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sábado, 18 de abril de 2015

DEMETRIO BOERSNER, LA GEOPOLÍTICA DE OBAMA

Contrariamente a algunos observadores internacionales, estamos convencidos de que la doble presidencia de Barack Obama quedará registrada en la historia de Estados Unidos y del mundo como episodio estelar, comparable en importancia con las presidencias de Franklin D. Roosevelt y de John F. Kennedy. 

En medio de una severa crisis económica y al cabo de una época de creciente desigualdad y plutocracia, Obama abre al pueblo norteamericano renovadas esperanzas de democracia social. Al mundo exterior, incluida América Latina, le ofrece iniciativas tangibles de reducción del contenido imperial de la primacía estadounidense (que seguirá existiendo por razones objetivas), para darle un carácter más cooperador y democrático a través de la acción multilateral. Consideramos particularmente admirable el hecho de que Obama haya logrando su cometido con tranquila tenacidad, sin perder la compostura ante opositores indecentes que no han superado el racismo y no retroceden ante canalladas calumniosas.

Interpretando correctamente el hastío de los norteamericanos con el intervencionismo unilateral de mandatarios anteriores, Obama dejó en claro su anhelo de dar prioridad a los problemas internos de su país y reducir sus compromisos externos unilaterales, procurando descargar responsabilidades en los hombros de aliados confiables. 

Ha puesto en práctica estas intenciones, al lanzar la iniciativa transpacífica que procura dar un marco multilateral a la previsible gran rivalidad global entre Estados Unidos y China. Por otra parte, dio a entender a sus aliados europeos –tanto en el marco de la OTAN como de la UE– que de ahora en adelante deberán asumir mayores responsabilidades globales y admitir que muchas veces Estados Unidos los “dirija desde atrás” y no desde las primeras filas. Hizo un loable esfuerzo para corregir errores occidentales pasados frente a Rusia e invitar a esta a formar parte del directorio mundial, pero ello fracasó por la excesiva desconfianza del presidente Putin. En la actual crisis ruso-occidental en torno a Ucrania, Obama resiste a las presiones peligrosas de “neoconservadores” empeñados en renovar la Guerra Fría, y alienta a los líderes europeos (primordialmente Merkel y Hollande) a negociar discretamente con Moscú para reducir las tensiones.

El mundo musulmán (Medio Oriente, Noráfrica y Asia Central), que es, al mismo tiempo, el “heartland” geoestratégico y energético del mundo, ha requerido un exceso de atención por parte de Obama y le ha quitado tiempo para ocuparse de algunas otras áreas (por ejemplo, América Latina y el Caribe). Pero ha logrado, en esa álgida región, el mayor de los éxitos: sin involucrar a tropas norteamericanas en ningún frente, ha alentado la formación de una alianza de gobiernos musulmanes responsables, encabezados por Arabia Saudita, para enfrentar militarmente al fascismo yihadista, tanto sunita como chiita. Ello ha tendido a facilitarles a Obama y a John Kerry otro logro importante que es el preacuerdo con Irán para poner coto al armamentismo nuclear de ese país y normalizar sus relaciones con el Occidente. Un efecto indirecto podría ser el de alentar un mayor avance de fuerzas moderadas o liberales dentro de Irán.

Por fin, Obama ha podido comenzar a reanudar la presencia estadounidense en las Américas. Ya era tiempo. La gran decisión de normalizar las relaciones con Cuba, y así alentar a esta a acelerar su inevitable proceso de liberalización económica y política, parece racional e inobjetable. Igual lo es su decisión de dejar muy en claro ante el mundo que por ello la administración demócrata estadounidense no deja de luchar contra la violación de derechos humanos, la corrupción, el narcotráfico, el lavado de dinero y otros delitos cometidos por funcionarios de regímenes represivos y antidemocráticos en la región.

Demetrio Boersner
demboers@gmail.com

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miércoles, 28 de mayo de 2014

DEMETRIO BOERSNER, ABANDONANDO EL BARCO

La actitud intransigente del régimen venezolano, que ha obligado a la Unidad Democrática a suspender los intentos de “diálogo”, contribuye a colocar en la picota de la execración mundial al régimen chavista que, llegado al poder por vía democrática, ha impuesto, paso a paso, un despotismo violatorio de su propia constitución y de todo principio de gobierno responsable, hasta convertir al país más admirado de América Latina en objeto de asombro y lástima universales. 

Si en el pasado los que se solidarizaban con la oposición venezolana eran sobre todo corrientes internacionales de derecha y centroderecha, hoy en día son todas las corrientes .defensoras  de la democracia política, económica y social. 

Los editoriales y análisis de medios internacionales progresistas han llegado a ser tan severos contra el chavismo como desde antes lo venían siendo los de tendencia liberal-conservadora. 

A la crítica adversa que el chavismo recibe de los grandes medios, se unen las voces de los parlamentos del mundo, de prestigiosas organizaciones internacionales no gubernamentales y de las asociaciones internacionales de partidos políticos, incluida la Internacional Socialista. 

Personalidades extranjeras consideradas como incondicionales del chavismo, y agrupaciones de extrema izquierda, hasta hace poco estridentes activistas de propaganda y agitación “bolivariana”, están guardando un prudente silencio.

Aun más significativos como indicios del creciente aislamiento internacional del régimen chavista son algunos gestos y palabras de gobernantes o dirigentes que hasta hace poco acallaban toda crítica por motivos de interés económico o estratégico de sus respectivos países. 

El presidente de la empresa petrolera estatal de Irán anuncia que su país reducirá su presencia en América Latina, cerrando oficinas y revisando contratos. 

Lula da Silva (paladín de la izquierda democrática latinoamericana pero ex adulante oportunista del autócrata venezolano) ahora recomienda a Maduro “un gobierno de coalición”.  

El sabio don Pepe Mujica aconseja al régimen venezolano  corregir radicalmente su errada praxis económica y financiera y dialogar en serio con la oposición. 

El presidente de Nicaragua, campeón de componendas, trucos y virajes, claramente ha saltado de los brazos del Alba a los del FMI. El inteligente y cínico Rafael Correa no sólo se enorgullece de que, sin dejar de alabar vagamente al “socialismo”, ha convertido a Ecuador en un ejemplo de capitalismo exitoso, sino además afirma que Israel representa el modelo ideal de desarrollo (justo cuando Maduro recibe a Mahmud Abás y le promete una Petropalestina). 

Ante todas éstas, el gobierno de Cuba da máxima prioridad a sus gestiones para abrirse ampliamente a inversiones capitalistas globales y poder prescindir de la ubre venezolana.  Abandonan el barco que se hunde.

Demetrio Boersner
demboers@gmail.com

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viernes, 11 de abril de 2014

DEMETRIO BOERSNER, ¿QUIÉNES SON LOS FASCISTAS?

El régimen autoritario venezolano se empeña en calificar de “fascista” a la oposición democrática, cuando en realidad él mismo, por su conducta, sus orígenes ideológicos y su composición social, merecería ese calificativo.

El fascismo surgió en Europa como expresión brutal de una contrarrevolución oligárquica dirigida a reprimir los ascendentes movimientos obreros y socialistas junto con la democracia liberal, y a implantar el principio de la desigualdad absoluta y la dominación “natural” de los rudos sobre los mansos. Para sus fines, la oligarquía buscó el apoyo de sectores populares reaccionarios: pequeños burgueses rabiosos, nostálgicos del pasado, y elementos del “lumpen-proletariado”. A cambio de garantizar las bases económicas de la oligarquía, los caudillos fascistas plebeyos ejercieron el mando político absoluto y participaron en el disfrute del botín material. De este modo, los fascismos presentan un doble cariz: oligárquico en su esencia pero populista en su forma. A veces el componente popular incluso se mostraba rebelde y “revolucionario” frente a la cúpula oligárquica y han ocurrido algunos auténticos enfrentamientos intrafascistas.

En América Latina existen dos modelos históricas de fascismo o parafascismo: el uno, representado por dictaduras militares tradicionales (tipo Trujillo y Pinochet) y el otro, también militar pero disfrazado de “revolucionario”, capaz de entusiasmar a masas populares mediante programas de asistencia clientelar (tipo Perón). Sus diferencias son más aparentes que reales: también los peronismos están al servicio de oligarquías viejas o nuevas. En el siglo XX, ambos tipos de fascismo latinoamericano integraban la “Internacional de las Espadas”, y se apoyaban mutuamente contra las democracias.

El régimen chavista –hoy protestado por una alianza mayoritaria de clases medias y populares, dirigida por hombres y mujeres de convicción socialdemócrata, socialcristiana o liberal (ningún fascista entre ellos)– se diferencia del peronismo por su empeño en ser “socialista” y en identificarse con el otro totalitarismo, de origen y filosofía distintos pero de conducta similar: el estalinismo-castrismo. Sin embargo, la inspiración original de los conspiradores encabezados por Hugo Chávez fue de corte fascista: militarismo autoritario, concepto de la tríada líder-ejército-pueblo, influencia de los “carapintadas” y del neonazismo de Ceresole. El apego al comunismo cubano vino después, e influye sin duda, pero la realidad es la de un régimen al servicio objetivo de los intereses de una plutocracia civil y militar, corrupta y enriquecida a expensas del pueblo. Esa realidad objetiva, aunada a prácticas de represión brutal y letal comparable a la de camisas pardas y negras, indica con claridad en qué bando se ubican los fascistas en Venezuela.

Demetrio Boersner
demboers@gmail.com

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miércoles, 27 de marzo de 2013

DEMETRIO BOERSNER, REFLEJOS

El equipo gobernante de La Habana promueve dos políticas paralelas, tácticamente contradictorias pero complementarias en el nivel estratégico. Una de ellas apunta a modernizar y liberalizar a Cuba, y la otra, a hundir a la neocolonia cubana que es Venezuela en el estancamiento sociopolítico del cual Cuba misma espera salir.
Así como en los tiempos del imperialismo occidental clásico, el progreso industrial de las metrópolis exigía el mantenimiento de sus colonias en un estado de inmovilismo preindustrial, hoy Cuba quiere superar el colectivismo burocrático e impulsar su propia reintegración al mundo moderno, al precio de un mayor aislamiento, autoritarismo y explotación económica de su satélite ideológico, que es Venezuela.
Mientras en la patria de Martí se da luz verde a la iniciativa privada y alguna diversidad de opiniones, en Venezuela los "asesores" cubanos se esfuerzan por implantar la dictadura de los elementos más obtusos y estalinistas.
Por ello, la lucha de Henrique Capriles y la oposición democrática venezolana ­calificada de "derecha" por una "izquierda" internacional imbécil­ no es menos que una insurgencia nacional contra una nueva dominación foránea, más descarada que la que en épocas pasadas ejercían los yanquis, y antes de éstos, los ingleses y franceses.
En esta lucha de liberación nacional, Capriles cuenta con el apoyo incondicional de republicanos venezolanos de izquierda, de centro y de derecha democrática. Desde Cuba se alienta al oficialismo postchavista, con Nicolás Maduro a su cabeza, a tratar de instaurar en nuestro país el sistema explotador del colectivismo burocrático ­con el único y cínico fin de mantener abierto el chorro de las dádivas petroleras y financieras venezolanas a Cuba­, hasta tanto ese país, reformado y reabierto al sistema capitalista global, ya no dependa de esa ayuda. Llegará el día en el cual los sectores imbéciles (o subvencionados) de la izquierda internacional deberán responder ante los pueblos del mundo por su grave responsabilidad en contribuir a que la autocracia chavista haya durado catorce años, durante los cuales de ningún modo "sacó a millones de venezolanos de la miseria" (como lo afirman, sin apoyo estadístico alguno, ciertos izquierdistas internacionales irresponsables), sino simplemente fortaleció, y llenó de fervor ideológico, al asistencialismo paternalista que alivia ligeramente la pobreza, mientras por el otro lado, con insensatas expropiaciones y vociferaciones maniqueas, ahuyentó a talentos y capitales y destruyó la economía nacional, retrotrayéndonos a una condición neocolonial de dependencia de las importaciones de bienes y servicios extranjeros. La historia ­que exige hechos y no ilusiones­ dictará su juicio.
dboersne@ucab.edu.ve.
demboers@gmail.com

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jueves, 12 de abril de 2012

DEMETRIO BOERSNER / SOCIALISMOS EXISTENTES E INEXISTENTES

Quienes anhelamos participar de modo práctico en la lucha por una Venezuela libre y justa, y nos ubicamos en el campo teórico socialdemócrata, basamos nuestras propuestas  en la percepción de realidades concretas, tales como el cambio climático, la crisis del capitalismo clásico y su reemplazo por modelos emergentes, el impacto de cambios técnicos y psicosociales en el ejercicio democrático, los reacomodos de la correlación de fuerzas estratégicas globales, el auge de neofascismos y amenazas terroristas, y nuestro propio drama de descomposición nacional.
Esporádicamente nos llegan las voces de una élite etérea (aunque no desinteresada) de estudiosos de teorías sociopolíticas “postmodernas” que, sin referencia a la “cochina realidad” en que todos nos debatimos, nos reprocha nuestra “banalidad” o “mediocridad” al basar nuestras propuestas en lo que realmente es, y no en lo que “debería” ser. Esa izquierda intelectual etérea quisiera que, en lugar de dar unos primeros pasos, siguiendo ejemplos reformistas de centroizquierda que han demostrado su eficacia en otros países, esperemos con los brazos cruzados a que ella nos suministre el modelo perfecto (engendrado en sus cerebros por una suerte de concepción inmaculada) de un socialismo postmoderno ideal,  ibre tanto de las lacras tiránicas del comunismo estalinista y post-estalinista como de las debilidades claudicantes que a veces caracterizaran a la socialdemocracia kautskiana, fabiana o bernsteiniana.
Sin embargo, tal “tercer tipo” de socialismo, desprovisto de fallas, jamás ha existido realmente, ni podrá existir salvo como producto de un proceso histórico de larga duración. Los únicos dos socialismos “realmente existentes” han sido y son hasta ahora el comunismo y la socialdemocracia. El primero fracasó históricamente cuando colapsó la Unión Soviética.  El otro –el socialismo democrático o socialdemocracia- ha tenido momentos gloriosos en las resistencias antifascistas y anticolonialistas, y notables éxitos en la construcción de una nueva sociedad, basada en una economía de mercado `pero orientada por los intereses y la voluntad democrática de los mayoritarios sectores laborales, populares y medios.  En Noruega,  Suecia y  otros países democráticos avanzados, construyeron Estados de Bienestar realmente post-capitalistas con elevados niveles de igualdad y calidad de vida.  En países en vías de desarrollo, ese modelo puede ser adaptado a las circunstancias de su etapa histórica.  En ambos casos, se puede avanzar, paso a paso, de la economía de mercado “capitalista” a una economía de mercado esencialmente “laborista” o socialmente democrática. Creemos que no existe otro camino. Su éxito depende de la amplitud y autenticidad de la democracia política que lo enmarque.
                                                                                                        demboers@gmail.comEL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA