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martes, 24 de febrero de 2015

DOUGLAS ZABALA, EL PROGRESISMO DE HENRY FALCÓN

No es poco el plomo fino que viene recibiendo Henry  Falcón, por parte de los sectores ultra radicales y derechistas aferrado a la MUD, con el firme propósito y con la esperanza inútil  en  un pasado mejor que este presente calamitoso instalado en el gobierno nacional, como negro nubarrón amenazante de provocar también tormentas como las del pasado .

    Ha reconocido Henry las diferencias existentes en la alianza opositora,  y esto no seria para alarmarse, a no ser por la ojeriza que a este nuevo actor de la política nacional le tienen desde el referido disímil bloque político, donde existen demócratas cristianos, socialdemócratas, socialistas, y como guinda el progresismo, llevado allí por los activistas que lo siguen.
 Llama la atención la insistencia en hablar de progresismo como sistema político alternativo a los ya existente, sobre todo si revisamos la actuación  de  esta corriente del pensamiento político  en otras latitudes y en el escenario latinoamericano. Por ejemplo, en Chile se realizó el año pasado el Encuentro  Latino América Progresista, con participación de factores políticos como el de Lula, Correa y donde asistió también Avanzada Progresista.
Ha señalado el líder larense que su mejor decisión fue haberse separado del  partido de gobierno en su oportunidad, y no deja de tener razón, pero tampoco podemos pasar por alto que a ese encuentro del progresismo, a parte de asistir líderes de 35 organizaciones políticas de izquierda y progresistas de más de 20 países de la región, también asistieron Pepe Mujica, socialistas chilenos y los jefes  del PSUV.
Ahora bien, cualquiera  y con sobradas razones pudiera insistir aquí en el quiebre del modelo socialista y progresista como paradigma de inclusión y redención social, pero resulta  que a los pueblos de El Salvador, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Uruguay, Brasil y al mismo Chile le ha resultado exitoso, incluso en sus primeros momentos al propio Chávez le funcionó.
¿Tendrá pertinencia el movimiento político impulsado por esta nueva avanzada política?  A pesar de los entuertos producidos por la gestión de Nicolás Maduro, no es nada descartable que ante los peligros de retorno de los viejos actores de la cuarta república, pasearse por la posibilidad de promover modelos alternativos como el progresismo de Henry Falcón.  
Douglas Zabala
zabala.douglas@gmail.com
@douglazabala

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martes, 21 de enero de 2014

SAÚL GODOY GÓMEZ, YA NO ME DEFIENDAS HERMANO,

Todavía me encuentro con personas, de mediana instrucción e inteligencia, que alegan ser socialistas porque sus padres lo fueron, porque en los círculos sociales donde se desenvolvían ésa era la forma de pensar, porque fueron educados bajo esa doctrina, lo que me da a entender que en ellos habita una profunda comodidad mental que los hace incapaces de una opinión propia, que se suman a unos valores y creencias sin medir sus consecuencias.
Hay otros, mucho más superficiales, que se dicen socialistas porque creen que es “chick”, que está de moda, o sucumben a los cantos de sirena de artistas y figuras públicas que se identifican con esa tendencia política.  Sea esta claudicación a utilizar su razonamiento para elegir una manera de pensar y dejar que sea la “herencia” o la moda lo que dictamine su preferencia - lo que hacen sin saberlo - es apoyar a una ideología que va contra sus libertades.
Ser “progresista” se entiende, en todos lados del mundo, como ser anticapitalista, y ser un capitalista, antes de considerar el dinero como único interés en la vida, significa que se cree en los valores del individualismo, que la persona es lo más importante en la ecuación social, no el grupo, el grupo será tan bueno como el peor de sus participantes y el capitalismo trata de hacer de toda persona un ser pensante, libre y autónomo.
Para Marx el socialismo era, y aquí concuerdo con el pensador marxista Ludovico Silva, la idea, el modelo, el proyecto, la estrategia; el comunismo es la práctica, la tarea inmediata.  Los socialistas son los propagadores de la ideología, los comunistas la hacen realidad, de aquí lo peligroso que es para una sociedad abierta y plural que esta ideología sea tomada tan a la ligera, al punto que sus principales actores políticos y partidos sean promotores de este pensamiento corrosivo en contra de las libertades y la democracia.
Es por ello que tengo mis serias diferencias con adecos y copeyanos, ellos no se creen socialistas aunque fueron los promotores del estado paternalista y el clientelismo político, tienen la falsa idea de que, por ser demócratas, que lo son, están exentos de la contaminación marxista y de las ideas más características de la izquierda venezolana, que se distingue por un gusto hacia todo lo que significa colectivismo, estado tutelar y la perdida de los derechos fundamentales del ser humano.
Todos los discursos de los partidos demócratas de la “centro izquierda” tienen ese tufillo socialista que los aúna en la comparsa “marxistoide”, el Estado primero, el líder primero, el partido primero, la masa primero, la burocracia primero y allá, por último, el individuo, la persona, el ciudadano.
Fidel Castro afirmó, sin complejos, “socialismo es comunismo, son lo mismo”, es la pura verdad, quienes hayan leído la historia del socialismo tienen que admitir que, simplemente, se trata de un comunismo democrático; lo que lo diferencia del comunismo decimonono es la manera cómo aspiran a llegar al poder, por medio del voto, más nada, quizás sean un poco permisivos al tolerar el libre mercado, la libertad religiosa, puede ser que no les importe pertenecer al sistema financiero internacional, que les preocupe el asunto de los derechos humanos y tengan cierto rubor en permitir un margen de libertad individual, pero, a la larga, lo que les importa es imponer el Estado, a la sociedad.
La forma más autoritaria y restrictiva de someter al hombre es por medio de un estado sin medida, presente en todas las actividades, en todo momento, regulando y castigando, imponiendo la opinión del burócrata por encima de la de los ciudadanos, construyendo para su claque, su clase dirigente, un mundo aparte lleno de privilegios y prebendas.
El socialismo que hemos conocido los venezolanos es el de un estado que es dueño y señor de todas las riquezas del país, que le planifica la vida a todos, al que hay que pedirle permiso hasta para ir al baño, uno que, al momento que quitarnos nuestra propiedad o de violar nuestras garantías, inventa estados de excepción o los mete en esa bolsa que llaman “de interés nacional”, que cuando no le gustan las críticas o la manera en se dicen las cosas cierran periódicos, universidades, canales de televisión, expropian empresas.
A nuestros socialistas endógenos, incluyendo a copeyanos y adecos, les gusta que el estado sea empresario, que goce del privilegio del monopolio, que cambie las leyes para que se ajusten a sus propósitos, les encanta encadenarse en el sistema nacional de radio y televisión (esa es su interpretación de “tener a la audiencia cautiva”) para ser la voz del amo y sacar al ejercito a la calle cuando le dé una puntada, todo esto sin consultar, sin dialogo, sólo a fuerza del interés superior de las masas populares, del pueblo que nunca se equivoca y que sólo ellos representan.
Y aquí estamos, llevados por el río del socialismo, al comunismo en su expresión más salvaje y putrefacta, viviendo la revolución para la que nos estaban preparando desde hace mucho tiempo, sólo para descubrir que la democracia estorba, que lo que necesitamos son comunas, un solo partido, una sola ideología… estamos frente al paroxismo del socialismo, sometidos como ganado y algunos esperando, contentos, su turno para que le impongan el hierro del jefe y los marquen como propiedad del estado.
Y es que cuando uno se compromete con las ideas, pueden que parezcan inocuas y sin mayores consecuencias, pero, la realidad, es que al final siempre se paga el precio, y el precio que está pagando el país por apoyar las ideas del socialismo es esta pesadilla que parece no tener final.
Por eso es que me parece un sinsentido dejar en manos de unos socialistas “light” la oposición al régimen. Simplemente, no estamos haciendo nada, porque en lo más profundo, en la filosofía de quienes dicen defendernos, está latente la intención de continuar con esta charada para siempre.
Ahora, ¿Cuál debería ser la actitud correcta, civilizada y política de la MUD y sus grupos de interés? Sería una gran tontería tratar de censurarme, de ignorarme, no soy el único que se ha dado cuenta de todas estas incongruencias tanto ideológicas como políticas, hay ya planteado un debate nacional sobre cómo vamos a enfrentar el futuro inmediato, ese discusión es inevitable, tratar de meterla debajo de la alfombra es una irresponsabilidad y un peor ejemplo de parte de unas personas que no solo considero demócratas, sino que tienen una labor cumplida muy importante en la resistencia en contra de la barbarie, que han construido un liderazgo arriesgando hasta sus vidas.
Todos tenemos nuestras convicciones y preferencias, pero en este momento ¿Qué le conviene al país?  La MUD desde hace tiempo está sometida a una crítica y a un escrutinio de todos los sectores, si no se creen dueños de la verdad, el único camino es el dialogo, la rectificación si fuere necesario y creo que es el momento de sentarse y sopesar la actual situación, es ahora, y no en medio de una campaña electoral o sumidos en una crisis de poder o de liderazgos, eso sería lo más razonable. 

 - saulgodoy@gmail.com

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miércoles, 30 de octubre de 2013

NELSON ACOSTA ESPINOZA, “PROGRE” Y PROGRESISMO, LA POLÍTICA ES ASÍ

Los "progre" constituyeron una fauna urbana típica de mediados de los años setenta. 

Un progresista en la Venezuela de esos años, por ejemplo, se reconocía por ciertos signos culturales, pelo largo, chaqueta de pana,  barba y, ocasionalmente, gafas redondas (a lo John Lennon). 

En cierto sentido, conformaban una pequeña  "tribu" que arrastraba la resaca de la derrota política y militar que los sectores democráticos propinaron a la izquierda de inspiración marxista. Con los años, envejecieron y enrolaron  la exitosa clase media que definió el dispositivo político y cultural de la democracia venezolana.

Hoy en día el término reaparece en el escenario político y cultural del país pero con un sentido diferente al que denotaba en la década del setenta.

El progresismo en su versión actual, en oposición a los antiguos "progre", intenta formular un relato político alternativo al del socialismo del siglo XXI que de cuenta de la diversidad cultural del país y estimule una nueva comprensión de las distintas formas de vida que conforman al Ser venezolano.
Sus fuentes de inspiración son diversas. Visiblemente se nutren de dos: la llamada tercera vía, cuyo exponente teórico más visible es Anthony Gidden (Londres, Inglaterra, 1938) y Mangabeira-Unger (Río de Janeiro, 1947). Brevemente, el primero de estos dos académicos, propone un sistema económico de economía mixta y el reformismo como ideología de gobierno. La tercera vía, rechaza por igual, a la filosofía del laissez faire y la que pretende controlar totalmente el mercado. Mangabeira, por su lado, promueve una "izquierda reconstructiva", que se diferencia de la "recalcitrante" y  la "humanizante". "La recalcitrante busca desacelerar la marcha de los mercados y de la globalización y regresar a un tiempo de mayor involucramiento gubernamental y de programas sociales más fuertes. La humanizante (o reformista) acepta al mundo en su forma actual, toma a la economía de mercado y a la globalización como inevitable y apunta a humanizar sus efectos a través de políticas de transferencia". En su libro, The Left Alternatively The Future of American Progressivism (El futuro del progresismo estadounidense: una iniciativa para la reforma política y económica.), presenta un programa para democratizar la economía de mercado y profundizar la democracia. La izquierda reconstructiva, a su juicio,  se orientaría hacia la coexistencia experimental de diferentes regímenes de propiedad privada y social en el marco de una economía de mercado.
Desde luego, estas son referencias intelectuales de orden teórico. En un plano más práctico el progresismo pudiera definirse como un relato federal y federalizado. ¿Qué queremos decir con estas expresiones?  Veamos. Federalizar el discurso implicaría despojarse de esa óptica que homogeniza al país y que le impide dar cuenta de la diversidad cultural y política que caracteriza a Venezuela. Un relato federalizado supondría, entonces, asumir una definición de los venezolanos desde las regiones: soy venezolano en tanto larense, carabobeño, apureño, zuliano etc. Este relato, desde luego, iría acompañado por  propuestas como  la de las autonomías regionales y el federalismo fiscal, entre otras cosas. En fin, ser progresista en la Venezuela actual, es apostar fuerte por la organización federal del país.
Los "progre",  de cuño reciente, se visten con nuevos atuendos teóricos. Esta izquierda  reconstructiva, reconstruye (perdonen la redundancia) su visión del país. Hoy florece, con distintos colores, en estados como  Táchira, Lara, Zulia y Carabobo.  Se inicia, así, la formulación de un nuevo relato político. Las puertas que dan acceso al siglo XXI político comienzan abrirse a la esperanza. Por cierto, si usted aún es "progre" y tiene el pelo largo, no se lo corte.
nelson acosta 

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martes, 11 de junio de 2013

GABRIEL BORAGINA, PROGRESISMO E IGUALDAD

Uno de los tantos mitos de las ciencias sociales, ampliamente difundido hoy en día, es el del "progresismo". Los progresistas asumen como suyo el ideal igualitario, entendido este como el de la igualdad mediante la ley y no ante la ley (este último ideal propio del liberalismo). Ese primer tipo de "igualdad" es característico de la "igualdad" colectivista. Nos proponemos analizar en lo que sigue, si el "progresismo" conduce realmente a esa clase de "igualdad".
La igualdad colectivista conlleva al estancamiento platónico que postula detener todo cambio, como lo explica K. R. Popper[1]. La noción de cambio implica la de mejora o desmejora, conceptos ambos que excluyen el de igualdad. 
Por lo tanto, una sociedad colectivista no debería ni mejorar ni desmejorar (caso contrario dejaría de ser igualitaria), sin embargo su práctica -donde se ha llevado a cabo- resultó siempre en una desmejora de todo aquello que se pretendió "igualar". La historia rebosa de ejemplos: cuando el nazismo pretendió "igualar" la sociedad para que todos fueran arios, implicó el exterminio de los disidentes y judíos, es decir, tanto en términos cualitativos como cuantitativos desembocó en desmejora. Las experiencias comunistas de China, URSS, Cuba, etc. dieron resultados análogos: exilio, presos políticos, confinamientos en campos de concentración, hambrunas, fusilamientos, o sea, en resultados netos: desigualdad (el análisis inmoral de estas colectivizaciones y las dictaduras en las que desembocaron ya lo hemos hecho en nuestra obra Socialismo y capitalismo).
Mientras la igualdad es estática, la realidad es dinámica, y este el principal conflicto que enfrentan absolutamente todos los proyectos políticos y económicos de "igualdad de oportunidades".
Lo opuesto a la igualdad es el cambio. Como dijimos arriba, el cambio implica mejora o desmejora. La mejora la denominamos progreso, y la desmejora retroceso. La igualdad equivale al estancamiento, pero en materia social, como explicamos antes, en el mejor de los casos significó –por algún tiempo- un estancamiento, pero en la mayoría de los otros, directa desmejora, o sea, retroceso social. Por esto, un programa "igualitario" o "equitativo" nunca puede ser "progresista" como se le suele llamar, sino que en los hechos es "retrocesista", "retardatario" o "regresista". Paradójicamente, lo que usualmente en materia política y social se denomina "progresismo" resulta (en los hechos) ser reaccionario al verdadero progreso, en virtud de su aversión al mejoramiento social en escala. De allí, que lo máximo que pueda lograr todo movimiento "progresista" sea el mejoramiento de ciertos sectores sociales a costa de otros, con lo cual se obtiene un producto de suma cero, el que por definición implica ausencia de todo progreso neto. Lo que es "igual", no "progresa", caso contrario no sería "igual". El igualitarismo es incompatible (por contradictorio) con el progresismo.
Pero cabe hablar en otro sentido y referirse a un "progreso igualitario", o en diferentes palabras a que todos progresen "por igual". Por ejemplo, lograr que todos crezcan a una tasa de -por caso- un 5 % en una unidad de tiempo uniforme (mensual, anual, quinquenal, etc.). Sólo en este sentido podrían conjugarse las palabras progresismo e igualdad, donde la "igualdad" estaría referida a la tasa de progreso y no al estado inicial ni final de los sujetos implicados.
Por lo general, estas políticas "progresistas" así entendidas (de este último modo) se dirigen -naturalmente- a los resultados, es decir, tendiendo a corregir situaciones iniciales que se consideran "injustas", "desiguales" o "inequitativas", apuntado a escenarios finales en las que todos los participantes reciban la misma cantidad o calidad de producto. Lo que en economía suele recibir el nombre general de redistribución de ingresos.
Pero ¿qué sucede si uno (o muchos) no quieren o no pueden "progresar" a esa tasa fijada por las autoridades "progresistas"?
El problema ineludible que enfrentan -y ante el cual siempre han fracasado en todo tiempo y lugar- es que las tasas de progreso de los individuos son diferentes, por la tremenda realidad (tantas veces negada) que los individuos son todos entre si también y del mismo modo, diferentes. Y asimismo estos progresistas niegan empecinadamente otra realidad vital: que en función de las naturales desigualdades biológicas y psicológicas del hombre, en tanto algunos progresan otros desprogresan o retroceden.
Es por esta razón que los progresistas, en tanto insisten en sostener el ideal igualitario, deben repetidamente acudir a la fuerza para intentar "igualar" las dispares tasas de crecimiento de los individuos a fin de que todos puedan "progresar por igual". "Igualdad" que se quiebra en el mismo momento en que el "progresista" debe hacer uso de la fuerza para quitarle a Pedro (que produce 10) 5 (de esos 10) para darle a Juan que produce 0. Con lo que se advierte que consumar el "ideal igualitario" sólo puede llevarse a cabo a través de la violencia, y nunca por medios pacíficos. Aquí se ve como progresismo e igualdad se oponen, porque por los métodos "progresistas" el único que progresa es Juan y no Pedro porque este, al perder 5 de sus 10, no progresa, sino que desprogresa. En el "progresismo" pues, "progresan" los unos a costa de los otros. Nada más alejado de la "igualdad" y contradictorio con ella que el "progresismo".
El capitalismo es el único sistema donde todos realmente pueden elegir progresar o no hacerlo. Pero en el que la capacidad potencial de progreso esta -en principio- abierta a todo el mundo. No hay sistema más verdaderamente progresista en el mundo que el capitalista. Incluso el proceso de capitalización que se da en los mercados libres, hace que personas que no se han propuesto deliberadamente progresar, lo hagan de todos modos, casi como un efecto no querido.
Dado que el colectivismo implica al igualitarismo, es una contradicción en términos decir que en ese tipo de sociedades existe "progresismo", o que son (a la vez) "progresistas". "Igualitarismo" y "progresismo" se contraponen semántica y conceptualmente. Una política "progresista" no puede defender el ideal igualitario porque se estaría contradiciendo a sí misma.
Gabriel Boragina
gabriel.boragina@gmail.com

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martes, 28 de febrero de 2012

RIGOBERTO LANZ: LAS TRES VENEZUELAS

“…Cuando Marcos proclama que las palabras son sus armas, no debemos ni afirmar jubilosamente que nos encontramos ante una `política del significante´ verdaderamente posmoderna, ni tampoco caer en humoradas cínicas sobre lo versado que están los zapatistas en la movilización del poder fetichizante del logos”. Slavoj Zizek: Órganos sin cuerpo, p. 228
He insistido en el mapa político de tres sombras con el que debemos leer el país. Esta fórmula se orienta a desbloquear una imagen ─falsa─ que nos induce a visualizar una nación de dos grandes manchas. La demarcación chavismo-antichavismo esconde otras realidades irreductibles a esa geometría. Nos hemos malacostumbrado a percibir la nación en clave electoral. El país que vota, que se embandera, que se pone gorritas y franelas e inunda mitines y caravanas, parece ─sólo parece─ que fuera toda Venezuela. Pero eso no es así. Hay un pilón de gente que está fuera de ese esquema. Son millones los compatriotas que no se sienten convocados por estos rituales electorales (por cierto, rituales estos que llevan siglos de inalterable repetición).
Las grandes élites (de derecha y de izquierda) creen simplistamente que estos millones de venezolanos son “inconscientes” o “apolíticos” y tonterías parecidas. La brutal realidad es que ese gentío, los que se abstienen, los que se van a la playa y no le paran a nada, los “indignados”, los ladillados, los que están peleados con ambos bandos, los caídos de la mata (una vez alguien me preguntó con cierto asombro: Epa, mi llave, ¿pa’ qué son esas grandes colas?), todos ellos constituyen una constelación real que el discurso político convencional no sabe descifrar. Los fanáticos y entusiastas se creen el cuento de que ellos son el país. Eso no pasa sólo en Venezuela. Es más bien una enfermedad de las seudodemocracias donde una pírrica minoría (la que vota, 35% del padrón electoral) deja por fuera a todo el resto y algunos milloncitos más del gentío con menos de 18 años de edad. Saque sus cuentas.
Aquí lo importante es constatar que esta Venezuela sumergida no puede ser visibilizada en el discurso político tradicional (de derecha y de izquierda). El conservadurismo reinante ni siquiera sabe de qué estamos hablando. La vieja izquierda maneja unos esquemas mentales tan básicos que resulta completamente incapaz de entender de qué se trata. Todo intento de llegarle a la gente en el formato de la vieja política resultará un fracaso. El mismo desastre que resulta de la pereza imperante respecto de la invención de nuevos modos de gestión política (radicalmente distintos de partidos, sindicatos, gremios, parlamentos, etc.). Ese país sumergido convive allí con los carnavales electorales y demás simulacros de “democracia”. Es una realidad subterránea aplastada por la saturación politiquera. La contabilidad electoral se mueve en la superficie sin ningún chance de conectar con este submundo (invisible, irrepresentable, incontabilizable).
No se trata de inventar un partido que pretenda capturar los votos de esta porción del país. Tampoco de conseguirse a una “miss” que le hable bonito a este universo anónimo. El asunto no es “convencer” a la gente como si se tratara de una conciencia inferior que necesita ser rescatada. La cuestión no es tan simple como lidiar electoralmente con los “Ni-Ni”. La primera tarea (del Estado, no del Gobierno o de la partidocracia) es entender el problema, estudiar a fondo esta realidad, conocer psico-sociológicamente de qué estamos hablando cuando nos aproximamos a este inmenso universo de gente que no es caracterizable con las categorías anacrónicas de la ciencia política, ni con el discursito de los operadores políticos (repletos de masamorra ideológica y cursilerías).
Desde allí es posible ir entendiendo que cuando decimos con altisonancia que la realidad social es compleja, se está nombrando una heterogenidad de tal magnitud que no cabe en ningún formato teórico prefabricado. La gente no percibe “normalmente” esta dimensión de la realidad, los políticos y los científicos sociales tampoco.
Lo que es bastante probable es que en cualquier momento esa Venezuela se levante.  

Transcripción: Héctor José Sánchez J.
Nota: Se ha respetado la ortografía original del artículo.
hsanchezbr@hotmail.com

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domingo, 19 de febrero de 2012

*JONATAN ALZURU APONTE: EL OTRO CAPRILES (ELEMENTOS PARA UN DEBATE)

La forma y manera de afrontar una circunstancia en un momento dado en el escenario político, pueden generar cambios históricos. El 4 de febrero el “Por ahora” de Chávez y el discurso de un político que se consideraba de retiro, como fue el de Rafael Caldera, generó un viraje en la política venezolana.
La campaña antes de las primarias fue sumamente pobre y los candidatos, todos sin excepción, no trasmitían ninguna esperanza de cambio ni de posibilidad para confrontarse con el presidente actual. Hasta ese momento era un grupo con norte pero sin motor, con una discursividad sin conexión sólida ni con los grandes electores, los más pobres del país, ni con aquellos que estaban en desacuerdo con las políticas gubernamentales pero tampoco querían volver al pasado. Era una unidad con saliva de loro. Unidad donde la vieja dirigencia socialdemócrata hacia lo imposible por preservarse jugando al viejo estilo, con la tesis “es preferible esperar, fortalecer el partido hasta que el nuevo líder, bajo el control de un Alfaro Ucero de nuevo cuño, pudiera dirigir los destinos de la nación”.
Sin embargo, como en otras oportunidades, el pueblo hastiado jugó con la economía del voto. Apostó. Y, Capriles en esa circunstancia, específica, se montó en la ola y construyó una discursividad que apenas era un susurro en meses anteriores, con una voz fuerte y decidida. Se desplazó de su tradición política de derecha y se ubicó, a través de dos consigna “Hay un Camino” y el “Progreso”, en la tradición de la política que ha devenido de la izquierda con componentes prácticos y teóricos de las tradiciones liberales y colocó al partido de los trabajadores del Brasil como una referencia y a Lula como ejemplo a seguir.
Ese giro político es similar al de Rafael Caldera en el antiguo Congreso, cuando en plena digestión sociopolítica de aquel golpe de estado, arremete contra el Fondo Monetario Internacional, y se hace de la voz de los que no tenían voz, agrupando a su alrededor “ El Chiripero”. Retazos de su partido de origen, retazos de Acción Democrática, socialistas históricos como Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff (aunque tarde, después del desubique que relató Cabrujas), mezclado con los nuevos actores del escenario político representados por Arias Cárdenas quien dirigió unos de los Programas Sociales que posteriormente le dio la visibilidad para llegar a la gobernación del Zulia. El talón de Aquiles del viejo socialcristiano era su propia historia, era constructor de lo que quería destruir.
El Capriles del 12 de febrero, en la noche, es otro. Los políticos deben evaluar eso. Ese otro puso a Chávez a responder, a defenderse, sin mucho tino y dedicándose más bien al asunto de la quema de los libros como táctica dilatoria, frente a un Capriles que lo dejó desubicado. El líder del “Trabuco Venezolano” se colocó de la siguiente manera: Se separa radicalmente de un momento histórico donde él fue protagonista, habla del golpe de Carmona y dijo: “nos equivocamos”. No hay golpe bueno ni malo, todos son malos, tanto el del 4 de febrero como el del 11 de abril. Su plural es su nueva carta de presentación. Reconoce la importancia de la esperanza de cambio que se expresó con la nueva constitución y ubica, de manera precisa, el momento de ruptura de la esperanza por parte del gobierno, cuando propone una reforma constitucional. Él se asume como nueva generación, no es Caldera, que retoma la esperanza.
Define sin ambigüedad a su oponente: “Izquierda retrógrada” y se autodefine “Progresista”. En coherencia con la reapropiación del sueño, no teme coincidir con las políticas sociales del gobierno. Configura un discurso aguas abajo integrador sin exclusión de la masa seguidora del ideal socialista y, de manera simultánea, realiza una confrontación directa al pensamiento atrasado y a las políticas públicas del Presidente.
La ventaja sustancial es que encendió un motor con 200 cilindros, líderes desde parroquiales hasta estadales. Cohesionó y ajustó. Administrarlo, para acelerar en septiembre, será su responsabilidad.
*Jonatan Alzuru Aponte es Dr. en Ciencias Sociales, profesor del doctorado y de la Escuela de Trabajo Social UCV.
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