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miércoles, 7 de octubre de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, CIELO ABIERTO PARA LAS IMPORTACIONES

El único templete gubernamental que no necesita del ruido ensordecedor de los fuegos artificiales indispensables para engalanar “actos revolucionarios”, es el de los llamados “mercados a cielo abierto”.

Tales eventos, en realidad, no requieren de esos fulanos escándalos cargados de pólvora e interés en llamar la atención. Porque de  la atención, de esa necesaria atención “popular”, se ocupan las flotas infinitas de camiones y gandolas rebosantes de los bienes disponibles para el momento, como de una inacabable variedad de lemas propagandistas  que destacan la obra inconmensurable que ha convertido a Venezuela en un reino de la seguridad alimentaria y, desde luego, de la infaltable soberanía alimentaria.

Los “mercado a cielo abierto”, en verdad, son una vitrina; el muestrario funcional para la ocasión, cuando se trata de poner en escena la única manera como el petroestado puede colocar ante los ojos de miles de consumidores de bajo poder adquisitivo, lo que produce la empresa privada nacional, de lo que es capaz de producir el propio Estado y, desde luego, lo otro, lo obvio, lo normal, lo rutinario: las importaciones.

Nadie tiene una explicación convincente acerca de por qué hay que importar alimentos y a qué se debe la pasión del comprador por llevarse a su casa un alimento producido en Brasil, en Uruguay, en Argentina, en Canadá, en los Estados Unidos, en Nicaragua y hasta en Guyana. Pero hay reflexiones hasta para exportar.

Las respuestas y explicaciones a las que apelan aquellos que insisten en enumerar las razones por las que hay que importar alimentos, van desde el fracaso de la Reforma Agraria en vigencia desde hace más de 40 años, hasta la actual incapacidad gubernamental para administrar un conuco. 0tros dicen que todo está asociado a las expropiaciones de tierras productivas de los últimos años, a la pereza administrativa de Agropatria, y, posiblemente, a la crueldad injerencista y antivenezolana de los fenómenos climáticos del Niño y de la Niña. 

Sin embargo, lo que no termina de convencer es la recurrencia reflexiva a tratar de saber cómo es que, poco a poco, “mercado a cielo abierto” ha terminado convirtiéndose  en sinónimo de “cielo abierto para las importaciones”. ¿Por qué no puede ser que “mercado a cielo abierto” sea sinónimo de “cielo abierto para la producción nacional”?. ¿Qué es lo que tiene la producción internacional que esté ausente en la nacional?. ¿Asunto de precios por lo foráneo?. ¿Asunto de desprecio por lo Hecho en Venezuela?.

Quizás pudiera estar asociado a lo que justificó la Resolución Conjunta 205, 156 y 16 del pasado 31 de agosto y publicado en la Gaceta Oficial  número 40.734, con base en el visto bueno de la comandita Ministerio de Alimentación, Agricultura y Tierras, Economía y Finanzas, Comercio Exterior y Cencoex. Sin embargo, eso no tiene sentido, porque luce ilógico que un Gobierno que busca  ingresos hasta debajo de las piedras  para mantener el mismo ritmo de gastos de la época de la bonanza, se atreva a ofrecer beneficios arancelarios  y facilitación de trámites para la importación de una serie de productos terminados que se pueden producir en el país. Por eso todo luce contradictorio  y hasta  incomprensible.

Por lo pronto, y cuando el último y más alto consumidor trimestre del año ya comenzó su marcha, los puertos del país abren sus espacios a la llegada de barcos cargados de alimentos para algunos días, quizás hasta que haga acto de presencia el comprometedor y electoral 6 de diciembre. Sus importadores y destinatarios son Casa y hasta la Pdvsa pollera. Es lo que dice la siamesa Bolivariana de Puertos.¿Y después qué?.

Es verdaderamente lamentable que, año tras año, después de haber transcurrido más de tres lustros de lo que pareciera una oculta programación para destruir todo vestigio de producción nacional, se convoque a la dirigencia de los gremios agroproductores para que expongan, en una especie de coro de voces afónicas, los problemas y limitaciones que impiden la producción nacional y describan posibles soluciones.

Al final, se trata de reuniones que únicamente han servido para tomarse las fotos de rigor,  y continuar con lo mismo: la importación cancelada con dólares subsidiados; la proliferación de grandes negociados financieros ocultos; la regulación siempre rígida de  precios a los productores nacionales, a la vez que se les conmina a la venta de los mismos  por debajo de los costos de producción; competencia desleal con productos importados adquiridos con dólares a precio de regalo como caramelos de piñata cumpleañera.

En materia de producción y oferta de alimentos, sin duda alguna, el país alcanzó su llegadero. Y lo ha hecho con hambre, con escasez y la presunción de que, entre excusas y reuniones, al Circo le crecieron los enanos.

Por supuesto, superado el momento comicial es posible que los presidentes de Fedeagro, Antonio Pestana, de Cavidea, Pablo Baraybar, y de Fedenaga, Carlos Albornoz, en razón de esa habitual costumbre de propiciar reuniones con tintes milagrosos, pudieran ser escuchados o llamados a integrar una Mesa Técnica para seguir estudiando  los  informes y propuestas que sus gremios vienen formulando desde hace más de cinco años, para que haya más producción nacional en las alacenas de las familias venezolanas. Lo que nadie sabría decir por anticipado, es si, finalmente, a sus sectores se les permitirá trabajar para garantizar el necesario e inevitable abastecimiento del 2016.  Después de todo, últimamente, en Venezuela lo usual es que sea irrelevante escuchar la voz de los dolientes de la producción de alimentos.

Los que producen alimentos en Venezuela, son hoy tan sobrevivientes como cualquier empresario nacional que se empeña en seguir adelante a pesar de las adversidades. Ellas son las mismas que, en su ámbito, afectan por igual  al comercio, a la industria, a la banca, al sector asegurador, al turismo, a las telecomunicaciones, entre otros. Es a lo que ha llevado al país esa insistencia de flotar administrativamente, de acuerdo a lo que determina una hoja de ruta basada en la misma ideología que ahora, ¡no sorpresa¡, se insiste en mantener, después del remozamiento del Plan de Gobierno de la actual administración.

Desde luego, pocos entienden la decisión gubernamental de mantener vigente el mismo  procedimiento político. Sobre todo cuando su cambio no es necesario porque lo demanda la actitud caprichosa de ningún sector organizado del país. Sino porque es una necesidad que emerge de la propia situación de crisis general a la que ha llegado la sociedad venezolana, precisamente por haber sido conducida con base en semejante estrategia. Y porque la solución -que implicará peores y más altos costos a los de empobrecimiento que está siendo sometida en la actualidad- no hay que seguirla posponiendo infinitamente.

En Quíbor, estado Lara, los productores agropecuarios del país alertaron a qué se está enfrentado Venezuela si no cambia su rumbo productivo de alimentos, más allá de que el Gobierno tenga previsto en cuanto a modificar o no el formato rector de sus equivocaciones.  Lo que explicaron, no es desconocido. Ellos hoy están impedidos de generar mayores y mejores resultados, si no superan ciertos impedimentos: carencia de insumos, incremento incontenible de costos forzados por una incontenible dolarización, controles de precios que desestimulan la producción, inseguridad personal y familiar, pésima vialidad agrícola, carencia de maquinaria adecuada de repuestos, exclusión en la compra de combustible y lubricantes, carencia de mano de obra especializada por estar en huída ante medidas en las fronteras.

Es el listado de problemas que, en realidad,  nunca ha estado ausente de la agenda que ha servido de orden de trabajo en cada una de las innumerables reuniones técnicas que han celebrado con uno y otro ministro; con uno y otro viceministro; con uno y otro funcionario dispuesto a escuchar, pero impedido de decidir, mucho menos de convencer a quienes presumen de salvadores populares.

Dichos obstáculos están ahí. Ante los ojos de aquellos que, en el medio de la dura acusación en contra suya y de su incompetencia que significan la escasez, el desabastecimiento, las colas, y el no poder comer a diario más allá de dos veces, si acaso. Ciertamente, importar siempre será más fácil para aplacar presiones, administrar tensiones y presumir de una sensación de abundancia. Inclusive, será eternamente así si no hay que demostrar cuánto cuesta la importación, identificar al proveedor y hasta poner a prueba la calidad de lo que se importa.

En Lara, nadie habló de claudicar ni de dejar de hacer lo que se viene haciendo desde hace dos o tres generaciones: producir; hacerlo, a pesar de los gobiernos. Triunfar, aun cuando las importaciones de alimentos siempre serán las aliadas por excelencia del peor uso que se puede hacer de los recursos petroleros: financiar la producción de otros países; darle la espalda a la producción nacional. Y también lo hicieron sentir, sin necesidad de depender de fuegos artificiales para que se les escuche y comprenda.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan

Enviado a nuestros correo por
Edecio Brito Escobar
ebritoe@gmail.com
CNP 314

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lunes, 28 de septiembre de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, EDUCACIÓN AL DESNUDO Y SIN LIBROS

Dicen que en los países se imparte una educación de calidad, proporcionalmente en razón de la formación de su liderazgo. De sus conductores. De sus gobernantes. Cuando a esos países les conducen líderes que recibieron una educación de calidad, sus habitantes, obviamente, siempre  serán favorecidos con una educación de calidad. Es una relación de compensaciones subjetivas que, desde luego, siempre hará posible que dichos países, con el correr de los años, van a poder evolucionar, superar permanentemente sus obstáculos formativos e informativos.

De ahí que la educación, como tal, siempre será el tema más importante para los países, indistintamente de sus ubicaciones continentales, cuando sus conductores tengan plena conciencia sobre qué es la educación, para qué se debe educar, por qué se tiene que impartir una educación de calidad.

De hecho, una evaluación detenida sobre la estructuración del mapa mundial en razón de los niveles de educación de cada país, de entrada, arroja el resultado esperado: los países que tienen mayores índices de analfabetismo, son los que denotan más señales de atraso. A mayor nivel de ignorancia, mayores son los problemas que agobian a sus pobladores; más diversificada es la naturaleza de los problemas sociales, económicos, políticos y morales.

Por lo tanto, no es posible desvincular subdesarrollo del carácter prioritario o no que se tenga de la importancia de que exista y funcione un sistema de educación de mucha calidad.

Y el planteamiento general viene al caso, luego de que siete millones de niños venezolanos iniciaran teóricamente esta semana el año escolar 2015-2016. Lo hicieron en el peor de los ambientes: 40% de las instalaciones educativas públicas en malas condiciones físicas para impartir enseñanza; educadores sin garantía de que las recientes decisiones salariales les serán reconocidas y cumplidas; colegios privados acosados por entes públicos empeñados en impedir –o reconocer- acuerdos de modificaciones en matrículas y mensualidades; niños impedidos de asistir a clases por la imposibilidad familiar de sufragar vestimentas, calzado, libros y útiles, debido a la expansión incontenible de la inflación.

Sin duda alguna, es una lista de complejidades que imposibilita el cumplimiento de un período escolar de 180 días de clases. Pero, además, que abre el espacio para que se incluyan otros dos aspectos que no pueden ni deben excluirse de este crudo análisis: la imposibilidad de que miles de estos muchachos puedan iniciar y concluir su año de estudios, en vista de que en sus hogares no hay los alimentos suficientes y variados cuya ingesta facilite el aprendizaje. Y que las autoridades responsables de dicho proceso, están pendientes es del cumplimiento del Programa Escolar, cuya novedad es la incorporación de nuevas efemérides asociadas a fines políticos partidistas, como de la distribución de textos escolares gratuitos con una alta incorporación de objetivos adoctrinadores de la muchachada infantil.

Con el inicio escolar en estas condiciones, es inevitable que el factor económico, especialmente el elemento salarial, se haga sentir en cualquier consideración relacionada con el proceso formativo de seis intensos  meses de actividades. Tiene que ser así.

Los salarios en Venezuela parten del mínimo mensual establecido de que es de Bs.8.000. Eso equivale a $ 11 al cambio de Bs. 700, único al que acceden los ciudadanos ajenos a la conducción del Estado, y que opera como referencia en la fijación de precios dolarizados. Sin embargo, los salarios fluctúan de acuerdo a la preparación o habilidad del trabajador, y oscilan entre Bs. 8.000 y Bs. 50.000, considerado, por cierto, “un buen salario”.

Pero ¿qué tan “bueno” es un salario mensual en el seno de cualquier familia, cuando una dotación de sólo un niño de vestimenta escolar, integrada por camisa, pantalón, zapatos, medias y ropa interior cuesta no menos de Bs. 25.000?. ¿Qué hacer cuando a ese solo niño se le debe complementar  dicha  dotación con otras dos para el mismo año escolar, en razón de uso y daños propios de la actividad escolar?. Se trata de Bs. 75.000 mínimo por niño, sin incluir la compra de los inevitables útiles escolares. La cuenta familiar arroja que en un hogar promedio venezolano conformado por  2 niños, en este año escolar se debe asumir un gasto de Bs.300.000.

Cuando a dicha cantidad se añaden los gastos adicionales relacionados con transporte y lonchera diaria de alimentación para el año escolar y en atención individual por niño, habría que añadir otros Bs.110.000, hasta concluir en el promedio complementario de Bs. 220.000 por los dos niños.

La suma de estas partidas de cálculo arroja un egreso familiar de Bs. 520.000 durante el lapso de 9 meses del llamado año escolar, y una erogación mensual promedio de Bs.57.777. Es decir, un monto que excede el total de lo que se considera “un buen salario”. Y que se aplica en su evaluación, a la consideración de que es un egreso familiar para que los niños asistan a clases, cumplan con sus necesidades de dotación sin excesos, y con la presunción de que no se enfermarán ni podrán ir a un control médico de rutina.

Con la escala de sueldos anteriormente señalada, ¿cuántas familias podrán cumplir con este gasto anual y mensual promedio?. ¿ Cuántos niños o adolescentes se pudieran ver obligados a terminar siendo desertores escolares para  ahorrar gastos, o para dedicarse a trabajar y contribuir con el ingreso familiar?. ¿Cuál es realmente el resultado educativo al que aspira Venezuela, cuando el panorama que se vislumbra solamente para este año escolar ofrece este cuadro de dificultades?.

Es innegable que éste es otro de los graves problemas, entre tantos otros, al que se enfrentan Venezuela y los venezolanos. Países vecinos en donde también se registra una severa caída de sus ingresos, debido a que sus exportaciones de commodities no están aportando los recursos necesarios para sufragar sus egresos, están atacando severamente los gastos innecesarios. Se están ocupando de impedir que el derroche y el posible  descontrol administrativo no castigue a sus empresas, sus habitantes, incluyendo niños, jóvenes y ancianos.

En Venezuela, el empecinamiento público, en cambio, gira alrededor del mantenimiento de  controles a la economía, de una obsesiva persecución a los que producen, y de flexibilizar procedimientos arancelarios para que las importaciones promovidas por amigos y allegados al Gobierno, no se detengan ni se contengan. Y, todo ello, mientras que el precio del petróleo, única fuente de ingresos del país, se mantiene a menos de 50 dólares promedio el barril.

Los informes que han estado levantando las calificadoras internacionales de riesgo sobre Venezuela, poco a poco han comenzado a dejar saber que, ante la ausencia de decisiones para evitarlo y la manera como el Ejecutivo insiste en hacerle frente a las obligaciones de la deuda, a expensas, inclusive, del funcionamiento del sector productivo, sí es posible caer en el terreno del impago en el 2016. Es decir, que la nación, además de la recesión y la hiperinflación, saboreará la amargura de caer en default. Pero eso pareciera no provocar ruidos en el alto Gobierno, mucho menos entre las individualidades administrativas encargadas de impedir que eso suceda.

Y si eso, con la gravedad de lo que representa para el necesario rescate del estado de problemas de la economía, tampoco cuenta, ¿por qué esperar que cambie la seria, dura y comprometedora situación de dificultades que se registra con el sistema educativo del país?. No cuenta, por lo visto, caer eventualmente en default. Mucho menos, posiblemente, que las familias tengan que enviar a sus muchachos a clases desnudos y sin libros, además de peor alimentados.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan

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jueves, 10 de septiembre de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, EL APAGÓN DE LAS EMPRESAS PRIVADAS FORMATO DEL FUTURO

El servicio de telecomunicaciones en Venezuela es quizás uno de los más atrasados de Latinoamérica. La incompetencia gubernamental se ha ocupado de que sea así. Poco más de 17 años ha bastado para alcanzar ese nivel. No hay ninguna diferencia entre dicha condición y la que exhibe el servicio eléctrico. La similitud describe una realidad homogénea y también identifica al mismo responsable.

En telecomunicaciones y en su conducción, existe una justificación gubernamental cuando los usuarios reclaman eficiencia y cuestionan la mala calidad del servicio de internet y telefonía móvil: “muchos venezolanos juegan demasiado y la lentitud es deliberada, porque el país necesita que se trabaje mucho más”.   

En cuanto al servicio eléctrico, se trata de una actividad regida por el Gobierno que se ha ido deteriorando progresivamente. Lo ejemplariza el estado en que se encuentra la red nacional de generación y distribución. Desde la década de los setenta hasta 1999, Venezuela desarrolló el sistema nacional de electrificación más completo, diversificado y moderno de toda Latinoamérica. Su alcance hizo posible la cobertura satisfactoria de más del 95% de las ciudades, pueblos y caseríos en todo el territorio nacional. El país, incluso, alcanzó estándares competitivos en la exportación de energía eléctrica. Colombia y Brasil pasaron a ser mercados a conquistar con el nuevo recurso de exportación. Se trataba de llegar a ciudades de países vecinos. No de alcanzar espacios distintos que pudieran desvirtuar la competitividad.

Durante los últimos tres quinquenios Venezuela ha invertido más de 45 mil millones de dólares para mantener ese ritmo de crecimiento sectorial. Es lo que describen las cifras dadas a conocer por las autoridades. Curiosamente, como en otros casos conocidos, aquí la inversión no ha servido para evitar que el servicio eléctrico presente un cuadro distinto al de una condición lamentable en  generación, transmisión y comercialización.

La inversión se habría hecho supuestamente en programas de desarrollo. Nadie explica, sin embargo, por qué abundan los proyectos sin ejecución, la paralización de otros, el retardo de las ejecutorias, la insistencia en la carencia de recursos. De igual manera, tampoco se describen las razones por las que otras obras no han pasado de ser simples registros en maquetas. En el menos mal de los casos,  en la etiqueta efectista de una abundante colocación de “primeras piedras” promovidas por costosas campañas publicitarias.

¿Por qué, de igual forma, se dejó sin efecto el cumplimiento de los programas de mantenimiento necesarios para preservar el caudal de generación eléctrica de que ya disponía el país?.

No haber acometido el programa de desarrollo debidamente, ni implementado con la rigurosidad del caso el proceso de mantenimiento, se ha traducido en que Venezuela dependa hoy de un servicio eléctrico deficiente a nivel nacional. Su tarjeta de presentación más conocida es la de  las constantes interrupciones -o apagones no programados- con sus obvias consecuencias: incomodidades y pérdidas materiales, degradación del confort y de la calidad de vida  para la ciudadanía,  como de la economía en general.

Ningún país puede avanzar si su infraestructura agropecuaria, industrial, de prestación de servicios o de comercialización no dispone de un servicio eléctrico confiable. ¿Cómo hacerlo, además, si tampoco gozan de dicho servicio la habitabilidad y sus  requisitos anexos?.

Todo tejido público y privado de producción está íntimamente ligado en su acceso confiable y seguro al servicio de energía eléctrica. De no ser así, el proceso está condenado irremediablemente al deterioro y a la  definitiva paralización y desaparición.

En Venezuela, como en cualquier otro país, la empresa privada constituye la única garantía de desarrollo por lo que ella representa para la estructuración de la infraestructura productiva y comercial. Y la pérdida de calidad del servicio eléctrico, entre otros, es actualmente la causa de un costo no apreciado por las autoridades ni por la propia sociedad. De hecho, se ha convertido   en un impedimento en la logística productiva. No permite producir ningún bien terminado a precios competitivos con las empresas competidoras del exterior. Y se ha convertido en un activador del afán importador, como de la economía de puertos. Es, por supuesto, otro motivo  de la fuga de divisas, aunado al invariable régimen de control de cambio. Otros, desde posiciones decisorias, los convierten, inclusive, en excusas para adquirir productos que se podrían fabricar a nivel nacional, y en una alternativa funcional para el sostenimiento de la corrupción.

La escasez de alimentos es una de las principales preocupaciones del venezolano. Le disputa y gana la posición del liderazgo social que también ostentan  la inseguridad y la inflación causada por la gigantesca y desordenada devaluación del bolívar. Los que gobiernan, sin embargo, parecieran no inquietarles que el 80% de los alimentos que se consumen el país sean elaborados con base en un proceso industrial que requiere energía eléctrica. Después del procesamiento, un porcentaje de igual proporción necesita refrigeración para su conservación. ¿Por qué no asumir y aceptar que se hace necesaria la disposición de un servicio eficiente y continuo de energía eléctrica? ¿Por qué, adicionalmente, no reconocer que la prevención de las incidencias de los efectos climáticos en la prestación de dicho servicio no debe ser subestimada?.

Es necesario lograr el autoabastecimiento y la posible exportación de energía eléctrica. Y hacerlo con el propósito de ahorrar divisas y de producirlas. Para alcanzarlo, se requiere eficiencia y una operatividad competitiva. Hay que descartar el componente ideológico como requisito imprescindible para la selección del personal especializado. El país dispone de expertos para alcanzar dichos objetivos. Las inversiones sectoriales se tienen que acometer con base en verdaderos controles administrativos. El Estado, inclusive, pudiera reservarse la producción energética de acuerdo al postulado de actividad básica. Es un tema que puede ser motivo de debate, incluyendo la modalidad de la comercialización a cargo de una red nacional de empresas privadas. Cuando sean los particulares y no los gobiernos los que dominen este campo, se podrá garantizar la oferta de un eficiente servicio que se comercialice de acuerdo a tarifas adecuadas, para que las empresas comercializadoras puedan operar sin cargo al Estado.

Cuando el servicio eléctrico no dependa del enfoque populista de siempre, no habrá razones para que se justifique y se permita el robo de energía actual. ¿Cuál  es realmente  la proporción o relación costo-beneficio de dicha modalidad?. Tampoco tendría razón de ser que las dependencias gubernamentales sigan siendo un ejemplo de derroche. Mucho menos que el Gobierno Nacional siga siendo el mayor deudor o moroso del pago por el consumo de energía eléctrica, como lo es actualmente también en otros servicios, como son: agua, teléfonos y aseo urbano.

Si no se le presta atención a la actual situación que afecta integralmente al servicio eléctrico del país, definitivamente, no se podrán evitar su mala calidad y los apagones. Las empresas privadas tendrán que seguir funcionando entre carencia de dólares y apagones, además de una rentabilidad caprichosa, según la decisión de quien gobierna. También pudieran darse apagones encadenados. Mejor dicho, relumbrones  y más relumbrones.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, LAS IDEAS DEL MERCADO FORMATO DEL FUTURO

“Todo este conjunto de relaciones entre trabajo, capital, distribución y producción, que es válido en general, se torna más que evidente en Venezuela, porque el proceso económico ha consistido fundamentalmente hasta hoy en la distribución de una riqueza y de un ingreso producido por la riqueza petrolera. Por lo que a este proceso se refiere, los intereses de obreros y empresarios están, para solaz de la cultura de izquierda, obviamente contrapuestos”. Econ. Emeterio Gómez.
Los distintos sectores de la economía venezolana en los que convergen los ciudadanos de riesgo financiero  y de trabajo productivo, han puesto en la calle una serie de propuestas dirigidas a estructurar una agenda en la que figuren posteriormente verdaderos programas para la producción nacional de largo plazo.

Lo han hecho de la mano de su máximo organismo gremial: Fedecámaras. Y motivados por la certeza de que los diversos Consejos de Cámaras, que son precisamente los que configuran el Directorio de dicha institución, acogerán a partir de ahora dichas propuestas como su objetivo de trabajo motivacional en todo el país.

Es, sin duda alguna, una forma audaz de lanzarse al ruedo de las disquisiciones, de las divergencias, de las confrontaciones ideológicas y -¿por qué no?- de ese submundo de la política venezolana. De ese sitio franco para el culto a los juicios y a los prejuicios, y en el que si existen posiciones claras con predominio inocultable, es que toda iniciativa privada siempre tendrá que ser objeto de indagación, porque no siempre está libre de sospechas. También que las ideas del mercado son y siempre serán buenas y recibirán la mejor de sus acogidas, si son los Gobiernos los que determinan su presencia, su desenvolvimiento y hasta su razón de ser.

Ante esa doble acepción que se tiene en Venezuela de la participación ciudadana en el ir y venir de la economía y de lo económico, entonces, es que Fedecámaras va a la calle a bregar atención, comprensión y a promover discusión. Ya que si en la actual coyuntura histórica no lo hace de esa manera y con miras a dichos propósitos, difícilmente logrará no sólo que aquellos que se ocupan de la política comiencen a entender de qué se trata eso que en la Constitución nacional vigente se describen como Derechos Económicos. Sino que, además, todo cambio político que pueda producirse a partir de ahora, también debe y tiene que incluir cuáles son los nexos que regirán desde entonces la relación Estado, empresa privada y trabajadores.

Para Fedecámaras, los Consejos de Cámaras  y las propias Fedecámaras regionales no será un trabajo fácil lo que implica la ambiciosa pretensión de provocar tantos debates como sean necesarios, para que esa imprescindible revisión a fondo de lo que ha sucedido no sea lo que continúe prevaleciendo en el Siglo XXI, casi bajo los mismos términos de los dos siglos anteriores.

Pero el trabajo hay que hacerlo y lo más pronto posible. Ya que hoy nadie puede dudar que si existe un área de la economía venezolana que ha pagado y muy cara la experiencia vivida en los últimos tres lustros, a la par de las Industrias Petrolera, Petroquímica, del Acero, el Aluminio, la Minería Metálica y No Metálica en general, es la empresa privada en general.

Lo que hoy queda de la empresa privada formal en el país, y especialmente de aquella que fue excluida -o destruida- deliberadamente por no acogerse al patrón que se impuso desde el propio 2001, es una estructura signada por la sobrevivencia, y a merced de la rígida voluntad de quienes administran discrecionalmente sus propias normas. Y con esa realidad que muchos se empeñan en tratar de minimizarla en su gravedad e inconveniencia, no es posible reorientar la economía venezolana en el necesario tiempo prudencial, y con una comprobada capacidad para evitar que lo social se convierta en un obstáculo para alcanzar niveles eficientes de producción y de productividad.

Si ante el actual y aparentemente prolongado proceso de irrecuperabilidad del precio del producto de exportación venezolano por excelencia, como es el petróleo, se insiste en seguir avivando la expansión del peso del Estado y manteniendo de rodillas el esfuerzo empresarial privado, no será posible evitar que futuras generaciones de hijos del país puedan vivir, una y otra vez, en un ambiente de condiciones en los que el desquicio administrativo sea lo normal, y no lo excepcional.

Por supuesto, lo que está planteado y hoy se ha convertido en motivo determinante para que no se repita la costosa, injustificada y casi irracional experiencia a que el actual Gobierno ha condenado a treinta millones de ciudadanos, es que, de una vez por todas, la dirigencia venezolana, indistintamente del lugar que ocupe actualmente, se tiene que dedicar a trabajar por y para Venezuela. 

Y eso incluye, por supuesto, al liderazgo institucional gremial de la empresa privada, que no puede dejar de transmitirle a la ciudadanía que sus prédicas de siempre, que sus propuestas de hoy no son trampas caza bobos, sino expresiones sinceras alrededor de la necesidad imperiosa de hacer empresa, de incrementar fuentes dignas y decentes de trabajo, y justo bienestar social para todos los que producen riqueza con su esfuerzo.

Venezuela se tiene que negar a seguir en las posiciones del rezago productivo continental y global; a continuar liderando las peores posiciones cuando se trata de la vida en libertad; a seguir siendo ejemplo de las pocas naciones del mundo en las que la inflación determina qué alimento se puede o no consumir en sus hogares; a seguir siendo otro doloroso ejemplo de un país que no es capaz de evitar la pérdida de su muchachada entre la migración y las balas. Pero nada de eso será posible si lo económico continúa siendo un quiste en la voluntad de quienes conducen al país; un factor de interrupción en la visión salvadora que practican quienes insisten en sepultar las ideas del mercado, a cambio de la idílica adoración del poder del Estado en todo y para todo.

Sin duda alguna, no es fácil lo que Fedecámaras, sus afiliados y sus representados se han planteado. Inclusive, desde las ya conocidas trincheras anticapitalistas que históricamente han sobado las instancias del estatismo en sus peores expresiones, como son los de la corrupción y la promoción inteligente de vivir de un llamado pueblo al que se le esquilma y usa cruelmente como instrumento para el arribismo, ya han salido los consabidos cuestionamientos a la idea empresarial.

No obstante, la dirigencia empresarial comprometida con la convicción de no dejar de opinar cuando el país clama por participación, insistirá en hacer escuchar su voz, con transparencia y sinceridad; el sentimiento verdaderamente identificado con la Venezuela de progreso a la que tienen derecho los venezolanos que están aquí; los venezolanos que se fueron; los venezolanos que vendrán. ¿Logrará ser escuchada y entendida?. Es el reto. Hay que trabajar para conseguir la gloria. Sería lamentable terminar dando pena.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
@egildolujan

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jueves, 27 de agosto de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, LA TORMENTA FINANCIERA PERFECTA

Batallando contra una de esas terribles gripes que dan ahora en Venezuela, y que se distinguen por no ser sólo un motivo para que te sientes mal, como era antes, sino que ahora, además, también te duelen hasta las uñas, se produce la primera gran duda: ¿será realmente gripe?; ¿y si es tuberculosis?, ¿quién te dice que no es chikunguya?. Porque también pudiera ser dengue. ¿y no será un infarto en proceso?.

Supongamos que no es gripe; que es otra cosa: ¿cómo le haces frente?. ¿a quién le preguntas, si tu médico se fue del país?. Cuento con guarapos y remedios caseros. Pero ¿y si voy a otro médico y me prescribe alguna medicina que no se consigue en ninguna farmacia?

Lo cierto es que uno termina resignándose, encomendándose a Dios y refugiándose en la lectura. Y hasta  se hace amigo entrañable de la cama y de la televisión, para tratar de pasar el tiempo y distraerse. Entonces, lo interesante, más allá del dolor por lo nacional, termina por funcionar como medicina accidental. Porque pensar en migrar te lleva a lo real: tampoco la cosa más allá de Venezuela está mejor. Lo que aquí sucede, es que la peor sensación que se siente cuando hay una enfermedad de por medio, es que los que gobiernan se fueron de la Tierra para seguir “raspando la olla” desde la Luna.

Ante esa realidad, de gripe y angustias, la pluralista visitante familiar, como es la televisión, te hace reaccionar. Te presenta a un grupo de osados surfistas en una playa de Hawaii, aventurándose  temerariamente a desplazarse sobre una cadena de  olas tan enormes y altas como un edificio de más de 15 pisos. ¿Y cómo es que alguien es capaz de entretenerse de esa manera, cuando cualquier error podría acabar con su vida?. Sin respuesta sensata, sin embargo, aquello te lleva a asociar semejante cuadro natural con  lo que vive cada venezolano en su país. Y como las altas fiebres son capaces de provocar delirios, entonces, la lógica nos lleva a lo lógico: los delirios individuales no son necesariamente malos. Pasan a ser malos cuando quien los vive termina sintiéndose amo de la verdad, como con potestad supranatural  para  secuestrar el derecho ajeno a la libertad.

Lo cierto es que en mi delirio provocado y avivado por la alta fiebre del primer día, entre olas y lógicas, identifiqué a un pequeño niño portando una franela tricolor: la bandera de Venezuela. Se trataba de una criatura montada sobre una de esas enormes y encrespadas olas; y me invadió una terrible angustia por el gran peligro que ella corría. Despertar, por supuesto, se tradujo en un alivio; en un gran alivio. Pero no tanto como para no terminar asociando ampliamente  dicha situación con lo que le sucede a la Venezuela de hoy.

Es la situación que agobia a  los venezolanos, y cuya gravedad no se percibe, a pesar de las  voces de alerta que, dentro y fuera del país, vienen advirtiendo sobre la gravedad que ello plantea. Porque la verdad sea dicha, es un problema  que no se manifiesta entre todos los venezolanos. Sólo se ha apoderado de aquellos que, como diría el economista y exMinistro del Gobierno chavista Felipe Pérez Martí, no forman parte del grupo de 300.000 compatriotas que asumieron que son amos de la Nación y que pueden hacer de ella y con ella lo que les viene en gana. Es el grupo que conduce a Venezuela a donde a ellos les conviene.

Los venezolanos están  transitando por el camino equivocado.  Es lo que ha decidido ese grupo. Pero la complejidad de los problemas, como de llegar a soluciones integrales en lo económico, social, político y moral que vive el resto de la población, imponen la necesidad del diálogo y del entendimiento entre las partes que se debaten entre lo ideológico y lo pragmático.  Es la única alternativa de evitar peores males. Ciertamente, hay quienes insisten en propiciar y promover soluciones irracionales entre pólvora y sangre. Pero eso hipoteca el futuro con un alto costo de odios, venganzas y mayor resentimiento al que se incubó durante los últimos 16 años. 

Es, definitivamente, el momento de la corrección del rumbo con urgencia, pero también con inteligencia.

Ya todo está dicho. Pero lo dicho sigue siendo insuficiente cuando se trata de subsanar y superar las diferencias. Es más, lo dicho hay que  repetirlo cuantas veces sea necesario, hasta que la salida permita conquistar la luz cuya desaparición han provocado la ignorancia y la incompetencia. Hay que corregir, entonces, para  ver la salida; también para salir del terrible y prolongado túnel que llevó a Venezuela a moverse nuevamente entre lo impensable de la primera mitad del siglo XX ¿0 de la segunda del siglo XIX?.

No se trata de un sueño ni de delirios. Los venezolanos están a merced de la fortaleza de la inseguridad, del desabastecimiento, de los problemas de la salud, de la inflación, de la violencia acrecentada por la impunidad; también del poder que se ha consolidado alrededor de la corrupción y de aquellos que viven de ella y con ella. En fin, se trata de calamidades que engendran preocupaciones las 24 horas de cada día. Mientras tanto, el consuelo accidental sigue siendo la pretendida justificación de que todo es una consecuencia de la caída de los precios del petróleo.

Los precios del petróleo no se van a recuperar antes del 6 de diciembre ni tan fácilmente después del 6 de diciembre. Y si el país va a continuar dependiendo de un hecho electoral y de un evento milagroso en la economía global, capaz de revertir el desplome de dichos precios, es hoy una quimera. El problema es serio y grave. Y la gravedad es una consecuencia de la negación gubernamental a asumir su responsabilidad de gobernar, de decidir. No decidir oportunamente es lo que ha sembrado la situación socioeconómica actual.  Porque  al derrumbarse el precio del barril de petróleo a un tercio y seguir siendo la única fuente de ingreso de divisas  -hoy a $ 38 el barril de los $ 120 o más que estuvo ingresando- resulta inevitable pensar, entonces, que el 2015 sigue siendo un buen año en materia económica.

Los ingresos del 2016 no alcanzarán para pagar deudas externa e interna; tampoco para honrar compromisos adquiridos  con acreedores comerciales privados o suplidores de insumos para mantener  funcionando el aparato productivo nacional. Además ¿cómo recuperar la confianza generada, entre otras razones, por las grandes pérdidas que han sufrido –y siguen registrando- las compañías extranjeras que operan en el país?. Ellas fueron las primeras víctimas del actual “corralito”  que reina en Venezuela. Y siguen esperando por la oportunidad de repatriar el dinero represado en el país, obedeciendo a las rigideces del control de cambio. ¿Cómo podrán ahora convertir en divisas aquello por lo que ahora viene, además, la hiperinflación entre acciones desquiciadas?.

El Gobierno Nacional, hábil en hacer uso de la propaganda como tabla salvadora ante muchas circunstancias adversas, no podrá recurrir a dicho instrumento para impedir que la peor imagen del país para hacer nuevos negocios siga siendo precisamente esa situación que está dañando los balances de ese contingente de empresas internacionales que se radicó en Venezuela. Ante cualquier campaña gubernamental, la palabra la tienen los balances de Ford, General Electric, Dupont, American Airlines, Pfizer, General Motors, Goodyear, Kellogs, 3M, Procter y muchas otras de igual o más importancia.

Por otra parte, ¿cómo evitar que también hable y diga lo que sabe del país la mayoría de los suplidores foráneos que, confiando en Venezuela dieron crédito, y el Gobierno no ha honrado el compromiso con los empresarios venezolanos, al no venderles los dólares para cancelar las deudas pendientes?. Y,  adicionalmente, ¿ qué decir ante el porqué Venezuela tiene en curso más de una veintena de demandas internacionales por miles de millones de dólares en el Ciadi, de parte de compañías Internacionales que se sienten perjudicadas por acciones adoptadas por el Gobierno, desconociendo caprichosamente los acuerdos suscritos por Venezuela  para, precisamente, resguardar la presencia de inversiones extranjeras en territorio nacional?.

En fin, de lo que se trata es de una situación que ha puesto al país a naufragar o surfear en el medio de una verdadera "Tormenta Financiera Perfecta".

Es una crisis gigantesca que impone deponer actitudes de conflicto; salir del terreno de lo ideológico y de entrar en el campo conciliatorio. La retórica, las amenazas rimbombantes y las bravuconadas en “cadena” ya no tienen cabida. Todo es irrealizable si no hay  concertación. El país  se enfrenta al riesgo de entrar en una explosión social de impredecibles consecuencias y que la mayoría de los venezolanos no quiere vivir. No deben producirse más discursos ni amenazas que induzcan a más distanciamientos. Hay que entrar en el terreno de la seriedad y del respeto a la majestad de las responsabilidades constitucionales.

Al país lo han conducido al terreno de lo inevitable: al Fondo Monetario Internacional y a otras instancias internacionales, como alternativas viables para negociar con acreedores y poder abrocharse los cinturones. Seguirse entregando a China Comunista y a la Rusia de Putin, equivale a condicionamientos que no permitirán ningún desarrollo integral autónomo   Las autoridades económicas y el Banco Central de Venezuela no pueden continuar ausentes de la obligación legal de presentar las cifras reales de la economía. Es el paso previo para aplicar las medidas y los controles correctivos que sean necesarios, en un ambiente de circunstancias en las que, además, hay que olvidarse de amiguismos, de clientelismo y de populismo.

Se trata del país. De hacer lo que corresponde, para que Venezuela y los venezolanos  se  reencuentren nuevamente con la posibilidad de convertir oportunidades de bienestar y de progreso, con las ventajas que ofrecen los avances del Siglo XXI”.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
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lunes, 17 de agosto de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, LA ENDÉMICA VENEZUELA FORMATO DEL FUTURO…

¿Es Venezuela un país políticamente endémico?. ¿Es el venezolano un ciudadano endémico, apático o patético?. En cualquier caso, huele a tristeza para cualquier venezolano que no sepa cómo definir a su país, y que cuando se atreve a describir un diagnóstico se encuentra ante el hecho de que no puede focalizarlo en un aspecto estrictamente puntual, sino en la pluralidad de calamidades que hoy se posan y rodean al territorio nacional, con millones de ciudadanos adentro.

La pasional identidad criolla con el catolicismo y lo religioso en general permite que, más allá de esa duda cultural antes descrita, prevalezca la convicción de que  se vive en un país bendito por la gracia Divina. Y que ha sido eso precisamente, lo que le permitió tener en sus manos un gran tesoro que, de haber sido utilizado con inteligencia, humildad y sabiduría, le hubiera permitido dar el gran salto y formar parte de la elite de los países del primer mundo. Esa racional y ética conducta administrativa, sin embargo, fue suplantada por el personalismo, la egolatría y la irracionalidad gerencial, y todo se tradujo en un costoso retroceso.
Ese volver atrás se manifiesta en que la petrolera Venezuela se disputa actualmente la mayoría de los últimos lugares, en la casi totalidad  de los índices que producen las investigaciones que realizan los más prestigiosos centros académicos del mundo, incluyendo sus universidades. Sobre todo de índices que arrojan lo peor que hacen o sucede en países que, por múltiples causas, no han superado deficiencias que les permitan adentrarse en lo civilizado.
Es decir, se plantea una situación totalmente distinta a todo aquello que había conquistado esa misma Venezuela petrolera, para adentrarse y alcanzar estándares propios de una nación con posiciones de vanguardia bien apuntaladas, pero que actualmente pareciera estar siendo diezmada por los efectos de una peculiar guerra civil, como por la obligación de vivir en situaciones propias de una economía de guerra. Mejor dicho, de un conjunto de factores naturales -o propios- de un ambiente en donde predominan verdaderas fuerzas del mal, con poder suficiente para neutralizar la importancia de saber capitalizar la utilidad que provoca la combinación de lo tecnológico, lo científico, lo comunicacional, que es, hoy por hoy, la más genuina expresión de lo que producen los seres racionales viviendo en un ambiente de libertad.
El “distraccionismo” a la venezolana provoca una indescriptible abundancia de motivos para evadir el tema. Hombres y mujeres en abundancia, por el contrario, tratan de encontrar respuestas a los hechos a partir de la lectura de horóscopos; otros no muy pocos, de igual manera, se inquietan ante la palabra de un cartomántico o videntes de variadas técnicas o creencias. Y los que más, a la vez que rezan y ruegan a Dios por su apoyo, ayuda y asistencia  ante lo obvio de que, “las cosas no andan bien”, porque el mal entró y se apoderó de Venezuela, no siempre identifican semejante realidad como consecuencia de previas acciones, muchas de ellas cazadas con la creencia a favor de la viabilidad y factibilidad de supuestas acciones mágicas, como de lo probable de construir “milagros” al margen del esfuerzo productivo.
No es un asunto de visiones fatalistas sobre lo que sucede. Tampoco de concepciones catastrofistas acerca del sitio al que se ha llegado, y del que ya supuestamente no es posible regresar. Sí de internalizar lo que plantea el reto histórico para los venezolanos, de superar su sometimiento actitudinal de adoración al mal, para producir un reencuentro con la senda del bien; con el camino apropiado, “en la seguridad de que Dios, nuestro Señor y guía, nos tenderá su mano bondadosamente, e irradiará luces a favor del entendimiento entre los venezolanos”.
Venezuela sí está endémica. Está altamente contaminada.  Enferma de todo y en todo: en lo social, lo político, lo económico y lo moral. No es un problema puntual; tampoco algo que le atañe a pocos. Es un problema de todos los venezolanos y de cada habitante de Venezuela. Por lo que sin la concurrencia y participación comprometida de la mayoría, es imposible resolver el sometimiento a dicha situación. Para quienes presumen de conductores, de ejercer liderazgos, no hay futuro en armonía si se insiste en desconocer que los venezolanos, antes del contagio, siempre fueron  expresión de un pueblo afable, bondadoso, amigable y, sobre todo, emprendedor y trabajador.
Como sociedad, Venezuela registra las incidencias de un cáncer cargado de fuerzas de lento y prolongado avance; de un arrebatador carcinoma que aún no ha hecho metástasis. Se subestima su fuerza maligna, porque se desconoce que se está en presencia de un verdadero cáncer, de esa enfermedad que va convirtiendo a las células del cuerpo social en malignas, deformando funciones y destruyendo paulatinamente los órganos del cuerpo, hasta concluir en su transformación en metástasis y apoderarse del organismo letalmente.
El símil es duro, extremadamente duro y cruel. Inclusive, si  ese cáncer hablara le estaría diciendo o pregonando a todas las células del cuerpo social venezolano  que no luchen; les exigiría sumisión absoluta; que se unan para llegar a ser una auténtica fuerza; que ellos son los mejores y que los glóbulos blancos son representantes del Imperio, y las defensas del cuerpo son apátridas, escuálidos y pelucones. Porque sólo el cuerpo incauto es capaz de registrar el  crecimiento del tumor sin percatarse de que esa expansión la está logrando a expensas de la destrucción general de todas sus funciones vitales. 
Así esta Venezuela. Y todavía una parte importante de la población continúa creyendo en los encantamientos que se gestan y fortalecen desde los laboratorios propagandísticos gubernamentales, mientras esperan ingenuamente que le den el regalito al que creen tener derecho: una casita; una nevera; las bondades de misiones cuya composición financiera no deja de entrar en los bolsillos de apropiadores de oficio.
Llegó la hora de ponerse la bata blanca; de calarse el estetoscopio al cuello, y de, como una verdadera legión de médicos oncólogos, atacar las causas de ese cáncer. La aplicación de la quimioterapia equivale al proceso metafórico de la recuperación del Parlamento; de hacerlo con base en las ventajas de una fuerte dosis de unidad verdadera, y libre de la contaminación de intereses ajenos a la obligación de impedir que se siga avanzando en la desaparición de la Democracia, de la República y de la Nación.
Aún se está a tiempo de hacer un llamado nacional para generar una gran cruzada a favor de Venezuela, y  lograr una selección justa y regionalizada entre los más de cuatrocientos Candidatos Independientes postulados por la Oposición ajena a los de de la Mesa de la Unidad Democrática, y desvinculados del Partido de Gobierno. Hay que darle cuerpo, figura y capacidad de acción a una tercera Fuerza Democrática Independiente en la Asamblea Nacional; promover una alternativa novedosa que se promueva como contrapeso ante la agotada hegemonía de dos bandos o rivales cargados de odios y de diferencias infranqueables.
A la Venezuela que se le ha enfermado desconsidera y malignamente, le corresponde también ejercer su derecho de escoger nuevos y mejores ciudadanos para el ejercicio del liderazgo social, no obedientes exclusivamente a la voluntad de mezquinos intereses grupales o partidistas, y de amiguismos siempre más interesados en velar por sus intereses que por los de todos los venezolanos. Seguramente, sería otra mayoría importante presente en la Asamblea, capaz de  introducir en la misma un tercer bloque de poder o un fiel de la balanza con suficiente fuerza como para inducir respeto y cambiar el concepto del rencor, de la pretensión de cortar cabezas o de cobrar facturas. Asimismo, sería una fuerza con disposición de aceptar la utilidad de corregir equívocos, de mejorar rumbos, de emprender la transformación del país que unos y otros interesados no desean abordar y asumir con seriedad y responsabilidad.
Ante dicha realidad, y con base en el diagnóstico ya conocido, ¿ cómo no proceder con la aplicación de la radioterapia necesaria de  hacer de la descentralización administrativa regional, la autonomía de los Poderes Públicos y del Banco Central de Venezuela, el inicio del establecimiento de un sistema de control administrativo que garantice transparencia y eficiencia en el uso de los recursos financieros de la nación?.
Todo esto tiene que iniciarse para que el ejercicio de la política en Venezuela, además, deje de ser un derecho ciudadano literalmente secuestrado por pretensiones o sistemas de obligatoria ideologización. Porque, después de tanta contaminación y enfermedades que fortalecen la condición endémica nacional,  resulta absurdo convertir también la prescripción facultativa y el récipe con el contenido de la indicación de cambio, en el foco infeccioso de una nueva enfermedad.
De lo que se trata, en fin, es de actuar y trabajar para gozar de buena salud; no de enmascarar la presencia de otro cáncer oculto, mientras se definen supuestas nuevas estrategias que no ataquen decididamente las causas de la dolorosa situación actual que están financiando millones de ciudadanos venezolanos con su empobrecimiento de manera acelerada.
Egildo Lujan Navas
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miércoles, 12 de agosto de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, DEPENDENCIA PETROLERA O REVOLUCIÓN VERDE, FORMATO DEL FUTURO…

La situación económica y política de Venezuela está hoy más sujeta y amenazada que nunca, por el divorcio que insiste en mantener el país aislado de la comunidad internacional y de la inevitable interdependencia que representan los intereses globales.

Pretender vivir eternamente de consignas altisonantes, en el medio de eternas proclamas relacionadas con la falsa creencia de que se es una gran potencia, o pregonar fechas cargadas de promesas relacionadas sobre cuándo la nación será un país desarrollado, a conciencia de que no se hace lo debido para llegar hasta allí, no pasa de ser  barniz en una pobrísima magalomanía.

No se puede ser potencia, no se puede hablar de soberanía, tampoco de independencia, mucho menos de desarrollo si se insiste en ignorar la globalización, a la vez que se recurre ostentosamente a lo que sucedió hace ya más de 200 años, para justificar derechos a vivir en condiciones ausentes del presente y de los retos del futuro.

Venezuela se empeña en aislarse del mundo para que los vecinos no se percaten del sucio y de los malos olores que expele la carencia de condiciones para ser indiscutible e innegablemente potencia, soberana, autónoma, plenamente libre. Y eso sucede mientras el entorno internacional ofrece sus aportes para que el país-pedante pueda algún día ser una auténtica nación con posibilidades de llegar a coronar la posibilidad de potencia, de ser realmente soberana, libre de su obligado sometimiento cultural a negarse a velar por la importancia del futuro, porque está más ocupada –interesadamente- y dedicada a rendirle culto a su pasado.

Preocupa que la conducción del país no incluya la importancia de saber capitalizar la oportunidad histórica de pasar a formar parte clave del rompe cabezas mundial. Y, desde luego, inquieta que prevalezca en todo y para todo la monodependencia  de la utilidad del producto bandera, el petróleo, como tabla de salvación económica, pero también como única fuente motivacional  para mantener la visión política de la futura conducción política del país. Es como que si para todos los que se ocupan de hacer y vivir de la política, no hubiera otro recurso distinto a él, aun cuando la matriz energética mundial insiste en precisar que el recurso petrolero pudiera estarse convirtiendo en una alternativa con una vida en vías de inutilidad extrema, no más allá de los próximos 25 años. Bastaría con evaluar el alcance de los últimos anuncios hechos en los más recientes días en este orden de ideas, para entender qué está planteado realmente en contra de las causas del calentamiento global.

La concientización sobre las consecuencias del calentamiento global es cada día más importante. Entenderlo es lo que, precisamente, está permitiendo que los usuarios del petróleo y demás fuentes energéticas de origen fósil, asuman que lo inteligente hoy no es hacer del bajo precio un motivo para el uso irracional, del derroche. Asimismo, a los productores les está prácticamente vetado sólo pretender conquistar y preservar la mayor cuota del mercado consumidor, recurriendo a una oferta constante y creciente.

Venezuela proyecta continuar su desarrollo petrolero desde la Faja del Orinoco. Y lo hace argumentando que allí está ubicado el "yacimiento más grande del mundo de petróleos extrapesados", y con el que, en el más breve  plazo, pudiera alcanzar una producción diaria de 4 millones de barriles. Para llegar hasta allí, se requiere una inversión aproximada de 141 millardos de dólares; es decir, una cantidad de la que no dispone el país y que no los puede captar, mientras que aquí no haya una sensata conducción en materia económica y petrolera, y que el desquicio actual no se mantenga como alternativa de los futuros gobiernos. 

Desde luego, lo que se necesita para que el país pueda apuntalar un futuro promisorio en beneficio de sus futuras generaciones, no puede estar eterna y exclusivamente cazado con la idea de que sólo el petróleo salva. Ciertamente, la condición de petrolera siempre le servirá a Venezuela como fórmula o soporte para emprender el aprovechamiento tecnológico e industrial de sus fuentes naturales en materia de minería metálica y no metálica. Sin embargo, dicha aún ventaja comparativa y competitiva no puede anular la importancia de acometer el aprovechamiento de las opciones naturales adicionales, bien para el desarrollo del turismo, como de la producción de alimentos y la transformación integral del comercio en todas sus fases, incluyendo las áreas portuarias y aeroportuarias.

La Revolución Verde y el aprovechamiento racional del uso del agua ya forman parte de la nueva  agenda de la humanidad. Y eso lo están forzando la explosión demográfica mundial y las necesidades implícitas de dicha expansión vegetativa, como la percepción de que en esta parte del mundo existe una serie de ventajas naturales ideales para generar la respuesta apropiada y adecuada a dichos requerimientos. Si es así, ¿por qué la petrolera Venezuela hoy da serias señales de que es víctima de no tener producción suficiente de alimentos para atender a su pequeña población de menos de 30 millones de personas?.

Venezuela dispone de tierras cultivables, del agua y la mano de obra necesaria para el inicio de un desarrollo productivo de alimentos. También de una agroindustria reconocida por su capacidad procesadora apropiada, gracias a la modernidad de su tecnología y capacidad para cumplir con las más exigentes disposiciones sanitarias mundiales. ¿A qué se debe, entonces, la histórica recurrencia al uso de recursos en abundancia para estimular las importaciones, mientras se anula y se impide la masificación productiva de los alimentos?. ¿ Acaso al también interesado empeño en sostener condiciones monetarias y cambiarias, con el fin de que sigan apareciendo nuevos rostros en la lista de los individuos con mayor fortuna en el mundo sin haber sembrado siquiera una semilla de caraotas?.

Con mucho menos recursos de lo que se requiere para el desarrollo petrolero, Venezuela también podría ser lo que tanto se pregona y que no pasa de ser una cantaleta aburrida: una verdadera fuerza productiva para la exportación de los alimentos típicos del trópico,  desarrollar plenamente el sector agropecuario, y un sólido tejido industrial para el procesamiento de la producción nacional, como de la materia prima y los insumos que se deban importar para atender la demanda internacional de los bienes manufacturados.

De lo que se trata, en fin, es de disponer de una infraestructura que garantice la compra de lo que se produzca, conjuntamente con el consumo natural de productos frescos. Así se alcanzaría el desarrollo y éxito de una verdadera Revolución Verde; además, de garantizar la seguridad agroalimentaria, que es, sin duda alguna, una de las más importantes obligaciones primordiales de todo Gobierno.

Es lamentable apreciar y vivir en carne propia con indignación lo que hoy está sucediendo en Venezuela: a un pueblo sometido a hacer grandes colas o filas desde tempranas horas de la madrugada, con la esperanza de poder adquirir un determinado producto con limitaciones de cantidad y sujeto a identificarse por cédula, que a su vez, sólo permite comprar una vez a la semana. Lo que no se puede conseguir por esa vía, curiosamente, siempre está disponible en el mal llamado mercado negro de alimentos o "bachaqueo", a precios hasta 5 más de su verdadero valor. Y todo ello, mientras la inflación más alta del mundo reina a su antojo, a la vez que se regodea sobre fajos de billetes, cuya sola impresión implica erogar un mayor costo que aquel necesario para convertirlos en instrumentos con capacidad de compra.

Todo está dicho, pero no hay que dejar de repetirlo: no hay nada más peligroso que insistir en provocar reacciones impredecibles en el ser humano. La historia de los pueblos describe que el hambre y el miedo son los peores aliados, cuando se trata de reacciones provocadas o espontáneas de ciudadanos saturados por las frustraciones, las decepciones y las agresiones. Hay que evitar llegar al tercer campanazo.

Egildo Lujan Navas
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martes, 4 de agosto de 2015

EGILDO LUJAN NAVAS, LA CONTROVERSIAL “HORA CERO”

Al Gobierno Nacional no le agradó que un dirigente empresarial, el de los licoreros formales del país, declarara que su sector estaba rodeado de problemas, y que corrían el riesgo de tener que asistir al funeral de un importante número de pequeños y medianos negocios si, adicionalmente, se paraban las industrias fabricantes de cerveza. Es decir, si por algún tiempo no determinado no corría por Venezuela la “savia del pueblo”, como la denominan los despachadores del citado producto.

Ese dirigente, simplemente, apeló al último recurso defensivo de sus representados: despertar la atención de los llamados a solucionar gran parte de sus problemas. Y precisó que si no había respuestas inmediatas, sencillamente, se enfrentaban a una situación de “hora cero”. Es decir, a eso mismo con lo que debe lidiar cualquier venezolano con una enfermedad terminal, cuando al acudir a un centro público de salud o a una clínica privada en procura de asistencia, se encuentra sin la respuesta debida; la opción de la salvación o de la sobrevivencia.

Ciertamente, a quienes hoy tienen a su cargo la responsabilidad del ejercicio gubernamental y se encuentran ante la multiplicidad de cuestionamientos a los que se enfrentan, por no poder ofrecerle respuestas satisfactorias a los millones de venezolanos que claman por atención y solución, no les deben agradar tales reclamos públicos. Tan poco les gusta que perfieren ignorarlos o silenciarlos.

Pero ¿no es acaso también una “hora cero” la que hoy esperan más de 100.000 trabajadores venezolanos que participaron por décadas en el ensamblaje automotriz, la producción de autopartes, el suministro de insumos para dicha industria y la comercialización de automóviles,  después que  se enteraron que Ford Motors pudiera declararse en quiebra?. ¿Y qué expresar si, además, también son informados que General Motors, Toyota, Mitsubishi, Crhysler tendrán que parar su producción por la carencia de materia prima, y por no saber cuándo podrán tenerla?.

Desde hace meses, por otra parte, los cañicultores, los productores de papa, de maíz, café, arroz, hortalizas y vegetales han declarado, declarado, declarado y declarado que están huérfanos de asistencia de parte de quienes tienen a su cargo la administración del monopolio de semillas, herbicidas, fungicidas, equipos de lucha contra la maleza, repuestos para sus maquinarias, entre otros. Y que eso, por supuesto, los está llevando a enfrentarse a un cuadro de dificultades que se proyectan poderosas  ante ellos y los propios consumidores. ¿Por qué decidieron acabar con Agro Isleña si no estaban en condiciones y en capacidad de reemplazarla por algo mejor?, es lo que se preguntan.

Esos productores, adicionalmente, tienen que abstenerse de hablar de precios, porque ahí la “hora cero” es asunto de mayor trascendencia. Depende de una Ley, de unos costos que vuelan a la velocidad del rayo, y del criterio de múltiples equipos de técnicos para quienes la renta o la ganancia, como suene mejor, jamás puede adecuarse a la consideración de términos que no se compadezcan con los alcances del “espíritu socialista y la soberanía alimentaria popular”.

En cuanto a los productores de carne de res, de pollo y huevos, de cerdo, sus “horas cero” están hermanadas por su dependencia del  oportuno suministro de alimentos balanceados para animales, también conceptualizados bajo el principio del monopolio del Estado.  Es decir, del denominado “nuevo” sistema de relación con los mercados internacionales; de los mismos donde, desde luego, se ventilan con angustia, detenimiento y preocupación todos y cada uno de los casos relacionados con el más complejo y crudo de los problemas.

Ese problema se trata de la deuda que compromete a las empresas privadas del país y que, después de someterse al serio cumplimiento de las obligaciones adquiridas para no fallarle a sus proveedores de siempre, hoy, sencillamente, no pueden resguardar su relación comercial. Su condición es la de morosas, aun habiendo cumplido con lo que establece  el vigente  control de cambio, debido a los argumentos -o excusas- a las que apelan las autoridades monetarias, porque, supuestamente, hay escasez de dólares.

Hoy nadie ajeno al Gobierno sabe en Venezuela qué sucederá finalmente con esa deuda, que Conindustria cuantifica en casi 10.000 millones de dólares. Pero lo cierto es que más allá de las fronteras, no son pocos los exportadores que recuerdan las experiencias vividas con los importadores venezolanos durante otros momentos de sometimiento a controles de cambio. Esas, estiman ellos, son razones más que suficientes para ser cautelosos, cuando se trata de retomar negociaciones con ese país del Sur, más allá de sus innegables potencialidades para convertirse en una nación próspera, con una economía de avanzada.

Esos exportadores se atreven a confiar en que no están ante una eventual “hora cero” en su relación con Venezuela, por el riesgo de un desconocimiento de esa deuda. No obstante, les mortifican otros detalles. Es el caso de la persistente aparición en medios especializados del mundo de Informes Técnicos basados en el precario estado de salud de la economía nacional. Y todo asociado con el hecho invariable de que el precio del único producto de exportación, el petróleo, no termina de ofrecer pruebas fehacientes sobre un posible crecimiento sostenible.

Por el contrario, cuando el caso es de que la producción pueda crecer y que dicho crecimiento pudiera traducirse alguna vez en posibles mejores ingresos, lo  que se  deja entrever es que la industria está afectada por una especie de asfixia mecánica. Todo porque  cada vez que los propios expertos en la materia alertan que aquellas empresas que hoy viven de la explotación de los esquistos, han logrado alcanzar niveles excepcionales de eficiencia productiva, entonces el asunto pasa a otro terreno: eso se ha traducido en una merma sensible en los costos de producción que hace poco equivalían a más de 70 dólares por barril.

Sí. En fin, definitivamente, tiene que ser así. A esos funcionarios, incluyendo a quienes tienen a su cargo la conducción de la industria petrolera, no les debe resultar agradable escuchar públicamente esa controversial expresión de la “hora cero”. Porque si de algo hay que ocuparse en esa área, es de entender que los países consumidores, poco a poco han ido aprendiendo a cómo surtirse de nuevas fuentes de energía, distintas a las que proveen los reservorios fósiles, y que los productores de crudo tienen que saber competir en ese nuevo ambiente productor tan díscolo.

¿Y las más grandes reservas petroleras del mundo?. ¿Por cuánto tiempo más se mantendrá la tesis de que bastan las sociedades con China, Rusia, Vietnam, etc para desarrollar nuevas fuentes de producción, cuando la tecnología no tiene en tales “hermanos” su origen, diversificación y opciones para trabajar en el tipo de petróleo nacional?.

Tales convicciones petróleo-ideológicas parecieran no ser las que necesita Venezuela. ¿Qué hacer con dichas reservas, entonces, cuando por insistirse en depender de tales fundamentos inspirados en delirios sobre supuestas transformaciones globales, hasta se ha sacrificado la oportunidad de convertir al país en un verdadero reservorio productivo de alimentos en Latinoamérica y para el mundo?.

Los productores venezolanos de alimentos en cualquiera de sus fases, por su parte, lo consideran inevitable, mientras la pasión sea predominantemente la importación, alrededor del culto a las “nuevas amistades comerciales”. ¿0 de los abundantes negocios y negociados que proliferan en torno a esa y demás actividades similares?.

Aunque, dicho sea de paso, el asunto no debería considerarse en razón de lo agradable o de lo desagradable, hasta concluir en circunstancias tan extremas como la que se convirtió en motivo para abrirle un juicio a un dirigente empresarial de entre los centenares de ellos que, voluntariamente y ad-honorem, hablan a diario a favor de sus gremios, afiliados y representados. Sino de prestarles atención, interpretar responsablemente el alcance de sus reclamos, y convertir su mensaje en aprendizaje, para no seguir incurriendo en errores.

Asimismo, para impedir que las empresas privadas cierren sus puertas, se produzcan pérdidas de empleos decentes, se someta a los consumidores a seguir entre colas, desabastecimiento, sombras y gritos de penurias, y que  la informalización productiva y comercial continúe en proceso de expansión.

Al día de hoy, no aparecen síntomas siquiera de que a corto plazo se pondrá sobre la mesa de las realidades la posibilidad de que el Gobierno Nacional, finalmente, con responsabilidad y gallardía, acepte que sus estrategias económicas han sido anuladas por la pobreza de los resultados obtenidos; tampoco que, en razón de dicha gigantesca verdad, estaría dispuesto a cambiar radicalismo ideológico por pragmatismo político.

Sin embargo, otras muchas “horas cero” gravitan sobre esa nada tranquilizadora circunstancia histórica. Y a los gobernantes, si quisieran, les corresponde convertirlas en oportunidad de reorientación estratégica, ante la valiosa importancia de no seguirse evaporando como opción político partidista; o, sencillamente, insistir en su sometimiento a la peor  manifestación de torpeza en el ejercicio del liderazgo gubernamental: lo que hoy se hace día a día.

Es por eso, por esta última razón por la que, difícilmente, será posible que en 125 días hasta el 6 de diciembre, la torpeza administrativa sea transformada en milagro electoral. Es otra “hora cero”, sin duda alguna. Sólo que en este caso, por tratarse de un evento electoral, ya exhibe anticipadamente un rostro de derrota merecida para los que insisten en vivir encadenados a sus errores. Es su derecho conquistado en buena lid.

Egildo Lujan Navas
egildolujan@gmail.com
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