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jueves, 1 de enero de 2015

AXEL KAISER, CHILE: EL ASALTO POPULISTA

AXEL KAISER
Desde los tiempos de la Unidad Popular, Chile no había tenido un gobierno en la clásica tradición populista latinoamericana. La irrupción de un gobierno populista se caracteriza por la promesa refundacional que hacen sus líderes, la que va siempre en el sentido de darles más poderes a los gobernantes y menos a los individuos. Un elemento esencial de esta refundación es su carácter redistributivo: se asegura que los males de la sociedad serán resueltos, quitándoles a los que tienen mucho para darles a los que tienen poco. Esta lógica implica, además, la creación de un enemigo al cual culpar de todos los males del país: "Los poderosos de siempre", es decir, los ricos, son de costumbre la impopular minoría elegida.

Los líderes populistas son, en general, personas altamente ideologizadas que ven en el Estado —o sea, ellos mismos— una especie de ente divino capaz de construir un orden social cercano a la perfección. Si hay pensiones bajas, si no hay educación gratuita y de calidad para todo el mundo y si no todos tienen acceso a una salud de primer nivel, es porque falta más Estado. Olvídese del principio de escasez que enseña la economía y según el cual los recursos no alcanzan para todos. Tampoco cuenta la demoledora evidencia de que el Estado hace casi todo peor que los privados. El populista ofrece borrón y cuenta nueva, un nuevo orden cercano al paraíso, donde, gracias a ese ente metafísico y omnisciente llamado Estado, habrá de todo para todos. Este paraíso, por cierto, suele partir con el sueño erótico de todo intelectual que apoya el proyecto refundacional: una nueva Constitución. Sin ella, el porfiado principio de escasez, ese que el líder populista debe ignorar para poder prometer mayor bienestar a las masas, no será superado.

Los populistas son, por lo mismo, siempre anti capitalistas y anti libertarios. El capitalismo o "neoliberalismo", dada su fría racionalidad de lo posible, debe abiertamente ser denunciado como enemigo y el régimen de lo estatal o de lo "público", como le llaman eufemísticamente los promotores de la refundación, es presentado como la panacea solidaria que garantizará prosperidad e igualdad para todos. Típicamente, para avanzar este mensaje utópico los populismos cuentan con líderes carismáticos capaces de sintonizar con la masa. En general, estos líderes carecen de todo fondo. Es decir, son ignorantes sobre los asuntos de Estado y desconocen los más elementales principios económicos, pero saben cómo conectar con el público. Son seductores, simpáticos, empáticos, divertidos y hablan mucho sin decir nada.

A diferencia de los intelectuales que los apoyan, no tienen ideas, sino a lo más ocurrencias del minuto y un discurso que combina la denuncia con ofertones de diverso tipo. Como es obvio, una vez en el poder, nada de lo prometido se cumple.

Los populistas, que en su discurso sobreexplotan conceptos de alta carga emotiva, como "democracia", "igualdad" y "justicia social", utilizan el Estado para amedrentar, desacreditar y perseguir a opositores y potenciales amenazas a su proyecto. Así, van destruyendo las bases de la convivencia democrática y concentrando el poder en sus manos. Sus políticas económicas generan efectos desastrosos, pero el régimen se mantiene mientras tiene recursos para seguir comprando apoyos. Alzas de impuestos, inflación y deuda pública se utilizan típicamente para satisfacer las expectativas creadas. Salvo que se encuentre en medio de un boom de commodities , los populismos llevan a un colapso de la inversión, del crecimiento y de la tasa de empleo. Los líderes populistas hacen paralelamente del Estado un botín con el cual llenarse los bolsillos, y los de sus parientes y adláteres. Así se produce una captura de todos los niveles del aparato público, todo en nombre del "pueblo", que en buena parte pasa a ser también un dependiente de la repartija estatal.

Cuando un país entra en la senda populista es muy difícil que salga de ella. La lógica del conflicto ya instalada debe ser agudizada para justificar el fracaso populista, los diversos grupos de interés que viven del Estado luchan cada vez más desesperados por su cuota de privilegios, el discurso de intelectuales que culpan a otros del desastre de su proyecto se torna más agresivo. Según ellos, toda la crisis se debe a conspiraciones externas e internas y a que falta más Estado aún. Pasado un cierto punto, la espiral populista se torna inmanejable. Es importante tener claro que el populismo no es solo una forma de llegar al gobierno y ejercerlo; es una cultura. Es la cultura del todo gratis, de la fe ciega en el Estado y su líder carismático, de culpar siempre a otro por las propias desventajas, de agarrar lo que se pueda mientras se pueda, de la intolerancia y amenaza al que opina distinto y de la legitimación de la violencia para avanzar intereses gremiales.

Un país en que un régimen populista se instaló es, por lo tanto, un país con un problema de fondo, que no se arregla con un mero cambio de gobierno. Es un país con un problema cultural que atraviesa, desde las élites, hasta los grupos medios y bajos de la sociedad. ¿Cuánto de todo esto se está viendo hoy en Chile? Más de lo que jamás alguien imaginó hace una década. La pregunta es si el deterioro que llevó a la situación actual será reversible o si el país se ahogará definitivamente, como nuestros vecinos, en el fango del desorden, el conflicto y la mediocridad.

Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 30 de diciembre de 2014.

Axel Kaiser es Director Ejecutivo de la Fundación Para el Progreso (Chile) y miembro de Young Voices (Berlín, Alemania).

Axel Kaiser
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lunes, 2 de septiembre de 2013

AXEL KAISER, CHILE: LA UTOPÍA DEL OTRO MODELO

“La fe de los autores en el barco que aspiran a dirigir u orientar es tan profunda que, como el capitán del titanic, no logran ver ni les importa demasiado el iceberg con el que inevitablemente se estrellarán: el de la realidad…”

Joseph Schumpeter profetizó que el capitalismo sucumbiría, entre otras razones, por la emergencia de una clase de individuos que haría de la destrucción del sistema una rentable profesión: los intelectuales. Ellos serían, según el profesor de Harvard, quienes crearían la atmósfera social necesaria para derribar el orden económico libre.

A nivel local, el libro “El otro modelo” parece encajar en la categoría de Schumpeter. De manera franca y entusiasta los autores nos dicen que quieren aprovechar el cambio en la hegemonía intelectual de nuestro país para poner fin al sistema económico liberal que ha regido en los últimos 30 años. Según este grupo de cinco académicos, de los cuales cuatro son profesores de universidades privadas, “si de una batalla de ideas se trata, es entonces en calidad de arma que este libro debe ser leído”. Y el arma en cuestión es peligrosa, pues está cargada con aquellas municiones que solo el sentido de misión y la fe pueden procurar.

Una muestra de ello se pudo ver hace un tiempo en un programa de televisión en que se encontraban dos de los autores -Guillermo Larraín y Alfredo Joignant- junto al economista Rolf Lüders y la historiadora Patricia Arancibia. Visiblemente preocupada, esta última les preguntó a los autores por qué otro modelo si el que tenemos ha sido el más exitoso que jamás hayamos conocido. La pregunta es crucial no solo porque apela al más elemental sentido común -¿por qué cambiar algo que es un éxito?-, sino porque los mismos autores reconocen en su libro que este modelo económico ha sido el que más prosperidad ha generado. La respuesta la daría Joignant minutos después: de lo que se trata, sugirió, no es de cómo funciona la realidad, sino de visiones normativas, es decir, de ideologías.

Como recordara el ex socialista Jean-Francois Revel, esta es la diferencia central entre liberalismo y socialismo: el primero reconoce en la realidad la fuente de información y el juez del correcto fundamento de la acción, el segundo no. 

El socialismo, ideología que, con concesiones, claramente inspira “El otro modelo”, es construido de manera a priori y promete resolver todos los problemas humanos. El liberalismo reconoce que no puede construirse una sociedad más perfecta de lo que somos los seres humanos y que por tanto nunca podremos arreglarlo todo. El primero es utópico y fracasa; el segundo, realista y funciona. Este utopismo explica la crítica que hace “El otro modelo” al sistema liberal chileno en el sentido de que este no resuelve “todos los problemas”, algo que por su naturaleza realista este jamás pretendió.

Pero el libro además cae en una evidente contradicción, ya que por un lado sostiene que el “neoliberalismo” es una utopía y por otro reconoce que ha funcionado. Si los autores hubieran dedicado al menos una página a explicar por qué la teoría económica liberal fue tan exitosa en Chile -o en el mundo- habrían evitado la contradicción. Ellos mismos, sin embargo, ofrecen una salida al citar al Nobel de Economía Douglass North, para dar cuenta de la adopción del modelo económico por la Concertación. Siguiendo a North argumentan que las creencias en favor del modelo bajo el gobierno de Aylwin se vieron reforzadas debido al crecimiento económico acelerado que este producía.

Hasta ahí llegan los autores. Pero el mismo North nos explica también que son aquellas teorías que mejor entienden la realidad económica las que dan los mejores resultados. Según North entonces, nuestro éxito se debe a que el modelo actual interpreta mejor que otros cómo funciona la realidad económica, es decir, cómo actuamos los seres humanos. Es más, el mismo North se refirió al caso de Chile el año 2004 afirmando que nuestro éxito se debía a que los Chicago Boys habían creado las instituciones necesarias para incentivar actividades productivas y crear riqueza.

Si North tiene razón, y los autores de “El otro modelo” así parecen creerlo, entonces no es utopía lo que caracteriza al actual modelo sino un sano entendimiento acerca de cómo funciona la realidad. Por eso ha sido un éxito. “El otro modelo” en cambio, bota por la borda lo que ha enseñado North -y la experiencia histórica-, suponiendo que se puede construir un mundo mejor usando una teoría económica esencialmente opuesta a la liberal. Y eso es una utopía, no porque pretenda ponérsele fin al sistema económico actual. Eso se puede hacer perfectamente y así como van las cosas probablemente se hará y Chile deberá pagar el precio.

La utopía consiste en creer, como si las leyes económicas y la naturaleza humana fueran hoy distintas de lo que eran hace 30 años, que el modelo estatista radical que “El otro modelo” sugiere, no solo va a corregir muchas de las imperfecciones del actual sistema y lograr un paraíso igualitario, sino que además lo va a superar incluso en aquello que todos admiten este ha hecho bien. El origen de esta utopía se encuentra en el estatismo romántico de la obra. Sumado a un antiliberalismo e igualitarismo casi delirantes, este elemento lleva a los autores a conferir al Estado una personalidad propia, como si fuera un ente más allá del bien y el mal capaz de elevarnos a un orden moral y material superior, lejos de las miserias del mercado.

Para los autores, la actividad estatal debe ser omnipresente porque así lo requiere el “interés general”, concepto que no demuestran pero que entienden como aquello que se construye políticamente y que incorpora, difiere y al mismo tiempo trasciende al interés individual, como si todo eso fuera posible al mismo tiempo. Esta acrobacia conceptual es propia de las corrientes colectivistas, las que al aludir a abstracciones en lugar de realidades concretas logran hacer defendible cualquier cosa. Típicamente, lo que el colectivismo justifica como máxima expresión de moralidad es el sacrifico del individuo en nombre del colectivo bajo la falsa pero atractiva premisa de que lo que es bueno para el todo lo es también para la parte. Indudablemente es ese espíritu colectivista el que inspira “El otro modelo”.

Los autores no dejan duda alguna al respecto al sintetizar el mensaje de su libro en una poética metáfora según la cual los chilenos debiéramos “navegar todos juntos en un mismo barco hacia destinos significativos”. En esta visión de la historia, heredera de ese enemigo de la sociedad abierta que fue Hegel, no hay destino significativo que no sea colectivo, por lo que el barco necesariamente debe ser el Estado, el que debe forzarnos, en nuestro propio beneficio, a emprender la travesía común. Los capitanes de ese barco, por cierto, son los autores de “El otro modelo” o intelectuales afines, que saben mejor que cada uno de nosotros cuál es nuestro bien y cómo construir una sociedad decente, concebible solo como resultado de la actividad estatal.

El problema, más allá de la obvia incompatibilidad de “El otro modelo” con una sociedad de personas libres, es que la fe de los autores en el barco que aspiran a dirigir u orientar es tan profunda que, como el capitán del Titanic, no logran ver ni les importa demasiado el iceberg con el que inevitablemente se estrellarán: el de la realidad.

Fuente: El Mercurio (Chile)

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sábado, 18 de agosto de 2012

AXEL KAISER, SER LIBERAL, CATO INSTITUTE,


CATO Institute - 16-Ago-12 - Opinión
http://www.elcato.org/ser-liberal
Ser liberal
por Axel Kaiser *
Ser liberal consiste en reconocer en cada persona igual dignidad, lo cual solo es posible cuando se acepta que cada uno de nosotros es el juez supremo de sus fines y que por tanto puede perseguir su propia concepción del bien. Ser liberal consiste así en permitir a nuestros semejantes perseguir sus fines aun cuando lo que hagan nos parezca indecente o desagradable. Un liberal rechaza la idea de que pueda ser conocida una verdad absoluta a través de la razón, asumiendo en cambio que todos somos falibles y por tanto incapaces de determinar con certeza qué es mejor para los demás.
Más aún, un liberal cree que incluso si fuera posible adquirir tal conocimiento, nada nos daría el derecho a imponer por la fuerza un determinado curso de acción sobre otro individuo. El liberal cree que ser libres implica tener la opción de equivocarse, de pecar y de arruinar nuestras vidas si así lo deseáramos. El liberal también cree que cada uno es responsable por las consecuencias de sus actos y que por tanto no puede coaccionarse a terceros para aliviar los efectos de dichos actos ni de situaciones derivadas de la mala suerte. Pues en el minuto en que aceptamos que podemos utilizar la fuerza sobre otro para satisfacer necesidades ajenas, estamos privando a ese otro de su dignidad convirtiéndolo en un instrumento para fines que no son los suyos.
La libertad no se entiende por tanto como un poder real de hacer ciertas cosas, sino como la posibilidad de perseguir nuestros fines sin estar sujetos a coerción de terceros y sin instrumentalizar a terceros para que nos provean de los medios materiales que nos permitan alcanzar nuestros fines. El liberalismo constituye así un rechazo radical a la idea de esclavitud. De ahí que el auténtico liberal no respalde amplias políticas redistributivas realizadas desde el Estado. Pues estas se sustentan en la coacción sistemática sobre un grupo de la población que es violentamente confiscado de los frutos de su trabajo para satisfacer necesidades ajenas.
Para los realmente desvalidos, el liberal cree en la bondad y filantropía privada mucho más que en el puño del Estado. Esta visión optimista y realista sobre el espíritu solidario y creativo del ser humano, refuerza en el liberal la idea de que siempre es preferible privilegiar los arreglos voluntarios de las personas al uso de la violencia. Pues los pobres, para esta visión confirmada por la evidencia, son personas libres dotadas de una enorme capacidad de auto superación e ingenio la cual es destruida cuando se les trata y concibe como incapaces por la clase política. En consecuencia, el auténtico liberal rechaza la idea de que para ser libres se requiera de cierto nivel de riqueza. Pues un esclavo que es bien mantenido por su amo no deja de ser menos libre por el hecho de llevar una vida materialmente cómoda, que una persona que, a pesar de sus privaciones materiales, es su propio señor.
En suma, el liberalismo es la opción por la dignidad humana, por la tolerancia y por permitir el desarrollo de las fuerzas creativas y solidarias del espíritu humano, la cuales  se encuentran en el origen de la prosperidad universal.
* Axel Kaiser es investigador del Instituto Democracia y Mercado (Chile) y columnista de ElCato.org. Axel obtuvo el primer lugar en nuestro primer concurso de ensayos, Voces de Libertad 2008.
Este artículo fue publicado originalmente en El Diario Financiero (Chile) el 10 de agosto de 2012.
Este es un reenvío de un mensaje de "Tábano Informa"

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martes, 1 de mayo de 2012

AXEL KAISER *, JUSTA DESIGUALDAD, FUENTE CATO INSTITUTE

Nunca ha habido ni jamás habrá una sociedad de iguales en un sentido material. Y no la habrá porque los seres humanos somos únicos, es decir, desiguales en un sentido concreto. Cuando se permite que las personas actúen con libertad, el complejo conjunto de características que nos diferencian, sumado a factores como el azar, deriva en resultados necesariamente desiguales. De este modo, la desigualdad material es, en parte, la inevitable consecuencia de la diversidad  humana. Por ello el proyecto de lograr igualdad material solo puede intentarse destruyendo la libertad, conduciendo invariablemente a la tiranía y la miseria.

Pero tampoco es la igualdad material buena en sí misma. ¿Acaso es preferible un país en que  todos tengan muy poco en cantidades muy iguales a uno donde todos tengan mucho en cantidades muy desiguales? Lo que queremos es una sociedad sin pobres, no una sin ricos. Solo la envidia puede fundar una filosófia cuyo fin sea evitar que algunos se distancien aun si el sistema que permite ese distanciamiento lleva a todos a estar mejor. Si usted y su vecino son igualmente pobres y de pronto la instalación de una empresa en el área en que viven lo enriquece a usted, pero a su vecino mucho más, y usted, en lugar de alegrarse por el éxito de ambos, desea que el Estado —o algo— intervenga para quitarle a su vecino la diferencia, entonces a usted lo que lo mueve es la envidia. Como explicó el sociólogo Helmut Schoeck en su clásico sobre este tema: "el tipo del envidioso no es un ladrón en beneficio propio. Este quiere ver al otro robado, expropiado o dañado sin ver una transferencia de esos bienes a sí mismo...

El envidioso cree que si el vecino se quiebra una pierna, él mismo va a poder caminar mejor". Pero más interesante aún, el ex catedrático de Yale agrega: "mientras más se le permite en una sociedad a los privados y a quienes detentan el poder político actuar como si la envidia no existiera, mayor será el crecimiento económico y las innovaciones" (Schoeck, Der Neid und die Gesellschaft).

Esto es así puesto que la políticas que buscan la igualdad material restringen la libertad y con ello la fuente del progreso. Según Schoeck, una clara manifestación sociológica de la envidia es el impuesto progresivo. Este se defiende sobre la base aparentemente ética de que es justo que los que ganan más paguen proporcionoalmente más. En realidad de lo que se trata es de una sanción a aquellos que son más exitosos, como si su ventaja fuera injusta por el mero hecho de existir. La desigualdad, sin embargo, cuando es el resultado del mercado libre jamás puede ser injusta. Los resultados del mercado no se siguen de voluntad singular alguna y por tanto no pueden ser calificados de injustos. No cabe la aplicación de enunciados éticos a fenómenos de naturaleza espontánea.

El juicio en torno a la justicia o injusticia de lo que los individuos poseen solo puede realizarse caso a caso. Ahora bien, bajo reglas de mercado competitivo, la desigualdad  material resultante tiene necesariamente su origen en: a) decisiones individuales libres motivadas por la búsqueda del propio interés y, b) el beneficio que, en ese marco, quienes poseen más han generado a quienes poseen menos. Esto último es tan crucial como ignorado. En un mercado libre y competitivo, la única forma de hacerse rico es satisfaciendo las necesidades ajenas. Esto explica el enriquecimiento general que se produce bajo condiciones de libertad. En ese esquema, aquellos cuyo esfuerzo e ingenio les permite crear los mejores productos al menor precio, serán quienes más beneficiarán a la población y en consecuencia también los más ricos —los rawlsianos pueden estar traquilos—.

De todo lo anterior se sigue que la injusta desigualdad es aquella en que la ventaja material de algunos deriva de alguna forma de confiscación arbitraria: fraude, monopolios, privilegios estatales, inflación, impuestos transferidos a grupos de interés, etc.  Y de esa, sin duda, hay bastante en el mundo.

* Investigador del Instituto Democracia y Mercado (Chile) y columnista de ElCato.org. Axel obtuvo el primer lugar en nuestro primer concurso de ensayos, Voces de Libertad 2008.

http://www.elcato.org/justa-desigualdad

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martes, 27 de marzo de 2012

AXEL KAISER * CHILE, EL PRECIO DE NUESTRO BIENESTAR

por John Stuart Mill se quejó alguna vez de aquellos espíritus “superficiales“ que despreciaban la filosofía especulativa por considerarla ajena a los asuntos de la vida diaria. Para Mill, estos personajes ignorantes no entendían que la filosofía, las ideas, eran a  largo plazo la fuerza más aplastante que pudiera existir sobre los asuntos humanos. Mill, por cierto, no está solo en esto. En su famosa Teoría General, John Maynard Keynes alertó que las ideas de economistas y filósofos políticos, correctas o equivocadas, eran más poderosas de lo que comúnmente se creía. Incluso más, según Keynes, el mundo se rige por poco más que ideas.
El curso de la evolución social entonces, si Keynes y Mill estaban en lo correcto, lo definen las ideas que en ella predominan. En consecuencia, el avance de ideas de una u otra naturaleza llevarán a la sociedad por el camino de la decadencia o el de la prosperidad.
Históricamente no ha habido grupo de ideas más contagioso y destructivo que el colectivismo. El mejor ejemplo de ello es Alemania. Desde medidados del siglo XVIII hasta  principios del siglo XX, el mundo germano fue el faro intelectual, cultural y científico del mundo occidental. En su bestseller The German Genius, el británico Peter Watson explica cómo, la alemana, más que cualquier otra cultura moderna, fue la que forjó el mundo que conocemos hoy. El hecho de que hacia 1910 más de la mitad de la literatura científica del mundo se publicara en alemán y que en 1933 Alemania contara con más premios Nobel que Inglaterra y Estados Unidos juntos, son un reflejo de la pasada preeminencia intelectual germana.
Todo eso se evaporó con el avance de las ideas socialistas. Como bien explicó Friedrich von Hayek en Camino de Servidumbre, fue el ataque sistemático de intelectuales alemanes a la filosofía indvidualista sobre la que se fundó la civilización occidental, lo que proveyó las bases para que el nacional socialismo se hiciera del poder. Y así, una nación de la que se llegó a argumentar que constituía la verdadera heredera de la civilización romana y griega, se sumiría en el barbarismo y la oscuridad  del colectivismo. El mismo colectivismo que bajo el nombre de "marxismo" sacrificaría a más de 100 millones de seres humanos.
La lección que debemos extraer de esta historia es que nada de todo aquello de lo que disfrutamos hoy en Chile gracias a la revolución liberal iniciada hace más de tres décadas está asegurado. Si continúa avanzando el discurso estatista redistributivo, la ideología igualitarista, la retórica anti empresarial y la moralina anti lucro, veremos severamente dañado nuestro sistema de libertades. Esto llevará a Chile al fracaso en su proyecto de alcanzar la paz y prosperidad que han logrado otros países, sumiéndolo en un nuevo período de estancamiento y conflictividad. Quienes piensan que mientras haya consumo las mayorías defenderán el sistema caen en una simplista ilusión. Las mayorías  —ni hablar de las minorías bien organizadas—, infectadas por la demagogia estatista, pueden perfectamente optar por destruir un sistema que las beneficia. Las malas ideas, así lo prueba el socialismo, pueden y suelen triunfar frente a toda evidencia. Pues el problema, como bien ha explicado Douglass North, es uno de fe y no de racionalidad. Y las ideologías, como advirtió el mismo North, son materias de fe antes que de razón y subsisten pese a las abrumadores pruebas en contrario.
Hoy, a nuestro sistema de libertad económica se le ataca desde la oposición, desde el gobierno, desde la academia y desde las calles. Mientras tanto, salvo excepeciones, sus partidarios guardan silencio o transan derechamente sus principios. Creen que pueden cosechar los beneficios de la libertad sin comprometerse con su defensa. Se equivocan. Thomas Jefferson advirtió que hay un precio que pagar por nuestra libertad y prosperidad: la eterna vigilancia. No basta con el cheque a fin de mes, pues nadie quedará libre de las consecuencias cuando lo alcanzado hasta ahora se haya perdido.
* investigador del Instituto Democracia y Mercado (Chile) y columnista de ElCato.org. Axel obtuvo el primer lugar en nuestro primer concurso de ensayos, Voces de Libertad 2008.
Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 20 de marzo de 2012.

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