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martes, 5 de noviembre de 2013

HUMBERTO SEIJAS PITTALUGA, AMIGOS BIEN DISÍMILES

Los venezolanos estamos construidos con una memoria muy corta.  Lo cual es una ventaja cuando de agravios se trata; porque el olvido es un buen sustituto del perdón.  O, por lo menos, hace más fácil la convivencia.  

Empero, hay otras cosas que debieran ser atesoradas por la ciudadanía y también sufren el rasero del descuido  y la ligereza.  Por ejemplo, ya nadie se acuerda de los saltos cuántico y cualitativo que dio Carabobo entre 1990 y 1996 en razón del gobierno regional que se dieron los carabobeños en esa época.  Lo que hoy está de moda en nuestro Estado es denostar contra Henrique Salas, haciendo dejación (en lo que puede llamarse “ceguera voluntaria”) del hecho que él fue el líder del equipo que tuvo ese logro.  

En esos tiempos, era común que él y su gabinete hiciéramos buenos los versos de Hamlet: “…whose sore task does not divide the Sunday from the week”.  Porque era común que los fines de semana se nos trastocaran en días laborables y que las reuniones de coordinación duraran hasta las 10-11 de la noche.  Así fue como logramos el objetivo: trabajando con denuedo.  

Fueron los tiempos en los que los carabobeños, cuando recibíamos visitas de amigos o familiares que venían de lejos, frecuentemente escuchábamos: “Es que, al salir del túnel de La Cabrera, pareciera que se está llegando a otro país…”

Fue en esos tiempos en los que tuve el privilegio de conocer a Asdrúbal González —un excelente escritor y, actualmente, cronista de la ciudad de Puerto Cabello— porque ambos formábamos parte de ese equipo empeñado en hacer a Carabobo un lugar mejor.  Con el tiempo, luego de aquilatar su sapiencia y disfrutar de su perenne chispa, llegué a reconocerlo como amigo.  

Cosa que es más admirable si hacemos notar lo disímiles que somos: Asdrúbal toda su vida ha sido “ñángara” (uso la palabra sin pizca de insolencia) y yo tiendo a ser conservador en mi filosofía.  De hecho, a finales de los años sesenta, Asdrúbal apoyaba a las guerrillas y estaba encargado de los suministros clandestinos a los irregulares que actuaban entre las serranías de Yaracuy y la faja costera de Carabobo; y yo era uno de los oficiales de la Guardia Nacional que, desde Puerto Cabello, debíamos impedir esos abastecimientos.  Cosa en la que no teníamos mucho éxito, lo admito.

Hoy rememoro estas cosas porque el domingo pasado, se realizó un homenaje —muy merecido, por lo demás— para celebrar los 75 de vida y 50 de escritor de Asdrúbal, y porque entre los asistentes estábamos personas bien desemejantes en nuestras maneras de pensar.  Y lo pasamos súper-bien, conversamos cordialmente antes y después del acto, sin aspereza alguna en el trato.  Pero, por sobre todo, gloso esto en razón de los buenos resultados que tuvimos trabajando juntos en el Gobierno de Carabobo de comienzos de los 90.  Me gusta pensar que si se soslayase las diferencias y se enfocase más en las cosas en las que se concuerda, las posibilidades de echar para adelante una región y un país se potenciarían.  El Gabinete estaba conformado por lo que alguien comparó con “un abanico de todos los colores”.  Entre los extremos marcados por la ideología casi anárquica de Asdrúbal y el pensamiento castrense mío, había los de otros compañeros de gabinete que tenían ideologías democristiana, socialdemócrata, liberal y hasta reaccionaria.  Era tal la disimilitud de las individualidades, pero estaban tan aglutinadas las miras grupales, que hasta se llegó a hablar de una suerte de mesa redonda alrededor de la cual se sentaban unos caballeros con un primus inter pares que planificaba con nosotros.  El gobernador decidía las prioridades y señalaba la ruta hacia el objetivo; pero, después, estaba de parte nuestra convertir esas guiaturas en acciones.  ¡Y lo logramos!

Ojalá que volviesen tiempos así en las ciudades, las regiones y el país.  Solo cuando eso suceda, lograremos que Venezuela deje de rodar por el despeñadero, se estabilice y retome la senda del avance hacia el desarrollo.  Para ese logro, hace falta la colaboración de todos, dejando de lado las banderías y actuando con verdadera solidaridad.  No basta, nos explicaba recientemente el padre Ugalde, con dar demostraciones de tolerancia: “…el diccionario dice que la tolerancia consiste en ‘permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente’ (…) resulta un retroceso deprimente que en pleno siglo XXI ansiemos la tolerancia que no tenemos. La Constitución bolivariana declara que todos somos iguales ante la ley y tenemos la misma dignidad; por tanto no es posible que haya gente meramente tolerada”.

Solo cuando se deje de lado la pugnacidad y la porfía que existe hoy entre los dos grupos antagónicos (de iguales magnitudes, déjenme que les diga) y se pongan a trabajar de consuno —y cuando los indiferentes que los estudios demoscópicos tienden a colocar en medio de esas dos facciones abandonen la apatía— podremos encontrar la vía hacia un desarrollo nacional más justo y más eficiente  Y podrá enseñorearse una paz de verdad-verdad entre nosotros…


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lunes, 26 de agosto de 2013

MARIO VARGAS LLOSA, EL PATRÓN DEL MAL.

La serie de la televisión colombiana Escobar, el patrón del mal ha tenido mucho éxito en su país de origen y no cabe duda que lo tendrá en todos los lugares donde se exhiba. Está muy bien hecha, escrita y dirigida, y Andrés Parra, el actor que encarna al famoso narcotraficante Pablo Emilio Escobar Gaviria, lo hace con enorme talento. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con otras grandes series televisivas, como las norteamericanasThe Wire o 24, ésta se sigue con incomodidad, un difuso malestar provocado por la sensación de que, a diferencia de lo que aquéllas relatan, Escobar, el patrón del mal no es ficción sino la descripción más o menos fidedigna de una pesadilla que padeció Colombia durante unos años que vivió no bajo el imperio de la ley sino del narcotráfico.

Porque los 74 episodios que acabo de ver, aunque se toman algunas libertades con la historia real y han cambiado algunos nombres propios, dan un testimonio muy genuino, fascinante e instructivo sobre la violenta modernización económica y social —un verdadero terremoto— que trajo a la aletargada sociedad colombiana la conversión, por obra del genio empresarial de Pablo Escobar, de lo que debía ser en los años setenta una industria artesanal, en la capital mundial de la producción y comercio clandestinos de la cocaína. Desafortunadamente, este aspecto de la trayectoria de Escobar —su miríada de laboratorios en la cordillera y en las selvas, las rutas clandestinas por las que la droga, cuya materia prima al principio era importada de Perú, Bolivia y Ecuador, y refinada en Colombia, luego se exportaba de allí a Estados Unidos y al resto del mundo— está apenas reseñado en la serie, que se concentra en la experiencia familiar del narcotraficante, sus vidas pública y clandestina, sus delirios y sus horrendos crímenes.

Su ambición era tan grande como su falta de escrúpulos, y los delirios y rabietas que lo inducían a ejercitar la crueldad con el refinamiento y frialdad de un personaje del marqués de Sade contrastaban curiosamente con su complejo de Edipo mal resuelto que lo convertía en un corderillo frente a la recia matriarca que fue su madre y su condición de esposo modelo y padre amantísimo. Cuando se antojaba de una “virgencita”, sus sicarios le procuraban una y luego la mandaba matar para borrar las pistas. Siempre se consideró a sí mismo “un hombre de izquierda” y cuando regalaba casas a los pobres, les construía zoológicos y ofrecía grandes espectáculos deportivos, como cuando hacía explotar coches bomba que despanzurraban a centenares de inocentes, estaba convencido, según aseguraba en sus retóricas proclamas, de estar luchando por la justicia y los derechos humanos. Como creó millares de empleos —lícitos e ilícitos—, era pródigo y derrochador y encarnó la idea de que uno podía hacerse rico de la noche a la mañana pegando tiros, fue un ídolo en los barrios marginales de Medellín y por eso, a su muerte, millares de pobres lo lloraron, llamándolo un santo y un segundo Jesucristo. Él, al igual que su familia y su ejército de rufianes, era católico practicante y muy devoto del Santo Niño de Atocha.

Su fortuna fue gigantesca, aunque nadie ha podido calcularla con precisión, y acaso no fue exagerado que en algún momento se dijera de él que era el hombre más rico del mundo. Eso lo convirtió en el personaje más poderoso de Colombia, poco menos que en el amo del país: podía transgredir todas las leyes a su capricho, comprar políticos, militares, funcionarios, jueces, o torturar, secuestrar y asesinar a quienes se atrevían a oponérsele (a ellos y a veces también a sus familias). Lo que es notable es que, ante la alternativa en que Pablo Escobar convirtió la vida para los colombianos —“plata o plomo”— hubiera gente como el periodista Guillermo Cano, dueño y director del diario El Espectador y su heroica familia, y un puñado de jueces, militares y políticos que no se dejaron comprar ni intimidar y prefirieron morir, como Luis Carlos Galán y el ministro Rodrigo Lara Bonilla, o arruinarse antes que ceder a las exigencias demenciales del narcotraficante.

Lo que produce escalofríos viendo esta serie es la impresión que deja en el espectador de que, si el poder y la fortuna de que disponía no lo hubieran empujado en los años finales de su vida a excesos patológicos y a malquistarse con sus propios socios, a los que extorsionaba y mandaba asesinar, y se hubiera resignado a un papel menos histriónico y exhibicionista, Pablo Escobar podría haber llegado a ser, hoy, presidente de Colombia, o, acaso, el dueño en la sombra de ese país. Lo perdió la soberbia, el creerse todopoderoso, el generar tantos enemigos en su propio entorno y producir tanto miedo y terror con los asesinatos colectivos de los coches bomba que hacía explotar en las ciudades a las horas punta para que el Estado se sometiera a sus consignas, que sus propios compinches se apandillaran contra él y fueran un factor principalísimo en su decadencia y final.

Si un novelista pusiera en una novela algunos de los episodios que Pablo Escobar protagonizó, su historia fracasaría estruendosamente por inverosímil. Acaso el más delirante y jocoso sea el de su “entrega” al Gobierno colombiano, luego de haberle dado gusto éste en firmar decretos garantizando que ningún colombiano sería jamás extraditado a los Estados Unidos —la justicia norteamericana era el cuco de los narcos— y de construirle una cárcel privada, “La Catedral”, de acuerdo a sus requerimientos y necesidades. Es decir: billares, piscina, discoteca, un prestigioso chef, equipos sofisticados de radio y televisión, y el derecho de elegir y vetar a la guardia encargada de vigilar el exterior de la prisión. Escobar se instaló en “La Catedral” con sus armas, sus sicarios, y siguió dirigiendo desde allí su negocio transnacional. Cuando quería, salía a Medellín a divertirse y, otras veces, organizaba orgías en la supuesta cárcel, con músicos y prostitutas que le acarreaban sus esbirros. En la misma cárcel se permitió asesinar a dos destacados socios suyos del cartel de Medellín porque no quisieron dejarse extorsionar. Como el escándalo fue enorme y la opinión pública reaccionó con indignación, el Gobierno intentó trasladarlo a una cárcel de verdad. Entonces, Escobar y sus pistoleros, alertados por los guardias a los que tenían en planilla, huyeron. Todavía alcanzó a desatar una serie de asesinatos ciegos, pero ya estaba tocado. Los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar) habían comenzado a actuar.

¿Quiénes eran los Pepes? Una asociación de rufianes, varios de ellos ex socios de Escobar en el tráfico de cocaína, el cartel de Cali que fue siempre adversario del de Medellín, las guerrillas ultraderechistas (comités de autodefensa) de Antioquia, y otros enemigos del mundo del hampa que Escobar había ido generando con sus caprichos y prepotencias a lo largo de su carrera. Ellos comprendieron que la visibilidad que había alcanzado aquel personaje ponía en peligro toda la industria del narcotráfico. Asesinaron a sus colaboradores, prepararon emboscadas, se convirtieron en informantes de las autoridades. En menos de un año el imperio de Pablo Escobar se desintegró. Su final no pudo ser más patético: acompañado de un solo guardaespaldas —todos los otros estaban muertos, presos o se habían pasado al enemigo— escondido en una casita muy modesta y delirando con el proyecto de ir a refugiarse en alguna guerrilla de las montañas, fue al fin cazado por un comando policial y militar que lo abatió a balazos.

La muerte de Escobar, ese pionero de los tiempos heroicos, no acabó con la industria del narcotráfico. Ésta es en nuestros días mucho más moderna, sofisticada e invisible que entonces. Colombia ya no tiene la hegemonía de antaño. Se ha descentralizado y campea también en México, América Central, Venezuela, Brasil, y los que eran sólo países productores de pasta básica, como Perú, Bolivia y Ecuador ahora compiten asimismo en el refinado y la comercialización y, al igual que en Colombia, tienen guerrillas y ejércitos privados a su servicio. 

La fuente principal de la corrupción, en nuestros días la gran amenaza para el proceso de democratización política y modernización económica que vive América Latina, sigue siendo y lo será cada vez más el narcotráfico. Hasta que por fin se abra camino del todo la idea de que la represión de la droga sólo sirve para crear engendros destructivos como el que construyó Pablo Escobar y que la delincuencia asociada a ella sólo desaparecerá cuando se legalice su consumo y las enormes sumas que ahora se invierten en combatirla se gasten en campañas de rehabilitación y prevención.

@vargas_llosa

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jueves, 22 de agosto de 2013

ANTHONY GREGORY, POR QUÉ EL CAPITALISMO MERECE SER DEFENDIDO.

Mientras Obama demoniza a los ricos y lanza una docena de planes para reestructurar a la economía, quienes se oponen a este programa precisan que se les recuerde qué es exactamente aquello por lo que estamos luchando. Estamos resistiendo la burocracia, la planificación centralizada, y las embestidas contra nuestra libertad y comunidades. Sin embargo, esto no llega al fondo de la cuestión. No somos solamente un movimiento de oposición, yendo en contra de la agenda del presidente y sus partidarios. Esencialmente, nos levantamos en defensa del mayor motor de la prosperidad material de la historia humana, la fuente de la civilización, la paz y la modernidad: el capitalismo.

Muchos lo consideran una mala palabra y es desacreditado sobre todo por sus supuestos guardianes. Los gigantes de Wall Street se imaginan a sí mismos como capitalistas aun mientras viven de los contribuyentes y prosperan en base al obsequio de privilegios, la inflación y las barreras de ingreso que les ofrece el Estado. En el complejo militar-industrial lo defienden por su nombre mientras producen dispositivos para matar para el Estado. En el Partido Republicano y todas las instituciones conservadoras hablan bien de él a la vez que hacen vastas excepciones al principio mientras se lo engullen entero. Cuando muchos piensan en el capitalismo, piensan en el status quo corporativo, llevando incluso a algunos partidarios de la libertad económica a abandonar el término.

Pero no deberíamos abandonarlo. Por un lado, la mayoría de los adversarios del capitalismo no se oponen meramente a Goldman Sachs o Halliburton o McDonalds. Por el contrario, se oponen a la libre empresa como una cuestión de principios. Objetan la libertad de los empleadores de contratar y despedir a quien deseen por el salario que fuese mutuamente acordado. Protestan contra el derecho de los empresarios a ingresar en el mercado sin ninguna restricción. Desaprueban que las empresas se encarguen de la infraestructura; suministren energía, alimentos, agua y otros artículos necesarios; y manejen el transporte sin la intromisión gubernamental. Lamentan que los ricos sean cada vez más ricos, incluso a través de medios puramente pacíficos. Se oponen a la libertad de participar en la venta al descubierto, el uso de información privilegiada, las adquisiciones hostiles y las fusiones de empresas sin la bendición del Estado central. Están en contra del trabajador que disiente del “establishment” laboral. Es exactamente la anarquía del libre mercado lo que ellos desprecian, no es el nexo consolidado entre el Estado y las grandes empresas lo que la mayoría de ellos desea hacer añicos. Por cada socialdemócrata que odia al capitalismo monopolista por razones que pudiesen llegar a ser correctas, hay diez que deploran la parte que corresponde al capitalismo más que al aspecto monopolista.

Es simplemente un hecho que el capitalismo, aunque obstaculizado por el Estado, ha sacado a la mayor parte del mundo de la lamentable pobreza que caracterizó a toda la existencia humana durante milenios. Fue la industrialización la que salvó el trabajador común del tedio constante de la agricultura primitiva. Fue la mercantilización del trabajo la que condenó a la esclavitud, la servidumbre y el feudalismo. El capitalismo es el libertador de las mujeres, el benefactor de todos los niños que disfrutan de tiempo para estudiar y jugar en lugar de soportar el trabajo agotador sin interrupciones en el campo. El capitalismo es el gran mediador entre las tribus y naciones, el que primero depuso sus armas y odios ante la posibilidad de beneficiarse del mutuo intercambio.

Hace un siglo, los marxistas reconocieron la productividad del capitalismo y su preferencia por el feudalismo, al que éste reemplazó, pero predijeron que el mercado empobrecería a los trabajadores y conduciría a una mayor escasez material. Ha ocurrido lo contrario y ahora los izquierdistas atacan al capitalismo mayormente por otras razones: produce demasiado y es un desperdicio, lesiona el medio ambiente, exacerba las divisiones sociales, aísla a las personas de una conciencia espiritual de su comunidad, nación o planeta, y así sucesivamente.

No obstante, todas las más elevadas, más nobles y menos materialistas aspiraciones de la humanidad descansan en la seguridad material. Incluso aquellos que odian al mercado, ya sea que trabajen en él o no, prosperan con la riqueza que éste genera. Si el amigo de Marx, Engels no hubiese sido gerente de una fábrica, habría carecido del tiempo libre necesario para ayudar a pergeñar su destructiva filosofía. Todo estudiante de posgrado en ciencias sociales, todo socialista en limusina de Hollywood, todo cristiano de izquierdas bienhechor, y todos aquellos para quienes el socialismo en sí mismo es religión; todo artistas, académico, filósofo, docente o teólogo anti-mercado vociferan desde encima de una tribuna improvisada producida por el propio sistema capitalista que desprecian. Todo lo que hacemos en nuestras vidas—materialista o de una naturaleza más noble—lo hacemos en la comodidad que ofrece el mercado. Mientras tanto, los más pobres en un sistema capitalista moderno, incluso en uno tan corrompido por el estatismo como el de los Estados Unidos, viven mucho mejor que todas las personas más ricas hace un siglo. Estas bendiciones se deben al capitalismo, y darle rienda suelta aun más es finalmente lo que eliminará la pobreza tal como la conocemos.

Existe el mito de que el capitalismo es la doctrina dominante. Pareciese que casi todo el mundo cree esto, considerando la mayoría que cuando menos se trata de algo un tanto desafortunado, lo que en sí mismo debería denotar que existe un problema con el hecho de asumir la indisputable popularidad del capitalismo. De hecho, el capitalismo tiene pocos defensores auténticos. Los conservadores fingen apoyarlo, pero hacen excepciones para la educación, la energía, la agricultura, el trabajo, la banca central, las fronteras, la propiedad intelectual, y las drogas, por no hablar de la defensa nacional y la justicia penal. Peor aún, muchos conservadores de la variedad anti-corporativista y localista son más proteccionistas y nacionalistas en lo económico que el “establishment” de la derecha. Sacrificarán los derechos de propiedad por sus preferencias culturales sobre las armas, la religión, los llamados valores familiares, y ciertamente el patriotismo. Con amigos como estos, el capitalismo precisa de aliados más genuinos.

Los progresistas y los socialistas son francamente hostiles. Ellos afirman haber hecho las paces con el mercado pero tienen un nuevo esquema cada día para refrenarlo, castigarlo, manipularlo, y azotarlo hasta la sumisión. Los socialdemócratas insisten en que no desean deshacerse de él, tan sólo pulirlo y salvarlo de sí mismo. Pero si el capitalismo precisa ser salvado, no es de sí mismo, sino tan sólo de los socialdemócratas y conservadores.

Los libertarios saldrán en defensa del capitalismo, pero a menudo con cierta reticencia. Ha logrado una reputación tan mala, y es tan despreciado por la cultura socialdemócrata, que muchos no desean defenderlo abiertamente. De hecho, es crucial ser claros y precisos en la explicación de qué entendemos por capitalismo. Pero esta gran fuerza en favor del progreso merece nuestro apoyo audaz, no nuestro testimonio calificado. Nos ha dado todo lo que tenemos. Lo menos que podemos hacer es no pretender que estamos avergonzados de él.

Durante el último siglo, los más ardientes defensores del capitalismo—la escuela de Mises, Hayek y Rothbard, e incluso los seguidores menos radicales de Rand y Friedman—han sido claros respecto de que se refieren a la libertad del individuo en los derechos de propiedad y el intercambio, y casi todo el mundo entiende esto. Los enemigos en su mayoría han querido significar lo mismo, cuando no se encontraban confundiendo falsamente a la libre empresa con el privilegio consentido por el Estado.

Mises dijo que “una sociedad que elige entre el capitalismo y el socialismo no elige entre dos sistemas sociales; elige entre la cooperación social y la desintegración de la sociedad”. Hayek creía en “la preservación de lo que se conoce como el sistema capitalista, del sistema de libres mercados y propiedad privada de los medios de producción, como una condición esencial para la propia supervivencia de la humanidad”. Aunque siempre cuidadoso de criticar al capitalismo de Estado por su intervencionismo y violencia, Rothbard abrazó el “capitalismo de libre mercado [como] una red de intercambios libres y voluntarios en la cual los productores trabajan, producen, e intercambian sus productos por los productos de otros a través de precios formados de manera voluntaria”. El capitalismo y la libertad van de la mano, y no es de extrañar que los enemigos del mercado ataquen a los libertarios como los proponentes más extremos de lo que odian, en vez de concentrarse principalmente en los corporativistas y socialdemócratas que dominan a la izquierda y derecha modernas.

A algunos libertarios les preocupa que el “capitalismo” ponga demasiado énfasis en el capital, pero esto en verdad no es un problema. Sólo a través del consumo diferido podemos construir la civilización, mediante la acumulación de bienes de orden superior y la reducción de nuestra preferencia por el presente. Esta es la esencia del énfasis capitalista. Tal vez lleva más tiempo explicarnos cuándo adoptamos el grito de batalla del capitalismo—también se tarda más en ser un capitalista que solamente un consumidor. A la larga, no obstante, vale la pena. El libertarianismo es una lucha a largo plazo, y entonces ¿por qué no asumir la visión a largo plazo del capitalismo, tanto como un término que merece ser abrazado como una etiqueta para la economía que imaginamos? El anarquismo también es una píldora difícil de tragar, una tradición con una historia mixta de la que puede decirse de manera plausible que su significado convencional no siempre incluye a los valores que apreciamos, sino más bien una falta de orden social. Sin embargo, los anarquistas libertarios abrazan el término, como nosotros deberíamos hacer con el término capitalismo.

Rothbard era particularmente sensible al hecho de que el término fue acuñado por sus enemigos, y hoy en día muchos creen que los defensores del libre mercado no deberían permitir que la oposición defina el debate. Sin embargo, este punto me lleva a una conclusión muy diferente. Primero, incluso cuando la palabra tenga connotaciones negativas en la cultura popular, aún tendríamos que desear adoptarla. Los anti-federalistas se opusieron inicialmente a la etiqueta que les pusieron los estatistas hamiltonianos. Pero ahora me gustaría mantener el descriptor con orgullo. Esta es un área donde podemos tomar el ejemplo de los activistas de los derechos de los homosexuales que fueron difamados como “raros”, sólo para apropiarse con orgullo del término para sus propios usos.

Segundo y más importante aún, si Marx y sus secuaces—cuyas ideas, en la medida en que han sido implementadas, han dado lugar a una miseria, hambruna y esclavitud humanas sin precedentes—se posicionan como los adversarios del capitalismo, deberíamos ser muy afortunados de que estos sean los términos del debate. Los socialistas de todas las tendencias afirman que el verdadero socialismo nunca ha sido probado, y algunos sostienen que los radicales del mercado están atrapados sin una respuesta mejor que afirmar que el verdadero capitalismo tampoco nunca ha sido intentado. Sin embargo, a diferencia del “verdadero socialismo”, el cual Mises demostró que era imposible a gran escala, el capitalismo simplemente existe allí donde se lo deja sin ser molestado. Es la parte del mercado que es libre. Pero independientemente de cómo lo definamos, en términos de alimentar a las masas y dar sustento a la sociedad, preferiré al capitalismo defectuoso al socialismo defectuoso en cualquier momento. Preferiré el capitalismo de Estado, el capitalismo de amigos, o el capitalismo corporativo por sobre el socialismo de Estado, el socialismo democrático, o el nacional-socialismo.

Sin embargo, no tenemos por qué tomar esa decisión, ya que oponerse al capitalismo de Estado es parte de la causa capitalista, al igual que oponerse a la religión estatal debería ser el pedido de todo religioso anti-estatista, oponerse a las escuelas públicas ser la meta de todo libertario que ama la educación, y oponerse a la ley y el orden del Estado ser el credo de aquellos que apoyan el derecho natural y el orden social pacífico.

La parte capitalista del capitalismo de Estado es la parte que funciona. Los frutos del capitalismo pueden ser usados para el mal, y son sin duda utilizados de esta manera por el Estado. Por ejemplo, el mal del complejo militar-industrial se debe a que el Estado socialista de las fuerzas armadas se alimenta de la producción de las empresas semi-capitalistas. La única desventaja para el capitalismo es que el Estado se vuelve más rico en términos absolutos que con cualquier otro sistema. Si las fuerzas armadas fuesen totalmente socialistas serían menos eficaces—esto es cierto. Pero esta es meramente una acusación práctica y moral del Estado, no del concepto de capitalismo. Si esta es la única confusión cierta que desorienta a los detractores del capitalismo, simplemente deberíamos preguntarles: ¿Está usted entonces a favor de una completa separación del capitalismo y el Estado? Por supuesto se trata prácticamente de personas opuestas violentamente a esta perspectiva. Para ellos el problema no es que el Estado cuente con armas y fuerzas del orden y soldados y fronteras nacionales. En cambio, el problema es el espíritu emprendedor sin restricciones y la desigualdad en las ganancias. Al anti-capitalismo se lo define mejor, parafraseando a Mencken, por el temor de que alguien, en algún lugar, se esté haciendo rico. Observando al Estado beligerante, los anti-capitalistas objetan a alguien que hace dinero con el militarismo, y en verdad deberían sentirse avergonzados de que las instituciones del Estado de las que son partidarios sólo puedan montar con éxito una maquinaria militar aprovechándose del sistema de ganancias. Sin embargo, de modo significativo, a menudo su principal objeción no es con la guerra de los especuladores; es con los especuladores de la guerra.

Algunas palabras son escabrosas y los conceptos que encarnan parecen más escabrosos. Algunas nociones parecen demasiado idealistas para muchos cínicos. Paz, amor y libertad son todas palabras que tienen una mala reputación como conceptos fantasiosos que no describen la realidad tal como existe en verdad. Pero sabemos que en un mundo donde no todo es pacífico, el amor es a veces difícil de encontrar, y la libertad siempre está en peligro, todos estos ideales, en la medida en que se les permite florecer, señalan el camino hacia un futuro de armonía y abundancia. Lo mismo puede decirse del capitalismo. No dejemos que sus enemigos estropeen una buena palabra para el más grande sistema económico en la historia de la raza humana.

http://independent.typepad.com/elindependent/2011/08/por-el-qu%C3%A9-capitalismo-merece-ser-defendido.html



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jueves, 25 de octubre de 2012

M.ARRIZABALAGA , EL SISTEMA EDUCATIVO DE COREA DEL SUR, ABC DESDE ESPAÑA / MADRID

Así ha escalado la educación de Corea del Sur al podio mundial.

La «fiebre» por la educación ha sacado al país asiático del analfabetismo en apenas 60 años y ha situado a los surcoreanos entre los mejor formados y más competitivos del mundo

Corea del Sur daba la campanada en el último informe PISA alarrebatar a Finlandia el primer puesto mundial como el país con mejores resultados en comprensión lectora y conocimientos matemáticos y una buena nota en competencia científica. Era la constatación de un «milagro» educativo, que en 60 años no solo ha sacado al país del analfabetismo que existía tras su liberación de Japón en 1945 sino que lo ha elevado al podio de la OCDE. Y se estima que en el próximo informe PISA de 2012, que se conocerá a finales del año que viene, Corea del Sur mantendrá su puesto entre los mejores.
«El fuerte anhelo de educación de los coreanos no se percibe en ninguna otra parte del mundo», destaca un informe de la OCDE de 1998, algo que secundaba el pasado junio en ABC el embajador surcoreano en España. «La pasión del pueblo coreano por la educación es extraordinaria», afirmaba Oh Dae-sung. Tanto es así, que hay autores como Michael J. Seth que han definido esta «pasión» como una auténtica «fiebre» que «provocó una de las transformaciones sociales más importantes de la historia».
«Una tierra de campesinos analfabetos y semianalfabetos con solo una muy pequeña clase urbana se ha transformado en una de las naciones con mejor educación del mundo», constata el profesor estadounidense.
A través de la educación se reconstruyó el país después de la guerra tanto social como económicamente, un objetivo que aún hoy se mantiene en esencia. «El principio fundamental de todo el sistema educativo coreano es fomentar la formación como medio para el crecimiento económico del país. El sentimiento patriótico es muy profundo y la voluntad de los estudiantes de contribuir al desarrollo de su país está muy extendida», aseguran desde la asociación española de cultura surcoreana Han-Association.
MÁS DE 10 HORAS DE CLASE AL DÍA
El sistema educativo comprende de uno a tres años de preescolar, seis años de escuela primaria, tres del ciclo medio de la escuela secundaria, tres del ciclo superior de secundaria (preparatoria), y cuatro años de facultad en la universidad. La educación primaria es obligatoria y gratuita, con almuerzo incluido y los tres primeros años de secundaria también son obligatorios. En 2010, se contaba con 411 instituciones de enseñanza superior en Corea, con un total de 3,64 millones de estudiantes y 77.697 profesores, según la página oficial sobre Corea en castellano.
El 98% de los estudiantes termina la educación secundaria y casi un 60% obtiene un título universitario en Corea del Sur. Detrás de este éxito, hay jornadas maratonianas de estudio: Seis o siete horas de clase en la escuela, más cuatro o cinco horas de clase privadas, más tiempo de estudio en casa o en bibliotecas para un estudiante de secundaria. Los alumnos surcoreanos estudian 16 horas más a la semana que la media de la OCDE.
El 90% de las familias coreanas gasta de media unos 400 euros al mes en academias privadas fuera de horario escolar para completar la formación de sus hijos, según Han-Association. «Las familias invierten mucho en la educación de sus hijos, y al mismo tiempo exigen muy buenos resultados», constata Oh Dae-sung.
Los surcoreanos «consideran que todo en la vida es competición» y entienden que para lograr sus objetivos «todo pasa por una buena educación y para eso tienen que competir para asistir a las mejores escuelas y universidades», explican fuentes de la asociación.
A la disciplina y el esfuerzo acompaña un gran respeto por la figura del profesor. «En Corea se sigue el dicho "al profesor no se le pisa ni la sombra"», aseguran desde Han-Association, porque «es una persona que eligió la vocación de transmitir sus conocimientos, no la profesión de funcionario y, por tanto, se agradece siempre su esfuerzo». Los profesores se encuentran entre los profesionales mejor pagados del país y se someten a evaluaciones en las que participan los estudiantes y los padres para mejorar su nivel de especialización.
Los coreanos estudian para fundar grandes empresas que puedan expandirse
El Gobierno surcoreano dedica casi el 7% del PIB a la educación, con partidas para permitir a los alumnos estudiar fuera, en Estados Unidos, China o Europa. Es una inversión importante, pero insuficiente para las familias. «Los colegios públicos, aún siendo gratuitos, reciben un donativo de las propias familias para mejorar las instalaciones o el profesorado», apunta Han-Association.
«Se considera la educación como la mejor inversión, pues los coreanos no estudian para ser empleados de una gran empresa, sino que estudian y trabajan para fundar sus propias grandes empresas que puedan expandirse (y con ellas la cultura coreana) a todo el mundo», añaden desde la asociación.
LA CARA OSCURA
Esta «fiebre» educativa tiene una cara oscura en su reverso. Las grandes expectativas que se ponen en los alumnos, el alto grado de exigencia, el sobreesfuerzo por aprender, sumado al gran número de estudiantes en el sistema educativo y su filosofía competitiva forman un combinado de estrés para los jóvenes surcoreanos que no todos resisten. Corea del Sur lidera la tasa de suicidios entre menores de 24 años. El 8,8% de los jóvenes encuestados en el último informe de la Oficina de Estadística de Corea del Sur confesaron que alguna vez han pensado en quitarse la vida y el 53,4% citaron la excesiva competitividad relacionada con la educación como la principal causa.
Consciente de este problema, el Gobierno surcoreano ha tomado medidas, como una nueva ley de prevención de suicidios, el establecimiento de una red nacional de centros de prevención del suicidio o la instalación de teléfonos de emergencia en los puentes.
También se ha intentado frenar el gasto en enseñanza extraescolar, para aliviar a las familias de esta sobrecarga financiera, reformando el sistema de ingreso en los colegios secundarios y en las universidades de forma que se tengan en cuenta las habilidades y personalidad del alumno y no solo sus calificaciones.

http://www.abc.es/20121020/familia-educacion/abci-escalado-educacion-corea-podio-201210161058.html

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jueves, 15 de marzo de 2012

NARCISO GUARAMATO PARRA : CABALLO VIEJO [DE TODO UN POCO]

Si la memoria no me falla, la canción venezolana más famosa de los últimos tiempos dice, palabras más, palabras menos, que el caballo viejo no puede perder la oportunidad que le dan.
¿Pero y si la oportunidad se la crea uno mismo? como dicen algunos expertos en la materia. El autor de la canción, Simón Díaz, cuando la escribió, ya tenía una larga trayectoria en Venezuela y se acercaba a una edad en que muchas personas, solo piensan en jubilarse y quedarse en sus casas, cuidando a sus nietos y mascotas. Sin embargo el siguió trabajando hasta que el éxito internacional le llegó y pudo disfrutarlo. ¿Me debo jubilar o no? Es la pregunta que muchas personas se hacen, ¡estoy cansado de trabajar! Expresan algunos ¡quiero disfrutar! Dicen otros. La verdad es que las personas que han tenido éxito (que no necesariamente esto significa, tener altos ingresos) en la vida nunca han dejado de trabajar, pueden jubilarse de una empresa, pero nunca de la vida, nunca dejan de trabajar, porqué la actividad o profesión que decidieron dedicarse, les gustan tanto que para ellos no es trabajo.
En el año 2010 fe publicado el libro: “Testimonio de éxito”, escrito por María Jesús D’Alessandro Bello, en donde recoge 25 entrevistas, a igual número de personas, que poseía como característica fundamental, ser personas de la tercera edad (mayores de 65 años) y que sean consideradas, personas exitosas. A lo largo del libro se puede disfrutar la reseña de la vida, entre otros de: Jacinto Convit, Ramón Velázquez, Armando Sccannone, Yolanda Moreno, Cayito Aponte, etc.
Todos los entrevistados aman lo que hacen, disfrutan hasta el máximo realizar su trabajo. Igualmente casi en su mayoría, manifiestan como causa principal de su larga y exitosa vida, el apoyo de su pareja y de su familia. Los 25 entrevistados pudieron satisfacer sus necesidades fisiológicas, de protección, sociales, de aprecio y de autorrealización.
Por lo tanto la cuestión no la disyuntiva no es entre jubilarse o no, la cuestión es de si se siente feliz con lo que hace o no. En caso negativo, la jubilación no es la solución, en primer búsquese esa actividad que tanto lo complace y dedíquese a ella. Si, sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero ¿Cómo quiere pasar los últimos años de su vida? La respuesta solo la tiene usted.
Finalmente voy a transcribir las causas que dio en su entrevista Pedro Mendoza Goíticoa, para su longeva y exitosa vida (falleció a los 97 años y 11 meses): “Vivir de acuerdo conmigo mismo. Ejercitar mediante la lectura para que las neuronas trabajen. Hacer ejercicio físico todos los días. Ejercitarse de manera adecuada, incluyendo en la dita frutas y legumbres. No quedarme en casa si hacer nada, dado que una persona que se quede en casa sin hacer nada se liquida. Tener pensamientos positivos y tener la mente siempre ocupada. La imaginación es algo maravilloso, pero a veces te inventa unas historias que te atormentan y tu le crees a la imaginación. Tener la mente siempre ocupada de manera que la imaginación, esa parte negativa que tiene, no te perturbe, Pensar en el otro, en el prójimo. Si lo puedes ayudar, ayúdalo. Esto produce una gran satisfacción espiritual. 
Por último te voy a decir que, según los filósofos, todo ser humano vive en la más absoluta soledad y huye de la soledad por medio del amor y la amistad”. (D’Alessandro, 2010:164)
nguaramato@gmail.com

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