo, allí desde 1965 gracias a un gigantesco aviso publicitario detrás de las gradas. Esa presencia le ha permitido a la gasolinera ingresar en el propio corazón de los fanáticos bostonianos, tanto que han llegado a protestar cada vez que se intentó remover el cartel del lugar.

Una de esas ocasiones fue en 2006, luego que Hugo Chávez se refiriera a George W. Bush como “el diablo”. Es que el dueño de Citgo es PDVSA, la compañía estatal de petróleos venezolanos, y en aquella ocasión un concejal municipal propuso reparar el orgullo de su presidente reemplazando el anuncio por la bandera de Estados Unidos. Los fanáticos estuvieron del lado de su memoria deportiva —es decir, del lado de Citgo— y allí sigue hoy, sin bandera alguna.

Venezuela está hoy a punto de perder tan extraordinario recurso comercial, y no por culpa de Boston sino porque Citgo está en venta. No es la primera vez que el tema aparece en la agenda. De hecho, la empresa ya había vendido dos refinerías y tres oleoductos en el pasado. Chávez mismo solía quejarse de Citgo con frecuencia e indicaba que se la sacaría de encima. Ahora, sin embargo, es más que retórica. La crisis de las finanzas públicas ha llegado a niveles sin precedentes, y el gobierno parece haber formalizado un acuerdo con el banco de inversión Lazard para que se haga cargo de las negociaciones de venta de la totalidad de la firma.

La racionalidad de esta decisión no sería inconsistente con tantos otros errores de política económica acumulados durante quince años, pero este caso supera todo lo anterior. Cuesta pensar que un país petrolero renuncie voluntariamente a la ventaja comparativa otorgada por la integración vertical de su activo. Citgo convirtió a Venezuela en un productor y exportador que también controla autónomamente el proceso de refinamiento, distribución y venta en el mercado más importante del planeta. ¿Por qué regalarles a sus competidores los tanques de gasolina de millones de automóviles estadounidenses?

¿Y por qué además introducir incertidumbre futura en el proceso de refinamiento, dado el limitado número de plantas capaces de tratar crudos pesados como el venezolano? Nadie puede asegurar que esas plantas, con otros dueños, no prefieran procesar un crudo más liviano en el futuro, por ejemplo mexicano o canadiense. El gobierno de Maduro no solo desconoce la importancia de la demanda —en el petróleo y en cualquier negocio—, sino que también crea problemas del lado de la oferta.

La privatización de Citgo tampoco tiene sentido desde el punto de vista estratégico, como política exterior. Si es verdad que Estados Unidos es una potencia hostil, el imperio que conspira y fomenta la desestabilización del gobierno revolucionario, ¿no sería esa razón más que importante para conservar herramientas de poder en propio suelo estadounidense? ¿Por qué renunciar también a sentarse a la mesa grande de la discusión sobre la política energética estadounidense y, por añadidura, del resto del hemisferio? De México a Noruega y el golfo Pérsico, y sin olvidarnos de Rusia, es difícil imaginar a otro país petrolero tomando decisiones para reducir su capacidad estructural de negociación frente a Estados Unidos.

Para algunos la “racionalidad” de esta venta, entonces, tendría que ver con las urgencias de financiamiento de corto plazo —la dramática crisis fiscal— y la rapacidad del chavismo, es decir, su innata propensión a las prácticas corruptas en lo que será un negocio millonario para todos los involucrados. Otros, a su vez, han señalado la necesidad de eliminar activos que podrían ser embargables en caso de sentencias adversas por las demandas de Exxon Mobil y ConocoPhillips contra PDVSA.

El caso en cuestión es otro ejemplo que ilustra, una vez más, que los hechos no importan y la realidad no existe, que todo es reducible al relato, a una narrativa esotérica que viola cualquier posibilidad de objetividad. Los bolivarianos pontifican sobre la economía estatal, pero destruyen el estado. Son víctimas de las conspiraciones del imperio, pero renuncian a conservar poder en el propio territorio del mismo. Son humildes socialistas, pero poseen cuentas en bancos internacionales con una inimaginable cantidad de ceros en sus saldos.

Así las cosas, la supuesta revolución hace un círculo completo, constituyéndose ahora en privatizador, como aquellos neoliberales que siempre critica, solo que lo hace de manera más incomprensible. Pinochet, por ejemplo, el híper privatizador, conservó el recurso estratégico del cobre —que había sido nacionalizado por Allende— en manos del estado.

El chavismo, que ha expropiado hasta el suministro de arroz y frijoles, ahora se encamina a privatizar el activo estratégico más importante del país. Finalmente, se entiende porque hablan de socialismo del siglo XXI. El socialismo del siglo XX lo hacía exactamente el revés.

Héctor E. Schamis
hes8@georgetown.edu
@hectorschamis

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miércoles, 29 de enero de 2014

EMILIO NOUEL V., DOS DÉCADAS DE LIBRE COMERCIO EN NORTEAMÉRICA

Luego de un intenso debate que incluso trascendió los límites de los países directamente involucrados, en 1984 se inicia una experiencia de integración comercial novedosa en nuestro hemisferio: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA).
En este mes está cumpliendo 20 años y vale la pena hacer un balance sumario que desmonte mitos y mentiras, y ponga los resultados obtenidos en su justo lugar.
Dos países desarrollados (EEUU y Canadá) y uno en vías de desarrollo (México) se acordaron entonces para crear una espacio común de libre intercambio comercial que incorporaría aspectos no contemplados en tratados de integración anteriores.
La valoración de sus resultados se puede hacer desde dos puntos de vista. Uno, a partir de los efectos reales de los mecanismos comerciales puestos en práctica, y dos, a partir de los efectos colaterales no menos importantes que podrían haber generado aquellos.
Los instrumentos principales apuntaban al libre comercio y las inversiones, y éstos son los que deben evaluarse de manera prioritaria.
Hay que igualmente advertir que el comportamiento que las economías tendrían en lo sucesivo no necesariamente podría atribuirse exclusivamente a los mecanismos del Tratado. No hay que olvidar que cada uno de los países mantiene su autonomía en materia de las políticas económicas internas. Así, resultaría inadecuado colocar al TLCAN como la causa o factor determinante de lo que los 3 países lograrían a la hora de evaluar el proyecto como tal.
Debe recordarse que al plantearse el proyecto, saltaron a la palestra pública los antiimperialistas y antiamericanos del continente para advertir que México, el débil del grupo, al ponerse en obra el TLCAN, sería aplastado o barrido por su vecino poderoso. Que esa integración entre desiguales no funcionaría. Que ningún beneficio traería tal yunta comercial con quien dominaba la economía mundial, cuyas transnacionales se apoderarían del país. En EEUU no faltaron tampoco los que se opusieron. El empresario y ex candidato presidencial Ross Perot, también cuestionó la propuesta por razones proteccionistas nacionalistas.
Pasadas dos décadas, lo anunciado por las  aves agoreras de la izquierda hemisférica no se dio, y México hoy puede exhibir resultados muy satisfactorios en términos comerciales, a pesar de que haya aún aspectos que deban ser redimensionados y/o mejorados.
Las cifras son elocuentes.

En 1993 México exportaba al mundo 51.883 millones de dólares y en 2013 alcanzó, septuplicando, los 390.000 millones aproximadamente. Sólo para comparar, Brasil, la economía latinoamericana más grande, exportó en 2013, 245.000 millones de dólares.
En materia de inversiones, en 1993 recibió 4.4 millardos de dólares; en 2013, 22.000 millardos.  El ingreso per cápita ha pasado de 4.500 dólares en 1994 a 9.700 en 2012.
México se ha convertido en una potencia exportadora, la primera de América Latina. Entre EEUU y México, hay un superávit comercial a favor del último.
Se cuestiona que a pesar de tales cifras, la tasa de crecimiento del PIB de México, durante estos 20 años, sea más baja que las de otros países de la región, lo que, a mi juicio, algunos se la atribuyen incorrectamente al TLCAN, cuando debería más bien apuntarse, en gran parte, a las políticas domesticas mexicanas.
Por otro lado, queda evidenciado que los estados mexicanos cuyas economías están orientadas a la exportación, como Querétaro, Puebla, San Luis Potosí, Sonora y Nuevo León, sus tasas de crecimiento están cercanas a las asiáticas (6,5%). De los 32 estados, 19 registraron un crecimiento económico igual o superior al nacional en 2011, que fue de 3,9%.
De modo pues que si hacemos un balance realista, a México le ha ido muy bien en el TLCAN, a pesar de que las cifras de pobreza no se hayan reducido de manera sustancial, y los beneficios del Tratado no han fluido de manera homogénea para toda la nación mexicana, problema éste que tiene más que ver con la ejecutoria del gobierno mexicano que con el TLCAN.
Es posible que algunos hayan tenido expectativas desmedidas o equivocadas con este proyecto, y al hacer el balance se sientan hoy un poco decepcionados. Jorge Castañeda, ex canciller de México, quien hace 20 años se opuso al TLCAN, señala que no ha cumplido con las promesas que entonces se formularon en su “venta” a la opinión pública. Sin embargo, dice que visto como acuerdo comercial ha sido una historia de éxito innegable para su país, el cual, según él, necesita aún más NAFTA, no menos.
Desde nuestra perspectiva, el TLCAN, con sus deficiencias y promesas supuestamente no honradas, es un ejemplo patente de que el libre comercio siempre reporta ventajas a los países, grandes y pequeños, no exclusivamente económicas. Que es un mito el que un país pequeño o mediano no pueda integrarse con uno grande porque sería aniquilado. Que es posible que las regiones de un país que no se pongan a tono con el entorno global se vena excluidas de los beneficios de la integración. Que en los tratados económicos los intereses de todos, pequeños, medianos y grandes países, pueden ser conciliados de manera civilizada y en provecho común.
El TLCAN o NAFTA es una experiencia de integración de la cual se puede extraer lecciones enriquecedoras para proyectos futuros en el mundo.

@ENouelV
emilio.nouel@gmail.com 

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