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lunes, 14 de marzo de 2011

EL PECADO ORIGINAL DE LA POLÍTICA. ALBERTO MEDINA MÉNDEZ (DESDE ARGENTINA)

Mucho se dice sobre la actividad política, las más de las veces con cierto desprecio. Queda claro que ha hecho méritos suficientes para gozar de ese desprestigio, y que ese resultado no es circunstancial ni aleatorio, sino la esperable consecuencia de tanta mala tarea y de sus aberrantes prácticas.

Buena parte de esa baja reputación tiene que ver con el modo de ejercerla y no con la actividad en sí misma. Sería bueno que quienes la han abrazado como vocación, asuman ese costo en vez de ofenderse con quienes hostigan a sus protagonistas. Algún famoso ex presidente dijo alguna vez “Se supone que la política es la segunda profesión más antigua de la Tierra. He llegado a la conclusión de que guarda una gran semejanza con la primera."Pero de todos los defectos que caracterizan a este oficio, tal vez uno de ellos sobresalga por su importancia, impacto y siempre sombría explicación. Se trata del origen de los dineros con los que se financian los partidos, con los que se hace viable la actividad política de modo cotidiano.

Si los partidos, si los dirigentes, no pueden explicar con transparencia y honestidad de donde salen los fondos que financian su actividad, mal pueden ser los motores del cambio, al menos no sin ser sospechados.

Preocupa la perversa relación entre dineros públicos y acción política, porque la sensación generalizada de la sociedad es que quien maneja el poder, quien detenta la caja del sector estatal, cuenta con una enorme ventaja, y esto pocas veces se contradice con la realidad percibida.

Es indiscutible que para hacer política hay que tener dinero. Pero este debe provenir del aporte propio o de la capacidad de reunir el de otros actores que deseen solventar esta actividad. Si bien existen normas al respecto y cada legislación, leída en abstracto, parece sensata y consistente, queda claro que la credibilidad pública de esa información es cercana a cero.

Habitualmente, el que ostenta alguna forma de poder se nutre de modo directo e indirecto, de los recursos públicos para llevar su acción partidaria. Ocupa los medios del Estado, pero también su tiempo, mirando el próximo turno electoral y haciendo proselitismo en vez de construir soluciones.

Se entremezclan tareas entre el deber del funcionario público, ese empleado de la sociedad toda que fue designado para cumplir un rol, y por el que recibe una retribución, con la del dirigente político que pretende darle continuidad a su gestión pensando solo en el siguiente escalón político.

Y entonces este pecado original, el del financiamiento de la actividad política termina constituyéndose en un círculo vicioso. Los que no tienen dinero suficiente no pueden acceder al poder porque se encuentran en condiciones de debilidad estructural y logística, y los que están gozan de inigualables ventajas porque se han apropiado de la “caja” y la van a usar en su favor.

Los menos deshonestos lo harán con prolijidad, sin dejar las huellas que los incriminen, respetando las formalidades que el sistema les exige a cambio de abusar de sus flaquezas. Otros, los más burdos, desplegarán su impunidad alardeando de ella. Es que para ellos, el poder es justamente eso, presumir con desvergüenza. Usan los recursos del erario público y disfrutan de ello sin sonrojarse. Se justifican usando el viejo, inmoral y paupérrimo argumento de que sus adversarios en su lugar harían lo mismo.

Como tanta otra legislación que redactamos en estas latitudes dice lo que supone debe ser, lo que creemos políticamente adecuado y no lo que precisamos para convivir en sociedad.

Los ciudadanos no solo necesitamos saber cómo se financia la política, sino que debemos conocer sus pormenores porque no se puede construir prestigio en la política si ella no se respeta antes un poco a sí misma.

En el caso de contribuciones privadas, no cambia mucho la cuestión. Es que no está mal apoyar al candidato que fuere con patrimonios individuales o desde el ámbito empresario. Lo incorrecto es ocultarlo, no jugar con las cartas sobre la mesa. Cualquier ciudadano debe poder expresar su simpatía por un alineamiento político, inclusive apoyando económicamente a esa tarea partidaria. Lo éticamente repudiable sería que ciertos intereses soporten económicamente a un sector partidario, a escondidas.

Los que proponen que el Estado debe subsidiar la actividad política con fondos públicos, son los que no son capaces de comprometer su patrimonio personal, ni tienen capacidad de seducir a los votantes, a los vecinos y a los empresarios para que apoyen sus causas. Si no saben hacerlo, si no tienen esa habilidad, no parece demasiado razonable que la sociedad toda deba subvencionarlos con favores públicos pagando impuestos para ello.

La política debe poder superar este escollo. Si no puede transparentarse, si no puede explicar de dónde sale tanto dinero que financia sus campañas y terminar con el mal hábito de corromperse para favorecer a la sociedad, no podremos dar un paso en positivo en esto que es central.

Y cuidado, que no se trata de leyes nomás, es bastante más profunda la temática. Saquear las arcas públicas es una cuestión moral no solo del que recurre a ese mecanismo como hábito, con cierta inercia. También tiene que ver con esa resignación social con la que nos estamos acostumbrando a convivir más de la cuenta. Debemos buscar pronto los mecanismo que nos permitan derrotar al pecado original de la política.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
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jueves, 27 de noviembre de 2008

*CARLOS R. PADILLA L. EN ANALITICA ELECCIÓNES: ENTRE LAS MOROCHAS, EL FINANCIAMIENTO Y LA POLARIZACIÓN. MIÉRCOLES, 26 DE NOVIEMBRE DE 2008


Aparte de otros vicios que en este momento no vamos a mencionar, tres perversidades lesionan la idoneidad de nuestro sistema electoral y vulneran el esquema democrático.

No referiremos, en primer lugar a eso que llaman "las morochas" engendro electorero inventado en las orillas del Yuribí por las huestes calderistas de Yaracuy y que fuese asimilado por los neo fascistas con la prontitud de quien roba a otro ladrón para acabar con la oposición, que se chacumbeleó, en las últimas elecciones para diputados a la asamblea. Eso era de esperarse dado el ventajismo que impera a los procesos electorales venezolanos.

Ahora de manera insólita un sector de la oposición, integrado por Un Nuevo Tiempo, Primero Justicia, Copey y Acción Democrática, promueve morochas para impedir la representación proporcional que pueda corresponderle en los cargos de naturaleza legislativa a otros sectores de la oposición a los cuales se les llamo insistentemente para que se integrara un frente contra el continuismo. Con este nefasto ardid queda excluido un amplio sector de la población que representa un 30% de la votación que lucha por reencontrarse con la democracia.

Rechazamos las morochas del oficialismo tanto como las de ese sector opositor, que entre gallos y media noche fraguo el uso de ese método perverso que viola el principio de representación proporcional de las minorías. Que no es otra cosa que la distorsión que acaba con la pluralidad y la diversidad, que son los soportes fundamentales de la democracia. UNIDOS PARA VENEZUELA (ALIANZA MAS DE LO MISMO) vs UNIDOS POR VENEZUELA (CHAVISMO) fueron y son una burla electoral que no debemos volver a permitir.

El otro asunto que está triturando la democracia en el país es la desigualdad de recursos con que cuentan todos los sectores distintos al PSUV, MPJ y UNTCT en grado superlativo y COPEI, AD en menor grado pero siempre ostentosos. De una u otra manera los sectores políticos señalados cuentan con ingentes recursos para sus campañas publicitarias, movilización de activistas, honorarios profesionales para funcionarios y soborno de activistas y militantes de otras toldas políticas.

Mientras no se establezca una férrea legislación que impida el uso de dineros provenientes de gobernaciones, alcaldías y otras fuentes ilícitas de financiamiento para quienes desvían recursos presupuestarios para actividades de proselitismo político, y/o reciban dineros del exterior para esos fines, perdurara una desigualdad tipo apartheid entre grupos políticos ricos y grupos políticos sin recursos que lesiona la integridad de la filosofía democrática. La política, en un esquema democrático, debe ser igualitariamente financiada con la proporcionalidad que imponga una ley justa sobre financiamiento de partidos políticos por parte del Estado.

De la reprochable desigualdad de acceso a recursos para el trabajo electoral se desprende una polarización que un principio es virtual pero que a fuerza de la atibórrate repetición que da la capacidad financiera se convierte en la mente de los electores en una verdad axiomática. Ejemplo de ello fue la calificación de candidatos de unidad de algunos candidatos sin que ellos carecieran en realidad de los apoyos que se ostentaban como existentes.

Partidos sin recursos, olvidados por los medios con interés político-económico y carente de una equilibrada posición democrática, tienen que defenderse con base en el activismo directo, cara a cara, para poder competir. Los partidos millonarios van por una cómoda autopista y los partidos pobres van por una carretera llena de baches y charcos que dificultan en grado sumo el mantenerse presentes ante los electores; por claro, interesante y novedoso que sea el bagaje ideológico y programático que pregonan.

carlos.padilla.carpa@gmail.com