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martes, 30 de julio de 2013

ROGELIO ALANIZ, MICHELLE BACHELET, EVELYN MATTHEI,


Hubo una época en que Chile fue considerado el país más machista de América Latina. No hay manera de verificar la certeza de esa afirmación, pero de todos modos los que conocen a ese país coinciden en señalar que en otros tiempos hubiera sido impensable una presidente mujer. Estuve en Chile en 2006. Personalmente escuché en Santiago y Valparaíso opiniones acerca de la imposibilidad del triunfo de Bachelet por su condición de mujer. “Los chilenos no vamos a aceptar ser mandados por una mujer”, era una de las frases más educadas que circulaban en esos días.

La llegada al poder de Michelle Bachelet rompió con ese prejuicio. Los chilenos demostraron entonces que no sólo eran capaces de votar a una candidata mujer, sino que ahora son capaces de asumir, sin sonrojarse, que para las próximas elecciones habrá no una sino dos candidatas mujeres a la presidencia: la socialista Bachelet y la liberal Evelyn Matthei. Como dijera un cronista de Santiago, los chilenos en este tema, han roto con todos los récords. Ya no les alcanza con tener una presidente mujer, ahora han decidido que las opciones son exclusivamente femeninas.

En este punto concluyen las coincidencias, porque se trata de dos mujeres cuyas diferencias políticas son marcadas, pero también son evidentes las diferencias en temperamentos y en historias de vida. Curiosamente, ese antagonismo no ha impedido que sus biografías familiares estén atravesadas por acercamientos, en algunos casos marcados por inquietantes sospechas.

Michelle y Evelyn nacieron en 1951 y 1954. Ambas son hijas de altos oficiales de la Fuerza Aérea chilena. El padre de Evelyn, el brigadier Fernando Matthei, fue integrante de la Junta Militar que derrocó a Salvador Allende en septiembre de 1973. Michelle es hija del brigadier Alberto Bachelet, un distinguido oficial de esa misma fuerza, respetado por su talento y coraje. Bachelet fue durante el gobierno conservador de Jorge Alessandri agregado militar en la embajada de Chile ante los Estados Unidos de Norteamérica. Librepensador, laicista y honorable miembro de la logia masónica, simpatizó con Salvador Allende y desempeñó algunas funciones públicas. Ese compromiso con el gobierno de la Unidad Popular fue el que le costó la vida.

Producido el golpe de 1973, Bachelet fue detenido por orden de su superior, el brigadier Gustavo Leigh. Sometido a apremios ilegales, murió de un infarto en marzo de 1974. Siempre se dijo que Matthei había sido uno de los oficiales que detuvo a Bachelet. El infundio fue desmentido años después por la viuda de Bachelet, Ángela Jenia, quien recordó la amistad entre ambas familias y su certeza de que Matthei no había tenido nada que ver con al muerte de su marido.

Michelle para esa época tenía algo más de veinte años. Ya simpatizaba con el socialismo y durante unos meses se dedicó a sostener la actividad partidaria en la clandestinidad. Ella y su madre fueron detenidas a principios de 1975 y trasladadas a los centros de detención de Villa Grimaldi y Cuatro Álamos donde, según sus biógrafos, fueron sometidas a interrogatorios violentos. Las conexiones familiares y la propia presión internacional dieron lugar a que madre e hija pudieran exiliarse, iniciando así una etapa que habría de durar casi cinco años.

La situación de Evelyn fue muy diferente. Hija de un oficial que ejercía una de las máximas responsabilidades de gobierno, estudió en las mejores academias y desarrolló una de sus vocaciones originales: el piano, estudio que inició en Santiago y luego perfeccionó en Londres. Fiel a ese destino de clase se casó con un economista liberal, funcionario del Banco Central, con el que tuvo tres hijos. Para esa época inició sus estudios en el Instituto de Economía de la Pontificia Universidad de Chile.

En el exilio, entre tanto, Bachelet completó sus estudios en medicina y se especializó en pediatría. El país que habían elegido con su madre fue la República Democrática de Alemania. Allí conoció a Jorge Dávalos, también militante socialista, con quien se casó y tuvo dos hijos. Michelle, Jorge y sus hijos regresaron a Chile en 1979. Al poco tiempo la pareja se separó y Michelle inició una relación afectiva con Alex Vojkovic, un militante del Frente Manuel Rodríguez, uno de los grupos armados enfrentados con la dictadura de Pinochet. Esta fue la etapa más radical de Bachelet, aunque luego de esa experiencia se dedicó a su profesión y a profundizar sus estudios en pediatría. Después de la relación con Vojkovic, inició un romance con Aníbal Enríquez, con quien habrá de tener su tercera hija.

Cuando se produce la apertura política, alrededor de 1990, las dos mujeres ya eran militantes convencidas de sus respectivas causas, y ambas con claras ambiciones políticas. Socialista una, liberal la otra, sus historias se entrecruzan en algunos puntos, pero en otros se desarrollan en las antípodas. Por lo pronto, los inicios de Matthei son deslumbrantes, mientras que Bachelet es derrotada sin atenuantes en el distrito de Las Condes por el líder de la derecha, Joaquín Lavín.

Michelle se incorpora como ministra de Salud al gobierno de Ricardo Lagos; Evelyn, en 1989, es electa diputada por Renovación Nacional, mandato que renovará en 1993. Bachelet será más reconocida como técnica que como política, aunque todos conocen su drama familiar, su exilio en Alemania comunista y su leal adhesión al socialismo. Por su parte, Matthei integrará junto con Andrés Allamand, Alberto Espina y Sebastián Piñera la camada de las nuevas lumbreras políticas e intelectuales de la derecha.

Michelle se destaca por su temperamento afable y su talento para la negociación, virtudes que no disimulan una personalidad fuerte. De modales suaves, a la muerte de Pinochet se negó a brindarle honores de Estado y no asitió a su entierro donde sí estuvo Matthei. Por su parte, Evelyn se distingue por su dureza, es una versión chilena de Margaret Thatcher: emprendedora, talentosa y de odios firmes. Enemiga temible, su capacidad para la intriga no repara en medios para lograr los fines. Enojada, su vocabulario pierde el estilo académico y puede llegar a ser hiriente y grosero. Así lo atestiguan sus víctimas que no son pocas. Bachelet, por su parte, parece ser mas pacífica, aunque a esta afirmación habría que cotejarla con algunos de sus maridos.

En 1992 Evelyn protagoniza el célebre y escandaloso “Piñeragate”, el episodio en el que adquieren estado público las intrigas que trama Sebastián Piñera para desprestigiarla. Como consecuencia de ello, Evelyn renuncia a Renovación Nacional y se integra a la UDI, la otra fracción de la derecha chilena. Michelle, después de desempeñarse como ministra de Salud asume la cartera de Defensa del gobierno de Lagos, siendo la primera mujer en América Latina que ejerce esa responsabilidad.

Y aquí se plantea otro dato curioso en la biografía de estas dos mujeres. La socialista Bachelet cosecha sus mejores laureles ejerciendo la responsabilidad de Defensa, mientras que la liberal Matthei adquiere prestigio al desempeñarse como ministra de Trabajo del gobierno de Piñera, con quien, como se verá, se reconcilió luego de los disparos de artillería del “Piñeragate”. Convengamos que lo normal hubiera sido a la inversa. Que la liberal amiga de Pinochet, protegida por Jarpa y admiradora de Thatcher, se luciera en la cartera de Defensa; y que la socialista, discípula de Altamirano, Allende y Escalona, se destacara en Salud. Pues bien, no fue así.

La candidatura de Bachelet ya está en la calle y las encuestas la dan ganadora de punta a punta. Matthei tiene todas las posibilidades de ser candidata después de la renuncia de Pablo Longueira, pero sus aliados de Renovación Nacional aún no han dado el consentimiento. Según las encuestas, Bachelet será nuevamente presidente de Chile. Matthei, por supuesto, no piensa lo mismo. Por el contrario, afirma que hasta la fecha no perdió nunca una elección y que está mucho más cómoda compitiendo contra una mujer que contra un hombre.

ralaniz@ellitoral.com

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jueves, 2 de agosto de 2012

ROGELIO ALANIZ, ESTADO DE BIENESTAR O POPULISMO CRIOLLO, DESDE ARGENTINA,

Tábano Informa

El Litoral (SFe) - 29-Jul-12 - Opinión

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2012/07/28/opinion/OPIN-04.html

Crónica política
¿Estado de bienestar o populismo criollo?

por Rogelio Alaniz

¿Estado de bienestar o populismo criollo? Las diferencias son evidentes en cualquier parte del mundo, menos en la Argentina. La ignorancia, la mala fe, la alienación ideológica, suelen hacer su trabajo. Estado de bienestar y populismo criollo aluden a modelos de sociedades antagónicas. Las similitudes, si existen, sólo lo son en las apariencias, en la confusión que generan las consignas manipuladas, en el esfuerzo deliberado por confundir la virtud con el vicio, la justicia social con la demagogia o la preocupación por valorizar a los pobres con el afán por valerse de los pobres.

Convengamos que el concepto “Estado de bienestar” posee un bien ganado prestigio histórico. En Europa se habla de ”los gloriosos treinta años”, para referirse al período transcurrido entre 1945 y 1975, cuando las contradicciones sociales y políticas que parecían irreconciliables pudieron procesarse sin perder su naturaleza contradictoria. Dicho de una manera conceptual, puede postularse que el Estado de bienestar se propuso resolver el antagonismo existente entre los principios de justicia y libertad o entre acumulación y distribución de la riqueza.

Los antecedentes de esta experiencia histórica pueden rastrearse en las iniciativas de Bismarck o los ensayos del laborismo británico y el socialismo democrático de los países escandinavos. El llamado “Nuevo trato” de Franklin Delano Roosevelt apuntaba en esa dirección, y algo parecido puede decirse de la experiencia “batllista” de Uruguay, experiencia digna de tener en cuenta, porque allí se probó que las reformas políticas y sociales eran posibles sin sacrificar la democracia, el régimen de propiedad y las instituciones republicanas. El “batllismo” oriental, en ese sentido, fue una experiencia de avanzada en estas tierras, una experiencia que se contrasta con ese otro modelo de poder que fueron las dictaduras bananeras, o sus primos hermanos políticos: los caudillos populistas.

De todos modos, no es casual que, a la efectiva mayoría de edad, los Estados de bienestar la hayan adquirido luego de la Segunda Guerra Mundial, con el auge de las ideas keynesianas y la derrota de las dos grandes experiencias totalitarias del siglo veinte: el comunismo y el fascismo. Nunca sabremos si las clases propietarias de entonces accedieron a ese modelo de sociedad porque eran sabias y sensibles. O, por qué no, miedosas, miedosas a la posibilidad real del avance del comunismo. A favor de ellas puede decirse que en lugar de optar por la dictadura, la represión o el genocidio, lo hicieron por la democracia y por la certeza de que al comunismo se lo derrotaba, como efectivamente sucedió, con más justicia y más democracia.

De todos modos, lo cierto es que el pacto entre un movimiento obrero que renunciaba a la revolución social, pero no a los derechos de los trabajadores y una burguesía que aceptaba consagrar esos derechos, fue efectivo y se tradujo en instituciones que establecieron derechos universales. Las consecuencias fueron visibles: mejores salarios, calidad educativa, servicios de salud y libertades civiles y políticas. Los errores no estuvieron ausentes, porque la perfección no existe en política.

¿Qué tiene que ver esto con nuestros populismos criollos y sus caudillos tropicales o líderes autoritarios enriquecidos, viciosos y narcisistas? ¿qué tienen que ver un José Batlle, un Felipe González, un Willy Brandt, un Ricardo Lagos o un Henrique Cardoso, con personajes como Chávez, Ortega, Correa o los Kirchner? ¿qué relaciones se pueden establecer con sociedades donde rige el Estado de derecho, la economía social de mercado, las instituciones republicanas y las libertades civiles, con regímenes que desconocen deliberadamente las leyes de la economía, desprecian a las instituciones republicanas y polarizan a la sociedad en antagonismos irreductibles? Nada. O casi nada.

Puede que algunos populistas se propongan sinceramente beneficiar al “pueblo”, pero esas buenas intenciones chocan periódicamente con concepciones ideológicas retrógradas, con un concepto de “pueblo” mitificado y en la mayoría de los casos más cercano al ideario fascista o comunista que a una versión democrática y abierta. Nunca lo olvidemos: para el populismo criollo el “pueblo” es siempre una masa orgánica, indiferenciada que delega el poder en el caudillo que lo interpreta y lo conduce. En esta versión, las clases sociales no existen, como tampoco existe el pluralismo, porque reconocerlo significaría admitir las diferencias, el debate y la alternancia, categorías que todos los populismos rechazan a libro cerrado.

En los Estados de bienestar se habla de bienestar del pueblo, valga la redundancia, mientras que los populismos se habla de felicidad, ese adjetivo tan caro a los demagogos de todos los tiempos. La diferencia entre bienestar y felicidad no es semántica. El bienestar refiere a políticas públicas, la felicidad a estados subjetivos. Para un socialdemócrata o un liberal avanzado, la felicidad es cosa de cada uno, pertenece al ámbito privado, mientras que para el populismo la felicidad es cosa de los gobernantes o, para ser más preciso, de la manipulación de los gobernantes.

Tres principios guían los fundamentos del Estado de bienestar: sustentabilidad, legalidad e institucionalidad. Ninguno de estos principios están presentes en el populismo criollo. Al desprecio de la economía, el populismo le suma el desprecio a las leyes de la república y el rechazo a cualquier forma de legitimidad política. Los Estados de bienestar se construyeron a través de arduas negociaciones parlamentarias y corporativas, negociaciones que concluyeron con acuerdos mayoritarios y se cristalizaron en instituciones destinadas a prestar servicios universales.

A estos valores y servicios el populismo criollo le opone el clientelismo, el nepotismo, el patrimonialismo y el prebendalismo. Mientras el Estado de bienestar trabaja en el mediano y largo plazo, el populismo es hijo de la coyuntura y nunca va más allá de ella. Los Estados de bienestar se proponen la inclusión social y política; el populismo es faccioso por definición; agita fantasmas, inventa enemigos, atiza diferencias y convoca a las multitudes a librar batallas imaginarias. Detrás de toda esa retórica brilla incandescente la ambición del líder o el déspota.

Los procedimientos del Estado de bienestar son democráticos e institucionales; las libertades funcionan, los partidos políticos son los espacios reales de la democracia representativa y la alternancia es una realidad. Basta echar una mirada a la Argentina kirchnerista o la Venezuela chavista, para apreciar las diferencias: libertades amenazadas, partidos políticos postrados, instituciones devaluadas y corrompidas. Lo grave, en todos estos casos, es que esta decadencia no es producto de la casualidad o la mala suerte, sino de políticas deliberadas y de políticos que se benefician con ese estado de cosas.

El Estado de bienestar presta servicios universales sobre la base conceptual de que toda persona vale y toda persona merece la oportunidad de mejorar su calidad de vida en sociedades con movilidad social ascendente. En el populismo criollo, la apelación al pueblo suele ser un recurso demagógico asentado en una visión ideológica inmovilista y reaccionaria. Los pobres en el populismo no son sujetos, sino objetos, objetos de manipulación del líder.

A las asignaciones universales, el populismo le opone la asignación privada o facciosa. El pobre no es un ciudadano digno de ejercer sus derechos, sino un “grasita” al que hay que atenderlo para que nunca deje de ser pobre y, sobre todo, nunca se olvide de que a los beneficios no los obtiene porque tiene derechos, sino porque hay un líder -o una líder- que tienen la buena voluntad de acordarse de ellos.

Un político del Estado de bienestar, a la hora de brindar derechos se parece a esa persona que ejerce la caridad de manera anónima; un populista repartiendo se identifica con el personaje que exige que le den las gracias y le levanten un monumento. Como se puede apreciar, las diferencias son políticas, pero también éticas. Las sociedades de bienestar no están exentas de crisis, pero en lo fundamental mejoran la calidad de vida de los hombres y mujeres. Por el contrario, los populismos criollos dejan sociedades devastadas por la corrupción y la pobreza.

¿Para qué lado nos vamos a inclinar los argentinos? ¿continuaremos aferrados a los mitos y dogmas de un populismo tramposo y venal u optaremos por experiencias más nobles y justas? Las alternativas están planteadas, las diferencias son visibles. Lo demás pertenece al campo de la historia y la política. Nunca olvidemos que peleamos por un país más justo para todos, pero sobre todo por un país más justo para nuestros hijos y nietos.

Este es un reenvío de un mensaje de "Tábano Informa"

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miércoles, 1 de agosto de 2012

ROGELIO ALANIZ, ¿ESTADO DE BIENESTAR O POPULISMO CRIOLLO?

Tábano Informa

El Litoral (SFe) - 29-Jul-12 - Opinión



Crónica política
¿Estado de bienestar o populismo criollo?

por Rogelio Alaniz

¿Estado de bienestar o populismo criollo? Las diferencias son evidentes en cualquier parte del mundo, menos en la Argentina. La ignorancia, la mala fe, la alienación ideológica, suelen hacer su trabajo. Estado de bienestar y populismo criollo aluden a modelos de sociedades antagónicas. Las similitudes, si existen, sólo lo son en las apariencias, en la confusión que generan las consignas manipuladas, en el esfuerzo deliberado por confundir la virtud con el vicio, la justicia social con la demagogia o la preocupación por valorizar a los pobres con el afán por valerse de los pobres.

Convengamos que el concepto “Estado de bienestar” posee un bien ganado prestigio histórico. En Europa se habla de ”los gloriosos treinta años”, para referirse al período transcurrido entre 1945 y 1975, cuando las contradicciones sociales y políticas que parecían irreconciliables pudieron procesarse sin perder su naturaleza contradictoria. Dicho de una manera conceptual, puede postularse que el Estado de bienestar se propuso resolver el antagonismo existente entre los principios de justicia y libertad o entre acumulación y distribución de la riqueza.

Los antecedentes de esta experiencia histórica pueden rastrearse en las iniciativas de Bismarck o los ensayos del laborismo británico y el socialismo democrático de los países escandinavos. El llamado “Nuevo trato” de Franklin Delano Roosevelt apuntaba en esa dirección, y algo parecido puede decirse de la experiencia “batllista” de Uruguay, experiencia digna de tener en cuenta, porque allí se probó que las reformas políticas y sociales eran posibles sin sacrificar la democracia, el régimen de propiedad y las instituciones republicanas. El “batllismo” oriental, en ese sentido, fue una experiencia de avanzada en estas tierras, una experiencia que se contrasta con ese otro modelo de poder que fueron las dictaduras bananeras, o sus primos hermanos políticos: los caudillos populistas.

De todos modos, no es casual que, a la efectiva mayoría de edad, los Estados de bienestar la hayan adquirido luego de la Segunda Guerra Mundial, con el auge de las ideas keynesianas y la derrota de las dos grandes experiencias totalitarias del siglo veinte: el comunismo y el fascismo. Nunca sabremos si las clases propietarias de entonces accedieron a ese modelo de sociedad porque eran sabias y sensibles. O, por qué no, miedosas, miedosas a la posibilidad real del avance del comunismo. A favor de ellas puede decirse que en lugar de optar por la dictadura, la represión o el genocidio, lo hicieron por la democracia y por la certeza de que al comunismo se lo derrotaba, como efectivamente sucedió, con más justicia y más democracia.

De todos modos, lo cierto es que el pacto entre un movimiento obrero que renunciaba a la revolución social, pero no a los derechos de los trabajadores y una burguesía que aceptaba consagrar esos derechos, fue efectivo y se tradujo en instituciones que establecieron derechos universales. Las consecuencias fueron visibles: mejores salarios, calidad educativa, servicios de salud y libertades civiles y políticas. Los errores no estuvieron ausentes, porque la perfección no existe en política.

¿Qué tiene que ver esto con nuestros populismos criollos y sus caudillos tropicales o líderes autoritarios enriquecidos, viciosos y narcisistas? ¿qué tienen que ver un José Batlle, un Felipe González, un Willy Brandt, un Ricardo Lagos o un Henrique Cardoso, con personajes como Chávez, Ortega, Correa o los Kirchner? ¿qué relaciones se pueden establecer con sociedades donde rige el Estado de derecho, la economía social de mercado, las instituciones republicanas y las libertades civiles, con regímenes que desconocen deliberadamente las leyes de la economía, desprecian a las instituciones republicanas y polarizan a la sociedad en antagonismos irreductibles? Nada. O casi nada.

Puede que algunos populistas se propongan sinceramente beneficiar al “pueblo”, pero esas buenas intenciones chocan periódicamente con concepciones ideológicas retrógradas, con un concepto de “pueblo” mitificado y en la mayoría de los casos más cercano al ideario fascista o comunista que a una versión democrática y abierta. Nunca lo olvidemos: para el populismo criollo el “pueblo” es siempre una masa orgánica, indiferenciada que delega el poder en el caudillo que lo interpreta y lo conduce. En esta versión, las clases sociales no existen, como tampoco existe el pluralismo, porque reconocerlo significaría admitir las diferencias, el debate y la alternancia, categorías que todos los populismos rechazan a libro cerrado.

En los Estados de bienestar se habla de bienestar del pueblo, valga la redundancia, mientras que los populismos se habla de felicidad, ese adjetivo tan caro a los demagogos de todos los tiempos. La diferencia entre bienestar y felicidad no es semántica. El bienestar refiere a políticas públicas, la felicidad a estados subjetivos. Para un socialdemócrata o un liberal avanzado, la felicidad es cosa de cada uno, pertenece al ámbito privado, mientras que para el populismo la felicidad es cosa de los gobernantes o, para ser más preciso, de la manipulación de los gobernantes.

Tres principios guían los fundamentos del Estado de bienestar: sustentabilidad, legalidad e institucionalidad. Ninguno de estos principios están presentes en el populismo criollo. Al desprecio de la economía, el populismo le suma el desprecio a las leyes de la república y el rechazo a cualquier forma de legitimidad política. Los Estados de bienestar se construyeron a través de arduas negociaciones parlamentarias y corporativas, negociaciones que concluyeron con acuerdos mayoritarios y se cristalizaron en instituciones destinadas a prestar servicios universales.

A estos valores y servicios el populismo criollo le opone el clientelismo, el nepotismo, el patrimonialismo y el prebendalismo. Mientras el Estado de bienestar trabaja en el mediano y largo plazo, el populismo es hijo de la coyuntura y nunca va más allá de ella. Los Estados de bienestar se proponen la inclusión social y política; el populismo es faccioso por definición; agita fantasmas, inventa enemigos, atiza diferencias y convoca a las multitudes a librar batallas imaginarias. Detrás de toda esa retórica brilla incandescente la ambición del líder o el déspota.

Los procedimientos del Estado de bienestar son democráticos e institucionales; las libertades funcionan, los partidos políticos son los espacios reales de la democracia representativa y la alternancia es una realidad. Basta echar una mirada a la Argentina kirchnerista o la Venezuela chavista, para apreciar las diferencias: libertades amenazadas, partidos políticos postrados, instituciones devaluadas y corrompidas. Lo grave, en todos estos casos, es que esta decadencia no es producto de la casualidad o la mala suerte, sino de políticas deliberadas y de políticos que se benefician con ese estado de cosas.

El Estado de bienestar presta servicios universales sobre la base conceptual de que toda persona vale y toda persona merece la oportunidad de mejorar su calidad de vida en sociedades con movilidad social ascendente. En el populismo criollo, la apelación al pueblo suele ser un recurso demagógico asentado en una visión ideológica inmovilista y reaccionaria. Los pobres en el populismo no son sujetos, sino objetos, objetos de manipulación del líder.

A las asignaciones universales, el populismo le opone la asignación privada o facciosa. El pobre no es un ciudadano digno de ejercer sus derechos, sino un “grasita” al que hay que atenderlo para que nunca deje de ser pobre y, sobre todo, nunca se olvide de que a los beneficios no los obtiene porque tiene derechos, sino porque hay un líder -o una líder- que tienen la buena voluntad de acordarse de ellos.

Un político del Estado de bienestar, a la hora de brindar derechos se parece a esa persona que ejerce la caridad de manera anónima; un populista repartiendo se identifica con el personaje que exige que le den las gracias y le levanten un monumento. Como se puede apreciar, las diferencias son políticas, pero también éticas. Las sociedades de bienestar no están exentas de crisis, pero en lo fundamental mejoran la calidad de vida de los hombres y mujeres. Por el contrario, los populismos criollos dejan sociedades devastadas por la corrupción y la pobreza.

¿Para qué lado nos vamos a inclinar los argentinos? ¿continuaremos aferrados a los mitos y dogmas de un populismo tramposo y venal u optaremos por experiencias más nobles y justas? Las alternativas están planteadas, las diferencias son visibles. Lo demás pertenece al campo de la historia y la política. Nunca olvidemos que peleamos por un país más justo para todos, pero sobre todo por un país más justo para nuestros hijos y nietos.

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