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miércoles, 4 de enero de 2012

ANÍBAL ROMERO: EE UU: DEUDA Y DEMOCRACIA

Los pasados tres años la deuda pública de Estados Unidos ha aumentado 67 por ciento, y el país se suma al grupo de naciones cuya deuda supera el total de su Producto Interno Bruto anual. La solicitud realizada por el Presidente Obama hace pocas semanas, para incrementar el techo de la deuda en 1.2 trillones de dólares adicionales (cada trillón significa un millón de millones), la elevará a 16.4 trillones frente a un PIB de 14 trillones.

Antes de marearnos con estas cifras abrumadoras y casi inimaginables, conviene enfatizar que estamos hablando sólo de deuda contabilizada, pues el gobierno federal y los gobiernos locales estadounidenses deben aún más dinero en obligaciones no contabilizadas pero que les afectan legalmente. Me refiero, por ejemplo, a las inmensas promesas derivadas de la seguridad social, Medicare y Medicaid entre otras, que se multiplican y se acelerarán si la nueva ley del ramo, conocida como “Obamacare”, llega a cumplirse a plenitud. Estas deudas asfixiantes eventualmente generan intereses, más intereses sobre los intereses, en una carrera exponencial y demencial hacia la ruina.

Hay economistas, no obstante, que miran todo esto con condescendiente placidez, y aseguran que el remedio para afrontar las montañas de deuda es hacerlas crecer hasta el infinito y olvidarse del tema. Cuando tales expertos analizan situaciones como las que hoy vive Europa, a raíz precisamente de su alocado endeudamiento, recomiendan a los gobiernos gastar más. Pero la insensatez suicida de estos economistas es poca cosa comparada con la de los políticos, sumergidos en la atroz dinámica de la demagogia electoral democrática.

En Estados Unidos, el año 2011 empezó con los Republicanos asumiendo el control de la Cámara de Representantes y prometiendo controlar el gasto público, y terminó con el Presidente Obama pidiendo más dinero. Ahora bien, sería errado colocar la responsabilidad del caos financiero que se avecina sobre los hombros de Obama de manera exclusiva. Por desgracia, la dinámica de la demagogia electoral democrática ha contagiado, unos más y otros menos, a casi todos los partidos y prácticamente a todos los políticos en el Occidente avanzado. La dinámica perversa de la demagogia electoral democrática atemoriza a los políticos y les conduce a consentir y complacer a la gente, a decirles lo que desean escuchar en lugar de procurar enseñarles y persuadirles, mediante una labor pedagógica que exige paciencia y perseverancia.

Me temo que el partido Republicano todavía está en busca de la claridad ideológica, el coraje político y las figuras individuales convincentes que se requieren para plantear, desarrollar y ganar de manera decisiva el crucial debate que tendrá lugar este año 2012 acerca del curso que Estados Unidos debe seguir hacia adelante.

La importancia de derrotar a un demagogo formidable como Obama, que cuenta con el apoyo irrestricto de buena parte de los medios de comunicación de masas, así como con la hegemonía ideológica que aún ejerce la izquierda alrededor del mundo, obstaculiza a los Republicanos articular un mensaje claramente antisocialista, dirigido a convencer a la mayoría que EE UU debe tomar otro rumbo o acabará en el mismo foso de Europa. El candidato Republicano, una vez escogido, tendrá el deber histórico de detener la demagogia y la decadencia. Ignoro si el abanderado Republicano, quienquiera que sea el seleccionado, será capaz de lograrlo; pero su misión es clara e inequívoca y lo que está en juego afectará al mundo entero, pues el camino actual es suicida.
aromeroarticulos1@yahoo.com
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martes, 20 de diciembre de 2011

ANÍBAL ROMERO: LA DISYUNTIVA DE ESTADOS UNIDOS

El departamento de estadísticas laborales ha anunciado que el desempleo en Estados Unidos descendió del 9 al 8,6% en noviembre. Se crearon 120.000 puestos de trabajo. No obstante, la fuerza laboral total (la suma de quienes trabajan más los que buscan empleo) volvió a contraerse, y 350.000 personas adicionales abandonaron sus esfuerzos por obtener empleo.
Como ha señalado William Galston, a pesar del crecimiento de la población en edad de trabajar durante los pasados cuatro años, la fuerza laboral estadounidense no se ha expandido. Si los ciudadanos en edad de trabajar estuviesen ingresando en la fuerza laboral a los niveles de hace cuatro años (principios de la recesión), ésta incluiría otros 5 millones de individuos y el nivel de desempleo sería en consecuencia más elevado. Más de 13 millones de personas continúan sin trabajo, y el problema del desempleo endémico y prolongado tiende a agravarse.
Quedan pocas dudas de que la recuperación económica se arrastra a paso de tortuga. Al ritmo que lleva, se requerirán dos décadas para que el país recupere los niveles de desempleo previos a la recesión.
Es bastante obvio que los programas de estímulo fiscal ejecutados por el Gobierno no han tenido los efectos previstos. En tal sentido, los economistas de tendencia keynesiana que respaldan la gestión de Barack Obama y el Partido Demócrata, entre ellos el cada día más desencajado e iracundo Paul Krugman, argumentan que el problema es que los programas fueron insuficientes, que el remedio al endeudamiento consiste en endeudarse más, imprimir más dinero y aumentar los impuestos, y que los que vengan después paguen los costos traducidos en inflación.
Resulta interesante constatar que el keynesianismo en economía significa en esencia tres cosas: quejarse siempre de que no se gasta lo suficiente, exigir siempre más impuestos y mostrar sin pudor la grieta ética que consiste en sacrificar el futuro en aras del presente, ya que, en palabras de Keynes, "a largo plazo todos estaremos muertos". Ese ha sido el camino de Europa, y ya vemos adónde conduce.
Comentaristas como George Will han enfatizado que la reforma de la seguridad social impuesta por Obama y los demócratas, sin un solo voto republicano y con el rechazo mayoritario de la ciudadanía, ha tenido un efecto profundamente negativo sobre el clima económico, aun antes de que entren en vigor sus confusas normas. Ello se debe a los notorios índices de opacidad, ambigüedad e incertidumbre que la mencionada ley ha introducido en los cálculos de los agentes económicos, y a la convicción de muchos empresarios medianos y pequeños –con márgenes de ganancia precarios– de que sus negocios están condenados a desaparecer en el contexto de una dinámica de gastos semejante a la que ha conducido a Europa al precipicio de la quiebra.
En lo que constituye una patente ironía del destino, Barack Obama no tuvo mejor idea al encaramarse a la Presidencia que emular el utópico modelo europeo, hoy en evidente bancarrota financiera, ideológica y política. Lo hizo precisamente cuando tal modelo empezaba a naufragar, desvelando su inviabilidad y sus irresolubles dilemas.
En 2012 el electorado estadounidense deberá afrontar la disyuntiva: o hundirse como Europa o respirar de nuevo aires de libertad; medrar en la mediocridad socialista o retomar el camino que hizo de su país una superpotencia.
© anibalromero.net

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domingo, 18 de diciembre de 2011

ALFREDO M. CEPERO: EL ROMANCE SUICIDA DE LOS REPUBLICANOS (ELECCIONES EN LOS ESTADOS UNIDOS)

En política, al igual que en religión y en deportes,  es muy difícil lograr que mucha gente se ponga de acuerdo en cuanto a temas, hechos y hasta estadísticas. Sin embargo, la mayoría de los expertos y analistas en cuestiones electorales coinciden en que las elecciones del 2012 serán no solo las mas importantes y reñidas en mas de un siglo sino las mas virulentas y sucias en muchos años. 

Las razones: un presidente con tal expediente de fracasos y mentiras probadas  que no puede aspirar señalando sus éxitos ni su integridad de carácter, que dispone de una inaudita cuenta de campaña de MIL MILLONES  de dólares y que tiene en el bolsillo a una prensa de izquierda dedicada a mantener en la Casa Blanca al aliado ideológico que ayudaron a elegir en el 2008.

Un Obama triunfante establecería regulaciones más onerosas sobre la empresa privada, aumentaría los impuestos a los creadores de empleo, mantendría a los Estados Unidos a merced del chantaje de la OPEP limitando el desarrollo de fuentes tradicionales de energía en territorio norteamericano, debilitaría la capacidad de este país para competir frente adversarios comerciales como China Comunista, incrementaría el control del gobierno sobre la vida privada de los ciudadanos y hasta pondría en peligro la seguridad nacional de los Estados Unidos.

Estas son solo unas pocas muestras de la larga lista de tragedias que desataría sobre la sociedad norteamericana un ideólogo con una agenda radical, fortalecido por la reelección y sin aspiraciones a un tercer período. Un Obama que, para implantar esa agenda, no tendría la menor inhibición de llevar a la nación al deplorable estado de la  Europa social demócrata que se hunde por estos días en una horrible bancarrota financiera y moral. 

De izquierda a derecha: Rick Santorum, Michele Bachmann, Newt Gingrich, Mitt Romney, Ron Paul, Tim Pawlenty y Herman Cain- EMMANUEL DUNAND (AFP)
De ahí la extraordinaria importancia de que el Partido Republicano seleccione  al candidato con mayores probabilidades de derrotar a Barack Obama. Un candidato con las credenciales, el expediente y el temperamento que le permitan atraer a una proporción considerable del 30 por ciento de electores norteamericanos que se declaran independientes.  Ellos son quienes van a determinar el resultado de los comicios, no el otro 70 por ciento integrado por demócratas y republicanos que sabemos que, a la hora de la hora, votarán por el candidato de su propio partido. 

Empecemos por reconocer que dentro del Partido Republicano existen en la actualidad dos escuelas de pensamiento. Están quienes piensan que Barack Obama no tiene probabilidad alguna de resultar reelecto y que, por lo tanto, cualquier candidato republicano será capaz de derrotarlo el próximo mes de noviembre. Estos son los que se inclinan a postular a un candidato con las sólidas credenciales conservadoras que predominan en la base militante del partido. Estos sentimientos están reflejados en el ascenso vertiginoso de Newt Gingrich en las últimas encuestas sobre primarias republicanas.

Por otra parte, hay quienes consideran que Obama sigue siendo un formidable adversario que sólo será derrotado por un candidato con la capacidad de lograr el apoyo de votantes fuera de la ideología  conservadora sustentada por la base del partido. Estos los que apoyan a Mitt Romney y que, sin dudas, constituyen una minoría dentro del partido.

El peligro reside en que las primarias republicanas se conviertan en una avalancha emocional que postule a un candidato atractivo a la base pero sin probabilidades de derrotar a Barack Obama en las elecciones generales de 2012. Y cuando la razón es apabullada por el fanatismo ideológico los resultados son casi siempre desastrosos.

La experiencia nos demuestra que la política no es la ciencia de lo perfecto sino el arte de lo posible. Que las opciones están limitadas por las realidades del momento político y que la mayoría de las veces se reducen a la selección del menor entre varios males. Una simple mirada a las desastrosas campañas presidenciales del Partido Demócrata en los últimos años debería servirle de advertencia al segmento del Partido Republicano que por resabios ideológicos se resiste a apoyar la candidatura de Mitt Romney.

En los 40 años transcurridos entre 1968 y 2008 la Casa Blanca fue domicilio de 5 presidentes postulados por el Partido Republicano (Nixon, Ford, Reagan, Bush padre y Bush hijo) que gobernaron por un total de 28 años. En el mismo período, sólo dos presidentes postulados por el Partido Demócrata (Carter y Clinton) lograron llegar a la Casa Blanca y sus períodos combinados de gobierno sumaron un total de 12 años. Asumiendo el riesgo de que muchos entendidos reten mi explicación, considero que la razón para este desequilibrio fue el empecinamiento de los demócratas de anteponer ideología a elegibilidad a la hora de postular a sus candidatos.

Hagamos un simple recorrido para ilustrar esta afirmación. A partir de 1968, los demócratas decidieron someter a sus candidatos a una prueba de pureza ideológica en concordancia con la izquierda política de la base más vociferante del partido. Precisamente en 1968 y 1972, los demócratas se negaron a postular a un candidato centrista como el Senador Henry Jackson, quien habría sido un adversario formidable frente a Nixon, y se empecinaron en postular a dos abanderados de la izquierda como Huber Humphrey (1968) y George Mc Govern (1972). Este fue el inicio de una cadena de derrotas en que Nixon le ganó 49 estados a McGovern en 1972, Reagan le ganó 44 estados a Carter en 1980, y 49 estados a Mondale en 1984 y Bush padre le ganó 40 estados a Dukakis en 1988.

En 1992, tuvo que venir el gobernador de un estado sureño como Arkansas, quien no era conservador pero tuvo la habilidad de poner sordina a su ideología de izquierda, para romper el maleficio y poner fin al largo invierno demócrata fuera de la Casa Blanca. Con ello se puso a tono con la corriente de centro derecha que predomina en la sociedad norteamericana y, aunque por estrecho margen, ganó las elecciones. Bill Clinton parecía, sin embargo, estar destinado como Carter a ser presidente de un solo período pero lo salvó la campana de las elecciones parciales de 1994.

Ese año los republicanos ganaron control de la Cámara de Representantes por primera vez en 40 años.  En vez de confrontarlos como hace el ideólogo incurable de Barack Obama, Clinton tuvo la habilidad de moverse hacia la derecha y pactar con sus adversarios para balancear el presupuesto y llevar a cabo una reforma radical del programa de bienestar social. Con ello se aseguró la reelección en 1996. Para su infortunio y sin dudas el de los Estados Unidos, Barack Obama ha demostrado que carece del pragmatismo y la habilidad política de Bill Clinton. Luchará hasta la última bala y, si es reelecto, destruirá a la nación. Por eso hay que derrotarlo en el 2012.

Para lograrlo, los republicanos tienen que liberarse de la euforia ideológica que hasta ahora ha caracterizado a las primarias y tomar nota de las encuestas sobre las posibilidades de sus candidatos de derrotar a Obama en los comicios del próximo noviembre. En la mayor parte de ellas, Romney aparece como el hombre con mayores posibilidades de salir exitoso. La razón es su habilidad de atraer el imprescindible voto independiente. Sabemos que las encuestas son fotografías en un momento específico y pueden cambiar de la noche a la mañana pero quien las ignora corre el riesgo de pagar el precio.

En este caso el precio sería demasiado alto para arriesgarnos a tener que pagarlo. Nos encontramos en la hora definitoria en que la razón debe predominar sobre el corazón. De evitar que cualquier romance ideológico nos conduzca a un suicidio político. De aplicar la sabia y simple advertencia de “better safe than sorry” o en traducción libre: “Mejor ir al seguro que lamentar la derrota”. Por eso yo, que estoy ideológicamente más cerca de Gingrich, echo a un lado la ideología y, por el bien del país y la felicidad de mis nietos, apoyo a Mitt Romney como el camino seguro para salir del pantano en que nos ha metido Barack Obama.

ALFREDO M. CEPERO
Director de www.lanuevanacion.com
alfredocepero@bellsouth.netEL ENVÍO A NUESTROS CORREOS AUTORIZA PUBLICACIÓN, ACTUALIDAD, VENEZUELA, OPINIÓN, NOTICIA, REPUBLICANO LIBERAL, DEMOCRACIA, LIBERAL, LIBERALISMO, LIBERTARIO, POLÍTICA, INTERNACIONAL, ELECCIONES,UNIDAD, ALTERNATIVA DEMOCRÁTICA

lunes, 12 de septiembre de 2011

ROSENDO FRAGA: ¿HA ENTRADO EE.UU. EN DECADENCIA?

Los diez años de los atentados del 11 de setiembre en los EE.UU., se cumplen cuando se plantea el debate sobre si ha entrado en decadencia como potencia global.

La crisis global aumenta el debate sobre la decadencia de los EEUU. Hay quienes sostienen que el país ha entrado en un ciclo de decadencia histórica irreversible, como sucediera con los imperios occidentales: Roma, España y Gran Bretaña. La postura contraria sostiene que EEUU sólo está teniendo un tropiezo coyuntural y que su predominio mundial todavía durará mucho tiempo, dada su ventaja sobre el mundo emergente en múltiples sectores y actividades. Entre ambas posturas hay quienes sostienen que sólo se trata de un reacomodamiento tras el cual surgirá un nuevo orden con dos potencias, una en occidente y otra en oriente: EE.UU. y China. Se trata de un debate crucial para América Latina, que por geografía e historia es una región donde la hegemonía estadounidense es y será muy fuerte por lo menos en el corto y mediano plazo. Hay quienes comienzan a tomar medidas prematuramente, asumiendo que la influencia de Washington ha entrado en una declinación inevitable y que las potencias BRIC ya lo están sustituyendo. La realidad es que la influencia de los EE.UU. en el tercio de América Latina que está el norte del Canal de Panamá (México, América Central y Caribe) es y será muy fuerte, ante todo por el fenómeno hispano y el crecimiento demográfico. En cambio es probable que en los dos tercios de América Latina que están al sur del Canal de Panamá sea decreciente y que en esta región (UNASUR) la influencia de las potencias emergentes -comenzando por Brasil- crezca.

La historia muestra que cuando los imperios se expanden, el aumento del gasto militar que ello exige, termina arruinando su economía, llevándolos al un colapso inevitable. Es la tesis del historiador norteamericano Paul Johnson, que se verifica en el fin del imperio romano en los primeros siglos de la era cristiana, donde la necesidad de contratar mercenarios, combinada con la inflación generada para pagarlos, terminó con Roma; o en el caso del imperio español entre los siglos XVI y XVIII, cuando diversas guerras en Europa como la de Flandes, llevaron a la Corona a gastar el oro y la plata extraídos de la actual América Latina, en contratar y financiar ejércitos. Es lo sucedido también con el Imperio Británico, cuando su participación en las dos guerras mundiales del siglo XX, determinada por sus intereses globales, terminó agotando y desarticulando el Imperio. Hoy EE.UU. tiene el 45% del gasto militar mundial siendo sólo el 22% del PBI global, y esta diferencia tiende a aumentar. Desde esta perspectiva, parece darse exactamente la situación que precipitó la caída de los imperios occidentales. Según la nueva medición del FMI, la economía china alcanzará a la de EEUU en 2016, pero su gasto militar es aproximadamente ocho veces menor que el estadounidense.

Pero EE.UU. no es un imperio sino un estado-nación y además su riqueza en recursos naturales, territorio y población la transforman en otra potencia BRIC. Los tres imperios mencionados se desarticularon territorialmente, porque en realidad no eran un estado nacional sólido y unificado. Al perder la metrópoli la capacidad de controlar los territorios adquiridos por la fuerza, ello hizo colapsar el Imperio. El caso más reciente es Gran Bretaña, que perdió después de la Segunda Guerra Mundial sus colonias en África y Asia incluyendo la India y Pakistán -que hoy son potencias nucleares-, y finalmente Honk Kong en la última década del siglo XX. Paralelamente Canadá, Australia y Nueva Zelanda pasaron a tener un real grado de autonomía nacional, más allá de mantener la sujeción simbólica a la corona. Esta no es la situación de los EE.UU., exceptuando ideas extremistas como la que llegó a plantear el gobernador de Texas (Perry), alineado con el Tea Party, al amenazar con una secesión si el gobierno federal no cambiaba sus políticas. Cabe recordar que hace menos de un siglo y medio el país se vio conmovido por una sangrienta guerra civil que evitó la secesión. En los años sesenta, el ensayista francés Raymond Aron publicaba su libro La República Imperial, en el cual analizaba la doble característica que tenía los EE.UU. y que lo hacía un fenómeno singular en la historia. Pero además, es el tercer país del mundo por el valor de sus recursos naturales, por población y territorio es una potencia emergente con más habitantes que Brasil y Rusia, y tiene en recursos naturales un valor que supera a la última e India. EE.UU. es el único país del mundo que al mismo tiempo tiene las condiciones de potencia emergente y de país desarrollado. Sólo la secesión podría hacer válida la tesis historicista sobre el fin de los imperios occidentales, que hoy parece verificarse en la relación economía-gasto militar de la primera potencia del mundo.

Por esta razón, el escenario más probable es que EE.UU. pase a compartir con China el liderazgo mundial tras dos décadas de ser la única hiper-potencia. De las diez mejores universidades del mundo ocho están en los EE.UU., país que gasta en ellas el doble que Europa y tres o cuatro veces lo que gasta todavía China y ello es una ventaja que no desaparece en el corto y mediano plazo. Además tiene una gran capacidad de asimilar lo diferente. Los dos secretarios de estado de Bush fueron de origen afro (Powell y Rice) y ahora alguien de esta minoría ha llegado a la Presidencia (Obama). Pese a la crisis, la fuga de cerebros hacia los EE.UU. se sigue dando y la sufre no sólo Asia, sino también la primera economía de Europa que es Alemania. Los hispanos permiten mantener una alta tasa de crecimiento demográfico, lo que hoy ha pasado a ser más una ventaja que desventaja para una potencia global, evitando los problemas de envejecimiento de la población que ya enfrentan China y Rusia.

A ello se agrega la posición geográfica de EE.UU., con la costa Este funcionando más próxima a Europa y la oeste al Asia, lo que permite coexistir al mismo tiempo con ambos modelos.

En conclusión al cumplirse diez años de los atentados del 11 de setiembre, resulta claro que este hecho, quizás haya marcado el inicio del fin de los EEUU. como hiperpotencia o única potencia global, sin que ello implique su final como una de las grandes potencias del mundo, que seguirá siendo por mucho tiempo

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jueves, 4 de agosto de 2011

ANDRÉS OPPENHEIMER: EL IMPACTO DEL ACUERDO DE LA DEUDA DE EEUU

Aunque mucho se ha escrito de que las economías latinoamericanas son en gran medida inmunes a las dificultades financieras de Estados Unidos, el acuerdo alcanzado por el presidente Barack Obama con el Congreso para evitar caer en mora con la deuda norteamericana tendrá un impacto negativo en la región.

Es cierto que las consecuencias habrían sido mucho peores si el gobierno de Estados Unidos no hubiese llegado a un acuerdo —ni siquiera a un mal acuerdo, como el alcanzado— y Estados Unidos hubiese perdido su grado AAA de las agencias calificadoras.

Sin embargo, el acuerdo de la deuda norteamericana, un programa de reducción del déficit presupuestario de al menos $2.1 billones durante los próximos 10 años y recortes adicionales del gasto sugeridos por una comisión legislativa de 12 expertos que deberá expedirse antes del 23 de noviembre, muy probablemente retrase aún más la ya tímida recuperación económica de Estados Unidos, y afecte en mayor o menor medida a todos los países latinoamericanos.

Osvaldo Kacef, el encargado de desarrollo económico de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas (CEPAL), con sede en Santiago de Chile, me dijo que el acuerdo de la deuda de Estados Unidos afectará a América Latina en el corto plazo, porque producirá una desaceleración del crecimiento norteamericano que conllevará a una reducción de las importaciones y una disminución del flujo de turistas estadounidenses hacia la región.

“El impacto más inmediato lo van a recibir los países que tienen un comercio más intenso con Estados Unidos, que son México y los países de Centroamérica”, dijo Kacef. “Los países del Caribe que dependen del turismo norteamericano también sufrirán”.

Para los exportadores de materias primas de América del Sur, incluyendo los países petro-dependientes como Venezuela o Ecuador, los exportadores de minerales como Chile y Perú, y los exportadores agrícolas como Brasil y Argentina, el impacto será indirecto. Según explicó Kacef, la disminución en el crecimiento estadounidense afectara a China, el principal comprador de las exportaciones de esos países sudamericanos.

Eduardo Borensztein, especialista en Sudamérica del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con sede en Washington, me señaló que “las economías latinoamericanas crecerán a tasas más lentas, pero no será para nada catastrófico. El impacto será desigual: México y América Central serán más vulnerables que Sudamérica.”

Otros economistas temen que, tarde o temprano, los recortes presupuestarios incluyan la ayuda externa de Estados Unidos a países pequeños de Centroamérica y el Caribe.

Entre los economistas más optimistas con los que hablé está Alberto Bernal, de Bulltick Capital. Según él, ni siquiera una desaceleración norteamericana podría afectar las exportaciones sudamericanas, siempre la desaceleración no degenere en una recesión.

“Si el crecimiento de Estados Unidos se reduce del 2.5 por ciento al 1.7 por ciento anual, como se espera, tendrá un impacto mínimo sobre el crecimiento económico latinoamericano, con excepción de México”, me dijo Bernal. “Pero si Estados Unidos entra en recesión, eso sería otra historia.”

Antes del acuerdo de la deuda norteamericana de esta semana, la mayoría de los economistas habían proyectado un crecimiento económico promedio de 4.5 por ciento para América Latina este año, incluyendo un crecimiento del 7 por ciento en Argentina y Uruguay, un 6.7 por ciento en Chile y Perú, un 6 por ciento en Colombia, un 4.5 or ciento en Brasil y México, y un 1 por ciento para Venezuela.

Al momento de escribir esta columna, el miércoles por la tarde, las instituciones financieras internacionales no habían corregido sus proyecciones de crecimiento para la región.

Mi opinión: Soy razonablemente optimista con las perspectivas de Estados Unidos a mediano plazo. A diferencia de Europa, en Estados Unidos existe un cierto consenso social de que hay que ajustarse el cinturón. Mientras en Europa la gente sale a la calle para protestar contra los ajustes, en Estados Unidos los que más gritan son quienes quieren recortes aún mayores.

Y a diferencia de lo que ocurre en China, existe una relativa transparencia que permitirá que el dólar siga siendo la moneda mundial de último recurso para un futuro previsible. Además, espero que los economistas tengan razón al afirmar que existen un 70 por ciento de probabilidades de que Estados Unidos sufrirá una desaceleración, y no una recesión.

Pero en el corto plazo, me temo que el acuerdo al que llegó Estados Unidos, sumado al caos financiero de Europa, cortará las alas de la recuperación económica norteamericana. Por la insistencia de los fundamentalistas del “tea party”, el acuerdo alcanzado contempla demasiados recortes demasiado pronto, en lugar de repartir el costo del ajuste a lo largo del tiempo.

A menos que Obama gane el próximo round y la comisión parlamentaria apruebe mayores impuestos a los más ricos para mantener a flote la recuperación, la economía de Estados Unidos sufrirá las consecuencias, y las de América Latina también.

aoppenheimer@elnuevoherald.com

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lunes, 18 de julio de 2011

EDITORIAL DE RIO NEGRO (ARGENTINA): RULETA RUSA EN WASHINGTON

Puede que a último momento los políticos norteamericanos decidan que, pensándolo bien, no les convendría que el gobierno de su país cayera en default, aunque sólo se tratara de uno virtual puesto que a pesar de los muchos problemas económicos Estados Unidos aún cuenta con los recursos financieros necesarios para continuar saldando sus deudas. Pero también es factible que el gobierno demócrata del presidente Barack Obama por un lado y los legisladores republicanos por el otro no lleguen a un acuerdo sobre el techo de endeudamiento permitido antes del 2 de agosto y que, como resultado, el país más rico de la Tierra declare la suspensión de pagos, lo que, entre otras cosas, significaría que, además de molestar a los acreedores extranjeros, dejare de enviar a muchos jubilados los cheques habituales. Aunque Obama y sus simpatizantes han advertido que las consecuencias de un default serían catastróficas, los republicanos que insisten en que el endeudamiento ha aumentado tanto que es necesario poner límites ya y que hacer subir los impuestos –el remedio preferido por el gobierno– sería contraproducente se han resistido a ceder. Parecería que lo único que los haría cambiar de opinión sería saber que con toda probabilidad la mayoría de sus compatriotas los culparía por las dificultades resultantes.

RULETA RUSA
De todos modos, pase lo que pasare en las menos de dos semanas que nos separan del 2 de agosto, la lucha en torno al límite de endeudamiento permitido por el Congreso al gobierno norteamericano continuará por mucho tiempo más. La terquedad de los legisladores republicanos se debe no sólo a su voluntad de poner en apuros a Obama sino también a la convicción de que sería suicida que Estados Unidos siguiera acumulando deudas cada vez más gigantescas y que por lo tanto hay que tomar ya medidas drásticas para recortar el gasto público. En cambio los demócratas se aferran a la idea de que, para reactivar una economía letárgica, será necesario aplicarle estímulos fiscales que sean todavía mayores que los ya ensayados, apostando a que por fin den pie a una etapa de crecimiento vigoroso que les permita saldar las deudas pendientes con facilidad relativa.

En la Unión Europea un debate muy similar fue ganado por los partidarios de la austeridad, razón por la que en los países que la conforman están poniéndose en marcha ajustes muy severos. Pero los encargados de la política económica del gobierno de Obama creen que la austeridad prematura sólo serviría para demorar la eventual recuperación, además de ocasionarle costos políticos abultados, motivo por el que se han negado a procurar emular a los europeos. Por desgracia, no hay forma de decidir cuál de los dos bandos en pugna está en lo cierto. Aunque la mayoría de los economistas propende a creer en la necesidad de alcanzar un equilibrio antes de que sea demasiado tarde, otros, incluyendo a los premios Nobel Paul Krugman y Joseph Stiglitz, se afirman convencidos de los méritos de los programas "keynesianos" porque a su juicio la alternativa sería llamativamente peor. Asimismo, mientras que en Estados Unidos el impacto de los "paquetes de estímulo" colosales confeccionados por la administración de Obama ha sido decepcionante, en Europa las medidas de austeridad que han elegido tantos gobiernos han provocado la resistencia de amplios sectores sociales y, de todos modos, no han servido para tranquilizar a los mercados, de suerte que los comprometidos con sendas estrategias pueden señalar que la experiencia reciente reivindica su propia postura. Irónicamente, en Europa la opinión pública siempre ha sido propensa a aprobar un nivel muy alto de gasto público, a diferencia de la norteamericana que se le opone por temor al estatismo exagerado, pero en la actualidad los gobiernos europeos están haciendo gala de actitudes "neoliberales" consideradas como norteamericanas y el encabezado por Obama ha optado por una estrategia que, según sus críticos, es típicamente europea. Sea como fuere, no cabe duda de que la magnitud de la deuda pública se ha convertido en el problema económico, y por lo tanto político y social, más apremiante de los países ricos y que en los años próximos habrá muchas batallas como la que, para alarma del resto del mundo, están librando los demócratas y republicanos norteamericanos.

http://www.rionegro.com.ar/diario/opinion/editorial.aspx?idcat=9542&idArt=666467&tipo=2
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domingo, 28 de septiembre de 2008

*CLARÍN EN EE.UU.: EL CONGRESO NEGOCIA CONTRA RELOJ VOTAR EL PLAN DE RESCATE


*CLARÍN EN EE.UU.: EL CONGRESO NEGOCIA CONTRA RELOJ VOTAR EL PLAN DE RESCATE

Domingo 28 de septiembre de 2008

Se espera que hoy sea aprobado el proyecto de salvataje de US$ 700 mil millones impulsado por el gobierno de Bush y evitar así otro golpe de mercados mañana. Informe de Gustavo Sierra, enviado especial a Boston.

El Congreso de EE.UU. podría votar esta tarde o a más tardar mañana un paquete de ayuda a bancos malheridos por la crisis de las hipotecas basura, pero ayer seguían febriles tratativas entre las bancadas, en un extraño eje entre la Casa Blanca, senadores republicanos y opositores demócratas por un lado y representantes (diputados) republicanos que se oponen al paquete por otro.

"El objetivo es anunciar un acuerdo mañana (por hoy) y votar el lunes", dijo Mitch McConnell, líder de los senadores republicanos. Igual posición fijó Harry Reid, su par demócrata en el Senado. Se quiere evitar un nuevo golpe de los mercados en la apertura del lunes.

El gobierno ya aceptó varias modificaciones al proyecto que habilitará hasta US$ 700 mil millones al Tesoro y a la Reserva Federal pero, ahora, con un estricto control parlamentario y en partidas graduales que empezarían con una inyección inmediata de US$ 250 mil millones. Según la cadena CNN hoy se votaría el acuerdo a las 18 horas. También coincidió el diario The Wall Street Journal. Pero representantes neoconservadores del oficialismo se siguen negando a avalar que "sean los contribuyentes" quienes paguen la cuenta.

Exigiendo que se respeten las "reglas del libre mercado", el líder de la bancada en la cámara baja, John Boehner, enfatizó que el rescate "no debería hacerse a costa de los contribuyentes estadounidenses. Es importante actuar, pero con buen criterio", agregó. Y Roy Blunt, principal negociador de ese grupo, afirmó que no aceptarán "fechas límite artificiales".

Sucede que el Congreso entra en receso esta semana por el último tramo de la carrera electoral, que termina el 4 de noviembre con la elección presidencial.

Por eso el acuerdo que tienen McConnell, líder de los republicanos en el Senado, y Reid, el de la mayoría demócrata allí, más la jefa de la Cámara baja, la demócrata Nancy Pelosi, es que haya votación hoy, antes de que abran los mercados en Asia, para evitar nuevas caídas que luego contagian a todo el planeta.

Hubo "significativos avances" y el presidente George Bush dijo ayer que confiaba en una solución. Para él, existe "un acuerdo general" sobre los principios del plan de rescate que espera sea aprobado "muy pronto" por el Congreso. En su alocución radial semanal, Bush se mostró optimista y dijo: ""Sé que muchos de ustedes están frustrados con la situación. Cuando el Gobierno les pide que paguen por los errores de Wall Street, no parece justo. Pero toda la economía está en peligro", insistió.

Luego señaló: "Si se pudiera dejar caer a cada firma irresponsable de Wall Street sin que eso afecte a Ud. y a su familia, yo lo haría. Pero eso es imposible".

Por la mañana, y ante preguntas de la prensa, el presidente se negó a precisar una fecha de aprobación. Pese al optimismo de Bush, las dudas de subsisten.

El gobierno habría dado su o.k. a la exigencia de que el Parlamento realice supervisiones y controle el otorgamiento del paquete. Tampoco existen más objeciones en relación a los topes máximos impuestos para los sueldos percibidos por altos gerentes que trabajan en compañías que serán respaldadas mediante el plan.

Además, el gobierno también cedió ante el reclamo demócrata de conceder ayuda a propietarios en problemas, dijo el Journal.

Pero los representantes que no quieren, según dicen, afectar al erario público o al contribuyente, proponen que se bajen los impuestos a las empresas (como ya hizo Bush y promete que haría el candidato John McCain) y que se podría otorgar a los bancos afectados un crédito que funcione a modo de seguro. Esto significaría que los bancos abonarían ciertas cantidades a un pool y que con dicha suma se saldría al rescate de entidades financieras en problemas. Para la Reserva Federal, este proyecto no daría resultado.

La crisis financiera se cobró a varios bancos (Bear Stearns, Lehman y la caja de ahorros WaMu; los hipotecarios Freddie Mac, Fannie Mae y la aseguradora AIG fueron estatizados; Merrill Lynch fue vendido a Bank of America, etc.) y hay otros bancos en problemas como Morgan Stanely, Wachovia y en otros países también hay problemas.